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Full text of "Museo español de antigüedades"

i V^ ' 





MMH1 



MUSEO ESPAÑOL 



ANTIGÜEDADES 



EDITOR, EXCMO. SEÑOR DON JOSÉ GIL DORREGARAY. 



MUSEO ESPAÑOL 



ANTIGÜEDADES 



i'.-M' - I ..\ h:iiKO",;i)N [ ■ r -1 - hocrnn 



DON JUAN DE DIOS DE LA RADA Y DELGADO, 

INDIVIDUO DE NÚMERO DE LA REAL ACADEMIA DE LA HISTORIA, 
CATEDRÁTICO DE LA ESCUELA SUPERIOR DEL CUERPO FACULTATIVO DE BIBLIOTECARIOS, ARCHIVEROS Y ANTICUARIOS, JEFE DE SECUNDO GRADO I 
V DE LA SECCIÓN PRIMERA DEL MU5EO ARQUEOLÓGICO 



CON LA COLABORACIÓN DE LOS PRIMEROS ESCRITORES Y ARTISTAS DE ESPAÑA. 



TOMO IV. 




MADRID: 

IMPRENTA DE T. FORTANET, 

CALLE DE LA LIBERTAD, NÚM. 29. 
MDCCCLXXV. 



COLABORADORES DEL TOMO IV. 



ESCRITORES Y ARTISTAS. 



Acebedo (8r. D. José), Pintor. 

Assas (Sr, D. Manuel de), Catedrático de la Escuela Superior de 
Diplomática. 

Aznar ( Sr. D. Francisco ) , Pintor. 

Bustamante ( Sr. D. Emilio), Dibujante y Grabador. 

Campillo y Casamor ( Sr. D. Toribio), Oficial del Cuerpo facultativo 
de Bibliotecarios, Archiveros y Anticuarios. 

Contheras ( Sr. D. Francisco), Dibujante y Litógrafo. 

Donon ( Sr. D. Julio), Litógrafo. 

Fernandez Duro (limo. Sr. D. Cesáreo), Capitán de Fragata, é In- 
dividuo correspondiente do la Real Academia de la Historia. 

Fernandez Montaña (Sr. D. José) Presbítero, Bibliotecario del Es- 
corial. 

Fita (Sr. D. Fidel), Presbítero, de la Compañía de Jesús, 6 Individuo 
de las Reales Academias de la Historia y de San Fernando, 

Fuente ( Sr. D. Vicente de la). Individuo de número de la Real 
Academia de la Historia. 

Fuster ( Sr. D. Mariano ) , Pintor. 

JanÉr (limo. Sr. D. Florencio), Individuo de número de la Real 
Academia de San Fernando. 

Letre (Sr. D. Eusebio), Dibujante y Litógrafo. 

Madrazo (limo. Sr. D. Pedro de), Individuo de número de las 
Reales Academias de la Historia y de San Fernando. 

Martí ( Sr. D. José) , Pintor. 

Mateo (Sr. D. José María) Litógrafo. 



Nicolau (Sr. D. José), Pintor. 

Rada y Delgado (limo. Sr. D. Juan de Dios de la), Individuo de 

número do la Real Academia de la Historia. 
Ríos (limo. Sr. D. José Amador de los), Individuo de número de las 

Reales Academias de la Historia y de San Fernando y Consejero 

de Instrucción Pública. 
Ríos (Sr. D. Ramiro Amador de los), Arquitecto, pensionado en 

Roma. 
Ríos ( Sr. D. Rodrigo Amador de los), Profesor auxiliar de la facultad 

de Letras en la Universidad Central. 
Romeli. y Torres ( Sr. D, Isidoro), Individuo del Cuerpo facultativo 

de Bibliotecarios, Archiveros y Anticuarios. 
Ruflb (Sr. D. Teófilo), Cromista. 

Sala (Sr. D. Juan), Jefe de la Sección Etnográfica del Museo Ar- 
queológico Nacional. • 
Soldevilla ( Sr. D. Ramón ), Pintor y Catedrático de la Escuela de 

Artes y Oficios. 
Teruel ( Sr. D. Mariano ), Pintor. 
Tubino (Sr. D. Francisco María), Escritor premiado por la Academia 

de San Fernando. 
Velazquez (Sr. D. Ricardo), Dibujante é Individuo correspondiente 

de la Real Academia de San Fernando. 
Villa-ajiil y Castro (Sr. D. José), Individuo correspondiente de la 

Academia de la Historia. 
Zaragozano (Sr. D. Jaime), Litógrafo. 






EDAD MEDIA. 



MUSEO ESPAÑOL DE ANTIGÜEDADES 
ARTE CRISTIANO 



PINTURA 




. . upiU 



levila Crómala" 



Lii.de J. M. Maten C'.I e de Recaléis 4. 



EL TRIUNFO DE LA IGLESIA SOBRE LA SINAGOGA 

Cuadro er. tabla del strjlo XV atribuido a Jan-Van-£yck ( Museo ¿ei Prado, ) 









EL 



TRIUNFO DE LA IGLESIA SOBRE LA SINAGOGA, 



CUADRO EN TABLA DEL SIGLO XV 



ATRIBUIDO Á 



JAN VAN EYGK 



(Altura mayor, 1,81 ; ancho, 1,30): 



POR EL ILMO. SEÑOR DON PEDRO DE MADRAZO, 



Individuo de número do las Academias de Bellas Artes y de la Hisi 




onorífico para España, y halagüeño en sumo grado para nuestro 
orgullo nacional , es el haber sabido conservar casi intacto por espacio 
de cuatro siglos y medio uno de los más preciosos incunables de la pin- 
tura al óleo en el cuadro núru. 2188 del Museo del Prado de Madrid, 
cuyo titulo es el que encabeza la presente monografía. 

Traído poco ha del Museo de la Trinidad a esta gran pinacoteca en 
que hoy le admiramos , si allí despertaba ya el interés de los inteligentes 
por su nunca oscurecido mérito, i pesar de la inadecuada colocación 
que se le habia dado entre adocenadas obras modernas, aquí excita el 
más vivo entusiasmo por el relieve que adquieren sus bellezas en el 
ambiente nativo que le rodea. 

Y es así, porque las tablas de las antiguas escuelas brujense y bra- 
banzona que cerca de sí tiene, forman con él mágicos acordes: — el 
enérgico y dramático Vaüder Weyden, el virgiliano Memliug, el campestre Patinir, el fantástico Boseh el 
filosófico Pieter Brneghel, el elegante Civetta (Herri met de Bles) y otros muchos pintores nacidos en el siglo xv 
con los angulosos pliegues de las vestiduras de sus personajes, celestiales y terrestres; con la ingenua vulga- 
ridad de facciones y gala indumentaria de estos últimos; con el deslumbrador esmalte de sus colores y la in- 
imitable conclusión de sus accesorios, donde todo se define maravillosamente, la naturaleza vegetal y mineral, los 
muebles, los utensilios y todas las producciones de la humana industria; crean una atmósfera completamente ger- 
mánica dentro de la Sala donde con inmejorable acuerdo los ha reunido la actual Dirección del Museo (2); y allí 






(1) Copiada de un códice de !a primera mitad del siglo XV. 

(2) Cuando í con.ccuenci. «oí Ee.l D.croto do 22 d.Mayo d. (872 fn.rou trasladado, d.l Mnaoo Hacional ,!„!, Trinidad al gran Mu,.o de Pinto» y 
licito, del P,.d„, „„„, o,.n «adro,, par. ony, colección hnbo q„. habilitar looal 4 propo.ito, .1 Dirootor do e.t. ultimo establecimiento, ,„ lo ora 
* lao^on II Anton.o G.sbort, reunió on l.S.l. cu.dr.daqu, cae .1 Mediodía .obre .1 «.tibio ,o. h.„. frente al Jardín Botánico, , q„. llevaba ol 

Jl.ro de Sala 1, Dacamo por,™ en tiempo del rey Don Fernando VII de.o.n.ab.n en ella la. person.. re.le. onando visitaban el Museo las tablas más 
oree,»,.. „„d„ de 1, Trinidad, juntamente non otra, muy intere.ante, que b.ol. mucho, ano. o.i.ti.» eo .1 Museo d.l Pr.do, y „,,e 'aooi perfecta- 
v.ban merced .1 acierto con que el .n%„c Director ol Exorno. Sr. D. Jo.ó d. Madraso, la. h.bia h.eho coloca, on la. pieza, freso, d.l pi.o 



TOMO IV. 



4 



EDAD MEDIA.— ARTE CRISTIANO. —PINTURA. 



hablan el patrio idioma do la antigua estética flamenca, no extraño por cierto a los oidos de nuestros castellanos 
Fernando Gallegos y Pedro Berruguete, también admitidos en su consorcio, los preclaros ingenios de las orillas del 
Mosa y del Escalda con el gran anónimo, autor de la tabla que vamos a describir, que como clara estrella luce en 
este breve y esplendoroso teatro. Allí, entre tan armónicos elementos, casi puede decirse que brilla en toda su pu- 
reza esta inapreciable joya del arfe neerlandés de la decimoquinta centuria, que ardientemente deseamos no vuelva 
a cambiar de puesto , como no sea para mej orar de colocación en un gabinete especial del mismo Museo , a ella solo 
reservado, y con tales condiciones de ambiente y de luz, que le hagan un alojamiento envidiado aun de aquellas dos 
divinas perlas de la selecta galería de Dresde, la Madonna de San Sixto y la Virgen del Burgomaestre Meyer de Sasi- 
lea (1), las cuales no tienen competidor alguno cerca de si en los suntuosos gabinetes donde separadamente 
campean. 

Hecordando el famoso aforismo de Bonald de que en toda numerosa reunión de personas, no siendo la de los fieles 
en la casa del Señor y la de los soldados bajo las banderas de la patria, hay siempre algo que padece detrimento; y 
aplicándolo íi la heterogénea exhibición de las obras del arte en los modernos Museos, escribíamos hace años algu- 
nas consideraciones (2) que creemos hoy oportuno renovar. 

Lo que pasa con los hombres respecto de las agrupaciones, sucede también con sus obras; sólo los libros están 
exceptuados de esta regla: sólo ellos pueden estar juntos en las bibliotecas sin perjudicarse mutuamente; y es sin 
duda porque en les libros no puede ser simultánea la manifestación de su contenido. Así como la cantidad de inte- 
ligencia (permítaseme esta alocución) parece estar en razón inversa del número de seres inteligentes congregados 
en un lugar cualquiera , así el valor de sus obras disminuye aparentemente cuando se hace de ellas manifestación 
simultánea. La ophita ó serpentina de Memphis, no ya en un vaso egipcio ó en una columna, sino en un simple 
tablero, luee más separada que en una colección de muestras ó en un retablo barroco, donde la profusa gala de los 
otros pórfidos y jaspes deja siempre burlado el mal gusto del dueño. Una camelia, una rosa, cualquier flor de las más 
bellas, ¿no es cierto que te atrae y te cautiva cuando se mece sola sobre el verde follaje de la planta, y luego pierdo 
á tus ojos parte de su hermosura cuando la juntas en un ramillete con otras corolas? ¿No has observado que las flores 
en los ramilletes recogen y se reservan su fragancia, como temerosas de emular unas con otras, y sólo te dejan per- 
cibir olor á hierba, á tal punto que te es más fácil perfumar tu estancia con una sola azucena, que con un colosal 
manojo de cien clases de flores diferentes? De la misma manera que se neutralizan los olores ¿no palidecen y se des- 
lustran las gracias y la belleza en todo agrupamiento numeroso, y la hermosura que te embelesaba ayer en sn gabi- 
nete te parece hoy menos seductora en el sarao? Es que todas las cosas buenas y bellas sujetas á los sentidos nece- 
sitan su particular atmósfera, y cuando están tan juntas y apiñadas que mutuamente se invaden sus esferas de 
acción privativas, el resultado inevitable es perjudicarse unas á otras, neutralizarse, y producir en la vista y en el 
ánimo el cansancio, el fastidio, la confusión y el mareo. 



e la revolución de 



bajo que miran d Poniente, denominadas de Escuelas Varias. Los Directores D. José y D. Federico de Madrazo, á cuya inteligencia y celo debió este 
Museo del Prado inestimables incrementos, atinadísimas reformas, y el maravilloso resultado de un gran lucimiento sin ocasionar apenas gastos, cuidaron 
siempre con muebo esmero de quo estas tablas se mantuviesen siempre todas, con muy contadas excepciones, en aquellas piezaB bajas de vsriaa escuelas, 
cuyo temple es tan favorable á la buena conservación do esta clase de cuadros. 

No debió bacer mucho aprecio de esta mira el Sr. Gisbert, que sucedió á D. Federico de Madrazo en la Dirección del Mubso á r 
Setiembre de 18G8, porque cuando en 1 872 se encontró de golpe con el aluvión de cuadros que del Museo de la Trinidad le venia, cautivado sin duda por 
la ¡dea de formar en la referida Sala de Descanso un gabinete de tablas de todas escuelas anteriores á ls época del Renacimiento; holgándose quizá de tener 
este buen pretexto para deaocupar aquella Sala que impremeditadamente habia convertido en estudio suyo particular al tomar posesión de su cargo ; se 
arrojó á exponer á la acción destructora del sol canicular en la referida Sala, más de cusrenta curiosísimas tablas de las antiguas eecuelss do Italia, Ale- 
mania, Países-Bajos y Castilla, en parte procedentes del Museo de la Trinidad, y en parte sacadaade las Salas bajas de este Museo del Prado. 

Afortunadamente el peligro de torcerse, rajarse y cuartearse á que han eBtado expuestas los pocos meses que ha dursdo su permanencia en dicha Sala 
del Mediodía ó de Descanso, fué conjurado cuidando la misma Dirección de amortiguar oportunamente la acción del sol con Iss persianas y las cortinas; y 
queda ya definitiva y felizmente removido por oí juicioso y benemérito artista en quien recayó la Dirección de la grande y famosa pinacoteca del Prado 
después del abandono en que la dejó el Sr. Gi.bsrt, quien se traaladó á París en el verano de 1873 sin hacer á nadie entrega formal del inapreciable depó- 
sito confiado á bu celo. El Sr. D. Francisco Sana, con el acierto característico de cuantas resoluciones ha ido tomando desde quo se encargó de esta depen- 
dencia, está llevando hoy á cabo la importante reforma de reunir en las Salas bajaa de Poniente, de fresco y hermoso temple, los preciosos ejemplares 
que poseemos de lss referidas escuelas antiguas, cubriendo las paredes de la llamada Sala de Descanso con lienzos de Goya, de los que estaban arrum- 
bados en otras piezas no abiertaa al público desde el alo 18C8 acá. A la hora en que esto escribimos, terminado ya el arreglo de las dos primeras Salas 
bajas, lia proporcionado ol Sr. Sano á los smantes del arto que puedan en ellas abaroar de una simple ojeada el interesante cuadro del dessrrollo de la 
pintura en Flandos y en España desde Van Eyck , con quien principia la famosa escuela de Brujas , hasta Van Orley , pintor que cierra el ciclo de la época 
llamada antigua. 

(1) Cuadros de Rafael y de Eans Holbein el joven , númeroB 49 y 1693 de aquel Museo, célebres en toda la Europa culto. 

(2) Paradojas sobre la Exposición de Bellos Artes de Madrid. ItitviSTA espaHola, abo i, tomo ni, r 



n. 13, del 18 de Octubre de 18(12. 



CUADRO EN TABLA DEL SIGLO XV, ATRIBUIDO Á VAN EYCK. 



¿Deberé retroceder ante las legítimas deducciones de la proposición absoluta que acabo de enunciar?— La primera 
consecuencia que se me va a echar en cara es que condeno los museos y las colecciones de obras de arte antiguas y 
modernas; y de seguro ha de alzar contra mí sus cien brazos amenazantes el formidable Briareo de la opinión 
pública para lapidarme por enemigo de la moderna cultura. Pero vamos despacio, que quiza nos entende- 
remos. 

Si el siglo presente, en vez de dar á los artistas templos en que figurar los misterios augustos de la religión y 
palacios que decorar con nobles creaciones de la fantasía, se limita á hacer del arte un ramo de industria y de 
comercio , a mirarlo como mero auxiliar de una vana ostentación , y i. extraer de los palacios y templos arruinados 
las obras de los antiguos maestros para brindármelas reunidas en los salones de los museos ¿qué be de hacer, 
menguado de mí , sino aceptar con mucha gratitud el uso de esos inestimables guardajoyas del genio? Aun recono- 
ciendo que no puede haber museo que ofrezca á las obras antiguas ejecutadas para los templos y palacios la coloca- 
ción y luz convenientes, que les devuelva la oportunidad de su modo de ser, ya para siempre perdida, la adaptación, 
que en las obras de sentimiento constituye la mitad de su encanto; persuadido y todo de que la galería que la con- 
serva, por mis suntuosa y bella que sea, no puede ya restituir su atmósfera destruida a aquella tabla arrancada de 
su altar, a aquel lienzo sacado de la espaciosa sobrepuerta , á aquel bajo-relieve privado del misterioso crepúsculo de 
la entreojiva; me estimaré feliz con que se me consienta visitar y frecuentar, contemplar y reconocer esos muestra- 
rios de la potencia maravillosa de aquellos Titanes que escalaron el cielo del Ideal y hoy duermen en el sepulcro 
nivelados con la generalidad de los mortales: muestrarios destinados a figurar como uno de los varios índices de la 
grande obra trazada por la humanidad en los pasados dias de fé y entusiasmo, y que según no pocos síntomas casi 
creeríamos concluida.— Pero porque me facilite el Museo el poder Jormar el nomenclátor cronológico de los tesoros 
que antes encerraban el templo y el palacio ¿habré de decir que los cuadros y las esculturas están mejor en él que en 
su local primitivo? Desde este punto de vista, pues, condenamos y aceptamos a la vez los museos y galerías, por ser 
un medio supletorio , aunque muy incompleto, de darnos i conocer lo que de otra manera no es ya posible disfrutar. 
¿Habrá quien ponga en duda que la obra artística pierde parte de su efecto trasladada del sitio para donde fué 
ejecutada, á los salones de una pública galería? El que esto niegue, reflexione sólo a la viva luz interna del senti- 
miento, casi siempre más clara y certera que la do la razón (perdónenme los racionalistas!) lo que sería la Venus 
de Mito en sn antigua celia, y lo que es boy, aunque reine sola y sin partir con ninguna otra estatua su imperio 
en un suntuoso salón del Museo del Lsuvre; lo que sería el Pasmo de Sicilia en el templo de Santa María dello 
Spasimo de Palermo, y lo que es ahora entro cien obras de escuelas diferentes en la galería larga del Museo del 
Prado de Madrid; lo que parecerían los lienzos de la Sala de Morillo del Museo de Sevilla cuando formaban juntos 
el gran retablo de la Iglesia de Capuchinos, extramuros de aquella ciudad; y lo que parecen ahora, en una pieza 
desnuda de todo ornato, blanqueada como una cuadra do cuartel, cuyas luces son enteramente inadecuadas, cuyas 
paredes y techo de mesón abandonado causan tedio. Los museos solo pueden justificarse , y aun merecer aplauso, como 
puertos de salvación de preciosas reliquias condenadas á desaparecer. Del mismo modo que las interesantes estatuas del 
templo de Júpiter Panhelénico de Egina se salvaron de una ruina segura en la gliptoteca de Munich, así encontraron 
seguro refugio contra la incuria de la moderna Grecia y la barbarie del Asia moderna, diga lo que quiera en su 
colosal intolerancia el poeta lord Byron , los bajo-relieves del Parthenon de Atenas en el Museo Británico, y los frag- 
mentos de escultura de los palacios de Nínive y Kborsabad en las augustas estancias 'del mismo British Museum, 
del nuevo Louvre y del Museo nuevo de Borlin.-Esto merece el aplauso de todos los despreocupados amantes del 
arte—Lo que no se puede recordar con sangre fría es que el rey Augusto III de Sajonia creyese tributar un señalado 
homenaje i Rafael arrancando del altar del convento de San Sixto de Piacenza la famosa Madmma que lleva aquel 
nombre, para cederle al llegar a Dresde el lugar que ocupaba su trono, exclamando: ¡paso al gran pintor de 
mim!; 7 qne dos años después, sin duda bajo el mismo pretexto de honrar al arte, fuese despojado el convento 
de'Pellegrmi de Bolonia del magnifico cuadro de Bagnacavallo de la Virgen rodeada de Santos, para que luciera en 
la propia corte. ¿Qué necesidad había de extraer de sus verdaderos y bien colocados engastes tantas y tantas joyas, 
qne, con las dos citadas, forman hoy en los Museos do Europa el collar del gigante bárbaro, compuesto de joyeles 
atados sin orden ni concierto, y arrancados por medio del oro ó de la astucia a pueblos envilecidos! 

Conste, por consiguiente, que si bien los Museos nos parecen aceptables, y aun muy útiles, considerados como 
depós,tos de bellezas artísticas salvadas del deshecho naufragio de la civilización antigua., no son buenos sino de una 



EDAD MEDIA.— ARTE CRISTIANO. — PINTURA. 



manera relativa ; y que hubiera sido muy preferible que los monumentos en que esas bellezas se contenian no hubie- 
sen desaparecido, ó no se vieran despojados de ellas. 

Para la preciosa tabla del Triunfo de la Iglesia sobre la Sinagoga, no ha sido en verdad poca suerte, después del 
dia crítico del año 183G, en que manos desamortizadoras la arrancaron de su secular engaste en el muro conventual 
donde de tiempo inmemorial permanecía, el haber venido á parar a otras manos más piadosas, como las del Sr. Sans, 
que, no pudiendo restituirla a la santa casa á la cual fué donada , ni teniendo medios para aislarla en un gabinete 
reservado á ella sola, han sabido por lo menos crear a su alrededor una atmósfera homogénea, aminorando así en lo 
posible el pecado de dislocación que todos los Museos del mundo cometen contra las mismas obras que orgullosos 
ostentan. 

Puesto así hasta cierto punto el bello retablo en su luz nativa, vamos ya á examinarle bajo todos sus aspectos, mani- 
festando qué representa ese fascinador conjunto de galana arquitectura y de grupos terrestres y celestiales de nobles 
líneas y matizadas tintas ; qué calidades le avaloran ; qué significación le corresponde en los anales del arte ; quién 
fué su autor más probable , y cuáles sean su historia y su procedencia. 



La mística alegoría representada en esta tabla, se desarrolla en dos planos principales, uno superior y otro infe- 
rior. El superior, que viene á ser un huerto pensil, todo cuajado de limpia y fresca hierba matizada de menudas flore- 
cillas , termina al fondo con una mole arquitectónica de bello estilo ojival del siglo xv , la cual , formando en el cen- 
tro como una cátedra episcopal que remata en elegante torre bañada en el límpido zafiro del éter, sirve de trono al 
Cristo, el cual tiene á sus pies el simbólico cordero. Un sencillo muro á ambos lados de este magnífico trono, pone un 
cerramiento revestido de ricos paños de brocado al referido huerto , y se destacan sobre estos paños las hermosas figuras 
de María y San Juan Evangelista, sentadas y un tanto elevadas sobre un zócalo lithóstroto de jaspes y azulejos. En 
los extremos del referido cerramiento, á derecha é izquierda, descuellan dos torrecillas perforadas de largas y angostas 
ventanas, que rematan en agudos chapiteles. Del escabel del trono de Cristo , ó más bien del ara en que está echado 
el inmaculado Cordero, sale un cristalino arroyo que, abriéndose paso por el florido césped del huerto, avanza hacia 
el muro que divide el plano superior del inferior, y á cada lado de esta corriente de agua viva, que arrastra multitud 
de Sagradas Formas, tres lindos ángeles, agrupados y sentados en el suelo, tañen diversos instrumentos. Supónese 
que los divinos acordes de éstos acompañan el célico coro de otros ángeles alojados en dos diáfanas torres que flan- 
quean el muro divisorio acabado de mencionar, y que el sagrado objeto de esas inefables armonías es la mística fuente 
de vida y de gracia que, procediendo del Cristo , baja por ese arroyo y ese muro á la elegante pila de jaspes que se 
levanta en medio del plano inferior.— Aquí , en este plano bajo, solado de mármoles y jaspes, se representa la escena 
principal del cuadro, que es el triunfo de la Iglesia cristiana sobre la Sinagoga, mediante el augusto misterio de la 
Sagrada Eucaristía , celebrado por los ángeles en la parte superior. 

Un Papa , cubierta la cabeza con su tiara y llevando en la mano la cruz, puesto en pié junto al pozo donde vierten 
las aguas de la fuente de la vida, muestra las Sagradas Formas que aquellas aguas contienen á un Emperador que 
está á su derecha arrodillado levantando las manos como en señal de admiración.— Al Papa siguen un Cardenal y 
un Obispo , el Cardenal con su capelo puesto y el Prelado con su mitra y su báculo, ambos en pié, y vueltos , como 
todos los demás personajes del grupo, hacia la fuente. Detrás del Obispo, y completando los diversos órdenes de la 
jerarquía eclesiástica , vienen un abad mitrado con su báculo especial, y un canónigo ó presbítero, de pió igualmente. 
A la derecha del Obispo está arrodillado un Rey, puesta la corona y revestido eon su manto de arminios, en actitud 
devota con las manos juntas; detrás del Hey, y á su derecha, hay otros cuatro personajes, tres arrodillados y uno en 
pié, en cuyas ropas y distintivos se advierten diferentes categorías del orden civil, desde el altivo margrave ó elector 
hasta ehsumiso paje. Á este grupo de once personas en que se figura, digámoslo asi, la Iglesia doctrinando al Estado, 
y que ocupa la mitad del primer término del cuadro á la izquierda del espectador, sirve de contraste en cuanto á la 






CUADRO EN TABLA DEL SIGLO XV, ATRIBUIDO Á VAN EYCK. 



significación moral, y de equilibrio ó contrapeso en la estética de la composición , el otro grupo de la Sinagoga ven- 
cida , que está en acción en la mitad opuesta , á la derecha del que mira. 

En él divisamos á un Sumo Sacerdote ó Pontífice israelita con su miísnepheé, su ephod y su racional, vendados los 
ojos y en actitud de hombre quebrantado por una sobrenatural potencia, volver la cabeza para no percibir las pala- 
bras del Vicario de Cristo, seguir abrazado al roto estandarte judaico y poner vacilante la mano sobre el brazo de un 
doctor 6 escriba que , de rodillas, mirando á la fuente sagrada y dejando arrastrar por el suelo el sepher-thord ó libro 
de la ley medio desarrollado, acude respetuoso á sostenerle, mientras otro judío, como asustado del fracaso, echa 
mano á la santa enseña que quebrada por el asta se le viene encima. Dos rabinos caen en tierra como heridos por el 
rayo al presenciar la catástrofe de la Sinagoga; un fariseo huye tapándose con ambas manos los oidos para no escu- 
char blasfemias; un tercer rabino desarrolla airado un volumen, ante cuyo sagrado texto rasga sus vestiduras lleno 
de dolor un levita; mientras otros tres judíos permanecen como impasibles, por su indiferencia ó por su inquebran- 
table fe, á despecho del escándalo que aterra á sus correligionarios. 

Como se ve, el asunto teológico déla virtud santificadora queá la Iglesia de Jesucristo se deriva del admirable y 
divino Sacramento de la Eucaristía, misterio el más augusto y el más eficaz de cuantos instituyó el Salvador para 
conservarnos la gracia y darnos la vida eterna, está expuesto y desarrollado con la mayor claridad en esta peregrina 
Tabla. La ley de la gracia y del amor no admite representación más elocuente y atractiva que la de esa institución 
prodigiosa, en cuya virtud el divino é inmaculado Cordero, inmolado por la salvación del linaje humano, transubs- 
tanciado en pan, se dá en alimento al hombre ; pero era difícil figurar la manera cómo se deriva á todos los cristianos 
esa gracia que los constituye en unión inmediata con Cristo, y para este fin imaginó el pintor ese arroyo inagota- 
ble , que manando del trono del Salvador y del ara del Cordero, esto es , del Eterno Verbo, fuente del amor, y de la 
eterna é inmaculada Hostia , fuente y norma del sacrificio , lleva con las aguas de la regeneración el inmenso tesoro 
de la Eucaristía en multitud de Sagradas Formas para todos los miembros de la Iglesia de Dios, eclesiásticos y 
seglares. Todos los cristianos, todas las jerarquías del orden espiritual y del temporal, el Papa y el Emperador, el 
que ejerce el sacerdocio como el que ejerce el imperio, y después de ellos todos los que de su autoridad dependemos, 
sin distinción de grados ni de clases, todos somos llamados á alimentarnos en esa fuente de eterna vida, sin cuya 
virtud desfallece el alma y no es posible la santificación durante nuestra peregrinación por la tierra; pero el sacer- 
docio es el instituido para hacernos, á los seglares, partícipes de ese manjar divino, que llega á nosotros con las 
abundantes aguas de la gracia; y como quiera que la actitud que mejor cuadra á la misión de ministro del Altísimo 
es aquella que nos le representa más dispuesto y pronto á la ejecución de sus divinos mandatos, por eso elautor del 
cuadro ha puesto en pié á todos los personajes que ejercen autoridad espiritual, desde el Papa hasta el simple presbí- 
tero, y arrodillados junto á ellos, como para recibir de sus manos ungidas las Sagradas Hostias, á los diferentes 
encargados del poder temporal, desde el Emperador hasta el último magistrado. 

Nada tendrá que observar el más escrupuloso teólogo acerca de la propiedad de esta graude alegoría. Hé aquí, en 
efecto , cómo la teología católica más pura expone el misterio de la Sagrada Eucaristía. — Era incomprensible desig- 
nio del amor omnipotente perpetuar hasta el fin del mundo, y por medios superiores á nuestra comprensión , el 
sacrificio ofrecido materialmente una sola vez en el ara de la cruz por la salvación del género humano. La carne 
había enemistado al hombre con el cielo, y Dios quiso revestir nuestra carne para unirse al hombre por aquello 
mismo que le separaba de Él. Pero esto era aún poco para aquella bondad inmensa que habia resuelto remediar una 
inmensa degradación, y así quiso Dios que la carne, divinizada é inmolada perpetuamente, fuese dada al hombre 
bajo la forma exterior de su manjar privilegiado, mas condenando á muerte eterna al que rehusase nutrirse de su 
divino cuerpo transubstanciado. — Hé aquí ahora el punto en que conviene más fijarse para apreciar la excelente 
adecuación de la figura de una fuente que vierte Sagradas Formas, al dogma de la infinita multiplicación del 
cuerpo de Cristo, todo entero en el Sacramento eucarístico. Usan los teólogos de un símil muy ingenioso para expli- 
car esta aparente enormidad. Á la manera, dicen, que la palabra no es en el orden material más que un encadenamiento 
de ondulaciones circulares formadas en el aire, y parecidas, en todos los planos imaginables, á las que advertimos 
en la superficie del agua golpeando en un punto, llegando sin embargo en su misteriosa integridad á todos los 
oidos; del mismo modo la esencia corporal de aquél que se llama Palabra (Verbo), cual rayo emanado del seno del 
Omnipotente, entra toda entera en cada boca y se multiplica hasta el infinito sin dividirse. Anadie que esté media- 
namente versado en el estilo de los sagrados escritores, debe , pues , parecer inadecuada ó atrevida la idea de la fuente 



EDAD MEDIA.— ARTE CRISTIANO. _ PINTURA. 



que arrastra en su caudal tantas Sagradas Formas, en que se contiene todo entero el cuerpo de Jesucristo, cuantos 
son los fieles á quienes va destinado este divino manjar. Esta alegoría, al fin y al cabo, nada tiene quc'repugne 
como concepción estética, y debe advertirse que, si bien nuestra época realista acepta con dificultad el simbolismo 
místico, en los tiempos en que la Tabla fué ejecutada era tan familiar á todos el lenguaje alegórico é iconográfico 
cristiano, que otras muchas representaciones de la Sagrada Eucaristía infinitamente mas violentas, eran celebradas 
y veneradas por todos los fieles del Occidente. Citaremos tan solo á este propósito una noticia sacada del enrióse libro 
del Dr. Misson que lleva el titulo de Viajes por Italia (Vogages en ItaUe), que aunque olvidado hoy y escrito con 
espíritu anticatólico, ha resultado verídico en la generalidad de sus aseveraciones. Vio este autor en Worms (Alema- 
nia) un cuadro sumamente extraño: «Tiene esta pintura, dice, unos cinco pies en cuadro. En lo alto esta el Eterno 
» Padre en un ángulo, desde el cual habla con la Virgen María, que aparece arrodillada al pié. Sujeta ella por 
«ambos pies al niño Jesús, y le introduce de cabeza en la tolva de un molino. Hacen girar este molino los doce 
«apóstoles por medio de un manubrio, y les ayudan en su tarea los cuatro animales simbólicos de Ezechiel, 
ai trabajando en el lado opuesto. Junto al molino está de rodillas el Papa, el cual recibe en un copón de oro hostias 
» que salen del artefacto, redondas y tersas. Ofrece una hostia á un cardenal; el cardenal se la pasa á un obispo, 
»el obispo á un presbítero, y el presbítero al pueblo.» ¡ Modo singularmente enérgico de representar el misterio de la 
Eucaristía ! -Pero hay otros muchos cuadros antigaos en que se figura el símbolo de la prensa ó lagar de que habla 
el Profeta: Tormlar ealcavi solas. Los pueblos creyentes de la Edad-media comprendían muy bien, ya se les repre- 
sentase el augusto Sacramento bajo la especie del vino, ya bajo la del pan, la pintoresca predicación del arte. 
Tradúzcase en lineas y colores la siguiente estrofa de un misal romano-parisiense que cita en sus Instituciones de 
arte cristiano (1) el presbítero J. B. E. Pascal, y tendremos, para hacer juego con la representación de la Eucaristía 
como fuente que lleva el cuerpo de Cristo, otra representación como fuente que difunde su preciosa sangre : 

lam cálcalo lorculari 
musto gaudent deoríari 
ffentium primitite. 
Saccus scissus et perlitssus 
i% regales transit nsiis 



esto es: después de estrujada la uva en el lagar, las primicias de las naciones se embriagan con el mosto: revienta el 
saco que contenia el grano, y el vino inunda la mesa de los reges. 

Pero ¿qué representa en nuestro cuadro la Sinagoga vencida?se preguntará acaso. ¿Cómo se combinan dos asuntos 
al parecer diferentes, el vencimiento de la Ley antigua y la Fuente eucarística? Y por otro lado, ¿qué unidad de 
concepción puede encontrarse en un cuadro que á estos dos argumentos añade, como tercer asunto, y quizá el más 
aparente, las dos Iglesias triunfante y militante, representadas, aquella por las figuras de Cristo, María, San Juan 
evangelista y los ángeles, en el plano superior, y ésta por la Sociedad cristiana con sus regidores en lo espiritual y 
temporal, en el plano bajo?— Pues todo se explica y confunde en un solo asunto con claridad y sencillez admi- 
rables. 

Esa mística fuente que recibe en su pila ó pozo, juntamente con las aguas de la vida eterna, las hostias por cuyo 
medio se establece la unión inmediata del hombre con Cristo, es el símbolo de la nueva alianza, del cual se separa y 
abjura la Sinagoga, ú sea la personificación de la Ley 6 alianza antigua. El judaismo no admite en este punto comu- 
nión alguna con los cristianos; pero el cristianismo no se declara respecto de la Ley antigua en abierta hostilidad; 
antes bien, la considera como su base y fundamento. Mas siempre que se trata de la comunión con Cristo y de las 
esperanzas de alcanzar por su mediación la vida eterna, el cristianismo y el judaismo militan en campos entera- 
mente contrarios. Y hé aquí por qué, con gran filosofía, el grupo de la izquierda, en que se figura la Iglesia cristiana 
en lo espiritual y temporal, aparece tranquilo y pasivo, atento sólo al sagrado misterio en que se cifran y compen- 
dian toda la virtud de la Ley de gracia y todos los medios otorgados por el amor de Cristo al hombre para su Santifi- 



Ct) InstiMims de Varí Ckrétien, etc.; 1. 1, c. VIII. 






CUADRO EN TABLA DEL SIGLO XV, ATRIBUIDO Á VAN EYCK. 



cacion mientras dura la milicia terrestre; mientras que el grupo de la derecha, en que se representa la Sinagoga, 
se ve en agitación y movimiento, lleno de color y horror dramático, expresando, ya la obcecación voluntaria del 
Sumo Sacerdote que, estando cerca de la fuente misma, no quiere ver en ella al Mesías prometido; ya la obstinación 
de los que, negándose á oir la palabra vivificadora, se tapan los oidos y se alejan de la Iglesia que anuncia el cum- 
plimiento de las profecías; ya la cólera de los rabinos ó doctores que rasgan ó acusan de apócrifos los sagrados libros 
cuyo testo es contrario á sus falsas tradiciones; ya, por último, la desesperación de los que, anonadados por un poder 
invisible , caen en tierra arrollados bajo la rota enseña de la antigua Ley. Que si á esto se une el aparecer la sociedad 
cristiana vencedora del judaismo por la sola virtud de su fé y por la fuerza sobrenatural que comunica á sus miem- 
bros en medio de su santa paz la divina Eucaristía, ó sea la participación del cuerpo y sangre de Cristo, es claro 
que el cuadro de la Iglesia militante ha de resultar completo y acabado en este plano inferior, aunque no figuren en 
él las gloriosas y heroicas huestes de los santos y discípulos del Crucificado, de los mártires y confesores, ermitaños 
y peregrinos, caballeros y jueces, que vemos en el célebre retablo de la Adoración del Cordero de Gante, el cual 
enérgicamente nos trae á la memoria la figura poética de la Iglesia militante , cual la trazó nuestro poeta místico 
D. Luis de Ribera en estos tercetos: 



La militante Iglesia, revestidas 
ríe honor las sienes, representa, armada, 
sus enseñas católicas tendidas. 



Inmoble en las batallas como peña, 

vestido el coselete de justicia, 

y el morrión de salud sobre la greña; 
La rodela de fé que á la malicia 

resiste el arrojado dardo ardiente 

las flechas con ponzoña de injusticia; 
El acerado estoque refulgente 

del fortisimo Espíritu en la mano, 

que es palabra de Dios, santa, eminente; 
Así se planta en el abierto llano 

teniendo su escuadrón en ordenanza, 

horrible al enemigo más lozano; 
Con felice y segura confianza 

que el infernal ardor y la violencia 

jamás contrastan su inmotal holganza (1). 

Las dignidades eclesiásticas y temporales que en nuestro retablo se presentan agrupadas y en piadosa contempla- 
ción, cabe la fuente, que lo es de vida para todos los que á ella se acercan, resumen y compendian el cuadro entero 
del cristianismo militando en la tierra; así como ofrecen una hermosa y selecta abreviación del cuadro de la Iglesia 
triunfante, en la parte alta de la tabla, las imágenes de Cristo glorioso en su trono, la Virgen y San Juan evangelista 
sentados á su derecha é izquierda, y los ángeles entonando sus coros. Este contraste de las dos vidas, la militante 
y la triunfante, constituye una de las ideas fundamentales de la Iglesia cristiana en la Edad-media: repítese ince- 
santemente en las pinturas y esculturas del edificio religioso de aquellos siglos de fé, y hasta logra su expresión, 
arquitectónica en la división de la basílica en nave y coro.— Estas son las razones por las cuales el autor del cuadro nos 
muestra reunidos en uno los tres argumentos indicados , la Fuente eucarística, el triunfo de la Ley de gracia sobre la 
Sinagoga, y las dos Iglesias militante y triunfante, sin que haya entre ellos la menor oposición, pero dominando 
como principal el Triunfo de la Iglesia cristiana sobre el judaismo. 

Este argumento foé muchas veces representado por los imagineros de la Edad-media, sobre todo en las portadas 



(1) Sagradas poe&íai 
año de 1G2G. 



dirigidas á la Sra. Doña Constanza María de Ribera, monja profesa en el hábito de la Concepción. — Madrid 



por Diego Flamenco, 



10 



EDAD MEDIA.— ARTE CRISTIANO. —PINTURA. 



prensivo de cuantos prodigios puede haber obrado en el largo tránsito de muchos siglos el sagrado misterio de la 
Eucaristía, comenzando por la destrucción de la Sinagoga; pero ocasionado á confusión, porque también el sacra- 
mento regenerador del bautismo lleva el nombre de Fuente de la vida. 

Ocupábase á la sazón el elegante escritor francés M. Alfred Michiels en redactar su interesante Historia de la 
Pintura flamenca desde sus orígenes (Histoire de la Pcinture fiamwnde dépuis ses debuts, etc.), y escribiendo 
latamente sobre la vida y obras de los hermanos Van Eyck, al hablar de nuestra tabla en su tomo n, en 1866, le 
daba el título de Triunfo de la Ley nueva sobre la ley de Moisés; pero cayendo en el error tan común de confundir 
la figura de Cristo con la del Padre Eterno. 

El docto G. F. Waagen , autor de muy estimadas obras críticas acerca de la historia de la pintura, y Director de 
la Galería real de cuadros de Berlín, viajó por España hacia ese mismo año de 1866, y habiendo examinado atenta- 
mente en el Museo de la Trinidad nuestra famosa tabla, trató de ella en un opúsculo consagrado á describir las 
antiguas pinturas, miniaturas y dibujos autógrafos que halló en nuestro país (Ueberin Spanien vorhandene Bilder, 
Miniaturen und H~and;cich,iindgen), opúsculo que después de su muerte, y como obra postuma del insigne crítico, 
apareció en 1868 en la Revista del Dr. A. Von Zahn, titulada «Anuario de conocimientos artísticos» (Jahrbucher 
filr Kwistwissenschaft), cuaderno 1.°, correspondiente al 31 de Marzo de aquel año (1). El Dr. Waagen, pues, 
designa la tabla con el nombre de Triunfo de la Iglesia cristiana sobre el Judaismo (Der Triumph der christlichen 
Kirche iiber das Judenthum), copiando al Dr. Passavant. 

Nosotros, finalmente, al redactar y publicar en 1873 nuestro Catálogo de los cuadros del Museo del Prado de 
Madrid (compendio del Catálogo oficial descriptivo é histórico cuya Parte u nos abstenemos por ahora de dar á la 
prensa), hemos puesto al peregrino incunable de la antigua pintura flamenca el título que figura al frente de esta 
monografía: Triunfo de la Iglesia sobre la Sinagoga, sin añadir ala palabra iglesia el calificativo de cristiana , por- 
que ella por sí sola significa en su acepción general el gremio de los adoradores del verdadero Dios. 



Esta hermosa fuente, cuyas cristalinas aguas arrastran en su curso un inmenso caudal de hostias consagradas, 
que van á repartirse entre los diferentes miembros de la grey de Jesucristo , es una ingeniosa figura de la Eucaristía, 
intermedia entre las antiguas alegorías y las representaciones de la Cena tan comunes desde el Renacimiento hasta 
nuestros dias. 

De todos los misterios del Cristianismo, el de la Eucaristía era el que convenía más disfrazar á los ojos de los pro- 
fanos y velar para los catecúmenos durante los primeros siglos. — La idea de un Dios hecho hombre que entrega á la 
criatura su carne como alimento y su sangre como bebida, es tan superior á las humanas concepciones ea el estado 
de naturaleza, que en los idólatras, y aun en los mismos adeptos no del todo iniciados, no podia menos de producir 
la misma sorpresa y escándalo que causó á los discípulos cuando por la vez primera la oyeron de los labios del Divino 
Maestro: En verdad os digo que si no comiereis la carne del Hijo del hombre y no bebiereis su sangre, no tendréis 

vida... Quien come mi carne y bebe mi sangre en mí mora y yo en él Esto enseñaba Jesús en la Sinagoga de 

Capharnaum, y muchos de sus discípulos le dijeron: Dura es esta doctrina; ¿quién es el quepuede escucharla? (2). 
— Esta sublime novedad había forzosamente de suscitar escándalo enunciada sin la conveniente preparación á hom- 
bres de fé aun vacilante Ó á ánimos declaradamente hostiles ; y hó aquí porqué la antigua Iglesia agotó todas las 
prudentes sugestiones de la disciplina del arcano, ya en su lenguaje escrito, ya en su lenguaje figurado y grá- 
fico, para atenuar los peligrosos resplandores de semejante misterio. ¿Quién ignora las mil precauciones con que 
hablaban de él los Santos Padres? Casi nunca le designaban por su nombre, empleando cuando aludían á él espre- 



(1) Nos fue remitido por nuestro bondadoso amigo el erudito Dr. Herm. Lücke, de Leipzig, á quien enviamos eBte público testimonio do nuestra gra- 
titud. 

(2) San Juan, cap. vi. 



CUADRO EN TABLA DEL SIGLO XV, ATRIBUIDO Á VAN EYCK. 



11 



siones simbólicas. Los Padres de la iglesia griega le llamaban el Men, tí aj-aáív, queriendo significar la especie de pan 
solo ; y cuando hablaban de las dos especies , los bienes por excelencia , ra íy<éí (1) . — Las liturgias orientales emplean 
esta poética fórmula, interpretada por Fortunato (2) : 

Corporis agni inargaviium ingens. 

Palladius , en su Vida de San Chrysóstomo, al hablar de la horrible profanación de la sangre de Cristo que se 
hizo en Constan tinopla con motivo de una sedición popular, dice sencillamente: symbola eftusa, los símbolos fueron 
derramados. — Apenas hay quien ignore el axioma de San Agustín : los sacramentos de los fieles no se dan á los cate- 
cúmenos (3) ; y este otro: no saben los catecúmenos lo que reciben los cristianos. — De la misma manera se expresa San 
Chrysóstomo: En cuanto almisterio de la Eucaristía... sólo los iniciados lo saben (4). — San Cirilo de Jerusalen es 
todavía más terminante : dirígese á los que van á ser bautizados, y los consuela con las revelaciones futuras que han 
de seguir íi las reticencias presentes: los iniciados, les dice, saben lo que es esta copa; vosotros también vais á 
saberlo pronto (5) . — Y otra vez el Obispo de Hippona : Si se pregunta á un catecúmeno si cree en Jesucrito, al ptmío 
contesta: sí creo; pero si se le }weg 'unía: ¿comes la carne del Hijo del hombre? no lo entiende (6). — ¿Qué cosas, dice 
en otro lugar (7), tiene la Iglesia ocultas? El sacramento del Bautismo y el sacramento de la Eucaristía: los paganos 
pueden ver nuestras buenas obras; pero nuestros sacramentos son para ellos un arcano. 

El mismo misterio se observa en los monumentos figurados de la Iglesia primitiva, en las pinturas, en las escul- 
turas, en las inscripciones de las catacumbas, donde no se admitía cosa alguna que pudiera revelar á los profanos 
que furtivamente penetraran en aquellas criptas el secreto de los sagrados dogmas. Y aun era el simbolismo más 
complicado y rebozado en las esculturas de los sarcófagos, que en las pinturas, y la razón consiste en que las imáge- 
nes esculpidas, ademas de ser ejecutadas al aire libre, tenían que figurar en los cementerios superiores. — Los emble- 
mas con los cuales la pintura y la escultura recordaban a los fieles el augusto misterio de la Eucaristía, eran toma- 
dos, ya del Antiguo , ya del Nuevo Testamento. Sabido es que la Biblia ofrece muchas y diferentes figuras de este 
misterio , ora se le considere como sacrificio , ora como sacramento. Para no hacer demasiado prolijas las citaciones 
y evitar un alarde enojoso de erudición , harto fácil hoy que tantos buenos libros modernos nos dan reunidas todas las 
nociones sobre cada una de las materias de la arqueología cristiana, descartamos desde luego las representaciones sim- 
bólicas de la Eucaristía como sacrificio, ajenas en cierto modo á nuestro propósito, y nos ceñimos á las alegorías de 
este misterio como Sacramento. — Todos los Padres de la Iglesia están acordes en considerar el maná que envió el 
Señor al pueblo de Israel durante su peregrinación por el Desierto, como figura de la Eucaristía que sostiene al alma 
en el viaje de la vida; y aunque las antiguas pinturas en que se representa el milagro de la multiplicación de los 
panes eran ya miradas como figurativas del maná celestial, un descubrimiento de estos últimos años ha venido á 
demostrar que los cristianos de los primeros siglos usaron la pintura del maná como emblema del manjar eucaris- 
tico.— En efecto, un fresco de fines del cuarto siglo, descubierto por De'Rossi en 1863 (8) en el cementerio de Ci- 
ríaco, cerca de San Lorenzo in agro Verano, representa con toda claridad el milagro del maná, cuyos copos azulados 
caen sobre cuatro israelitas, dos hombres y dos mujeres, los cuales respetuosamente los reciben cubriendo sus manos 
con los pénulos: y la prueba evidente de que este fresco alude á la Eucaristía, está en ese mismo respeto con que 
dichos personajes reciben el maná, y en el destino que se dio al cuadro, porque fué para decorar una cámara sepul- 
cral donde estaban enterradas unas vírgenes cristianas , sirviendo de complemento al asunto representado en el luneto 
del arcosolium, en que se figura la parábola de las vírgenes necias y de las vírgenes prudentes. —Daniel en el lago 
de los leones alimentado por Habacuc era otra de las alegorías con que los cristianos primitivos figuraban el mismo 



ccL, vocablo 'A^hBjs. [i. 



(1) Suicer, Thesaur. t 

(2) Corm. xxv, I. m. 

(3) Tract. xcvi. In Joan. 

(4) Hoiuil. lxxii. In Matth. 

(5) Cateoh. i. Ád baptizand. 

(6) Tract. n. In Joan. 
(7J Inpsatm. cni. 

(8) De'Rossi. Bulleiino. Ottob. 1863. p. 76. 



12 



EDAD MEDIA. — ARTE CRISTIANO. —PINTURA. 



sacramento, porque, en efecto, el alimento de que aquí se trata, ¿qué otra cosa podía representar que el pan de los 
fuertes, esto es, de los mártires y confesores, que los fieles recibían en las prisiones de mano de los diáconos en los 
tiempos de persecución para no sucumbir en tan terribles pruebas?— Entre los emblemas sacados del Nuevo Testa- 
mento figuraba en lugar muy principal el milagro obrado por Jesús en las bodas de Cana. Bottari, el P. Marcbi y 
el abate Martigny, además de otros eruditos anticuarios, Ten en este asunto una verdadera imagen de la Transubs- 
tanciacion. Y sin duda es así, porque en los bajo-relieves de muchos sarcófagos de aquellos tiempos suelen verse, 
haciendo juego o completándose mutuamente, los dos asuntos del milagro de Cana y del milagro de la multiplica- 
ción de los panes, como para que se abarquen de un golpe de vista los símbolos de los dos elementos eucarísticos , el 
pan y el vino.— Bianchini (1) cita una preciosa vinajera del siglo iv, en que el milagro de Cana, representado de 
relieve en el contorno, alude indudablemente al poder dado al ministro celebrante para convertir el vino en sangre 
del Señor. 

Es doctrina recibida entre todos los anticuarios cristianos, que los artistas, al representar el milagro de la multiplica- 
ción de los panes baj o la inspiracion'y dirección délos pastores de la Iglesia, siempre se han propuesto figurar el mis- 
terio de la Eucaristía, en que Nuestro Señor Jesucristo se dá en alimento al hombre para que con virtud constante 
pueda llevar á cabo su peregrinación terrestre, del mismo modo que con un pan milagroso alimentó k la muchedum- 
bre desfallecida que por espacio de tres diasle seguia por el desierto. El sabio y sagaz DeBossi ha fijado á este pro- 
pósito un luminoso principio de crítica arqueológica, que importa no perder de vista cuando se encuentran monu- 
mentos conmemorativos de éste y otros hechos sacados de los libros sagrados, á saber: que nunca fué el propósito de 
los antiguos escultores ó pintores perpetuar el sentido directo de tales hechos, sino por el contrario , su sentido oculto 
ó emblemático. 

Independientemente de esta alegoría, hay representaciones de banquetes, con los cuales los artistas de aquella edad 
aludían sin duda alguna al festín eucarístico. Cita el abate Martigny monumentos en que están figurados siete hom- 
bres , ni más ni menos, sentados á una mesa , en la cual no hay más manjares que panes y peces. Estos panes y estos 
peces, y los siete comensales, traen desde luego á la memoria la refracción ministrada por Jesús, después de resucitado, 
i siete de sus discípulos junto al mar de Tíberiades: figura directa de la Eucaristía, con exclusión de todo otro mis- 
terio , según la declaración unánime de los sagrados expositores. De este hecho , consignado por San Juan en su Evan- 
gelio, y sólo de él, le viene -aXpez, lyM, su significación eucarística, y siempre que los antiguos autores designan la 
Eucaristía bajo el nombre misterioso de^e;, que es el que con más frecuencia emplean, toman la alegoría de la 
comida improvisada á la orilla del mar de Galilea.— ün anónimo africano del quinto siglo, cuya obra Sepromissio- 
nibus etprcedictionibus Dei se imprimió á continuación de las de San Próspero de Aquitania, llama á Jesucristo el 
gran pez qfte en la Hiera alimentó de sí mismo á sus discípulos, y como pez, 5(4», se ofreció al mundo entero. San 
Agustín dice de la manera más explícita (2): Sirvió el Señor á esos siete discípulos una refacción con el pez que habían 
visto soire las brasas y el pan que al lado estaba. SI pez asado es el Chisto; y es también Chisto el pan bajado del 
cielo.— Piscis assus, Clristus estpassus, interpreta Beda. En consonancia perfecta con esta doctrina, los frescos des- 
cubiertos pocos años há en el cementerio de Calixto y reproducidos por el ilustre De'Rossi, ya antes citado, demues- 
tran de una manera concluyente que el doble emblema de los panes y los peces es , así para el entendimiento como 
para la vida corporal, no ya una unión cualquiera del cristiano fiel con su Salvador, sino la unión subbme é íntima 
que se verifica por medio del manjar eucarístico. El inmenso valor dogmático de las pinturas descritas por el docto 
anticuario mencionado , resalta doblemente por el buen gusto de su estilo y por la perfección relativa de su ejecu- 
ción, correspondiendo todas ellas á la primera mitad del siglo ni. Ocupan estos frescos dos cámaras sepulcrales con- 
tiguas á la cripta ya célebre de San Cometió : uno de ellos representa un pez que va nadando á flor de agua , el cual 
lleva sobre la espalda una cista que contiene varios panes y una vasija de vidrio llena de vino. — Esta cista miste- 
riosa de que habla DeRossi, nos trae á la memoria las famosas astas que los paganos usaban en las iniciaciones y 
demás misterios del culto de Baco, y de las cuales ya en otra ocasión dimos extensa noticia á nuestros lectores (3); 



(1) Nol. m Anaslas. in vita S. Urbani. 

(2) Tract. xn. la Joan. 

(3) Con motivo de la ilustración do ui 
páginas) 273 y siguientes. 



italo-griego del Museo Arqueológico de Madrid. — Vea 



CUADRO EN TABLA DEL SIGLO XV, ATRIBUIDO Á VAN EYCK. 



13 



peTo ¡qué contraste entre los puros emblemas de salvación y vida contenidos en la cista cristiana, y los inmundos 
signos de corrupción encerrados en la cista griega! — Nuestra hermosa alegoría del pez nadando con tan preciosa 
carga, hace alusión evidente á la costumbre de los primitivos cristianos, en los dias de persecución, de llevarse á sus 
casas el Sacramento bajo sus dos especies. Nihil illo ditius qui Corpus Domini in canistro vimineo, et scmgiánem 
portal in vi-tro, escribía San Jerónimo en una de sus admirables epístolas (1). — Otra de aquellas pinturas representa 
una mesa en forma de elegante trípode, sobre la cual hay tres panes y un pez, y al rededor de ella siete cestos con 
panes. Sabido es que entre los antiguos cristianos se llamaba a la Sagrada Eucaristía, por antonomasia, la mesa del 
Señor. — Otro fresco figura un banquete cuyos manjares son solamente panes y peces. — Otro, además, añade ala 
mesa solitaria del fresco penúltimo , circunstancias del mayor interés , que la convierten en un verdadero altar : a un 
lado de ella está un hombre envuelto en un palliam , que deja descubiertos su brazo y costado derechos , el cual pone 
ambas manos sobre los panes y peces, y al otro lado una mujer que levanta las manos al cielo. El hombre del palio, 
atendida su actitud y la naturaleza de los objetos en que pone las manos , tiene que ser forzosamente un asceta ó un 
sacerdote, vestido á la usanza de los filósofos , en el momento de consagrar; y la mujer que ora, ó es la Iglesia que 
juntamente con el ministro de Jesucristo ofrece el sacrificio , ó es la imagen de la persona cuyos restos mortales des- 
cansan en el cuUcidum decorado con dicha pintura. — El que apetezca mayor copia de ilustraciones acerca de la 
representación eucarística de los emblemas del pan y del pez, puede consultar con fruto las eruditas obras del citado 
De'Rossi y de los doctos anticuarios italianos de la pasada centuria, Bosio, Bottari, el abate Polidori, Passeri, Ma- 
rangoni, Gori y Ciampini, y entre los escritos sagrados los de Doni Pitra, San Cipriano, San Agustín y el citado 
abate Marjigñy, los cuales le harán ver que no fué sólo propio de la iconografía romana usar esos emblemas, sino 
que los emplearon todas las demás Iglesias, señaladamente las de España, Francia y África, concordes en un todo 
con la de Roma. 

Muy respetables autoridades, como San Clemente de Alejandría, San Ambrosio, Ducange, Ruinart y el Buonar- 
ruoti, inducen á creer que se emplearon también como símbolos eucarísticos la leche, el queso, y hasta el vaso pas- 
toril llamado mulctra ó mulctmle, el cual, en una pintura mural del cementerio de los Santos Marcelino y Pedro, en 
las catacumbas de Roma, puesto sobre el cordero y rodeado de un nimbo, alude sin el menor género de duda á los 
vasos ó copones que usaba la primitiva Iglesia para conservar la Sagrada Eucaristía. — Ni faltan tampoco monumen- 
tos que autoricen á considerar como símbolo eucarístico la vid (2), pues la opinión general de los arqueólogos que miraba 
como propio de la Edad-media este emblema, y del siglo ix lo más temprano, ha debido modificarse por el descu- 
brimiento hecho en Rimini en 1863 (de que dio cuenta De'Rossi en el Bulletino de 1864, p. 15), de un bajo- 
relieve de altar de buen estilo que representa un vaso ó copa con asas, encima una cruz, y saliendo del vaso dos 
sarmientos con hojas y racimos que pican seis pájaros simétricamente colocados. 

Las representaciones de la última cena del Señor, tan frecuentes del Renacimiento acá, casi nunca se ven en las 
catacumbas: la disciplina del secreto contrariaba toda figuración demasiado expresiva de aquel divino escándalo de 
la transubstanciacion , que anunciado por el Salvador á sus discípulos, tanta sorpresa causó á éstos en la Sinagoga 
de Capharnaum. La religión de Cristo, sus dogmas, sus enseñanzas morales, sus esperanzas y sus promesas, todo 
aparece en lenguaje jeroglifico y al tenor de un vasto simbolismo sabiamente formulado, tomando los emblemas 
para figurar los hechos del Antiguo y Nuevo Testamento, ya de la mitología, ya de las escenas de la vida pastoril, 
ó de los animales , plantas , objetos marítimos , etc. La cena eucarística que el arte moderno representa , no es ya una 
alegoría, sino un hecho histórico. 

Hay en el antiguo arte cristiano una representación tradicional, que si bien no se refiere al sacramento de la Eu- 
caristía, dado que á nuestro juicio sólo alude á la doctrina de Cristo, parece haber existido viva y elocuente en la 
memoria del que pintó nuestro retablo. Figura, en efecto, entre los símbolos arriba expresados, anteriormente á la 
histórica representación de la Cena del Señor, la Fuente de la vida, de que nos suministran frecuentes ejemplos las 
iconografías latina y griega.— Los ciervos aplacando su seden los arroyos que bajan de un montículo, sobre el cual 
aparece el divino Cordero; Cristo de pié en el monte santo del Paraíso, del cual ñuyen cuatro fuentes ó nos; son 



(1) AdRuatk. n. sx. 

(2) Ahí lo espresó nuestro San Isidoro, Etymol. lib. vn, cap. n. De Filio Dei: 38. Dicitur & 



U pañis, quia caro. ViTis, quia sangitine ipsius r 



asuntos muy populares eu la primitiva Iglesia de Occidente (1), y los sabios Millin, Ciampini, Mabillon, Hosweide 
y Didrou, citan frescos de las catacumbas, sarcófagos de la Galia, mosaicos italianos y griegos y fondos de vasos, 
donde se ven con mas ó menos arte figurados. La iconografía bizantina ó griega representa la Fuente de la vida ha- 
ciendo intervenir en la alegoría i. la madre de Dios, de esta manera: la Fuente es toda de oro; en su centro está Ma- 
ría con las manos levantadas en alto; Jesús niño, delante de ella y como aplicado a su virgíneo seno, da la bendi- 
ción con ambas maneeitas y ostenta en su pecho el Evangelio con estas palabras : Yo soy el agua viva. Dos ángeles, 
uno á cada lado, sostienen con una mano una corona sobre la cabeza de la Virgen y con la otra sendos carteles. Dice 
el uno : Salve , fuente de pureza y de vida; y dice el otro : Salve , fuente pura de la divinidad. Debajo de la fuente 
hay una gran pila llena de agua, con muchos peces, y 4 los lados grupos de patriarcas, reyes, reinas, principes y 
princesas, que se purifican y beben el agua que sacan de aquel depósito en vasos y copas. Otro tanto hacen una 
multitud de enfermos, tullidos, paralíticos, mancos y cojos, á quienes santifica un sacerdote que tiene en la mano 
una cruz (2) . Pues bien , suprímase la figura de la Virgen y las de los ángeles que la coronan , y tenemos ya la ale- 
goría de la Fuente eucarística, procediendo del Cristo y difundiendo la gracia y la vida por todos los miembros de 
la Iglesia, exactamente de la misma manera que la representa el autor de la tabla, objeto de esta monografía: el 
cual , para hacer más ostensible su idea, sustituye á los peces que sobrenadan en la pila , y que son otras tantas figu- 
ras de Jesucristo, según dejamos ya expuesto, las Formas en que se contiene su sagrado Cuerpo transubstanciado; 
y para que sea luego más visible la eficaeia de este augusto Sacramento, añade la figura de la Sinagoga, vencida 
por su sola virtud. 

Pero demos otro paso en busca de un tipo simbólico aun más semejante al imaginado para nuestro retablo, y nos 
encontramos con un, bajo-relieve latino de los primeros siglos, grabado y publicado en la excelente obra de M. Didron, 
titulada Histoire de Bien (pág. 309), donde están representados : Cristo en el santo monte del Paraíso, con un volumen 
en la mano izquierda y la diestra levantada; su símbolo, el Cordero, á sus pies, también sobre el monte, y varios 
arroyos fluyendo de aquella elevación, cuyas márgenes ocupan otros corderos que representan á los fieles cristianos. 
Cuando la disciplina del secreto no fué ya una necesidad, la costumbre de ver simbolizados los dogmas y misterios 
del Cristianismo y el temor de extraviarse por las regiones de lo desconocido, influyeron poderosamente para perpe- 
tuar las alegorías católicas. En pleno siglo xv ya nada se oponía á que un pintor representase el sacramento de la 
Eucaristía, y su eficacia, divorciándose abiertamente de los antiguos emblemas convencionales ; pero si así lo hubiera 
hecho el que pintó este retablo , el pueblo de su tiempo no le habría comprendido. Aquel pueblo necesitaba en las 
pinturas de ese maravilloso Sacramento algo que denotase de una manera tangible la presencia real del cuerpo y 
sangre de Cristo en las especies consagradas, y esto de ninguna manera podia lograrse mejor que con un nuevo 
emblema , esto es, introduciendo en la corriente misma de la fuente viva, derivada del Hombre-Dios y del cordero, las 
hostias que suministra la Iglesia á los fieles. En los umbrales del Renacimiento, el genio del arte no debía elevarse 
á mayor altura. 

Mientras la grey cristiana conservó resabios del sensualismo pagano y cierta rudeza para comprender las grandes 
verdades reveladas, la Iglesia católica encadenó sabiamente el ingenio de los artistas: non est imaginum struetura 
pictorum inventiOy sed Ecelesiae cattolicw probata legislatio et tradilio, dice el concilio de Nicea (3). El pintor era 
sólo dueño de la ejecución, el arte le pertenecía; pero nada más; porque la invención y la idea eran propias de los 
Padres, de los teólogos, de la Iglesia católica, latina y griega. — Una vez acostumbrados los fieles á oír sin escán- 
dalo las maravillas de ¡a ley de gracia y de amor, la disciplina del secreto tenia que concluir juntamente con el mis- 
terio de las iniciaciones y el uso de los meros símbolos; pero á la manera que el que pasa de las tinieblas á la luz 
del sol tiene que ir gradualmente abriendo los ojos para no deslumhrarse ante los esplendores y matices que derramó 
sobre la creación la mano del Omnipotente, así los pueblos cristianos de Europa al acercarse en el siglo xv á la Era 
más portentosa de emancipación intelectual que vio el mundo, antes de ser llamados á contemplar el milagro de la 
Eucaristía reproducido por un milagro del arte en el inimitable cuadro áeZa Cena de Leonardo de Vinci, necesita- 



(1) Con arreglo á la interpretación de nuestro grande etimologista, lib. VIH, cap. II De Filio Dei. Foss, quia rerum ariga est, vet quod siliat sitíenles. 

(2) Bpjuntíff iij ;ii.y?i3'.íjíí , 6 sea Guia de la Pintura, de Dionisio, monje deFourna, traducido del griego por P. Durand , y publicado con notas por 
M. Didron, con el tifulo de .Manuel il'Ieíue.^eaiilúe Clieili.nnc qreeque et latine, etc. Parte 11, p. 288. 

(3) SS. Cancilla por el V. Ph. Labbe, tomo vil, Svnetlus Niceena II, actio vi, col. 831 y 832. 



CUADRO EN TABLA DEL SIGLO XV, ATRIBUIDO A VAN EYCK. 



15 



ban, como preparación progresiva, manifestaciones medio históricas y medio alegóricas, como la de nuestro retablo, 
para no ser presa de las ofuscaciones irremediables de la herejía. ¡Harto estrago iban á causar en lo venidero las 
exageradas reacciones del racionalismo declarando abierta guerra al símbolo, y derrocando , juntamente con las ale- 
gorías y los emblemas, la autoridad espiritual y el dogma! 

Entre la alegoría y la historia, el símbolo y la filosofía, los signos convencionales y las formas reales, el lenguaje 
jeroglifico y el lenguaje gramatical, hay un medio en que el arte se manifiesta expresivo, doctrinal y fecundo para 
los pueblos versados en la significación de los antiguos cánones iconográficos ; extraño , confuso y estéril para los que 
ya olvidaron aquellas leyes . Este medio ocupa la famosa tabla que describimos , analizamos y explicamos , cuyo argu- 
mento fué sin duda de tan fácil comprensión para los fieles que la vieron pintar , y luego , hecha retablo , doblaron 
ante ella la rodilla, como enmarañado y dificultoso para los que perdieron después la clave de su simbolismo. 

Creemos, pues, haber deslindado el lugar que nuestro cuadro ocupa en el campo de la iconografía cristiana. Han 
sido necesarias las meritísimas vigilias de los doctos anticuarios de nuestro siglo para que nosotros, vulgo de los 
arqueólogos, pudiésemos hoy explicar con sencillez y claridad su asunto, devolviendo su significación perdida á ese 
precioso simbolismo con tan primoroso arte expuesto y realzado. 



III. 



Era el artista dueño de la ejecución , como á la Iglesia pertenecía aún parte del pensamiento, cuando aun no volaba 
el genio sino con las alas medio trabadas por el campo de las concepciones filosóficas y religiosas. Pero en esa esfera 
de su peculiar dominio ¡qué de bellezas, qué de maravillas no atesoraban ya las artes plásticas! — Va á ejecutar el 
piutor un cuadro en que se represente la victoria que sobre la Sinagoga obtiene la Iglesia de Jesucristo fortalecida 
con el adorable sacramento de la Eucaristía: los elementos que han de entrar en su concepción estética serán, con 
escasas diferencias, los mismos que se dieron al pintor ó al escultor de los siglos primitivos: Jesús con el cordero; la 
eminencia correspondiente á su majestad y gloria; las aguas vivas que de ella manan, pero flotando en el cristalino 
raudal hostias en vez de peces; ángeles cantando las alabanzas de tan divina institución; y por último el Cristia- 
nismo y el Judaismo divididos en dos campos por la fé de aquél y la incredulidad y ceguera de éste respecto del 
inefable misterio, pero no ya en alegoría, como los figuró en el siglo xm el autor de la tabla de Marienkirche ztcr 
Wiese en Soest, sino como verdaderos grupos históricos. Mas, ¡qué distancia la que separa el pobre fresco ó el 
tosco bajo-relieve del pintor de la catacumba ó del entallador del sarcófago, del precioso retablo debido al pincel del 
artista flamenco! Allí era todo tímido, incorrecto, rudimentario; aquí luce con todo su brío y su eficacia la nueva 
idea estética, un naturalismo que aspira á resucitar el antiguo y clásico antropomorfismo, un arte que casi rivaliza 
con la ciencia teológica, su antigua maestra y señora. Y es que el arte ha recorrido en la esfera de los medios de 
ejecución distancias maravillosas: es que ya el pincel del artista ha penetrado en la razón de ser de las cosas y en 
los senos de la vida, y sabe ya acusar las formas, los escorzos, — la perspectiva, en suma, del cuerpo humano en sus 
diversas actitudes, — los movimientos que los afectos producen, la majestad y elegancia de las amplias vestiduras , la 
diversidad de los tipos según las razas y clases sociales; sabe agrupar y componer contentando al sentido de la vista 
que exige el equilibrio, y al instinto estético que pide variedad y armonía; y sabe además preparar la escena á sus 
personajes como hábil arquitecto y decorarla como elegante ornamentista, distribuir y colocar las figuras sin monó- 
tona simetría, aunque siempre con arreglo á sus jerarquías y al ceremonial y ritual de la sagrada liturgia, y expre- 
sar con perfección maravillosa, mejor aún que la belleza de las humanas formas, la naturaleza de los accesorios. El 
pintor del siglo xv, con su detenido é ingenioso pincel recien emancipado de los antiguos procedimientos técnicos 
que le entorpecían , y dotado con los colores preparados al óleo de un nuevo y poderoso medio de acción , traza con la 
precisión de un geómetra; corta los paramentos, zócalos, botareles, pináculos, agujas y arbotantes, ysus chaflanes, 
como un diestro cantero; labra como un entallador las archivoltas con sus molduras, frondarios y grumos, las colum- 
nillas y sus capiteles, las caladas marquesinas, los tenues parteluces y florones de las pintadas vidrieras; esculpe 
como un estatuario las figurillas y bichos que pueblan la nervuda y membranosa armazón de la enhiesta aguja, y 
los animales apocalípticos que simbolizan á los cuatro evangelistas en la silla pontifical ó cátedra de Jesucristo; pule 






los jaspes del terso pavimento, de las torres diáfanas que sirven de tribunas á los ángeles, y de la pila de la sagrada 
fuente, como un marmolista; esmalta como un alfarero los lindos azulejos del subasamento que pisan la Virgen 
María y el discípulo predilecto de Jesús; dora y bruñe la graciosa torrecilla que á manera de tabernáculo corona la 
marmórea pila donde vierte las sagradas formas la fuente; y por último, es tejedor para los brocados; tirador de oro 
para reducir á delicados hilos el precioso metal que los realza; orífice para las coronas, preseas, joyeles, broches, fíbu- 
las, collares, cinturones, cruces, báculos y demás objetos de arte suntuario que ostentan en sus vestiduras y arreos 
el Cristo, el Papa, el Sumo Sacerdote judío, los prelados, el emperador, el rey, etc.; esmaltador y joyero para el 
lujoso racional con que adorna su pecho el jefe de la Sinagoga; escriba para los pulcros caracteres del sepher-thorá 
que desenrolla el doctor de Ja Ley; instrumentista para dar á los dos lindos coros de ángeles que están al pié del 
trono de Jesucristo glorioso, los instrumentos que tañen; tundidor para dar su delicada tez á las lanas de sus roza- 
gantes ropajes, y á las que tan gallardamente pliegan los personajes del primer término del cuadro; tintorero para 
derramar sobre esas ropas los vividos esmaltes de la luz del medio dia; jardinero para hacer del menudo césped del 
huertecillo bañado por la fuente una vistosa alfombra de limpia esmeralda, esmaltada de primaveras y margaritas; 
y émulo del Supremo Hacedor en la creación del éter luminoso y difuso en que sumerge su sutil aguja esa calada 
torre: pálido y blanquecino en las capas inferiores de su aérea masa, azul trasparente como el zafiro en las profundas 
soledades de sus capas superiores. 

Todo esto lo sabe copiar maravillosamente el artista del siglo xv; lo que no sabe es inventar un cielo que se dife- 
rencie del augusto y hermoso templo ojival que, como digno alojamiento de la divinidad, ha admirado desde niño, 
ni concebir una majestad distinta de la que reverencia en la tierra; y hé aquí porqué vemos en el retablo que nos 
ocupa convertida la mansión de los bienaventurados en una especie de coro de suntuosa catedral, con la cathedra ó 
silla episcopal en el centro, los asientos de la Virgen y de San Juan Evangelista a los lados, y los coros de ángeles, 
cantores é instrumentistas, en el plano más próximo á la nave. Pero merecen particular estudio todos los objetos que 
como medios para expresar su concepción estética eligió el autor de la tabla, y debemos comenzarlo por esa cathe- 
dra, cuya forma es exactamente la de una custodia, como las de estructura .vulgarmente llamada gótica, y de 
orfebrería germánica, que conservamos en la catedral de Córdoba y en otros templos de España. 

Ofrece la galana arquitectura de esta mole tres cuerpos : el inferior, en que está el trono ó solio de Jesucristo, es 
una capilla de una nave central y dos laterales pequeñas, con su puerta de dintel prismático y clave pendiente y sus 
ventanas ojivales. Tapando la puerta, está colocada la cathedra propiamente dicha, cuyo respaldo cubre un paño de 
brocado de azul y oro con cenefa roja. Déjase suponer que en esta capilla vacía es donde se opera el milagro del 
Sacramento, dado que á los pies de Cristo está el cordero echado sobre su ara, por debajo de la cual sale como de un 
abundante venero el raudal de aguas y hostias que viene al plano inferior. Sobre la capilla hay una especie de cená- 
culo cubierto con un terrado y decorado al exterior con ventanas conopiales y fiorenzadas de garbosas curvas. Este 
cuerpo inferor está fortalecido con esbeltos estribos y botareles, decorados con estatuillas bajo sus marquesinas, y 
pináculos revestidos de graciosas frondas. El cuerpo medio, estribando más que en el inferior en el ángulo saliente 
de su puerta, lleva en su centro un espacio cerrado con ventanas de cristales en largos y angostos ajimeces, coro- 
nados de lindos conopios muy exornados , y se halla afirmado por medio de sutiles botareles, que son la prolon- 
gación de los estribos flanqueantes de la puerta, y con arbotantes engalanados de frondarios y arcos de selecta 
crestería lobulada. El cuerpo superior es un prisma macizo con arcos ornamentales en sus caras, flanqueado de 
estribos y botareles con sus arbotantes y pináculos, y coronado por una elegantísima aguja con su frondario, tope 
y grumo. Los estribos que flanquean la puerta en el cuerpo bajo, avanzan por la parte inferior formando los costados 
y brazos de la cathedra ó solio pontifical, y los cuatro planos que presentan al frente sirven de pedestales á las figu- 
ras simbólicas de los Evangelistas. Son estos cuatro símbolos, comprendidos todos en la palabra griega Tetra- 
morphos, el ángel, el águila, el león y el becerro, cuya significación se colige de estos versos latinos tomados de un 
curioso evangeliario (1) : 

Quatour kaec Dominum signanl animatia Christum: 
est homo nascendo , viluhcsr/v.e sacer moviendo , 
et leo surgendo , coelos aquilaque petendo. 



(1) llegalado a la Sálate Chapclie de Paría eu 1373 por e! rey de Francia Callos V el Pri, 



CUADRO EN TABLA DEL SIGLO XV, ATRIBUIDO A VAN EYCK. 



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En la explicación de estos misteriosos atributos concuerdan del todo las dos Iglesias griega y latina, pues el Guía 
de la Pintura del monje agiorita Dionisio , que en otra ocasión hemos citado, dice terminantemente en su Parte n 
hablando del modo de representar á los cuatro Evangelistas: «Junto á San Mateo, un hombre; junto á San Marcos, 
»un león; junto á San Lúeas, un becerro; junto á San Juan, una águila. Interpretación: la semblanza del hombre 
» significa la encarnación ; la semblanza del león caracteriza la fuerza y el poder real; la semblanza del becerro indica 
» el sacerdocio y el sacrificio; la semblanza del águila alude á la inspiración del Espíritu Santo.» Y así es en efecto, 
porque en el evangelio de San Mateo Jesús nace como hombre; muere en el de San Lúeas como víctima; resucita 
como león en el de San Marcos, y se remonta al cielo como águila en el de San Juan. Ahora bien; como atributos 
de los mismos evangelistas, el hombre figura á San Mateo, que narra principalmente la vida mortal de Cristo empe- 
zando por su genealogía ; el becerro figura á San Lúeas, que principalmente se consagra á referir la pasión y comienza 
contando la visión del sacerdote Zacharías ; el león personifica á San Marcos, que deja oir los rugidos de su voz ter- 
rible, — Marcus frendens ore leonis, dicen los simbolistas del siglo sin, — ó que atruena el Desierto con la voz del 
Bautista; y el águila figura á San Juan, cuya palabra tiene alas, por decirlo así, y se remonta á los cielos como 
para contemplar a la divinidad de hito en hito. Al hombre suele reemplazar un ángel como atributo de San Mateo, y 
al becerro un buey como atributo de San Lúeas. — En cuanto al puesto que estos atributos deben ocupar, su orden 
jerárquico exige que sea el siguiente : en la parte superior, el ángel á la derecha y el águila á la izquierda ; en la infe- 
rior, el león á la derecha y el becerro á la izquierda, porque el león es el menos grosero de los dos animales más 
pesados del tetramorphos , y el ángel es el más aéreo de los dos seres que tienden hacia arriba. Cuando esta coloca- 
ción no se observa, se incurre en error según el guía bizantino: y tal es también la regla de la iconografía latina. Pero 
debemos reconocer que no siempre se ha seguido rigorosamente el orden indicado: así, por ejemplo, San Ireneo en 
su Tratado contra los herejes (1) atribuye el águila á San Marcos y el león á San Juan; San Atanasio en su Sinopsis 
de la Sagrada Escritura (2), atribuye el becerro a San Marcos y el león á San Lúeas; y San Agustín en su obra 
sobre la Conformidad de los evangelistas unos con otros, aplica el león á San Mateo y el hombre á San Marcos. Pero 
San Ambrosio (3) y San Jerónimo (4) aplican los símbolos evangélicos de la manera que se usa generalmente (5), y 
el autor de la tabla que ilustramos se ajustó á ella como casi todos los pintores é imagineros de la Edad-media. 

Expuesto el simbolismo de la catiteara, debemos aclarar el de la preciosa torre que le sirve de dosel ó marque- 
sina. — Diez y siete lindas estatuillas pueblan la elegante máquina arquitectónica, encaramadas todas, ya en sus 
estribos y botareles, ya en los huecos que separan á éstos de aquellos, ora cobijadas bajo treboladas marquesinas, 
ora puestas al descubierto: como palomas que han acudido á un alminar, guarecidas unas bajo sus voladizos y 
otras como prendidas á la ajaraca de la grietada fábrica. ¿Qué personajes representan esas diez y siete estatuillas? 
En nuestra opinión, no los apóstoles y profetas juntos, como supone Ernesto Fórster, sino los diez y siete profetas, 
mayores y menores, nuncios de la venida del Mesías y de la institución de su Iglesia. Si sunt prqphetae veteris, 
nomque testamenti: quorum finis Christus (6). Bien sabemos que se cuentan generalmente doce profetas menores y 
cuatro mayores, entre todos diez y seis , siendo los mayores Isaías, Jeremías, Ezechiel y Daniel, y los menores 
Oseas, Joel, Amos, Abdías, Jonás, Micheas, Nahum, Habacuc, Sophonías, Aggéo, Zacharías y Malachías; pero 
¿quién puede negar á Baruch la categoría de profeta? El libro de la profecía de Baruch fué siempre respetado como 
canónico, pues si bien algunos Padres no hicieron mención de él en el catálogo de los Libros Sagrados, fué porque 
se le creyó parte de las profecías de Jeremías, bajo cuyo nombre solian en lo antiguo citarse los textos de Baruch, 
su amanuense, como observó ya San Agustín (7); mas esto no impidió que así el concilio de Florencia como el 
de Trento, le conservasen en el canon de las Escrituras divinas, contra la temeraria opinión de los que inten- 
taban proscribirle por no existir ya su texto hebraico, desconociendo que la antigua versión griega conserva todas 



(1) Lib. ni, cap. ii. 

(2) Tomo n, pág. 155. 

(3) Adv. Jovian., lib. i. 

(4) In Ezech., cap. i, y en su prefacio sobre San Mateo. 

(5) V. sobre esta materia la curiosa Disertación da M. Gabriel Peignot, publicada e 
Cóte-d'Or. 

(6) S. Isid. Etymol. 1. vn, c. Vin. 

(7) De Civit. Dei, lib. xvm, cap. xsxm. 



:s de la Commission des Ántiquités de la 



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EDAD MEDIA. — ARTE CRISTIANO. —PINTURA. 



las señales de ser hebreo el original. Diez y siete, pues, y no diez y seis, son los profetas, y á este número exac- 
tamente responde el de las estatuillas de nuestra bellísima torre central. En la época en que el retablo fué pintado, 
habia en toda Europa muy ilustres escriturarios, que pudieron fácilmente aleccionar al autor acerca de este 
punto. — Pero tenemos otra razón más para creer que la intención del pintor fué figurar sólo los Profetas , y es que 
entre los Santos del Antiguo Testamento, sólo ellos, como nuncios de la venida del Mesías y del cambio que iba 
a verificarse en el seno de los tiempos, oran honrados por la Iglesia latina con lugar preferente en la ornamen- 
tación iconística de los templos. Sólo la Iglesia griega era la que honraba á todos los Santos de la antigua Ley lo 
mismo que a los de la nueva, y por esto en las pinturas bizantinas es tan frecuente que ocupen los más impor- 
tantes puestos los patriarcas, los profetas, los jueces y los reyes de Judá, todos asociados. Los griegos demues- 
tran su predilección á estos Santos, no sólo representándolos con particular esmero en sus pinturas y mosaicos, sino 
también canonizándolos y poniendo 4 sus hijos bajo su patrocinio en las fuentes bautismales. En todo tiempo han 
sido comunes entre los cristianos griegos los nombres de Adán, Isaac, Jacob, Abraham, Moisés, David, Salomón, 
Melchisedee, etc. En la Iglesia latina, por el contrario, no se les rinde culto publico, porque como dice Jacobo 
de Vorágine en su Leyenda Áurea (De Septem fratribus Mac/tabaeisJ bajaron al infierno : eo quod ai Inferas des- 
cenderunt. Asi , pues, nuestro sistema iconológico los sacrifica en cierto modo, dando los puestos en que aloja figuras el 
templo á los Santos propiamente dichos, esto es, á los grandes hombres de la Iglesia cristiana militante; y sólo los 
profetas, como portaestandartes de esa legión gloriosa, obtienen excepción. 

La preciosa Cathedra que acabamos de describir está ocupada por la figura de Cristo en su gloria , ó Cristo triun- 
fante. Christus vincit, Christus regnat, Christus imperat, fué el mote glorioso con que la Iglesia de la Edad-media 
estimuló hasta fines del siglo xiv el genio de los imagineros que historiaban las portadas de las catedrales, y siguió 
siendo para los pintores hasta el Renacimiento tema fecundo de las composiciones de los retablos. El docto Waagen, 
incidiendo en el mismo disculpable error que cometieron, primero el abate Ponz, y después nuestro inteligente 
amigo el autor del Catálogo provisional del Museo de la Trinidad, creyó ver en esta imagen al Padre Eterno , sin 
considerar, en primer lugar, que el solio que ocupa, decorado con los cuatro animales simbólicos de los Evange- 
listas, claramente dá á conocer que se trata del fundador de la nueva Ley, y no de Dios Padre; en segundo lugar, 
que nada tenia que hacer la imagen del Padre en la representación alegórica de la institución de la sagrada Euca- 
ristía; y por último, que el cordero echado á los pies de esta figura, verdadero símbolo de Cristo, no representa 
aquí por si sólo al Redentor, sino que sirve de atributo característico á la figura que ocupa el solio. Son frecuentes 
los monumentos de la antigüedad cristiana en que se ve á Jesucristo acompañado del cordero que le simboliza, y 
aquí, además de la persona de Dios Hijo, hacía falta su símbolo para expresar con claridad el texto apocalíptico: 
«Mostróme un rio de agua vivifica, claro como el cristal, que manaba del solio de Dios y del cordero»... «ya no 
tendrán hambre ni sed, ni descargará sobre ellos el sol, ni el boclimno; porque el cordero que está en medio del solio 
será su pastor , y los llevará á fuentes de aguas vivas, y Dios enjugará todas las lágrimas de sus ojos. » El error del 
Doctor Waagen (1) es muy disimulable en quien no hace profesión de anticuario ó de iconólogo ; pero lo que no se 
le puede perdonar es la seguridad con que enmienda la plana á su paisano el juicioso Passavant y á los críticos 
ingleses Crowe y Cavalcaselle que describieron en esa figura á Jesucristo. Y como de este mismo extravío pudieran 
padecer otros críticos , creemos no será inoportuno dar alguna explanación á este punto. 

Nunca, en la Edad-media, fué representado Jesucristo á los pies del Padre. No es indiferente, como muchos creen, 
el lugar asignado á los personajes sagrados en la iconografía cristiana. La preferencia concedida á cualquiera de 
ellos es siempre significativa. La izquierda es inferior á la derecha; la parte baja menos honrosa que la superior; el 
centro es preferido á la circunferencia. 

Hay más: en la generalidad de los monumentos de esa Edad, la figura de Dios Padre queda en cierto modo 
oscurecida por la figura de Dios Hijo. Esta idea, que puede sorprender á los poco versados en la ciencia de que trata- 



(1) Ee aquí sus palabras : Das Bild seigt iu dom ganzen Gedankengange, wie ober Gott Vater (a), mit María und Johanncs dem Evangelista 
Seiteu, ¡n der Liuken das Scepter, mit der Recbteu segnend, tbront, tintar ihm das utakellose Lamm, ais daa Symbol Christi, beflndlich iat, v 
ebein, etc., etc. 



il stiaunt Blit niír in üíúSi.t ];..zk'lum- jl^reia , wálirend Passavant und Csvab-aseda (Ik-sc Figur ftir Clin 



CUADRO EN TABLA DEL SIGLO XV, ATRIBUIDO Á VAN EYCK. 



19 



mos, lia sido plenamente desarrollada por M. Didron en su erudito trabajo de Iconografía titulado Historia de Dios 
(Uistoire de Bien), donde prueba con multitud de monumentos de las Iglesias latina y griega estas diversas con- 
clusiones: Dios el Padre, ó no figura en manera alguna en las representaciones plásticas de los primeros siglos del 
Cristianismo , y aun de la Edad-media hasta el siglo xiv , ó si figura , muestra sólo de su divina Persona una peque- 
ñísima parte ; si esta pequeña parte de la figura del Padre aparece en aquellos monumentos , ó se la ve colocada en 
lugar poco honorífico, ó representa un papel del todo inconveniente; el Hijo, por el contrario, aparece siempre figurado, 
aun en los pasajes del Antiguo Testamento en que no debería aparecer, y su figura y su puesto son siempre decorosos 
y dignos. — Explica el citado autor con muy plausibles razones este singular fenómeno iconográfico , y demuestra que 
las causas de la postergación que en el largo período referido sufre la divina personalidad del Padre, y de la preemi- 
nencia casi absoluta concedida á la del Hijo, pueden reducirse á seis: primera, el odio que los gnósticos tenian á 
Dios Padre; segunda, el temor de perpetuar la memoria del padre de los dioses gentílicos, Júpiter, y de ofrecer un 
ídolo pagano á la adoración de los cristianos ignorantes; tercera, la semejanza, por no decir identidad, entre el 
Padre y el Hijo, fundada en los textos sagrados; cuarta, la Encarnación del Hijo, Verbo del Padre; quinta, la 
ausencia de manifestación visible del Padre, al tenor de los textos sagrados; y sexta, la dificultad de dar forma á 
una imagen tan importante. 

Sabido es lo que cundieron durante los primeros siglos de la Iglesia las opiniones de Cerintho, tan afines de la 
teología judaica; pero este famoso gnóstico fué fundador de una escuela que, extremando cada vez más sus doctrinas, 
acabó en una oposición violenta, un rencor furioso contra la Persona de Ihowah. Preocupado con el antagonismo que 
creía descubrir entre el Antiguo y el Nuevo Testamento, por no comprender que el uno es complemento del otro, 
y no pudiendo conciliar al Dios exclusivo é inexorable de los judíos con el Dios universal y misericordioso de los 
cristianos, Marcion hizo de Ihowah un demiurgo inferior y perverso, enemigo de todo bien, enemigo del Verbo, 
enemigo del Cristo, que excita á Judas á hacerle traición y venderle, y concluye por entregarle al suplicio de la 
cruz. — Los ophitas, secta gnóstica también, hacían al Dios de los judíos, no sólo perverso, sino además estúpido: 
Jaldabaoth, tal era el nombre que daban á Dios Padre, prometía un Mesías carnal, y cuando el verdadero Mesías 
llega, le desconoce. Siéntase el Mesías á su diestra, siempre desconocido por él, y desde allí llama hacia sí el prin- 
cipio vital de todos los seres para destruir la creación viciosa de Jaldabaoth y hacer que vuelva todo al seno de la 
unidad infinita. Los ophitas además maldecían del Ihowah de los judíos porque, envidioso del hombre, le habia que- 
rido defraudar la ciencia del bien y del mal, y adoraban á la serpiente porque, agente de la sabiduría infinita, 
enseñó á la criatura lo que habia de hacer para reconquistar esa ciencia. — Otros gnósticos, denominados Cainitas, 
guiados del mismo espíritu, veneraban a Cain y á todos los personajes reprobados en el Antiguo Testamento, y la 
memoria de todas las ciudades castigadas con rayos y lluvia de fuego. — Pues bien; la influencia de los gnósticos 
penetró hasta en las catedrales, según observa el erudito Raoul-Rochette (1), y lo mismo que en los sarcófagos, fres- 
cos , mosaicos , vidrios sagrados y dípticos ebúrneos , en el edificio religioso de la Edad- media la figura de Dios Padre, 
ó faltó absolutamente , ó apareció incompleta y humillada. Las más antiguas imágenes de Cristo, de la Virgen y de los 
principales Apóstoles , eran todas hechura de los gnósticos , y de esta impura fuente vinieron hasta nosotros los retra- 
tos de Jesús, de su Santa Madre y de sus Discípulos. Por otra parte, no siempre el arte fué escrupulosamente ortodoxo, 
pues de los libros condenados y anatematizados por apócrifos y anticanónicos, y nó de más venerandas autorida- 
des, tomaron los imagineros muchísimos de los pasajes con que historiaron las vidrieras pintadas y las portadas 
de casi todas las catedrales del Occidente: es decir, que la mayor parte de los monumentos que son gloria y orgullo 
del Catolicismo, están historiados bajo la influencia de unos libros declarados heréticos por grandes Pontífices y por 
los talentos más sublimes de la Iglesia cristiana. 

El temor de hacer de Dios Padre un ídolo, pudo también contribuir mucho al fenómeno indicado. La analogía de 
los atributos de Ihowah, Dios de la fuerza y Dios de los ejércitos y de las batallas, con los atributos dados por la clá- 
sica antigüedad á Júpiter , debia en efecto parecer flagrante , y la propensión á representar al Dios de los cristia- 
nos con las formas del rey del Olimpo debia ser tan irresistible , que desde los primeros siglos de la Iglesia se pensó 
en dar la fisonomía de Júpiter al mismo Jesucristo, es decir, al cordero místico que representa el emblema divino de 



(1) Discours sur fr.; Ii/prí ¡wttalify qui cnnatituenl Varí da christimtiame. Pai'íf 



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EDAD MEDIA. — ARTE CRISTIANO. — PINTURA. 



la dulznra, de la mansedumbre y de la caridad; todo lo contrario de la fuerza. Por más inconcebible que o: 
es lo cierto que los escritores sagrados de aquellos primeros siglos advirtieron ya este escollo, pues cuenta Theodoreto 
que un artista cristiano quiso pintar una cabeza de Cristo tomando por modelo una imagen de Júpiter, y que se le 
secaron súbitamente las manos, las cuales no recobraron su acción natural sino por la intervención milagrosa y por 
las oraciones de Gennadio, arzobispo de Constantinopla (1). 

La semejanza del Padre con el Hijo, según los sagrados textos, no debió contribuir menos á que muchos artistas 
representasen á aquél bajo la forma de Jesucristo. Qui mdet me, mdet eom qui misil me: el que á mi me ve, ve al que 
me envió, dice el mismo Jesucristo por boca de San Juan evangelista. Ego et Pater mmm mmtis: mi Padre y yo 
somos uno mismo. Pater in me est, et ego m Paire: el Padre está en mí y yo en el Padre, añade el Divino 
Verbo. Y el arte, que tomó estos textos al pié de la letra, se vio naturalmente conducido a representar al Padre bajo 
la imagen del Hijo. 

Otro texto, basado en uno délos dogmas fundamentales de nuestra religión, favoreció asimismo la sustitución del 
Hijo al Padre en las representaciones plásticas. San Juan, en efecto, declara en el capítulo primero de su Evangelio, 
que Jesús, persona Divina que na tomado carne , es el Verbo, es decir, la palabra de Dios: Veríum caro factmn est: 
y de aquí que en todo asunto en que la Divinidad aparezca hablando, sea la figura del Hijo y no la del Padre la que 
se represente. No es, pues, de extrañar que el Dios que conversa con Isaías en la catedral de Chartres; que habla 
con los profetas en nuestras vidrieras góticas (2) y en nuestros manuscritos iluminados; que echa en cara su desobe- 
diencia á nuestros primeros padres y su crimen a Caín el fratricida -escenas tan frecuentes también en los antiguos 
sarcófagos esculpidos,— sea Jesucristo, y no Ihowah, puesto que en todos estos asuntos habla Dios, y Jesús es la pala- 
bra de Dios hecha carne. -El Génesis además dice que Dios hizo el mundo con su palabra: que Dios habló al crear la 
luz, el firmamento, los planetas, las plantas, los animales y el hombre; por lo cual no faltaron teólogos que decla- 
raron que era Jesús, palabra divina según San Juan, quien había creado el mundo, puesto que el mundo había salido 
de la nada, por virtud de la palabra de Dios. Pero además, ¿no dice el símbolo de Nicea que repetimos todos los dias, 
que es el Hijo, y no el Padre, el creador del universo? Jesum Christum, Püümi Dei, í/nigenitum . ..perquem omnmfacta 
sunl. La Trinidad entera, esto es lo cierto, tomó parte en la obra de la creación, puesto que la Trinidad es indivisible 
dogmáticamente, y toda obra hecha por una de las tres divinas Personas, es creación colectiva de las tres. Pero es 
el Hijo el agente esencial, el artista principal , digámoslo así , de la creación : de consiguiente, cuando un artista, 
teólogo en todo el rigor de la palabra, como el escultor de la catedral de Chartres ó como el pintor de la iglesia de 
Saint-Savint cerca de Poitiers, representa el asunto de la creación sin hacer intervenir en él á la Trinidad entera, 
y poniendo en escena á una sola de las tres Hipóstasis , no es al Padre ni al Espíritu Santo al que figura, sino i 
Jesucristo. El símbolo de Nicea, pues, concurrió con el gnosticismo á producir ese fenómeno iconográfico de la esca- 
sez de imágenes de Dios Padre y abundancia de las del Hijo, de que vamos hablando. 

Hemos apuntado, citando a Didron, que otra razón puramente estética ha podido conducir al mismo resultado, y 
aun es posible que este resultado haya provenido de un principio diametralmente opuesto al de los gnósticos. La idea 
de un Dios creador del universo y Señor absoluto de todos los seres , que de una de sus miradas hace brotar la luz y 
produce con su solo aliento las plantas y los animales— Qui calumpalmo metitur, ae terram manu continet, etpugülo 
agmm claudit (3), — debió intimidar a los más engreídos artistas de los primeros siglos de la Iglesia. El mismo Rafael 
le ha dado una forma muy imperfecta. No así respecto de Jesucristo, porque á éste le vio el mundo; y no sólo le 
vio, sino que describió prolijamente sn fisonomía é hizo su retrato. El representarle en figura humana no era ya 
gran temeridad. 

Finalmente, fuerza es recordarlo, los primeros cristianos hasta el quinto ó sexto siglo, fueron en general muy 
contrarios á toda clase de imágenes: todos en cierta medida eran iconoclastas en el buen sentido de esta palabra. Fiel 
la Iglesia á la máxima de San Agustín (4): quidquid, cum ista cogitas, corpórea: similitudinis occurrerit, auge, 



(1) Piotori cuidara, qui Cbristi Domini pinxerat ¡magia», mnnu. amb.e exaruerant, Ferebatnr antam Gentil!, cujuapiam bominie jasan hoc opua 
nub ...... Salvatori. .pecio ita pinxi..e, ut capillis ex utraqu. ori, parte di.creti. fací., nullateuue tegeretur (»a utiquo forma qua pag.ni Jovem p :„. 

gant), ut ab iia qui ip.um videreut Salvatori adorationem offerre existiinaretur. Tbeod., Hüt. ecclcs., lib i, cap. xv. 

(2) Usamos eBte adjetivo do u.o vulgar por no incurrir en ol absurdo común entro nueitroj pseudo-arqueólo., de dooir vidrieras ojivale,. 

(3) San Juan Daniaaceno. 
(i) Epist. cxx 13. 



CUADRO EN TABLA DEL SIGLO XV, ATRIBUIDO Á VAN EYCK. 



21 



abnue, nega, resvue, fuge, no perniitia á los pintores y escultores la libertad de dar á Dios Padre forma corpórea 
determinada, por temor de que los fieles cayesen en la herejía de las sectas que atribuían cuerpo á la Divinidad. 
Por lo cual, siempre que ésta había de intervenir en la figuración de un hecho histórico de la Biblia, se la represen- 
taba bajo la forma de una mano, como se ve en muchos mosaicos de Italia. San Juan Damasceno, que lejos de ser 
iconoclasta combatió como un héroe á esta secta y á León el Isáurico, como Demóstenes a Filipo, declaro positiva- 
mente que no era lícito representar la naturaleza divina, porque nadie la ha visto (1). Aquel gran teólogo permitía 
tan sólo representar la imagen del Hijo de Dios, en atención á que por su inefable bondad, habiendo tomado carne, 
había vivido en la tierra en carne mortal y tratado con los hombres; por lo cual no erramos cuando reproducimos su 
imagen dándole nuestra naturaleza, nuestra corpulencia y la figura y color de nuestra carne. 

Estas fueron las causas que durante el largo período llamado gótico produjeron esa falta casi absoluta de imágenes 
de Dios Padre, que se advierte en la decoración iconográfica de los templos y de los demás objetos de uso religioso. 
Ahora debemos añadir que á fines de ese período, y ya en el siglo xv, los artistas, más fieles quizá á la historia que 
al dogma y á los cánones, siguen casi unánimemente la regla de hacerle figurar, con exclusión del Hijo y del Espíritu 
Santo, en todas las escenas sacadas del Antiguo Testamento, y de suprimirle casi por completo en los asuntos toma- 
dos de la nueva Ley, donde el Hijo principalmeute domina. En estos últimos asuntos, en efecto, el Padre no tiene 
intervención manifiesta; porque así como impera en absoluto durante la antigua Ley, y allí habla, allí se mueve, 
allí aparece, allí castiga y premia, conversando con Adán, con Noé, con Abraham, con Moisés, con los reyes y los 
profetas ; después del nacimiento de Cristo casi por completo se retira de la escena y ya no se le ve ni se le oye apenas. 
Dos veces solamente deja oir su voz: en el bautismo de Cristo y en su Transfiguración ; en todos los demás actos de 
la vida, pasión y muerte del Salvador, ¡silencio profundo! 

Y preguntamos nosotros ahora: ¿es posible que en la época misma en que con mayor religiosidad observaban los 
artistas esta regla de no representar la figura del Padre más que en los asuntos del Antiguo Testamento, fuera el 
autor de nuestro retablo á hacerle intervenir en un asunto tan completamente extraño á la antigua Ley, cuanto 
que es la figura más acabada y perfecta de la Ley nueva? ¿Por ventura no se trata de la institución de la Sagrada 
Eucaristía, acto divino de los últimos dias de la vida mortal del Cristo, por el que consuma el establecimiento de la 
Ley de gracia, de amor, de caridad, de abnegación y sacrificio? ¿No brota de los pies de su trono esa fuente de la 
vida, que lleva a los fíeles el pan de su sagrado cuerpo, dado á sus discípulos en aquel misterioso y milagroso ban- 
quete de la última cena? Sí , ciertamente. Y ¿ qué dicen Isaías y San Agustín , los Profetas y los Santos Padres, de la 
significación de esa mística fuente ? ¿Quis est fons vitmnisi Chris tus? ¿Quién es la fuente de la vida sino Jesucristo? 
— Uaurietis aquas in gaudio de fontibus Salvatoris. Sacareis las aguas con júbilo en las fuentes del /Salvador. Con 
lo dicho pudiera quedar de sobra patentizado el error del docto Waagen y de todos los que siguen su interpretación, 
y corroborado con razones concluyentes el canon arqueológico formulado á fines del siglo xvn por el eximio Ciam- 
pini: Fons Chriskim Dominum innuit. Pero otra nueva consideración deducida de la perfecta unidad de concepto 
del cuadro mismo, hace que insistamos todavía en este punto. 

Es evidente que ese manantial de aguas vivas que brota del trono á cuyos pies está el Cordero, represéntala divina 
institución de Jesucristo, esto es, la Iglesia, por cuyo canal ó cauce se derivan á los fíeles las gracias de los Sacra- 
mentos. De una de las tribunas que ocupan ángeles cantores á ambos lados del huerto por donde corre el divino 
manantial, sale una filacteria en que se lee este versículo incompleto: Fons liortorum : puiens aquarmn viventium. 
Este versículo es del Cantar de Cantares , y su complemento es: quae jíuunt Ímpetu de Líbano (2). Haciendo, pues, 
alusión este poético y sublime libro de la Biblia, según el común sentir de los Padres, á la perpetua é indisoluble 
alianza de Cristo con su Iglesia, la cual, en muchos pasajes del Nuevo Testamento, es llamada Esposa de Jesucristo , 



(1) In errore qtiidem versareimir ai vol invisibilis De! conficeremns imaginen) ; quoniam id quod corporcum non est 
tuni,-nec figuratum, piugí omnino non potest. Impie rursum ageremua si e Sorra atas a nobis hominniu imagines Déos essi 
dÜB divinos honorea tribueremus. At iiihil horum prorsus admittinius. — Sed poateaquam Deus, pro inefEabüi bonitatesua 
visue eBt et cum hoinmibus couversatus est; es quo naturam nostram corpulentainque crassitiem, figurara item et color 



circnniBtnp- 
¡ue tanquam 

Hcopií, nequáquam 



aberramus cum ojiis imaginera exprimhaus. — Es quo Vorbum iuearnatiini est, ejus imaginera pingere lieet... De¡, qui est incorporeus, invisibilia, a 
materia remotissimus, figurao espera, incirctmiscriptua et incomprchcnsibilis, imago nulla fieri potesl. Nara quomodo íllud quod in nspectum non cadít 
imago repreüentarit? Opp. S. Job. Damaa. París, 1712, torno i, Orat. 2." De Imaginibus. 
(2) Cant.iv, 15. 



22 



EDAD MEDIA. — ARTE CRISTIANO. —PINTORA. 



es claro como la luz del dia que el ángel que canta: Fuente de los huertos, pozo de aguas vims rjue bajan con ímpetu 
del monte Ulano, celebra á esa Iglesia , estrechamente unida á su Esposo, como fuente secundaria de los dones celes- 
tiales: porque la fuente primaria es siempre el mismo Jesucristo. Sólo de esta manera, de consiguiente , hay perfecta 
unidad en el concepto y en la composición de nuestra tabla, el cual de todo punto faltaría si a la persona de Cristo 
hubiese el autor sustituido la del Padre Eterno. 

Quiza no será enojoso 4 nuestros lectores que demos fin a este punto con la siguiente lista de los nombres sim- 
boheos la mayor parte , aplicados en las Sagradas Escrituras 4 Nuestro Señor Jesucristo, tomada de unos versos del 
papa San Dámaso (1): 

Spes, Via, Vita, Salus, Ratio, Sapientia, Lumen, 

Judex , Porta, Oigas, Rex, Gemina, Prop/ieta, Sacerios, 

Messias, Zetaot, Matti, Sponsus, Meiiator, 

Virgo, Cofia»», Marías, Petra, Films, Smmanuelgve, 

Vinea, Pastor, Ovis, Fax, Radix, Vitis, Oliva, 

Fons, Paries , Agnus , Vitulus, Leo, Propitiator, 

Veromn, Homo, Pete, Lapis, Domus, omnia Christus-Jesus. 

Tenemos, pues, 4 Cristo triunfante y 4 Cristo pontífice en el cuadro que vamos examinando. Los atributos que 
bajo este concepto le da el autor, son los adecuados: la capa pluvial y la mitra; el cetro que le pone en la mano 
izquierda es el s lg no de su realeza ó soberanía. El pluvial que, majestuosamente plegado, cubre toda su persona 
sm dejar descubierto m4s que su pecho, su brazo derecho y su mano izquierda, esta sujeto por delante con un broche 
de oro y pedrería, y no tiene el recamo de las antiguas vestiduras pontificales, porque en la mente del que pinto 
el cuadro se iban ya debilitando las tradiciones de la imaginería de la Edad-media, y preludiaban aquellas aspi- 
raciones á la sencillez clasica que son uno do los caracteres m4s determinados del Renacimiento. Pero aunque 
esa capa pluvial, ó más bien manto, carezca de cenefas y bordados, su color, así como el de la túnica que apa- 
rece debajo, es el consagrado para los tipos hieráticos del Salvador, representado en cualquiera de los actos de su 
amor divino é infinito, es decir, el rojo; color que, como símbolo del amor ardiente y activo, tan semejable al 
fuego, cuadra admirablemente á Cristo en la institución de la sagrada Eucaristía.-La mitra que el pintor le ha 
dado es la que llevaban en su siglo los obispos, más elevada que las usadas en los siglos anteriores, y en un todo 
conforme con las que los prelados llevan hoy. Es de lama de plata con bordados de oro y piedras preciosas; penden 
de ella las ínfulas ó tenias que recuerdan el origen de esta prenda del indumento episcopal, y su borde inferior 
o sea el inmediato 4 la frente, presenta 4 la vista una corona de floroncillos, como recordando la descripción 
que hace el Éxodo (2) de las mitras que labró BeseleCl para Aaron y sus hijos: feeernnt... et mitras cmn coro- 
nula suis ex lysso: hicieron asimismo mitras de lino fino con sus canmitas.—U, vara ó cetro es, por último el 
signo de la autoridad y del poder de Cristo triunfante, el emblema de su realeza y de su disciplina: regni sig'nifi- 
eatio vel compilo disciplime, como dice San Ensebio (3). Según el célebre obispo de Mende (4), es también el sím- 
bolo del poder sacerdotal, pues el sacerdocio es comparado con la dignidad real en la Sagrada Escritura. Los sacer- 
dotes, efectivamente, en lasfunciones m4s augustas del culto divino, llevaban coronas, que es uno de los principales 
distintivos de los reyes. Es asimismo la vara ó cetro insignia de la doctrina, según Cassiodoro (5):per virgam doctrina 
signijicatur. Y observa el erudito Martigny (6) que, según los antiguos monumentos, es principalmente al operar 
algún milagro cuando se pone la vara en manos de Jesucristo, por lo cual debemos interpretar aquí ese signo como 
la manifestación del poder absoluto que Dios le ha dado sobre todas sus criaturas, poder que también ejerce en el 
sagrado acto de la Transubstanciacion. El cetro que lleva en el cuadro el Cristo es de cristal y oro, signos representa- 
tivos á su vez de la más pura materia creada. 



(1) Carm. vi. Apnd Migne, Patrohg., tomo xm, col. 378. 

(2) Cap. xxxix, v. 25 y 26. 

(3) Serm,, cap. n. 

(4) Eaiim. áiv. off., m, 15. 

(5) Glose, in Ezotl., vil 

(6) Dtction. des aníiq. chréi., art. Jesus-Cbrist, 5.* 



CUADRO EN TABLA DEL SIGLO XV, ATRIBUIDO Á VAN EYCK. 



23 



Con la diestra mano da á su Iglesia la bendición á la manera latina esta divina Persona, esto es, extendiendo los 
tres primeros dedos y recogiendo sobre la palma los otros dos, anular y meñique, y todo en su continente y gesto 
respira majestad. Por desgracia, carece de hermosura y nobleza su semblante, que recuerda demasiado la natu- 
raleza vulgar del sujeto que sirvió al pintor de modelo, porque el individualismo sin elección se sustituye aquí por 
completo a la tradición que siguió la Edad-media para representar al Hijo del hombre. En todo está indicando esta 
pintura que el autor se acercaba á los confines de la época naturalista. 

Las figuras de la Virgen y San Juan Evangelista, una á la derecha y otra á la izquierda de la de Jesucristo , vestida 
de azul aquella y ésta de verde, son también, en cuanto al dibujo, dos imágenes creadas libremente por la fantasía 
del artista fuera de la órbita señalada en la antigua iconografía cristiana. Jesucristo , la Virgen y el discípulo predi- 
lecto son los tipos en que con más devoción y amor ejercitaron su inteligencia y su mano los artistas de la Edad- 
media, y fué quizá por este mismo entusiasmo por lo que desde los primeros años del siglo xiv el arte sacudió el yugo 
de lo hierático y sacramental al representar la imagen de la Madre de Dios (1). Eu nuestro retablo, María, vestida de 
túnica y manto azul, sin más adorno que una cenefa de oro y pedrería en el escote de la túnica y una diadema de 
perlas en la frente , y la dorada madeja de su cabello flotando en crespas hebras y cubriendo sus hombros y su 
espalda, tiene con ambas manos el libro de los Evangelios, con el cual se la representa cuando no figura como Virgen 
Madre. Su vestidura de tinta azul celeste es una poética libertad del arte que alude á la pureza de María, porque 
el azul no es ninguno de los cinco colores que reconoce la Iglesia latina, á saber: el blanco, el negro, el rojo, el verde 
y el morado. — La figura del Evangelista se ajusta más en el color del ropaje á la antigua rúbrica, porque el verde 
se usaba para significar la vida de la gracia, qué es la que viven los justos, y era muy frecuente en la Edad-media 
dar á las vestiduras de los Santos este color. De San Juan Evangelista, en particular, lo nota así Portal (2), y aun 
observa que la Virgen misma ha sido representada vestida de verde, aludiendo á la vida de gracia que en ella 
no cesó nunca; especie que podemos perfectamente corroborar nosotros, citando multitud de tablas antiguas flamen- 
cas, y entre otras una de Nuestra Señora leyendo en su aposento (cuadro núm. 1353 del Museo del Prado), atri- 
buida á Jan Van Eyck, que ofrecen esta misma particularidad. El verde es por otra parte emblema de la resur- 
rección, por los árboles cuya frondosidad siempre se renueva; los que mueren en Cristo siempre reverdecen, dice 
Durand (3): Qui morkmtur in Christo, vivere non desimmt. Y es también el color verde símbolo de la esperanza, 
como virtud cristiana, y por eso el Dante, órgano del saber antiguo, personifica en su Purgatorio (4) á esta virtud 
con carnes y huesos de esmeralda : 



L'altfem come se le cami e l'ossa 
Fossero state di smeraldo fatte. 



Acaso es también simbólico el brocado de encarnado y oro que tienen á su espalda la Virgen y San Juan. 

Por lo demás, el Santo Evangelista es en su fisonomía algo menos flamenco que la Virgen, y su postura no carece 
de dignidad , representado en el acto de estar escribiendo su evangelio , ó quizá eu el Apocalipsi el pasaje alusivo a 
la Sagrada Eucaristía: mostróme tcnrio de agua vivifica, claro como el cristal, que manaba del solio de Dios y del 
Cordero. 

Los ángeles, que sentados en el florido césped del huerto, é instalados en las tribunas de las dos torrecillas latera- 
les, cantan y tañen, 

alentando el sagrado movimiento, 
generoso, atrasado y permanente, 
con que ofrecen la voz y el instrumento, 

no ofrecen de la antigua iconografía cristiana más atributos que la humana forma, acaso no tan bella como la 



(1) La "bellísima figura de María en el misterio de 
de Paría, mirando al Norte, justifica esta apreciación 

(2) Dea Couteurs symholiquss. 

(3) De ríi. eccles., lib. vn, cap. xxy. 

(4) Cant. xxrx, v. 121. 



a Asunción, representada de escultura 



a de laa capillas del ábside de Nuestra Señora 



24 



EDAD MEDIA .— ARTE CRISTIANO. — PINTURA. 



Sagrada Esentura quiere cuando describe el Señor la figura que han de tener los ángeles del Santuario (1) y los 
que coloco Salomón eu medio del templo (2); las túnicas ó albas largas que les cubren los pies; las estolas y dia- 
demas, que son el signo de su misión sacerdotal, y los instrumentos músicos que los que están sentados en el 
huerto faenen en las manos, con los cuales, acompañando á los lindos cantorcillos de las tribunas, despiertan el 
recuerdo de los santos solaces de la Jerusalem celeste, resultando de esta manera eminentemente anagdgico el sen- 
fado de la parte alta del cuadro. No son, en verdad, blancas, como la antigua tradición prescribe, las albas de estos 
ángeles; pero los delicados colores que ostentan, matizados de indecisos tornasoles, no dejan de elevar la mente 
á los anchurosos espacios donde los claros rayos del sol se descomponen en las vagarosas nubes.-No nos deten- 
dremos en indicarlos preciosos cambiantes que cada uno de estos ángeles luce en sn vestidura: la estampa cromo- 
Mográfica que á esta monografía acompaña, ejecutada con la mayor fidelidad sobre la acuarela de un artista de 
mérito , que ha tenido la rara habilidad de sacrificar sn estilo á la necesidad de traducir nuestro retablo en una ver- 
dadera miniatura, nos dispensa de tan prolija tarea. Notaremos solamente que así como varían los colores de las 
albas d turneas, varian también los de las cintas que á guisa de diademas llevan estos mancebitos en el naci- 
miento del cabello, siendo encarnadas unas y rojas otras; así como también varian los de las estolas y los de las 
cruces sembradas en ellas ; y por último, los tipos de los mismos ángeles, rubios unos como el lino recien secado 
y de cabello castaño otros, como la hoja del plátano en otoño.-Los instrumentos que tañen los que están sentados 
fuera de las tribunas, son: el arpa, la bandola, la citara, el órgano, la viola, yotro instrumento largo de cuerda de 
iorma hoy musitada, cuyo nombre ignoramos, pero que en cierto modo corresponde al salterio recto que describen 
Varron y Atheneo. 

Los dos grandes grupos que en la parte inferior del cuadro constituyen lo principal de la composición, estética- 
mente cons.derada, prestan muy poco campo á las observaciones que vamos haciendo, ceñidos al tema de las anti- 
guas reglas .conográficas. El pintor usó de una independencia de concepto y de un personalismo en los tiempos ante- 
riores desconocido , y hasta vedado , y constituido en tan libre esfera de acción , no tnvo necesidad de tomardel ya inob- 
servado snnbohsmo católico sino muy pocos elementos. En el grupo de la izquierda del espectador, que representa 
la Iglesia de Jesucristo, reunió once personajes de su tiempo, con los trajes y distintivos que en el siglo xv les eran 
peculiares, sin tomársela molestia de referir la acción á una época determinada, como pudo perfectamente haberlo 
hecho , porque si bien la alegoría del triunfo de la Iglesia sobre la Sinagoga no tiene en rigor momento histórico pre- 
ciso no faltaban en los anales eclesiásticos recuerdos imperecederos de la glorificación del dogma de la pm cia real 
contra las doctrinas de los gnósticos, de los maniqueos , de los paulicianos y délos albigenses. Apenas si tenemos que 
señalaren este grupo de individuos, todos contemporáneos del pintor, los cuales sin embargo no componen pasaje 
alguno alusivo al turbulento pontificado deMartino V, un mero accesorio que responda ala pintura emblemática an- 
fagua. Esa cruz enarbolada por el Pontífice, el cual, con impropiedad histórica pero con oportunidad filosófica, hace 
de draconarius eclesiástico, es la cruz estacional i,„ú m , cuyo uso es tan antiguo, que su origen se pierde 
quizá en las oscuridades del quinto siglo. Esta cruz es gemmata , esto es, de oro y pedrería, como la que, según testi- 
monio de Ensebio (3) , hizo poner Constantino en uno de los techos de su palacio de Constantinopla. El estandarte que 
de ella pende es verde, porque, como queda ya advertido, el color verde es simbólico de la vida de la gracia , y ade- 
más porque recuerda metafóricamente el madero en que espiró el Salvador. 

El grupo de la Sinagoga vencida nos presenta otros once personajes; en diez de los cuales no descubrimos más que 
los tipos comunes de los mercaderes y traficantes judíos que invadían toda la Europa desde el Báltico hasta el estre- 
cho gaditano en el siglo en que floreció el autor. Esas ropas, esos mantos, esos balandranes, esos sombreros y capi- 
rotes son los propios distintivos de los individuos de aquella raza en aquellos tiempos. Tan sólo la figura del Sumo 
Sacerdote judío ofrece algún motivo de estudio, aunque la forma y el color desús vestiduras é insignias sean en gran 
parte convencionales-Las vestiduras sacerdotales, según las describen los capítulos xxvm y xxxix del Éxodo y vm del 
Levita», eran: dos túnicas, interior una y exterior otra, el ephod, el cintnron, el racional y la tiara ó mitra. De la 
túnica interior nada en rigor deberíamos decir, porque no aparece en la figura : no estará de más, sin embargo, recor- 



(1) Eead. XST, 18. 

(2) ni, Reyes , vi, 23, 27 y 28. 

(3) De mía Cone., lib. ni, cap. xlix. 



CUADRO EN TABLA DEL SIGLO XV, ATRIBUIDO Á VAN EYCK. 



25 



dar que era de lino, y, según se expresaba San Jerónimo en su carta á Fabiola, ajustada, sin costura ninguna y 
hecha al telar. La túnica exterior , llamada también túnica, del ephod (túnica superhumeralis) , era de lana color de 
jacinto, talar (mSfym en la versión griega de los setenta intérpretes), cerrada por los costados, con mangas, y con 
un cuellecito orlado, y adornada en la parte baja con unas granadas de jacinto, púrpura, escarlata y lino retorcido, 
interpoladas con campanillas, puestas allí para que se percibiesen los pasos del sacerdote al entrar y salir del templo. 
Ahora bien: en nuestra tabla la túnica exterior del jefe de la Sinagoga es de lana blanca, sin orla ninguna, y ador- 
nadas las mangas con unos anchos puños de oro con inscripciones de relieve, de que no hablan ni el sagrado texto 
ni el Santo Doctor mencionado. — El ephod era un indumento de forma no bien definida. Hay quien supone que tenia 
la hechura de una túnica con mangas, corta por delante, y por detras larga bástalos talones. El Éxodo, en los capí- 
tulos citados, dice solamente que tenia en los hombros dos aberturas que se cerraban después de puesto: duas oras 
juncias Jiabehit in utroque latere sitmmitatum , Utin wmm redeant; que su tejido era de oro, jacinto, púrpura, grana 
dos veces teñida y lino fino retorcido, obra de varios colores (opiere polymito), y "que _llevaba además sobre los 
hombros sendos broches de oro y piedra onyx, en los cuales se leian grabados los nombres de las doce tribus de 
Israel , seis en cada uno. Y el autor de la tabla, confundiendo la túnica del ephod ó túnica exterior con el 
ephod mismo, dá á éste una forma mixta que ningún texto abona, le pone campanillas, ó más bien gruesos casca- 
beles, en la orla inferior, hace un todo semejante á una amplia casulla, de color morado claro, con dorada cenefa, 
en que resaltan hebraicos caracteres , y la ciñe á la cintura del sacerdote formando con ella elegantes pliegues per- 
pendiculares.— El cinturon, según la Sibila era polímita como el ephod, ó de varios colores; pero en el cuadro es 
enteramente blanco. — El racional era un paño rico, cuadrangular y déla medida de un palmo, tejido como el ephod, 
de tela de oro, jacinto, púrpura, grana é hilo retorcido, con cuatro hileras de piedras preciosas, dispuestas en el orden 
siguiente: en la primera, el sardio ó granate, el topacio y la esmeralda; en la segunda, el carbunclo, el zafiro y el 
diamante; en la tercera, el rubí, la ágata y la amatista; en la cuarta, el crisólito, el onyx ó cornerina y el berilo. 
Estaban estas piedras engastadas en oro , y llevaban esculpidos los nombres de las doce tribus de Israel por su orden. 
El racional iba sujeto al ephod por medio de anillos, cadenillas, sortijas y cordones de jacinto, combinados con tal 
arte , que las dos prendas quedaban formando como una sola. El autor de la tabla no quiso molestarse en estudiar tan 
intrincada combinación , ni enterarse siquiera de la forma aparente del racional, y limitándose á figurar en él las 
doce piedras simbólicas, le dio la hechura y dimensión que mejor cuadró á su capricho. Parecióle, sin duda, que lo 
mismo significaba de un modo que de otro , y que la razón de ser de esta prenda alegórica que el Sumo Sacerdote 
llevaba al pecho cuando consultaba al Señor para entender su voluntad y penetrar sus altos juicios, no se alteraba 
porque su dimensión fuese, verbigracia, de dos palmos en vez de uno, y estuviese sujeto al ephod con correas car- 
mesíes en vez de estarlo de la manera que dejamos referido, y en lugar de ser de tejido polímita fuese de tisú de 
oro. No se sabe dónde tenia el racional las dos palabras Doctrina y Verdad (1) que mandó Dios ponerle para que las 
llevara Aaron sobre su pecho cuando se le presentase delante : el pintor las ha puesto en una orla á modo de marco, y 
en este punto nadie podrá demostrar que se equivocó. — La mitra del Sumo Sacerdote ó Pontífice hebreo no tiene en 
la Sagrada Escritura forma determinada: acaso se suprimió la descripción por ser la mitra objeto de uso general , aun 
entre las mujeres. Dice solamente el Éxodo que sea de lino fino , y la llama tiara para diferenciarla de la común. Todo 
induce á. creer que este objeto era una especie de gorra ligera y sin apresto, como la que usaban los parthos, los 
armenios , los persas y demás naciones del Noroeste del Asia , algo semej ante al gorro griego y al fez africano ; y que 
cuando á este tocado se unia la lámina de oro con las palabras La Santiuad al Señor, que quería Dios estuviese 
atada á la tiara con cinta de color de jacinto, y pendiente sobre la frente del Pontífice, el conjunto seria muy pare- 
cido al que presenta la diadema sobrepuesta a la de Tigranes, rey de Armenia, en su conocida medalla. Estas cues- 
tiones de indumentaria judaica, tan difíciles de tratar en todo tiempo, habían forzosamente de ser más escabrosas 
para los hombres estudiosos del decimoquinto siglo, antes del Renacimiento. No es, pues, de extrañar que el autor 



(1) Las palabras bebráicas grabadas ó bordadas, ú escritas n 



a dice cómo, en el racional, eran ú^üií 



San Agustín (In Exod. Quest. cxrn] dice que es muy difícil determinar su verdadero sentido; pero así él como San Jerónimo se inclinan á c 
su objeto era recordar al Sumo Sacerdote las dos principales cualidades que debían adornar su alma: la Doctrina y la Verdad. 



26 



EDAD MEDIA. —ARTE CRISTIANO.— PINTURA. 



de nuestra tabla se creyese autorizado á poner en la cabeza del Sacerdote judío una especie de mitra, de forma cónica, 
muy poco diferente de la de los prelados de su época. — Habia, por otra parte, entre los persas una mitra popular, 
que venia á ser un compuesto de gorra y chai , liado éste al rededor de la cabeza y garganta ; en ella creemos ver el 
modelo de esa toca de paño, revuelta al cuello, que lleva uno de los judíos derribados por tierra en este grupo y le 
tapa media cara. 

Mención muy especial merece la enseña judaica que, tronchada por el asta, sostiene vacilante el Pontífice. Este 
pendón ó estandarte, de color amarillo , que es el color sagrado de la Sinagoga, y que en manos del Sumo Sacerdote 
es un mero símbolo como el guión de la cruz en manos del Papa , lleva en su centro una curiosa inscripción en caracteres 
hebreos, siriacos y aun samaritanos, cuya interpretación, debida á la reconocida pericia de nuestro afable y condes- 
cendiente amigo el eminente hebraísta D. Antonio M. García Blanco, dice así: Conoce Ursa (constelación) las órbitas 
ó gi?*os que se le han trazado, ó que Dios trazó (1). Esta sentencia caracteriza admirablemente la posición del Sumo 
Sacerdote judío en el grupo de la Sinagoga vencida: asido á su estandarte, no advierte que se le escapa de las 
manos para rodar por el polvo, y con serena pertinacia, apartando el Tostro, aunque con los ojos ya vendados, del visible 
cumplimiento de las profecías, se abandona á su doble ceguera por no separarse de las fatídicas vías que sigue 
obstinada su raza. «.Sabe Ursa sus caminos, y no se separará de ellos,» esto viene á decir ese misterioso lema, 
expresión acabada y perfecta de la ceguera voluntaria de la Sinagoga. El pintor, para dar aún mayor claridad á 
esta idea de la ceguera voluntaria de los judíos, puso en el grupo, ademas de la figura del Pontífice, que sobre 
tener vendados los ojos desvía su cabeza de la fuente mística, la de otro israelita que se tapa las orejas con ambas 
manos, poniendo así en acción figurada aquella reconvención de Jesucristo á ese pueblo rebelde, de que cerraban 
los ojos y se tapaban los oídos. — La Sinagoga no ve ni oye: no comprende el sentido de las admirables profecías 
que anuncian la felicidad de los hijos de Israel después de su total conversión a la Fé, y no ve alzarse en lontananza 
la sola y única Iglesia que habrá en el mundo cuando sean pueblo del Señor todas las naciones ; y entiende la perse- 
verancia y fijeza de Ursa en sus celestes vías como un estímulo para permanecer encadenada á la antigua Ley. Las 
promesas de Dios, sin embargo, no le han de faltar: porque al fin abrirá los ojos a la luz, y entonces restaurará Dios 
el tabernáculo que está por tierra, y reparará los portillos de sus muros, y reedificará lo destruido y lo volverá á poner 
en el pié en que estaba en los antiguos tiempos. «Hé aquí que vienen los tiempos» dice el Señor por boca de 
Amos , « en los cuales el que esté aún arando veTá ya detrás de sí al que siega, y aquel que pisa las uvas , verá tras 
»de sí al que siembra. Los montes destilarán delicias, y serán cultivados todos los collados. Y sacaré de la esclavitud 



(1) Por no privar á nuestros lectores del precioso comentario quo el Sr. García Blanco ha hecho con este motivo del lema del estandarte judaico, lo 
insertamos íntegro á continuación, como un valioso documento de la sabiduría de este afamado hebraísta, y al par como testimonio de la bondad con que 
distingue á todo el que le busca descoso de aprender. — Excusado parece advertir que el comentario de este ilustre orientalista es como una oda com- 
puesta con espíritu de ardiente hebraísmo: 

«Me parece que la bandera quo cnarbola el judio en el cuadro frente á la maniíiütacii.m cristiana, dice : Conoce Ursa (constelación) las órbitas ó giras 
que se le han tronado, 6 que Dios trazó. — Alude esto lema á la marcha y perpetuo destino del pueblo hebreo que, como la Ursa mayor y menor, ó septen- 
trión, no conoco ocaso ; BÍempre girando al rededor de su centro o estrella polar, con la misma claridad y orden que le dio el Criador. ¡Gran pensamiento 
para loma da un pueblo cuyo destino parece ser la perpetuidad y visibilidad! 

BTnOVT 

vnbs»d 



n ¡Sentencia admirable, llena de verdad y poesía, que en cuatro palabras encierra la historia de todo un pueblo, quo desde su origen por la alianza de 
Dios con Abraham, no ha tenido ocaso; semejante ó, la constelación Ursa, no ha teuido apogeo ni decadencia; que empezó por un tabernáculo trazado 
por Dios, y acabó (si acabar es estenderse ó dispersarse providencialmente por todo el orbe) dejando un templo fabricado por Salomón, quo fué la pri- 
mera maravilla del mundo, y una ciudad como Jerusalem que ha de sor restaurada untes de la consumación de lo.-s sííl;1í'Ií □'—¿Hii TViOTl l"Wn == aeiUjica- 
hiuüur mitri Jcri<sal, w, j Salín. 51 hebreo: 50 vulg'atol. Tune atrrjiUilia saer/jiei'.'./n justítlae, oblationes et holocauslu; ¡une iuijujiicnt siipi-r altare tuum vítulos. 
Así está revelado, y así lo creo. 

»¡Magnííica sentencia, que es el mejor lábaro de un pueblo llamado de Dios! Por eso la enarhola el judío ó Israelita, como diciendo: esto rey-no no 
tendrá fin : este es el gran rey no de la Verdad, do la Justicia y do la Paz. El cielo y la tierra pasarán ; verba ailteftl mea non praeteribtmt. Verdad indefec- 
tible proclama la bandera. 

uPues ¿y qué decir de bu belleza? En medio de un pensamiento tan profundo; al lado del sublime más enérgico ¡qué emoción tan dulce la que pro- 
duce la consideración de un astro (sidas) que brilla con luz lenta y serena, que gira al rededor del polo ártico, que no se oculta nunca bajo ningún hori- 
zoote sensible, ni altera la marcha ni el orden que se le fijó desdo el principio de los siglos! Belleza y verdad inimitables consignó Hillel (pues creo que 
es sentencia de aquel anciano Rabbi Hillel, el viejo, del tercer siglo antes de Jesucristo) en aquella gran sentencia que aparece enhiesta en esta santa 
bandera.» 



CUADRO EN TABLA DEL SIGLO XV, ATRIBUIDO Á VAN EYCK. 



27 



»al pueblo mío de Israel, y edificarán las ciudades abandonadas y las habitarán, y plantarán viñas y beberán el 
»vino de ellas, y harán huertas, y comerán su fruta. Y yo los estableceré en su país, y nunca jamás volveré á 

» ARRANCARLOS DE LA TIERRA QUE LES DÍ (1).» 

No es la de la bandera la única inscripción hebraica del cuadro : el doctor <S escriba que está arrodillado como 
sosteniendo al Sumo Sacerdote, deja ver en el sep/ier-t/wrá ó libro de la Ley que tiene medio desenrollado por el 
suelo, una leyenda en gruesos caracteres de limpia y tersa escritura; y otra en caracteres de igual forma, aunque 
pequeños, se descubre en el volumen membranáceo que el rabino extiende con ademan impetuoso ante los ojos del 
levita que rasga su ropa entristecido (2). No sabemos aún el significado de estas sentencias, pero preferimos declararlo 
así ingenuamente á disfrazar nuestra ignorancia con el pretexto de hallarse medio borradas, como hizo el crítico 
alemán E. FOrster: falsedad que pudiera inducir á quien no haya visto esta bien conservada pintura, á creer que 
en algún tiempo fué maltratada en España, ó torpemente barrida por algún restaurador inhábil. Suum Claque. 



IV. 



¿A qué pintor se debe esta preciosa tabla? 

Ya hemos visto que D. Antonio Ponz la creyó de estilo alemán antiguo, que para él y los críticos de su tiempo era 
sinónimo de escuela de Alberto Durero. Difícil era estampar más errores en menos palabras, pero el conocimiento 
de la historia de la pintura apenas daba más de sí en la España de Carlos III. Entonces todos los cuadros en tabla de 
los siglos xv y xvi eran de Durero ó de Lúeas de Holanda. 

El profesor y académico D. José Castelaro calló modestamente su opinión acerca del linaje de una obra que por 
otro lado admiró tanto. 

Passavant la estimó resueltamente de Hubert van Eyck.— M. Alfred Michiels se adhiere á esta idea en cuanto á 
la composición, pero cree que la ejecución pertenece á Juan y Margarita, hermanos de Huberto.— Ernesto Fórster 
entiende que la concepción, la composición y gran parte de la ejecución misma, son de Van Eyck el mayor.— El 
Doctor Waagen profesa otra opinión, emitida antes, no sabemos si por escrito ó verbalmente, por el sagaz Mñndler, 
á saber: que siendo la idea y la composición de Hub. van Eyck, la ejecución debió ser de dos discípulos de éste, no 
igualmente hábiles (3). — Lo mismo opinó el Sr. Cruzada Villaamil. 

Los ingleses Crowe y Cavalcaselle consignan, por resultado de su detenido estudio, la opinión de que el verda- 



(1) Cap. ix, v. II y siguientes. 

(2) Por no metalar dema.isdo «I Br. Barcia Blanco, no. hemo. abstenido de mandarle el «loo de e,t«. leyenda, que tuvo la bondad de pedimos 
Esta» (¡abelas literarias, que eiigen meditación., tan árdnas, sean ó no puramente filológicas, no deben pesar sobre uno solo. Esperamos que otro 

hebraísta, el Sr. MichSelis Papú, que también goza de gran reputación en Viena como docto ..criba, responderá en breve á la consulta ,u. sobre ambas 
se le ha dmgrdo, y si su contestación llega a nuestras manos ánt.s de terminar la impresión do nuestra monografía, no privaremos ai público d. su con- 
tenido. 

(3) Por ».r la critica d.l entendido doctor .1 último fallo de la docta Alemania, harta ahora, respecto de nuestro famoso retablo, reproducimos te- 

tunlmente bus palabras : 
sDaa Bilti zeigiit ¡n dem ganzen Gedankengange.. 



o grosse Verwandtschaft mit dem sicher von Hubert van Eyck in alien Theilon orfundenen 
Geuter Altar, es st.mmt auch in den Charakteren mancher Kopfe, in dar Art der (Wntlf airón so vielfaeh mit jenem Werk iiberei 
echón früher geuusserte Ueberzeugung, das Work dernselben beizumessen , in Rücksicht der Erfindung aufrecht erhalten r 
vollstánding iiberzeugt, dnss Miindler gana Recht hat, wenn er die Ausführung weder dei 
so habe ich auch. hier den Grnndsatz bewahrt gefrmden , daas ein "Werk c 



en ineine, 
. Dagegen liabe ich mich 
i Hubert, noch dem Jan van Eyck beimessen kann. Wie steta, 
. _.a Original eiuea Müiülui's ¡uiKiicrkennen i¡st, wenn sidí die Ausführune: 
auf glcicher Hube mit der Erfindung befindet. Diosea íst aber hier keineswcgs der Fall, wenn achon die einzelner ~ 
sie cffenbarzwei verachiedene Hunde verrathen...Unter solchen Uinstünden jet das Wabracheinlicliste,< 
Schülern dea Hubert van Eyck nach einem jetzt ver B chollenen Werk von ihm besitzen.B 

Esto es : El cuadro muestra en su conjunto... un parentesco tan íntimo oon la obra segura de Hubert van Eyck en todas las partes del retablo do Gante 
reconocías como suyas ; concuerda además de tal manera con ella en loa caracteres de las cabezas y en el modo de plegar los ropajes que creo exacta 
mi opinión , ya antes de ahora emitida, de deberse atribuir á él mismo esta obra. Por otra parte , me persuado de que Jlündler tiene mucha rizón en no 
estimar su ejecución ni de Huberto ni de Juan van Eyck. Y veo aquí, como siempre, confirmada la máxima de que uua obra sólo puedo tenerse por ori- 
gmal de un maestro cuando su ejecución concuerda perfectamente con la invención. Aquí no sucede esto, porque sus diferentes partes son tan poco iguales 
en mentó, que evidentemente descubren haber sido ejecutadas por dos manos distintas.,. Todo, pues, considerado, creo lo r 
aqui la copia de un cuadro perdido de Huberto van Eyck, ejecutada por dos discípulos suyos, más hábil uno que otro 



□ Theile so ungleíoh im Werth sind , das 
ir dio Copio von zwei ungleich begabten 



d más verosímil que tenemos 



28 



EDAD MEDIA.— ARTE CRISTIANO. — PINTURA. 



aero autor del retablo no es Huberto, sino Juan van Eyck; y 4 esta nos arrimamos nosotros, sin excluir por eso do 
una manera perentoria la participación de Margarita van Eyck en la ejecución de la obra. 

Que el cuadro es de la primera mitad del siglo xv, no puede ponerse en duda; que salió do la escuela flamenca, y 
áuu de la célebre de Brujas, que reconoce a los temíanos Van Eyck por sus fundadores, también es evidente; que 
en esta escuela de Brujas sólo los dos grandes maestros, inventores de la pintura al óleo, Huberto y Juan van Eyck, 
pudieron llevar á cabo producción tan excelente , nos parece asimismo verdad demostrable ; por último , creemos muy 
sostenible que sólo en Juan van Eyck concurren ciertas circunstancias especiales que hacen esta obra ajena del 
hermano mayor en cuanto a la composición y ejecución.— De todos estos puntos trataremos con la brevedad posible, 
pero advirtiendo que en esta parte de nuestro trabajo sólo podemos dirigirnos a los ya versados en la historia del 
arte , que reúnan 4 esta base el conocimiento de las obras del siglo xv y de la pintura neerlandesa en particular. 

¿Necesitaremos demostrar que la tabla que ilustramos es obra de la primera mitad de ese siglo?— Que no es ante- 
rior lo están diciendo á voces su composición, su dibujo, su colorido, el procedimiento técnico de la pintura al óleo, 
no conocida hasta el año 1410, la ausencia de tipos hieráticos, la ausencia de fondos de oro, de aureolas y nimbos la 
indumentaria, la arquitectura, y ese hermoso cielo azul, sobre el cual se destacan las torres y agujas de la galana 
construcción en que ba colocado el autor la escena. Nadie que haya visto en los Museos de Italia, de Alemania, de 
Francia y de Bélgica, las obras de los llamados trecenlistas (1), desde el Giotto y las varias escuelas en que él ejerció 
su influencia, como la toseana, la boloñesa, la paduana y la veneciana, la de Umbría y la napolitana, hasta el siglo 
que dio la luz a Antonello de Mesina; nadie que haya fijado una mirada atenta en las tablas semi-bizantinas de la 
antigua escuela de Colonia que logra su apogeo en el celebrado Wilhelm y en Stephen Loethener, y en las de la 
antigua escuela de Bohemia que tan bien caracterizan Nicolás Wurmser y Theodorico de Praga; nadie, por último 
que tenga presentes las infelices imitaciones que los pintores flamencos del siglo xiv, sin exceptuar á Melchior 
Broederlain, hacían de la escultura de Jacques de la Baerze y de Claes Sluter, podrá figurarse que sea el cuadro del 
Triunfo de la Iglesia sobre la Sinagoga contemporáneo de aquellas primeras tentativas que en pos de la belleza se 
hacian en alas del naturalismo.— De propósito hemos omitido todo parangón entre este cuadro y las obras que nos 
quedan de los pocos pintores españoles conocidos por sus obras anteriormente a la época de Fernando Gallegos y 
Antonio del Rincón. Cuando en estos mismos apenas puede señalar la crítica más benévola calidades personales que 
los distingan de la pléyada de imitadores que en pos de si dejaron los italianos y flamencos de las grandes escuelas 
de Umbría, de Pisa y de Brujas, dicho está lo que serian las producciones de los Cesilles y de los Forran González.— 
Que nuestro cuadro no es tampoco posterior 4 la época que le hemos asignado, lo demuestran esa misma composi- 
ción, esa misma indumentaria, y la imposibilidad de atribuirlo á ninguno de jos que siguieron en los varios 
países de Europa, después de muerto Jan van Eyck, las huellas de los dos radiantes dióscuros del arte flamenco. 
Esta prueba negativa quedará para más adelante : vamos á las otras dos. 



La composición de la tabla, en su euritmia arquitectónica, se halla casi subordinada 4 las leyes de la antigua 
alegoría cristiana, según dejamos ya expuesto ; sólo el grupo de los varios personajes que figuran la Sinagoga ven- 
cida, ofrece toda la libertad de concepción propia del arte completamente secularizado y libre de trabas simbólicas. 
Pero esta libertad en el modo de componer, se dirá acaso, también existe unida á las reminiscencias de la simetría 
tradicional bizantina en las obras de otros muchos pintores de fines del siglo xv, italianos, franceses, alemanes y 
flamencos. T el argumento tendría gran fuerza si las varias pruebas que nosotros aducimos no se robusteciesen 
mutuamente. 

En efecto: al carácter de la composición, conforme en un todo con las reglas observadas para las representaciones 
alegóricas por los más grandes maestros de la época en que fué inventada la pintura al óleo, se junta la indumen- 
taria para fijar de una manera decisiva el tiempo en que la obra fué ejecutada. Sabido es que antes del siglo de 
León X, en que con la restauración de los estudios clásicos nació en algunas escuelas la tendencia á representar filo- 
sófica é históricamente los asuntos, los pintores daban á sus personajes las vestiduras de su tiempo. Esta regla, que 
nunca falla en los artistas de las escuelas germánicas anteriores al siglo xvi, es guía segura aun en las escuelas 
italianas de algunos Estados, como verbigracia en la de Venecia, donde ni entre los grandes coloristas que pre- 



s designan con este noml.n 



iilistas del siglo -fiv. 



CUADRO EN TABLA DEL SIGLO XV, ATRIBUIDO Á VAN EYCK. 



29 



cedieron y siguieron al Tiziano deja de tener aplicación. La Italia, por efecto de la inmensa variedad de organi- 
zaciones y de climas que comprende su privilegiado suelo, presenta en los siglos xv y xvi una amalgama tan sin- 
gular y maravillosa de fenómenos estéticos entre sí discordes, que es sumamente difícil y aventurado sujetar la 
historia de su desarrollo artístico a reglas seguras: y á esto quizá debemos atribuir el que ya en las obras de Orcagna, 
de Spinello de Arezzo y de otros maestros de la decimocuarta centuria, se adviertan aspiraciones á la indumentaria 
heroica ó histórica, cuando aun faltaban tantos años para que viniesen al mundo Pablo Veronés y Tintoretto, siem- 
pre fieles a la indumentaria de su siglo y de su país. La regla, pues, de que la época del cuadro en los siglos ante- 
riores al Renacimiento, se marca por la indumentaria de sus personajes, sólo en Italia sufre excepción: y así, si 
nuestra tabla no es italiana (y nadie pretenderá que lo sea), los trajes de las personas que en su composición inter- 
vienen , deberán señalarnos la época en que fué pintada. ¿Y á qué época pertenecen esas vestiduras , esas ropas que 
en los dos grupos principales de la Iglesia cristiana con su cabeza el Papa, y de la Sinagoga con su Pontífice, deja- 
mos arriba descritos? Harto lo dice la figura del margrave ó magistrado que vemos de rodillas detrás del Emperador, 
con su loba encarnada, plegada á cañones de medio cuerpo abajo y forrada de piel gris, apenas ceñida á las caderas 
por un enorme cinturon de chapas de oro de labor repujada, su manto de esclavina, y su bonete azul forrado de 
martas, formando sobre la frente como una enorme visera arremangada. 

Pero surge aquí una dificultad de carácter arqueológico para reconocer definitivamente esta obra como de la pri- 
mera mitad del siglo xv. La arquitectura es guía no monos fiel que la indumentaria en la investigación de la edad 
de un cuadro, porque si es cierto que los artistas anteriores al siglo de Rafael copiaron por lo general los trajes de 
su tiempo para revestir con ellos á los personajes que figuraban, también lo es que desde que la pintura rompió los 
fondos de oro de las antiguas imágenes bizantinas para que se solazase la vista en los risueños y luminosos hori- 
zontes donde tomaban forma el paisaje y la perspectiva, copiaron los pintores los edificios de las poblaciones en que 
tenían sus gremios y sus escuelas para amenizar con ellos los fondos de sus cuadros. Según esto, por el carácter, 
estilo y época de los monumentos arquitectónicos figurados en las tablas antiguas, podremos averiguar con fijeza, 
en la generalidad de los casos, el tiempo y el país á que estas tablas pertenecen; y guiados de este principio, algu- 
nos críticos, entendidos en la historia de la arquitectura, oponen con especioso y aparente fundamentó á la fecha de 
la primera mitad del siglo xv, que asignamos á nuestra tabla, la objeción de que en la bella mole gótica que sirve 
de cerramiento á la escena y de trono á Cristo triunfante, aparecen visibles caracteres de un estilo arquitectónico 
sólo practicado desde fines de dicho siglo. 

Son estos caracteres, el conopio ornamental, que sustituye al gablete sobre los vanos de las puertas y ventanas, y 
el arco florenzado, que es un desarrollo del mismo conopio. Pues bien, nosotros fijamos estas conclusiones: 1.', que 
aunque el arte ojival en Francia, y en los demás países del Norte, no ostente entre sus motivos de decoración el 
conopio bien desarrollado hasta fines del siglo xv ó principios del xvi, según afirman los preceptistas extranjeros 
tratando la historia de la arquitectura, con M. Viollet-le Duc (1) á su cabeza, ese conopio desarrollado, esto es, con 
su frondario, su tope y su grumo, existia ya en Flándes, y probablemente en las provincias francesas unidas al 
antiguo Ducado de Borgoña, en las trazas y perspectivas de la primera mitad del siglo xv; 2.', que digan lo que 
quieran nuestros preceptistas españoles, el conopio ornamental existe en construcciones de nuestra tierra, siquiera 
sean debidas á manos de extraños, nada menos que desde el siglo xni; 3.' y última, que el aforismo arqueológico, 
muy repetido también, y sin meditación, por muchos pseu do-preceptistas, de que el crecimiento y desarrollo de la 
arquitectura que hoy llamamos ojival aparece siempre en España retrasado cerca de un siglo respecto de Fran- 
cia y Alemania, es un mero sofisma destituido de fundamento en lo tocante á los motivos de decoración en el 
siglo xv. 

De la primera conclusión es prueba terminante nuestra tabla, que demostramos pertenece á la primera mitad del 
siglo xv, y que demostraremos también ser flamenca. La conclusión segunda se justifica muy sencillamente: el 
conopio ornamental aparece en España por lo menos desde el siglo xin, en las construcciones que copiaron ó idearon 
aquellos artistas que, viviendo aún el rey Sabio, enriquecían con preciosas iluminaciones el famoso Libro de las 
Tablas. Recordamos que en este interesante Libro hay una hoja donde están representados dos caballeros de la Orden 



(1) Dicl 



j (Je l'architecturefrangaise, etc. Art. Accolacle. 



30 



EDAD MEDIA.— ARTE CRISTIANO. — PINTURA. 



de San Juan de Jerusalen, uno con hábito y capucha gris, y el otro con hábito pardo y bonete azul, jugando al 
ajedrez, delante de una columnata de arcos apuntados y trebolados, que marca tres compartimentos ó tarbeas coro- 
nadas con sendas cupulitas de carácter bizantino. Cortando los entrepaños de los arcos, cargan sobre las columnas 
de donde éstos arrancan unas torrecillas ó pabellones, cuya única ventana, cerrada por la parte inferior de celosía, 
ostenta un lindo arco conopial. Aquí el motivo es marcadamente oriental.— Si pasamos al siglo xiv, son ya muchos 
los ejemplos de conopios, más ó menos ornamentados, que podemos citar: y recordamos con este motivo una discu- 
sión que hace más de 16 años nos atrevimos á sostener, hallándonos en París, con un distinguido arqueólogo francés (1), 
que hojeando nuestro tomo de los Recuerdos y Bellezas de España correspondiente á la provincia de Cádiz, juzgó 
aventurada, y aun errónea, nuestra aseveración de pertenecer á los principios del siglo xiv la decoración déla 
portada de la Iglesia de Nuestra Señora de la O, en San Lúcar de Barrameda, donde hay una zona toda esornada de 
hermosos arcos conopiales.— Esos arcos, me decia el ilustre viajero y anticuario, con el acento de íntima convicción 
propio de un hombre que afirma lo que ha tenido por infalible toda su vida, esos conopios (accolades), no han sido 
empleados jamás en la arquitectura ojival de ningún país del Occidente hasta fines del siglo xv ó principios del xvi: 
en lo cual sostenía el mismo principio que después consignó el sabio Viollet-le-Duc en su célebre Diccionario. Y yo, 
para convencerle de su error , no tuve más que usar deí mismo argumento que uso ahora con todo el que dude si esa 
portada, donde hacen tan importante papel los arcos conopiales, es obra genuina del siglo xiv: le leí el auténtico é 
incontrovertible documento histórico que me habia suministrado la noticia objeto de tamaño escándalo, á saber, el 
pasaje de las Ilustraciones de la Casa de Niebla, del diligente y verídico Barrantes Maldonado , que reproduje en mi 
citado libro, al referir cómo Doña Isabel de la Cerda, siendo viuda del señor de Nurueña, D. Rodrigo Alvarez de 
las Asturias, y antes de que el rey Don Enrique la casase con D. Bernal de Bearne, hijo del Conde Febus de Fox, 
habia mandado edificar á sus expensas aquella Iglesia y labrar su portada (2) : y creo que quedó convencido.— 
También respecto de este ejemplo debemos advertir su procedencia oriental, dado el estilo mudejar de aquella 
preciosa portada. 

De la existencia del arco conopial en obras mudejares de Toledo del siglo xiv, y aun del fiorenzado, que es el 
mismo conopio plantado sobre arranques de arco de sagita variable á capricho, pudiéramos citar no pocos ejemplos; 
pero baste recordar la ornamentación de estuco de la parte alta interior de las dos iglesias de Santa María la Blanca 
y del Tránsito, antiguas sinagogas, que la buena crítica reconoce como obra del tiempo de Simuel Leví, el famoso 
tesorero judío del rey Don Pedro el Cruel; en ella se observan arcos conopiales, y aun florenzados, del más exquisito 
trazado: — y también son de manos mudejares, y de progenie oriental de consiguiente, esos preciosos adornos 
de estuco. 

Corriendo la primera mitad del siglo xv, vemos á Anequin de Egas introducir el arco fiorenzado en la decoración 
de \&2 mer ^ a de l°8 Leones de la catedral de Toledo. ¿Dónde aprendió este célebre flamenco á dibujar esa elegante fac- 
ción de la fisonomía oriental de nuestros monumentos mudejares? ¿En su tierra, ó en nuestra España? La cuestión no 
carece de interés. La verdad es que podemos considerar el conopio como generador del estilo decorativo llamado fla- 
mular, propio del período terciario de la arquitectura ojival, porque desde el momento en que la curva del arco se 
retuerce en sentido inverso á la dirección con que nació, puede darse por terminado el imperio de las líneas de direc- 
ción constante, rectas y curvas. Todos los adornos y vanos flamulares del gótico florido son verdaderos conopios. Si 
esto es así , no parecerá violento que , puesto que el conopio no entra como ornamento fundamental del gótico tercia- 
rio en la arquitectura del Norte sino á fines del siglo xv, el verlo empleado por un arquitecto flamenco en España 
antes de esta época, sea para nosotros un robusto indicio de que este artista lo tomó de las construcciones mudejares 
de nuestra España, si no lo trajo ya aprendido de las trazas de algún artista germánico, arquitecto ó pintor, que 
antes que él hubiera pisado nuestro suelo, ó el de Italia, donde también ejerció desde muy temprano su influencia 
la arquitectura sarracena de Sicilia. 

Y esta consideración bastarla por sí sola para demostrar nuestra tercera conclusión , de que incurren en un grande 
error los que suponen que nuestra arquitectura gótica se desarrolla en todas sus tres épocas con un retraso constante 



(1) El barón Taylor, autor do varias y reputadas obras sobre Egipto, Siria y Palestina, y sus monumentos. 

(2) Recuerdos y Bdl<:iti.-i iJc KqiaJio. Toiiu> ilu Sa-illn y Cth.lh, pág. 596. 



^^^m 



CUADRO EN TABLA DEL SIGLO XV, ATRIBUIDO Á VAN EYCK. 



31 



de cerca de un siglo relativamente á los países del Norte de Europa. Recuérdese el principio arqueológico c 
en el excelente Diccionario de Viollet-le-Duc (tratado completo, y el más extenso hasta hoy publicado , de la arqui- 
tectura durante el período de la Edad-media francesa), según el cual el conopio no se desarrolla en las regiones sep- 
tentrionales hasta fines del xv y principios del xvi, y dígase de buena fé si la decoración y ornamentación de la antes 
citada puerta de los leones de la catedral toledana, y las de otros edificios análogos que podríamos citar del propio 
estilo y tiempo , son imitación tardía, ó por el contrario, modelo anticipado de las construcciones del Norte de estilo 
gótico-fiamular.— Los cuadros de los antiguos pintores son un manantial inagotable de nociones arquitectónicas: es 
muy posible, casi seguro, que en la época en que fué ejecutada esta preciosa tabla, esto es, en la primera mitad del 
siglo xv, no hubiera en todo el Norte de Europa monumento alguno en que el arco conopial, sustituido completa- 
mente al gablete del siglo anterior , sirviese de coronación á los vanos y arcaturas , y decorase la cúspide de las lin- 
ternas de piedra, sin dejar a los adornos engendrados por las antiguas rectas y curvas constantes, es decir, á los gable- 
tes, trifolios y cuadrifolios, más partes que decorar que los pináculos de los estribos y botareles, las marquesinas de 
las estatuillas, la aguja del chapitel, y esas adherencias délos arbotantes que tan oportunamente llama membranas 
de la estructura gótica el critico inglés Cavalcaselle ; y fuese en suma el motivo dominante en la concepción esté- 
tica del arquitecto, según lo es en la elegante mole arquitectónica que presenta nuestro retablo. Y esto, ¿qué quiere 
decir? Que el pintor que lo ejecutó, desviándose aquí de la regla general de copiar en el fondo de su cuadro edificio 
alguno de los que en su país natal tenia á la vista, imaginó una arquitectura nueva, en que allegó felices reminis- 
cencias de estilos extraños, de fisonomía marcadamente meridional, siendo, á la vez que imitador de ajenos concep- 
tos, inventor de conceptos nuevos, que luego pudieron hacer fortuna generalizados por arquitectos á quienes parecie- 
ron bellos y elegantes. Esto quizá le sucedió á Anequin de Egas , adoptando para la decoración déla puerta de los Leones 
un principio que tal vez salió en germen de la arquitectura mudejar, y volvió á España desarrollado en gala flamenca. 
La cuestión, pues, de la influencia de la arquitectura del Norte sobre la del Mediodía, y de la reacción de ésta sobre 
aquella, podrá quedar en el terreno conjetural en cuanto á la manera cómo esos mutuos influjos se realizaron y á 
los portadores de unas y otras ideas , pero se resuelve satisfactoriamente, y de un modo que no admite réplica, en cuanto 
á la iniciativa de nuestra España , en los siglos xiv y xv, en el empleo de la ornamentación florida ó flamular. — Por 
lo demás, es muy verosímil que los pintores al terminar la Edad-media hayan ido siempre delante de los arquitectos 
como inventores de nuevas formas : Giotto y Orcagna fueron insignes trazadores en Florencia, y sus obras arquitec- 
tónicas formaron escuela en toda la Toscana; Jan van Eyok lo fué también en las tablas que pintó en Brujas y Gante, 
y difícilmente podrá citarse ningún arquitecto que ideara trazas como las suyas en Flándes bajo los Duques de Bor- 
goña: Quinten Metsys superó en elegancia y atrevimiento á los constructores brabanzones de su tiempo, y el pro- 
yecto de torre que trazó para el palacio municipal de Lobaina, y que hemos visto custodiado con religioso esmero en 
el archivo de aquella casa (1), por tantos estilos famosa, excede en gallardía á cuantas agujas góticas rasgan del 
Escalda al Mosa las nubes que recorren las campiñas belgas. 

No terminaremos estas ligeras observaciones acerca de la libertad inventiva con que procedió el autor de nuestra 
tabla al trazar la bella arquitectura con que la decoró, sin llamar la atención hacia una parte de la misma que corro- 
bora nuestro aserto. Las dos torres laterales en que colocó las tribunas donde aparecen los ángeles cantores, tienen 
una fisonomía del todo italiana. Esa es la arquitectura semi-latina, semi-bizantina , semi-románica y semi-gótica 
de Florencia, Pisa y Siena en los siglos xm y xiv: la que usaba el Giotto, la que sirvió para erigir el San Petronio 
de Bolonia, la ¡Santa María della Spina de Pisa, la Santa Anastasia y el Duomo de Verona, el San Antonio de 
Pádua, las Catedrales de Florencia, Arezzo, Siena y Orvieto; la que iba á servir como de yema para Tadiar con nuevo 
esplendor en las iglesias de Santo Spirito y San Lorenzo de Florencia, en los palacios Eicardi, Tornabuoni y Cafa- 
reggi de la misma ciudad, en las iglesias de Sanff Agostino y Santa María del Popólo de Roma, en el gran hospital 
de Milán y en otra multitud de edificaciones, cuando la desplegasen el genio de Brunelleschi, de Michelozzo Miche- 
lozzi, del Giorgio, del Rosellini, del Pintelli y de Filarete. Casi es dudoso que sean apuntados los arcos de sus vanos; 
sus columnas permanecen con sus fustes cilindricos de bruñidos jaspes; sus linternas casi se avergüenzan de llevar 



(1) Debimos, en el verano de 1868, el conocimiento de esta joya del arto á nuestro bu¡ 
muy concienzudos trabajos sobre la historia da la pintura en Flándes. 



ligo el Sr. Van Even, archivero de Lobaina, autor de 



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^■Ht- 



32 



EDAD MEDIA. — ARTE CRISTIANO. —PINTURA. 



encima el chapitel gótico y lo disfrazan rebajándole y despojándole de los pináculos que constituyen la exuberante 
vegetación septentrional. Esa es, en suma, la arquitectura gótico-italiana que emplearon en sus tablas y frescos el 
paduano Altighieri cuando pintó en la capilla de Sanli Felice e Antonio de su ciudad natal el entierro de Santiago 
Apóstol, y el d'Avanzo en la capilla de San Giorgio de la misma población.— Las dos tribunas de dichas torres, que 
dan en cierto modo el sereno ambiente de la risueña Italia á esta parte de [nuestro retablo, son de disposición casi 
sacramental, así en muchas pinturas de aquel país en los siglos xiv y xv, como en cuadros alemanes de la misma 
edad: el citado d'Avanzo alojó en ellas magistrados en vez de ángeles coristas; el beato Angélico de Fiesole las dejó 
vacías y sin testigos, representando el augusto y tierno misterio de la Anunciación ; el maestro Guillermo (Wilhem) 
de Colonia, las dio á San Pedro y i. San Pablo en el lindísimo tríptico que conserva de su pincel la gran sala capi- 
tular de la catedral de Halberstadt, donde figuró á Nuestra Señora con Dios niño, sentada en su trono, celebrada 
por ángeles y rodeada de santas ; y Hans Holbein volvió 4 alojar ángeles en ellas cuando pintó la fílente de la vida 
existente en el palacio real de Lisboa. 

El resumen de las precedentes consideraciones, es: que el arco conopial en la arquitectura de nuestro hermoso 
retablo, no indica en manera alguna que éste deje de pertenecer á la mitad primera del siglo xv. 

Hemos de demostrar ahora que procede de la escuela flamenca de Brujas esta valiosa joya. —Por el método de 
exclusión y con argumentos negativos, esto es, eliminando progresivamente todas las escuelas de pintura de prin- 
cipios del xv á que nuestra tabla no pertenece, podríamos llegar á la conclusión apetecida de que tiene ella su 
progenie en la brillante escuela que fundaron los dos hermanos Van Eyck;— y en efecto, nada nos seria más 
fácil que hacer notar cuan pobre cosa era la pintura francesa antes de Jean Foucquet, pintor de Luis XI; cuan ape- 
gada estaba aún en esa época la escuela de Colonia á las tradiciones bizantinas, y hasta qué punto era todavía rudi- 
mentario el arte en las escuelas de Praga, de Westfalia y de Baviera; cuan distintos rumbos del que se inicia en la 
brillante producción que está siendo objeto de nuestro estudio, seguía en Italia la pintura en la misma época, con- 
ducida por los valientes decoradores del monasterio de Santa María Novella, de la capilla Brancacci en Santa María 
del Carmine de Florencia, y de la iglesia de San Clemente de Boma,— Paolo Ucello, Masolino da Panicale y el 
Masaccio— , hacia las regiones ideales á que no aspiraba el arte neerlandés. Pero es para nosotros más breve y sencillo 
y para el lector menos fatigoso, que expongamos desde luego las razones por las cuales consideramos como produc- 
ción genuina, no sólo de la escuela de Brujas, sino del pincel mismo de uno de los Van Eyck, este cuadro de nues- 
tro Museo. 

Verdaderamente, el que considere las relevantes dotes que avaloran esta joya, la clara y enérgica concepción del 
asunto que representa, al que nada perjudica la alegoría en que va envuelto; la noble sencillez de su exposición, la 
elevación del sentimiento que movió la mano del autor al distribuir las figuras de la parte alta del cuadro, las del 
sereno grupo de la Iglesia cristiana sobre la cual desciende la bendición del Cristo, y las del otro dramático grupo 
que personifica al judaismo, donde á pesar de la violencia de los ademanes correspondientes al dolor y á la desespe- 
ración de la Sinagoga vencida, no hay una postura innoble ni un gesto ridiculo; el que contemple, repetimos, el 
dibujo seguro y relativamente clásico de las figuras, el bello estilo con que están plegados sus ropajes, la concertada 
disposición de los grupos, el esmalte de los colores, el individualismo de los tipos, los primores de la ejecución, prin- 
cipalmente en los accesorios, y la espléndida decoración arquitectónica de la escena, no podrá menos de formar ins- 
cientemente el paralelo entre este cuadro y todos los demás que recuerde haber visto de los maestros neerlandeses con- 
temporáneos de los Van Eyck , para proclamar desde luego que su autor ha de ser por precisión alguno de aquellos 
dos privilegiados genios fundadores de la inmortal escuela de Brujas. Porque A pesar de los defectos inherentes á un 
arte no aun del todo formado , y á pesar de la fluctuación que en la disposición del asunto y en la elección de los 
tipos se advierte entre el simbolismo tradicional y el naturalismo propio del instinto nativo, median diferencias tales 
entre las dotes de esta obra y las que presentan los cuadros de Thierry Bouts , de Hogier Vauder Weyden , de Josse 
de Gand, de Gerard Vander Meire y de Hugo Vander.Goes, únicos pintores sobresalientes en aquellos países en la 
primera mitad del siglo xv, hasta ahora conocidos, que sin temeridad puede decirse que la escuela de donde procede 
debió constituir como un nuevo sistema de reglas estéticas, semejante á un nuevo lucero aparecido en un cielo de 
rutilantes estrellas. Seria prolijo analizar los nuevos principios artísticos que aquella luminosa escuela de Brujas 
introdujo: el resultado evidente de su aplicación fué, que mientras todos los maestros que acabamos de nombrar, 
extraños en sus comienzos á esa escuela y no de su primera generación, como equivocadamente ha supuesto el docto 



CUADRO EN TABLA DEL SIGLO XV, ATRIBUIDO Á VAN EYOK. 



33 



Waagen (1), conservaron siempre el áspero acento germánico, cuál en la desproporción de las figuras y en lo violento 
del punto de vista, como Thierry Bouts; cuál en la forzada postura de los personajes y en lo tétrico de las fisono- 
mías, como Vander Weyden; ora en el desentono del colorido, como Josse de Gand, ora en lo seco de las formas y en 
los reflejos mates de las carnes, como Vander Meire; los Van Eyck y sus inmediatos discípulos presentan al mundo 
atónito cuadros de una sencillez y de un gusto, de un naturalismo y de una placidez tales, que los hacen dignos de 
emular con las más preciadas creaciones italianas. El que desdeñe por demasiado molesta la tarea que nosotros nos 
impusimos de visitar uno y otro año los museos de Bélgica, sus galerías y sus templos, para estudiar los autores de 
las escuelas flamencas primitivas, puede, sin salir del Museo del Prado, hacer en parte el paralelo : en la sala primera 
de Varias Escuelas tiene colocadas en frente del cuadro que ilustramos las interesantes tablas de un soberbio tríptico 
de Vander Weyden, nada inferior por cierto al famoso Juicio final de Dantzig que Micbiels le atribuye: compare 
uno y otro, y quedará convencido de la exactitud de nuestro aserto. 

Siendo esto así, no pudiéndose citar ningún pintor neerlandés de la primera mitad del siglo xv, fuera de los Van 
Eyck, en quien concurran las calidades que resaltan en la tabla de nuestro Museo, ¿cómo no atribuirla á alguno de 
los dos hermanos? Hemos visto, en efecto, que los más ilustres críticos que la han estudiado han reconocido en ella 
desde luego los caracteres que distinguen las obras conocidas de aquellos ; sus diferencias de apreciación sólo han ver- 
sado sobre á quién de los dos Van Eyck debe tributarse el lauro de haber creado tan bella cosa ; y también acerca de si 
ha de considerarse nuestro cuadro como original, ó como copia de discípulos de tan grandes maestros ignorados hasta 
ahora. Ni podía ser de otra manera : la delgada y tersa tabla en que está ejecutada la obra es de roble del Norte, como 
casi todas las que emplearon los pintores neerlandeses hasta que se generalizó el pintar en tela; el procedimiento técnico 
del artista es el propio de la escuela de Brujas en dibujo, composición, colorido y ejecución ; en los tipos se advierte la 
misma mezcla de idealismo y naturalismo que caracteriza las obras de los dos Van Eyck; los trajes son los que se usaban 
en aquel tiempo en la corte de Felipe el Bueno ; los personajes representados son quizá retratos, como indudablemente 
se verifica en el emperador arrodillado, en el cual, "si damos crédito á Huberto Goltzio (2), tenemos que reconocer al 
anciano Sigismundo rey de Hungría y de Bohemia, electo emperador de Alemania en 1410; más aún, entre esta com- 
posición y la del famoso retablo de Gante de la Adoraáon del Cordero, hay en concepto y en ejecución un nexo tan 
íntimo, tan marcadas analogías , que parecen complemento la una de la otra ; por último, aunque el Dr. Waagen en 
sus últimos años haya querido desconocerlo, fundándose sólo en su propianegacion, los retratos de los dos eximios her- 
manos, Huberto y Juan, que tan perfectamente se dejan reconocer en la última portezuela de la izquierda de la Ado- 
ración del Corde?-o, de Gante, están en nuestra tabla reproducidos. — Eí testimonio de KaTel Van Mander es en este punto 
concluyente. «En las otras portezuelas ó alas, dice describiendo el retablo de San Bavon, está representado el conde de 
»Flándes á caballo, como ya queda dicho, y allí cerca Juan y Huberto, éste á la derecha de aquél, porque era de 
»mayoredad, según efectivamente aparece. Lleva Huberto en la cabeza un bonete de extraña forma, arremangado 
»por delante y forrado de piel de gran valor. Juan ostenta un elegante tocado aguisa de turbante, del que le cae por 
»detrás una especie de manga, y viste tabardo negro sobre el cual cuelga de un collar encarnado una medalla (3).» 
La descripción no puede ser más fiel, y nos dá una base segura para reconocer en cualquier parte las efigies de loa 
dos grandes artistas, porque lo demás lo dice claramente el retablo de Gante. De éste también tomó Lampsonius los re- 
tratos de ambos hermanos que en 1572 dio á luz , acompañados de versos latinos , en su conocida colección de artistas 
célebres de la baja Alemania (4). Sorprende por cierto que el ilustre crítico berlinés se haya negado á reconocer como 
idénticos estos personajes y los dos que en nuestro retablo de Madrid representan al magnate arrodillado detrás del 



(1) Obwohl nun die Ausfülrrung des Bildea sicher m die érate HSlfte dea 15. Jahrkunderts fallen dürfte, so verriith doch keine der beiden Hánde die 
Kunstweise der wenigen, jetzt durch Werke sicher beglaubigten , Meüter der crsten Genemlvm der van EycVsckm Schule, Rogier Vander Weyden des 
alteren, Dirh Bouts, oder Hugo Vander Goes. Esto dice Waagen, porque cuando escribió su crítica no habían sin duda llegado á en noticia los últimos 
trabajos de los eruditos belgas acerca de los antiguos pintores neerlandeses ; paro hoy ya es cosa sabida que Eog. Vander Weyden , nacido en Tournai, 
fué discípulo del maestro Campin ; que Thierry ó Dirik Bouts, llamado por otro nombre Thierry de Harlem, tampoco tomó lecciones de los Van Eyck' 
si bien pudo aprender el secreto de la pintura al óleo de Jan van Eyck cuando éste estuvo en Holanda acompañando á Juan de Baviera. De Josse de 
Gand no consta que fuera discípulo de los dos célebres hermanoB, aunque so presume; sólo Be sabe con certeza que ei 
en cuanto á Vander Meire y á Vander Goes, Be tiene hoy por poco probable semejante aprendizaje. 

(2) Icones Impsratobtjm epuahobt/m, etc. 

(3) Leven der ncdcrlaiithchc * 



ó y produjo obras en Urbini 



uilsche Sckilders, etc., t. ir. 
(4) Pictorum aliquot celebrium Germaniae Inferioris effigies.— Antuerpiae, 1572. Contiene 23 retratos e: 

TOMO IV. 



fól. 



34 



EDAD MEDIA. — ARTE CRISTIANO. —PINTURA. 



Emperador, y al paje (mrlet) que está en pié detrás de todos. Pase que haya desconocido á éste último, porque al 
cabo su fisonomía pudo variar un tanto, de estar escorzada, como se la ve entre los jueces íntegros (j-ustijudices) que 
vienen cabalgando en la referida ala del gran retablo dé San Bavon, á presentarse de perfil, ya de edad más madura 
en el paje meditabundo y silencioso de nuestro retablo; pero no que se le despintara el hermano mayor Huberto, sólo 
quizá por ser aquí algo más anciano, cuando vino á formar parte del grupo de la Iglesia vencedora con el mismo traje 
y el mismo bonete con que se le vio marchando el primero de la derecha en la respetable fila de aquellos magistrados. 
La circunstancia de figurar este personaje en grupo tan principal, codeándose, digámoslo así, con el Rey á cuya 
derecha está arrodillado, induce también á creer que no fué él quien pintó el cuadro, siuo el otro que en lugar más 
humilde se colocó de pié, postergándose á todos los que forman el grupo. — Desearíamos poder ofrecer al lector prue- 
bas más positivas y concluyentes acerca de la progenie y paternidad de nuestro insigne retablo; pero la mala suerte 
hace que tengamos que contentarnos con inducciones y conjeturas, porque desgraciadamente los antiguos pintores 
neerlandeses, aunque apreciados en el Norte y en el Mediodía de Europa desde el mismo siglo xv (1), y aun más 
acaso que los italianos Giotto, Cimabué, Lippi y Perugino (2), no lograron la fortuna de que salieran sus nombres y 
sus hechos del olvido hasta fines del siglo xvi, en que los dieron á conocer (muy incompletamente por cierto) Guic- 
ciardini y Van Mander. 

Inducciones y conjeturas tenemos que seguir allegando hasta el término de nuestra tarea para averiguar cuál de 
los dos Van Eyck es el autor que con tanto interés buscamos. — Los mismos críticos belgas, que con loable perseve- 
rancia revuelven los archlros patrios y extranjeros para sacar ó, luz noticias referentes á la primera escuela de pin- 
tura flamenca, andan divididos acerca de la participación que en la obra común del retablo de Gante cumple reco- 
nocer á cada uno de los dos célebres hermanos. EL diligente archivero de la ciudad de' Bruselas, M. Alph. Wauters 
establece hoy fundadas dudas de que pueda mantenerse el deslinde de lo atribuido en ese retablo por los críticos mo- 
dernos , ya á Huberto , ya á Juan ; con lo que , perdiendo alguna f aerza las conclusiones del elegante y profuso histo- 
riador de La Pintura flamenca desde stts orígenes, M. Alfred Michiels, nos falta en cierto modo una de las bases 
que se tenían por más seguras, un buen punto de partida para deducir reglas infalibles acerca del estilo de uno y 
otro. Felizmente existen en los Museos y Galerías de Bélgica, Inglaterra, Francia, Austria y Ñapóles obras de Juan 
van Eyck, auténticas é indubitadas por llevar la mayor parte de ellas su firma, que nos permiten definir bien el 
genio y el estilo del inmortal inventor de la pintura al óleo ; con lo cual , han de reconocerse forzosamente como obras 
de su hermano mayor, que nunca firmaba sus producciones, aquellas partes del gran retablo de Gante en que se 
descubren mano y tendencias diferentes. El celebrado cuadro de Zas bodas de ArnolpMni que figuró en el inventa- 
rio de la princesa Margarita de Austria y conserva hoy el Museo de Londres ; la famosa tabla de la Virgen del canó- 
nigo Vander Paele que adorna la Academia de Brujas ; la no menos renombrada Virgen del canciller Rolin, que 
existe en el Louvre; la preciosísima pintura de la Adoración de los Reyes, que el mismo Jan van Eyck envió al rey 
Alfonso V de Aragón, y que hoy se admira en la capilla de Castel-Nuovo, dedicada á Santa Bárbara, en la ciudad 
de Ñapóles; La Virgen con el niño Jesús sobre un tapiz que sostienen por detrás dos ángeles, existente en el ya citado 
Museo de Amberes; y por último, los retratos del Señor de Lecuw y de Jossc Vydt que avaloran el Museo imperial 
de Viena, y el de La Mujer del autor, que luce en Brujas, son otras tantas fuentes donde puede estudiarse con toda 
seguridad el genio de este grande artista. Lo que de su detenido y reiterado examen, hecho personalmente por nos- 
otros mismos, viene á resultar, es que Jan van Eyck era hombre de tendencias puramente objetivas, las que le con- 
ducían á reproducir las formas del mundo exterior con la fidelidad más escrupulosa; que la inspiración le nacia 
fuera de su personalidad, y nunca brotaba de lo íntimo de su alma; que copiaba detenida y pacientemente lo real, 
sin alterarlo para que estuviese en armonía con uu ideal interior y subjetivo; que su fantasía no buscaba formas 
ideales y poéticas en la región ilimitada ó infinita de lo Mío. Dedúcese, como corolario, que las viejas tradiciones 



(1) Como alhaja de gran precio, regaló el papa Martino V á nuestro rey Don Juan II, y éste oedió á la Cartuja de Miradores, un oratorio, atribuido 
í Vander Weyden, que hoy por desgracia nuestra figura en el Museo de Berliu bajo el niím. 534". El libro becerro de la mencionada Cartuja consigna, 
;on el mayor encarecimiento que permitía aquel tiempo, que dicho oratorio había sido d magislro Rogcl, magno elfamuso Flandresco, depicium. — Loe cua- 
dros de la escuela de Brujas no eran menos apreciados en Roma: el procedimiento de los pintores .flamencos entusiasmó de una manera indecible al rey 
Renato de Anjou, según refiere Snmmonzio, y el pintor Colantino di Fiore tuvo conatos de abandonar su patria, Ñapóles, para ir á estudiar aquel proce- 
ümiento más de cerca, como lo hizo Antonello da Messina. 



(2) Loa nombres de estos y otros artistas itnüa 



o fueron c 



cijos en 1 



mita hasta que el Vasari los sacó del olvido. 



CUADRO EN TABLA DEL SIGLO XV, ATRIBUIDO Á VAN EYCK. 



35 



bizantinas ejercieron muy escasa influencia sobre su imaginación, y que, flamenco por esencia é íntimamente ligado 
al mundo material y real, tuvo por medio constante la imitación y por norte la verdad. Su genio práctico fué ver- 
daderamente el que cerró á la pintura neerlaudesa el sagrado palacio de zafiro y oro de los genios bizantinos. De esas 
tendencias realistas nacen sus defectos: la vulgaridad de sus cabezas, algunas veces y por excepción nobles y bellas, 
ó meramente graciosas; y un excesivo individualismo en los tipos sagrados, que los liace degenerar en retratos. En 
cuanto al procedimiento técnico, Jan van Eyck da muestra de baber manejado el color con gran libertad: sus carnes, 
un tanto trasparentes en ciertas ocasiones, suelen ofrecer una tinta rojiza dominante; pero supo fascinar la vista por 
medio de acertadas yuxtaposiciones, sin que perjudicase á la armonía del conjunto la viveza y esmalte de las 
tintas. — Hemos venido baciendo de una manera indirecta el análisis de las calidades y defectos déla tabla que ilus- 
tramos. 

No son estos en verdad los elementos que dominan en algunas de las tablas del gran políptico de Gante. Toda la 
parte superior de esta famosa obra, y una porción considerable del cuadro central que representa la Adoración del Cor- 
dero, nos ponen á la vista un mundo estético distinto del que contemplaba Jan van Eyck. En estas tablas domina lo 
grandioso, lo bierático, casi diríamos lo bizantino, sobre lo real y objetivo: y extrémanse tanto los medios de 
expresión tomados del antiguo arte convencional y anagógico, que la figura de Dios Padre, destacada sobre fondo 
de oro y con la leyenda de sus divinos atributos á manera de nimbo, tiene toda la impasible majestad de una 
estatua de Claes Sluter, y las figuras de la Virgen y San Juan Bautista, los ángeles músicos y coristas, y Adán y 
Eva, colocadas en perfecta simetría á uno y otro lado, parecen dispuestas con propósito más arquitectónico que 
pictórico. En medio de este hizanlinismo , ábrese paso y difúndese como nueva sustancia terrestre, pero exquisita, 
sobre este espléndido Mcrodrama, un incipiente naturalismo que, bien observado en las tres grandiosas figuras 
centrales, y en las de Adán y Eva que originales custodia con legítimo orgullo el Museo de Bruselas (1), coloca 
al autor al nivel de Giorgione y Gian Bellino, los grandes luminares de la. escuela veneciana. Esta parte alta 
del retablo de San Bavon, de seguro no es obra de Jan van Eyck: debe serlo forzosamente de su hermano mayor 
Huberto, porque solo ellos pusieron las manos en tan eximia pintura. 

Y viene bien preguntar ahora, ¿no hay en nuestro retablo del Triunfo de la Iglesia sobre la Sinagoga algunas 
partes en que se observan esos mismos caracteres de pintura hierática y convencional, divorciada de la naturaleza, 
ó más bien de esa naturalidad que era como el ídolo de Jan van Eyck? Las hay , en efecto , y de tal suerte aparecen 
en la parte alta de este cuadro nuestro , que no titubeó el entusiasta historiógrafo francés citado poco há (2) en afirmar, 
con disculpable inexactitud, que las figuras de Cristo, la Virgen y San Juan evangelista, colocadas en lo alto del 
místico huertecillo donde mana la Fuente de la vida, son idénticas en su dibujo, postura, vestiduras y partidos de 
]úiegues, á las ejecutadas por Huberto .van Eyck en el retablo de San Bavon. 

De lo que expondremos en capítulo separado se desprenderá que esta semejanza, menos extremada de lo que 
M. Michiels supone, es una mera reminiscencia de Jan van Eyck, ó un homenaje tributado por su fraternal cariño 
á la memoria de Huberto en época en que éste ya había dejado de existir. Por ahora sólo nos cumple observar que 
en estas mismas figuras de nuestra tabla está la prueba evidente de la mano del hermano menor: el semblante del 
Cristo, deprimido hacía las sienes y abultado por la parte inferior, con los párpados carnosos y la boca prominente, 
es de una chocante vulgaridad gantesa, y revela una naturaleza tan distante de la noble humanidad impresa en 
el rostro del Dios Padre por Huberto, como del cielo la tierra. Lo mismo puede decirse de los tipos de la Virgen y 
el evangelista, comparados con los que delineó Huberto para representar á Nuestra Señora y al Bautista en el 
políptico de Gante. 

Otro indicio de que Huberto es completamente extraño á la ejecución de nuestra tabla aparece en su colorido 
general. Las obras de aquél son de tan vigorosa entonación, que exceden á las del mismo Vander "Wayden en color 
y jugo; en las de Jan van Eyck por el contrario, dominan, como en la que tenemos á la vista, los tonos argen- 
tinos. Pudiera casi decirse que los personajes del primero han peregrinado por el Oriente', como las imágenes 
neo-griegas que en su juventud copió, y los del segundo no han salido de las nebulosas regiones flamencas 
y bata vas. 






(1) Las ane tiene en bu defecto el retablo de Gente son obra de Miehael Coscyei 

(2) M. Alf. Hlehiels. 






36 



EDAD MEDIA.— ARTE CRISTIANO. — PINTURA. 



Ota diferencia entre las obras de ambos hermanos, en que nadie ha reparado hasta ahora: los motivos arqui- 
tectónicos con qne decora sus fondos Huberto son constantemente románicos; los que hacen tan espléndidos y 
lujosos los fondos de Jan van Eyck son ó románicos, ó góticos, ó italianos, con mucho aire de la elegante 
ornamentación oriental. Ahora veremos porqué. 



5<P 
I 



í| 



A fines del año 1428, el duque de Borgoña Felipe el Sueno , galante y magnifico, envió una embajada de varios se- 
ñores de su corte al rey Don Juan I de Portugal, para pedirle la mano de su hija la infanta Doña Isabel ■ y a fin de 
adqumr noticia cierta de las prendas personales de su elegida, diputó a su paje y pintor predilecto, Jan van Eyck 
para que hiciese su retrato. Diéronse á la vela los comisionados en el puerto de l'Écluse, el día 19 de Octubre en dos 
galeras venecianas , que precisadas por un recio temporal a recogerse en varios puertos de la Gran Bretaña , los tuvieron 
cautivos hasta entrado el mes de Diciembre. Llegados a Lisboa el 18 del propio mes, hecha la presentación y estipula- 
das las clausulas del proyectado enlace, entregóse el privilegiado artista a acariciar en la tabla con su esmerado pincel 
la deslumbradora belleza de aquella infanta, tan celebrada del rin de Toulongeon. Terminada la obra (que hoy ya no 
existe), fué el 12 de Febrero de 1429 enviada a Brujas, y mientras llegaba á sn destino y volvía á Portugal el cor- 
respondente despacho con la decisión del duque Felipe , el pintor y los otros comisionados llevaron á cabo una excur- 
sión o viaje de placer, como diriamos hoy, por nuestra Península. Recorrieron la España, desde Santiago de Galicia 
hasta Granada, deteniéndose en muchas ciudades de Castilla, donde reinaba a. la sazón Don Juan II, mozo de 25 años 
que tema en treguas la guerra con los moros , y acompañado de su mujer Doña María , acababa de celebrar grande! 
fiestas y públicos regocijos en Valladolid , con motivo de haber pasado por allí la infanta Doña Leonor , hermana de 
los reyes de Aragón y Navarra, que iba a casarse con el principe D. Duarte de Portugal. Probable parece que viera 
entonces el pintor flamenco la corte de tan ilustrado monarca , pues el duque de Arjona, D. Fadrique , 4 quien consta 
visito en Galicia, era por su título, ó por el de conde de Trastamara, que también poseía, uno de los señores que 
s.ernpre figuraban en las grandes solemnidades de la casa real, y no dejaría de proporcionar al extranjero el grato 
solaz de presenciar las magnificencias castellanas, tan cantadas por insignes poetas. Gozábase de general sosiego y 
la época era todavía muy favorable para llevarse de nuestro suelo halagüeñas impresiones, puesto que pronto habia 
de renovarse la guerra con los infieles, y ya por decirlo asi estaban las mesnadas de Castilla afilando las lanzas que 
habían de arrancar los laureles de la Higueruela. Nadie que conozca la índole de los artistas podrá imaginarse que 
Jan van Eyck hubiera de permanecer completamente inerte enmedio de tales incitativos. ¿Habían de serle indiferen- 
tes el límpido azul de nuestro cielo, la luz abrasadora de nuestro sol, el puro ultramar ó la líquida esmeralda de 
nuestras bahías, los diáfanos horizontes de nuestras campiñas, las tornasoladas cortinas de nuestras sierras, veteadas 
de plata y oro, ópalo y amatista ; las palmeras de Andalucía, los bardales erizados de pitas puntiagudas, los cactus 
pendientes de las tapias como ondulosas serpientes, los jardines embovedados de naranjos , mirtos, laureles y cipre- 
ses; la árabe Córdoba con su esplendorosa mezquita, Sevilla la real con su morisco alcázar, Granada la nasserita con 
su encantadora Alhambra, donde aun dominaban los sectarios del Profeta, y aun resonaba el nombre de AUah entre 
el murmullo de las fuentes y los suspiros de las sultanas? Una naturaleza tan distinta de la qne contemplaron sus 
ojos hasta entonces, ¿cómo no habia de cautivar su alma? Por otra parte, todo induce á creer que Jan van Eyck vivía 
muy gustoso entre la ostentación, el fasto y la belleza de las grandes poblaciones, y que acostumbrado casi desde la 
niñez al trato y conversación de los príncipes, no habia de perder la ocasión de introducirse con los magnates de Cas- 
tilla y con todas las notabilidades de aquella viciosa corle , de la que se habia de cantar mis adelante: 

¿Qué se hizo el rey Don Juan? 
los infantes de Aragón , 
¿qué se hicieron? 
¿Qué fué de tanto galán ? 
¿Qué fué de tanta invención 
como trujeron? 



I 



CUADRO EN TABLA DEL SIGLO XV, ATRIBUIDO Á VAN EYCK. 



Las justas y los torneos 
paramentos, bordadoras 
y cimeras, 

¿fueron siuo devaneos? 
¿Qué fueron sino verduras 
de las heras? 

¿Qué se hicieron las 
sus tocados, sus vestidos, 
sus olores? 

¿Qué se hicieron las llamas 
de los fuegos encendidos 
de amadores? 

¿Qué se hizo aquel trovar 
las músicas acordadas 
que tañían? 

¿Qué se hizo aquel danzar, 
aquellas ropas chapadas 
que traían? 



Y kabia un motivo muy especial para que en la corte de D. Juan II fuese bien recibido el artista de las orillas del 
Mosa (1): el monarca castellano distinguía á los pintores acaso más que los mismos duques de Borgoña, y aun no 
hacia ocho años que el florentino Dello, creado por él caballero, había sido enterrado de su orden con solemne pompa, 
correspondiendo en un todo sus funerales exequias á la vida de gran señor que habia llevado (2). Gerardo Starnina, 
italiano también, logró durante el remado de Don Enrique III, pocos años antes, no menores distinciones y prove- 
chos. Pero Jan van Eyck, además de ser un artista eximio, y de los flamencos que tanto agradaban en España y en 
Italia, era el inventor de una manera nueva de pintar: manera que por aquel tiempo debía causar admiración y 
envidia al buen Juan Alfon, que acababa de ejecutar al estilo antiguo, con mil afanes y sudores, los retablos de las 
capillas del Sagrario y de los Reyes en la catedral de Toledo; y á todos los pintores valencianos que hajo el prós- 
pero reinado del magnánimo Alfonso Vde Aragón, decorando con sus retablos las iglesias de Terol, Jérica, Gandía, 
Bocayrente y otras poblaciones de aquella rica provincia, procuraban emular con los artistas de Florencia, Siena y 
Roma (3). 

Jan van Eyck era realmente el único y verdadero inventor de la pintura al óleo. — Hasta el año 1410, en que esta 
fecunda innovación vino á ahrir á la pintura nuevos y dilatados horizontes, los medios técnicos que se usaban eran 
asaz imperfectos : desleíanse los colores en agua de goma de cerezo ó ciruelo, y así se aplicaban á la tabla ya preparada 
con una mano de cola. Sólo el bermellón, el albayalde y el carmín se molían con clara de huevo, por no hacer cuerpo 
con la goma; más para que los colores preparados con clara de huevo no formasen escama, se dejaba antes pudrir 
aquella sustancia. Después de pintado el cuadro, se le daba un barniz de goma arábiga y aceite de linaza, mezcla- 
dos y hervidos. La cola de retal sólo se usaba para fijar el oro de los fondos y accesorios. — Este procedimiento era 
lento é ineficaz ; hacia perder la paciencia á los artistas de genio , y el colorido que producía era siempre pálido y pobre: 
todos ansiaban un ingrediente que les proporcionase brillantez y empaste, que diese á sus colores mayor atractivo y 



(1) Huberto y Juan van Eyck nacieron en el Líinburgo, en la villa de Eyck sobre el Mosa (M<m-Eyck en lengua flamenca y tomaron el nombre 
del lugar de su nacimiento, abandonando su patronímico, que no ae sabe ya cuál era. 

(2) Vasar! y Butrón refieren que pintaba con gremial 6 delantal de brocado. — Cean, que tomó de ellos las noticias para el artículo respectivo do bu 
Diccionario, trae el honroso epitafio que en en sepultura le pusieron, sin decir dónde fue enterrado. 

DELLUS EQUES FLORENTINOS 

PICTDRAE ARTE PERCELEBR1S 

REQI5QTJE HISFANIABUM LIÍERALITATE 

ET ORNAJIENT1S AMPLISSIMUS 

II ■ S ■ E • 



(3) Sólo de la primera mitad del .siglo xv trae el diligente l 1 . Arques Jover catorce pintores valencianos en su interesan! e CWa.r ;'<.<) ¿ do juntares, escul- 
les y arquitectos desconocidos que salió ¡i lúa eu la Colección de documentos inéditos taha la historia de EspaSa, tomo lv, miras. 3 y 4, correspondien- 
s dios meses de Enero y Febrero de 1870. Son sus nombres: Domingo Adzuara, Tristauy Batalle? (á quien denomina el documento que le cita pictor 
rtinarum, pintor de colgaduras de pieles ó guadamacilea), Pedro Cerda, Pedro Nicolao, Juan Palazi, Gonzalo Pérez, Antonio Pérez, Fernando Perea 
iban ReixatB, Roger Sperandeu, Guillermo fütoda, Jayme Stopinya, Bernardo Talens y Juan Zercbolleda. ¡Cuántos artistas, do cuyas obras apenas 
nemos noticia, de cuya habilidad acaso no queda el menor vestigio! Obsérvase en los documentos que á ellos se refieren, que era práctica en aquella 
época pintar los retablos Bobre fondos dorados á la Sisa,, y que con frecuencia surgiau quejas y pleitos porque se levantaba la pintura aplicada á dichas 
preparaciones. Débase el conocimiento de este curioso Dicchmario de artistas valencianos á la laboriosidad del Sr. D. Manuel R. Zarco del Valle. 
tomo iv. 10 



3S 



EDAD MEDIA. — ARTE CRISTIANO. — PINTURA. 



les permitiese manejar el pincel con toda libertad, sin necesidad de llevarlo de punta como en la miniatura; y esto 
fué lo que con sus conocimientos denudóos (1), su perseverancia y su natural sagacidad, consiguió Jan van Eyck 
Karel van Mandar, Vasar!, Facius, Marchant, Van Vaernewyck, Sanderus y Opmeer, todos unánimes declaran qne 
fué él solo el inventor de la pintura al óleo; ninguno de los antiguos escritores pretende que deba compartir el lauro 
con su hermano Huberto. -j Cómo no había de causar en las cortes de Portugal y de Castilla admiración y sor- 
presa cualquier obra salida de las manos del feliz inventor? Compréndese, á poco que se medite, la gran revolución 
que debía producir en el arte de la pintura esta sola novedad, que ponia enteramente á disposición y bajo el ca- 
pricho del artista el instrumento, antes indócil y rebelde , con que iba 4 dar forma a todo lo que abarca la vista. Tras 
ese sencillo cambio de procedimiento venía a la región del arte imitativo la perspectiva con sus fascinadoras hnidas, 
el paisaje con sus lejanos horizontes, el cielo con la poética gradación que le da la escuela de Brujas, desde la línea' 
blanca que traza el alba serena hasta el azul profundo donde se ahoga la luz de las estrellas. 

Debemos suponer también que algunos recuerdos gráficos se llevaría él de Portugal y España, como suele hacer 
todo artista viajero con los objetos que durante su excursión mas le cautivan, y que no dejarían de figurar entre 
los apuntes y borrones de sus carteras, á vueltas de algunos lindos retratos (2), tal ó cual accidente de la elegante 
arquitectura mudejar, tan usada entonces en toda Castilla, verbigracia, el arquito conopial ó fiorenzado de algún 
ajimez toledano, el lindo zócalo de azulejos de algún tranquilo locutorio conventual. 

La respuesta del duque Felipe el Bueno llegó á Lisboa: el señor (sire) de Eoubais se casó con la infanta por pode- 
res: hubo fiestas, banquetes, cabalgatas; y á fines de Setiembre regresó la comisión á Flándes, llevándose la perla 
que iba á brillar en el trono de Borgoña, y á afirmar las relaciones de buena amistad que entre los Países-Bajos y la 
Península ibérica existían. -Cuando volvió a entrar en su estudio de Gante Jan van Eyck, seguramente contem- 
pló con cariñosa mirada aquel gran retablo destinado á San Bavon, que su viaje a Portugal y España habia dejado 
interrumpido. -Y acaso antes de terminarlo, lo que no se verificó hasta el año 1432, se vio impelido 4 ejecutar por 
espontánea vocación, ó por encargo, el cuadro de SI Triunfo de la Iglesia sobre la Sinagoga, que habia de sor con 
el tiempo preciada joya de nuestro Museo de Madrid. Afirmado en su naturalismo , pero rindiendo al par 
culto de veneración al estilo de su querido hermano Huberto, que le habia servido en su adolescencia de padre 
y maestro, y 4 quien siempre reconoció como superior (3), derramó sobre la nueva tabla todo el caudal de su 
pericia artística : tomó del hermano la disposición de los tres personajes divinos que habían de dominar en la 
escena, pero despojándolos de los accesorios que les daba la antigua iconografía, los nimbos de oro, las vestiduras 
bizantinas orladas de pedrería; y no acertando 4 representarlos con la majestad y la belleza con que los concibió 
Huberto, los afilió al gremio de la naturaleza vulgar é incorrecta, de que no siempre se eximen los m4s nobles 
y poderosos. Quitó las alas 4 los 4ngeles, los privó de sus aureolas, los sentó como simples niños en el césped 
florido del huerto ; trazó en el fondo una elegante arquitectura mixta de todos los estilos que vio prevalecer 
entre los pintores más afamados de su tiempo, pero usando de una gallarda iniciativa para decorar el gótico 
germánico con preciosos motivos de la arquitectura mudejar española,— los arcos conopiales y florenzados de la 
regia Toledo, y los azulejos de Portugal y de Andalucía,— y en los dos grandes grupos del primer término, parte 
principal del cuadro, dejó correr libremente la vena de su gentil naturalismo,— no tan tolerante con las formas 
plebeyas como el de los pintores de la segunda generación de la escuela de Brujas,— desarrollando maravillas de 
ejecución en el de la Sinagoga: maravillas que no supo imitar en el otro grupo de la Iglesia cristiana la mano de 
que sin duda se valió para que le ayudara en su tarea (4). 



(J) Bartolomé Facius le celebra en su libro De viris ilhislribus, escrito en 145G aunque no impí 
metria y versado en los escritos de Plinjo y otros autores de la antigüedad. Sabia, además, la quiu 

(2) El inventario de cuadros, libros, joyas y muebles pertenecientes á la princesa Margarita de Austria, redactado 
una bella dama portuguesa de mano de Jan van Eyck : Uttg moim tablean de b/aee rf««e Fortagalaiee, gae Madame a 
de Johanms, et estfail sans huelle et sur talle, sam couverle ni feuillet. 

(3) Asi lo dejo consignado cuando en 1432 termino el Soberbio retablo de la Adoración del Cordero , escribiendo 



hasta el año 1745, como hombre perito en la geo- 
tiempo y el arte de la destilación. 

151G, menciona el retrato de 
] ,e don Diego , faict de la maia 



pié estos versos : 



Piclor Utilerías e Eyck, majar gao nema reverlas, 
laeepil; pondtteque Joanaes, arto secundm, 
Suscepit líelas, etc. 



(4) Es visible la di Eerení 



e ejecución de uuo y otro grupo. Micbiels cree probable la intervención de Margarita van Eyck, hermana de Jan 
esta parte del cuadro. No recordamos ninguna obra de esta pintora , y nos abstenemos por tanto de emitir conjeturas sobre este particular. 



^H 



CUADRO EN TABLA DEL SIGLO XV, ATRIBUIDO A VAN EYCK. 



39 



El paso del retablo de Gante a nuestra tabla, se comprende sin violencia; lo que no se concibe es, que se hubiera 
pintado el Triunfo de la Iglesia antes que la Adoración del Cordero, como supone Ernesto Forster. El estilo hiera- 
tico precede al realismo; no éste á aquél. El anacronismo del critico alemán, y de todos los que le siguen, es ma- 
nifiesto. 

¿Quién mandó pintar esta tabla á Jan van Eyck? ¿Cómo vino á España? — No se sabe. Quizá el artista recibió 
el encargo de ejecutarla para el rey Don Juan II de Castilla, ó para alguno de los magnates de su corte. 



VI. 



Digimos al principio que el viajero D. Antonio Ponz había visto esta tabla, ó una copia de ella, en la cate- 
dral de Palencia. — Digimos después que en 1838 la sacó el profesor académico D. José Castelaro de la pared de la 
sacristía del Parral de Segovia, donde estaba como incrustada desde tiempo inmemorial. — Mal se compadecen a 
primera vista estos dos hechos, Pero aun ha de aumentar más la dificultad. 

Los ilustrados segovianos que por la suerte de haber vivido muchos años conservan las tradiciones de los monjes 
del Parral, recuerdan haberles oido decir de niños que la preciosa tabla estuvo siempre en aquella sacristía, encajada 
en un ancho y sólido recuadro de yeso; y aun añaden que en tiempos pasados tuvo en su contorno un guardapolvo 
saliente o pulsera, como decían los pintores valencianos del siglo xv, lleno de inscripciones hebraicas. Por otra 
parte, el libro-becerro que se conserva en la biblioteca de la provincia de Segovia, titulado Fundación del Parral, 
trae al folio 54 vuelto estos asientos (1) : 

Sigílense los ornamentos ricos de brocado y de seda que están en la Sacristía de este monasterio de Nuestra 
Señora del Parral y las personas que los dieron y dotaron. 

El Señor rey Don Enrrique. 

E otrossi dio el dicho Señor rey un retablo rico de pincel de Flandes que tiene la ystoria de la dedicación de 
la Iglesia. 
E dio mas una ymajen grande del Crucifixo como esta sepultado en una arca. 
E dio mas tina Verónica de Flandes muy devota pintada en una tabla para las procesiones . 

Este precioso documento constituye la verdadera prueba de que nuestra tabla estaba ya en España cuando el Par- 
ral fué edificado, es decir, antes del año 1454: que si para deducir esta conclusión no hubiéramos tenido más fun- 
damento que el alegado por el Sr. Cruzada Villaamil, y por el Dr. Waagen que reproduce su aserto, nos habríamos 
abstenido de consignarla. Suponen , en efecto, así el uno como el otro, que el muro de la sacristía del Parral se cons- 
truyó labrando las piedras á propósito para formar el marco de este cuadro, y esto ha debido ser más bien una pre- 
sunción que un hecho patente; el marco estaba formado por un abultado recuadro de yeso, muy sólido y consistente, 
tanto que al profesor Castelaro le costó gran trabajo arrancar de allí la tabla; pero la fábrica de piedra, según infor- 
mes de personas verídicas que á todas horas la están viendo, no aparece labrada con semejante propósito. 

Singular es en verdad el título de historia de la dedicación de la Iglesia que se dá al retablo; pero sin necesidad 
de alambicar mucho, y dada la poca pericia de los que en todo tiempo han redactado esta clase de inventarios, se 
explica satisfactoriamente el quid pro quo. — En donde está lo peliagudo es en la ubicuidad que hay que dar al cua- 
dro para que se halle á un tiempo mismo en la catedral de Palencia y en el Parral de Segovia. 

Ahora bien: nuestro difunto amigo el ilustrado crítico francés W. Bürger, nos escribía lo siguiente en carta que 



(1) Debérnosla copia de este precioso documento á nuestro ilustrado amigo el Sr. D. Ramón Dcpret , vicepresidente de la Comisi 
s de Segovia, y eeloao investigador de uieinurius artísticas é históricas. 



«■■■«ÉÉaatett 



40 



EDAD MEDIA. — ARTE CRISTIANO.— PINTURA. 



nos dirigió desde París en Abril de 1863: «Casualmente se halla en este momento expuesta en casa del restaurador 

»M. Haro una copia antigua de la Fuente mística de Van Eyck, firmada con este monograma 4gs £, que probable- 

» mente pertenece á Láncelo! Blondeel, uno de los pintores que más han estudiado a los Van Eyck y que restauró 
«en el siglo xvi la Adoración del Cordero de San Bavon (1).» 

¿No desata esta noticia todas las dificultades? Ella, en efecto, nos recuerda que ha habido, y aun hay, varias 
copias de este precioso cuadro, y nos sugiere la idea de que la tabla que vio y admiró Ponz, pudo ser, ó bien la 
copia de que nos hablaba la carta de Bürger, ó bien otra que se conserva en la sobrestantia de la catedral de Sego- 
via, sin que haya cambiado nunca de lugar la original que donó el rey Don Enrique IV á su fundación del Parral. 
El estar solo reservado á los marqueses de Villena el panteón de la iglesia del Parral, perteneciendo todas sus capi- 
llas á diferentes linajes; el no constar en el mencionado libro-becerro que la familia de los Pachecos fuese la funda- 
dora de aquel insigne convento ; y el haber tenido siempre sus monjes en gran veneración, como aseguran algunos 
ancianos que con ellos se educaron siendo niños, un antiguo retrato de Enrique IV, que estaba colgado en su sala 
capitular, con la leyenda Henricüs, fundator noster, nos inclinan a creer que la fundación fué realmente de este 
rey, cuando aun era príncipe, como ya sospechó Colmenares, sí bien la edificación no comenzó hasta el año 1454, 
en que el príncipe subió al trono. 

En el movedizo terreno de las conjeturas en que nos tiene confinados la falta de noticias más precisas, una última 
hipótesis, favorable á la opinión del doctor AVaagen, pudiera aún establecerse, á saber; que la tabla que vio Ponz 
fuese la original, hoy lastimosamente perdida; y una mera copia, aunque ejecutada por buenos discípulos, pero uno 
más aventajado que otro, la tabla del Museo del Prado. Grande sería nuestro desengaño si documentos descubiertos 
en lo venidero nos hicieran manifiesta semejante conjetura; pero no lo tememos, porque lo más violento de todo 
es suponer que el ilustrado rey Don Juan II, ó su hijo Don Enrique IV, sea quien fuere el que adquiriese la joya, 
se contentara coa una copia teniendo medios de sobra para adquirir el original, y que el munificiente fundador 
hiciera á su amado convento un donativo que pudiera ser teuido en poco por los fastuosos magnates de su corte. 

Pero ni aun en este caso, que nos parece de todo punto inadmisible, sería completo el triunfo del crítico berlinés, 
porque siempre permanecería como cosa poco menos que demostrada, que el original no fué de Huberto, sino de 
Jan van Eyck, célebre inventor de la pintura al óleo. 



(1) «Par hasard, il y a, en ce moment, exposée choz le restaurateur de tablean* M. Haro, une aucienne copie de la Fontaine mystique de Van Eyck, 

et qui est signóe du monogramiBe 4U^ J'.Lancelot Blondeel probablement , lequel a beaucoup étudié les Van Eyck et a meme restauré au xvi' siécle 

Vagneau de Saint Bavon á Gand.» 

Aunque Brulliot atribuye á Lancelut Blondeel c 
miento dv los antiguos pintores nccrlau desea cerno 
lo es, y no original. 



o monograma muy distinto, basta á nuestro propósito que un critico tan c 
3ürger, haya sin titubear calificado de copia la tabla existente en París, ] 



EDAD ANTIGUA. 



MUSEO ESPAÑOL DE ANTIGÜEDADES. 
ARTE PAGANO. 



ESCULTURA. 




FAinar dif y 1,1° 



FRAGMENTOS DEL" FRISO DEL PARTENON. 

(Reproducción traída it Almas jitr la Comisión Científica de Oriente al Museo Arqueológico nacicna]). 



FRAGMENTOS 



FRISO DEL PARTENON 



REPRESENTANDO LAS PANATENEAS 



VACIADOS EN YESO, 



DEL MUSEO ARQUEOLÓGICO NACIONAL, 



TRAÍDO DE ATENAS TOK LA (JOMIfiHON AU'JlJÍH.'L'AlICA PE ÜKIE.VI'E; 



ESTUDIO CRÍTICO 



POR DOiN FRANCISCO MARÍA TUBINO. 




Comenzaba á declinar el siglo v anterior á la Era Cristiana. 
Triunfante en Atenas la politica representada por Perieles; condenado al 
ostracismo su émulo Temístocles, hijo de Milesias; organizada jurídica- 
mente la democracia; recobrado el ascendiente moral sobre la confederación 
helénica, un momento perdido con los reveses experimentados en Beocia; 
concertada la paz con los griegos rivales y alejados los persas definitiva- 
mente, pareció como que el imperio ateniense tocaba á su máximo grado 
de influencia y preponderancia. 

Ni las interiores dificultades que á la nueva administración suscitaban 
las facciones en que se dividían los oligarcas; ni la sorda malevolencia de 
Esparta, ni el disgusto que en muchas ciudades autónomas producía la un 
tanto despótica y terrible presidencia ateniense, eran motivos bastantes para que Atenas desistiera de sus ideas de 
engrandecimiento, que coronaba el éxito más lisonjero. Imponíase en aquellos momentos su hejemonia con todas 
las pretensiones de la más próspera fortuna. Habríase dicho que la Grecia entera se resumía en el Ática, principal 
y más sincero representante del sentimiento panhelénico ; pero el Ática no era un Estado , en el concepto que á 
esta palabra atribuimos, ni una reunión de ciudades con propios y privados derechos é intereses, ni una provincia, 
ni aun siquiera una circunscripción: política y moralmente considerada, vista bajo la relación del derecho, el 



(1) Eel 
traída por la C> 



mármol encontrado en la Acrópolis de Atenas. Representa tres gladiadores limpiándose c 
queolúgica do Oriente al Museo Arqueológico Nacional en 1871.) 



i el strigilo. (Altura 0,45.) — (Reproducción 



42 



EDAD ANTIGUA. — ARTE PAGANO. — ESCULTURA. 



Ática era una ciudad que se denominaba Atenas, y que tenia sus ciudadanos repartidos en diez tribus, ocupando 
cierto número de suburbios ó demos, urbanos y rurales. 

Nunca en parte ni en época alguna, se llegó á la unidad moral alcanzada á la sazón por los atenienses, y justo 
es reconocer, que á este hecho fué deudora la cultura patria de medros tan sólidos y permanentes, cuando Iioy 
mismo, después de las recias mudanzas traídas por las revoluciones del tiempo y de los hombres, encadenan nuestra 
curiosidad y basta excitan nuestro entusiasmo. 

En el comienzo de aquel siglo, Atenas influía poco ó no influía nada en los destinos de la Hélade. Para descubrir 
el verdadero centro de preponderancia, la ciudad que competía, dominándolas, con Tébas, Corinto, Argos y 
Megara , preciso era acercarse á Esparta , penetrar en su república , y sentarse en el aristocrático cenáculo de sus éforos . 

Menos de cincuenta años bastaron para que las cosas cambiasen de aspecto, para que las relaciones internacio- 
nales de las ciudades independientes se trocaran, alterándose también, la respectiva situación de los partidos en 
ellas organizados. 

Esparta no llevaba ya la voz de la Confederación. 

Toda la fortuna inclinábase del lado de Atenas , desde que ésta, aguijada por las asechanzas de los persas, habia 
tomado sobre sus hombros la temeraria empresa de arrojarlos del territorio helénico, y de tenerlos á raya dentro de 
Los nuevos confines de su imperio. 

No habia en Atenas mármoles bastantes donde esculpir la remembranza de sus victorias. Nadie como ella digna 
de representar la patria común , nadie como sus estadistas aptos para concertar los diversos elementos de resistencia ó 
de agresión esparcidos en aquella tierra tan estragada por las discordias civiles y las incursiones de los bárbaros. Cuando 
los al parecer más fuertes, sucumbían en las Termopilas, Atenas derrotaba á los asiáticos por mar y por tierra. 
Vencíales Milciades al frente de sus legiones en Maratón, Temístocles los deshacía en Salamina, Jantipos en Mycale, 
Arístides en Platea, y como si esto no hubiera sido bastante á testificar la pujanza del brazo ateniense y lo superior 
de su militar disciplina, aquellos mismos peTsas que habían comenzado incendiando templos, arrasando ciudades, 
amarrando con el dogal del esclavo á los libres; retrocedían aterrados ante sus vencedores y devoraban la vergüenza 
de que Cimon les arrebatase las ciudades del litoral de Caria y Lycia, mientras sus hoplites triunfaban en Tracia y 
en el Hellesponto llevando sus armas invencibles hasta el distante Egipto. 

Son los catorce años que median entre el comienzo de la tregua de los treinta años (445 antes de J. C.) y la explo- 
sión de la guerra del Peloponeso 431), apacible período durante el cual Atenas ejerce sin contraste, el 
dominio del mar, asiento verdadero de su importancia: disfruta en ese tiempo de una paz relativa, que sólo turban 
las resistencias parciales é ineficaces de sus aliados ó subditos, consiguiendo, graeias al tratado de Délos que la 
colocó al frente de una confederación de ciudades helénicas, no sólo acrecentar su primacía política, mas reunir 
cuantiosos tesoros con que labrar suntuosas fábricas, concebidas por sus hombres de Estado y realizadas por el talento 
eminente de sus artistas. 

Rodeada la ciudad de fuerte muralla, quiso que desaparecieran hasta las menores huellas de los incendios y 
ruinas ocasionados por los persas , mientras profanaron su recinto : domina este conato la voluntad de sus magistrados; 
constrúyense nuevos muros, que con los ya levantados aseguran las comunicaciones con el Pireo; agrándasela 
capacidad de éste , mejórase el ornato público, erígense edificios para los servicios urbanos , plántanse jardines , mul- 
tiplícanse las estatuas, y la animación que producen el comercio y las aTtes industriales empujadas prósperamente 
por los muchos extranjeros á quienes se atrae con ventajosos partidos, se acrecienta con el incentivo de las fiestas 
litúrgicas, con el rumor de las dikasterias, con las turbulentas controversias del Agora y las arengas del Pnyx, 
teatro de los primeros oradores , con las revistas y ejercicios militares, y las locas alegrías de los festines donde hetairas, 
palacas, metecas y tañidoras de flauta lucen sus gracias y su ingenio, en liviano comercio con la juventud florida; 
sin que todo este ruido perturbe los serenos diálogos de la filosofía, tenidos á la sombra de los hermosos plátanos, ó 
bajo la artísca techumbre de los elegantes pórticos. 

Visiblemente los dioses protegen á la ciudad más religiosa de la Grecia, al decir de Pausanias; á la ciudad donde 
el sentimiento panhelénico alcanza mayor altura; al palenque donde el genio de la raza jónica ha de espaciarse, 
hasta producir un propio, noble y característico florecimiento. 

Habríase dicho que las leyes del destino , con marcada predilección se concertaban para mejorar á Atenas , anu- 
lando ó deteniendo cuantas fuerzas podian perjudicarla. Surcaban sus triremes sin obstáculo, el mar Egeo y el de la 



FRAGMENTOS DEL FRISO DEL PARTENON. 



43 



Jonia; las islas del Archipiélago y las ciudades de las costas asiáticas, buscaban su amistad 6 se declaraban franca- 
mente sus estipendiarías ; de los más remotos confines acudian los especuladores con sus productos , buscando razo- 
nados trueques ó mercados ventajosos , y mientras en Egina y en Corinto declinaban basta perecer, las letras y las 
artes , engalanábase Atenas con buena copia de filósofos , literatos y artistas por ella atraídos ó que en ella brotaban , 
disputándose entre sí el lauro en nobilísimas contiendas. 






II. 



Llegaban por aquel entonces las artes plásticas en Atenas, á una perfección no sobrepujada ulteriormente por 
pueblo alguno. Combinándose las influencias del clima y del suelo con los antecedentes étnicos y las reformas gu- 
bernamentales y sociales, dándose la mano la rica florescencia de la filosofía con los adelantamientos del tecnicismo, 
y favorecido el sentimiento estético por la religión y las riquezas, engendraba la arquitectura y la escultura monu- 
mentos insignes, admiración eterna de cuantos alcanzan la alta significación de las obras bellas,' si á sus perfec- 
ciones materiales añaden el ser espontáneo y auténtico testimonio de la civilización donde se manifiestan. 

También la pintura producia herniosos frescos con que se enriquecían los edificios públicos ó las mansiones patri- 
cias,, no exclusivamente vinculadas en la clase aristocrática, y como satisfactorio complemento, el teatro alcanzaba 
con Esquilo y Sófocles una perfección que, muy luego, extremarían Eurípides y Aristófanes. 

Es el ciclo de Pericles conjunción maravillosa de cuantas ventajas se requieren para favorecer á un pueblo y 
ofrecerle envanecido á la espectacion del mundo. Ni aquel apogeo es casual é inexplicable : múltiples acontecimientos 
ban acudido á hacerlo posible, y sin el particular carácter de las instituciones tampoco se explicaría. Junto á la 
autocrática unidad política que concibe la ciudad, como una persona jurídica donde todos los asociados desaparecen, 
cerca de esta razón de Estado que no tolera la menor cortapisa moderadora de sus dislates, consérvase el senti- 
miento de la autonomía individual, más robusto en el pecbo del ateniense que en el de los demás griegos. Empero 
este individualismo, lejos de tirar, con sus egoístas ó errados cálculos, á romper la trabazón que constituia el nervio 
de la República, trasformábase en acerado resorte de virtudes cívicas, fueute de aquella política, patriótica y levan- 
tada, donde los corifeos se señalaban por el conato de rivalizar en prudencia y en civismo, mientras el pueblo les 
seguía con sus actos de abnegación y de verdadero amor patriótico. 

Tenia por norte la democracia ateniense — en sus mejores dias , — no el acaparamiento de los destinos, ni el disfrute 
y monopolio de los favores con que el mando convida y seduce basta á los meaos ambiciosos; antes bien, quería 
conservar en sus manos las riendas del gobierno para sublimar la patria basta la cima del mayor predominio , enten- 
diendo que la felicidad pública traia en pos de sí, la dicha de todos y de cada uno. 

No de otra suerte las flaquezas con que la demagogia persigue á toda situación democrática , como dolencia con- 
génita, desaparecían ante el pujante buen sentido práctico de los ciudadanos reunidos en las solemnes asambleas del 
Pnyx, ni tampoco se explicaría, desconociéndose ó negándose aquel becbo, cómo Atenas consiguió resistir á la opo- 
sición con que los oligarcas, secundados por Esparta, procuraban minar sus instituciones. Y existían, sobre estos 
motivos puramente políticos y de circunstancias, otros que se referían á lo más esencial del genio ateniense, y que 
también nos descifran aquel enigma , y era su admirable aptitud para sentir las leyes y conveniencias del orden , su 
innata pasión por lo armónico, su instintiva tendencia á reproducir en lo humano, el equilibrio olímpico, la sereni- 
dad espléndida, el ritmo concertado con que se mostraban los dioses en el cielo. 

Era el pueblo ateniense una sociedad modelada por la filosofía y el arte, la literatura y la liturgia, y bajo este 
concepto la vida intelectual se compenetraba por tales y tan recónditos modos con la vida puramente fisiológica , que 
ambas parecían como singular consecuencia de movimientos, si en la forma distintos, en el fondo idénticos y simi- 
lares. Así se compréndela superior significación del arte en la historia griega, significación tan amplia y profunda, 
cuanto que sólo á la luz que de su estudio se desprende, hay posibilidad de obtener una idea adecuada del carácter 
típico de tan ensalzada civilización. 

Porque el arte, en manos de sus maestros, es expresión ingenua de los más íntimos sentimientos, de las ideas 



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44 



EDAD ANTIGUA.— ARTE PAGANO. —ESCULTURA. 



mis fundamentales, de lo que en aquella sociedad parecía mis arraigado, mis querido y mis noble: si la crítica 
admite que la presea artística es el símbolo que resume la doctrina dominante en un pueblo , nunca esta teoría 
recibió confirmación mis espléndida que la otorgada por la estética helénica, en el círculo y en el momento donde 
la estudiamos. 

Medrado se tallaba entonces el cinon acomodaticio y deleznable del arte por el arte: vivia en Grecia el arte, y 
prosperaba y se imponia con respeto idolitrico á las muchedumbres , cual modo de ser de la existencia religiosa y 
civil que, lejos de repelerse, tirando i alcanzar cada una objetivos antitéticos, armonizibanse en privilegiado y 
voluntario acuerdo: no contradecia el Olimpo la tierra; no era lo trascendente, medroso término de la inmanencia, 
antes bien aquella teogonia , haciéndose sensible por medio del antropomorfismo , purificaba la naturaleza física y la 
recomendaba cual medio de toda actividad y remate de todo esfuerzo. 

Consecuencia legítima de esta manera de discurrir es el inocente empeño con que la imaginación helénica inunda 
selvas, rios, montañas, las aguas del mar y los espacios de la atmósfera con personificaciones mitológicas, que in- 
fluyendo i su vez sobre lo sensible humano, acrecientan la capacidad estética, pudiendo representarnos la Grecia, 
pero principalmente Atenas, como un país donde consoia ó irreflexivamente, todos trabajan con mayor ó menor 
acierto, y mas ó menos directamente en mejorar la forma hasta dotarla de cuantas perfecciones columbra la exal- 
tada y exhuberánte fantasía. 

Responden i este fin, en mayor ó menor grado, todas las instituciones: la forma bella, armónica, equilibrada, 
justa, manteniendo un contrapeso permanente entre las oposiciones esenciales, trasforniandose , según los órdenes 
de la actividad donde debería realizarse; hé aquí el ideal de aquel periodo histórico y de aquellos hombres : es en 
ellos el naturalismo la estitica de la vida, la estética su dinámica, el amor i la verdad su mis recio incentivo, 
la filosofía su más vigorosa y acatada disciplina. Por eso en Atenas , religión , política, filosofía, milicia, democracia, 
oligarquía, pasiones populares , triunfos bélicos y argucias diplomáticas , movimientos instintivos de las muchedum- 
bres, y hasta los trasportes del individual orgullo, se concilian para fundar un monumento, que seri algo mis que 
una fabrica grandiosa, algo superior al esfuerzo de un escuadrón de artistas, donde todos son generales, algo que 
nadie ha podido emular con éxito en lo futuro, porque el Partenon, que 4 él aludimos, fué en los dias prósperos 
de su secular historia, emblema apropiado de la cultura griega, en la época mis brillante de su crecimiento. 



III. 



Cuando el patriotismo se nivela con el talento, éste con la energía y el carácter, y todos con la nobleza de la 
intención y el desinterés y la pureza de la conducta, no hay obstáculo que resista su influencia poderosa. 

Pericles, en este concepto era un verdadero patriota. Resumíanse en su persona las cualidades dominantes en sus 
conciudadanos, y si no mienten los testimonios escritos que de él llegaron hasta nosotros, podemos sospechar que 
Péneles, basta con sus errores ó excesos, sirvió al patriotismo. Pero si en los fastos de la Grecia se destacan figuras 
que casi llegan á la de Pericles; lo que no admite duda es que ni Temístocles, ni Arístides, ni el mismo Cimon, su- 
pieron explotar tan hábilmente como aquél, el amor propio de los atenienses, haciéndolo servir, no en su individual 
beneficio, más en esplendor de la República. 

La historia del Partenon, cuyas líneas generales nos interesa reproducir, habrá de justificarlo. Mas conviene 
saber, como antecedente necesario, que sin las coincidencias de la política, Pericles no habría podido llevar adelante 
sus proyectos: la política, por virtud del tratado de Arístides, que trajo como consecuencia la primacía de Atenas, 
colocó el tesoro de los confederados en manos de Pericles. 

Si son exactos los cálculos de Boeckh, que ha consagrado muchas vigilias á estudiar la economía política y la 
Hacienda ateniense, el mencionado tesoro ascendía á considerable cantidad, fundándose para afirmarlo así, en que el 
tributo exigido á sus aliados montaba, antes de comenzar la guerra del Peloponeso, á la cifra de seiscientos talentos 
anuales. Si á estos se añaden las cantidades que, gracias á la administración del integérrimo Pericles, resultaban 
sobrantes todos los años, luego de cubiertas las atenciones del presupuesto, no extrañaremos que el Tesoro nacional 



FRAGMENTOS DEL FRISO DEL PARTENON. 



45 



reuniese en los dias más prósperos, cerca de diez mil talentos, que en nuestra moneda representan sobre cincuenta y 
seis millones de pesetas , suma crecidísima si se considera el elevadisinio valor del dinero en aquel período y en aquella 
nación, relativamente al que representa en los tiempos modernos (1). 

También la política babia reconcentrado en Atenas legiones de artistas. La anuencia de acaudalados comerciantes 
extranjeros, el desarrollo del lujo, los atractivos del goce, la natural seducción que sobre el ánimo ejercen siempre 
los grandes centros, donde á la libertad de las costumbres se asocia la posibilidad de satisfacer, hasta con esceso, las 
necesidades de la vida, el comercio de ideas y de relaciones fomentado por las expediciones bélicas, la misma natu- 
raleza del Gobierno — como ninguno liberal, expansivo y tolerante; — la ruina, por último, de muchas ciudades, 
donde anteriormente ardia la llama del arte, daban á Atenas tales ventajas, que no puede sorprendernos nada de lo 
que allí ocurría en el orden de manifestaciones que nos interesa conocer y' apreciar, durante el momento histórico á 
que debemos contraernos. 

Ni contraría ni modera Pericles la fiebre de gloria que le invade ; pero esta calentura no se parece á la que aqueja 
al ambicioso. Inmortalizará la fama su nombre, aunque él no lo sospeche; su afán se encamina á que Atenas se 
inmortalice, y para conseguirlo imagina dotarla de monumentos tan grandiosos y singulares, que ninguna otra 
ciudad pueda ofrecerlos semejantes. 

Acuden entonces á su llamamiento los más hábiles profesores, y mientras unos decoran el Pecilo con primorosas 
pinturas que recuerden los fastos gloriosos de la historia ciudadana , terminan otros egregios edificios ó labran esta- 
tuas meritísimas , que serán en las calles y plazas, constante recreo de los sentidos y aguijón que estimule las dispo- 
siciones felices y la emulación honrada de los maestros. 

Todo convergía en Grecia á favorecer el culto de la belleza ; por eso Pericles buscaba el satisfacer esta necesidad del 
pueblo, encerrando lo bello en una fábrica que, así como Atenas resume el genio helénico, así ella serviría de 
símbolo á la más alta expresión de esa misma cultura. 

Era en Atenas la belleza algo más que una religión , era una virtud , ó lo que es lo mismo , la aspiración eterna de 
las almas inflamadas en la visión de lo grandioso y lo sublime. Treinta mil espectadores aplaudían en los escaños del 
teatro de Baco, no lejos del Acrópolo edificado, al insigne poeta que colocaba en el más alto trono la belleza, y 
cuando pensando Isócrates como Eurípides arengaba á su auditorio, diciéndole que la belleza gozaba en el cielo de los 
mismos honores que en la tierra, la muchedumbre convenia en que este don precioso no se podía adquirir por el 
esfuerzo humano como los más codiciados de la tierra, antes bien procedía de favor especial, otorgado por los dioses 
á los mortales. 

Refiriéndose á la material, decia el mismo Isócrates, que la belleza dulcificaba las costumbres y trasmitía un en- 
canto inefable á la vida; que invitaba á las almas nobles al entusiasmo y á la gloría, fomentando las virtudes con 
más eficacia que las lecciones de la filosofía; que encendía el genio, y que las artes le eran deudoras de su origen y 
de sus obras maestras, pues que tenían por meta ayudar é instruir mediante la imagen de lo bello (2). 

Ya se alcanza cuál debia ser el concepto popular del arte al calor de esta doctrina: pensaba el griego que nada 
participaba tanto de la divinidad como lo bello, siguiéndose de este principio el afán, nunca satisfecho, de obte- 
nerlo, realizarlo y ostentarlo. Dados estos antecedentes, explícase el éxito de la empresa acometida por Pericles, pro- 
poniéndose construir el Partenon, á pesar de los obstáculos con que sus émulos, no faltos de razones, le combatían. 



IV. 



No bien el navegante ha doblado la punta más avanzada del Cabo Sunium, cuando á lo lejos, recortándose sobre 



(1) A fin de que el lector pueda apreciar esta diferencia, recordaremos que 

elegante, la díiniulfi ó elialinydú valia 12 dracmas, 6 sean 11 pesetas: además, 
Véase á Boeekli, Economía política de Aleñas. 

(2) Isócrates. Panenyric. Helen,, xxv. 



n la época á que nos referin 
i ateniense podía vivir con ■ 



is, la pieza déla vestimenta del hombre n 
) ó 45 céntimos, ó sean 2 ó 3 óbolos diari 



¡■HHmmmi 



46 



EDAD ANTIGUA.— ARTE PAGANO. — ESCULTURA. 



el fondo, de un cielo trasparente, límpido y sereno, descubre la silueta de una moderada eminencia, cuya cresta 
adornan ruinas perceptibles a la vista. Interroga con la mirada el espacio, y muy luego averigua el curioso, que los 
flancos del montículo se hallan revestidos de recios muros, que el tiempo y la mano del hombre aportillaron , y que 
en lo más alto se conserva no un edificio, mas el colosal y despedazado esqueleto de un monumento suntuoso. Cons- 
tituye la eminencia el Acrópolo de Atenas: son las ruinas, lo que aun resta del Partenon. 

Acostumbraban los antiguos griegos á establecer sus templos en parajes aislados y eminentes, rodeándolos de 
espesas murallas, que formaban como una suerte de ciudadela. Así lo testifican los arruinados santuarios de Conato 
y de Sicyone; así lo comprueban las piedras aun enhiestas del templo de Júpiter Panhelénico en Egina; así lo está 
demostrando, por último, el Acrópolo con el Partenon. Era el Acrópolo la ciudadela ateniense. 

En torno de ella y a sus plantas, extendíase la ciudad, alzábanse otros monumentos, también de arte primoroso; 
empero el representante verdadero y acatado de la religión y de la nacionalidad, el recinto que simbolizaba lo más 
sagrado de la tierra ateniense, era el Acrópolo. 

De aquí el respeto que en los griegos inspiraba, los cuidados que exigía en los magistrados y su afán de embe- 
llecerlo. 

Tenia el Acrópolo una doble significación, que armonizándose justificaba su importancia. 

Bajo la relación litúrgica, la colina era el recinto donde habitaba Atenea, la fundadora de la ciudad, la virgen 
bella y sin mácula , no engendrada ; pero nacida de la cabeza del mismo Zeus , emanada de su entendimiento, des- 
tinada á proteger la grey ateniense contra todo linaje de enemigos y desgracias. 

Bajo la relación política, la colina valia tanto como el fundamento de la sociedad ática, el foco de donde irradiaba 
todo el calor que debía alimentar el patriotismo, la abnegación, la sabiduría, la virtud, la inspiración del poeta 
como la facultad creadora del artista. En la teogonia helénica, la naturaleza humana y la divina se relacionaban 
por los lazos de la herencia: las familias más distinguidas y más arcaicas; las que formaban el núcleo de las nacio- 
nalidades en que el mundo griego se subdividia, procedían directamente de los númenes ó de los héroes y semi- 
dioses. Atenea, siendo virgen, era á la vez la madre de la generación ateniense, circunstancia que declara su doble 
naturaleza celeste y terrena, la doble significación del Santuario, religiosa la una, política la otra. Allí se conser- 
vaba el más puro concepto litúrgico; allí también existia el más antiguo abolengo de la gente autóctona. 

Ni se olviden estas premisas cuando llegue el momento de apreciar en justicia, la valía histórico-estética de la 
obra artística que promueve estas observaciones. El simulacro de las panateneas, cuyo fragmento tenemos á la vista, 
ornaba el friso del Partenon. Esto basta para sospechar su valía, como documento precioso de una época y de una 
cultura á quienes tanto debe la civilización de la moderna Europa. 

Cuando Pericles obtuvo el primer puesto en la dirección de los negocios públicos, no existia el primitivo PaTtenon. 
Habíanlo incendiado y destruido los persas. Decoraban el Acrópolo diferentes construcciones litúrgicas, y el muro 
de revestimiento se hallaba restaurado. Si algo faltaba á Atenas, que continuaba gozando de la primacía política en 
la confederación panhelénica, que se miraba respetada en el mar y próspera en el interior, era el templo de su 
patrona. Considerada la sociedad ateniense como un cuerpo, parecía un cuerpo acéfalo: mutiló la espada del bárbaro 
su cabeza, y por tanto, preciso era coronar la obra de la diplomacia, de la prudencia, del arte militar y del favor 
divino, reemplazando el modesto y arrasado edificio, con un Santuario digno de la deidad, y acomodado á las pre- 
tensiones y circunstancias del momento. 

Sabemos que Pericles luchaba con el partido oligárquico ó conservador, que recurría á toda clase de medios para 
desprestigiarle. Verdadero hombre de Estado, el estratego no respondía á las calumnias personales de sus detrac- 
tores. Bastábale la tranquilidad de su conciencia y la pureza de sus limpios pensamientos. Pero en orden á su polí- 
tica, acudía á defenderla siempre que era atacada. 

Acusábasele , pues , de que disponía del Tesoro de la Confederación , no para satisfacer las atenciones de la defensa 
común y de la guerra, único destino que legalmente debiera dársele, más en dotar á la ciudad de fábricas artís- 
ticas, con lo que, si bien fomentaba muchas industrias, concurriendo á la prosperidad de los artistas, excitaba las 
murmuraciones y la envidia de los confederados. 

A pesar de estos juicios, no cejaba Pericles en sus propósitos. Había Cimon, su rival, hecho construir los grandes 
muros , el Pecólo , el templo de Teseo , mítica representación de la democracia ática , los Jardines de la Academia , el 
Gimnasio, y hasta se dice pertenecer á su administración el templo de la Victoria en el área del Acrópolo. ¿Por 



FRAGMENTOS DEL FRISO DEL PARTENON. 



47 



qué el nuevo estratego no había de acrecentar estas riquezas, cuando autorizaban su proyecto la piedad } el patrio- 
tismo y la pública conveniencia? 

Resuelta era la actitud de los oligarcas. «Deshónrase el pueblo, decían, y se atrae el universal menosprecio tras- 
portando de Délos á Atenas el tesoro que pertenece á todos los griegos. Y basta el pretexto más plausible que pudié- 
ramos oponer á nuestros detractores — esto es , el temor de que los bárbaros no lo arrebatasen , — el propósito de ponerlo 
á buen recaudo, Pericleslo ha suprimido. Ultrajada se cree la Grecia y sujeta á escandalosa tiranía , cuando advierte 
que las sumas reunidas para el caso de una guerra nacional, se dedican á embellecer á Atenas, adornándola con 
rebuscadas preseas, — cual si se tratara de una mujer liviana cargada de piedras preciosas, — inundándola de esta- 
tuas y templos que cuestan mil talentos.» 

Apercibido Pericles á la respuesta, contestaba lo siguiente, dirigiéndose al pueblo: «Vosotros, ciudadanos, sois 
los que en nombre de los confederados sostenéis las guerras , cuando es preciso, los que en su ventaja tenéis distantes 
á los bárbaros, mientras aquellos no os suministran ni un caballo, ni un barco, ni un soldado, limitándose apagar 
una contribución. El dinero no pertenece al que lo dá, mas á quien lo recibe, desde el momento que éste cumple los 
compromisos que ha aceptado al percibirlo. Tenéis reunido y preparado cuanto se necesita para la guerra; luego 
nadie puede negaros el derecho de emplear el sobrante en fábricas que ; terminadas, os aseguran gloria imperece- 
dera, mientras acrecientan el bienestar, durante el tiempo que su construcción dura. Esas obras exigen trabajos de 
todo género, ocupan las artes, ponen en movimiento todos los brazos, procuran salario & casi todos los ciudadanos, 
y proveen al embellecimiento de la ciudad y á su subsistencia.» 

Así interesaba Pericles el amor propio y se dirigía á los intereses privados de sus administrados. Atenas habia 
sido la verdadera libertadora del territorio helénico : mientras las otras ciudades se aliaban al bárbaro ó le abrían 
cobardemente sus puertas, ella derramaba su generosa sangre para romper las cadenas que las deshonraban. Justo 
era que dispusiese de las sumas que representaban la debilidad ó traición de los aliados y cobardes. Mas los 
oligarcas insistían en que Pericles dilapidaba ei Tesoro público con sus prodigalidades. Deseoso de terminar aquella 
lucha de escaramuzas, el grande hombre convocó al pueblo entero en Ekklesia, ó sea asamblea general, sobre la 
plataforma del Pnyx : cuantos habían cumplido los veinte años y podían arrostrar el examen de la dokimasia 
tenían voto. 

Pericles cansado de tanta oposición, expuso su pensamiento, reclamando una perentoria y decisiva respuesta. 

— Ha llegado, dijo, el momento de decidirse entre mi sistema y el de mis adversarios. ¿Creis que he gastado 
mucho? 

— ¡Demasiado! gritaron los concurrentes. 

Pericles esperaba aquella respuesta. Sabia que los agentes de la oligarquía y del partido aristocrático tenían per- 
vertida la opinión en las reuniones del Agora: inclinado el pueblo á la crítica y á la maledicencia, escuchaba la voz 
de aquellas sirenas engañosas que le hablaban de justicia, moralidad y derechos, cuando en la historia de su domi- 
nación no escaseaban los motivos de legítima censura. Exaltaban los oligarcas su patriotismo, cuando merecian el 
epíteto de traidores, siendo evidente que se habían confabulado con los lacedemonios para facilitar la inva- 
sión del Ática. Pero en las democracias, suelen imponerse los más osados gárrulos y malévolos, y el pueblo, 
siempre menor, cae en las redes que le tienden sus mismos adversarios. 

No desmayó Pericles. Conocía el corazón humano como nadie, y además sabia que el carácter ateniense habia de 
responder á ciertos resortes, cuyo mecanismo no era para él un misterio. 

Serenado el tumulto, continuó su interrumpida arenga, sin mostrar enojo ni desprecio, sin que su semblante, 
siempre sereno, arguyera el más pasajero disgusto. 

—Está bien; he 'gastado demasiado, conforme. En lo sucesivo no gastaré ni un óbolo del Tesoro público. El Par- 
tenon sin embargo se fabricará, y se fabricará con tales condiciones artísticas, con tales elementos de belleza y de 
riqueza, que ha de ser asombro y encanto de las futuras generaciones. Ni seréis vosotros los que sufragareis sus 
gastos, estos pesarán exclusivamente sobre mi peculio, y por consiguiente, mi propio nombre será el que ha de ins- 
cribir la mano del artista sobre este y los otros monumentos que yo consagre, en loor de los dioses y para gloria de 
mi patria. 

Pericles no se equivocaba; la asamblea prorumpió en vítores, autorizándole para disponer, sin género alguno de 
escrúpulo, de las riquezas del Estado. 



48 



EDAD ANTIGUA. — ARTE PAGANO. — ESCULTURA. 



V. 



Es el templo de Atenas , obra de una generación , que se llama Fidias. El autor de la colosal estatua criselefantina 
no es un hombre } es una reunión de artistas, englobados en su personalidad gigante. Trabajan bajo su dirección 
suprema en aquél ó en otros monumentos, Ictino, Calicrates, Mnesilao, Corebo, Metagene, Jenocles, Mnesicleo, arqui- 
tectos renombrados; Alkameno, Ktesilao, Nausides, Policletes, Myron, que animan el mármol; Polygnoto, Zeuxis, 
Panenos, Mikon, Apolodoro y Parrhassios , que labran selectas pinturas parietarias. Todos ponen á contribución su in- 
genioy sus esfuerzos, todos sonríen, porque el oro circula y premia las fatigas. Atenas libre de enemigos si no depone 
las armas, las conserva ociosas en el cinto ó en la mano de sus hoplites y caballeros. Habíase convertido el Ática en 
un improvisado taller. Aquella política previsora y sagaz , quería que la molicie no trocara en turbulenta demagogia 
la democracia. Todos tenían ante sí alguna lucrativa faena que desempeñar. Ocupábanse los maestros del arte en las la- 
bores superiores y más delicadas, y á su lado cohortes de obreros secundaban solícitos sus designios. 

Seria de ver la animación que reinaba en la numerosa colmena ateniense, donde el martilleo del que forjaba 
los instrumentos necesarios para la labra de las piedras, se confundía con los gritos de los carreteros que trasporta- 
ban los mármoles del Pentelico, la algazara de los marinos volviendo de lejanos climas con el ébano y el marfil, la 
alegría atolondrada de las muchachas, al tejer las cuerdas para la elevación de los materiales, la monótona cantinela 
de los latomos, de los preparadores de las policromas pinturas y de las armaduras, con los gritos, en fin, de cuantos 
figuraban como actores más ó menos importantes, en aquella colosal empresa. 

Ocho años bastaron para que el Partenon se terminase. El tercero de la Olimpiada octogésimaquinta (437) Fidias 
colocaba en su naos la estatua de Atenea, indicando que se hallaba concluido. Con fundamento se, cree que las obras 
se comenzaron después de espatriado Temístocles, hijo de Milesias, esto es, entre 445 y 444 antes de nues- 
tra Era. 

Ni fué aquella la única escultura producto de las manos del inmortal artista, en ocasión tan solemne. Tres eran 
los simulacros de la diosa destinados á decorar el Acrópolo. Ocupaba el primero, la cela del Partenon : medía 14 me- 
tros 425 milímetros de altura y se componía de marfil y oro ; el segundo, de bronce, denominado Atenea Lemniena, 
destinado á otro recinto; y por último, el tercero, también de bronce y de gran tamaño, puesto entre el Partenon 
y los Propyleos, de modo que lo divisara el navegante que se acercaba al Píreo. 

Terminadas las obras, declaróse sagrado el recinto del Acrópolo, hurtándosele á toda profanación. Magnífico era el 
monumento, pero sus costos excedieron, según cálculos, de dos mil talentos, pues sólo la estatua criselefantina, con- 
tenia oro por valor de quinientos, ó sean unos tres millones de pesetas. No hay que considerar elevadas estas cifras. 
El Partenon no fué obra de los esclavos, ni de los prisioneros de guerra, como las grandes fábricas del Egipto, ó de 
la Asiría, como la Piscina de Agrigento, los templos de Selinonte ó las Latomias de Siracusa: Pericles se propuso que 
la morada de Atenea, emanada del trabajo libre, fuera creación de la democracia ateniense, de los ciudadanos que 
con conciencia de su dignidad, colaboraban á una faena que habia de inmortalizarlos. 

Algo fundaría aquel régimen político al lado de las ruinas que se le atribuyen . Por lo menos fundaría el eterno 
patrón para medir todo superior trabajo estético engendrado por el nivel ó el mazo: es el Partenon su símbolo pací- 
fico , el triunfo de sus fuerzas bien dirigidas , vigorizando á la vez aquella constitución social y política , aun hoy 
ensalzada por críticos desapasionados (1). 

Ni con la muerte de Pericles terminaron los embellecimientos del Acrópolo. Consiguió Licurgo destinar sumas no 
insignificantes á enriquecerlo. Reinando Augusto elevóse el pedestal enorme que soportaba la estatua de Agríppa; á 
este período también, corresponde el templo circular de Roma y de Augusto, cuyos sucesores siguieron su ejemplo, 
haciendo colocar en la privilegiada altura, numerosas estatuas con inscripciones conmemorativas. 



(1) V. Henry Houssaye. 



FRAGMENTOS DEL FRISO DEL PARTENON. 



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Vencida la democracia, arruinado su imperio, por causas que no nos cumple ni aun indicar en este sitio, rodó 
Atenas por la pendiente de una triste decadencia. Lachares, cuya tiranía igualaba á su impiedad, puso el primero 
la sacrilega mano sobre el Partenon : arrebató los escudos de oro colocados en el friso y el metal precioso de la esta- 
tua criselefantina y huyó á Beocia. 

Otro déspota, Demetrius, elige la parte posterior del Santuario para morada suya, donde Lamia con otras mere- 
trices, intentan, en vano, destruir su mortal fastidio. 

Asedian los romanos la ciudad sagrada, y Aristion que la tiraniza deja extinguir la llama inmortal que arde 
ante la diosa. 

Entra Sylla el recinto á saco, y destruye la puerta de la ciudadela, pero respeta el resto. Arrebatan los Césares a 
las domeñadas ciudades griegas sus artísticos atavíos para enriquecer los palacios y villas del Lacio y de la Campa- 
nia; Ateuas líbrase de su rapacidad y de sus desmanes. 

Sólo el iufame Nerón cambiaría de temperamento: la ruina del Acrópolo comienza mayormente en su reinado 
¡como si le faltaran títulos a la más aborrecible de las glorias, el destino habia de perseguirle también en ésta! 

Acercábase el momento fatal. En adelante anónimos depredadores arrebatarían todo lo trasportable , desde las Gra- 
cias esculpidas por Sócrates, hasta las estatuas de Fidias. 

Hoy los emperadores bizantinos, luego los hombres del Norte, más adelante los iconoclastas, los cruzados, los tur- 
cos, todos concurrieron á la empresa destructora. El templo griego se trasformó en iglesia católica, íuégo en mez- 
quita, al cabo en depósito de pólvora y armas. Todo cambia sobre la colina; los Propyleos conviértense en 
morada de un Aga, el Erecteon en un Harem, el templo de la Victoria en escuela de música, otros edificios des- 
aparecen bajo la tierra y la piedra que acumulan los artilleros, al construir baterías para sus cañones. 

En 1573 Martin Kraus, profesor de Tubinga, pide informes acerca del Partenon; uno de sus corresponsales 
píntale su lamentable estado, llamándole Panteón; otro lo designa con el título de templo de una deidad desco- 
nocida. 

Incendia el rayo en 1656 un depósito de pólvora, que causa destrozos en los edificios. 

En 1674 visitan el Partenon varios franceses y Carrey , discípulo de Lebrun , copia las esculturas. 

Dos años después Spon y Wheler, lo estudian, consignando en un libro el fruto de sus pesquisas. Aun estaba el 
edificio casi intacto. 

En el invierno de 1687 los venecianos, dueños ya de la Morea, desembarcan en el Pireo y asedian á Atenas. 
Destruyen los turcos el templo de la Victoria y sobre él levantan una batería. El conde de Kceningsmarck, 
lugarteniente de Morosini, que capitanea las fuerzas de la Señoría, coloca sus cañones sobre las colinas que caen 
al occidente del Acrópolo: rompe el fuego el 26 de Setiembre, tomando por principal objetivo el bulto del Par- 
tenon, donde los otomanos habían concentrado sus familias y sus haciendas. En la tarde del 28, una bomba inflama 
cierta cantidad de pólvora y el Partenon estalla: ¡la nave con su primoroso friso, ocho columnas del pórtico septen- 
trional, seis del meridional con su entablamento, saltan en pedazos! 

Hinchéronse los turcos, abrumados por aquella catástrofe, y Morosini , el peloponesiaco, como si se propusiera vengar 
las derrotas que el pueblo ateniense causara en remotas edades á sus mayores, continúa á sangre fría, la comenzada 
ruina. Arrancan sus soldados los caballos y el carro de Atenea que decoran el frontón oriental, si bien con tanta 
torpeza, que el grupo entero se desprende con estrépito y se rompe. Aquel siniestro es la señal del saqueo. Los jefes 
subalternos quieren llevarse algún testimonio de sus hazañas, y hasta Copenhague llegan trozos desprendidos de los 
venerandos muros. Así, en veinte años, los hombres destruyen lo que habían respetado los siglos. 

También el Erecteon sucumbiría durante la guerra de la independencia, y como sino hubiera bastantes ruinas 
para contristar el apenado ánimo, Lord Elgin, embajador de Inglaterra en Constan tinopla, consigue del turco, 
en 1810, autorización especial para apoderarse de cuanto en el Acrópolo estime meritorio, y trasportarlo ó su isla. 
Más de doscientos pies de friso arrancó Lord Elgin del Partenon, con varias metopas y trozos de chapiteles, cornisas, 
triglifos y entablamentos. Así el hombre de la cultura completaba reflexivamente el desden instintivo del bárbaro ó 
las crueldades de la guerra: así en plena civilización se atentaba á la herencia de un pueblo desgraciado, pero no 
digno de semejante infamia. Ecos Byron y Chateaubriand de la indignada Europa, aplicaron el debido castigo á las 
hazañas del diplomático rapaz , á quien ni aun absuelve el deseo de ceder á su patria lo que ciertamente no le perte- 
necía, á pesar del rescripto autocrático del soberano islamita. 



50 



EDAD ANTIGUA. — ARTE PAGANO. — ESCULTURA. 



VI. 



Componíase el Partenon, labrado todo de mármol pentélico, de un rectángulo principal que constituia el San- 
tuario, dividiéndose en su interior en dos compartimentos, de los cuales el mayor abríase al Oriente, conteniendo 
ia estatua de Atenea, y el menor, dicho opisthodomo , comunicábase con el atrio por el Occidente, encerrando el 
Tesoro nacional. Rodeaba esta fábrica un peristilo continuo, que en los costados menores ó fachadas, decoraban ocho 
columnas y diez y siete en cada uno de los lados , incluyendo dos veces las de los ángulos. Descansaba la fábrica 
sobre un emplazamiento con tres anchas gradas , de unos tres metros de altura en conjunto. 
. Pertenece el edificio al estilo dórico. 

Decoraban el peristilo y la celia por su parte exterior, esculturas de que luego nos ocuparemos. Cúmplenos, por el 
momento, decir que los frontones aparecían coronados con hojas de acanto, reunidas en haz vistoso, sospechándose 
con razón que en sus ángulos sostenían doradas trípodes, esfinges ó fantásticos animales. 

Ostentaba la fachada oriental una decoración movible, dispuesta sobre el arquitrave, en la parte superior de cada 
me topa, consistiendo en escudos de oro, construidos y ofrendados durante la administración de Licurgo. 

Tan arruinado se halla el interior, que los arqueólogos más diligentes vacilan al trazar la manera como hubo de 
ordenarse. Hasta se ignoraba el orden de las columnas; mas luego se ha descubierto que pertenecian al estilo dórico, 
habiéndose colocado diez á cada lado, sobre las que se levantaba una segunda línea de otras de menores dimen- 
siones. Desde Quatremere de Quincy hasta Falkener, desde Beulé hasta Ronchaud, todos convienen en que á seme- 
janza de los templos de Egina y de Poestum, el Partenon ofrecía esta particular circunstancia. 

Según la costumbre establecida , cubria la pintura policroma los miembros arquitectónicos superiores , que resal- 
taban y se distinguían fuertemente, por la viveza y el contraste de los colores empleados. 

Fijándonos en las esculturas, diremos de ellas lo que nos interesa bajo la relación de nuestro estudio. Según 
Pausanias, veíase representada en el tímpano del frontón anterior el nacimiento de Atenea; en el opuesto, la que- 
rella entre Poseidon y la Diosa cuando se disputaban el dominio del Ática. Aun se conservan restos de ambos simu- 
lacros , aun se puede sospechar por lo existente , la magnificencia de lo que ha desaparecido. 

No eran menos bellos los altos relieves contenidos en las treinta y dos metopas que enriquecian cada uno de los 
costados y en las catorce que se notaban respectivamente, en ambas fachadas. De estas preseas artísticas, el mayor 
número ha sido destruido ó mutilado: una posee el Louvre, quince existen en el Museo británico, donde hemos 
tenido ocasión de estudiarlas . Esculpiéronse en ellas los trances diversos de la leyenda de Atenea , tanto en su aspecto 
puramente mitológico, como en el heroico. Relacionábase el primero con el total ciclo de las concepciones míticas 
que se desarrollaban en los frontones ; aparecía luego en la fachada principal , la diosa con los héroes que protegía , y 
cuyas hazañas y beneficios mostrábanse al espectador: ocupaban la posterior los hombres y su historia, el triunfo de 
los atenienses sobre los persas; esto es, la victoria de la civilización sobre la barbarie, obtenida con el directo apoyo 
de la deidad reverenciada. Y como nexo entre lo divino y lo humano, escribió el arte en las metopas laterales los 
orígenes fabuloso-históricos de Atenas y de su religión; los hechos del sabio instituidor Erecteo, hijo de Atenea; la 
suerte de las hijas de Cecrops, sus sacerdotisas; el establecimiento de su propio culto con las diversas fases litúrgi- 
cas, míticas y reales de la sociedad naciente, dentro del círculo de las tradiciones patrias. 

Basta esta somera é incompleta descripción, para que se columbre el alto pensamiento filosófico que presidia al 
decorado del templo. Armonizábanse las distintas partes bajo una superior unidad, representada por la doble concep- 
ción mítico-humana de Atenea. Todo el Olimpo, toda la historia de la cultura primitiva, ó más bien de sus funda- 
mentos y arranques, exponíase á la contemplación de la piedad y del patriotismo, que con secretos lazos se 
asociaban. 

Ni podian descubrirse por la crítica más suspicaz, tendencias antitéticas en aquel poema de piedra, escrito con el 
cincel y el mazo: á las doctrinas cosmogónicas y de la teogonia, acompañaban las filosóficas y sociales, concibiéndose 
las últimas en estrecha correspondencia con las primeras. Era la leyenda ateniense la más bella, completa y orde- 



FRAGMENTOS DEL FRISO DEL PARTENON. 



51 



nada expresión de los medios fabulosos, legendarios y reales, por donde los hombres habían pasado de las tinieblas 
de la vida salvaje a los esplendores del progreso; y en este sentido Atenea, que representaba el rayo de luz esplen- 
dorosa emanado de la cabeza de Zeus, también personificaba el pensamiento reflexivo, brotando del cerebro humano 
y vigorizando la vida con sus fecundas afirmaciones. 

Grave error cometería quien se acercara á estas antiguallas, viendo en ellas únicamente, el testimonio de un período 
de esplendor y prosperidad económica, en donde individuos y muchedumbres buscaban un sensual contentamiento. 
Con más noble criterio debemos juzgarlas, que no sólo merecen aprecio como meras creaciones de la facultad 
estética, mas también cual ricos documentos y páginas elocuentes de un pasado insigne, que aun vive y se perpetúa 
con el no rechazado influjo que ejerce sobre lo presente y que extenderá á lo porvenir. 



VIL 



Necesitábanse estos antecedentes para que el lector benévolo, pudiera acompañarnos con gusto, conocimiento é 
intencionada curiosidad en el estudio de los fragmentos que forman la materia de la presente monografía. Tan enla- 
zada muéstrase la cultura latina con la griega, que no es permitido discurrir sobre aquella — con filosóficas preten- 
siones — sin que la imaginación lleve á la segunda, considerándola cual sagrado depósito, donde se conservan 
innúmeros principios, que luego, desarrollados y complicados, constituyen, la mitad por lo menos, del tejido de la 
historia moderna. Esto explica la marcha que la Arqueología sigue en sus labores. 

Representa el objeto arcaico, á sus ojos, por lo menos dos merecimientos: el uno externo, puramente convencional, 
circunscrito, palpable, refiriéndose á la forma, al tecnicismo y á la ejecución; este es el merecimiento estético: el 
otro íntimo, necesario, ilimitado, sólo á la reflexión patente, espaciándose en los ámbitos del pensamiento y de la 
idea; este es el merecimiento científico y filosófico. 

Aquél agrada principalmente, éste principalmente educa; aquél se siente, éste se descubre por el raciocinio; el 
uno afecta á los modos orgánicos de la civilización , á lo que llamaríamos la plástica del desarrollo civil ; el otro á lo 
esencial, á lo permanente, á lo que la naturaleza humana entraña en sus más recónditos secretos. 

Con ser el monumento que promueve el presente estudio, meritísimo, artísticamente examinado, no podria ni 
deberia suscitar nuestras aficiones en el grado que las promueve, si careciese del crédito superior que aquilata su 
valia : un pedazo de friso , por más que se atribuya á Fidias , no pasaría de ser una antigualla digna de figurar en un 
Museo ; pero cuando ese mutilado fragmento nos lleva á leer en el gráfico libro de la escultura y de la arquitectura, 
las cláusulas más importantes de una historia que es nuestra propia historia, la historia del pensamiento humano, 
que pugna por convertir la tierra en verdadero edén de bienandanza ; cuando ese desprendido girón del emblemático 
estandarte ateniense, procede del Partenon y encierra un episodio de las Panateas, entonces se justifica el esmero 
con que intentamos exhibirlo y el trabajo que otros emplearon al procurarnos su disfrute. 

¿Pero qué significaban las Panateneas? ¿Un cuadro más en el baldío panorama de la fábula? ¿Quizá una concep- 
ción mítica sin resonancia en la vida positiva, sin propios y legítimos alcances filosóficos? ¿Tal vez la fantástica 
representación de sucesos de todo punto sobrenaturales, engendro á un tiempo de la fantasía enferma y de la poesía 
puesta á su servicio? 

Todo lo contrario; las Panateneas con ser unas fiestas litúrgicas, nada tenían de abstracto ni de fabuloso. Así lo 
demostrará el examen que de ellas haremos, en breves términos. 

Sencillas en un principio, celebrábalas el pueblo ateniense en obsequio de su diosa con el nombre de Ateneas, 
empero, luego que según la leyenda, Teseo reunió bajo la disciplina de la ciudad los distintos burgos del Ática, 
aquellas se denominaron Panateneas, ó Ateneas generales. 

Con el trascurso de los tiempos hubieron de complicarse, y se tenían con modesta pompa todos los años, con la mayor 
ostentación posible, el tercero de cada olimpiada. 

Comenzaban las ceremonias con tres suertes de certámenes, donde se otorgaba igual atención á las facultades físi- 
cas que á las intelectuales: consecuente el genio ateniense con los principios que le comunicaban su mayor brio, 



52 



EDAD ANTIGUA.— ARTE PAGANO. — ESCULTURA. 



i la forma de la esencia, estimando la naturaleza humana como un todo armónico, exento de dualismo 
ó de contradicción. 

Dividíanse los certámenes en ejercicios de agilidad (carreras), gímnicos y musicales, que abarcaban las lides de los 
poetas y rapsodas. Tratábase de actos populares, y bajo este concepto, presidíanlos diez comisarios elegidos por cada una 
de las diez tribus que se repartían el Ática, cuidando aquellos de establecer los programas, dirigir su cumplimiento 
y otorgar las recompensas. Concordándose la piedad con el patriotismo , daban á las ceremonias una resonancia que 
ninguna otra alcanzaba. 

Iniciábanse los combates el primer dia, muy de mañana, con una alusión al principal significado de Atenea. Reu- 
níanse los jóvenes justadores en el Cerámico, suburbio de la ciudad, y desde allí atravesaban las calles de ésta, con 
antorchas encendidas en las manos, que trocaban mutuamente, y que de no apagarse, aventajaban á los favorecidos 
de este modo por la diosa. 

En la tarde del mismo dia, repetíase el simulacro á caballo. Visiblemente queríase representar en esta pacífica con- 
tienda, la comunicación paulatina de las luces entre los hombres, gracias al favor de la augusta protectora. 

Terminada la primera parte— que ofrecía otros episodios— empezaban los combates gímnicos ó de los atletas, veri- 
ficándose fuera de la ciudad en nivelada y aderezada llanura, vecina á la corriente del Ilisus, fresco riachuelo que 
corriendo á lo largo de la vega ateniense, llevaba sus aguas al golfo del Píreo. 

Feríeles con profunda intención, añadió los certámenes poético-musicales. Su naturaleza, la parte que en ellos 
tomaba la política, los recuerdos que en la mente suscitaban, la valía atribuida al premio, todo hacia que estos cer- 
támenes inspirasen vivísimo y no subalterno interés en las poblaciones de la Grecia. Vivos y calorosos eran los debates, 
entusiastas los aplausos, codiciados los primeros puestos, ostensible la oposición de los partidos, siquiera la democracia 
apareciese triunfante. 

Himnos entusiastas se entonaban en honra de Harmodius y Aristogiton, ardientes patriotas que se sacrificaron 
por libertar á Atenas del yugo de los Pisistratidas; cantábanse otras victorias, y con el tiempo, también se prescribía 
el elogio de Trasibulo, que ahuyentó á los treinta tiranos. Por tales modos la fiesta litúrgica, participaba de la com- 
memoracion cívica, y los medros políticos fueron sancionados por la religión. 

Eemataban estas ceremonias con una procesión general, que desde el Cerámico se dirigía al santuario de Déme- 
ter eleusina, por la Vía Sacra: con grandísima pompa y solemnidad, conducíase un velo ó peplos bordado de oro, 
donde artísticamente habíanse figurado las luchas de Atenea {Pallas) contra los titanes y gigantes. 

Prendíase el peplos á los mástiles de un pequeño navio, denominado como la diosa , indicando que ésta había llegado 
á Atenas por las aguas, y en semejante disposición, arrastrábanlo hasta Eleusis ocultas máquinas, impulsadas por 
operarios que no se mostraban á la vista del público. 

Colocábanse á la cabeza del cortejo venerables ancianos, donde la belleza física aparecía realzada con la majestad 
de los años, llevando en sus manos el simbólico ramo de oliva. Seguia buen número de matronas atenienses, asimismo 
elegidas entre las más hermosas; venían luego los hombres más fornidos y briosos, armados de cascos, lanzas y 
escudos, acompañándoles los metecos ó extranjeros domiciliados en el Ática, con instrumentos de agricultura por 
trofeo. 

Reservábase el quinto lugar para las mujeres, también en lo más granado de la existencia, escoltándolas buen 
golpe de metecas con vasijas propias para recoger el agua. 

Desfilaba en seguida la juventud ateniense más distinguida; ellos elegantemente ataviados con coronas de mirto, 
yedra y violeta, entonando litúrgicas cantinelas; ellas conduciendo elegantes cestillos, que contenían simbólicos 
presentes, ocultos á los ojos profanos con adecuados lienzos. Considerábase envidiable honor el ser elegida para este 
acto, como se tenia por insulto y menosprecio excesivo, el haber sido calificada indigna de figurar en la ceremonia. 
Ni iban solas las doncellas atenienses, antes bien, las acompañaban las otras de estirpe extranjera, con asientos y 
parasoles á su servicio. 

Durante el tránsito, resonaba el espacio con los cánticos de rúbrica, tomados de las rapsodias homéricas, y no se 
disolvía la procesión sin que el pueblo ateniense invocara con ahinco, el favor y el patronazgo de su numen (1). 



s detalles véanse entre otroa muclios, Meuksius, Panathemm, tomo ir, y álfred Maurv, Reliyions de la Grece, tomo II. 






FRAGMENTOS DEL FRISO DEL PARTENON. 



53 



Parécenos que con esta sencilla descripción podemos estudiar con fruto el friso de la cela, donde están figuradas 
las Panateneas, verdadero emblema de la unión y concordia de las tribus esparcidas por el Ática. 



VIII. 






Hemos dicho que el nacimiento de Atenea había inspirado las esculturas del frontón oriental, y sus querellas con 
Poseidon las del opuesto: hemos notado como las metopas del friso exterior resumían los triunfos de la civilización 
arcaica , simbolizada en Atenea, resultando glorificado el genio helénico en sus varias y más prominentes manifesta- 
ciones, y renaciendo así las memorias más indescifrables; las leyendas más nebulosas que tomaban cuerpo y se per- 
petuaban. Necesitábase, no obstante, algo que completase aquella serie de enseñanzas, y esta necesidad hubieron de 
satisfacerla las escenas representadas en las Panateneas. 

De este modo convertíase el santuario en centro histórico é ideal tipico de la cultura jonia, en cuyo derredor se 
agrupaban las poblaciones de la Helade, y hasta todas las del mundo conocido, por efecto de una gravitación moral 
que obligaba á los más refractarios á inspirarse en los progresos que las luces realizan en tan privilegiado territorio. 

Había el artista, sintiendo en su pecho las palpitaciones de la conciencia y del sentimiento jónico, rendido tributo 
en lo exterior, á la leyenda y á la historia, á lo tradicional y á lo contemporáneo; ahora, acercaríase á lo más pre- 
ciado del monumento — el simulacro de Atenea — y lícito le era mostrar la grey sumisa, adorándola en la más solemne 
de las ceremonias religiosas y nacionales. 

Cuando la obra de Fidias estaba en su sitio , presentaba á la contemplación del curioso, una variedad de lecciones 
magistralmente armonizadas, que principiando en la fachada posterior del edificio, se continuaban por los costados 
hasta terminar en la parte anterior, donde se abría, como es sabido, el ingreso principal del templo. Con arreglo á 
este plan los Panateas , arrancando del Occidente, remataban en el punto preciso que primero iluminaba el sol levante, 
con sus bienhechores rayos. 

Según los más autorizados críticos, iniciase el simulacro con los preparativos y el comienzo de la procesión. Cal- 
cúlase que el acto se realizaba extramuros. Vénse aquí los jinetes montados en caballos oriundos de la Tesalia, 
apresurándose á reunirse con sus compañeros ya en movimiento, reclaman otros sus cabalgaduras, ó las amansan 
con la mano y la palabra antes de montarlas : un joven retardado vístese la túnica ; otro se ajusta el calzado. Hay 
caballos *que se encabritan, que piafan; tan completa es la ilusión y la expresiva realidad del dibujo; alguno alarga 
el cuello para ahuyentar los insectos que le molestan , y es tan superior la mano de obra, tan equilibrado el ordena- 
miento, que lejos de abatir, el realismo representado , atrae y entusiasma á los más exigentes. 

Pasando de la parte postrera á los costados, la procesión se bifurca, probablemente imitando lo que en la realidad 
acontecía: al pisar la sagrada meseta, los congregados debían tomar por derecha y por izquierda, rodeando el 
Partenon , hasta encontrarse en su pronaos al mismo tiempo. 

Decimos que en las partes laterales del friso interior aparecen en primer término grupos de caballeros cerrando el 
cortejo : corresponden estos jinetes á la juventud dorada del Ática; los brutos que dominan ponen en la memoria las 
descripciones hípicas de Jenofonte. Traen los jóvenes por tocado el sombrero tesaliense, cuando no conservan desnuda 
la cabeza; visten unos la elegante y ligera clámide, otros la túnica sencilla, y no es raro descubrir algunos con 
botinas ó sandalias. Faltan los arneses á los caballos , sin que se les note otro arreo que el indispensable para regirlos. 

Ruedan delante del escuadrón las cuadrigas, conducidas por delicadas manos femeninas, asistidas por un peatón 
situado detrás ó á la cabeza de los animales, y de un guerrero que las acompaña, dentro del carro. 

Como en la realidad no se veían estas cuadrigas, opinan varios críticos que eran la representación simbólica de 
las tribus del Ática; otros, con Offrid Müller y Lenormant, sostienen que las jóvenes personifican el genio bélico, 
bajo el epíteto de Hamillce: entiende Beule que los carros se refieren á las luchas que se tenían en las orillas del 
llisus, mientras Ronchaud imagina que las cuadrigas podían muy bien asistir á la procesión, ocupando los atletas 
vencedores, un puesto honorífico en ellas, figurando las doncellas en este caso la Victoria que les habia favorecido. 

Ocupan el frente de las cuadrigas, en la parte Norte, un coro de hombres de edades diversas , precediéndoles tañe- 



54 



EDAD ANTIGUA. — ARTE PAGANO. —ESCULTURA. 



dores de flauta y de lira; probablemente los que habían triunfado en los certámenes 'poéticos y musicales. Más hacia 
el Este hallábanse los ascophoros ó portadores de odres de cuero, los metecos con sus agrícolas instrumentos, y por 
último, los victimarios con los animales destinados al sacrificio. 

En la parte opuesta, ó sea la del Sur, un grupo de Tkallapltoros ó portadores de ramos, correspondía á los coros 
y músicos del septentrión ; descubríanse delante las dipkrophoras ó mujeres metecas encargadas de llevar los asien- 
tos, y por último, otros victimarios ó sacrificadores : la ofrenda hecha por el Ática consistía en toros, vacas y 
becerras. 

En llegando á la parte frontera ó principal , ofrecía el friso comenzando en el ángulo Nordeste, una tropa de 
garridas jóvenes con vasos artísticos, candelabros y otros adminículos en las manos. Vuélvense hacia ellas dos per- 
sonajes, visiblemente mantenedores del orden, y un. tercero parece como que marca el paraje donde el altar de la 
diosa se levanta. En la esquina contraria, un hombre sirve de lazo entre los victimarios del friso meridional y las 
vírgenes atenienses, que también aquí se nos exhiben , con la actitud del recogimiento y de la devoción , inclinada 
ía gallarda cabeza sobre el delicado seno, con el desnudo brazo elegantemente caído sobre la plegada túnica, y 
trasportando las vasijas del culto ó las ofrendas. 

Sencillas metecas las adelantan con parasoles, sitiales y otros utensilios: cuatro hierofantes con sendos bastones, 
las preceden, y por último, en cada uno de los costados del ingreso, cuéntanse ocho divinidades, de las cuales seis 
están sentadas y dos en pié. Offried Müller sostuvo que estos númenes syntronos, representaban las divinidades cuyos 
santuarios se encontraban en la carrera de la procesión ó en el mismo Acrópolo. Entiende Ronchaud que son las 
principales divinidades del Ática, denotando con su presencia la unión de sus tribus bajo la hejemonia de Atenas, 
lo que recordaba el origen político de la fiesta, mediaute la idea que hubo de promoverla. 

No parece violenta esta interpretación: según todas las probabilidades, en este doble grupo enumóranse Démeter, 
Persefone y Triptolemo, cuya alta significación hemos estudiado en un trabajo análogo al presente, contenido en 
el volumen n de este repertorio; Poseidon y Erecteo, Hephaestos y Atenea, los Anaces (Dioscuros), Venus, Teseo, 
Zeus, Némesis y Helena (1) , representación de fenómenos naturales, mayormente localizados en la región del Ática, 
desdoblamientos de mitos asiáticos, adaptados á la comarca por la fantasía extremada de los helenos. 

Ofrecía el friso sobre la puerta de la cela, á los inocentes Arréphoras, tornando de su nocturna expedición en busca 
de la estofa con que la sacerdotisa habia de tejer el peplos de Atenea. Junto á ellas destácase el sacerdote, que con 
un efebo pliega el manto ó velo, descolgado ya del navio. 

Así concluía esta epopeya nacional, en donde, bueno es repetirlo, hombres y dioses se codeaban, donde lo telúrico 
continuaba lo celeste, y lo humano lo divino. Narraba el primer canto la lucha de Atenea con las divinidades ene- 
migas, el contraste entre la luz y la sombra, y en otro sentido, entre los primitivos colonos pelásgicos y helenos y 
los autóctonos: seguían las hazañas de la edad heroica, los tenues vajidos del progreso, las primeras tentativas de 
la reforma, las invenciones en su más arcaico concepto: las victorias sobre los persas decían el colmo de la prepon- 
derancia, las Panateas eran el tributo de un pueblo agradecido y adulto que, recordando los beneficios de la idea 
religiosa, consagraba á la vez los triunfos del derecho y de la razón, vistos en los fastos de la democracia. 



IX. 



Menos que el tiempo respetaron los hombres la obra inmortal de Fidias. Borrado, mutilado ó esparcido en distintos 
Museos hállase el friso de las Panateas: los fragmentos existentes enriquecen en su mayoría el Museo británico. En 
el monumento todavía se conserva la parte que corresponde á la fachada del Oeste, salvo un pedazo arrancado por 
lord Elgin. También guárdanse en Atenas, en apropiado lugar, otros recogidos entre las ruinas. A este número per- 
tenecen los que gozamos, gracias á la diligencia y al celo de los individuos que componían la Comisión Arqueoló- 



n üatQH atribuciones, principalmente i L. Roí 



FRAGMENTOS DEL FRISO DEL PARTENON. 



55 



gica española que en 1871 recorrió las costas de la Grecia, del Asia menor y del Egipto á bordo de la Arapües (1). 

Mide el fragmento que designaremos con la letra A un metro de alto por un metro veinte centímetros de ancho. 
Indudablemente la escena figurada nos autoriza para afirmar que este bajo-relieve correspondía á una de las partes 
laterales del friso, á aquella donde se figuró el escuadrón de jinetes que cerraba el cortejo. Con efecto, en el 
centro se destaca un caballero destocado, vistiendo la ligera túuica recogida sobre el muslo y limitada por la parte 
superior al hombro. Monta un animal de bella estampa que se encabrita, sin que por esto el efebo pierda su apos- 
tura. Vénse delante otros dos caballeros, y el que después los sigue, apoya su derecha mano en la parte anterior de 
la cabeza, mientras con la izquierda enfrena su cabalgadura. 

Lo primero que en el grupo se nota, desde el punto de vista técnico, es la composición sobria é inteligente; luego 
resalta la belleza del dibujo, lo gallardo de las actitudes y la verdad sorprendente en los detalles anatómicos. El 
caballo del centro , único que á satisfacción puede estudiarse , nada deja que desear , tanto como proporciones, cuanto 
como modelado inteligente y juego de luces y sombras. Adivínase que el arte que lo ha producido, aunque tiene por 
norte la naturaleza, comprende la necesidad de exhibirla, acomodándola al patrón de lo bello, según que la imagina- 
ción y el buen gusto lo determinan. Ni es menos notable el simulacro, por el movimiento que las líneas bien dis- 
puestas trasmitieron al conjunto, como por el conocimiento superior que presupone de las leyes de la perspectiva. 

¡ Lástima que el rostro del jinete del centro esté casi borrado ! Sin embargo lo poco que existe , dícenos que aquella 
cabeza, sino fué labrada por el mismo Fídias, discípulo suyo hubo de ser quien la esculpió, ateniéndose a sus dibujos, 
á su método y 4 sus consejos. No dice menos el plegado de la túnica que viste el caballero de la parte trasera: la 
manera de concebir el ropaje, con sus ondulaciones, arguye un maestro que ha llegado á las más nobles alturas 
de su profesión . 

También el fragmento B (alto 1™, ancho 1,22) corresponde á la parte de friso que inmediatamente seguía a 
la anterior. Llenan el mármol la mitad posterior de una cuadriga , un guerrero que á pié acompaña 4 la Victoria, 
y otra figura varonil, desnuda, que parece detener á los caballos que arrastran un carro que no se ve. De la cua- 
driga sólo se distingue ¡a rueda izquierda y una parte del vehículo : destácase en primer término el hoplite con túnica, 
casco y escudo; detrás se alza la joven conductora envuelta en amplio velo; y por último, la vista se detiene en la 
tercera figura, cuya desnudez no cubre el manto que habría caido al suelo sino lo detuviera la mano izquierda, en 
alto levantada. Aunque este personaje carece de cabeza, lo que resta basta para enseñarnos que no es indigno del 
talento á quien se atribuye: admirablemente modelado se halla el tronco, rivalizando en este punto con el del hoplite, 
cuyos desnudos brazos fijan la atención de los menos competentes. 

Ni puede esto extrañarnos : la crítica ha pronunciado su fallo irrecusable tocante al friso— cuyas menores partes 
estudiamos,— calificándolo como de imponderable belleza. Jueces tales como Nollekens, Westmacott, Chauntry, 
Hossi, Lawerenee, Benjamín West, Viscouti, Quatremére de Quincy, Canova y Beulé ha pronunciado un veredicto 
que confirmaron cuantos artistas ó arqueólogos tuvieron ocasión de admirar tan noble joya, ya en las salas del 
Museo Británico, ora en los restos que en Atenas se conservan. 

En las Panateas se han inspirado seguramente los primeros escultores de nuestro siglo, al concebir muchas de sus 
obras , y no puede ponerse en duda su influencia sobre el genio de Thorwaldsen . Cuando en el palacio de Christians- 
borg (Copenhague) hubimos de examinar atentamente el magnífico friso representando la entrada triunfal de Ale- 
jandro en Babilonia, confirmábamos la sospecha que nos asaltó al conocer por primera vez el asunto, en los vaciados 
del Qnirinal. Es indudable que el célebre escultor dinamarqués quiso emular a Fidias, acometiendo un asunto que 
en detalles principales , habia de poner en la memoria el recuerdo de las Panateas. Uno de sus más diligentes bió- 
grafos dice á este propósito: «Cuando el artista hubo concebido esta vasta composición (el Triunfo do Alejandro), 
probablemente no conocía los moldes de los bajos-relieves del Partenon, cuyos originales no llegaron á Inglaterra 
hasta 1814; pero los primeros dibujos databan de 1674, habiéndolos ejecutado un artista flamenco por encargo del 
marqués de Nointel. Reproducidos posteriormente muchas veces, no puede dudarse que fueron fuente de inspiración 
para Thorwaldsen (1).» 



(1) Componían dicha comisión, el digno fundador y director de la presente obra, D. Ju; 
lazqnez Rosco y D. Jorge Zammit y Romero. 

(2) Thorwaldsen. F.ngene Plon, París, Plon. Editeur, lfitl?. 



t de Dios do la Rada y Delgado, presidente, D. Ricardo Ve 



56 



EDAD ANTIGUA. — ARTE PAGANO.— ESCULTURA. 



Así lo creímos desde un principio, corroborándonos en esta idea la comparación entre los caballeros macedonios 
que siguen á Alejandro y los jinetes de que antes nos hemos ocupado. Ni es ocioso este recuerdo de nuestros perso- 
nales estudios, como que de él deduciríamos, á faltarnos otros motivos, la excepcional importancia docente de los 
bajo-relieves helénicos, comprobada por un testimonio tan abonado cual el del artista que no vaciló en elegirlos por 
modelo, á pesar del inmenso talento con que naturaleza le dotara. 



X. 



Aunque en el curso de esta Monografía hemos atribuido el friso del Partenon al cincel de Fidias, no desconoce- 
mos que existen críticos que discurren de otro modo : unas cuantas líneas bastarán para explicar el sentido en que 
hemos hecho aquella afirmación y conciliar las opuestas opiniones. 

Nadie ha puesto en duda que la suprema dirección de la fábrica fué confiada á Fidias, por Pericles: tampoco lfis 
más exigentes han encontrado razones bastantes para negar que las Panateas, por su estilo y por sus bellezas, cor- 
responde á la escuela escultórica del insigne maestro: la gracia, la amplitud, la ligereza, el primoroso dibujo, la 
variedad en la composición y la espontánea originalidad que en ellas resaltan, no se dan sino en las obras que Fidias 
embellece con su aliento. Hay una tan inexplicable y atractiva armonía en el conjunto, origina el movimiento 
general de las figuras tan positiva ilusión en los sentidos, que el crítico cree animado el espectáculo, y atribuye á la 
piedra una vida propia de los seres vivientes y reales. Sólo el genio de Fidias podia en aquellas condiciones, produ- 
cir semejantes resultados. 

Sintetizando Quatrernére de Quincy sus juicios, dice lo siguiente : «La inagotable sucesión de temas diversos, la 
movilidad que domina la atención , la multiplicidad de las actitudes, de los ademanes y de los gestos, la vitalidad 
comunicada á las figuras, cuyos efectos suplen lo que el arte pudo olvidar, todo esto reunido, ahuyenta hasta la idea 
de buscar flaquezas : la incorrección de una figura encontraráse corregida por la que no la ofrece , y se alcanza que 
no pueden calificarse de tales aquellas que provienen de cualidades originarias de la misma belleza, ó de la envidia- 
ble facilidad que atestigua en el todo, la existencia de un sentimiento fecundo y la originalidad del talento.» ¿Qué ar- 
tista griego, con excepción de Fidias, habría de suscitar con el tiempo, juicios tan excepcionales por lo encomiás- 
ticos? 

Pero á Fidias le faltó materialmente el tiempo para ejecutar por sí mismo tantas faenas: lo más verosímil, lo que 
la crítica acepta y defiende, lo que nosotros mismos quisimos dar á entender, es que las Panateas proceden como 
concepción y disciplina, del talento inagotable de Fidias, mientras que la ejecución débese á los maestros y discípulos 
que trabajaban á sus órdenes. 

Y este aserto no admite en rigor controversia, después de lo que el crítico que con más ahinco y detenimiento ha 
estudiado el Partenon ha dicho acerca del tema á que se refiere. Séanos permitido como remate de este estudio extrac- 
tar las sensatas observaciones de M. Beulé,- hablando de las Panateneas. 

Nótase en estas esculturas una diferencia notable entre la composición y la ejecución; aquella presenta un carácter 
de unidad que nadie ha desconocido: en todas partes resalta el mismo principio, el mismo dibujo y el mismo 
estilo. Siéntese que una sola inspiración ha dibujado desde el principio hasta el fin, todos los cuadros. La ejecución, 
por el contrario, es desigual; aquí admirable por la amplitud y lo acabado; allí seca, descuidada y hasta incor- 
recta.» 

Según este autor, semejantes contradicciones se desatan admitiendo la variedad de ejecutores, que sin embargo 
incluye en la escuela del maestro, pues sólo sus discípulos podían acompañarle en la senda en que últimamente habia 
entrado. Usaron sus predecesores decorar los templos con esculturas de alto relieve, donde se circunscribían á imitar 
la naturaleza. Hubiérase dicho que aquellos simulacros eran esculturas completas divididas en dos mitades , en todo 
su espesor y anchura, y luego aplicadas á una superficie. Apartóse Fidias de este sistema y creó el bajo relieve, des- 
cubriendo el mérito de dar á los planos y á las convexidades un valor aparente, mediante un ligero resalte. Cree 
Iíeulé que el conocimiento de la perspectiva — como antes indicamos — y el propio sentimiento personal, le ayuda- 



FRAGMENTOS DEL FRISO DEL PARTENON. 



57 



ron á producir este engaño óptico. Manera es ésta, en su sentir, a que no alcanzan las reglas ordinarias del arte, 
pues no se trata de copiar exactamente las formas y sus positivos desarrollos, mas de indicar sobre un espesor con- 
siderablemente reducido, las proporciones relativas y las masas desiguales. Para esto necesitóse entre otras cosas, dar 
a las figuras de segundo término más saliente que á las del primero, rehundir á veces el fondo plano, para hacer 
resaltar en el área del rebajo las partes que se querían acusar. Asimismo convenia tener presente la altura en que 
debia verse la obra, y disponer las incorrecciones de modo que favoreciesen más al juego de la perspectiva que una 
regularidad inconveniente. 

Pedia el sistema una facundia, una sensibilidad , una delicadeza, impropias de los antiguos maestros del Ática: sólo 
eí que lo habia creado era capaz de adaptar á sus cláusulas , la voluntad de los jóvenes alumnos. No puede , por tal 
modo, creerse exagerada la parte que en tan vasto trabajo cupo á Fidias, reduciéndose á un dibujo general, á algu- 
nos trozos de ejecución que sirviesen de norma, y á la directa vigilancia del trabajo que los otros ejecutaban. Sólo asi 
hay derecho para atribuirle los cuatrocientos pies de escultura que miden las Panateneas; sólo en este concepto, no 
subalterno ciertamente, nos es lícito asegurar que los monumentos que hemos querido dar á conocer, proceden de su 
inteligencia privilegiada, mereciendo el estudio de la juventud artística, cuando no el examen atento del historiador 
filósofo y del arqueólogo. 







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ARMAS, UTENSILIOS 



ADORNOS DE BRONCE 



RECOGIDOS EN GALICIA, 



DON JOSÉ VILLA-AMIL Y CASTRO, 

INDIVIDUO DEL CUERPO FACULTATIVO DE ARCHTVEROS, BIBLIOTECARIOS Y ANTICUARIOS, Y ACADÉMICO CORRESPONDIENTE DE LA HISTORIA. 



""»«. 







Penetran de lleno en los dominios de la Arqueología prehistoria 7 por más que 
sea en aquella de sus épocas desligada completamente de todo vínculo con la Geolo- 
gía y la Paleontología, y limítrofe ya de la que por oposición pudiera llamarse 
Arqueología histórica, las armas, utensilios y adornos de que voy á ocuparme, cuya 
forma y cuya procedencia les hacen en efecto prehistóricos; pues que la una ofrece 
analogías muy marcadas con las de los objetos considerados en el extranjero como 
prehistóricos, y la otra los enlaza á construcciones de las que el origen y el des- 
tino, envueltos por la historia escrita en casi impenetrable misterio, no han lle- 
gado todavía á ser descubiertos por todo el esfuerzo inductivo de la generación 
presente. 

Encierran algunas de esas armas, utensilios y adornos, una importancia de 
primer orden. Todos ellos la tienen relativa, en más ó en monos, y un nada des- 
preciable valor arqueológico, realzado por su autenticidad incontestable y la atendible circunstancia de proceder de 
descubrimientos verificados en el espacio de muy pocos años dentro de una corta extensión de territorio de muy 
pocas leguas cuadradas. A esa importancia se une, por lo que á mi exclusivamente toca, la de haberlos yo adquirido 
mediante constantes afanes, considerables desembolsos, frecuentes sinsabores y penosas molestias; lo que ha contri- 
buido en mucho á que yo haya procurado, con verdadero cariñoso anhelo, estudiarlos y descubrir su historia, origen, 
significación y destino, hasta donde el alcance de mis fuerzas, harto escasas , y los nada abundantes elementos de 
que he podido disponer en una oscura localidad, lo han permitido. 
Aunque, como dejo dicho, la forma de algunos de estos objetos presenta analogías bastante marcadas con la de 






(1) Reja de arado y hoces r 



a de Ronrin. (Museo Arqueológico Nai 






60 EDAD ANTIGUA.— ARTE PAGANO.— INSTRUMENTARÍA.— PANOPLIA.— INDUMENTARIA. 



otros descubiertos y tenidos por prehistóricos en el extranjero, analogías que son suficientes para atribuirles decidi- 
damente carácter prehistórico , ninguno de los nuestros pasa de ser similar ni llega con muclio á ofrecer una repro- 
ducción exacta de los encontrados fuera de España. En particular por lo que se refiere á los mas conocidos de éstos 
merced á las numerosas publicaciones destinadas á fomentar la afición y sostener la flamante boga, no sé si ya 
un tanto decadente, alcanzada en los presentes años por esa rama de la Arqueología, y á propagar rápidamente 
por todo el mundo civilizado los progresos que en tales estudios se logran y los nuevos descubrimientos que se 
verifican . 

Lejos de existir completa identidad entre las armas, utensilios y adornos de bronce bailados en Galicia con los 
procedentes del extranjero, presentan los primeros formas un tanto extrañas y caracteres especiales propios de ellos. 
Así, pues , mientras que su misma figura les hace genuinamente prehistóricos, dentro de ella se encuentran carac- 
teres que , si ofrecen grandes puntos de contacto con los de algunos descubiertos en países septentrionales y muy 
lejanos, tales como los procedentes de las sepulturas de Hallstadt, revelan también un carácter especial propio de la 
localidad. 

Las diferencias de forma, y con más frecuencia de detalle y ornamentación, que entrañan ese carácter especial, 
entraré á examinarlas después de hacer sumaria descripción de cada uno de los objetos que las ofrecen , y después de 
consignar algunos puntos generales respectivos á la historia y á la composición de la materia de que han sido 
fabricados. 

Al ocuparme de las alhajas de oro (1), compañeras de muchos de los objetos de bronce de que ahora voy á tratar, 
indiqué ya las dudas que se alimentan dentro del campo mismo de la ciencia prehistórica, sobre si fué el oro ó si 
fué el bronce la primera materia metálica empleada por el hombre para la fabricación de sus adornos. 

De que el bronce haya sido utilizado antes que ningún metal aislado, incluso el cobre, y á excepción quizá del 
oro, se dá una explicación tan sencilla como convincente. La de que para conseguir esa aleación no es preciso obte- 
ner previamente aislados y puros los dos metales de que se compone, sino que fundiendo reunidos minerales de ambos, 
con adición de algo de carbón, se obtiene de golpe el bronce. Mientras que para conseguir el cobre puro es precisa 
una operación delicada, muy afuera del alcance de los recursos metalúrgicos de que podían disponer los hombres 
primitivos ; para extraer el estaño no se presentan menores dificultades ; la separación del plomo de la plata exige el 
complicado procedimiento de la copelación; y la extracción del hierro, cuyos minerales, si bien no se imponen 
como á la atención como los de bronce y los de estaño, son abundantísimos, representa un trabajo de los más 
difíciles, como que de la fundición no se obtiene otra cosa que una sustancia muy impura poco desemejante de la 
piedra. 

La proporción de una parte de estaño por nueve de cobre que presenta constantemente todo el bronce de los países 
de Occidente anterior al empleo del hierro, es la necesaria para obtenerle con el máximum de densidad , con dureza de 
acero no templado, con color y con brillo auríferos , y muy liquido en la fundición . La disminución del estaño le baria 
más maleable: el aumento le daría más dureza, pero también consistencia quebradiza. 

Esa proporción, la ofrecen, como ya he dicho con referencia á M. Le Hon (2), todos los bronces de Occidente 
anteriores á la época del empleo del hierro, y entre ellos , por ejemplo, los hallados en Distré , departamento del Maine 
et Zoire; en las cercanías de Lyon; en la llanura Delfinesa, y en Saboya (3); así como los hallados en Galicia, con 
muy ligeras diferencias y con aumento de alguna escasa cantidad de hierro, plomo, zinc, nikel, cobalto, plata y 
antimonio, que toda ella, cuando más, no pasa de un seis por ciento, y no excede, en general, del uno al tres; ni 
viene á ser otra cosa que impureza de los minerales. Tal proporción es rara ó no se encuentra desde que aparecen los 
tiempos históricos, como lo han demostrado los análisis hechos en los diferentes bronces hallados en el departamento 
francés del Sena inferior; pues que mientras una hacha encontrada en Antifer ha dado el diez por ciento de estaño 
empleado en los bronces griegos y en los considerados como prehistóricos, otras hachas dieron 78 partes de cobre 
por 20 de estaño y dos de plata ó de zinc; y el bronce de procedencia gala 85,85 de cobre por 14,15 de estaño, alea- 
ción idéntica á la de los bronces egipcios del tiempo de los Tolomeos ó de los Faraones. Al propio tiempo las é 



(1) Véase mi monografía, pág. .546 del tomo u 

(2) L'hommefossUe, pág. 209 de la 2.' edición 

(3) Véase el tomo vr do la revista Mali-rimix 



pour Fhistoire primilivc el natnrdh: <¡r l'homme, y el vil!, pág. 2 



AftMAS, UTENSILIOS Y ADORNOS DE BRO NCE RECOGIDOS EN GALICIA. 61 

galas ó romanas procedentes de la Bouille, conservadas en el Museo de Remen, no presentan sino tres partes de 
estaño por 97 de cobre (1), y el bronce romano carece de estaño y se compone de cobre y de zinc. 






Los mas comunes de los utensilios considerados como prehistóricos , así de piedra como de bronce, tanto en Galicia 
cuanto en los demás países en que se han hallado vestigios de las épocas primitivas, son las hachas. 

Una, de las de forma más rudimentaria, reproducción exacta de la propia de las hachas de piedra pulimentada, 
he recogido yo, encontrada por Enero de 1871 (2) en el lugar de Gontan de Arriba, feligresía de Galgao, del ayun- 
tamiento de Abadin, en el partido judicial de Mondoñedo, y en paraje inmediato á la carretera que de Villalba 
conduce á esa ciudad, en su kilómetro '19, y á sitio en que en tiempos pasados se explotó hierro, y de donde se 
extraen actualmente los mármoles que beneficia una sociedad denominada La Verdad. Redúcese tal hacha á un 
tosquísimo lingote cuneiforme de 15 centímetros de largo por 5 de ancho en un extremo y 2 en el otro, y 27 milí- 
metros de grueso en su centro , del que va disminuyendo hasta resultar en corte por el extremo más ancho y no tan 
delgada por el otro. Pesa una libra justa (0,46 kilogramos), y no es de bronce, sino de cobre (3). 

Otra hacha, representada en la lámina con el número 7 (de todo su tamaño como los demás objetos de ella); he 
recogido también yo, encontrada en el coto de la Campa, monte sobre el lugar de Estelo , dentro de la misma feligresía 
de Mondoñedo, y en paraje no lejano del sitio en que debió estar el castro de Santo Tomé, citado en un documento 
de 1431 (4). Esta hacha es de las llamadas por los anticuarios franceses á bords droiíes, para distinguirlas de las 
conocidas por de a aiierons y a doaille; tiene de largo 204 milímetros, de ancho en la punta 43, y de grueso 
máximo en. el sitio comprendido en medio del asa 28 , desde el cual se adelgaza progresivamente hacia los dos extre- 
mos, en uno de los cuales está el corte, y en el otro no queda más espesor que el de 9 milímetros. A uno de los lados 
conserva, pero rota, el asa única que tenia, destinada á llevarla suspendida del cinto, á tenerla colgada en la habi- 
tación ó á sujetarla con una cuerda al mango encorvado, de la manera figurada en dos de los grabados, que entre 
otros muchos pudiera citar, de la popular obra de Figuier (5). 

Las hachas del género éste, de a bords droiíes , abundantes en España, no son las más comunes de las numerosí- 
simas encontradas en el extranjero; las que en su gran mayoría corresponden a las de la clase de a aiierons ó á la de 
a doiálle. Parece, sin embargo, que á aquel género pertenecen las que se encuentran enltalia, según demuestra la 
descrita por Rougemont en su libro Eage de brome ou les semües en Occident (6) , que fué hallada por M. Gozza- 
dini en Bolonia, y es calificada como de forma etrusca. Si se prescinde del sistema elegido para adaptar el mango 
. á esas hachas, se las hallará análogas enteramente á las de los otros dos géneros que pueblan las láminas y páginas 
de todos los tratados de Arqueología-prehistórica , y pertenecientes á las que encierran el elemento del scalper fabrile 
romano ¡7;, conocidas en Inglaterra por celts ó kells, y por framcas ojiuntas de framea en los Museos germánicos y 
escandinavos , donde no se dá el nombre de hachas sino á las parecidas al utensilio así llamado hoy. Lo que también 



(1) Véase la curiosa obra La Seine in/criciirc hUtorique rt archcriliigi'/ur. E/>r,<[iit-¡; f/milniae . romuine el- franque, par Mr. Vabbé Cochet. París, Dera- 
ché, 18C4, página» 13, 4ÍJÜ, -1.ÜS y 4.G1 . Los análisis Cw los bronces hallarlos en Galicia han sido Lechos por el renombrarlo químico Dr. Casares, catedrático 
de la Universidad de Santiago, y algunos ríe ellos se lian publicado, especificados, en las notas al tomo n de la Historia de Galicia, por Murguía. 

(2) Fiel á mi propósito du consignar los nombro* de las personas ¡i quienes dubo los objetos reunidos, diré que de esa hacha soy deudor á Domingo 
Seijo, el mismo que la encontró. 

(3) Do la misma materia es, y de la misma forma y casi el mismo tamaño (16 centímetros), la que Be conser 
(núm. 13) , hallada en Somariegos (Avila). 

(4-) Es una carta de donación, otorgada por Teresa Yafiez á favor de los monjes del cercano monasterio de San Martin de Yillaonente, de 
de erdade que jas amo chao do castro <h santome e lopa enno camino que ven destelo paca YHhtmityur ■''Mondoñedo ':, Esa carta está inserta en \\ 
cartularios de dicho monasurio guardados en el Archivo Histórico Nacional. 

El hallador de esta Lacha, de quien yo la recogí, fué un labrador, apellidado Cabanas, del inmediato lugar de Zorian, eu Marzo de 18G8. 

(5) L'liomme primitif. páginas 34ü y 370 de la 2. a edición. 

(6) Pág. 233, citada por Murguía en el tomo II, pág. 49 de su Historia de Galicia. 

(7) Véase el DicUonmir?. da uiitiquilís romalneii el grecques, de Eich, traducido por Cherael. 

TOMO IV. 16 



Museo Arqueológico Nacional 
leyra 



62 EDAD ANTIGUA.— ARTE PAGANO.— INSTRUMENTARÍA.— PANOPLIA.— INDUMENTARIA. 



sucede en Francia ya, comenzándose á llamar puntas de lanza en el Museo de Artillería de París á estas hachas, 
cuyo nombre se reserva para los instrumentos iguales á los que hoy se designan con él (1). 

Hachas enteramente iguales, en su forma y hasta en sus dimensiones, se han encontrado con mucha frecuencia 
en Galicia. Parece que lo eran las que, en número no escaso, fundió el maestro campanero de Mondouedo, Ü. Fran- 
cisco Blanco Palacios, hace algunos años, y fueron halladas hacia Coubueyra y Marquide, dentro del distrito muni- 
cipal de esa ciudad. Lo es, si bien no en las proporciones, porque el sitio del mango en vez de ocupar la tercera 
parte del total del largo de la hacha no llega sino á la sétima, la encontrada en el puente de Coropó, cerca de Sal- 
vatierra, feligresía distante dos leguas de Tuy, en el partido de Redondela, recogida por el conocido abogado de 
Pontevedra Sr. Sancho, y ahora existente en el Museo Arqueológico Nacional. Debia serlo también aquella cuyo 
pedazo, comprendido entre el corte y las asas, se halló en el Faro de la Lanzada, cerca de la torre de Santo Tomó, 
en la ría de Arosa, y fué donada á ese mismo establecimiento por D. Juan Cuveiro. Y lo son las dos, que curiosa- 
mente encerradas en una caja de abenuz, se guardan en la que fué Real Armería (2), y fueron halladas en 1817 al 
practicar una excavación en territorio de la antigua provincia de Santiago, y remitidas al rey por el conde de Ma- 
ceda; las cuales tienen 11 pulgadas (255 milímetros) de largo, según el Catálogo impreso en 18G3, y están ambas 
completas, inclusas las dos asas de cada una y el extremo opuesto al corte,' por cuyo extremo se extiende el mismo 
borde que por los cantos: lo que no permite la suposición de que el sistema de adaptar el mango que se les aplicase 
fuese el de un palo abierto en que encajase el cabo de la hacha como una cuña (3). 

Otra hacha, encontrada en Castro de Rey y adquirida por Murguia, difiere bastante de las anteriores en la forma. 
Tiene el corte muy curvo y muy extenso, de 47 milímetros, siendo la largura total de la pieza de 134, y pertenece 
á la clase del scalper usado por los guarnicioneros romanos (4). 

Posible es que hachas con cubo fuesen las tres uñas cortantes, de las que, quien dá noticia de ellas (5), dice que 
se podían colocar en un mango, y que él , yendo de niño á caza , las encontró en un terreno arenisco , con otros obje- 
tos vendidos á un comprador de metales ambulante. 

De esos objetos formaban parte dos barritas de tres filos como bayonetas, así llamadas por la citada persona, que 
muy bien podrían ser puntas de lanza — cuspis — como la que se ve en la lámina, núm. 1. Esta fué encontrada en la 
Croa de Zoñan (6), comprendida dentro del término parroquial de Mondoñedo. Mide 205 milímetros de largo, y 
tiene 10 de ancho medio, y cubo de 15 para introducir en él la extremidad del asta. Más exiguas dimensiones tenia 
todavía otra de hierro, cuyo cubito de bronce con alas, hallado en Riotorto con las alhajas de que he hablado (7), 
está trabajado con tanta delicadeza como se observa en la lámina, núm. 15, y que, por no presentar hueco sino para 
una asta de solos 9 milímetros de grueso , ó sea una delgada vara , debió pertenecer á alguna ligera arma arrojadiza, 
dardo, venablo ó javalina, y muy posiblemente á alguna cateja de las usadas por galos y germanos, hechas con 
muy larga punta y muy delgada asta, las que arrojaban y volvian árecoger por medio de una extensa cuerda áque 



(1) Al dnr ostas noticias en el tomo r, pág. 365 del Museo, mi malogrado amigo D. Fernando Fulgosio, aba 
Isidoro, y abrazó la da lúa que piensan que. el nombre de f ramea no su aplicó á espadas, sino á linchas ; en opoüicii 
en su Diccionario de laa antigüedades griegas y romanas. Este autor dice do la /ramea, que era una lanza de que s 
como dardo, con referencia á Tácito (Germ, G). San Isidoro explica asi el significado de esapalabra: Framcavero (, 
vulgo spatltam vocant. Ipsa est el rompfiacea. Framea autem dicta, quia férrea est. Nam sicuí /erramentum , sic /r 
/ramea. (Etymol. Líber xvm, cap. vi, De gladiis, 3.) 

(2) Armario C, núm. 1722. 

(3) En el Museo Arqueológico pueden verse, al lado de algunas más hachas y de laa mencionadas (i 



donó la opinión respetable de San 
i también con la de Rich, espuesta 
servían los germanos como pica y 
adius ex utraque parte acitlus, quam 
mea dicüitr ac proinde omnis gladius 



de Coropó, quo fué donada por don 



, y la incompleta de 



izada con 3 b), otras siete, todas del género del scalper fábrile. Tres procedentes de Astú- 



incho Gutiérrez, i 

rías, y donadas por D. Remigio Salomón, de una sola asa y 21,20 y 15 centimeiros do largo, encontradas respectivamente en Cangas de Tineo, Cangas 
deOnía y Aviles (números 3, 4 a y 7). La que D. Manuel de Góngora halló en Sierra de Daza, de dos asaa y 21 centímetros, cuyo dibujo puede verse en 
la pág. 110 de sus Antigüedades prehistóricas de Andalucía (núm. 5). Y laa otras tres de ignorada procedencia, la una de ellas muy notable (númeroa 4, G 
y 8), de 25, 21 y 11 centímetros, que antes estuvieron en el Museo de Historia Natural. 

En el modesto, pero interesante Museo municipal do Porto, se conservan otras dos de la misma clase que las anteriores; launa hallada enCondomil y 
faldas do Morao en 1SG9, y la otra en la sierra de Santa Justa ao pe de Valloni 
pletns, y son designadas allí como celiis de la edad del bronce ó semítica. 
(4) Véase el citado Diccionario de Riel) , palabra scalper. 

i Santa Cristina de Yaleü 
inteligente labrador de t 
asa cantidad de 



u otra de cubo guardada con ellas. Todas tres tienen sua asas c 



(5) D. José González Alvarez , eu la pág. 

(6) La recogí de poder del anciano, ya difunto, 
aseguran sua convecinos que con ella topara no est 
aumento quo observaban en su fortuna, 

(7) Véase lo dicho sobre este hallazgo, en la pág. 



;. Pontevedra, 1857. 
se lugar, Ledo, quíe 



l algunc 



ntios que 



, atribuyendo á e 
Í48 del presente tomo del Museo. 



ucontrara; y del que 
írante laboriosidad, el 



ARMAS, UTENSILIOS Y ADORNOS DE BRONCE RECO GIDOS EN GALICIA, 



63 



las ataban, como un harpon, de cuyo género de armas dan noticia Virgilio (1), Silio Itálico (2) y San Isidoro (3). 
Ofrecen también, tanto la una de esas puntas de lanza como la otra, ciertas analogías con el vem de los sanmi- 
tas; mucho mayores que con las otras armas de ese mismo género del jaculum, así con la maleris céltica de ancho 
hierro, como con la /ramea germánica de punta corta, 6 con la tan temible falárica saguntina. Y quizas tengan rela- 
ción con las lanzas con puntas de bronce que Estrabon dice usaban los lusitanos y gallegos (4); con aquellas bri- 
llantes javalinas de que habla Virgilio (5); y con las lanzas que los romanos tomaron de los españoles, adoptando 
para ellas, se asegura, la denominación de la ciudad Lancia de los Astures, según Varron, citado por Aulo Gelio(6). 
En último caso siempre comprobarán el aserto de M. Le Hon (7) de que celtas é iberos usaron armas de bronce. 



III. 



Sobrepuja en importancia á todos los objetos prehistóricos ó que por tales pueden darse, encontrados en Galicia, el 
peregrino puñal que se ve en la lámina marcado con el número 8. Apareció en Noviembre de 1869 en la inmediación 
de la Pena grande , pedrusco granítico, aparente, de 700 metros cúbicos, que entonces fué volado para romper la 
carretera provincial que de Vivero ba de conducir á Meyra (8), y estaba situado bajo los Castres de Coubueyra, den- 
tro del distrito municipal de Mondoñedo ; manteniéndose este curiosísimo bronce tan fresco como en los días en que 
se usaba de él, a consecuencia de baber estado en un terreno arenisco, sustraído á la acción osidante del aire, y sin 
más que algunas picaduras de malaquita (carbonato-bidratado) y una muy estimable capa de patina (arrugo nobilisj, 
oxidación verde que en nada absolutamente modifica sú forma, y que le da un irrefutable carácter de antigüedad. 

Su hecbura es la de un pugio romano, y bien pudiera tomarse por la daga, de largo de un epühame — 9 pul- 
gadas ó 21 centímetros,— que se afirma usaban los lusitanos y los celtíberos. Tiene la hoja, que debió ser de 15 cen- 
tímetros de largo , y está faltosa de la punta , cubierta de finas y menudas rayas , muy unidas , paralelas y siguiendo 



Teutónico rüix solili lorqaere caldas. 

Su comentador Mauro Servio Honorato, el gramático, dice de eaa palabra; CateiAS Tela Gallica. ünde el (eutonicum rilum dixit. Cateiam quídam 

asserunt teli genus esse tale quale acudes sunt ex materia quam máxime lenta culiilus longitudine, iota fere claitis ferréis illigata, quam in hostem 

{aculantes Hneis quibus eam adncxiierant reciproca faciebant. Cateia autem linniia TJieosieca hasta; dicuntur. (P. Virgilü Maronis... bucolicorum Églogas x, 



Georgícorum Libri mi, üíneidoa Libri xxn. Et in ea Mauri Servil Honorati grammatic 
auctorca. Paríais, 16oo. 



. íintiqíii;- 



(2) Punieorum Lib. ni, vera. 277. 






.? (-«i ármala cateia. 



(3) 



Etimolog. Liber xvm, cap. vil De Jiaetis. 7 Clona est, qualis fuit Herculis, dicta, quod eit clauta ferréis 
longitudine. HffiO est cateia, quatn Horatins caiam dicit. Eat enim genus gallici teli es materia quam maxi 
grauitatem euolat: sed quo peruenit, vi nimia perfringit: quod ai ab artifice mittatur, ruraum rodit ad em 
(7 Aen. 741) dicens, Teutónico rita sollti torquere cátelas. TJude et eos liispaui, et galli teutonas vocant. 

(4) Liber ni, pág. 15-1, XoniiuUi tiinm lauda ¡dimitir, terca catpiíh.. Isaac Casaubou comenta esas palabras ce 
ge.ia Ilisjmnis propria. Nam qtti. gatioritm rtuttnlum essevolimt, quia dixit Virgilius... fahmtur itisi 
dedmsse Tómanos ab Híspame. Scio lamen gasa gallis tribuí a pkrisque scriptoribus. (Strabon: 
receuauit, &.'... 1587.) 

(5) Mu. Lib, vin , vers. 661 . 

Dúo quisque Alpina coruscan! 



lllH.'1'III 

e lenta 



mplaribus longe melic 



-eligata, et eBt cubito aemi 
qua; iaeta quidemuonlong 
íit. Euiua niemitiit Virgiliu 



abras con estas : Gruesa ¡iiteUiqil... sunt autem 
uíus fililí : <i¡<i libro VI autor csl ytcsoruin ttsum 
geographioarum, libri xvn. Isaac Cosaubouia 



(G) Noeles aUicoi, liber xv, cap. xxx id scriptuin eat in libro H. Varronis quarto décimo rerum 

dixiaset, esae id verbum üallienm ; hiitccain [¡noque dixit, non Latinum sed Hispan ¡cuín vevbum esae. 
y Jacobo Oiscl : Lanceam Hiapanicam case voccm tradit bic Varro. Sed et ipaum teli genua Hispanicu 
delatum haud dubiuui est. Imo non Hiapanis aolia sed omuibua pariter Celtia et rem et nomen quondam £u 
poteat, quod Siaeunn opudNonhvm, id teli genus Sucvis, Germanice genti, tribuat: Gallia materibus, Si 



vinarum quo in loco Varro, quum do potorrito 
o cual añaden los andadores Antonio Thysi, 
fuisse, ex Hispania in Italicam cum nomine 
fuisse communia, ex ¡nde baud vane diduci 
lis ctmjigunt. Et Diodorus Siculua 



I¡b. 5 Germanis aimul ac Gallis : Bastas jaciunt quas ipsi Lanceas aj'pellrint Hodioque adlmc nobis id teli genus lance dicitur, 
dicas lancearium militem. 

De la lancea dice San Isidoro, en el lib. xvm de las Etimologías, cap. Vil De hastis: est hasta, amtntvm habens in medio: dicla 
lance, id est , arqutdi amailti pondera vibraiur. 

(7) Consignado en la pág. 222 de la 2. a edición de su obra L'homme fossilc. 

(8) El destajista de esas obras me lo envió por mano del mismo peón que lo recogiera. 



do Landtsknechí , quasi 
utem, lancea, quia aequa 



64 EDAD ANTIGUA.— ARTE PAGANO.— INSTRUMENTARÍA.— PANOPLIA.— INDUMENTARIA. 

el perfil, ya recto, ya curvo, del contorno. La empuñadura adapta la forma de las llamadas de antenas y de estilo ó 
tipo de Hallstadt (1), y se asemeja mucho á la encontrada en Sion, asignada á la primera época del hierro y consi- 
derada como la pieza más importante de las halladas en esa sepultura (2), y también a la de hierro procedente del 
túmulo de Dórfiingen, publicada por Troyon y por Le Hon (3). Los cilindros en que terminan las antenas responden 
al mismo sistema ornamental aplicado á las torques, que igualmente se encuentra en una de las agujas de bronce 
halladas en Saboya (4). 

Esta forma de empuñadura de antenas encorvadas se dá como exclusiva de la primera época del hierro (5). Y á 
consecuencia de ser muy rara en Suiza, M. Desor de Neufchatel, y algún otro, han pensado que las de esa clase que 
allí se encuentran son producto de comercio extranjero y de fabricación etrusca; en conformidad con el sentir de 
M. le Barón de Bonstetten (6), de que la época del bronce, en el centro y en el Norte de la Europa, sufrió una influen- 
cia griega y etrusca , y de ninguna manera fenicia ; y con el de los que conceden que , por efecto de un movimiento 
desconocido, hubo por toda Europa un gran comercio, cuyo asiento industrial fué la alta Italia, en época anterior á 
los romanos: época que es muy esencial definir para no confundir dos edades harto distintas, y que, por la ausencia 
de moneda que se observa en ella , debe considerarse bastante anterior al siglo iv antes de J. C, en el que parece que 
los Filipos de Macedonia eran la moneda corriente en Europa. 

Esa opinión encuentra apoyo en los importantes descubrimientos verificados en Hallstadt y Sion, que comprueban 
que los suizos de tan lejana edad no esperaron á que los fenicios les proveyesen de armas de bronce, sino que se sur- 
tieron de ellas de sus vecinos los etruscos, los que, siendo hábiles fundidores los habitantes de Toscana y de la alta 
Italia, estaban en actitud de proporcionárselas con abundancia. Al mismo tiempo aparece en oposición con la mani- 
festada por el arqueólogo inglés Cornewall Lewis y por M. Nilsson , quienes, separándose de los que admiten la vio- 
lenta invasión de un pueblo oriental que sustituyó repentinamente en Europa la piedra con el bronce para la 
fabricación de armas y utensilios, atribuyen á los fenicios la introducción del bronce en Europa por medio de sus 
relaciones comerciales. Pero, en rigor, esa oposición no existe, porque es doctrina hoy ya muy recibida, que no hay 
que pensar exclusivamente ni en etruscos ni en fenicios respecto al origen de la civilización de la época del bronce 
en Europa , pues que existieron dos corrientes distintas en la Italia septentrional : la de los etruscos , y la de los feni- 
cios que llevaban el estaño de España, ó de las islas Británicas, por los siglos del xxi al xvn antes de J. C, 

Deesa doble comente dan testimonio las series de antigüedades de Suiza y las de Hallstadt en particular, que 
revelan las relaciones que mediaron con lostoscanos; así como, en los lerramares conteniendo objetos etruscos, está 
representada la fusión de ambas civilizaciones, verificada, por lo menos, en el siglo xu antes de J. C. Por otra parte, 
la influencia de los etruscos no se detuvo en la Suiza, sino que, en concepto de M. Desor, todos los países, hasta los 
del Norte, experimentaron en la época del decimoquinto siglo antes de J. 0. una especie de infiltración etrusca, pos- 
terior al conocimiento del bronce, recibiendo, ya que no los objetos fabricados, los modelos y los tipos. Además, la 
llamada Edad del bronce de suyo es algo oscura, y en tal manera que el conocido M. Vogt expresó terminantemente 
en el congreso internacional de arqueología prehistórica celebrado en Bolonia, que si ha habido una época del bronce, 
primitiva é independiente de la del hierro, debe relacionarse con un tiempo extraordinariamente antiguo; y en ese 
mismo congreso, M. Hildebrandt, de acuerdo con M. Worsace, expuso que, tocante á la Edad del bronce, hay que 
distinguir períodos, y que entre las formas que ofrecen los objetos en el Norte y lasque ofrecen en el Sur hay dife- 
rencias muy marcadas; haciendo observar, de paso, la gran dificultad que presenta el tratar en conjunto de la Edad 
del bronce, dificultad que se aumenta si se acude a la cronología, pues que en Italia, que tiene una historia muy 
antigua, no hay memoria de la Edad del bronce, mientras que en el Norte hasta los primeros siglos de la era cris- 
tiana no se reemplazó el bronce con el hierro. 

Muy en cuenta deben tenerse, y en tal concepto las he consignado, las anteriores consideraciones sobre las influen- 
cias artistico-industriales que se dejaron sentir en la Europa durante la época del bronce; de cuyas influencias parti- 



(1) Armas con empuñaduras de este tipo son las que figuran en las págs. 421 y 422 de la citada popular obra de Figuie 

(2) Véanse las págs. 37Í) y 380 del tomo VI de la revista Ma/crkm-.i: pow l' hiatoire primitiva et vaturelh de Vhomme. 

(3) Pág. 278 de la edición citada de su muy conocida obra. 

(4) Lámina xvni, núm. 53 del tomo vi de la revista mencionada. 

(5) Véase la pág. 379 y siguientes de ese mismo tomo. 

((i) Reaueil d'aníiquüés turnes, citado en la pág. 23U del tomo IV de esa misma revista. 






ARMAS, UTENSILIOS Y ADORNOS DE BRONCE RECOGIDOS EN GALICIA. 



65 



cipo España, y en particular Galicia, de una manera tan rara como difícil de explicar; en razón á que de esas 
influencias no parece que participó el centro de la Europa, y de ellas se encuentran impregnados los principales obje- 
tos de bronce hallados en Galicia. Más adelante se ofrecerá ocasión oportuna para volver á hacer observaciones de 
este mismo género. 

Volviendo al puñal, cuya forma ha dado lugar á que me detenga en tales consideraciones, hay que hacer notar 
una singularidad que ofrece muy digna de que se fije en ella la atención : la de que la espiga de la hoja, que atraviesa 
el mango, horadado al efecto en toda su extensión, hasta sobresalir (véase la lámina) por la parte inferior, la opuesta 
á la por donde penetra, en vez de ajusfar más ó menos exactamente al hueco del mango, entra y sale con grande 
holgura; no conserva resto, ni el menor indicio, de haber estado remachado ni sujeto por birola, y presenta visibles 
señales de rozamiento, indicadas en el brillo de sus aristas, no gastadas, sin embargo, como si el roce no hubiese 
sido muy fuerte, aunque continuado, cual el de sacarse y meterse muy repetidas veces la hoja del puño. Tal sin- 
gularidad deja lugar á la sospecha de si la facilidad con que entra y sale la hoja del mango , que permite separarlos 
con toda rapidez, al mismo tiempo que la hoja propiamente dicha ajusta cxactísimamente entre las alas del mango 
de la empuñadura , seria consecuencia de las funciones en que estaba llamado á figurar este puñal ; y hasta autoriza 
la suposición de siesta empuñadura seria destinada á recibir diferentes hojas, y aun usada por los sacrificadores en 
su horrible ministerio, pudiendo haber sido práctica establecida el ir sepultando puñal tras puñal en las entrañas 
de las víctimas, sirviéndose para todos ellos de una sola empuñadura, que no soltaría de su mano el llamado á des- 
empeñar tan repugnantes funciones (1). 

Otro puñal, faltoso de la punta como el anterior, y cuya hoja, que debió alcanzar hasta 20 centímetros, tiene perfil 
muy semejante á la de éste, fué hallado en la Croa de Zoñan (2), y puede verse en la lámina señalado con el 
núm. 2. Su empuñadura, que ha desaparecido, diferia esencialmente de la del encontrado en Coubueyra, según se 
desprende de la birola conservada al extremo del espigo, la que indica que debía ser de hueso ó de madera como 
las de algunas armas procedentes del lago de Neufchatel (3). 

Empuñadura muy semejante, casi idéntica, á la del puñal hallado en Coubueyra es la de hierro, que apareció en 
Riotorto y se ve en la lámiua marcada con el núm. 13 (4). Mal conservada , por efecto de la descomposición que sufre 
el hierro en el terreno y en la atmósfera de Galicia, deja, sin embargo, notar la estrecha analogía, producto evidente 
de las mismas ideas ornamentales y del mismo gusto artístico, que inedia entre ella y la otra de bronce, revelada 
así en las alas que abrazan la hoja y en las antenas en que concluye por el otro extremo, como en la hinchazón 
del centro del mango destinada á facilitar el manejo de esa arma, proporcionando una completa adaptación al hueco 
del puño cerrado. 

En una y otra de estas empuñaduras, todas correspondientes á las del tipo ó estilo de Hallstadt, hay que observar 
sus escasas dimensiones, y en particular, el reducido hueco, de solos 50 & 55 milímetros, limitado por las alas y las 
antenas , que dejan para el puño. De lo que se desprende , que indefectiblemente debieron ser destinadas á que se sir- 
viesen de ellas manos muy pequeñas, las mismas que manejaban las finas lanzas de que son ejemplares las arriba 
descritas, pues que las nuestras exigen para empuñar con comodidad un espacio de hasta 11 milímetros. 

Esa misma condición do empuñadura pequeña es común á otros objetos análogos encontrados dentro y fuera de 
España, así al puñal de hierro , conservado en el Museo Arqueológico Nacional hallado en Higes, provincia de Guada- 
lnjara, y á las espadas- mache tes encontradas en Almedinilla, cerca de Córdoba, por don Luis Maraver y Alfaro (5) 
(que, sin embargo , dejan un hueco para la mano, el uno de 75 milímetros y las otras de hasta 80, lo que permite que 
nosotros las manejemos con alguna comodidad); como á la curiosa espada, del mismo estilo de Hallstadt , hallada en Sion, 
de que puede verse un dibujo en la lámina 14 del tomo vi de la repetidamente citada revista Materiaux pour VHistoire 



(1) Én la pág. 3[) de mis A nlii/i/c</tiih.-: ¡.nititltir^as >/ f¿!tieas <lr llalicia, hice respecto de crío alcriiiia^ indicai/ioncu, remitiéndome á lo que pensaba 
decir al ocuparme de ente peregrino putial. 

(2) La recogí de mano do uno de los peones empleados en las excavaciones que emprendí en esa Croa en Setiembre de 1867, de cuyas excavaciones 
se dio estensa noticia en la Revista de Bellas artes, tomo II, pág. 209, y m, pág. (50, y en la francesa muchas veces citada. 

(3) Véase la obra de M. Le Hon, pág. 278. 

(4) Encontrada con el cubito da lanza y con los objetos de bronce que se citarán. 

(5) De una de ellas, con otros objetos companeros, soy deudor á ese entusiasta investigador. De éstas se hallarán dibujos en una de las láminas del 
tomo i del Museo. En esa misma lámina eBtá representado el citado puñal encontrado en Higes, cuya empuñadura ofrece el mismo elemento de las 
antenas representado por dos bolas. 

tomo iv. 17 



66 EDAD ANTIGUA— ARTE PAGANO.— INSTRUMENTARÍA.— PANOPLIA.— INDUMENTARIA. 

primü-ive et natureüe de Xhomme. En vista de lo cual se ha llegado á establecer como axioma (1) , que los hombres de 
la Edad del bronce debían ser de muy corta estatura; lo que aparece confirmado por la pequenez de los huesos encon- 
trados pertenecientes á ellos, que corresponde con la exigüidad de dimensiones, así de las empuñaduras como de los 
brazaletes. Y, como al mismo tiempo se reconoce por carácter propio de las gentes asiáticas la pequenez y delica- 
deza de la mano, pequenez que se observa en. los indios de nuestros días, cuyas manos delgadas y largas no exigen 
para las armas que usan sino empuñaduras que resultan pequeñísimas para nuestras manos; á menos que se recurra 
á la explicación , en lo tocante á nuestro caso poco admisible , dada por Maraver (2) , asignando esas armas de pequeña 
empuñadura á las tropas asiáticas auxiliares de las romanas que con estas vinieron á nuestra Península ; será forzoso 
convenir en que en un tiempo, probablemente inmediato á la conquista romana de Galicia, poblaban los amenos 
valles, las elevadas mesetas y las ásperas sierras de este país, gentes de corta talla, de origen asiático presumible, 
que quizás fuesen los fineses; cuya inmigración en Europa se hace posterior á la de los arianos y á la de los 
semitas (3). 

Armas de esa misma clase y de ese mismo tipo, que, por el número de las encontradas en reducido territorio y 
corto tiempo, no puede decirse que escasean en Galicia, es fácil que fuesen las de cobre que Verea y Aguiar (4) dice 
que D. José Lares, teniente capitán, maestro de labores de la fábrica de papel sellado en 1838, halló en una mamoa 
de Galicia ; de cuyas armas vio una el mismo Verea, en poder de D. Domingo Fontan, la que él consideró como un 
puñal del género macara. En cuyo caso, de ser tal macara, en el sentido y aplicación más admitida de ese nombre, 
debia diferir notablemente del tipo de las recogidas por mí , pues que la machara no tenia sino un solo corte , según, 
con referencia á San Isidoro (5), ha escrito Eich. 

A clase distinta pertenece la empuñadura de otro puñal, ó de una espada quizás, hallada en Riotorto, de la que 
no conservo sino el extremo, figurado en la lámina con el núm. 12; la que, además de su forma, ofrece de notable 
el tener adheridos considerables pedacitos de carbón procedentes , sin duda, de sus cachas quemadas , probablemente, 
con el cadáver de su dueño. Su forma es plaua, con remate recto y ancho, terminado por un cilindro en cada lado. 



IV. 



Con esta empuñadura y con las alhajas de oro de que anteriormente me ocupé, aparecieron en la Croa de Riotorto 
varios adornos y enseres de bronce , de gusto romano muy pronunciado é idénticos á muchos de los guardados tras 
las vidrieras del Museo Arqueológico Nacional. Todos ellos, lo mismo que la empuñadura de que acabo de hablar han 
pasado al estado completo de sub-óxido rojo y están cubiertas de verde carbonato. También aparecieron con las ricas 
preseas encontradas en el monte de Lago algunos objetos de bronce, de los que no se conserva sino uno en estado 
descriptible. 

Es este la curiosa fíbula señalada en la lámina con el núm. 9, de forma semiesférica , con un botón muy saliente 
en el centro. Su diámetro es de 25 milímetros, y su contorno está menudamente recortado formando un fino serrati. 
La aguja gira con libertad , sin muelle ninguno , por detrás , según indica uno de los dibujos. Cúbrela por entero 
estimabilísima capa de patina, revistiéndola de un carácter á todas luces auténtico, que haría de este objeto una joya 
arqueológica á ser perfecto, como no lo es, su estado de conservación. 

Otra fíbula, de hechura muy diferente, señalada en la lámina con el núm. 4, pertenece á los objetos que dejo 
dicho se hallaron en Riotorto, en el mismo paraje que las torques de oro. Redúcese á un anillo, que deja un hueco 
de 25 milímetros , y tiene sección circular y grueso de 4 milímetros en su centro, desde el que adelgaza hasta que- 



(1) Le Eoq, L'hommefossilñ, pág. 253 de la 2. 1 edición. 

(2) Meeisln <lc lidia* nrli'S ¿ hUtíirko-ar'jtíO'iuijií-a . lomo II, pág. 323. 

(3) Véase la ya repetidla! mámente citada revista Materiuux, tomo vm, pág. 297. 

(4) SUtoria de Galicia, Parte i , única publicada, pág. 138. 

(5) Etymolog. Liber xviii, cap. vi De gladiis, 2 Muero non tantum gladii est, sed et cuiuslibct teli 

graeci longum dicuut: bine et macliaera. M'ttr.haem ¡niluin cbí giadnis lengua ab una parte acutus. 



dictus a longitudine. Nam ututfi» 



ARMAS, UTENSILIOS Y ADORNOS DE BRONCE RECOGIDOS EN GALICIA. 



67 



dar en 2 en los extremos , los que se tocan formando círculo completo , y tienen revueltas las puntas con una perilla 
en cada una. La aguja, que no se ha conservado, giraría todo alrededor, como en las otras fíbulas de esta misma 
clase, muy abundantes entre las conservadas en el Museo Arqueológico Nacional, procedentes del sitio en que se 
cree estuvo la antigua Intercatia , en Paredes de Nava , provincia de Palencia. Con ella apareció otra fíbula ó broche 
muy incompleto y de muy escasa dimensión, que lleva en la lámina el núm. 11. 

Compañero de estas fíbulas, y hallado en el mismo sitio que ellas, pero algunos meses antes, es el inaures, figu- 
rado en la lámina con el núm, 6, cuyas dimensiones, nada escasas, alcanzan á 55 milímetros de radio. Tiene ambos 
extremos bastante punteagudos , destinados á ser introducidos el uno por el agujero de la oreja, y el otro por el del 
pendéloque ó verdadero pendiente — stalagnium, — y el canto está todo él adornado de trazos hechos al buril, for- 
mando una suerte de gallones rudimentarios. Ofrece cierta notable semejanza con uno de los brazaletes hallados en 
gran abundancia en Sion (1). 

Idéntica procedencia tiene también un tosquísimo anillo hecho de una tira de bronce de 2 milímetros de grueso y 
6 de ancho, groseramente revuelta, sin acabarla de cerrar más que lo suficiente para que no se desprendiese del 
dedo. Este anillo es muy parecido á los encontrados en los dólmenes de la Lozere, de los que puede verse un dibujo 
en la tan á menudo citada revista Maleriaux poicr l 'Msíoire primitiva et naturelle de l'homme (2). 

Del mismo paraje proceden, en fin, la cucharilla, de forma bastante común, marcada en la lámina con el nú- 
mero 3, y la asa de vasija, que lo está con el 5, no más rara que el otro objeto, prismática y con los extremos 
revueltos y terminados en otros prismas con molduritas menudamente cinceladas , del mismo gusto que los de la 
fíbula anular hallada con ella, y muy parecidos á la cabeza de un alfiler — acus crinalis — encontrado en los lagos 
de Suiza y publicado en la popular obra de Figuier (3) , tomándolo de la Memoria de M. Desor sobre los palafitos 
de ese país. 

Réstame hablar de dos muy peregrinos objetos, de bronce también, y encontrados dentro de la zona en que han 
sido hallados todos los otros referidos. 

Es el uno la concha de bronce, que lleva en la lámina el núm. 10, y apareció en Marzo de 1868 al tiempo de 
plantar un patatal abajo del Chao de la Croa de Zoñan y encima del camino que por allí sube, en sitio muy inme- 
diato al ya citado, en que se hallaron la punta de lanza y el puñal de que dejo hecha la oportuna mención. Mide 56 
milímetros, está cincelada con algún esmero, tiene un funículo representado en su borde, y tres agujeros destinados 
sin duda alguna á sujetarla á la coraza ó á coserla al traje. Su forma es la del pecíemjacobeus, y su destino debió 
ser puramente ornamental y el de especie de venera ó verdadera /'alera (4) . 

El uso de adornarse con conchas data de tiempos muy remotos. Pertenecientes, según Mr. Mortillet (5), á dos 
diferentes especies, cypreapyrum ó rufra, y cyprea lurida, se hallaron hasta una veintena, atravesadas de incisio- 
nes, como habiendo servido para adornar un traje, y diseminadas por parejas, dos sobre la frente, una en cada 
húmero, cuatro en la región de las rodillas y dos sobre cada pié de un esqueleto , asignado á la edad del reno , des- 
cubierto en Laugerie-Base (Bordona). Varias poseía el citado Mr. Mortillet en su colección, agujereadas en el 
nates (6). Agujereada también por la misma parte ha sido hallada alguna en el ya famoso cerro de San Isidro de esta 
ex-corte (7). En una de las sepulturas de Solutré, pertenecientes á iberos y celtíberos, apareció, al decir de nion- 
sieur Ferry (8), un cadáver con una concha de peregrino agujereada asimismo por dos partes junto al nates, como 
para suspenderla. Y , en fin , en la estatua del antiguo guerrero gallego conservada en Viana, ya citada (9), se ve una 
concha sobre el escudo. 

Además , el grandísimo uso de conchas hecho hasta nuestros dias por los peregrinos jacobitas, y la curiosa leyenda 



(1) Véase dibujado en la pág. 378 del tomo vi do los Materiaux pour rhistoire de VUmme. 

(2) Tomo v, pág. 325. 

(3) Pág. 352. 

(4) El bracero que la recogió de entre la tierra aseguraba que junto á ella babia otra igual, que no recogió también por no considerarla digna de que 
el so tomase tal trabajo. 

(5) Véanse las últimas entregas publicadas, pág. 227 del tomo vm de los Maleriaux. 

(6) Maleriaux, iv, 26. 

(7) Véase la monografía sobre lo prehistórico español, por el eminente geólogo D. Juan Vilanova y Piera, publicada en el Museo 

(8) Maleriaux, iv, 105. 

(9) Al tratar de las torques me ocupé de esta estatua y de ana semejantes colocadas en el jardin del palacio de la Ajuda en Lisboa. 



68 EDAD ANTIGUA.— ARTE PAGANO.— INSTRUMENTARÍA.— PANOPLIA.— INDUMENTARIA. 



en. que la tradición religiosa pone el origen de tal uso , acreditan bien cuan antiguo es en el país , y qué arraigado 
estaba en él, el empleo de las valvas como adorno personal. 

El otro no menos peregino objeto de que atrás be becbo indicación, es una muy rara vasija — caldero le llamaron 
sus bailadores — encontrada en un punto llamado Cbao de Curras, en las faldas de los montes que limitan por NO. 
el Valle de Oro (en el que bay tantos y tan notables castras), y caen sobre las parroquias de Alage y Budian, por 
unos canteros en el verano de 1871 (1) al tiempo de arrancar piedra granítica, allí muy abundante; quienes en el 
mismo momento de encontrarle le redujeron á menudos pedazos, siguiendo la fatal y por desgracia tan general cos- 
tumbre, propia de los que topan con cualquier género de antiguallas cuya importancia no se les alcanza , y efecto, 
más natural que disculpable, de la cólera que les despierta el rápido desengaño experimentado al ver de golpe des- 
vanecidas las esperanzas de baber tropezado con un valioso tesoro , ligeramente concebidas por su codicia en el mo- 
mento de encontrar cualquier objeto extraño. 

El gran número de esos pedazos que conseguí reunir me ban permitido, auxiliado por las noticias suministradas 
por los que vieron completa tal vasija, formar exacta y cabal idea de su forma y detalles ornamentales. Era, en 
efecto , una vasija de becbura que autorizaba á tomarla por caldero, pero con destino nada más que ornamental, pues 
que estaba rellena, ó mejor dicbo, fabricada sobre una alma de cierta sustancia metálica y terrea, compuesta de escorias 
muy amarillentas y consistentes, adberida fuertísimamente á las paredes, finas en extremo, de la vasija. Medía 30 
centímetros de diámetro en su boca, poco menos en el fondo, por ser cónico, casi cilindrico, y algo más de altura. 
Aparecía becba de muy delgadas láminas de^bronce batido, revueltas con gran babilidad y claveteadas en sus uniones, 
pero no soldadas , cuyo procedimiento se dá como desconocido en los tiempos prehistóricos; figuraba tener tapa semi- 
esférica con una sobretapa adornada de muy menuda y sencilla labora manera de clavitos prismáticos ; y estaba pro- 
vista de un grueso reborde cilindrico en la boca, formado con varias capas de bronce sobrepuestas, y de él nacían dos 
fuertes argollas de latón, en las que entraba el asa, adornadas de una suerte de faldones muy galanamente orna- 
mentados de labores en relieve, representando espirales y porciones de circuios concéntricos, y rodeados de fajas funi- 
culares, que también se grabaron todo alrededor del borde de la fingida boca, como se ve en la lámina (núm. 14). 

En su conjunto y composición ofrece esta vasija notable similitud con una de las encontradas por cientos en las 
sepulturas de Hallstadt , considerada como de la primera época del bierro y publicada por Figuier (2), y ofrece muestra 
no menos evidente que la suministrada por el puñal bailado en Coubueyra, de la infiltración de ideas artístico- 
industriales propias de los países del Norte, que experimentó Galicia en el tiempo en que los objetos de bronce de 
que abora me ocupo y los de oro de que antes me be ocupado estaban en uso, revelada en la forma y adornos de 
esos objetos. Los de esta vasija ornamental presentan semejanza muy pronunciada con los que llevan lashacbas pro- 
cedentes de Escania y Fionia (3), recogidas en Stokolmo y en el Museo de antigüedades de Copenhague ; alguna de 
cuyas bacbas está también rellena ó formada de finas láminas de bronce sobre una alma terrosa, y no pudo tampoco 
tener otro destino que el ornamental. 

Ese género de adornos es muy característico de las antigüedades de los países septentrionales. En Finlandia , por 
ejemplo, se ban encontrado espadas y celíes adornados de espirales, que tienen un origen escandinavo muy evidente, 
y que deben pertenecer á la primera época de las dos en que MM. Nilson y "Worsoa han dividido los monumentos 
escandinavos de la edad del bronce, marcados por diferencias muy notables; pues que los de la primera aparecen 
todos fundidos, muy elegantes, y adornados de dibujos lineales y de espirales grabadas en el molde; y los de la 
segunda fundidos también, pero menos elegantes, con señales de que el martillo estaba en uso, y con los adornos de 
círculos concéntricos principalmente, grabados en el metal (4). 

Antes de dar por terminada la reseña de los objetos de bronce procedentes de los castros de Galicia ó de sus inme- 
diaciones, be de decir dos palabras sobre los objetos férreos de la misma procedencia. Las condiciones geológicas y 
crimatológicas de Galicia son en gran manera desfavorables para la siquiera mediana conservación de los objetos de 
esa materia. Así es que, aun cuando llegan á muchos los hallados en ese país, y no á pocos los curiosos que yo he 



(1) Uno de esos canteros fué Moas , muy conocido 

(2) Pág. 428, fig. 264 de eu conocida obra. 

(3) Materiaitx, vi, dibujos en las págs. 132 y 228. 

(4) Maíeriawc, vm, 174-178 y 2EI6. 



ARMAS, UTENSILIOS Y ADORNOS DE BRONCE RECOGIDOS EN GALICIA. 



reunido, el estado en que la mayor parte de ellos se encuentran es tan sensible, que no permite entrar en su des- 
cripción ni hasta comprender su destino. De todos es el más notable la empuñadura de que atrás he hablado, encon- 
trada en la Croa de Hiotorto , y reproducción fiel de las formas propias del tipo de Hallstadt usadas para las de bronce . 
Compañeras suyas, halladas con ella en Eiotorto, son unas que parecen tijeras, 6 abrazadera de la Taina de una 
espada, y un grueso regatón que debió pertenecer a lanza nada pequeña, si es que no a un puntiagudo bichero, allí 
también encontrado. Tiene este bichero figura que nada ofrece de singular, idéntica á la de los usados en el día; es 
largo hasta de 24 centímetros, y está doblado formando ángulo como de 45 grados por su mitad, con un grueso en 
la boca del cubo en que encajaba el palo, que quedaba atravesado por un clavo que aún permanece, de 3 centíme- 
tros, y disminuyendo desde allí hasta empezar la parte revuelta que no tiene en toda su extensión sino uno. 

En estado algo menor de descomposición aparecieron en la Croa de Zoñan el mango de un strigilis de los comu- 
nes, revuelto y ofreciendo alguna analogía con el broche que adornaba á un esqueleto descubierto en el Chatellet 
del valle de la Barcelonette (1) : uno que parece candelero , y que quizás pudo haber servido de pito ó instrumento 
músico análogo, compuesto de un cilindro hueco, de 21 milímetros de diámetro y 84 de largo, con uno de sus extre- 
mos provisto de un asa en forma de anillo de 29 milímetros de diámetro, y el otro aplastado, intencional ó casual- 
mente, pero en disposición tal, que pudiera tomarse por la boquilla de un silbato: restos de la empuñadura, nada 
pequeña de una espada: clavos grandes, y otros pequeños como tachuelas de gruesa cabeza encajados en una tira 
también de hierro , que pudieron haber tenido muy diversos destinos ; así guarnecer un escudo como adornar un cin- 
turon, por la gran semejanza de hechura y disposición que ofrecen con los de bronce que tuvieran tal destino encon- 
trados en el cementerio merovingio de Bnvermeu que por sí sólo forma un pequeño museo franco con los diversos 
objetos que ha suministrado (2). De entre estos, ya que he tenido ocasión de citar ese paraje, no he de pasar en silencio 
los hilos de oro arrollados constituyendo fragmentos de verdaderas torques, como la revestida de alambrito encon- 
trada en Eiotorto; ni tampoco la circunstancia de ofrecer ornamentación muy semejante los tiestos de antiguas vasijas 
hallados tanto en el uno como en el otro punto, en Envermeu como en Eiotorto, que, unida á las otras dos, eslabona 
la generación de las ideas y del gusto artístico de los objetos procedentes de un punto con los procedentes del otro, y 
reclama para los nuestros una fecha tan reciente relativamente como la asignada á los envermeunses. 



Las indicaciones que acabo de hacer, ponen ya en camino directo para entrar en consideraciones y razonamientos 
sobre la época á que pueden pertenecer, así los objetos de oro de que en otra ocasión hablé, como los de bronce de 
que ahora me ocupo. 

La compañía de otros de hierro con que aparecieron los de esos metales hallados en Riotorto, excluye desde luego, 
todo idea de prehistorismo . Marca , no obstante , el empleo de armas y enseres férreos la postrera etapa de los tiempos 
llamados prehistóricos , y so quiere , por algunos , referir la denominada primera época del hierro al último periodo de 
la Edad anterior, caracterizado por aparecer los objetos de ese metal reproduciendo exactamente las formas de los de 
bronce. Pero la Edad en que comenzó á usarse el hierro penetra por entero, en el común sentir, dentro del cuadro 
de la Historia propiamente dicha; hasta el punto de que M. E. Martin pretende que se la designe con el nombre de 
Jídad gala; por razón de que al introducirse, ó comenzar á generalizarse, el trabajo del hierro dominaban los galos, 
6 celtas, en toda la Europa occidental. 

Sin embargo de esto último, por lo que á Galicia toca, como ya en diferentes ocasiones lo he consignado, la Edad 
del hierro , ó por lo menos su primera época, pudiera mirarse como efectivamente prehistórica; en atención á que las 
noticias que de ese país se tienen anteriores á la conquista romana, verificada bajo el imperio de Augusto, no cons- 
tituyen , eu rigor, un verdadero cuerpo de historia. 



(-1) Puede vera, un dibujo de di eu 1. curioa. Memoria Elude aniahyiqm a „r V M,u, , 
y de él ee ocupa Chappuia, autor de esta Memoria, en la pág. 51. 

(2) Véase la interesante obra atráa citada del abate Coebet, en la púg. 131. 

TOMO IV, 



■ !e •caliée, <h la líairfílonetle á Vípoqm celtique, 



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70 EDAD ANTIGUA.— ARTE PAGANO.— INSTRUMENTARÍA.— PANOPLIA.— INDUMENTARIA. 



Dejando á un lado la no muy interesante cuestión de nombres, quedarán como puntos fijos de partida, el que, 
adornos de oro, de los más toscamente trabajados y de más sencilla composición y rudimentaria forma, ban sido 
encontrados en Riotorto acompañados con objetos de hierro y con otros de bronce de industria romana muy caracte- 
rizada; y que idénticos adornos bah aparecido en Masma, con otras alhajas trabajadas con singular delicadeza, 
arguyendo un perfeccionamiento muy adelantado en el arte de la orfebrería. Por otra parte, la empuñadura de 
hierro y el cubito, de bronce, de punta de javalina, hallados en Riotorto, establecen relación estrecha entre los 
objetos procedentes de ese punto, el puñal encontrado en Coubueyra, y las armas y enseres recogidos en la Croa 
de Zoñan. 

Ligados, pues, resultan estar entre sí, por los caracteres que ofrecen , la gran mayoría de los objetos de que me 
he ocupado, así de oro y de bronce como de hierro. Los restantes, aun cuando no relacionados tan intimamente con 
los otros, no dejan de ofrecer las suficientes indicaciones para poderlos estimar como compañeros y contemporáneos 
suyos. La cabal similitud que las hachas ó celts ofrecen con el scalper fabrile romano, autorizan á que se las consi- 
dere como producto de la civilización del pueblo-rey: si bien no adaptan la forma de cubo para recibir el mango, 
que es la más común en los países del Norte durante la segunda época del bronce y fué desconocida en la primera; 
por lo que pudieran asignarse á esa primera época , durante la cual existieron frecuentes comunicaciones entre los 
países septentrionales y los meridionales. Y la vasija de bronce, además de presentar analogías muy marcadas en 
sus elementos ornamentales con los de la concha hallada en Zoñan , tanto por su destino que por sus labores , puede 
acercarse á nosotros algo más que la época romana. 

El gusto por esta clase de objetos ornamentales pendientes, para los templos en particular, está suficientemente 
comprobado que alcanzó boga en los dias de la esplendorosa monarquía visigoda. Dignas son de tenerse en cuenta 
las analogías ofrecidas por los objetos hallados en el cementerio merovingio de Envermeu con los nuestros. La afición 
á cubrir toda clase de objetos de labores espirales y funiculares, cual las que llevan la concha y las argollas de la 
vasija, está muy reconocida como propia de los artífices latino-bizantinos. Y la profusión de adornos, monedas y 
enseres sagrados y es-votos de oro en esa época, resulta acreditada con esceso por los valiosos descubrimientos reali- 
zados desde hace algunos años. 

Pero labores de esa misma especie espirales y funiculares, las ostentan objetos, como atrás indiqué, que si no 
pueden llamarse prehistóricos, puedeu llamarse pra-romcmos , muy abundantes en los Museos del Norte de Europa, 
y reproducidos, con tanta frecuencia, en las láminas de todas las obras que tratan de esta clase de antigüedades, 
que me creo dispensado de citar ninguno. 

En ese género de labores, donde predomina el gusto por las líneas espirales, no puede, por tanto, buscarse sólido 
fundamento para asignar con fijeza una fecha determinada al objeto que las ostenta. La abundancia de objetos de 
oro , tan propia es de la época visigoda como de los tiempos prehistóricos ; y la presencia del hierro los arguye muy 
próximos relativamente , mientras que la composición del bronce llama por los prehistóricos : tampoco , pues , en la 
clase de la materia se encuentra dato concreto y decisivo. Y si se acude á los caracteres, no se descubre en ellos, en 
particular, sino rareza en las formas ; representada por un elemento , que así se aplica como motivo ornamental , 
á la empuñadura de una arma, como entra por sí solo á constituir un adorno personal, y que tan pronto se reduce 
á las antenas de un mango, como se extiende á un rico collar, ó á un brazalete. 

Resulta, por consiguiente, que cuanto puede deducirse es, que si esas formas, poco comunes, no encierran un 
carácter especial propio del pais, representan una influencia de las del Norte sobre Galicia, que no se dejó sentir en 
el centro de la Europa, ni quizá en el resto de España, y que, de permitirlo la pequenez de las empuñaduras , sólo 
pudiera explicarse cumplidamente refiriéndola á los normandos que visitaron con frecuencia, durante más de dos 
siglos — del ix al xi, — las costas de Galicia y que hicieron mansiones duraderas en su interior. 

Sin entrar, no obstante, en un examen detenido, según antes manifesté , de las localidades , (que han sido siempre 
los castros, y cuando no sus inmediaciones), en que los objetos así de oro como de bronce se han encontrado con los 
de hierro , no puede decirse nada decisivo sobre el tiempo de que datan y la civilización á que pertenecen las armas, 
utensilios y adornos de que me he ocupado (1). 



(1) De los castivs f;n llecos he. de ncupann 



:i tO'ic retenimiento u 



a AnHijHi.Jiidca prclñ^tórirna y /■¿/tiras rh Galicia. 



ARMAS, UTENSILIOS Y ADORNOS DE BRONCE RECOGIDOS EN GALICIA. 



71 



Bastaráme, para concluir, consignar una sospecha: la de que si los abundantes objetos descubiertos en tantos 
parajes, y en especial los bailados en Riotorto y en Masma, provendrán, mejor que de sepulcros celto-romanos , ó 
de ocultados depósitos de alhajas sagradas, suevo-visigodas , de tesoros reunidos por los normandos, amontonando 
con los objetos traídos por ellos, todos los que pudieron haber á las manos, aplicables al adorno de sus personas, 
valiosos y estimables, tanto por su materia como por su trabajo, y producidos por la civilización prehistórica ó cél- 
tica, por la romana, y por la sueva-visigoda. 



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■■I 



DE LAS ÁNFORAS EN GENERAL 



DE ALGUNAS ÁNFORAS 



EXISTENTES 



EN EL MUSEO ARQUEOLÓGICO NACIONAL, 



DON FLORENCIO JANÉR, 



; LA SOCIEDAD ECONÓMICA DE AMIGOS DEL PAÍS DE GRANADA. 




Como grandes vasos de uso general en todas épocas entre los griegos, los feni- 
cios, los egipcios y los romanos, para encerrar el vino, guardar el aceite y la miel, 
y también granos de diversas especies, clasifican los arqueólogos las ánforas (am- 
phom, a^iCí, awpwW, no dedicando ciertamente á su descripción demasiadas 
páginas, como si no pudiesen ofrecer también interés para conocer el arte en 
la antigüedad, unos artefactos que no recibían notable variedad en sus formas, 
ni eran objeto de la predilección de los pintores (2). Pueden reducirse verdadera- 
mente sólo á tres las formas principales que recibían las ánforas de manos de 
los alfareros antiguos. La forma elevada, con asas largas á cada costado, pero 
ensanchándose sobremanera hacia su parte inferior; la forma elevada ensanchán- 
dose en la parte superior con pequeñas asas, ó "bien siendo de arriba ahajo de 
igual diámetro, y la forma baja y más ancha, aunque presentando siempre las 
i extremo inferior una gran punta, para ser hundidas en la arena de las bodegas, ó colocadas sobre un 



(1) Ánforas romanas que forman parte de la colección que se conserva en el Museo Arqueológico Nacional. (Altura de 1,1G, á 0,86). 

(2) En efecto, la generalidad de los autores que se ocupan de las ánforas griegas y romanas, son por demás concisos en sus descripciones. Hé aquí lo 
único que Smith y Bich han dicho acerca de estos importantes utensilios : 

Amphoha (áiifoosij), a vesBel used for holding wine, oil,honey, etc. The following cut representa amphoiae in the British Museum. They are of 
various forma and sizes ; in general they are tall and narrow, with asmallneck, and abanóle oc each side of the neck (whencethe name.from iu.»!, on 
loth sides, and tfifa, to carry), and terminating at the bottom in a point, which was let intu a stand or stuek in the ground, so that the vessel stood 
upright: several amphorae liave been found in this position in the cellars at Pompen. Amphorae were commonly made of earthenware. Homer mentions 
amphorae of gold and stone, and the Egyptians had them of brass; glass vessels of this form have been found at Pompeii. The most common use of the 
amphora, botb among the Greeks and the Romans,waa for keeping wine. The cork was covered with pitch or gypsum, and (among tbeRomans) on 
the outside the title of the wine was painted, the date of the vintage heing marked by the ñames of the consuls then in office; or, when the jars were 
suspended from them , indicating these particulars.— The Greek amphoreus and the ítoroan amphora were also ñames of fised moasures. The amphoreus, 
which was called metretes ((¿et^tAs) and cadus (xaSos), was equal to three Koman urnae=8 gallons, 7,365 pints, imperial moasure. The Koman amphora 
was two-thirds of the amphoreus, and was equal to 2 nrnae=B congii=to 5 gallons, 7.577 pints; its solid content was exactly a Eoman cubic foot. 
(A Smaller D&tionary uf Greek and Eoman Antiouüies. Bij WüUamSiiiith, Ll. D_—Londim 1853.) 

Amphoka ( au.oof tii). Large vaiseau depotene, avec une anse des deux cotes du cou, et terminé en pointe: il pouvait se teñir droit bí on l'enfoncait 
dans le sol ou rester immobile si on Pappuyait siniplement á. une muraille. II servait surtout á teñir du vio en reserve; et la petitesae de son diamétre, 
comparée avec sa hauteur, montre qu'il fut inventé pour contenir une grande quantité de liquide et n'occuper que peu de place. La gravure représente 
deux ampbores de la forme la plus communo, Tune enf oncee dans le sol, l'autre appuyée á une muraille, telles qu'on en trouva ú 1'ompéi ; elle montre 
aussi la maniere dont out les transportait de place en place. Elle est prise d'un bas-relief en terre cuite qui fonnait l'enseigne d'un mareband de vin ¡i 
Pompéi. (Dictionaire des Antiquités nmaiute et yrceques , par AnOiony Sich. — Faris 1861). 









74 



EDAD ANTIGUA.— ARTE PAGANO— CERÁMICA. 



pequeño pedestal ó basas de madera ó de piedra agujereadas. Estas ánforas eran comunmente de baTro muy bien 
cocido, para poder conservar en ellas los líquidos largo tiempo, como hoy sucede con nuestras grandes jarras, los 
toneles y cubas destinadas al mismo objeto, y su medida general alcanzaba cerca de 2 metros ó más de altura, y 7 
ú 8 decímetros de diámetro, aunque éste variaba según su forma. La pasta de que estaban formadas estas grandes 
piezas, era mucho más densa y fuerte que la de los demás utensilios de barro y de arcilla, usados por los indicados 
pueblos. 

Hemos dicho que estos vasos de tan grandes dimensiones, no eran objeto de la predilección de los pintores, por- 
que como las ánforas propiamente dichas, servían sólo para conservar líquidos ó cereales en almacenes, en bodegas 
y en sótanos, no permitían dibujos ni adornos, que no hubieran podido ser vistos en semejantes sitios, y por lo 
mismo resultaban completamente inútiles (1). Homero llama á la ánfora ¿iupifopCs, y este nombre, observan justa- 
mente Ch. Daremberg y Edm. Saglio, indica un carácter señalado como esencial para los comentadores, en la forma 
de este vaso (2) ; y en efecto , las dos asas por medio de las cuales podían ser las ánforas trasladadas de un lugar á otro , 
les dan una fisonomía especial entre los vasos de diversas clases que se conservan en los museos. A pesar de ser 
diversas las formas y dimensiones de las ánforas, ó mejor dicho, de las grandes jarras ó vasos llamados ánforas, y 
de considerarse por muchos como ánforas toda clase de receptáculos de barro, propios para contener líquidos y 
cereales, poco á poco la costumbre ha ido fijando aquel nombre sólo para los de formas estrechas y prolongadas. No 
es esto decir qne los antiguos no tuviesen mil diversas clases de vasos y de utensilios de barro de diversas formas, 
no sólo para la conservación de líquidos, sino para sus mesas y banquetes, como platos, fuentes, copas , jarros, etc., 
y no sólo de arcilla, sino de otras materias preciosas, como plata y oro. A tanto llegó en este género la indus- 
tria, el lujo y la habilidad de los artífices griegos y romanos, que en Coptos se hicieron vasos de barro cocido mez- 
clado con mirra y otras materias aromáticas, asegurándose que quitaban al vino sus cualidades embriagantes. Debe 
suponerse que las sustancias olorosas se introducían en la pasta absorbente, después de cocida, porque ninguna 
sustancia hubiera podido resistir la temperatura del horno sin evaporarse, por débil que hubiese sido. Y esta 
circunstancia, que probaría cuan necesaria era la permeabilidad de éste género de barro cocido, se aviene mal con 
los diversos usos domésticos á que se dedicaban muchos de estos vasos. Los llamados orea, por ejemplo, estaban des- 
tinados para la salazón, pero las ánforas recibían lo mismo, como ya hemos indicado, sólidos que líquidos. No sólo 
servia su extremidad puntiaguda ó cónica para hundirlos en la arena, sino que debiendo fermentar el vino en ellas, 
bajaban al fondo y permanecían allí reunidas las heces. Cuando era necesario, cuando el vino quedaba completa- 
mente clarificado por estar en reposo, se le sacaba cuidadosamente con pequeños jarros, ó bien por medio del sifón, 
para que no se removiese lo más mínimo. Estos grandes vasos, cuyo uso no es dudoso, continuaron hasta la caída 
del imperio romano siendo preferidos á los de otras formas, pues también los había esferoidales, ya para tener agua, 
aceite, aceitunas ó granos, por el estilo de las tinajas españolas. 

Las ánforas de formas más ó menos puntiagudas, ya griegas, ya romanas, servían principalmente para colocarse 
de pié en la arena, como se ve en el dibujo de una bodega descubierta en Roma en 1789, en donde se conservaba 
todavía una larga hilera de ánforas colocadas de este modo, encontrándose de ellas ejemplares en casi todos los 
museos, pues su hallazgo es común en todas las excavaciones. En Pompeya aparecieron también ánforas colocadas 
en su posición habitual, y fragmentos de ellas, ó ejemplares más ó menos completos, han solido hallarse en dife- 
rentes puntos. El bey de Túnez, envió al Museo Británico, hace algunos años, una de estas grandes jarras ó ánfo- 
ras de grande dimensión, destinadas á la conservación del vino, que habia sido encontrada en el territorio de la 
antigua Cartago. Los anticuarios ingleses creyeron poder determinar, por los nombres de los cónsules Longíno y 



(1) Les rases listines á. ren/'caner le-' liquides sout plus coimus el plus importauís aussi pour la con un i san ce- i!<: 1'nrt antique. Le bois n'y fut employé 
que pour ceux á l'usage des habitante de la campagne; les plus communs étaieut en terre cuite et en metal (broune coriutbien, argent ciseló), qni so 
trouvaient aouvent alternativement employés a la coufectiou du meme vase, auivant la fortune da possesseur. L'usage particulier auquel lo vasa était 
reservé en déterminait la forme; nona admettona les principaux genres Buivants: 1. vaaea qui doivent, pour un certain tempa, recevoir dea quautítéa de 
liquide considerables, que l'ont peut y puiscr en auite enpetite quantité, disposés de maniere ¡i se teñir droit au centre d'une table servio pour un repas; 
la formo élevée. spacieuse, tréa-laxge da l'ouvertnie da vase répondait & la destínatíoo de l'espéce de vnse h melanger les liquides, nominé xparñt, etc. 
Archéoi.OGIE. ( Encycleipédie-RoreL — París 1841.) 

(2) DictUmiialrc des aid.iquitcs qrecqu.es el rnmaim-s d'apeis les íceles el les miinuments , con timad rexplícatioii di s termes qui se. rappvrtent aux monrs, aux 
insti/ufions, a la reliqi.in, ¡aix arts, aux- seiences, au cosíame, au mubiliee , n ¡a guerre, á la marine, aux méliers, aux ■mmuiaies, pidds el mesures, ele, cíe, et 
en general d la vie publique, el pricee des aldeas. Oucraije rc.ilhjé. par une sucietr d'éerkaius nqieciaux, d'arehéul.njue.s et de pr'ifes--:curs ¡■iiis la ch.recíion ele 
JO/". Oh. Daremberg el Edm. Saglio et enríe!, i ele. :-,.ÜW jujures d'aprés Vunlique, — París. Librairic JTacliaíle. 1873. 



ÁNFORAS GRIEGAS Y ROMANAS DEL MUSEO ARQUEOLÓGICO NACIONAL. 



75 



Mario, inscritos sobre su parte exterior, que aquellos vasos habían sido fabricados en el año 105 antes de la Era 
cristiana. En España se fabricaban igualmente, en Rosas, en Sagunto y en otras partes. Cerca del primero de los 
puntos que indicamos, en Anrpurias, recogimos nosotros grandes fragmentos de ellas, y una asa, en la excursión 
que hicimos á sus ruinas, acompañados del inspirado poeta catalán Dámaso Oalvet, y de otros apasionados por las 
antigüedades. 

«Construíanse en tiempo de los romanos en Auvergnia (dice uno de los autores que se ha ocupado con un poco 
más de extensión de las ánforas), además de la alfarería roja de que nos ocuparemos más adelante, cubas iguales, al 
menos en dimensión, á las que acabamos de describir. El Museo de Sevres posee un fragmento de una de estas jarras 
jigantescas, que procede de las excavaciones de Gergovia cerca de Clermont; la pasta es gris-negruzca por su parte 
interior, con una corteza rojiza por su parte exterior, sobre la que la lumbre obró más directamente; esta pasta es gro- 
sera, con granos blancos de arena cuarzosa y de mica. El ácido nítrico no produce en ella ninguna efervescencia. 
El fragmento que indica molduras exteriores, tiene un espesor de 3 centímetros y medio. — El Museo posee el 
fragmento de otra gran cuba, que 4 juzgar por su espesor (unos 35 milímetros), debia ser de una dimensión 
extraordinaria; algunos hoyos indican un diámetro de 1 metro 25 centímetros; procede de Apt en el depar- 
tamento de Vaucluse; la pasta es de un rojo-rosáceo, muy sólida, perfectamente cocida; tiene numerosos granos 
blancos, largos de 3 á 5 milímetros, que no son de cuarzo, sino de calcárea espática laminosa, que al ser 
cocidos sólo han sufrido la alteración de volverse blancos, sin perder su ácido carbónico. — Descubriéronse en 1838 
sobre las llanuras de Selles , cerca de Aspres , pueblo situado á poca distancia de Gap , catorce jarras ó ánforas 
de más de 2 metros 3 decímetros de altura. Era en el territorio de la población galo-romana llamada Mons Se- 
leuats, ó Labathie Mont Saleon, donde estas jarras habían sido hundidas, estando algunas compuestas con tiras de 
plomo (1).» 

Dos hechos históricos importantes , perteneciente uno á los maravillosos acontecimientos de la vida de Nuestro Señor 
Jesucristo, y otro á los extravagantes ó excéntricos sucesos de la vida del filósofo cínico Diógenes, se presentan á la 
imaginación del arqueólogo siempre que se trata de ánforas. Bien sabidos son de nuestros lectores uno y otro.— «En 
aquel tiempo (se lee en el Santo Evangelio, según San Juan) se celebraron unas bodas en Cana do Galilea. Estaba 
allí la madre de Jesús: fué también convidado Jesús y sus discípulos á las bodas, y como viniese á faltar vino , la 
madre de Jesús le dijo: No tienen vino. Respondióle Jesús: Mujer, ¿qué nos vá ni á mí ni á tí? ánn no es llegada 
mi hora. Dijo entonces su madre á los sirvientes: Haced cuanto él os dijere. Estaban allí seis ánforas, conforme á la 
purificación de los judíos, y cabían en cada una dos ó tres cántaros. Díjoles Jesús: Llenad de agua aquellas ánforas. 
Y las llenaron hasta arriba. Díjoles además : sacad ahora en algún vaso y llevad al maestresala. Habiéronlo así. Lue°-o 
que gustó el maestresala el agua hecha vino, como no sabia de dónde era, aunque los que servían lo sabían, porque 
habían sacado el agua , llamó al esposo y le dijo : Todo hombre sirve primero el buen vino , y después que han bebido 
bien los convidados, entonces saca el más flojo. Mas tú guardaste el buen vino para lo último. Este fué el primer 
milagro que hizo Jesús en Cana de Galilea , con que manifestó su gloria, y sus discípulos creyeron masen él.»— No 
ignoramos que muchos traducen en vez de ánforas, nidrias, y aun añaden nidrias de piedra, pero en este mismo 
detalle se halla la prueba de que no eran nidrias sino ánforas , porque la palabra nidria ( m f w.) , se empleaba más espe- 
cialmente para designar los grandes vasos de un género más superior (Cicerón, Ven. III , 19), en bronce ó en plata, 
y con adornos preciosos, como puede verse en el grabado que publica Eich en su Diccionario de antigüedades roma- 
nas y griegas. Bien es verdad que en sentido general se llamaba hídria toda especie de vaso á propósito para con- 
tener líquidos, y pudo el evangelista San Juan hablar en términos generales , por más que se refiriese á las ánforas. 
Recordamos , por otra parte , que según los historiadores de la gran basílica de San Lorenzo del Escorial , célebre monu- 
mento, debido á la piedad del rey Don Felipe II, y llamado Octava maravilla, se conserva entre las reliquias y obje- 
tos sagrados de aquel templo una de las ánforas que sirvieron en las bodas de Cana y fueron objeto del milagro por- 
tentoso de Jesucristo . Nosotros hemos visto el obj oto que se tiene por tal , y no es , en efecto , otra cosa que una ánfora 
greco-romana , de antigüedad remotísima. 

El tonel en que se dice habitaba el célebre Diógenes, no era otra cosa que una ánfora de barro cocido, de grandes 



(1) Tndlí duartt círnmiaua o» da pote"" amidiréu ion» laír Uiloire, ¡tur fMfelM «1 lar tkmrie , T ar Ala. Bronpiiart.—Parli 1854. 



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EDAD ANTIGUA.— ARTE PAGANO.— CERÁMICA. 



dimensiones , como lo manifiestan las piedras grabadas y las medallas ( 1) . El filósofo de quien se cuenta que con una 

linterna encendida en la mano iba buscando en pleno diapor la plaza pública mi hombre, habitaba dentro de una 

ánfora y llevaba doquier esta casa portátil para vivir alejado de los demás hombres. Estando en Corinto Alejandro el 
Grande tuvo curiosidad de conocer á este hombre singular, y se acercó al ánfora del filósofo , preguntándole en qué 
podría servirle ó complacerle. Diógenes contestó sin vacilar, que celebraría se marchase de allí en seguida, no impi- 
diendo que el sol penetrase en su habitación anfórica. En aquel momento es indudable que el filósofo venció al con- 
quistador. <iSi no fuese Alejandro, exclamó éste, quisiera ser Diógenes.» 

Las ánforas panatenáicas , es decir , las que contenían el aceite de los olivos sagrados , concedido como premio á los 
vencedores de los Panateneas , tienen un pié, y una cubierta con un botón , y se ven representadas en las monedas de 
Atenas , j unto con las coronas de los vencedores . Las que se conocen son muy notables por las pinturas que ordinaria- 
mente se ven en ellas , y que dan á conocer su destino : por un lado Palas , armada con casco , con lanza y escudo, se 
halla de pié entre dos columnas, coronadas por el gallo ó por vasos. Aparece siempre la inscripción , 'premio dado en 
Atenas, y á veces los nombres de los archontes, entonces en activo servicio. Al otro costado se ve el ejercicio en que 
han salido victoriosos, por ejemplo, la carrera en la ánfora de Vulci; porque se encuentran ánforas parecidas fuera 
de Grecia , en gran número de colecciones, bien sea que hayan venido de Atenas , bien que pertenezcan á otros países, 
en donde se han imitado las formas y ornamentaciones de los vasos atenienses. 

«Las denominaciones por las cuales los autores modernos han querido diferenciar las ánforas de otros vasos análo- 
gos por su forma general , si bien algún tanto diferentes por las proporciones de sus partes , no se apoyan , por lo 
general, en autoridades suficientes. En una pintura de vaso en donde se representa la recolección del aceite, se ven 
ánforas que sirven para este uso. Una copa configuras negras, de la colección Campana, en el Louvre, que repre- 
senta los trabajos de los campos, manifiesta grandes ánforas cargadas sobre un carro, como si fuese para trasportar 
granos, y se han encontrado, en efecto, en Italia, vasos de éstos, encerrando cereales. En otros se conservaba miel, 
salmuera , frutos y comestibles de todas clases ; poníase en ellos la arena necesaria para los gimnasios ; guardábanse en 
ellos las monedas, etc. Pero el principal empleo de las ánforas fué en todo tiempo para contener vino. En la Odiseas 
preparándose á viajar Ulises y Telémaco, hacen llenar de vino las ánforas, cerrándolas ó tapándolas con sumo cui- 
dado. Hállanse numerosos ejemplos en los escritores griegos de tiempos posteriores, y así lo atestiguan los restos de 
estos vasos , poniendo de manifiesto las señales del vino que contuvieron. Los romanos colocaban en ánforas los vinos 
que querían conservar, y de aquí la distinción que hacían entre zinum ampliorarüm y vinum doliare. Para el con- 
sumo ó bebida sacabau éste directamente de las grandes tinajas en donde lo habían ecbado desde el lagar ó la prensa. 
Curiosas pinturas de Pompeya manifiestan de qué manera se hacia el trasporte del vino y su distribución en las ánfo- 
ras. Cuando estaban llenas , se las tapaba por medio de tapones de corcho (cortew súber) ó de arcilla , bañados ó cubier- 
tos foblinere, adstringcre), de pez ó de yeso; una etiqueta (sitperinscriptio , nota, ¿ttulus, tessera, pittaewm) gra- 
bada sobre cada ánfora ó suspendida al cuello, daba las indicaciones de qué especie de vino era, su edad, medida del 
vaso, la marca del fabricante. Existen ánforas en que se hallan escritas una ú otra de estas indicaciones.— Las án- 
foras ó los fracmentos de ánforas de barro, encontradas en todas las partes del mundo griego, y en todos los países 
adonde los griegos habían llevado sus productos, atestiguan no sólo la extensión de su comercio, sino el gran nú- 



i and do Rome, des Ampborca de cette n 



o grau- 



(1) On a trouvé non loin de I'ancien Antium ( aujoui-d'hni Anzio), dans le territoire de Cm 
deur, qui ayant eté briHées ou félées, avaient été raccommodées avec de liens de plornb. 

Moa fil3 a vn dariB le musée de Naplea, des vases greca trouvéa daña la Pouille, élégants de formes, á pied et collet diatincts, et gamis de grandes 
anses. Ces vaaea ont juaqu'á 7 pieds et demi de Naplea (en virón l m ,87 ) de hauteur. Ha appartiennent k la catégorie dea vaaes campaniéna ornes de troís 
rangéea de figures en rouge brique sur un íond noir; c'est l'esemple d'une des plus grandes dimenüiona cominea. 

En admettant le recit de Juvénal sur la mouatruoaité du fameux turbo t (Bhombus) ou barbue de Domitien , qu'on dut faire cuire dan son intégrite, et 
en ue donnant k ce poiaeon qu'une des grandes ditnensiouB counuas, c'est-íi-dire 1 mérre 80 cent, il eüt fallu pour le cuiro un plat d'environ 2 mitres; ce 
plat de vait Otro rond, tourné et de térra cuite, les expresaiona d'orlem et de rotam dont se sert Juvénal le diaent clairement ; or, le plus grand plat de 
Potorie comniune que je connaisse et qui a été rapporté d'Espagne por M. Taylor a 95 cent, de diamétre. 

II paraitrait que le plat dans lequel Vitelliua faisait servir son fanieux ragoüt composé de laites, de foi 
VEgide da Minerve, était au moms aussi grand b, puisqu'il fallut construiré un four exprés pour le en 
cen'était paa un plat de metal. 

En supposant be&ucoup d'exagération'dans les recita, ils doivent néammoins faire admetre que lea anciena pratiquaieut 
de la composition dea píltes de Poterie et de leur faconnage, et qu'ils avaient des fours á Poteries plus grands que noua ne le penserions d'ap: 
nona reste des fours romains. 

Traite des arta cé.ramiij>.ir-j mi des jjiikrb:-* , par Jlex. Brougniart. 



et de cervelles, et qu'il nomraait 
s apprend sana aucun doute, que 

) erando habilité l'art 



ÁNFORAS GRIEGAS Y ROMANAS DEL MUSEO ARQUEOLÓGICO NACIONAL. 



77 



mero de fábricas diversas que podrían reconocerse por la composición ó el modo de cocer la tierra , y á menudo indi- 
cadas de un modo preciso por medio de inscripciones. Otras, que llevan marcas é inscripciones latinas , dan lugar á 
observaciones idénticas para la Italia (1).» 

Las ánforas que se conservan en el Museo Arqueológico Nacional, proceden, ya de las antiguas colecciones histórico- 
etnográfieás del Museo de Ciencias Naturales , ya de viajes arqueológicos del iniciador y Director de la presente obra, 
y jefe en aquel establecimiento científico, nuestro querido amigo D. Juan de Dios de la Rada y Delgado, ó de 
donaciones de ilustradas personas que las cedieron generosamente al Museo, entre las que merecen especial mención 
los Excmos. Sres. Condes de Valencia de D. Juan y Vizconde de San Javier, y los señores D. J. Togores, distin- 
guido ingeniero naval, D. Francisco María Tubino, y el Ayuntamiento de Cartagena. 

Proceden todas Jas que artísticamente agrupadas se conservan en el centro del salón destinado á la cerámica griega 
y romana (de uno de cuyos grupos damos exacta reproducción al principio de esta monografía), de hallazgos que 
tuvieron lugar en diferentes puntos de España, tanto en el territorio de la púnica Cartagena, como en el de la cose- 
tana Tarraco, en la romana Valentía, y en otros diversos parajes de nuestro suelo, donde, por ventura, se encuen- 
tran en muy buen estado de conservación. Entre ellas, todas notables por la variedad desús formas, siempre elegantes, 
llaman extraordinariamente la atención dos, sacadas del fondo del mar con multitud de petrificaciones de mariscos y 
plantas marítimas, traída, la una, falta, desgraciadamente, del cuello, por el Sr. Rada y Delgado, de Cartagena, 
en cuyo punto la sacó del fondo del mar una de las dragas de la limpia del puerto, y la otra, también extraída de 
las ondas del Mediterráneo en el puerto de Manon y donada al Museo por el citado Conde de Valencia de Don Juan. 

Una de las particularidades que hacen más apreciables las ánforas, por las noticias que ofrecen para la historia del 
arte industrial y de sus cultivadores en este ramo de la cerámica, es la de conservar inscripciones ó marcas de fábrica, 
de lo cual, á la verdad, carecen las del Museo Arqueológico Nacional, encontradas en España; pero compensan, hasta 
cierto punto, la carencia de tan importante detalle, las dos notables asas de ánforas griegas, encontradas en Atenas 
y traídas de aquella capital helénica á nuestro Museo, por el ya citado Sr. Rada y Delgado, en las cuales se ven gra- 
badas por medio de un molde , probablemente de madera, estampado con ligera presión sobre el barro , antes de cocer 
el vaso, dos curiosísimas marcas de fábrica. 

Representa la una, un ánfora de correcto dibujo y no escaso relieve, con los nombres especiales del fabricante ó 
de la fábrica, en letras iniciales griegas, y la otra un racimo de uvas, aludiendo tal vez al destino que se diera 
al ánfora de que formaba parte el asa, que probablemente seria el de conservar vino. También ésta lleva inscripcio- 
nes griegas con el nombre del fabricante ó acaso también el de la fábrica. 

De lo más interesante que puede presentarse en este linaje de objetos, es otra ánfora, de no grandes dimen- 
siones (0 m ,43 de altura) pero de una elegancia y pureza de líneas admirable, y que claramente está revelando su 
origen griego , que fué traída al regreso de su viaje á Oriente , tan fecundo en notables adquisiciones para el Museo, 
por el repetido Sr. Rada y Delgado, de la isla de Chipre, donde se encontró aquel bellísimo vaso convertido en urna 
cineraria; de la misma manera que también se encuentran ollas, así de vidrio como de cristal, y ánforas también de 
esta delicada materia, que sirvieron de urnas cinerarias durante el largo período en que estaba en uso la cremación 
de los cadáveres en Grecia y Roma. 

El Museo posee varios curiosísimos ejemplares de una y otra clase, encontrados en diferentes puntos de nuestra 
patria. 

También es digna de mencionarse, porque nos enseña otro de los usos á que las ánforas se destinaban como depó- 
sito de líquidos , uso no mencionado por los autores que del estudio de tales vasos han tratado antes de ahora , el trozo 
inferior de otra ánfora, también encontrada en el puerto de Cartagena y traída al Museo por el mismo Sr. Rada, que 
contiene en estado cabal de conservación los restos del alquitrán que hubo de contener el ánfora á que el fragmento 
perteneció, y que estaría destinado probablemente, á juzgar por el sitio del hallazgo, al calafateo de buques carta- 
gineses ó romanos. 

Antes de concluir la presente monografía, no creemos fuera de propósito consignar alguna ligera indicación acerca 



(1) Lti matiére dont étaient faitea loa ampliores ctait communément la terre cuito ; il y en eut auesi de marbre ou d'albátre , de i 
bronce. On cu voit une de ce metal , d'nn travail élégant, appartenant au musée Etruaque du Vatican. Homére et Pindare parlent aus 
et d'airain.— Dktiounaire des antlquitéí greeques et romaincs, par, Ch. Daremberg etEdm. Saglio. 



;, d'argent, de 









MfflBIllIlH I lllM l 



78 



EDAD ANTIGUA. — ARTE PAGANO. — CERÁMICA. 



B 



de los auxilios que la historia general del arte cerámico presta y está llamada á prestar á las ciencias y á sus rela- 
ciones con la Geología. En todas épocas se lian encontrado fragmentos de ánforas y vasos de diversas formas , que se 
han considerado como galos , en el fondo de las grutas de huesos fósiles de animales, cuyas razas ya no existen. Los 
fragmentos de estos vasos, mezclados con semejantes restos animales, han motivado dudas y cuestiones entre los 
geólogos, para saber si habían sido conducidos á aquel lugar por la catástrofe misma que los huesos , ó si estos pro- 
ductos de la industria humana, con los hombres que necesariamente los habían hecho, eran contemporáneos de las 
razas hoy perdidas. La solución de esta cuestión es ciertamente ajena al asunto principal de esta breve monografía? 
y por lo mismo no debemos extendernos más en ello, contentándonos con hacer esta indicación como término del 
presente estudio (1). 



i vasos más pequeños para contener líquido;; 
ina porción de monumentos, de escenas da 



(1) Además de las ánforas conocían los antiguos otras muchas clases de vasos. Una especie c 
para servir de copas de beber, so llamaban dlota, porque tenían dos asas. Se ven representadas en 
tes, etc. 

Los rhybrnt:-¡ eran vasos para beber, muy elegantes , y que sólo so ofreoiau á los héroes. Estaban terminados por cabulas di; animales, y alguna vez por 
cabezas humanas. 

Las urnas tenian por uso principal recibir las conizas de los muertos. Hay pocos vasos griegos á los que pueda atribuirse este nombre y este destino. 

En fin, á pesar de la permeabilidad dé su pasta, so hacían receptáculos que los griegos llamaban matulo», los qne por su uso parece debian exigir una 
completa impermeabilidad: sin embargo, un pasaje de Ateneo, que refiere que á la conclusión de las comidas se rompían alguna vez las matulas, á pesar 
dol infecto olor que despedían, no puede dejar duda acerca del destino de esta clase do vasijas. 

Loa alfareros griegos hacían como los alfareros americanos, y como la mayor parte de alfareros europeos, piezas que llaman de sorpresa. Introducían 
en los vasos llamados cylix, cantharus, erepmnlia y crcpitacula, pequeñas piedras que producían un ruido particular. 

Tliericles, uno de los alfareros griegos más célebres por la belleza y la perfección de sub obras, ha dado su nombre á muchos vasos, y aun como género 
de diversas clases de vasos. Llamóse así una clase de cáliz que habia construido. Bien claramente lo manifiesta Theofrasio diciendo que se hacían cálices 
thericleos con madera do terebinto, que no podían distinguirse de los de tierra. Estos cálices thorieleos, cuando nuevos, se lucian con un brillo extraor- 
dinario, y también los había de un color negro brillantísimo. Cierta crátera so llamaba también tkerktea. 

Eu general, los vasos thericleos eran grandes y podían contener hasta siete cotylos, ó sea cerca de unos dos litros. Los vasos llieneloos de barro cocido 
pasaban por ordinarios. Los Sodios, hábiles alfareros, los hacian sumamente ligeros, y les llamaron hedypolidoa. 

El eatitlittnts era igualmente un vaso para beber, primero de grandes dimensiones, y después más reducido. 

Lacraíera (kerater) procede del nombre terca, cuerno. Los reyes de Poenia los hacian construir de los cuernos de los bueyes de bu país, que eran 
de grandes dimensiones, y los adornaban con molduras de oro y de plata. Se las llamaba rhjtos. 

El hollabas era un vaso de barro en forma de copa, que colocada on medio de la mesa, servia para recibir el latan ó el vino que quedaba en la copa y 
que el bebedor debía arrojar con habilidad sobre ella. 

El calía o cyliv era un vaso , más bien copa redonda, profunda, hecha sobro el torno, con do3 asas. Hacíanse muchas en Nancrates, cubiertas de un 
color que so parecía al de la plata. 

El cútijh era un vaso destinado á contener los líquidos, y servia también de medida de capacidad. No tenia asa, ó sólo tenia una, mientras que el calix 
siempre tenia dos. 

Los vasos llamados fcothon tenian dos objetos: el primero, separar del agua sacada durante un viajo, las materias sucias que pudiese contener; y el 
segundo, impedir por su color terroso que los soldados viesen el agua turbia ó cenagosa que estaban precisados á beber muchas veces. (Traite. d>'x arls 
r.r.ramiqnr.s nu (te pi.lerirx. par Alex. Brougniart, — París 1854. 



EDAD MR]' I A 



MUSEO ESPAÑOL DE ANTIGÜEDADES. 

ARTE MAHOMETANO. 



CERÁMICA. 




F Coniferas dib"y 1 



Lit. Dorar, Madrid. 



JARRÓN ÁRABE QUE SE CONSERVA EN LA ALHAMBRA. 

(GRANADA), 



JARRÓN ÁRABE 



QUE SE CONSERVA 



EN LA ALHAMBRA DE GRANADA; 



DON JUAN DE DIOS DE LA RADA Y DELGADO. 




En una curiosa obra (2) de antigüedades granadinas, con di- 
verso criterio juzgada, pero tenida hoy en más aprecio que lo era 
en los principios de la presente centuria, encuéntrase el siguiente 
diálogo entre un supuesto granadino y un forastero, á quien el 
primero va refiriendo, como ilustrado cicerone, todas las noticias 
que acerca de los monumentos de la celebrada ciudad de los Al- 
hamares ba podido reunir. 

«Granadino. — No nos detengamos, vamos ¡i ver un primor de 
»la Escultura, vamos á la sala de las Ninfas. 

» Forastero. — ¡ Qué bella Bóbeda ! Esto está debajo de el Quarto 
» de Contares. ¿Y no tiene Inscripción ninguna'? 

^Granadino. — No, señor, nada ay aquí que bable; solo essas 
»dos Estatuas lo hablan todo, porque parece están vivas. 
^Forastero. — ¡Hermoso primor son las Ninfas! 
»Gr anadino. — ¿Ve V. ese modo de mirarlas dosá un lado mis- 
amo, y aun aun mismo punto? Pues ambas dirigían su vista al 
» sitio donde havia oculto un gran Tesoro, que consistía en unas Jarras muy grandes llenas de Oro, que las verá V. 
»en los Adarves. 
» Forastero.— Feliz encuentro. ¿Y aquella saletica?... (3) etc.» 
Y más adelante, en el mismo Paseo, continúa: 
«Forastero.— ...Volvamos á las Jarras, que V. me dixo contenían el Tesoro. ¿Estas dónde se hallan? 



(i) Fragmento de vano árabe, encontrado en la Alhambra, y que se conserva hoy en el Museo provincial de aquella ciudad. Su coloree blanco verdoso. 
El poquísimo adorno que conserva es de labor menuda y de color acaramelado. Mide de altura 0'80. 

(2J Paseo* por Granada y sus contorno*, que en forma de diálago traslada al papel D. Joseph Homero Iranzo, colegial del insigne de San Fulgencio 
de Murcia. Año 1764. El supuesto colegial no era otro que el célebre P. Echevarría. 

(3) Paseo XXVI', tomo r, 



80 



EDAD MEDIA.— ARTE MAHOMETANO. — CERÁMICA. 



»G?-anadino. — En los Adarves. En un Jardincico muy precioso, que lo adornó, y puso en muy bello estado el Mar- 
»qués de Mondexar, con el Oro de este Tesoro, y tal vez fué su designio perpetuar allí la memoria, colocando las Jarras 
«en él como piezas muy exquisitas. Vamos allá y lo verá V. Entremos por esta puerta y saldremos por la otra. 

» Forastero. —\Qué Jardín tan precioso ! ¡Qué vista tan admirable! Veamos las Jarras. ¡Qué dolor! ¡Qué mal tra- 
stadas están! Y lo peor es que, expuestas á la inclemencia, cada dia se irán deteriorando más. 

»Qf 'anadino. —Se llegarán á extinguir. Ya no quedan más de estas dos, y aquellos tres ó cuatro pedazos de la otra. 
»Cada uno que entra aquí procura sacar su memoria, y assí lo lian pagado las Jarras. 
» Forastero.— Pues estas dos, entre las hermosas Labores que forma su vidriado exquisito, tienen Inscripciones. 
» Granadino.— Sí, señor; pero ya ve V. lo laceradas, desconchadas y maltratadas que están, que no es posible leer 
»nada. Solo en esta primera se percibe dos veces el nombre de Dios. Otra dicción entera no ay en todas ellas. Esto 
»es lo cierto, como V. mismo lo ve, por mas que alguno ó algunos se lisongeen de haver sacado las copias, a menos 
»que no fuera 70 ú 80 años há, que tal vez estarían entonces mas legibles y menos estropeadas. 

^Forastero. — Con que el no poderse leer impide tal vez, que ignoremos el Rey á quien perteneció este Tesoro. Sal- 
»ganios por la otra puerta que V. me dixo.» 

Tal es la tradición granadina acerca del origen del célebre jarrón que se conserva en la Alhambra, y que narrada 
de la misma manera que la consignó el célebre y supuesto colegial de San Fulgencio de Murcia, ha llegado hasta 
nuestros dias, habiéndola oido repetir constantemente lo mismo á personas indoctas que á ilustrados conocedores de 
las antigüedades é historia de aquella ciudad. Deseosos de conocer la causa verdadera de semejante tradición, hemos 
procurado indagar si alguna otra noticia ó dato histórico podria prestarle más sólido fundamento, y nada conseguimos 
inquirir por nosotros mismos, como tampoco el entendido artista ó ilustrado anticuario á quien acertadamente está 
confiada la conservación de la Alhambra, que tanto debe á sus conocimientos, á su celo y á su amor al Arte y á la 
Historia (1), el cual nos dice terminantemente en carta que conservamos (fecha 7 de Diciembre de 1873), contes- 
tando á la que le dirigimos deseosos de mayor ilustración en este punto, las siguientes palabras: 

«No se puede asegurar dónde estaban colocados (los jarrones) por el año 1526 en que por primera vez se describe 
minuciosamente el alcázar naserita (2); y el archivo, que ha sido inspeccionado por mí en diferentes ocasiones, no 
tiene dato alguno que revele la procedencia de ellos, ni que haga referencia al hallazgo del oro que tenían guar- 
dado en su seno, como después ya dijeron en el siglo xvn y xvni Pedraza, Argote, Echevarría y otros. Yo no he 
creído nunca que los árabes se dejaran aquí riquezas, cuando tuvieron tiempo de llevárselas todas; pero es seguro que 
Marmol vio estos jarros y dos arcas de hierro en la bóveda de las Ninfas, debajo de la sala de Embajadores, y que 
oyó de algunos moriscos el relato de que las referidas arcas guardaban caudales en tiempo de los moros, lo cual 
debió ser cierto, porque su construcción no podía tener otro objeto, y la procedencia era enteramente morisca. (3)» 
Sin que, faltos de datos para destruir ni confirmar la tradición, podamos hacer otra cosa que consignarla , no cree- 
mos fuera de propósito advertir, que en efecto, á uno y otro lado del rebajado arco que dá entrada á la sala de las 
Ninfas, y dentro de hornacinas abiertas en el grueso del muro, se encuentran dos bellísimas figuras de mujer, de 
tamaño natural, esculpidas en mármol y admirablemente modeladas, que parecen obra de artista romano, encas- 
tado en la buena y antigua escuela helénica; estatuas á que debe su nombre aquella sala, que es la bóveda 
sobre la cual , ya para librarle de la humedad , ó por el desnivel del terreno , está edificado el célebre salón de Emba- 
jadores ó de Comares. La completa carencia de todo ornato que.se advierte en aquella sala de escasa altura, y 
sin más carácter que el de un subterráneo, que pudo servir también de comunicación secundaria para las habita- 
ciones destinadas al baño, contrasta, en efecto, con el valor artístico de las dos bellísimas figuras de mármol que aca- 
bamos de mencionar, y que vuelven en efecto el rostro hacia el interior del subterráneo y en dirección á los ángulos 
contrapuestos del mismo paraje, en el cual se fija el hallazgo de los célebres jarrones , en vez de volverlo hacia los 
jardines que por aquella parte habia y existen hoy, posición en que naturalmente debieran haberse colocado, para 
que mejor lucieran sus bellísimas formas esculturales, como se colocó el notable relieve, también de mármol, que 



(1) D. Eafael Cuntieras. 

(2) Se refiere: :i la descripción de Navajero, apenas conocida hace muy pocos afios, y que hoy pueden consultar los afick 
dios, gracias al ilustrado celo de la Sociedad de bibliófilos españoles. 

(3) Conservase en la Alhambra uno de estos arcones, que nos proponemos dar también á conocer á loa lectores del Musec 



JARRÓN ÁRABE QUE SE CONSERVA EN LA ALHAMBRA DE GRANADA. 



81 



representa á Júpiter y Leda (tenido de cuantos le conocen por romano), no en la parte interior, sino en la exte- 
rior, encima del mismo arco, para que pudiera disfrutarse de él á buena luz. Fuesen aquellas estatuas encontradas, 
lo mismo que el relieve, en excavaciones ó ruinas de la célebre Iliberis, y conservados con ilustrado acierto por los 
reyes de la dinastía naserita, fl) ó reconociesen cualquier otro origen, de lo cual habremos de ocuparnos en la 
monografía que á dichas estatuas y relieve pensamos dedicar en la presente obra, es lo cierto que su colocación en 
aquel paraje tan secundario, y tan en contra de lo que las más rudimentarias reglas del buen gusto y hasta del sen- 
tido común prescriben, pues á nadie puede ocurrirse colocar bellísimas estatuas en la puerta de una habitación 
subterránea, volviendo la espalda á la luz, y ocultando en la sombra su rostro y su belleza, parece obedecer á un 
propósito preconcebido; y al contemplarlas y al seguir la dirección que marca el movimiento de su cabeza, y aun 
pudiéramos decir de su mirada, notando que termina en los opuestos ángulos donde los jarrones y las arcas se dicen 
halladas, acude involuntariamente á nuestra memoria la tradición, y se siente inclinada la fantasía á prestarle 
asentimiento. 

Indudablemente el primer destino de tan notables obras de cerámica, no debió ser el de contener riquezas, sino 
más propiamente el de servir de adorno en las riquísimas habitaciones del alcázar, ya colocadas en los ángulos, ya 
animando la frialdad de la línea recta del muro , costumbre una y otra que hemos visto conservada en los palacios 
de Constantinopla, con otros jarrones de procedencia persa, china ó japonesa, y que se encuentra todavía en nues- 
tros modernos palacios y hasta en nuestras casas con los codiciados tibores, ó los jarrones puramente ornamentales, 
que se hicieron en todos tiempos en las fábricas de la Península y en las del extranjero. Este uso cree también el 
citado Sr. Contreras tuvieron los de la Alhambra, y por lo tanto el único que hoy se conserva de los tres que antes 
había, y que han ido desapareciendo, perdidos por mezquina y punible avaricia ó vergonzosa ignorancia. «Eran estos 
vasos, dice el entendido artista granadino en su citada carta (2), adornos del palacio, y yo he encontrado fragmentos 
de otros que tenían muy cerca las mismas proporciones y dimensiones de éste; uno de cuyos fragmentos está hoy 
depositado en la comisión de monumentos de esta ciudad (3). Servían para contener agua dentro de las habitaciones, 
y los colocaban sobre un trepié ó mesa calada , á semejanza de las cantareras que se usan todavía. Rara vez los cu- 
brían de barniz ó esmalte para procurar la frescura del agua, y fué, sin duda, una obra de extraordinario lujo la 
ejecución de los que citamos, porque sin el vidrio que estos tienen se encuentran algunos en Granada, Córdoba y 
Sevilla, muy mutilados, que debían ser bastante comunes en las casas particulares.» 

Sin disentir de esta acertada conjetura, creemos que debían ser distintos los vasos comunes, destinados a contener 
agua para el consumo de ella , á que indudablemente pertenecen los que cita el docto artista , y de los que poseemos 
notables ejemplares en el Museo Arqueológico Nacional, que habrán también de publicarse en esta obra, de otros 
vasos propiamente ornamentales, y por consiguiente más artísticos, como el que nos ocupa en la presente monogra- 
fía, y los que más pequeños debieron colocarse en los nichos que se encuentran en el grueso de los arcos de entrada 
en varias salas árabes de la Alhambra y de otros palacios pertenecientes á la época de la dominación mahometana 
que se conservan en Granada, y que no ha faltado quien creyese equivocadamente servían para colocarlas chinelas 
ó zapatos , en muestra de respeto , antes de entrar en la estancia del monarca (4) . 



r alguno de los notables artistas qui 



el siglo xvi labraban las del pala* 



mperador Cárlof 



(1) Muelles croen hechas aquellas es 1 
contiguo al alcázar árabe. 

(2) Carta citada en la pág. 80. 

(3) Este fragmento es el quo va copiado delante do la letra inicial do esta monografía, en su primera página. 

(i) A este propósito, escribe con grande acierto en au importante obra sobre las i o se ri piñones árabes de (..¿rimada , nuestro querido y malogrado amigo 
D. Emilio Lafueirte Alcántara, lo que sigue: «Es una creencia muy general en Granada, y fundada en una tradición consignada por el P. Echevarría 
(Pascospor Granada, volúni. 1.', pág. 1G}, la de que estos nichos servían para dejar en ellos los zapatos en muestra de respeto, antes de entrar en la 
estancia del monarca. Los hay también en el arco de entrada de la sala de En iba jad a res ó Gomares y en la sala de las Dos Hermanas; pero estos últimos 
no se hallan en el arco de entrada, sino en el que comunica con el corredor que antecede al mirador do Lindaraja, y esta circunstancia, y la de que en los 
versoB que hay al rededor de estos nielios, y sólo" en ellos, es donde se nombra frecuentemente el vaBO ó jarrón, y so contienen frases alusivas al agua, 
como: «yo doy alivio al sediento» ( inscripción mira. 57 ), «el que á mi so acerca para apagar su sea D (inscripción núm. 59), y otras semejantes, nos 
confirman en la creencia de que servian para colocar en ellos vasos ó jarrones con agua, y de que lo de los zapatos es una vulgaridad como otras muchas. 
Según nos ha manifestado el Sr. Gayangos, en las poblaciones de la costa de África Be ven aún esos nichos á la entrada de las habitaciones, y en ellos 
se colocan grandes jarrones de porcelana.» — Nosotros hemos observado igual costumbre en varias poblaciones mahometanas do África y Asia. 



S2 



EDAD MEDIA.— ARTE MAHOMETANO.— CERÁMICA. 



II. 



La historia de la cerámica española durante la dominación de los árabes en la Península, es, como dice acerta- 
damente el erudito y entendido Mr. Davillier, uno de los estudios mis modernos de la ciencia arqueológica, y en 
verdad, no hemos sido los españoles los primeros que llamamos hacia ellos la atención de los aficionados a este linaje 
de estudios , por mas que en algunas antiguas obras árabes se hallasen importantísimas indicaciones , de que después 
hablaremos, citada alguna de ellas por los escritores extranjeros que se ocuparon de tan importantes investigacio- 
nes para la historia del arte y del trabajo. 

Como dice a este propósito el anticuario francés hace poco mencionado, la cerámica de reflejos metálicos, conocida 
hoy con el nombre de hispano-arabe, no ha sido estudiada hasta que Mr. Riocreu, el sabio conservador del Museo 
cerámico de Sevres llamó hacia ella la atención por el año 1844: hasta entonces se la confundía con la italiana, en 
que también se encuentran reflejos metálicos , cuyos objetos son indudablemente posteriores á los de fábrica hispano- 
morisca, y hechos probablemente á imitación de los de esta última procedencia. 

«Las obras de cerámica hispano-moriscas , continúa el docto anticuario francés, no son de gran rareza, y no se las 
puede comparar bajo la relación del arte con las italianas : la mayor parte de ellas presentan sólo ornatos ó animales 
heráldicos ó fantásticos, trazados por la mano de un moro granadino, pero conservando siempre, aunque debidos & 
mano española, un estilo morisco muy acentuado; sin embargo, por sus brillantes reflejos, por sus formas á la vez 
elegantes y singulares merecen ocupar un lugar en la historia del arte cerámica. » 

«Hasta el dia se ha publicado muy poco acerca de tales objetos: muchas personas autorizadas comprueban su origen 
español , pero la mayor parte se han limitado á consignarlo sin aducir 'ningún documento en apoyo de su creencia.» 
«Mr. J. Lasarte, en su excelente descripción de la colección Debruge-Dumenil (1) ha consagrado algunas pági- 
nas á la cerámica hispano-morisca, y ha dado una clasificación que yo creo poco exacta, pues ha citado como las más 
antiguas las piezas de fabricación más reciente y vice-versa. 

» Después de la obra de M. J. Labarte , nada, que yo sepa, durante un periodo de diez años se ha publicado acerca 
de este punto. Cuando , corriendo el año 1857 , la colección de Mr. Soulages fué adquirida con patriótico interés por 
una sociedad de amatan ingleses, y poco tiempo después expuesta en Manchester, Mr. J. C. Robinson, conservados 
de South A'ensington Mimum de Londres, publicó un catálogo razonado, lleno de sana critica (2), en el cual consa- 
gró un artículo á los objetos de cerámica que nos ocupan. 

» El mismo año, Mr. José Marryat {3), en una obra sobre cerámica, publicada con gran lujo, trató del mismo 
asunto, pero sin publicar ningún documento auténtico , limitándose á algunas hipótesis , y resumiendo lo que se 
habia escrito antes de él. 
» Creo , pues, llenar una laguna publicando los documentos inéditos que se encontraran en este trabajo. » 
De este modo el erudito Mr. J. C. Davillier (4) presenta la brevísima historia de los estudios y trabajos hechos 
acerca de tan importantes objetos de cerámica, y pasando después á fijar juicios propios, empieza por establecer, que 
en lugar del nombre de Mspano-árabe , dado generalmente á tales objetos , y que él considera como un anacronismo, 
debe sustituise el de Itispano-momco , nombre que considera más exacto y más lógico, pues es necesario no con- 
fundir en la Historia de España los árabes con los moros. «Los árabes de origen asiático, dice, invadieron á España á 
principios del siglo vin, estableciéndose en la parte meridional; al fin del siglo xu, los Almorávides, viniendo del 
Norte de África, los arrojaron de la Península, y fueron á su vez arrojados poco tiempo después por los Almohades, 
dinastía de príncipes moros. » 



(1) .1. Labarte, Dmriptim da óigate d'artquicomposenl la eolleafíon JDebrvge DumOiS. París, 1847, in 8.° 

(2) J, C. liobinson, Catalogue üf tía; Soulaga, aúkdian. London, 1857, en 8." 

(3) J. Marryat, Eistary qfpoliay and porcelam. London, 1857, en 8.' 

(4) M. J. C. Davillier, Rislmre desfaienca Híptmo-iwresqiw a rtfltít nutalSqua. Paria, 18G1, un folleto et 



JARRÓN ÁRABE QUE SE CONSERVA EN LA ALHAMRRA DE GRANABA. 



83 



» Es verdad que los Árabes de España legaron a- los moros su civilización, sus ciencias y sus artes, y que el estilo 
morisco deriva del de los árabes ; pero no obstante, como los dos estilos ofrecen diferencias bien distintas , me parece 
importante no confundirlos. Se puede citar, por ejemplo, como tipo de estilo árabe, la mezquita de Córdoba, comen- 
zada en el siglo vm , en tanto que ¡a Alhambra de Granada , palacio comenzado bacía los fines del siglo xni , seria 
el tipo del estilo morisco. 

» Y añadiría que la denominación que be adoptado me parece tanto más justificada, cuanto que entre los objetos 
de cerámica en cuestión , no bay uno que pueda atribuirse á época anterior al siglo xiv, y con mayor motivo á la 
época árabe. Además, la denominación de hispano-morüca ba sido ya adoptada en Inglaterra, y principalmente por 
M. J. C. Eobinson, cuyo nombre puede invocarse como autoridad.» 

Traducimos de propósito los párrafos que van trascritos del notable folleto de Mr. Davillier, porque babremos de 
ocuparnos de sus apreciaciones en breve, y no queremos que pudiera tacbársenos ele inexactos al referirnos á ellas, 
pues tendremos que contradecirlas en algunos puntos. 

« El origen puramente árabe de la cerámica plumbo-stan itera, continúa , es un hecbo fuera de toda duda : los ára- 
bes, muy adelantados en las ciencias cuando la Europa estaba sumida en la ignorancia, debieron fabricar desde el 
siglo vm vasos esmaltados, siendo cierto, que se remontan a. una época ¡muy antigua, M. J. C. Eobinson ha encon- 
trado entre diferentes objetos descubiertos por M. Layard, á diez ó doce pies bajo la superficie en Kborsabad, mu- 
chos fragmentos de antiguos vasos cubiertos de un esmalte blanco, evidentemente stanifero, y enriquecidos con 
dibujos de reflejos metálicos, semejantes á los de los objetos de cerámica bispano-morisca. Estos fragmentos se 
conservan en Britisb Museum, en Londres.» 

« El Museo de Sevres posee otros fragmentos de vasos árabes, cubiertos de un barniz plumbo-stanifero, que han sido 
atribuidos al siglo íx, por el respetable Mr. Lenormant.» 

Para demostrar que los vasos árabes eran conocidos en Europa en la Edad-media y tenidos en grande estima, cita 
antiguos inventarios de los siglos xiv y xv, en que se mencionan «vasos de tierra de fábricas de Damasco, con guar- 
nición de plata dorada,» y á seguida el testimonio de Mr. Laborde (1), cuando escribe «que nuestros padres de vuelta 
de sus peregrinaciones y de sus cruzadas, trajeron del Oriente, como recuerdo de sus penosos viages y como piado- 
sos trofeos de la guerra santa , algunos vasos de tierra esmaltada , de fabricación árabe , ó acaso de imitación griega, 
porque al decir del monje Teófilo, los artistas de Constan tinopla , tan hábiles para practicar toda clase de proce- 
dimientos, se habían apoderado de aquella.» 

« Los árabes y los moros, prosigue, han dejado en España numerosas pruebas del estado de adelanto que alcanza- 
ron sus artes cerámicas : empleaban para los revestimientos de sus casas, así en el exterior como en el interior y para 
el enladrillado de sus habitaciones, esos cuadrados de tierra barnizada que llamaban azulejos, y que se designan 
todavía con el mismo nombre en España. 

» Citaré entre los más bellos ejemplares de azulejos los de la Torre del Vino , en el interior de la Alhambra : la 
Torre del Vino fué construida por Yusuf I en 1345. Estos cuadrados de loza, revestidos de un esmalte opaco stani- 
fero, son anteriores, en cerca de un tercio de siglo, á los trabajos de Lucca della Kobbia; y se les puede citar, por 
consiguiente, como argumento contra la opinión de los que quieren atribuir al escultor florentino la invención del 
esmalte stanifero, habiéndolos más antiguos todavía, porque en la Alhambra se ven otros que se remontan verosí- 
milmente á la construcción de aquel palacio , es decir, al fin del siglo xm, y los del Alcázar de Sevilla y de las mez- 
quitas de Córdoba y de Toledo, son, según todas las apariencias, de una época todavía más remota.» 

Pasa en seguida el docto anticuario francés á consignar algunas consideraciones acerca del procedimiento cien- 
tífico industrial, empleado para obtener los reflejos metálicos, que tanto avaloran los objetos de cerámica en que se 
encuentran, y pasando después á historiaren orden cronológico las diferentes fábricas moriscas ó Mspano-moriscas 
sobre las cuales ha podido obtener documentos, empieza por la fábrica de Málaga, escribiendo con tal motivo las 
siguientes palabras: 

«En Málaga comenzó, según todas las probabilidades, la fabricación de loza bispano-morisca: su vecindad con 
Granada, su situación marítima, sus relaciones frecuentes, y su comercio con el Oriente, todo induce á creerlo. Lo 



84 



EDAD MEDIA. — ARTE MAHOMETANO. —CERÁMICA. 






que hay de cierto es que el más antiguo documento conocido acerca de estas obras de cerámica se refiere a la 
fábrica de Málaga. » 

«Nos presenta este documento un viajero natural de Tánger, Ibn-Satulak, .que escribía por los años de 1350: 
después de haber recorrido las comarcas más lejanas de Oriente, desembarcó en Málaga, y de allí pasó á Granada, 
alabando su estado floreciente.» 

«Se fabrica en Málaga, dice, la hermosa loza ó porcelana dorada, que se exporta á las comaroas más apar- 
tadas (1).» 

«Este viajero habla extensamente de Granada, pero no menciona fábricas de loza; pudiendo deducirse de su 
silencio, que no existían, ó al menos tales, que mereciesen hacer mención de ellas , en la capital de los reyes moros, 
en tanto que las de Málaga debían ser importantes, puesto que es todo lo que menciona de aquella Ciudad, i, la 
cual no consagra más que las líneas acabadas de citar. 

»Todo autoriza á creer que el gran centro de fabricación del reino de Granada era la ciudad de Málaga, y puesto 
que sabemos por Ibn-Batutah, que exportaba sus «hermosas lozas doradas» á las más apartadas comarcas, debemos 
concluir que las enviaría del mismo modo al interior del reino y sobre todo á la capital. Admitido esto, se puede con 
mucha verosimilitud referir 4 la fábrica de Málaga el famoso vaso de la Alhambra, el más hermoso monumento de 
cerámica morisca conocido, y también el más antiguo; y me confirma en esta opinión, que el vaso de la Alhambra 
tanto por la forma de los caracteres, como por el estilo de los adornos que lo cubren, debió haber sido hecho hacia 
la mitad del siglo xiv, es decir, precisamente en la época en que Ibn-Batutah visitó á Málaga.» 

De este modo vienen á servir todos los datos históricos que precede á esta última aseveración en la obra de Mr. Da- 
villier, para concluir, que el vaso que nos ocupa, con tanta justicia enaltecido por el anticuario francés, pertenece á 
las antiguas fábricas de Málaga; y como nosotros creemos que aquella magnífica obra de cerámica, única en su 
clase , nos enseña una fabricación y unos procedimientos industriales enteramente diversos de los de las fábricas de 
Málaga, Mallorca, Valencia, Barcelona, Murcia, Murviedro, Toledo, Teruel y Calatayud (2), mostrándonos una nueva 
página en la historia de la cerámica hispaiunnahometana , de aquí, la necesidad de habernos detenido en seguir la 
serie de inducciones del anticuario francés, pues ellas tienen que servir de punto de partida 6, nuestros juicios. 

Pero antes de ello, y como nuevos datos para que pueda formarse más acabado concepto de la investigación crítica 
que nos ocupa, creemos necesario ofrecer en breve resumen todo lo demás que acerca de tan notable vaso se ha 
escrito y publicado hasta el día, ó á lo menos todo cuanto ha podido reunir nuestra diligencia, nunca rehacía ni 
contentadiza en este linaje de investigaciones históricas. 



III. 



Publicáronse por primera vez los dos jarrones que se conservaban en la Alhambra , y de los cuales sólo queda al 
presente el que nos ocupa, en la obra, de grandes dimensiones (no en 4.", como con involuntaria equivocación dice 
Davillier) titulada Antigüedades Árabes de EsimTia , que sacó á luz a. principios del presente siglo, por la iniciativa y 
protección del conde de Florida-Blanca, la Real Academia de San Fernando. Impulsada esta celosa Corporación por el 



(1) Foyat/e- de Ihn-Balula, traducción Defrcmcry. París, imprenta real, 1858, en 8.'. 

(2) Las fábrieas fie esta última ciudad no lian nido mencionadas por ningún escritor extranjero, habiéndolas dado á conocer, aunque incidcntal- 
meute , con bu acostumbrada erudición el docto académico de la Historia, nuestro querido amigo D. Francisco Fernandez y González, en su notable y 
laureada Memoria acerca del Estarlo social y político de los Mudejares d* Castilla (Madrid, imprenta á cargo de Joaquín Muñoz, 186G), Memoria cuyo 
apéndice xcn es una escritura árabe entro un aprendiz del oficio de paredaña dorada y su maestro, fechada en Calatayud, año 912 de la Égira {1507 
de J. C). Después de la publicación de esta Memoria, importante descubrimiento lia venido á dar nuevo testimonio de la fabricación de dicha clase de 
loza con reflejos metálicos en aquella ciudad. En 24 de Octubre de 1867 un hermano (D. Carlos) del docto académico de la Historia y catedrático de la 
Universidad D. Vicente de la Fuente, á quieu debemos estas noticias, adquirió en Calatayud una casa antigua, sita en la plaza de la Higuera, señalada 
con el miin. 7 de la numeración actual , paraje hacia el que estaba la aljama de los moriscos y la judería en el siglo xvi ; y al hacer algunas obras do repa- 
ración que se necesitaban , se hallaron en los corrales de la casa multitud de cascotes de vasijas rotas doradas , algunos do los cuales se remitieron á 
D. Vicente de la Fueute , que los conserva, y que con bu ilustrada amabilidad nos ha permitido examinarlos. En uno de los rincones habia unos hornillos 
ya muy destrozados, y al lado de ellos unos hierros pequeños de los que tienen los alfareros para pintar la loza tosca. Conjetúrese que habia servido la 
casa de alfarería o fábrica, do aquella loza dorada, de ¡a cual debia proceder la multitud de cascotes, cuyo gran número indicaba con bastante claridad 
proceder más bien de una fábrica, que de restos de loza que pudiera romperse en ana casa particular. 



JARRÓN ÁRABE QUE SE CONSERVA EN LA ALHAMBRA DE GRANADA. 



buen deseo de un pintor granadino, que envió, más abundantes que exactas copias de las antigüedades árabes de la 
Alhambra á dicha Academia, comisionó al célebre arquitecto D. Juan de Villanueva y á D. Pedro Arnal para que 
bajo la dirección del capitán de Ingenieros D. José de Hermosilla, hiciesen exactos dibujos de dichas antigüedades; 
y por los que trajeron tan entendidos arquitectos grabáronse las láminas de aquella obra verdaderamente monumen- 
tal (1). Dividida en dos partes, consta la primera de un ligero prólogo y láminas, aunque éstas sin explicación, y 
la segunda contiene «los letreros arábigos que quedan en el palacio de la Alhambra de Granada, y algunos de la 
ciudad de Córdoba, interpretados y explicados de acuerdo de la Academia por D. Pablo Lozano, bibliotecario de S. M. 
y académico de Honor de ella. » En la primera Parte de esta obra es en donde, según indicamos, se copiaron por pri- 
mera vez los referidos jarrones en las láminas xvni y xix de la primera Parte, pero sin explicación acerca de ellos, 
ni noticias sobre su origen, ni traducción de sus inscripciones, que tampoco se encuentran en caracteres árabes , ni 
menos por lo tanto traducidas, en la segunda Parte. Aquella copia de tan admirables productos de la cerámica his- 
pano-mabometana, aunque hechas con gran esmero y prolijidad, carecen de exactitud, notándose claramente en 
ellas que, más encastados los artistas que las hicieron en el arte clásico que en el mahometano , apenas estudiado en 
aquella época, no lograron sentir el que dio vida á tan valiosas producciones artístico-industriales, y resultó el 
dibujo (probablemente terminado en Madrid, lejos del original) aunque muy minucioso , con bastantes inexacti- 
tudes, y, lo que es peor todavía, sin carácter. 

Poco tiempo después copiáronse las dos láminas en la pretenciosa obra que con el título de Yoyage pittoresque et 
historique de VEspagne se publicó en París (2) por Alejandro de Laborde, et un societé de gens de lettres et d'artistes 
de Madrid, dedié á son altesse serenissime le Prince de la Paix, y ya en esta obra escribiéronse, aunque muy bre- 
ves, algunas palabras sobre los célebres jarrones. En la parte dedicada al texto explicativo de las láminas, corres- 
pondientes á la Descripción de Andalucía, se leen las siguientes líneas: 

«Lámina lxv. — Vaso árabe. Este vaso dá una idea del estilo y de la imaginación de los árabes. Su forma es bella 
y noble y la materia es una especie de porcelana del género de la del Japón, pero más blanca y menos vitrificada. 
Los colores son magníficos y suponen un gran conocimiento en la preparación de los minerales y en la cocción del 
fuego. Este vaso tiene 4 pies y medio de alto, y está cubierto de inscripciones árabes cuya explicación falta en la 
obra publicada en Madrid.» (Se refiere á la anteriormente citada de la Academia de San Fernando). 

«Lámina, lxvi. — Otro vaso árabe. Este vaso de la misma materia y del mismo tamaño que el primero, no le cede 
en nada en magnificencia y en ejecución. Se distinguen en medio repetidas muchas veces las armas de Granada, y 
adornos del estilo todavía en uso en Persia y en otras muchas comarcas de Oriente (3). » 

Mencionados después los dos jarrones en otras obras tales como los Paseos nuevos de Argote de Molina ( Gra- 
nada 1807), Arabian Antiqícüics of Spain por Murphí — (London 1816), obra con razón calificada como una 
pobre copia de la de Lozano, por Davillier (4), y en los Monuments árabes et morespies de Girault de Prangey, no 
alcanzaron mayor ilustración aquellos importantísimos objetos de cerámica. En la obra publicada en Londres el año 
de MDCCCXLII, por el arquitecto Owen Jones, titulada Plans, elevations, sections, and details of the Alhambra, 
con ilustraciones de D. Pascual Gayangos, en el volumen i, lámina xlv, aparece copiado por el original, al cromo, y 
con más exactitud que en las obras anteriores, el primero de dichos vasos (que es el mismo que nosotros publica- 
mos), valiéndose de la purpurina para indicar las labores doradas; y por toda ilustración, en la hoja que la precede, 
recordando la tradición consignada por el Sr. Echevarría, se lee: «La Jarra» (5). «The jar. This beautifui vase ~was dis- 



(1) Madrid, en la imprenta real, 1804. 

(2) Parla, Pierre Didot Painé, 1806. 

(3) «Planche lxv. — Vase árabe. Ce vosa dome une idee du stylo et de l'imagination des Árabes. Sa forme est belle et noble, et la matiére eBt d'une 
espéce de porcelainc dans le genre de celle du Japón , muís plus blanclie, et moiue vitrifióe. Les couleurs en semt magnifiques, et supposent une grande 
connaissauce dans la préparation des minéraux et la euísson du feu. Ce vase a 4 pieda et domi de haut; il est couvert d'inscriptions árabes, iríais dont 
l'expli catión manque dans l'ouvrage publié a Madrid.» —«.Planche lxvl — Aulre vase árabe. Ce vase, de méme matiére, et de méine grandeur que 
le premier, na lui cede en rien en magm'ficence et en execution. On distingue au milieu les armes de Grenade plusieurs fois répetées, et des ornements 
dans se genre encoré en usage en Perse et dans plusieurs a;:trcs contrÓCS de l'Oríent.)> 

(4) Este escritor, siempre que liabla de la obra de In Acuii<:i:;ia ¡>: S.-.n Fernando de que nos hemos ocupado en el texto, la califica como de Lozano 
sin duda porque en la segunda Parte ele ella se encuentra U traducción de varias inscripciones árabes bochas por aquel académico. 

(5) Nunca hemos oído llamar aquel magnifico jarrón con tul mimbro de jarra, aplicado en el pala á otra clase de vasoa ordinarios y comunes , cuya 

forma apenas tiene relación con la del quo nos ocupa. Acf.eo tí arquitecto inglés quisiera ajustarse á la etimología árabe de la palabra: Sw 
hydria-vas figlinum ferendae aquae proprhirn. 



- Aqualie- 






EDAD MEDIA.— ARTE MAHOMETANO.— CERÁMICA. 



covered, «it is said,» full of gold in one of the subterranean chambers of the Casa Real. It is at present to be seen in a 
small chamber of the Court of the Fish-pond, in which are deposited the archives of the palace. It is eugraved in 
the Spanish work, Antigüedades Árabes da España, witli another of the same size, which was broken a few years 
ago, and the pieces sold to a passing traveller.» 

«The vase is executed in baked clay, withe the enumelled colours and gold, similar to the Mosaics.» 
«Se pretende que este hermoso vaso fué descubierto lleno de oro, en los subterráneos de la Casa Real. Se le ve hoy 
en una habitación pequeña del Patio del Estanque, donde se hallan los archivos del Palacio. Fué grabado en la obra 
española Antigüedades Árabes de España, con otro del mismo tamaño que se rompió hace algunos años y cuyos 
pedazos fueron vendidos á los viajeros. El vaso es de barro vidriado (loza) y cubierto de colores y oro esmaltados, 
parecidos á los mosaicos.» 

Copiadas de la obra de la Academia, ó mejor de la de Laborde, se publicaron dos grabados en madera de los mis- 
mos vasos, en el último tomo del Semanario pintoresco español (1857), pero sin explicación alguna, ni artículo ilus- 
trativo, contentándose con poner debajo de cada uno de ellos; «Jarrón de gusto andaluz ó granadino.» 

La obra francesa Vartpour totes (2 n,e anneé 32) también ha publicado sin monografía el vaso, que hoy se con- 
serva , copiándolo igualmente del viaje de Laborde; y Marryat en su Ristory ofpottery and porcelain mediébal and 
modern (cap. 1-5) — Zondon, 1868 — lo reproduce en más pequeñas dimensiones y con poca exactitud, por medio de 
un grabado en madera, tomándolo del de Owen Jones, sin añadir noticia alguna ni jucio critico acerca del mismo. 
Más científicamente, con gran riqueza de investigación y de datos, según hemos visto en el número anterior, se 
ocupa del vaso, que queda en la Alhambra Mr. Davillier, y añade á las palabras allí trascritas , las siguientes : «Este 
vaso , tan notable por la elegancia de su forma y por las riquezas de los dibujos de que todas sus partes están cubier- 
tas, ha sido descrito ó grabado en muchas obras, pero jamás con exactitud; su gálibo, tan sencillo y tan fácil de 
trazar, nunca ha sido reproducido fielmente ; me he convencido de ello comparando los grabados y litografías publi- 
cadas, con una gran fotografía que se me hizo en Granada, y que dá una idea perfecta de su forma y de sus 

mil detalles.» 

« No trataré de hacer aquí su descripción : la pluma no sabría corregir los errores del buril ; la fotografía puede sólo 
dar la delicadeza y la gracia de aquellos entrelazos, de aquellos arabescos caprichosos, por entre los cuales corren los 
caracteres árabes , los cuales forman también un adorno de rara elegancia ; la gracia , el aire á la vez sencillo y fan- 
tástico de los dos grandes antílopes que ocupan el centro del vaso , encima de la ancha inscripción que le rodea , y que 
sin duda contiene la alabanza de «solo Dios es vencedor.» Pero lo que la fotografía no sabría traducir son los reflejos 
de oro que circundan el hermoso esmalte azul de las letras y de los arabescos, reflejos quizás un poco pálidos, pero 
que armonizan maravillosamente con el azul y con el fondo de un blanco amarillento (1). 

»Este vaso fué encontrado, según se dice, así como otros muchos, en el siglo xvi, llenos todos de monedas, lo cual 
no pasa de uua simple tradición. » — A seguida traduce el anticuario francés uno de los dos diálogos del P. Echevar- 
ría , que ya conocen nuestros lectores , añadiendo diferentes versiones acerca de la desaparición del otro vaso , citando 
al escritor inglés, Mr. Ford, el cual supone que hacia el año de 1820 el Gobernador Mantilla se servia de ellos para 
colocar flores, y que una dama francesa se llevó uno, añadiendo Davillier, que ha leido en alguna parte , habia sido 
sustraído por otra dama inglesa de Gibraltar. 

Mr. Teófilo Gautier en su Viaje á España, más se ocupa en censurar (y con razón) á los granadinos, por el poco 
aprecio, y aun pudiéramos decir abandono, en que tan notable monumento se encontraba (2), que en hacer de él un 
examen crítico y artístico. 
Nuestro muy querido y malogrado amigo D. Emilio Lafuente Alcántara, en su notable obra anteriormente 



(1) Las dimensiones del vaso de la Alhambra son : 
Altura total: l m ,36. 

Circunferencia: 2™ ,2 5. 
Mayor altura de las asas: m ,6I. 
Altura de Iob antílopes : m ,2G. 
Altura de las letras: 0™,94 á 0=55. 

(2) Hoy afortunadamente por el celo del ilustrado Sr. Contreras y de la Comis 
Alhambra y con todo el cuidado y respeto que merece este monumento, que con r 



i de Monumentos de Granada, se conserva en lugar preferente de 
on dice Teódlo Gautier seria él solo la legitima gloria de un Muse 



JARRÓN ÁRABE QUE SE CONSERVA EN LA ALHAMBRA DE GRANADA, 



87 



citada, tratando del objeto que nos ocupa, dice, eon marcado error, en cuanto á la materia de que le supone 
formado } error que no podemos atribuir más que á una equivocación material al escribirlo, y á una distrac- 
ción al corregir las pruebas, «Jarrón de madera,» y añade: «dos eran los que antiguamente babia llenos de 
labores y esmaltes; más uno de ellos hace tiempo desapareció. El que resta tiene un letrero imperfectamente trazado, 
y cuya interpretación, ha dado que discurrir á algunos aficionados, los cuales se imaginaban que allí debían encon- 
trarse escritas peregrinas leyendas. Le hemos examinado atentamente y podemos asegurar que solo dice repetidas 
veces lo que sigue: 



«Salvación perpetua.» 

Por último, en la introducción del notable catálogo de los objetos de arte españoles del Museo Kensington (1) 
escrito por nuestro querido paisano, amigo y compañero D. Juan Bautista Itiaño, se encuentran las siguientes 
apreciaciones acerca del célebre jarrón granadino y del arte cerámica en España. 

La cerámica es una de las artes industriales que adquirieron grande importancia en nuestra patria durante la 
Edad-media y el Renacimiento. 

Desde los tiempos en que Plinio, Marcial y otros autores, elogiaban la cerámica de España hasta la dominación 
de los árabes, carecemos de detalles de importancia acerca de esta industria; y aunque en algunas localidades se 
reprodujeron las formas romanas en la cerámica común, no es dudoso que la introducción de la loza en España se 
debe á los árabes. Pormenores acerca de las localidades donde floreció esta industria escasean; pero los ejemplares de 
cerámica hispano-morisca son numerosos, y nos permiten juzgar de su mérito y carácter artístico. El más importante 
de estos es el hermoso jarrón que existe hoy en la Alhambra. Tiene sobre yarda y media de alto, y está cubierto de 
adornos en colores esmaltados con hermosos reflejos dorados. En el centro tiene dos grandes antílopes, y á intervalos 
se ve una inscripción árabe: el-yumnu wa-l iAbal, «felicidad y prosperidad.» Este jarrón es el más bello ejemplar 
que se conoce en esta clase de cerámica. Su compañero fué robado de Granada á principios del siglo, y existe un 
tercero del mismo género, perteneciente á un caballero de aquella ciudad. Estaba en la iglesia de un pueblo desti- 
nado á sostener una pila de agua bendita. 

Los azulejos de la Alhambra son los más antiguos y más interesantes que existen en España por la gran variedad 
de sus dibujos, por sus colores y por la delicadeza con que están unidos. En el Museo de Kensington hay un frag- 
mento de estos mosaicos de la Alhambra. La abundancia de azulejos en Granada y la circunstancia de haber sido 
hallado el referido jarrón en la misma ciudad, hacen creer que existiera en aquellas cercanías una fábrica de cerá- 
mica. El primer autor que menciona la cerámica hispano-morisca es el viajero africano Ibn-Batuta, que dice que en 
Málaga se fabricaba la hermosa porcelana dorada. 

Tal es el estado en que se encuentra al escribir estas líneas, el estudio del objeto que nos ocupa, resultando de todo, 
que los que más avanzan en la clasificación de este notable vaso, es el barón Davillier, que lo cree malagueño, y 
D. Juan Bautista Riaño, que sospecha pudiera haberse hecho en alguna fábrica de las cercanías de Granada, si bien 
lo considera como perteneciente á los de reflejos metálicos. Davillier todavía añade cree de la misma fábrica el jarrón 
de la colección Soulages, que después pasó al Museo de Kensington, y que debe ser el que aparece copiado en el Des- 
criptive Catalogue of i/te Maiolica Bispano-moresco , Persian, Damascus, and Rhodian Wares m i/te south Ken- 
sington M'useum, por DruryE. Fortuna (London, 1873), y antes por el sistema foto-glíptico en el primer tomo de 
The Keramic Gallery , de William Chaffers (London, 1872), apreciación con la cual no podemos estar conformes, 
pues no hay más que verlo para comprender que no tiene punto alguno de contacto con el granadino. Ni la forma 
general que es la de verdadera jarra, ni las labores que semejan hojas de yedra ó parra unidas á un tallo ondulado, 
elemento decorativo más propio del estilo mudejar que del árabe, ni sus reflejos metálicos, guardan relación con el 
jarrón de la Alhambra. El vaso de la colección Soulages, así como un plato con la misma clase de labores y un toro 



(1) Claseified and dencriptive catalogue oí' tlm art objects of Spamnh production in the soutli Kei 
by señor Juan F. Riaño. London, 1872. 



•:'•/.-- ,--:~.~r 



EDAD MEDIA.— ARTE MAHOMETANO.— CERÁMICA. 



en el centro eon las iniciales Y. C, que posee nuestro distinguido é ilustrado amigo el Excmo. Sr. Conde de Valen- 
cia de Don Juan, son posteriores al vaso de la Alhambra, de otra fabricación distinta, é indudablemente ya más 
que hispano-mahometanos, verdaderamente mudejares. 



IV. 






Presentadas ya á nuestros lectores las noticias dadas antes de ahora acerca del célebre jarrón granadino , y los 
j oídos que sobre él han formulado escritores de nuestra patria y extranj eros , j usto es pasemos á exponer los nuestros , 
aunque siempre con el natural temor de quien camina por terreno apenas transitado, y en el que faltan datos ciertos 
que sirvan de guia. 

Ante todo , debemos detenernos en el nombre dado á los vasos fabricados en España durante la dominación maho- 
metana, que continúan después con la misma tradición artístico-industrial sostenida por mudejares y cristianos; 
pues no creemos cuadra bien á un recto criterio histórico llamarles hisjmno-árabes ni monos Mspano-moriscos. Si la 
dominación de los árabes procedentes del Asia no es constante en nuestra patria, á pesar de la preponderancia y 
esplendor del imperio de los Ommeyas, que levanta á desconocida altura en los siglos medios el poderoso Califato 
cordobés, el predominio de las tribus africanas no puede borrar el influjo de la civilización que aquellos trajeron del 
Oriente, y que robustecieron en España con los gigantes restos que en ella quedaban de la civilización romano- 
cristiana; ni aquel dominio de las tribus del Mogreb fué tan constante, que no se viese hondamente perturbado, y al 
fin abatido , cuando á principios del siglo xm , Mohammad Ebn Hud , animoso descendiente de los antiguos reyes de 
Zaragoza, creyendo llegado el momento de librar á su patria del odiado poder africano, se levantó en armas, y 
proclamado en Ugijar, con la aprobación de Almontansir billah, Califa de Bagdad, venció a los africanos almo- 
hades, sucesores en el dominio de España por fuerza de armas de sus hermanos los almorávides, apoderándose de 
Dénia y Játiva , de Sevilla, Córdoba, Algeciras y Granada. 

Si a esto se agrega que el reino granadino, donde se conserva con más pureza la tradición persa en los objetos de 
cerámica que nos ocupan, en el periodo áque estos objetos pertenecen, estaba gobernada por la poderosa dinastía de 
los Alahmares ó ben-Nasr, oriunda del Oriente y no del África , como que se preciaba de descender de Saad ebn 
Obadah, compañero y amigo del Profeta, se comprenderá la inexactitud de llamar á la cerámica de que vamos 
tratando Msp ano-morisca } como pretende Mr. Davillier y ha adoptado en Inglaterra M. J. C. Robinson, sin más 
fundamento que la dominación en España, durante poco tiempo en verdad, de los africanos; puesto que si, como 
asienta el erudito escritor francés, los almorávides triunfan en España á fines del siglo xn, (del undécimo quiso 
decir) en los comienzos del xm eran vencidos sus sucesores los almohades, africanos también, y que habían des- 
truido en España á poco de nacer el colosal poderío de los almorávides, sacudiendo el yugo africano, bajo la con- 
ducta de Ebn Hud, los árabes españoles. 

En el antiguo reino de Granada sobre todo, la influencia oriental tuvo que ser mayor siempre que la africana, por 
el origen de las gentes que lo poblaban. En el repartimiento de tierras y ciudades hecha después de la definitiva 
conquista del Andalus por los mahometanos, hubieron de tenerse presentes las condiciones especiales del territorio, 
para que guardase analogía con el pais de donde procedian las inquietas tribus que habían de poblar la nueva patria. 
Así fué, que en aquel reparto general tocó á los caballeros de Damasco, que tanto se habían distinguido en la pasada 
lucha, la hermosa Granada, cuya nevada sierra les recordase las cimas del Líbano, y cuyo hermoso cielo, sus 
montanas del Sol y del Aire y sus valles del Darro y del Genil, trajesen a la memoria de aquellas gentes los lugares 
donde trascurrieron los hermosos dias de su infancia. Repartidas las tierras de Iliberis y Garnatha entre los nuevos 
pobladores , bien pronto fundaron numerosas aldeas en las márgenes del Genil , y considerando aquella provincia como 
su nueva patria, la llamaron país de Damasco. Al mismo tiempo otras tribus venidas de Pérsia y Syria se habian esta- 
blecido en Loja; y en Baza, Úbeda y Guadix, guerreros cathanies, yemenitas y egipcios. Con la noticia de estos 
repartos y de la feracidad de las tierras , acudieron á nuestras comarcas en grandes caravanas multitud de familias 



JARRÓN ÁRABE QUE SE CONSERVA EN LA ALHAMBRA DE GRANADA. 



de Oriente, que enlazándose con sus hermanos, facilitaron más y más la completa dominación del islamismo (1). 

Si lícito nos fuera entrar hoy en consideraciones, que nos apartarían demasiado de nuestro propósito, veríamos, 
como ya hemos indicado al escribir otra monografía en la presente obra, acerca de uno de los más notables monu- 
mentos de Granada (2) , que en el arte granadino , los elementos que más originales parecen y en los que no se 
reconoce á primera vista la menor influencia del arte antiguo, examinados con detenido estudio se encuentran en 
monumentos, no ya persas, sino puramente griegos , y del período del más puro clasicismo. No queremos negar, por 
esto, la influencia africana en nuestra patria durante la dominación de los hijos del Islam; pero creemos que, al tratar 
de los objetos que nos ocupan, ya que no se les dé la denominación de hispano-árabes , porque los árabes solos no 
dominaron en España, con menos razón debe dárseles en absoluto la de Mspcmo-moriseos , sino buscar un nombre 
que abrace ambas procedencias, por el vínculo religioso que á unos y otros unia. Árabes y africanos, aunque había 
entre ellos pequeñas diferencias de sectas, seguían la religión predicada por el Profeta: mahometanos eran unos y 
otros. Nada, por consiguiente, tan conforme á la historia, pues que el nombre que proponemos abraza así a árabes 
como á moros, á orientales como a mogrebinos, que llamar á la cerámica, de cuyo principal objeto tratamos hoy, 
hispano -mahometana, así corao á la que continúa la misma tradición artístico-industrial después de la reconquista, 
mudejar, estilo y período á que en verdad pertenecen la mayor parte ó casi todos los platos de reflejos metálicos, que 
se conservan en Museos nacionales y extranjeros y en las colecciones de los particulares. No nos mueve á presentar 
esta nueva clasificación, pretencioso deseo de innovaciones, ni de imponer nuestro humilde criterio ;i las personas 
doctas. La ofrecemos á su examen con las razones en que la apoyamos, y tan complacidos quedaremos si tuviere la 
fortuna de verse adoptada, como si con nuevas razones nos convenciesen de nuestro error; que en estos, como en 
cualquier linaje de estudios , el hombre verdaderamente amante de la ciencia y del arte , debe ir siempre en busca de 
la verdad , complaciéndose en hallarla, aunque al poseerla quede completamente oscurecida su insignificante per- 
sonalidad humana. 

Indicado ya el nombre que en nuestro sentir debiera darse A la cerámica de que vamos tratando, y convirtiendo 
nuestras miradas al notable jarro, objeto principal de esta monografía, vamos á exponer acerca de su procedencia 
una apreciación, que tampoco está conforme con la del erudito Mr. Davillier, que ha asignado fábrica á aquel admi- 
rable producto del arte granadino. Guiándose por el testimonio de Ibn Batuta, que menciona las fábricas de porcelana 
dorada de Málaga, sin hablar de las de Granada, concluye el anticuario francés que no las hubo en Granada, ó que 
si existieron debieron tener poca importancia ; añadiendo, como ya hemos visto, que el gran centro de esta fabri- 
cación era Málaga, y que así como exportaba sus productos al extranjero, más naturalmente los podía enviar por 
el interior del reino, terminando este razonamiento con atribuir, aunque no de una manera absoluta, sino ame 
beaucoup de vraisemblance , según sus palabras, el célebre jarrón granadino á las fábricas malagueñas. 

Si una razón negativa como la aducida por Mr. Davillier fuese bastante para decidir en disquisiciones del género 
de la que nos ocupa, al texto de Ibn Batuta citado por el diligente escritor francés , pudieran añadirse los siguientes, 
también de autores árabes. En Ibn Aljathib se encuentra un pasaje, mencionado en la pág. 77 de la Descripción 
del reino de Granada, publicada por el docto orientalista nuestro querido amigo D. Francisco Javier Simonet, y 
contenido en la pág. 5 del texto arábigo de la misma, en que se lee; (prosa rimada): 



Y su porcelana dorada (de Málaga) qm se exporta á las regiones (3) hasta la ciudad de Tahriz (4). 
Ibn ó Ebn Said, citado por Almaccari, tomo i, pág. 124, edición de Leideu, 1855, dice también á este mismo 



(1) Oróíúca de la provincia de Granada, por el autor de la presente monografía (Madrid, 1869), siguiendo ]a narración de otros historiad o re a. 

(2) Portada do la casa conocida vulgarmente por la de la Moneda , tomo ¡i del presente Museo. 

(3) Es decir, a diversas y aparífiílaa regiones. 

(4) Tabñz, Tebriz o Tauriez, ciudad de Porsia. Aquí hay un juego de palabras entre tabriz, exportación, y tabríz, tal ciudad. 

TOMO iv. 23 




propósito, dando noticia de otras fábricas de aquella porcelana dorada, en un punto del litoral hasta ahora no men- 
cionado, Almería, anteponiéndolo á } 






F se /áín'M en eíí« (Murcia) y en Almería y en Málaga el vidrio peregrino, admirable, y una porcelana vidriada 

dorada. 



Tampoco estos dos autores hablan de Granada, pero su silencio no es razón bastante para privar a esta localidad 
de la legitima gloria que le pertenece en la historia de la cerámica hispano-mahometana ; porque la omisión de una 
noticia, no puede servir en buenas leyes de critica, para fundamentar la negación de la misma. En los textos que 
acabamos de citar se encuentra la más palmaria demostración de esta verdad. Ni Ibn Batuta ni Ibn Atjathib men- 
cionan las fábricas de porcelana dorada de Murcia y de Almería , y sin embargo en otro escrito árabe hallamos 
testimonio indudable de su existencia en estas últimas ciudades. Si por el silencio de aquellos autores hubiésemos 
) la fabricación de dicha porcelana en Almería y Murcia, habríamos cometido un error que algún día hubiera 
) el texto de Ebn Said. 

No puede, por lo tanto, deducirse que en Granada dejase de haber fábricas de cerámica durante la dominación 
mahometana, del silencio del primero de dichos escritores árabes, único que cita el diligente Mr. Davillier; ni es 
presumible carencia de una industria tan importante en la capital del reino donde con tanto esmero se cultivaban 
las artes industriales , y donde naturalmente habían de tener más inmediata aplicación por ser la opulenta y fastuosa 
corte de la dinastía naserita, durante la cual el último periodo de la dominación árabe en nuestra patria lucha contra 
su fatal destino, llegando Granada al apogeo de su grandeza, como hermosa doncella á quien consume y aniquila 
enfermedad mortal, aparece radiante de hermosura y rica de inteligencia y de sentimiento en los últimos dias de su 
rápida marcha sobre la tierra. 

Cierto es que no conocemos texto alguno árabe, como los transcritos, en que se mencionen las fábricas de cerámica 
granadina; pero como dice acertadamente el citado Sr. Simonet, en carta que conservamos, «allí con más motivo 
quizá que en Málaga y otros puntos debió haber semejante fabricación , por ser la capital del reino naserita y por los 
jarrones y otros restos que aún quedan.» ¿Quién puede asegurar que el dia más inesperado no se encuentre otro 
pasaje de autor árabe, hoy no conocido, como el de Ebn Said, que nos ha demostrado la fabricación de dicha 
porcelana en Almería, que hable de ella refiriéndose á Granada? 

Pero si noticia escrita no tenemos de ello, existen otros testimonios no menos importantes y valederos, que justi- 
fican la existencia de fábricas de porcelana en Granada durante la dominación naserita. 

La incansable investigación, siempre fructuosa para las artes hispauo-mahometanas y cuanto á su historia se 
refiere, del ya mencionado Sr. Contreras, ha descubierto que contiguo al barrio de los judíos se hallaba el pago de 
los Auxares, donde hay filones de arcilla para trabajar objetos de cerámica, y cerca del convento de Santiago una 
antiquísima fábrica de alfarería, cuyos restos ha visto el citado Sr. Contreras, así como los de otra de la misma clase 
en la calle de los Molinos. Además, el nombre de una de las antiguas puertas de la ciudad nos demuestra la gran 
importancia que los industriales dedicados á la cerámica alcanzaron en Granada, puesto que hasta dieron calificativo 
á dicha puerta. La que se abría en la muralla, en el sitio que hoy se llama el Realejo, cerca precisamente de los 
puntos donde el entendido artista granadino ha reconocido los restos de las dos fábricas citadas, llevaba el nombre de 
Bibalfajari, ^^>UJ! ._,lj , ó sea Puerta de los Alfareros. 

Se cultivó , por consiguiente , y se cultivó con grandes adelantos la industria cerámica en Granada, como acerta- 
damente ya presumió el Sr. Riaño; y siendo esto asi, y habiéndose encontrado, además del jarrón que se conserva, 
otros fragmentos de la misma clase en la Athambra , como el citado anteriormente y dibujado en la primera página 
de esta monografía, no hay violencia alguna en deducir que el jarrón que nos ocupa se hiciese en las fábricas 
granadinas. 

Si á esto se agrega que, examinado con el mayor detenimiento el barro de dicho jarrón, se encuentra que es una 
mezcla de la arcilla ferruginosa del cerro del Sol y de la plástica y amarilla del rio Beiro, la conjetura llega á los 
límites de la evidencia, pues uo es creíble que, estando muy extendida en Granada la fabricación de objetos de 



JARRÓN ÁRABE QUE SE CONSERVA EN LA ALHAMBRA DE GRANADA. 



91 



cerámica, llevasen materiales propios de la localidad á fábricas de otras ciudades , para traer después á la primera los 
productos de una industria en ella con esmero cultivada. 

Pero lo que además de la razón puramente negativa de qae nos liemos ocupado lia inducido á error á Mr. Davillier, 
es el creer que el jarrón granadino pertenece á los objetos de cerámica hispano-mabometana de reflejos dorados. El 
mismo Sr. Riaño lo cree así, y sin embargo, podemos afirmar con la seguridad de la evidencia y con el testimonio 
de multitud de personas que, como nosotros, lian examinado detenidamente dicbo jarrón, entre las cuales podemos 
citar al Sr. Contraías, tantas veces aludido, y á su normano D. Francisco, también conocido ventajosamente en 
España y en el extranjero por sus trabajos sobre el arte árabe, que el referido jarrón no tiene dorado alguno, por 
más que baya dado en decirse lo contrario, suponiéndole con reflejos metálicos. Esta clase de dorados puede asegu- 
rarse no se bizo nunca en la loza granadina, sin que pueda presentarse siquiera un ejemplar que demuestre lo 
contrario. El esmalte del célebre jarrón es opaco, y su materia la clase de cerámica llamada loza común, que se 
pintaba en crudo, cociéndose de una sola vez con sus adornos y colores, lo cual ofrece nna dificultad inmensa, y 
aumenta el mérito artístico-industrial de tan peregrino vaso, dadas sus grandes proporciones. 

No puede confundirse, pues, con los productos de las fábricas de Málaga, Valencia, Murcia, etc., de porcelana 
dorada, por ser estos de loza cocida en bizcocho y barnizada después con un esmalte muy blanco y adornos de reflejo 
metálico, por cuyo procedimiento está becho el jarrón que cita el Sr. Riaño, que se hallaba en la Iglesia del pueblo 
del Salar , y cuyo interesante objeto arqueológico posee boy el reputado pintor español Sr. Fortuni , vaso que puede 
considerarse como de fábrica malagueña. El detenido examen de uno y otro , el granadino y el conservado en el Salar, 
no ba dejado duda alguna al Sr. Contreras de la diferente fabricación de ambos , consignándolo así en la importante 
carta repetidamente citada en esta monografía. 

Son, pues, diversos ambos procedimientos, ypor consiguiente diversas las dos fabricaciones; y estudiado de este modo 
el jarrón granadino, despojándole de esos adornos dorados, de esos reflejos metálicos, que ni tiene ni ba tenido nunca, 
no bay para qué llevar su procedencia á Málaga, ni á ningún otro punto de aquellos en que se hacia porcelana 
dorada. 

Sin duda hizo caer en este error á los que han creído ver en aquel vaso los pretendidos reflejos metálicos, el tono y 
brillo del esmalte en los puntos en que el artista que pintó el vaso puso con grande acierto color de oro , que en algunos 
sitios tiende á acaramelado, y preocupada la fantasía con los platos y vasos hispano-mahometanos de reflejos metá- 
licos, se creyó encontrarlos en el dorado del jarrón granadino, que está sólo indicado con color, como si los artistas 
granadinos hubiesen querido demostrar que , sin necesidad de recurrir al empleo de los metales para dar más deslum- 
brante brillo á los objetos de cerámica, podía obtenerse armónico y artístico resultado con la simple combinación de 
los colores. 

Disculpable es el error, pues á primera vista el brillo del esmalte de color de oro engaña, y tanto es así , que para 
obtener el resultado artístico en la copia hecha por el autor de la lámina que acompaña á esta monografía, ha em- 
pleado también la purpurina mezclada con el color, como hizo Owen Jones, abusando en nuestro juicio uno y otro 
de ella, pues por obtener el efecto pictórico, puede caerse en el error que combatimos, de suponer que en el vaso de 
Granada se encuentren reflejos metálicos. 

Véase lo que en otra carta que también conservamos, nos dice en apoyo de nuestra creencia nuestro querido her- 
mano Fabio, catedrático de la Universidad de Granada, á quien también encargamos inspeccionase detenidamente 
el jarrón, deseosos de mayor seguridad, por si nuestra memoria nos era infiel, enviándole un ejemplar de la lámina 
que acompaña á esta monografía: «En mi sentir (y conviene en ello nuestro querido amigo Sr. Contreras), en el 
jarrón no hay dorados , ni mates ni brillantes : á primera vista parece los tiene en todos los detalles que se encuentran 
en el cromo que me has enviado, pero visto con detenimiento es el color del barniz, color vulgarmente llamado de 
miel, que desde ciertos puntos de vista aparece como oro : fijándose un poco no admite duda. Comparado con otros 
azulejos del palacio árabe, se corrobora más esta idea, pues se ve en los azulejos de los zócalos el mismo color viciado, 
desde el más claro al más subido, produciendo igual efecto. En ningún azulejo de los que se conservan ó han sido 
encontrados en Granada , se ve el dorado metálico , lo que parece demostrar que no lo usaban los artistas en cerámica 
de Granada, á diferencia de lo que acontecía en Málaga, Valencia y otros puntos.» 

Y no debe causar maravilla el empleo sólo del color de oro sin reflejo metálico en los objetos de cerámica granadina, 
pues en Toledo se labraba todavía en el siglo xvi , según el testimonio de Mariano Sículo «mucho y muy recio, blanco, 






92 



EDAD MEDIA.— ARTE MAHOMETANO.— CERÁMICA. 



y alguno verde, y mucho amarillo pie parece dorado (1),» sin que pueda creerse que con esto quería dar a entender 
los reflejos metálicos , pues en el mismo pasaje habla de las obras de cerámica de Valencia y Murcia, llamándolas 
doradas; distinguía, pues, con toda claridad el docto humanista, lo que era producido por el reflejo metálico de lo 
que solamente se fiaba al color. 



Para terminar el presente estudio, siguiendo el plan que nos propusimos al empezarlo, debiéramos ofrecer a nues- 
tros lectores en esta última parte de él, la detenida y minuciosa descripción del objeto que lo motiva; pero nosotros, 
que siempre procuramos pecar más de detenidos que de ligeros en el estudio y descripción de los preciosos objetos 
que la antigüedad nos ha legado como elocuentes testigos de su historia, casi tenemos que renunciar á describir el 
jarrón granadino. 

Conforme en esta parte con Mr. Davillier, creemos que la pluma no puede dar exacta idea de la delicadeza y de 
la gracia de aquellos atauriques , de aquellos entrelazos , por en tre los cuales , según sus palabras , se deslizan los carac- 
teres árabes, que á su vez forman un adorno de rara elegancia. Sin embargo, intentaremos dar una aproximada 
idea de aquella rica joya de la cerámica granadina, completando nuestros lectores lo mucho que en la descripción 
ha de faltar, con la vista de la lámina que acompaña á esta monografía. Formando un gracioso talón , una elegante 
curva cóncavo-convexa, la parte principal del vaso, que va estrechando con marcada tendencia a terminar casi en 
punta, á la manera de las antiguas ánforas griegas y romanas, aparece dividida en dos zonas por una faja de ese 
color melado 6 amarillo de oro de que ya nos ocupamos en el número anterior, sobre cuyo fondo destacan gallardos 
caracteres árabes del tono general del vaso. El espacio inferior que deja esta faja, lo ocupan una especie de medallón 
central, con labores azules de ataurique, y á uno y otro lado, semejando colgantes que pendiesen de la faja, circuns- 
critas por característica labor también del mismo color do oro, iguales inscripciones agrupadas, con letras azules. La 
mitad superior está ocupada en casi todo el centro, que á uno y otro lado limitan dobles líneas de inscripciones y de 
ataurique, por dos grandes y fantaseados antílopes, de esbelta y elegante traza, en la cual, así como en las labores 
que cubren sus cuerpos, se ve marcadamente la tradición persa, mientras en todas las demás del vaso se hallan 
los elementos del estilo granadino d naserita durante su mejor período, en los comienzos del siglo xiv, á que en 
nuestro sentir pertenece aquel vaso verdaderamente monumental. 

Cuatro zonas de diversas labores, todas del mismo estilo, se levantan sobre la gran curva del jarrón , conveniente- 
mente dispuestas para recibir el cuello, que abandonando la línea curva se presenta en facetas y acampanado, con 
vueltas, molduras y colgantes en el borde, del mejor efecto. Las caras del cuello presentan igualmente labores de 
ataurique y ajaraca, y las asas, que casi más propiamente pudiéramos llamar alas (una de las cuales está quebrada), 
sujetas al cuello por nna especie de cabeza de dragón apenas indicada, llevan alrededor una especie de bordara con 
inscripción arábiga, y el centro ocupado por la misma clase de labor de ataurique , que hemos visto en la parte infe- 
rior del vaso. El color general de éste, el azul y el amarillo dorado, son los únicos colores que en él se encuentran; 
pero están combinados de tan admirable manera, que es imposible describir el admirable efecto que aquella notable 
composición ornamental produce, ni menos las menudísimas combinaciones que del mismo color amarillo dorado se 
extienden por toda la superficie del vaso, formando una especie de segundo fondo sobre que se destacan las otras 
labores de mayor tamaño , menudas labores que traen á la memoria las de las ricas filigranas cordobesa y granadina. 



(1) Lucio Marineo Sícolo De las cesas memorables de Eraría, Alcalá de Henares, 1539, lib. i, £ól. v vto. 

Copiamos el pasaje en que se eucuentran las palabras transcritas en el testo , para que puedan formar completo j uicio nuestros lectores. 

Mr. Davillier también le cita, aunque solo con el propósito de justificar la existencia de fábricas de porcelana dorada en Valencia, y aducir datos para 
la historia de la cerámica española á principios del siglo xvr. 

«De las vasijas y cosas do barro que en España se hazen. 

nHazense también en España vasijas, y obras de barro de muchas maneras, y cosas de vidrio. Y aunque en muchos lugares de Esparla son excelentes 
las más preciadas son las de Valencia que están muy labradas y doradas. Y también en Murcia se hazen buenas tiesta misma arle. Y en Morviedro y en 
Toledo se lnvte y labra mucha , y muy recio, blanco y alguno verde, y mache amarillo eptepareser dorado. v 



JARRÓN ÁRABE QUE SE CONSERVA EN LA ALHAMBRA DE GRANADA. 



93 



La inscripción es la misma en la faja que en las asas y en los demás puntos que el jarrón se adorna con ella, 
i en todos la siguiente leyenda : 



La felicidad y la bienvenida (1). 

Solo en el borde del cuello, aunque muy confusa y mal conservada, se lee también repetida otra palabra, que 
podrá ser LiU!| la salvación, lo cual, sin duda, hizo que el citado Sr. D. Emilio Lafuente Alcántara leyese en todas 
ellas esa frase tan común en objetos y edificios árabes: Salvación perpetua. 

Tal es la única descripción que alcanzamos á hacer de aquel riquísimo objeto de cerámica granadina, sin rival en 
el mundo, y cuya contemplación nos produce honda pena al echar de menos su compañero, que alcanzamos á ver 
todavía, siendo casi niños, aunque lastimosamente destrozado, por los años de 1843. 

Dios perdone al que dejó sustraerlo de aquel paraje, pues sólo Dios puede perdonarle su ignorancia ó su delito, 
inexcusable ante los verdaderos amantes del arte y de la historia. 



(1) La lectura de ella y su traducción, así como de las demás citas árabes de esta monografía, están hechas por D. Francisco Javier Simouet 



EDAD MODERNA 



MUSEO ESPAÑOL DE ANTIGÜEDADES. 

ARTE CRISTIANO. 




Fclo-litografia, Zavatíozano y Ja)i: 



AGUAS FUERTES DE PINTORES ESPAÑOLES 

ly3 de Alonso Cano. 4-.de Francisco Herrera, 

2y5deMunllo. 6. de Velazquez (?) 

7 de Valdés Leal. 



AGUAS-FUERTES 



DE ANTIGUOS 



PINTORES ESPAÑOLES 



DON ISIDORO ROSELL Y TORRES, 



CUI-TATIVO DE BIBLIOTECARIOS, 




iguiendo en el mismo propósito que no há mucho nos decidió á dar cabida en 
las páginas de esta publicación á la monografía que titulamos Una Estampa 
Española del siglo xv, tratamos de ofrecer abora á nuestros lectores, deseando 
despertar su afición y curiosidad, una muestra de los escasos pero felices en- 
sayos que practicaron los pintores de nuestra Escuela Española en el género 
de grabado conocido por el agua-fuerte; que así deseamos amenizar un tanto 
nuestras tareas, ora con la descripción de un objeto arqueológico, de inesti- 
mable precio para la Historia en general, ora con la de otro útilísimo para 
el estudio del perfeccionamiento y adelanto en la vida de las artes industria- 
les , ora con el de alguno precioso en el sublime concepto de las Bellas Artes. 
Bajo esta íiltima consideración damos lugar abora, en el ligero estudio que 
tratamos de hacer, á las aguas-fuertes españolas que nos legó nuestra anti- 
gua y afamada Escuela, bien seguros de que nuestros lectores , ya por el 
aprecio y estimación que su valor las hace merecer, ya por su rareza y poca 
difusión en el mundo artístico, ya en fin , por lo exacto de la reproducción que 
en la lamina les ofrecemos, como debida á la fidelidad de la maquina fotográfica, las juzgaran dignas de figurar 
entre la serie de objetos que desde el principio ocuparon su atención ; y no porque en verdad podamos clasificar 
dichas estampas entre los demás de índole esencialmente arqueológica, pues dicho se esta que no las apreciamos 
bajo tal concepto, sino en cuanto completan el cuadro que en nuestras tareas tratamos de presentar de las diferentes 
manifestaciones del arte desde sus orígenes hasta su actual desarrollo. 

Más á pesar de que la época en que se dieron á luz estas curiosas estampas no esté tan lejana, respectivamente al 
menos, de la nuestra, como otras á que no pocas veces se han referido los objetos ó monumentos descritos en el 
Museo Español de Antigüedades , es evidente que si su interés no se cifrase en su rara conservación a través de la 
serie de los tiempos , le tendrían no escaso como raras producciones en su género , y como casi únicos ej emplares que 
por fortuna podemos hoy presentar conservados ó devueltos á su patria por el colector aficionado, ya que la mano 



%~- 



96 



EDAD MODERNA.— ARTE CRISTIANO. — GRABADO. 



de los extranjeros se muestra más ávida cada día de poseer y adquirir , aun á costa de grandes sumas todo cuanto 
el arte ó la industria nacional produjeron entre nosotros. 

Consérvanse las estampas en cuya descripción yamos á ocuparnos, en la Salí que para este objeto se halla esta- 
blecida desde hace no muchos años en la Biblioteca Nacional. Comprólas el Gobierno, con otras muchas, al diligente 
coleccionista Sr. Carderera; reunidas ahora, como mis selectas en su género, las que presentamos fielmente repro- 
ducidas en nuestra lámina , formarán como un complemento al trabajo análogo que anteriormente publicamos, 
tratándose de la estampa española más antigua que con fecha ha llegado hasta nosotros ; si bien ahora, al interés 
histórico de aquella, podemos con seguridad añadir el que despertará en los conocedores y aficionados su artístico 
valor y el renombre y fama de sus autores. 



II. 



Caracteres no difíciles de distinguir, en verdad , ofrece por más de siglo y medio la Escuela Española; su mismo 
origen, su especial modo de ser, las esenciales condiciones que la determinan, son causas para que la coloquemos 
al lado de Jos demás elementos de nuestra nacionalidad. Después de Italia, la patria de las artes , ninguna otra 
nación puede ostentar mayor número de artistas de fama universal é imperecedera que nuestra patria; país meri- 
dional como aquél, no menos original y poético, así en sus costumbres como en sus monumentos, así en su historia 
como en sus tradiciones, así en la fertilidad y riqueza de su suelo, como en la pureza y trasparencia de sus hori- 
zontes. La Pintura en Italia , como heredera del arte y de las tradiciones de Grecia , no tiene rival en la región 
más elevada de ¡a belleza; pero la española, ya que no superior en este concepto, acaso sí lo es cuando se espacía en 
el terreno de la verdad de la vida real y del sentimiento religioso, ajeno á los seductores encantos de la forma. 
Extraño por completo al elemento esencial el arte antiguo, cual sucedió 4 las celebradas Escuelas de Florencia y de 
Roma, una vez que tuvo en sí bastantes gérmenes de vida y conservación, se desentendió por completo de aquellos 
sus primeros pasos que pudo aprender en Flandes ó en Italia , merced al trato y comunicación que, durante casi 
todo el siglo xvi, las relaciones políticas y comerciales le granjearan. Y en efecto: ¿influyeron de hecho en los 
futuros destinos de la pintura española y en su peculiar modo de ser, los estudios que hicieron en Italia, al lado de 
los florentinos, Alonso Berruguete y Gaspar Becerra, las impresiones que recibieran Pablo de Céspedes y Luis de 
Vargas de las tradiciones de Rafael, ó Navarrete estudiando á Ticiano y el Greco, siguiendo el camino que le ins- 
pirara la brillante Escuela Veneciana ? ¿Es aún verdadero arte español durante el reinado de Felipe II, cuando 
Sánchez Coello y Juan Pantoja de la Cruz producían sus excelentes retratos, inspirados en los maestros italianos, y 
admirando los que 4 la sazón pintaba en España el holandés Antonio Moro? Si estudiamos á Morales, á Juanes, ó 
á Francisco Pacheco, anteriores á la verdadera aparición del arte nacional, veremos que nada presagian sus obras 
de aquellas cualidades que más tarde habian de caracterizar a la verdadera Escuela Española. 

Profundamente religioso el arte español , no por eso desdeñó , antes bien apreció y estudió cual ninguno , las im- 
presiones de la naturaleza real ; colorista dentro de la realidad, y prendándose de las brillantes tintas del natural 
bajo nuestro sol meridional, no pudo por menos de estar en armonía con el genio español que, en las demás mani- 
festaciones del arte, como en la literatura, se señalara con esa originalidad especial nuestra, siempre noble, siempre 
digno, severo y sobrio, lleno de fé y entusiasmo religioso, profundamente observador, así en el fondo como en la 
forma de sus creaciones. Nacido, digámoslo así, de aquella sociedad, inspirado en ella, alentado por ella misma y 
acogido con entusiasmo dentro del claustro, debió ser como un reflejo suyo, como intérprete fiel de sus tendencias y 
de sus tradiciones. De aquí que desde luego se presentara el arte español como campeón decidido de la idea religiosa 
y católica que tanto predominio ejerciera en España durante los siglos xviyxvn. Aun cuando, masó menos, no su- 
cediese en otros países otro tanto á la sazón, nunca seria uua tacha para la Pintura española el que hubiese preferido 
para sus inspiraciones las emanadas del sentimiento religioso; ¿es, por ventura, en otras ideas donde, aun hoy que 
la pintura histórica y la de género están tan en boga, se inspira el arte moderno? ¿Hay motivos más nobles y más 
elevados que los que sugirieron á Rafael sus Maconas, y sus Concepciones á Morillo? 



ÍH- 



AGUAS-FUERTES DE ANTIGUOS PINTORES ESPAÑOLES. 



97 



No digamos por esto que la Pintura española no se ocupó sino de representar Vírgenes , Santos y Mártires , como 
han tratado de dar a entender algunos extranjeros, hablando, ó" con sobrada ligereza ó con falta de conocimiento y 
detenido examen de nuestras inmortales obras en todos los géneros de Pintura. Parécenos que sintetiza á todos 
Mr. Charles le Blanc en su Ristoire des peintres de toutes les Écoles, en el tomo referente á la Escuela Española; 
porque con ese espíritu de ligereza tan propio de nuestros vecinos, achaque propio unas veces de ignorancia y otras 
de mala fe, pretende pintar como en un acertado bosquejo las condiciones de la Escuela Española y sus peculiares cua- 
lidades, expresándose en estos términos : «A pesar de ser la poesía, la historia, las costumbres privadas y públicas del 
pueblo español, otros tantos ricos é inagotables manantiales para la Pintura, no obstante, solamente el clero católico, 
en provecho de su exclusiva influencia , logró monopolizar todas sus producciones. A excepción de Velazquez , que una 
sola vez, y por cierto con no muy lisonjero éxito, se permitió una excursión al campo de la Mitología, ni uno solo 
de los pintores españoles se salió del camino que trazaran la inquisición de los gobernantes y la devoción de los 
gobernados. Todos ó casi todos fueron monótonos en medio de la universal monotonía; Morales se redujo á pintar las 
expresiones de Cristo moribundo y de la Virgen desmayada; Eoelas, jesuítas; Ribera, mártires; Zurbarán, cartujos; 
Morillo, Concepciones, el Niño Jesús, y otros asuntos de análoga índole.» Para los que conozcan, siquiera sea 
ligeramente, nuestros Museos de Madrid y algunos de Provincias; para los que hayan visitado algunas de las po- 
blaciones españolas que fueron cuna , y aun hoy son depósito , de obras de arte de los pintores españoles , como Sevilla, 
Valencia, Granada, etc., las citadas palabras de Mr. Blanc serán una de tantas falsas apreciaciones que en el ex- 
tranjero se hacen de nuestras cosas, sin conocerlas ni estudiarlas á fondo. Pero á bien que el artista ilustrador del 
citado tomo de Mr. Blanc se ha propuesto inconscientemente desmentir tales asertos, cuando, no siempre con éxito 
plausible, ha tratado de representaren sus láminas y viñetas cuadros de todos los géneros pictóricos, así religiosos 
como de historia, de paisaje ó de género , por más que añada el mismo autor que ni el paisaje podia florecer en uu 
país que en gran parte no presenta sino llanuras áridas, rocas calizas y desiertas playas (1) , ni la Pintura de género 
debía cultivarse donde se cedia á Francia y á Inglaterra la gloria de Jijar los inmortales tipos de Don Quijote y 
su escudero (2) . 

Para deshacer , no sin gran trabajo por cierto, tan aventuradas y donosas afirmaciones de Mr. Blanc, (tarea no tan 
ajena de este lugar, cuando intentamos bosquejar los principales caracteres de la Escuela Española), bastaríanos, en 
el terreno de los hechos, citar muchas de las obras que en todos los géneros gozan universal fama en el mundo 
artístico, tomados, ya del número de cuadros de Velazquez existentes en el Museo del Prado, que pasan de sesenta, 
de los cuales solamente cuatro son del género religioso (y no creemos que á Velazquez se le pueda excluir de la 
Escuela Española en su siglo de oro), ya de los muchos de asuntos profanos existentes en éste y en otros Museos 
españoles de Pantoja, Caxés, Escalante, Orrente, March, Pareja, Bautista del Mazo, Leonardo, Carreño y Claudio 
Coello hasta llegar al nacional y popular Goya. 

Y pasando al terreno de las deducciones, preguntaríamos: ¿fué exclusivamente en España donde la pintura reli- 
giosa se prefirió á los demás géneros? En Italia misma, antes y después del Renacimiento, ¿cuáles son los asuntos 
que tuvieron mayor boga? ¿No fué en las inmortales pinturas del Pasmo de Sicilia, La Transfiguración , La 
Virgen del Pez, y en oteas muchas tomadas del Antiguo y Nuevo Testamento, donde Rafael conquistó sus mayores 



(1) Suponemos que ae refiera en esto Mr. Blanc á la parte central do nuestra Península, esto ea, á Castilla, y no toda, y en espocial a la parte denomi- 
nada comunmente la Mancha; casi todo el rerto del territorio español, sobrado accidentado y pintoresco, ofrece, en concepto de todos los que lo han 
recorrido, así nacionales como extranjeros, hermosísimas perspectivas para el paisajista, desde loB poblados "bosques de Asturias y Galicia, á las áaperaa 
montañas de Navarra, Cataluña y el Alto Aragón, desde los vergeles de Valencia y huerta de Murcia en que so mecen laa gallardas palmeras de las regio- 
nes orientales, á las vegas de Granada, á los ricos y feraces territorios de Málaga y Jerez, á las pintorescas márgenes del Guadalquivir, del Ebro y del 
Tajo, variedad suma así en el clima como en el suelo, que asemeja no poco nuestra Península á la italiana, y que hace que, no obstante ciertas dificul- 
tades y moleatias, desconocidaa hoy en otros paíaes, multitud de tomistas extranjeros visiten nuestras provincias todos los años, admirando, tanto estos 
si n ¡rulares privilegios de la naturaleza, como los monumentos de nuestro antiguo esplendor. 

(2) Si esta gloria pertenece á Francia y á Inglaterra juzgúelo el lector que conozca esas ilustraciones antiguas y modernas con que en ambos países 
se ha tratado de representar á los personajes y escenas de la primera novela del mundo. DeiaB antiguas, ea decir, del siglo pasado, nada decimos, porque 
ni aun artísticamente tienen hoy valor alguno; éntrelas modernaa, ain duda, alude Mr. Ulanc á los dibujos de su compatriota Gustavo Doró, verdadero 
genio en el arte contemporáneo ; pero aún estos, en España, donde so comprende y se siente de veras el carácter de los personajes y escenas de la gran - 
obra do Cervantes, no pueden menos do dejar un hondo vacío que no ha sabido llenar Mr. Doré; primero por no ser español, y después porque no era 
fácil que estudiase y apreciase bastante este carácter en una ligera escuraion por España. Las litografías de Nauteuil dejan también bastante que desear 
en punto á propiedad, aun cuando tuviesen su valor artístico, que nadie creemos les haya concedido. Por lo demás, la aserción de Mr. Blane retrata per- 
fectamente ese peregrino afán de los franceses de atribuirse todas las glorias. 






EDAD MODERNA.— ARTE CRISTIANO. — GRABADO. 



lauros? Es indudable que todas las Escuelas Italianas á porfía , si bien nacidas de las ruinas de los monumentos del 
paganismo, convirtieron sus esfuerzos en provecho de la idea cristiana., que no de otro modo hubieran satisfecho los 
deseos de los sumos Pontífices, sus Mecenas, de las órdenes religiosas, y del clero todo, que instigaban más que otras 
clases la noble emulación de los artistas. 

Y no se diga que la pintura religiosa en España tuvo otro carácter bien distinto de la italiana, aun cuando de ella 
recibió sus primeros alientos, empleando sus fuerzas todas en la representación, como añade Mr. Blanc para no dar 
nunca cou lo cierto, de apariciones, fantasmas, torturas del infierno, demonios, penitentes contemplativos, etc. 
¿Caben, por ventura, dentro de estas ridiculas generalizaciones, las ideales, las celestiales Vírgenes de Murillo, 
rodeadas de gloria, entre risueños coros de ángeles con candidas azucenas y fragantes rosas? Las mismas obras de 
Zurbarán , tan celebradas por su profundo estudio del natural, por su espontaneidad y sobria ejecución ; las de otros 
notables pintores de la Escuela Sevillana, ¿no encantan por el sencillo realismo en que se traducen en representacio- 
nes de asuntos religiosos, los modelos que por doquier ofrece la naturaleza? Los pintores educados en la romántica é 
ilustrada corte de Felipe IV; los que al lado del gran Velazquez decoraron el Alcázar, el Buen-Retiro y demás sitios 
reales; los que dieron mayor realce á las fiestas, á la representación de las comedias de Calderón y Lope con la pin- 
tura de telones y escenografías, ¿satisfarían estas necesidades y los deseos del monarca artista pintando contempla- 
ciones celestes ó apariciones fantásticas? 

A bien que en nuestro Museo del Prado, en el que existe en el Ministerio de Fomento, desconocido de muchos 
extranjeros, en los provinciales de Sevilla, Valencia, Toledo, etc. (y eso que estos cuatro últimos provienen casi en su 
totalidad de los conventos suprimidos), podrá verse con cuánto fundamento pueda decirse que pertenezcan las obras 
de la Escuela Española á ese romanticismo religioso que dá á entender Mr. Blanc , ni cómo sea cierto lo del tiránico 
infiujo del tribunal de la Inquisición que supone ejercido en las obras de la Escuela Española; ni nadie se acordará 
allí de lamentar que las inmortales páginas de Don Quijote no se hayan trasmitido al lienzo por nuestros pintores, 
cuando poseemos cuadros tan completos como Zos Borrachos , Zas Hilanderas , Zas Meninas y Za Rendiáon de Breda. 
No es ciertamente en esas obras escritas en el extranjero, sin datos fijos y sin un estudio formal, en que preten- 
den magístralmente retratarnos, donde hemos de acudir para comprender nuestra historia artística; tampoco hemos 
de servirnos de ajenas inspiraciones, afectas siempre de la personalidad del que juzga: nuestros Museos y nuestros 
templos más principalmente , contienen los anales vivos de esta interesante historia ; allí están trazados los caracteres 
predominantes de la Escuela Española, y allí los más sublimes rasgos del genio de nuestros pintores, nos ponen de 
relieve lo que les caracteriza y distingue de los italianos, fiamencos, alemanes y franceses. 

Grupos más bien que escuelas de pintura son los que en nuestra patria han trazado los pintores de Valencia, Sevilla 
y Madrid más especialmente (1) , y aun éstos subordinados á los dos* grandes centros ( llámense escuelas si se quiere) 



tela de Navt 
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(1) Hé aquí la opinión que un eminente artista, D. Federico de Madrazo, ha emitido tratando de censurar á los que han pensado establecer 
nuestra patria las Escuelas de Madrid, Sevilla, Valenciay Toledo, pretendiendo imitar las subdivisiones que en Italia, con mayor fundamento, se h 
fijado generalmente : « Al paso que en algunos catálogos extranjeros, dice, vemos completamente desdeñada la Esencia Española, hasta el punto de q 
apenas bg la dispensa en ellos el favor de colocarla á la cola de la Napolitana, algunos escritores do nuestro país q 
diado ni siquiera los rudimentos de la práctica del arte f conocimiento indispensable para ser buen crítico en esta 
tanto, que seguramente, si continúa esta manía, llegará el caso de que se hable de la escuela de Illescas y de la 
subdivtdir sin tórmino ni motivo, sirve tan sólo para darnos un indicio de cuan costosa debió ser la formación d. 
fióla, vista esa deplorable tendencia, tan común entre nosotros, á dividirnos en pequeñas fracciones, en vez de ! 
Estoy conforme con la denominación de Escuelas italianas, y con la conocida clasificación do ellas, porque, en mi 
perfectamente deslindadas: pero no admito la. de Escudas españolas , como tampoco admitirla la de escuelas franí 
el Pirineo hubiesen caído en la tentación de usarla... Dos son á lo sumo las que en buena razón podríamos admití, 
justicia: la Sevillana y l&áe Madrid. Hagamos una experiencia con los varios representantes de las supuestas Escudas españolas. Empec 
varios de estos autores, y pongamos en fila mentalmente las mejores obras que recordemos de Velazquez, Murillo, Eibera Joanes Zi 
Cano; prosigamos después con algunos otros y agreguemos á aquella fila obras de Carreño, Cerezo, Antoliuez, Vicente Carducho, eti 
¿Qué advertiremos? Que todos eBtos pintores van perfectamente juntos; que todos ofrecon unos con otros grande aire de familia; que todos presentan afini 
dades que identifican su raza, sin más diferencia que ser los pintores d e Castilla dibujantes más severos é ingenuos, y en el color más realistas ún forzar 
los efectos, y los andaluces más armoniosos y robustos en los tonos, si bien un tanto convencionales en loa efectos y algo flojos en el dibujo. Esto no se 
opone á ciertas excepciones : Cano, por ejemplo, rivaliza en el dibujo con Murillo y supera á todos los demás pintores de la Escuela de Sevilla, y sin 
embargo, no puede reconocerse para el racionero granadino una escuela aparte, porque no hay escuela donde falta el eslabonamiento y la derivación 
tradicional de las máximas, y esta falta se advierte en la supuesta Escuela de Granada. Por otra parte, Cano no sale perjudicado ni ganancioso por estar 
al lado de Eugenio Cajes ó de cualquier otro maestro de la Escuela de Madrid: á tal punto se consuenan por su naturalismo todos los buenos pintores 
españoles. Sólo Ribera y Joanes, aunque cada cual por diverso concepto, disuenan en CBa serie imaginaria de producciones peninsulares, y es porque 
estoB dos grandes pintores son, el uno napolitano por su raza y el otro romano y florentino. Digamos, pues, en buen hora, que Ribera y Joanes son pin- 
tores españoles, ya que se lia convenido en que cada cual pertenezca á su verdadera patria y no á la nación en que estudió; pero no se diga que son de 



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AGUAS-FUERTES DE ANTIGUOS PINTORES ESPAÑOLES. 



donde más particularmente se arraigó el arte de la Pintura , es decir, Sevilla y Madrid ; aquella, gracias al impulso 
del eminente Bartolomé Esteban Murillo, á su riqueza, trato y comercio con el Nuevo-Mundo; ésta, por ser la corte 
de tan vasta monarquía, y centro á la sazón donde los poetas y artistas hallaban gran pábulo á su ferviente entu- 
siasmo. 

Empresa difícil seria en verdad pedir á la historia datos que den á conocer cou anterioridad al siglo xiv, la exis- 
tencia de pintores propiamente tales, como no sean aquellos cuya ocupación consistía en la iluminación de códices 
por medio de esas miniaturas que hoy bajo tantos puntos de vista nos interesan. Pero después de la aparición en Ita- 
lia de Giotto y Cimabue, precursores del Renacimiento, este sublime arte comienza á extenderse por Europa y no 
tarda en sentirse algún tanto su influencia en la corona de Aragón que tantas relaciones y trato mantuvo con Italia. 
Así aparecen allí algunos pintores españoles, tales como Raimundo Torrent y Miguel Fort, que pintaban en Zaragoza 
con el gusto italiano, y Juan Cesilles, que llevaba á cabo el retablo de la iglesia de San Pedro de Reus. No tardó en 
sentirse esta influencia en Castilla, y ya en el reinado de Don Juan I viene á la corte y recibe benévola acogida del 
monarca, el italiano Starnina. Sin que haya memoria de los nombres de otros pintores, hasta terminar el siglo xrv, es 
cierto que las obras que de algunas iglesias y monasterios hoy conservamos, presentan un carácter marcadamente 
italiano. 

La corte de Don Juan II de Castilla, tan dada al fausto y al lujo, tan floreciente por el cultivo de la poesía y de las 
artes, favoreció mucho al desarrollo creciente que entonces, más que antes, se iniciara en el arte de la Pintura. El 
florentino Dallo fué especialmente protegido y aun colmado de honores por el monarca de Castilla; aún con mayor 
rapidez y de más directo modo influye la venida á España del flamenco Juan Van Eyclc en 1428 , que seguramente 
merecería los favores del ilustrado monarca y de su privado el de Luna, y el regalo que el Papa Martin V hizo al 
mismo rey de un precioso tríptico de Vander Weyden, que aquél depositó en la Cartuja de Miradores ; desde entonces 
casi todas las tablas que adornaron las fundaciones de Don Juan II llevan impreso el gusto flamenco de la escuela 
de los Van Eyck. 

En Aragón, por el contrario, continuaba imperando sin rival la influencia italiana, como puede deducirse de las 
obras de Luis Dalmau, Renaud de Ortega, Pedro de Aponte y otros varios, que produjeron multitud de tablas que 
llenan las iglesias de Cataluña y Valencia, influencia que invadió casi todo el Mediodía de España y produjo la emi- 
gración de muchos pintores andaluces á las comarcas de Italia. Desde entonces se estableció esa lucha de influencias 
opuestas de esta nación y la flamenca, que aun no cesó en el reinado de los Reyes Católicos; pues por una parte las 
conquistas del Gran Capitán y el poder de Fernando V sobre Italia, y por otra las relaciones que ya empezaban a 
existir entre la familia real española y la casa de Austria, podian ambas causas ser poderosas para mantener viva su 
respectiva influencia en Castilla; tanto que multitud de pintores españoles aparecen aleccionados en uno ú otro estilo 
de pintar. Miguel Citoz, Antonio del Rincón, Pedro Berruguete y Santos Cruz, pintando en Ávila; y Pedro de Gu- 
miel y Sancho de Zamora en Toledo, son los que con más razón pueden citarse entre los artistas del reinado de los 
Reyes Católicos. 

Creciendo el poder y la importancia de Castilla, so presentan como en común concurso las escuelas todas, y el mo- 
vimiento general de las artes , propagado á España, se deja sentir con las de Florencia, de Roma y de Venecia, de 
Nuremberg y de Colonia, de Gante y de Brujas. Personificaron á éstas en nuestra patria varios maestros, cuando Juan 
de Borgoña, y más aún el insigne Alonso Berruguete, arraigaban más y más en nuestro suelo la Escuela de Italia; 
y sobre todo este último la del grandioso Miguel Ángel. Así, y ya comenzado el siglo xvi, empiezan a conquistar 
fama, en Madrid, Villoldo y los flamencos Antonio Moro y Jerónimo Bosco; en Sevilla, Juan Nuñez, Luis de Vargas 
y Francisco Fontet; en Granada, los italianos Julio y Alejandro, llamados por Carlos V á la Alhambra; Raxis y el 
inexperto P. Cotan; y en Valencia, el divino Morales y Juanes, que reunió el gusto de las Escuelas Florentina y 
Romana. 



la Emula Fatemam, porque entonce. preguntáronlo, ; ¿Y qué irada e, su de donde míen do, corifeos completamente opue.tos y antípoda, ,„ el 
objeto, en lo, medio,, en todo lo que constituye 1. manifestación y la vid, del arto? No, no hay, hablando con exactitud artíitloa, más que una Emola 
E^ornla de pintura, ó do, a lo sumo, 1. ChMbM y la A,„M,,::a, rama, de un solo y corpulento árbol ; y o.te árbol del, Emula E,,„í„lc, t¡„„e ,„ lili,, 
oion gloriosa y legitima en la. Escuelas Veneciana, Monea y Flamenca, aunque al emanciparse de aquella, poderosas raices ,e doarrolki y transfiguró 
grande, original, majestuoso y bello, como lo e, siempre todo lo natural , Ingenuo , verdadero.,, Calál,.,,, ,/„,„),,;„, ¿ /,;,.,„,;,„ ,,, ,„, ,„„,,„„ ,, , ¡} . ' 
dd Prado th Madrid, por D. Pedro de Madrazo. Madrid, 1872. Prólogo, pdg xxiv 



100 



EDAD MODERNA.— ARTE CRISTIANO. —GRABADO. 



Con. el siglo xvn florecen en Sevilla dos pintores, Juan del Castillo y Francisco Pacheco, que lejos de crear 
escuela, siguieron ambos un estilo marcadamente opuesto, Pacheco continuando aún la tradición italiana del si^Io 
anterior, Castillo, tomando al natural por modelo en el dibujo y en el color, siendo vigoroso, realista y verdadera- 
mente original. Este último era el destinado a formar en Sevilla escuela: en su estudio se hicieron pintores Pedro de 
Moya y el renombrado Alonso Cano, el diviuo Murillo y el inimitable Velazquez, escuela que ya al mediar aquel 
siglo , comenzó á desarrollarse y tener vida propia llegando hasta un sublime ideal , con la particular circunstancia 
de que ninguno de sus grandes pintores salió de su patria en busca de maestros extranjeros. Murillo y Zurbaran son 
entonces los dos grandes corifeos del arte; Murillo eminentemente religioso crea á su vez un nuevo estilo en su con- 
tinuo estudio del natural y lo que le enseñaron los cuadros flamencos é Italianos que vio en Madrid , primero combi- 
nando el colorido de las Escuelas Veneciana y Flamenca y el dibujo detenido y seguro de casta florentina; después 
más franco, dulce y agradable, dio más calor á las tintas, más trasparencia á las sombras, un acorde y una 
armonía en que venció á los grandes pintores del mundo. 

La escuela creada en Sevilla completa en Murillo su carácter religioso, y la Concepción se hace un tipo propio de 
ella produciéndose por todos los pintores. Zurbaran rudo y misterioso crea un estilo varonil, lleno de brio y 
entereza, original en sus efectos de claro-oscuro, uniendo á la energía del Caravaggio, á quien sobrepuja en 
dignidad y elevación, un efecto óptico tan sólo comparable con el que nos dá la moderna fotografía y Valdés Leal 
cuyo estilo sobresalió por lo enérgico y teniendo por objeto preferente el efecto. 

Todas las escuelas ofrecen por lo comnn un largo período de decadencia, pero la Sevillana puede decirse que con- 
cluye de muerte repentina. En vano Tobar y aun el mismo Cornelio Schut, tratan de seguir los pasos del gran 
maestro: bien pronto tomando como precepto aquello que MutíIIo sólo supo emplear como medio de ejecución de 
sus creaciones, decae en amaneramiento y exagerado sentimentalismo. 

Este ya general movimiento artístico en toda la Península se hacia sentir notablemente en Valencia , patria de Juan 
de Juanes, que por su posición y mucho comercio con Italia, era una de las regiones en que el arte español habia 
logrado más rápidos adelantos. No supieron los discípulos de aquel eminente pintor religioso, llamado por algunos 
el Rafael español, igualarle ni aun imitarle. Pero los Ribaltas regeneraron y aun imprimieron un nuevo carácter 
al arte de su patria, excediendo á cuantos allí les precedieran en vigorosa entonación y color caliente, de brioso 
claro-oscuro y suma trasparencia. Espinosa principalmente, Esteban March y Juan de Zariñena perpetuaron en 
Valencia las buenas máximas de sus predecesores , si bien marcando ya cierta decadencia. 

Hijo también del reino de Valencia, aunque vivió en Ñapóles, el célebre José de Ribera, halló por su personal 
carácter y temperamento, su propia expresión en la escuela del Caravaggio. Dramático y terrible casi siempre, supo 
no obstante algunas veces tender el vuelo de su genio á las celestes y pacíficas regiones, pintando á la Virgen 
Madre llena de santa ternura, á Jacob sumergido en sueño profético y á santos entregados á profunda contempla- 
ción; aun en estos asuntos se mostró grave y severo, nunca risueño y dulce como los andaluces. En la parte de 
ejecución, en el correcto dibujo, en el perfecto modelado y en otras muchas cualidades, no tuvo ni tiene rival. 

En Pedro de Moya y Alonso Cano puede decirse que se resume el período más brillante del arte granadino; aquel 
imitador en cierto modo y discípulo de Van Dyck, supo inspirar á Murillo ciertas cualidades que adquiriera al lado de 
su maestro ; Cano , pintor, escultor y arquitecto, es una de las glorias del arte español , si bien en el último concepto, 
esto es , como arquitecto , no supo sustraerse á los delirios del barroquismo. 

La importancia que desde mediados del siglo xvi comenzó á adquirir la villa de Madrid movió á no pocos artistas, 
asi naturales como extranjeros, á trasladar á ella su residencia; la inmediación de la corte á la gran obra del 
Escorial, influyó bastante en que varios de ellos llamados principalmente de Italia por el monarca su fundador, se 
avecindasen en Madrid, y abriendo estudio, comenzaron á admitir en sus escuelas á cuantos querían ser sus discí- 
pulos. Bajo su enseñanza formáronse varios pintores, que, si bien seguían la tradición de sus maestros, estudiando 
en condiciones diversas y obedeciendo á las suyas personales, no menos que á las costumbres y necesidades de la 
localidad en que vivían, se crearon un modo particular de pintar, que más tarde habia de alcanzar casi el carácter de 
verdadera escuela. Asi Bartolomé Carducho, formando para el arte á su hijo Vicente, Patricio Caxés al suyo 
Eugenio, y otros como Autonio Moro y Lúeas Cangiasi, fueron maestros de tan aventajados discípulos como Alonso 
Sánchez Coello, Juan Pantoja de la Cruz, Luis de Carvajal y Bartolomé Román. 
Las comunidades religiosas por una parte, y los particulares por otra, pedían á los pintores imágenes y cuadros 



AGUAS-FUERTES DE ANTIGUOS PINTORES ESPAÑOLES. 



101 



de devoción con que llenaban y enriquecían sus templos; causa que no contribuyó á imprimir bastante carácter 
religioso a la Escuela Madrileña, pues la vanidad de los grandes, deseando trasmitir al lienzo sus hazañas ó las de 
sus mayores, la costumbre tan general entonces de retratarse, y el gusto artístico, en fin, que se desarrolló en 
todas las clases, influyeron también no poco, eu que se revistiese de cierto carácter profano. 

Las relaciones continuas con las posesiones españolas en Flándes, y aun la venida á la corte del mismo Rubens y 
algunos de sus discípulos, despertaron algún tanto en nuestros artistas el gusto por la Escuela Flamenca. Entonces 
fórmause varios artistas que participan de ambas influencias , italiana y flamenca , y ya Rizi , Carreño , Muñoz, Esca- 
lante y Pereda estudian tanto a Rubens y Van Dyck, como á Ticiano, Tintoretto y Pablo Veronés. 

Un liombre dotado de un privilegiado talento aparece entonces en la palestra artística. Procedente de la escuela de 
Castillo, en Sevilla, empieza á copiar los cuadros que había eu Palacio, y creándose un estilo nuevo, llega á ser el 
primer pintor de la corte. Este gran artista fué D. Diego Velazquez de Silva, perfecta individualidad en el arte, ori- 
ginalísimo, sin verdaderos imitadores que le hayan sucedido, su estilo empieza con él , y con él concluye. 

Su influencia, empero, no pudo por menos de ser benéfica: Mazo, Pareja, y algunas veces Carreño, tratan de 
imitarle, cosa que aunque no consiguieron del todo, redundó en provecho del arte y del nuevo rumbo que entonces 
siguió la Escuela de Madrid, tomando al natural por modelo é inspirando eu todas las clases afición y gusto por las 
artes, y más en especial por la pintura, en términos, que cita Carducho más de treinta galerías de cuadros, no sola- 
mente en poder de los grandes de la corte , como los duques de Alcalá y Medinaceli y el marqués de Leganés , sino 
en el de varios particulares, en quienes se había despertado un gran entusiasmo artístico. 

Durante el reinado de Carlos II , y una vez pospuesto el último representante de la escuela castiza española, Clau- 
dio Coello, al impetuoso y amanerado Lucas Jordán, el arte y la Escuela Madrileña van degenerando hasta concluir 
su carrera, al advenimiento de la nueva dinastía de Felipe V. 



ni. 



No en vano nos hemos ocupado hasta aquí de trazar, como en ligero bosquejo , los principales rasgos y caracteres 
de la pintura española, en la época de su mayor apogeo, hasta que dejó de ser eco fiel del espíritu de la civilización 
española en aquel su postrer aliento con el último de los monarcas austríacos; perfectamente enlazada esta materia 
con la que vamos á tratar ahora, identificada como en su mismo ser, completa su estudio y desarrolla un mismo 
orden de ideas; asi, entremos de hecho en la cuestión, tan pocas veces tratada, esto es, de cuándo, cómo y hasta qué 
punto se cultivó entre nosotros el género de grabado denominado al agua-fuerte. 

Vario, libre, espontáneo y artístico este modo de grabar, sin el embarazo ni materiales dificultades que acarrea el 
uso del buril, mereció gran aceptación desde su descubrimiento, en todas épocas y países. Cultivábase con afán 
durante el siglo xvn, y, al par que las escuelas de pintura, lograba sus mejores dias en Flándes y Holanda, bajo la 
inspiración de tan afamados artistas, como Da Jardín, Nicolás Berghem, Pedro Boel, Waterloo, Vander Velde y 
Genoels ; en él se ensayaba el mismo Rubens , y á él debia gran parte de su universal fama el picante y luminoso Rem- 
brandt, que puso enjuego sus más admirables resortes, hasta hacer de sus estampas preciosos objetos de arte, no adqni- 
sibles hoy sino á costa de crecidas somas. No se desdeñaron de cultivarle tampoco los italianos Barroocio, Palma el 
Joven, el Palmesano, Guido Rheni, Guercino, Simón de Pésaro, AnielloFalcone, los Carracci , Salvator Rosa , y otros 
muchos pintores , hasta los originales y fantásticos Tiépolos. Ni en Francia se dejó de seguir este común impulso por 
los representantes de su escuela , como S. Vovet , Sebastian Bourdon , Lebrun , Claudio de Lorena, Poussin, Watteau, 
Le Pautre , Jacobo Callot y otros varios. 

Y en tanto España, ¿respondía de algún modo á éste, cual oomun certamen de agua-fuertistas? ¿Seguía la noble 
emulación de los extranjeros en la práctica de este arte? Si el grande impulso que levantara nuestra pintura al nivel 
de las renombradas Escuelas Italianas , si el empeño y afán con que se llevaran á cabo durante todo el siglo xvn tan- 
tas y tan peregrinas representaciones pictóricas, se hubiese empleado en la práctica del agua-foerte, no lo dudamos, 



*'-^^*^ 



102 



EDAD MODERNA.— ARTE CRISTIANO.— GRABADO. 



podrían representar hoy nuestros pintores en el mundo artístico un principal papel, como agua-fuertistas. Intentare- 
mos explicarnos más sobre este punto. 

EL grabado al agua-fuerte es el grabado de los coloristas; la punta, que el artista maneja á su antojo, puede produ- 
cir , desde los más vigorosos tonos, que luego el mismo corrosivo liquido, al morder sobre el cobre , fortalece de nuevo, 
hasta las más suaves medias tintas, que suelen lograrse á veces con sólo hacer perder á la plancha su natural puli- 
mento. Por otra parte, su ejecución franca, fácil, libre como la inspiración, rápida como el pensamiento que sugiere al 
artista su propio géuio, no deja de ser poderoso estímulo para que el pintor le adopte con entusiasmo y le cultive con 
éxito acertado. La Escuela Española , colorista desde sus principios , profunda observadora del natural, franca, espon- 
tánea, sin trabas académicas ni empíricos dogmas, debiera ser una de las primeras en ofrecer al mundo obras maes- 
tras en este género de grabado. No fué así, empero, y tal fenómeno podria explicarse del modo que vamos á exponer. 
Ya indicamos en otro lugar (1) las causas del poco cultivo que mereció entre nosotros el grabado á buril ; entonces 
decíamos : « nuestra posición topográfica ha influido no poco siempre en que se retrasase el planteamiento en nuestro 
suelo de los inventos útiles y adelantos que en las demás naciones del centro de Europa se adoptaron, casi al mismo 
tiempo de su descubrimiento. El arte del grabado, en cuanto tiene de mecánico y profesional, no podía menos de 
estar sujeto á estos mismos efectos , y aunque no tanto respecto de su introducción en España , sí en cuanto á sus pro- 
gresos y adelantos en lo sucesivo. El grabado, además, como complemento y auxiliar de la pintura, siguió casi 
s mismos pasos y participó de su apogeo ó de su decadencia ; la época en que nació y se desarrolló el gra- 
> en Alemania , Flándes é Italia , no fué , en verdad , la de los mayores y más indisputables triunfos de la Pintura 
a : el siglo de oro de este sublime arte en España lució á fines del siglo xvi y durante todo el xvn ; el carác- 
ter de que se revistió desde su principio, fué eminentemente nacional é independiente de toda tradición y de toda 
influencia extranjera ; circunstancias en que no era posible se desarrollase el grabado , atendidas las dificultades de 
sus prolijos medios de ejecución. El arte en España, en fin, en esta época de su mayor esplendor, fué cultivado en 
sus más amplias y dilatadas , en sus más sublimes esferas , tocando siempre su cima las mayores dificultades , ya en 
las elevadas y celestiales regiones de la pintura religiosa, con cuanto el arte tiene de divino é Inmaterial, en Mu- 
rillo , Alonso Cano , Ribalta y Mateo Cerezo, ya en las inimitables creaciones robadas á la naturaleza misma de Velaz- 
quez, Ribera, Carreño y Claudio Coello. Nunca se manifestó la pintura española aficionada á nimiedades y bagate- 
las, ni supo emplear sus fuerzas en asuntos comunes y triviales, en que el verdadero genio encuentra siempre espa- 
cios limitados; no era posible tampoco que fácilmente se sometiese el genio de nuestros artistas al manejo del buril, no 
poco lento y enojoso para aquellas independientes y vigorosas imaginaciones; la práctica de este arte y su mayor 
desenvolvimiento habia de llevarse á cabo cuando las máximas doctrinarias del arte reducido á reglas, habían de 
apagar aquella ardiente llama.» 

Mas ¿podría decirse otro tanto del grabado al agua-fuerte? ¿Obedecerá á estas mismas cansas el no haberse gene- 
ralizado más entre nosotros? 

Desde luego que no señalaríamos como causa de éste, que pudiéramos llamar extraño fenómeno, la prolijidad y 
el trabajo mecánico, por decirlo así, que exige el uso del buril; otros más poderosos motivos acaso nos lo expliquen 
más satisfactoriamente; tengamos en cuenta: l.", que el talento de nuestros artistas se ocupó, más que en satisfacer 
las exigencias y caprichos de un público veleidoso y amigo de novedades , en la pintura religiosa , en que los emplea- 
ban de continuo la piedad y munificencia de las órdenes religiosas, de los cabildos, hermandades y cofradías, en 
llevar acabo esos grandes lienzos de altar, y esas obras al fresco que decoran aún muchos de nuestros templos; ¿cómo 
conciliar este trabajo de fuerzas sobrehumanas en que agotaban su vida toda, con la producción de un gran número 
de estampas al agua fuerte? Y 2.", que la costumbre, Ó más bien la moda, ha influido siempre en el éxito de ciertos 
inventos y en su propagación; el agua- fuerte no estuvo en boga entre nosotros durante el siglo xvi, en que se 
cultivó tanto en otras naciones ; y no es extraño que esta falta de tradición se comunicase á nuestros pintores del 
siglo xvn. Ribera, no obstante, educado en Ñapóles, conocedor de las bellas estampas que entonces circulaban 
por Italia, y teniendo cerca de sí á otros artistas que grababan en este género, llegó á ser una de las glorias del 
arte, como grabador. 



(1) Tomo ii , pig. 445 del Museo Español de Antigüedades. 



AGUAS-FUERTES DE ANTIGUOS PINTORES ESPAÑOLES. 



103 



Pero siendo así, y no pudiendo contar España con un largo catálogo de grabadores al agua-fuerte, no pudiendo 
presentar obras tan perfectas como las estampas de Eembrandt y el gran grupo de agua-fuertistas flamencos, de 
Salvator Rosa, los Tiépolos y otros inuchos pintores italianos, ¿se dirá con algunos críticos, especialmente extranjeros, 
que esto redunda en desventaja del arte nacional? Sólo nos ocurre responder con otra pregunta: ¿Es menos considerada 
en el mundo artístico la gran Escuela Veneciana, la Escuela de Ticiano, Tintoretto, Veronés, Giorgione, Palma y Por- 
denone, por no haber producido famosas estampas al agua-fuerte? (1). No en verdad: no poca gloria ha cabido a 
nuestra pintura , como á la veneciana , en la ejecución de obras que hoy llenan el mundo todo con su fama ; nos basta 
con que la de Murillo , de Ribera , de Velazquez , sea tan grande , por lo menos , como la de los primeros pintores de 
Europa. Más difícil es vencer en un solo cuadro tantas dificultades como Velazquez supo allanar en el famoso de las 
Hilanderas , ó en el de las Meninas, llamado por expresión de Lúeas Jordán la Teología de la Pintura, que las 
más bellas y renombradas aguas-fuertes. ¿Por qué, pues, censurar á nuestros pintores por haber elegido la mejor 
parte , la parte más difícil del arte? 

Sólo sí resta, para revindicar al arte español do esta censura, tan común en boca de los extranjeros, que buscan 
el arte en las estampas, por la sola razón, creemos, de que es más cómodo examinarlas que no recorrer nuestros 
museos y nuestros templos, darles á conocer tantas y tantas riquezas del arte de la pintura, encerrados en unos y 
otros, por medio del mismo procedimiento del agua-fuerte, cuyo uso no desdeñaron los antiguos, pero sí pospusieron 
a otras tareas de mayor empeño, y también (preciso es decirlo) más acreedoras á la fama y al aplauso de propios y 
extraños; no faltaría boy seguramente quieu, á hallar protección y favor en el público , desempeñaría esta tarea tan 
cumplidamente cual pudiera desearse (2). 



IV. 



Hechas estas advertencias y aclaraciones, que creímos debían preceder al estudio y examen de lo que produjo entre 
nosotros, de mis estimable el arte de grabar en agua-fuerte, vengamos á la particular descripción de aquellas 
estampas que, como las mis notables y escogidas en su género, ofrecemos por vía de muestra i nuestros lectores, en 
la lamina que acompaña 4 esta monografía. Pero cierto que, tratándose ahora de esta materia, causaría extrañeza 
que no consagrásemos siquiera unas breves líneas al primero , al mis umversalmente conocido de nuestros pintores 
grabadores, al famoso Spagmleth José Ribera, de cuyas estampas hemos decidido no dar algún fac-símil en esta 
publicación, puesto que, 4 pesar de su gran valor, llegan con frecuencia á manos de los aficionados. 

Aunque se precié de ser español, pasé Ribera su vida lejos del suelo que le vié nacer, si bien dentro de los dominios 
españoles, puesto que vivió y murié en Ñipóles, su patria adoptiva, enténces rico florón de la corona de España. 
No se explica fácilmente cómo los italianos, y entre ellos sus biógrafos Dominici y Matteis, han querido suponerle 
natural de Gallípoli, en la tierra de Otranto, en el reino de Ñipóles, pues aunque desconociesen la partida de bau- 
tismo que cita Cean (de cuya autenticidad no es dable dudar), no podían por menos de haber visto alguna vez las 
¡ que grabé al agua-fuerte, en que se titula español, valenciano y de Játiva (Sispanus, Valentinus, 
, y no hay por qué suponer tampoco , que él quisiese fingir tan circunstanciadas señas de su origen y patria 
verdadera. Los primeros estudios que hizo en Valencia con Francisco Ribalta, le sirvieron para avivar más su deseo 



(1 ) Aunque según la opinión de algunos , el gran Tieiano Vecelio grabó oiertas estampas , ni Bidolfi ni ninguno de sus biógrafos antiguos hacen men- 
ción do esto particular, citando solamente los dibujos que hizo sobro madera para sor grabados. Bnrtsoh , en su Peinlre Gmvswr, menciona tan solo ocho 
estampa,, y aun éstas afirmando qoe no las tiene por do mano de Tioiano, puesto que en su estilo difieren entre ,i. Rcpecto do Tintoretto, casi todos los 

retrato del Dni Oicogua. Aunque osla estampa os digna do la mano del Tintoretto, lo. biógrafos do ésto, Vasari, Zanetti, 
entre sus obras, ni dan noticia de que hubiese cultivado poco ni mucho ol grabado. Si fuese cierto que hizo Bobre el 
pb últimos afios de su vida, puesto que Cieogna fué elegido Dus en 1585, muriendo cu 151)4, el mismo ano en que Tinto- 
retto f. lleeii á la avanzad, edad do 82 anos. Despeólo á Palma el jóv.n, es cierto que grabé, y de él so citan hasta 27 c.t.mpas, que se publicaron ocho 
ahos después de muerto, ó se. en 1636, pero ni admiran por .u bello efecto ni estún dentro del carácter y expresión do la Escuel. V.neci.na.-De Vero- 
nés no se conoce trabajo alguno al agua-fuerte. 

(2) Loa dos distioguidoe jóvenes Sres. Qalvan y Maura, han dado y. muestra en las diferente, estampas que, con uno ú otro fin, ha producido su 
iu.pirada punta, do tener sobradas dote, par, gr.b.r al agua-tuerto loe mejoree cuadros de lo. pintores españoles que existen en los Muscos do Madrid. 



•i y Ti 

e esta rctratn, <i\l>iú 



104 



EDAD MODERNA. — ARTE CRISTIANO. — GRABADO. 



de descubrir nuevos horizontes para el arte, y pasar á Italia; así lo hizo, aguijoneado no poco en su empeño de 
sobresalir en él, la misma miseria que de cerca le amenazaba, y que hubiera podido rechazar con sólo aceptar 
los generosos ofrecimientos que cierto cardenal le hiciera, brindándole con el sosiego y regalo de su casa. Pobre 
desnudo y sin tener qué comer, se entregaba ardoroso é incansable al estudio: llamábale su vocación decidida á 
admirar las obras de Caravaggio , y no obstante haber estudiado concienzudamente á Rafael y los Carraccis, y aun 
imitado en cierto tiempo al gracioso Correggio , decidióse á seguir el estilo vigoroso del primero, sobresaliendo tanto 
en él, que llegó á superar á su maestro. Desde Roma pasó á Ñapóles, que habia de ser el verdadero teatro de sus 
triunfos, donde un rico tratante en cuadros, sagaz adivino de su futura gloria, le brindó con la mano de su hija. 
Casado ya, y no necesitando trabajar para ganarse el sustento, se entregó decididamente al género de pintura que 
más predilecto le era, á saber: los efectos terribles y dramáticos, los estragos del tiempo y del dolor físico, las escenas 
de muerte y de sangre, que en estos más que en otros asuntos se despertaba su terrible inspiración. Ya el Caravaggio 
quedaba muy atrás en esta senda; los cuadros del Spagnoletto eran de moda en toda Ñapóles, la sociedad más culta 
le animaba con sus aplausos, y hasta se cuenta que el cuadro del Martirio de San Bartolomé fué el origen del favor 
y protección que en adelante le dispensó el Virey D. Pedro Girón, Duque de Osuna. De tal suerte favorecido por la 
fortuna, arrastrado por la pasión é inducido de otros artistas de menos fama, dícese que llegó á tender asechanzas 
indignas á los partidarios de la eclectista Escuela de los Carraccis y de la de Guido, Francisco Gessi y el Dominichino, 
afecta á un ideal puramente convencional y tan opuesto á su naturalismo. No fueron parte estas intrigas á privarle 
del favor y protección del nuevo Virey Conde de Monterey , que le encargó numerosas obras por orden de Felipe IV, 
así como también otros muchos grandes señores y diferentes corporaciones religiosas. Colmado, en fin, de honores 
y distinciones , falleció á los 68 años de edad. Aunque Ribera se ejercitó con preferencia en los asuntos terribles, supo 
también pintar otros de índole distinta. Los inventarios que habia en el antiguo Alcázar y Palacio de Madrid en los 
reinados de Felipe IV y Carlos II, hacen mención de no pocas obras de Ribera de asuntos, ya mitológicos, ya del 
Antiguo Testamento, cuya pérdida nos impide desgraciadamente apreciarle como pintor de historia; trató también 
su pincel las fábulas de Apolo y Mársias, Perseo y Venus y Adonis, y pintó varias Concepciones de una belleza 
incomparable. 

Las estampas del Spagnoletto son consideradas como una de las maravillas del grabado al agua-fuerte ; la que 
representa el martirio de San Bartolomé es notabilísima , tanto por la expresión de la cabeza del Santo como por la 
del verdugo que le martiriza. En el género profano no es menos notable la mal denominada Baco con los dos sátiros, 
que representa á Sileno; y el magnífico retrato de Don Juan de Austria. En éstas y las demás se distingue Ribera 
como grabador por la pureza y corrección del dibujo, la seguridad y fineza de la línea, la delicadeza del trabajo de 
la punta, nunca ayudado del uso del buril, y la variedad y buen gusto en la ejecución acentuando la naturaleza de 
cada objeto é indicando sabiamente los accidentes. 

Los autores de los catálogos de estampas de Ribera difieren bastante entre sí acerca del número exacto de ellas 
que llevó á cabo. Bartsch señaló diez y ocho , no sin advertir que no daba crédito á los que habían fijado mayor nú- 
mero (1); Cean asegura que se acercan á veintiséis las que produjo su inspirada punta, aunque no las menciona 



(1) Insertamos cu este lugar el catálogo y descripción de 1¡ 
como ilustración á lo que queda dicho : 



s-fuertes del Españnletn, que hiao Bartsch en bu obra ya citada Le Pc'urfrc- QftWeta 



«Asuntos riAnosos. 



1. Jestt-Cristo muerto. 

La Virgen, San Juan y la Magdalena lloran sobro el cuerpo del Sefior muerto y tendido en tierra al pié de la cruz, colocada al lado izquierdo de la 
estompa. Debajo de esta, y por esto mismo lado, están las letras G R escritas al revés. 
(Ancho: 9 pulg. 5 lín. Alto : 7 p.2Hn.). 

2. San Sebastian. 

Está atado á un árbol, de medio cuerpo y haciendo un ademan con la mano izquierda. £¡n marca. 
(Altura : 3 p. 3 lín. Ancho : 2 p. 7 lín.). 

3. San Jerónimo leyendo. 

Está el santo en el desierto, sentado y leyendo un papel que sostiene con ambas manos; está visto de perfil y vuelto hacia el lado derecho. A la izquierda 
hay diferentes libros sobre una piedra y más allá un león. A la izquierda, por la parte superior, la letra A y la cifra del nombre de Ribera. 
(Ancho: 9p. 3 lín. Alto: 7 p.). 

4. San Jerónimo. 

San Jerónimo aterrado creyendo oir la trompeta que llama al juicio final ; sentado en la parte central de la estampa vuelve la cabeza hacia la derecha 



AGUAS-FUERTES DE ANTIGUOS PINTORES ESPAÑOLES. 



105 



todas ni las describe; cosa rara que hoy no estén acordes los críticos en este punto, cuando su originalidad y la 
maestría con que están hechas, las colocan muy por encima de las de sus discípulos é imitadores. 









del lado superior, donde se ve un ángel mitre nubes que hace sonar aquel instrumento. Por el lado izquierdo inferior asoma la cabeza el león, y al latió 
opuesto las cifras de Jusepe ffivsra Spctgnoktto. Bella y rara estampa. 

(Altura: 11 p. 5 lin. Ancho: 8 p. G lín.). 

5. San Jerónimo. 

El mismo asunto anterior tratado de diferente modo. En lugar del ángel hay dos manos que sostienen la trompeta. La cabeza del león eBtá á la mitad 
de la altura de la estampa por este mismo lado, y debajo las mismas cifras con el año 1621. 

(Altura: 11 p. 7 lín. Ancho: 8 p. 9 lín.). 
San Bartolomé. 

El martirio de San Bartolomé. Está el santo de rodillas y atado por Iob brazos á un tronco de árbol. El verdugo que le martiriza está á la derecha, y 
otro que afila su cuchillo al lado opuesto. En el margen inferior se lee : Dedico mis obras y esta estampa al Serenísimo principe PMliberto mi señor en Ñapóles 
año lS24.—Jusepe da Riucra Spañol. Esta es la estampa más preciosa de nuestro artista; las buenas pruebas bastante raras. 

[Altura: 11 p. Margen inferior: 8 lín. Ancho: 8 p. 8 lín.). 

7. San Pedro. 

El santo llorando su pecado, se vuelve hacia la derecha orando con las manos juntas y con la rodilla izquierda en tierra. La misma cifra usada en los 
números 4 y 5 y el año 1621 escrito al revés se ven á la parto baja de la derecha. 
(Alto: 11 p. JOlín. Ancho: 8 p. 10 Un.). 

ASDHTOS PROFANOS. 

8. Cabeza de un hombre. 

Cabeza de un hombre bastante deforme, de perfil y vuelta al lado derecho. Es notable por eu gran nariz y por lo abultado del labio inferior. Tiene el 
cabello corto y cubierto en parte por un pañuelo liado á la cabeza y en el cuello un gran bulto. A la derecha de ahajo, la cifra dicha y el año 1G22. Las 
pruebas más modernas llevan en la margen inferior la suscricion F. V. Wyn. ex. 

{Alto: 5 p. 2 lín. Ancho: 3 p. 11 líu.). 

9. Cabeza de un hombre con berrugas. 

Busto de un hombre muy deforme visto de perfil y vuelto hacia la derecha. Está lleno de bultos y con dos grandes lobanillos en el cuello. Cubre bu 
cabeza un bonete terminado en punta. A la derecha del lado inferior la cifra dicha y la palabra hhpanus. 
(Alto: 8 p. Ancho: 5 p. 2 lín.). 
Las pruebas posteriores llevan al margen inferior las letras F. V. W. e.c 

10. El poeta. 
i actitud de profunda meditado] 



Un poeta coronado de laurel y 

se ve un grueso tronco de árbol. 

(Alto : 5 p. 10 lín. Ancho : i p. 

11. El Centauro y el Tritón. 
Combate entre un Centauro y nri 
(Alto : 4 p. 4 lín. Ancho : 6 p. 2 

12. El sátiro azotado. 



6 lín.). 



e pié y se apoya con el brazo izquierdo e 



. En el fondo se percibe á otro Tritón nadando en el ri 



a gran piedra, detrás de la cual 



Una 



cilio e 



ca de una cuba llena de uvas y entre ríos sátiros ; el uno le corona de pámpanos y el otro vierte el i 
a otro sátiro y a una ninfa. A loa pies de Sileno hay dos chicos, el uno duerme y el otro bebo en una ■ 



. Por la 



n el otro se lee en bu margen Inferior : Al molto Ill.re S. Don Gioseppe Bal- 



, y á la izquierda de la margen inferior s 



y en la derecha de la estampa azota á un sátiro sujeto á un árbol. En la parte baja del lado izquierdo s< 
de las letras S. N., de difícil explicación. Sin embargo, e B ta estampa es á todas luces original de Ribera 
( Ancho : 7 p. 8 Un. Alto : 6 p. 2 lín.). 

13. Sueno. 
Sueno está echado en el su< 

En el fondo, y á la derecha, 

parte inferior de este lado se lee : Joseph. & Ribera Hisp.s Valenli.* Setabm.f. Partmopc 1G28 

(Ancho: 13 p. Alto: 10 p.). 

De esta estampa se conocen dos estados: uno el que acaba de descri 
samo, Barone di Caltafi—Mcsina—Giovanni Orlandi Romano D. D. 

14. Don Juan de Austria. 
Está representado á caballo, marchando á galope hacia la derecha. En el fondo se ve la ciudad de Nápol 

lee : Juscpe de Riñera f. 1648, y arriba : El S.™° S. Don Juan de Austria. 

(Alto: 13 p. Ancho: 10 p.). 

Esta estampa ha sido alterada posteriormente, cambiando la cabez 
tres ángeles, dos de los cuales sostienen m 
conserva, pero no el. ano 1G48 cambiado en el do 1G70. . 
Gaq>ar deHollandcr excwl. Antuerpia opdemeer. 

15 & 17. Principios de d 

(Ancho : 7 p. 10 lín. Alto: 5 p. 3 lin.). 

15) Siete estudios de ojos al contorno, y otros seis terminados con sombra. A la derecha de la parte inferior: Joseph Ribera español. 

16) Estudio de una boca ab.erta en acritud como de gritar, al contorno y terminada; otra boca parecida á esta; dos narices al contorno y doa más 
conclu,da fl ;todoenunaUmina.Aladerechad e lladoinferior:J OSCJ) AJÍ¿5 e ™ ÉSi)£ tó ;. ai contorno j a os más 

17) Estudios de nueve orejas, tres de ellas solo contorneadas. En la parte inferior derecha el monograma del Spagnoletto y el afio 1622 y el número 4 
Delastres, esta numerada solamente ostaplancha. y numero 4. 
18. Escudo de armas. 

Las armas de un be 



e Don Juan por la de Cirio. II , rey de E.p.ña , y añadiendo por 1, parte do arriba 

■o 1. cabeza del monarca y el otro el e.cndo real do E.p.ia. El nombre de Jaep, Rmaaf. se 

3 añadido ol epígrafe: Cap.olus II. Dn g»atia Hispahuho» ít Lidiaeom hex, etc. 



y un león rapante. 

(Altura: 9 p. Ancho: 6 p. 7 lín.J.s 



. cartucho sobro el cal hay una corona .ost.nida por do. genio.; en la, equina, do ambo. lado, hay do. torre. 






106 



EDAD MODERNA.— ARTE CRISTIANO.— GRABADO. 



El primero en importancia artística de los grabados , que en fac-simil ofrecemos en nuestra lámina , es sin duda el 
retrato del Conde-Duque de Olivares (núm. 6); si la opinión general de los críticos no se hubiera anticipado , incluso 
el mismo Cean Bermudez, á designar el autor á esta preciosa estampa, la maestría que revela, el realismo que dis- 
tingue á este retrato , sólo comparable con el que produce el foco de la maquina fotográfica , ¿no acusan la docta mano 
del inimitable D. Diego Velazquez de Silva? ¿Cuáles fueron las cualidades que distinguieron el estilo en pintura de 
este gran maestro? ¿Las vemos reflejadas y como traducidas sobre el cobre, en el grabado que nos ocupa? 

Las obras del primer estilo de Velazquez, entre las que figuran el Aguador de Sevilla, de la colección de Lord 
Wellington, la Adoración de los pastores de la National Gallery de Londres y la Adoración de los Beyes, do nuestro 
Museo del Prado, revelan, que si Herrera el viejo y Tristan formaron su paleta, Pacheco y los doctos sevillanos que 
le rodeaban, formaron su criterio y gusto artístico. No era Sevilla círculo bastante ancho para Velazquez que deseaba 
ampliar sus conocimientos en el arte. Trasladado á Madrid en 1622, volvióse descorazonado á Sevilla sin hallar la 
protección que babia apetecido ; no tarda un año en llamarle de nuevo á la corte , gracias á las reiteradas instancias 
do D. Juan Fonseca y Figueroa, canónigo de Sevilla, el favor que ya comenzó á dispensarle el poderoso valido de 
Felipe IV, D. Garpar de Guzman, Conde-Duque de Olivares. Empezar Velazquez á manifestar su rara habilidad en 
el gran retrato ecuestre del rey, que expuso al público frente á las gradas de San Felipe el Keal, y captarse la 
admiración de la corte, todo fué obra de pocos meses. Desde entonces el monarca le recibió en su servicio y le colmó 
de honores y distinciones, á que D. Diego correspondió con fáciles y extraordinarios triunfos. El retrato del prin- 
cipe de Gales, que quedó sin concluir y el lienzo de la Expulsión de los Moriscos, que por entonces llevó á cabo, 
ambos desgraciadamente perdidos , contribuyeron á consolidar su creciente reputación. Dióle el monarca cargos y 
oficios en Palacio, no -muy en armonía por cierto con su carácter de artista y pintor del Rey, y asignóle varios 
sueldos del fondo de la ración de cámara, ¡cosa singular! que disfrutaban los oficiales de manos de todas clases. El 
trato con el gran pintor flamenco Pedro Pablo Rubens, que habia venido á Madrid á mediados del año 1628, inspiró 
más en Velazquez el deseo de pasar 4 Italia y estudiar en aquella patria de las artes las producciones de los grandes 
maestros. Obtenida la venia del rey, y dejando en su poder, como última obra de su primer estilo, el famoso cuadro 
conocido vulgarmente por el nombre de los Borrachos, se embarcó en Barcelona en compañía del Marqués de Spí- 
nola, cuya fisonomía babia más tarde de inmortalizar en el cuadro de la Rendición de Breda. Las recomendaciones 
del Conde-Duque le abrieron las puertas de las más famosas galerías y museos; estudió y admiró, copió á Tintoretto, 
á Miguel Ángel y á Rafael, y regresó a España con un nuevo estilo de pintar, trayendo como muestra, entre otros 
lienzos, los dos grandes de La Fragua de Vulcano y de La Tínica de Josef. Desde 1631, año de su regreso á Madrid, 
á 1649 en que se trasladó por segunda vez á Italia, ¡cuántas obras de primer orden llevó á cabo, marcadas por su 
estilo sólido al par que franco y brillante , á pesar de los infinitos cargos y comisiones ajenas á su profesión que hubo 
de desempeñar ! En 1643 pierde su privanza el Conde-Duque, á quien Velazquez conserva, sin embargo, noble adhe- 
sión ; esta fecha acaso nos sirva de dato para asignarla aproximada á la estampa de que volveremos á hablar en 
breve. Sus principales cuadros en este período de diez y ocho años son : el cuadro de la Bendición de Breda , el Cristo de 
San Plácido, los retratos ecuestres de Felipe III y IV y sus esposas , el del Conde-Duque , el del Príncipe Don Baltasar, 
los Cazadores y los de los Enanos y Bufones de la corte. Con el fin de decorar varios salones del Real Alcázar es nom- 
brado Velazquez para marchar segunda vez á Italia. Allí habia de perfeccionar aún más su estilo creándose otro 
nuevo, y allí también habia de adquirir para su patria, además de gran número de vaciados de estatuas del antiguo, 
preciosos cuadros de autores italianos, y sobre todo de sus favoritos los venecianos que hoy adornan el Museo del Prado. 
Obtenido á su vuelta á España el empleo de aposentador del Bey, admira cómo pudo dedicarse, desempeñando 
al par aquel cargo, á realizar creaciones tan maravillosas como los cuadros de Las Meninas, Las hilanderas y San 
Antonio y San Patio y atender 6. la colocación de los cuadros de los palacios de Madrid, el Escorial y demás sitios 
Reales', disponer las pinturas de techos, bóvedas, y trazar la decoración de la del Salón de los Espejos, y otras nuevas 



AGUAS-FUERTES DE ANTIGUOS PINTORES ESPAÑOLES. 



107 



ocupaciones, no todas propias, como hemos dicho, de su genio y profesión. «Condensar en pocas palabras, dice un 
ilustrado biógrafo (1), los caracteres de este tercer estilo seria vana empresa: basta que digamos que por efecto de 
esta nueva manera, de que él exclusivamente fué el inventor, sus retratos no son cuadros, sino verdaderas personas 
que existen y respiran; las escenas que representa no son pinturas, sino vivas evocaciones de los sucesos, ya públi- 
cos, ya familiares que pasaron ante los ojos y en que intervino la fastuosa, elegante y corrompida corte de Felipe IV. 
Amante idólatra de la verdad la buscó Velazquez con una ingenuidad heroica, sacrificando los medios convencionales 
con que producían efecto los napolitanos y flamencos, y sacando del aire interpuesto un partido que nadie hasta 
entonces habia sacado, que consistía en hacer intervenir el ambiente natural como última mano que terminase sus 
abreviados pero siempre exactos bosquejos.» Falleció , en fin , Velazquez á de Agosto de 1660. 

Volviendo ahora al retrato que nos ocupa, ¿cual es su importancia y valor artístico? ¿Hay razones para atribuirle 
a la mano del mismo Velazquez? No se ocultara a ninguno que con verdad presuma de entendido en artes, la 
maestría de ejecución q\ie se revela en esta pequeña pero rara y preciosa estampa. Represéntase en ella al Conde- 
Duque en exacto y fiel retrato, si los varios que conocemos no mienten acerca de su verdadero tipo y facciones, y 
como llegado a la edad de unos cincuenta años. Está colocado el busto como escorzando un poco el lado izquierdo; 
lleva larga melena, al uso cortesano de entonces, algo recortada por la frente; largos bigotes, que pasando de sus 
justos límites, llegan a cubrir ambos carrillos; larga y poblada perilla; su mirada es fija y penetrante, y lo abultado 
de sus facciones indica cierta obesidad y pesadez. Viste armadura con banda, pendiente del hombro derecho, y golilla. 
El busto aparece estar sostenido en una peana , de que no se ve sino una parte. La morbidez de las carnes , el perfecto 
modelado, la acentuación en todas y cada una de sus partes, el efecto brillante de grato y armonioso colorido, la 
naturalidad de expresión , la vida que anima la fisonomía del Conde-Duque, cualidades todas del grandioso estilo 
y manera de pintar de Velazquez , nos persuaden a primera vista del mérito de este precioso grabado, y en nuestro 
sentir atestiguan que no otra mano que la suya pudiera llevar á cabo obra tan cabal y admirable. 

Desde luego que el original de esta estampa , si no en su todo, en su parte principal , procede de uno de Velazquez, 
que, digámoslo sin rodeos , no ha llegado nunca 4 nuestra noticia. Ya que no por otras razones que se desprenden 
del estilo y manera del retrato grabado, pudiéramos deducirlo examinando la curiosa estampa que acompaña i. la 
obra del licenciado D. Juan Antonio de Tapia y Robles, Ilustración del renombre de grande, etc., dedicado al católico 
Don Felipe Quarto el Grande, Madrid: 1638 , que no es otra sino el retrato del mismo Conde-Duque , en nn todo se- 
mejante (la cabeza) á la del grabado que nos ocupa, y en que se expresa aquella circunstancia, esto es, haber sido 
grabada de un original de Velazquez (ex arc&etppo Velazquez) por el flamenco Hermán Panneels, en 1638. Esta 
perfecta semejanza es evidente ; no así en cuanto al mérito respectivo de uno y otro grabado, pues si bien el do 
Panneels es de bello efecto y de brillante entonación , cual corresponde á la buena época del grabado en Flándes y al 
tiempo de los Bolsvert y Pontios, aventaja con mucho á éste ol presunto do Velazquez, obra á todas luces del pintor 
que ve más el color que el trabajo del rayado, antes la entonación armoniosa del cuadro que el efecto que produce 
el grabado de los burilistas. 

Pero estas mismas cualidades que distinguen á la estampa que reproducimos, ¿son en sí la más poderosa razón 
para que se la atribuya á la mano de tan insigne autor? Así han afirmado cuantos, conociendo á fondo el esülo del 
gran maestro, han llegadoá examinar despacio nuestra estampa. No es, por otra parte, difícil que Velazquez, que 
llegó á monopolizar, por decirlo así, la pintura de los retratos de Felipe IV, se reservase también el honor de re- 
producir las facciones de su gran valido, á quien de hecho se sabe retrató diversas veces (2). Pudo suceder que, 
satisfecho de aquel original suyo, (achetypo) que suponemos existia, puesto que de él sacó Panneels su grabado,' 
tuviese el capricho de copiarle por sí mismo al agua-fuerte, y el resultado no podia ser sino digno de su siempre 
celebrada habilidad. Supuestas estas circunstancias, debió abrirse esta lámina entre los años 1638 y 1643, en que, 
como queda dicho, cayó de su privanza el Conde-Duque. 



(1) Además del retarte ecnestr. qu. «i.te en el Mnseo d.l Pr.do en que e.tá representa .1 Cond.-Dnqn,, de I. mi.m, edad peeo mé, o menos cu, 
1. ,». >»d,e. íll»**, .. decir, de. ó tre. Me, .„t., de .„ cid., exirte otro m.goifleo gr.tado de P.Mo Pootio, eo ,oe .. le represente b.st.nte 
me, ¡oven. E„ d,e ,» est.rop., „„ q „, fi gn „ ,, „,„,„ d , ntr0 d , „„, gm „,, de oranporici<m> debid , ,, ¡ngen¡0 de j^,,^ „ ^ rf ^^ ^ 

..cede en or, s ,„.l d, Uteoo» («, «tó„» 7***.), ,1. orí. d.l no mine, insigne pinto, n.menoo „ eit.de (P. P. Bul,,»,, „ü „ ,,«,i m l,) 

l¿) D. 1 edro deM.dr.zo, CWo%" ih^npüvo ,' hklóric ,h /os cimdroz <!<:! Mvstv ,1,1 Prado. 



108 



EDAD MODERNA. — ARTE CRISTIANO. —GRABADO. 



Pudiera muy bien suceder que los toques de burii que de liecho, y como observa Cean Bermudez , se notan en 
diversos puntos , como para dar mayor vigor y realce al grabado , no fuesen debidos á la mano de Velazquez , pues 
libres y ligeros como son, parecen acusar el trabajo que, para terminar el de Velazquez, hizo alguno cuya profesión 
fuese el manejo de aquel instrumento, no fácil como el de la punta, para quien no se halla acostumbrado de 
antemano. 

El original de quien hemos tomado nuestro fac-símil, lleva en el margen por la parte inferior escritas, de letra 
del siglo xvir evidentemente , estas palabras : «El Conde Duque. » Algunos han pretendido que la letra es del mismo 
Velazquez. Hemos tenido ocasión de confrontarla con la de un escrito original del mismo; y no habiendo quedado 
convencidos de la semejanza entre ellas , no nos aventuramos á emitir por nuestra parte igual parecer , aparte de que 
no creemos muy propio del carácter de Velazquez imitar el ejemplo del famoso Orbaneja. 



vi. 



Al lado de tan bella estampa como la descrita, figuran dignamente las que ahora van a ocupar nuestra aten- 
ción y examen, que, siguiendo el orden que nos hemos propuesto (diferente del que en su colocación se observa 
en la adjunta lámina), son las dos que en la opinión general adjudica al famoso Bartolomé Esteban Murillo (núme- 
ros 2 y 5). Examinemos antes su valor y cualidades en [los que distinguieron las demás obras del insigne pintor 
sevillano. 

Sin salir de España, y solamente estudiando en Madrid las obras de Ticiano, Rubens, Van Dyck, Ribera y Velazquez, 
pudo Murillo comenzar su brillante carrera, pintando en Sevilla, como arriba digimos, con el sabor de las Escuelas 
Veneciana y Flamenca, los cuadros para el claustro chico del convento de San Francisco, que tanto llamaron la aten- 
ción en Sevilla, que se dijo haberlos pintado gracias á secretos sobrenaturales. Creándose más tarde su segundo y 
más franco estilo, consiguió vencer, así en la armonía, como en la originalidad de los tipos que su rica fantasía le 
inspirara, á los grandes pintores de todas las épocas y países, pintando multitud de obras con asombrosa facilidad 
para la catedral, los conventos, los hospitales, las iglesias y casas particulares. «La Inmaculada, como dice un autor 
antes citado (1), bajo cuyo patrocinio había venido al mundo (2), le inspiró el modo de representar su inefable mis- 
terio cual nunca antes habia sido figurado. Nunca, en efecto, se había visto traducida en formas humanas de una 
manera tan exquisita la digna compostura é inocencia de una mente no contaminada por el pecado; nunca con tan 
visible encanto la extrañeza insexual de toda culpa, de toda mengua, de toda mancilla. Su indisputable preemi- 
nencia en el arte de representar esta divina idea, le valió el nombre antonomástico de pintor de las Concepciones. 
Emuló con Rafael en el arte de representar al Dios infante, y aun puede decirse que le superó, sino en la gracia, 
en el milagro de asociar con la expresión de la inocencia la de la preesciencia divina, que en los negros ojos de sus 
adorables niños Jesús es como penetrante saeta.» 

Los biógrafos de Murillo suelen distinguir por épocas los dos estilos cálido y vaporoso, ó sea desde el año 1G48 
hasta el fin de sus dias, error manifiesto, puesto que en los cuadros que pintó ya hacia el fin de su brillante carrera, 
alterna en los dos estilos, como puede verse en los que ejecutó para el convento de Capuchinos, extramuros de 
Sevilla, y los tan celebrados del Hospital de la Caridad. 

Las dos estampas á que nos referimos ahora presentan bien marcado, á nuestro entender, el gusto y modo de 
sentir del eminente artista. Fina, espiritual, llena de gracia y de inspiración la que representa la Virgen con el 
Niño en sus brazos, es obra digna del autor déla conocida por la Virgen de la Servilleta, que existe en el Museo 
de Sevilla; nada más expresivo que la cara de la Virgen, nada más puro que su graciosa y modesta actitud, . 



(1) D. Pedro de Madrazo. 

(2) Hacia tres meses que había si<k> pnn'liuiiarla Patrona de 



de Felipe IV la Virgen María en el inisterin de bu Inmaculada Concepción. 



AGUAS-FUERTES DE ANTIGUOS PINTORES ESPAÑOLES. 



109 



nada más lleno de encanto que el divino Niño respirando inocencia y amor. Acaso sea el primer ensayo de su autor 
en grabar al agua-fuerte; lo poco mordido de la plancha en algunos puntos y la falta de vigor en otros, parecen 
denotar cierta timidez é inexperiencia en la ejecución de este procedimiento. En ser casi un ligero contorno, un 
apunte, por decirlo así, recuerda esta estampa las italianas de Guido, Simón de Pésaro ó Isabel Sirani y otras de 
esta escuela, en las cuales acaso se inspirase el inmortal pintor. Esta estampa fué desconocida de Cean, y no cree- 
mos la haya citado ninguno de los que han tratado de dar a conocer á los curiosos este género de preciosidades 
artísticas. 

No así la otra, debida también al mismo autor de que dá cuenta Cean, atribuyéndosela, según indica, por ser esta 
la opinión general; por su vigor y agradable entonación, puede ya clasificarse entre las que aquel entendido bió- 
grafo denomina hechas conforme al gusto pintoresco. El estilo y el sentimiento y gusto artístico que en ella dominan, 
son evidentemente de Murillo. Representa a San Francisco de Asís, que vuelto al lado izquierdo adora, en posición 
contemplativa, una cruz colocada sobre el tronco de un árbol. Esta bella estampa, al contrario de la anterior, está 
bastante mordida por el agua-fuerte , y aunque más pequeña , indica ya , á nuestro entender , mayor experiencia en 
el procedimiento. 



vil. 



Otras dos de las estampas que ahora reproducimos por vez primera, son debidas á los pintores sevillanos Juan 
Valdés Leal y Francisco de Herrera, apellidado el Mozo. No poco interesante la de Valdés (núm. 7). no sólo por 
ser un bellísimo retrato en que el artista quiso, dejar marcadas sus facciones, sino por el grato efecto que desde 
luego produce, no muy ajeno al gusto con que grabó el famoso Hembrandt, está hecha con todo el vigor y valentía 
del pintor más realista que produjo la Escuela Sevillana. Distinguíase Valdés por ser algún tanto descuidado en la 
ejecución (farfullan le llama Cean), más preciado del efecto y de la amplitud de concepto que de la suavidad y dulce 
toque de Murillo; enérgico y altivo en su carácter, lo es en muchas de sus obras, y no deja de demostrarlo también 
en la estampa á que nos referimos en la decisión y fuerza de claro-oscuro de la cabeza y de la orla que la rodea, 
marcada está con todas las señales del gusto churrigueresco que ya dominaba en el arte. 

Valdés había practicado no pocas veces el grabado , razón por la cual en esta bellísima estampa se deja ver la mano 
de quien , experto ya en la manera de conseguir el buen efecto sobre el cobre, trabaja con desembarazo y soltura. 
Grabó, en efecto, por encargo del cabildo catedral de Sevilla en 1668, tres láminas de detalles de la custodia de 
Juan de Arfe con las modificaciones y adiciones que acababa de llevar á cabo en ella el platero Juan de Segura, y 
otra general que comprende toda aquella magnífica obra de orfebrería. Tres años después grabó con la misma libertad 
y magisterio que dá á conocer en su retrato, para la obra de La Torre Farfan, Fiestas de Sevilla (1), la gran máquina 
arquitectónica que habia trazado y dirigido por sí en la catedral, acompañado del escultor Bernardo Simón Pineda, 
para la canonización del rey San Fernando, y otra lámina del adorno que se puso en la puerta grande de aquel 
templo con el propio motivo. En la escuela de Valdés, como grabador, se educó su hijo Lúeas, que abrió también 
cuatro láminas para el citado libro de Farfan, y éste á su vez trasmitió este arte á su hijo Juan , quien hizo á buril 
diferentes estampas en Sevilla. El retrato de Valdés que reproducimos, lleva en el original, por la parte del margen 
derecho inferior, escrito de mano, su monograma formado por las letras B. A. L. S. que entran en la formación de 
su nombre. 

Es la segunda agua-fuerte á que ahora nos referimos (núm. 4), un trozo tomado para nuestra lámina de una 
grabada por Herrera el Mozo, contemporáneo de Valdés y no poco semejante en algunos puntos con su carácter 



(1) Fiestas (le la Santa Iglesia metropolitana y patriarcal de Sevilla al 
á todas las iglesias de España por la Santidad de nuestro Beati 

En esta obra, además de las eBtampas mencionadas hechas por Vftld 
y Doña Luisa Morales, artista sevillana. 



mito del Señor Rey San Fernando el tercero de Castilla y de. León, concedido 
Padre Clemente X, por D. Fernando de la Torre Farfan.— Sevilla, 1671. 

grabaron Matías Arteaga, Lúeas Valdés (á los 11 afios de' edad), hijo de aquél 



110 



EDAD MODERNA. — ARTE CRISTIANO. — GRABADO. 



artístico y personal. La imposibilidad de que pudiese acompañar, por su tamaño, á las otras que publicamos, nos 
decidió á presentarla en su parte más interesante , que es el centro de la composición , en que se representa al monarca 
Carlos II en sus primeros años, ú sea durante su menor edad. En el resto de la estampa se ven figuradas la Religión 
y la Paz, con varios emblemas y atributos; debajo del retrato del monarca, levantado á las nubes por varios genie- 
cilios, hay un gran escudo con las armas de España sostenido por otros dos genios. La firma del grabador se ve en la 
parte inferior derecha, en que dice: D. Fr. de Herrera F. (fecU). La parte más bella de esta estampa es, sin duda, 
repetimos, el retrato en medallón de Carlos II, grabado con esa fineza suma, comparable con la que en tan castizo 
colorido usaba á la sazón en la corte, el pintor de cámara D. Juan Carreño de Miranda. 



VIII. 



Concluyamos nuestra tarea ocupándonos de las dos estampas restantes {números ] y 3), debidas, según la opinión 
de los más que las han examinado, al pintor granadino Alonso Cano, artista de gran fama, y educado en las doctri- 
nas y máximas de la pintura, escultura y arquitectura reunidas. Grandes fueron los primeros frutos del ingenio de 
Cano para la escultura, en que dio á entender que las enseñanzas de su maestro Montañés fueron para él fecundas. 
Como pintor fué verdaderamente naturalista, estilo predominante en el siglo xvn en todas las naciones que produje- 
ron grandes artistas; y sin embargo, como dice el moderno crítico ya citado (1), «por efecto quizá de sus estudios 
clásicos sobre los marmoles antiguos, del prestigio que entre los doctos aún mantenían las Escuelas Romana y Flo- 
rentina, y del carácter mismo del artista, tan adusto é independiente, se advierten en Cano marcadas tendencias 
á un idealismo sui generis que, sin caracterizarse en reminiscencias de Rafael ó Miguel Ángel, de Guido ó de los 
Carraccis , aspira no obstante á mayor elevación y nobleza que la que daban á sus producciones los pintores andaluces 
de su época. El estilo, pues , de Alonso Cano se distingue por un personalismo no menos marcado , en su línea, que 
los de otros grandes pintores españoles del mismo siglo, cada uno de los cuales ostenta su estética peculiar; sus carac- 
teres son: un dibujo correcto, esmerado en los extremos de las figuras; composiciones llenas de sencillez y gravedad, 
de solemne gravedad muchas veces, quizá más sabias que halagüeñas; expresión nada convencional; disposición gran- 
diosa y sobria en los plegados de los paños y colorido, que no hubieran desdeñado algunos buenos maestros vene- 
cianos y flamencos, con efectos nada exagerados ni violentos.» 

Después de un juicio tan acertado sobre el talento y mérito de Cano, si examinamos las dos estampas á que hace- 
mos referencia ahora, bellas y todo como son, no valuarán en verdad la importancia que á artista de tan universales 
conocimientos en el arte, pudiera caber como grabador agua-f uertista ; ensayos practicados acaso por mero pasa- 
tiempo no desmerecen, en verdad, de su bien asentada reputación, pero no recuerdan aquel ilustre pintor que, como 
Murillo en Sevilla, tiene asentado en Granada el solio de sas mayores triunfos. Represéntase en uno de estos graba- 
dos (núm. 1), a- San Francisco de Asís en oración ó acaso en el acto de Tecibir la impresión de las llagas; el Santo, 
vuelto al lado izquierdo de la estampa y visto casi de perfil, está postrado en tierra é inclinado hacia ella en humilde 
actitud, cuando un rayo de luz celeste viene sobre é\ oblicuamente bañándole con sus resplandores. Faltan en esta 
lámina cierta brillantez y armonía, cierta gradación de tonos, que darian mayor realce á la figura del Santo; defec- 
tos que nos aventuraríamos á achacar á la poca práctica, natural por cierto en Alonso Cano, en el modo de hacer 
morder al ácido sobre el cobre. 

La otra más pequeña (núm. 3), que representa á San Antonio de Pádua sosteniendo en sus brazos al Niño Jesús, 
ofrece, en nuestro sentir, un efecto más pintoresco y variado que la anterior, y aunque hecha ligeramente y cual 
un sencillo apunte para un cuadro, por la gracia del toque, por la sencillez de expresión, por lo espontáneo y natu- 
ral del pensamiento, diríamos, sí, ser obra del insigne racionero de Granada. 



(1) D. Pedro ríe Madrp 



AGUAS-FUERTES DE ANTIGUOS PINTORES ESPAÑOLES. 



111 



No es fácil en esta clase de averiguaciones dar con lo cierto; noticias bien fundadas, datos sacados de buenas 
fuentes para calificar semejantes obras de este ó de aquel autor, siempre han de faltarnos ; las de la buena crítica, 
las del sano criterio, la certeza que engendra la larga experiencia y el continuo estudio, son los más sólidos funda- 
mentos en que podemos apoyarnos. Si otros con mayores luces prosiguen adelante en este curioso estudio y en la tarea 
que dejamos tan solamente comenzada, nos cabrá al menos la satisfacción de haberla iniciado, ya que el éxito no 
llegue a corresponder nunca con nuestros deseos. 









EDAD MODERNA 



MUSEO ESPAÑOL DE ANTIGÜEDADES 
ARTE CRISTIANO. 



CARTOGRAFÍA 




Fcie-liSc. pijr Noguera y Ora 



Lii.de J.M-Maleu Cl'íe Reco! 



LA CARTA DE JUAN DE LA COSA. 

reducida pormedlodel^iit ■ ; NQkilfisiáilumnatfc. 
[ Museo naval ) 



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LA CARTA 






JUAN DE LA COSA 



QUE SE CONSERVA EN EL MUSEO DE MARINA, 



POR EL ILMO. SEÑOR 



DON CESÁREO FERNANDEZ DURO, 

CAPITÁN DE FRAGATA, CORRESPONDIENTE DE LA ACADEMIA DE LA HISTORIA, ETC., ETC. 




principios del mes de Marzo de 18S3 publicaron los principales periódicos de 
París el anuncio de venta en subasta de la biblioteca del Barón de Walcke- 
naer, insigne geógrafo que habia logrado formar una colección notable de 
cartas , planos y otros documentos interesantes y raros eu la historia de la cien- 
cia a que habia consagrado sus estudios. La subasta habia de empezar el 12 de 
Abril, por término de 43 dias, y encareciendo el diario La Presse la riqueza 
y curiosidad de la colección de cartografía , expresaba hallarse entre ésta la 
Carta de Juan de La Cosa, el más interesante documento geográfico que nos ha 
legado el fin de la Edad media. 

Por entonces se hallaba en París el Sr. D. Ramón de la Sagra, autor de la 
Historia política y natural de la Isla de Guia, amigo del Barón de Walcke- 
naer, y apreciador de la Carta citada, de que habia hecho mención en la 
introducción geográfica de su obra, reproduciendo por calco toda la parte con- 
cerniente a la América. Comunicó sin pérdida de tiempo el anuncio de venta á diversas personas que unian al amor 
de las glorías nacionales la influencia necesaria para recomendar al Gobierno la readquisicion de un documento his- 
tórico que nunca debió salir de España; dirigió al ministro de Marina nna exposición oficial, razonando la con- 
veniencia de comprar este mapa original, sustraído sin duda de nuestros archivos, é interesó, por ultimo, la opinión 
pública, enviando Alos periódicos de Madrid la Nación y La España (27 Marzo 1853) comunicados entusiastas, en 
que notaba cuan censurable habia de ser si se perdia la ocasión de rescatar el precioso documento autógrafo que hacen 
mejor prueba de los conocimientos científicos de que estaban dotados los españoles que acompañaron á Colon en 
el descubrimiento de las Indias Occidentales. 

Estos pasos no fueron infructuosos : el 31 de Marzo , brevísimo plazo en la marcha ordinaria de nuestros expedientes 
administrativos, se expidió por el Ministerio de Marina Eeal orden al de Estado, a fin de que éste encargara al Enviado 






•Us*"***- 



114 



EDAD MODERNA.— ARTE CRISTIANO. — CARTOGRAFÍA. 



extraordinario y ministro plenipotenciario de España en París, que desde luego adquiriera el mapa de Juan de La 
Cosa, valiéndose para efectuar la compra del mismo Sr. La Sagra ó de cualquiera otra persona que tuviera por con- 
veniente, en la inteligencia de que hatea de costearse el importe con fondos del Depósito de Hidrografía, a cuyo 
archivo se destinaba de antemano la Carta. 

La adquisición no era, sin embargo, tan fácil como á primera vista parecía, pues en la subasta se presentaron 
varios particulares ingleses y rusos, y un comisionado de la Biblioteca imperial de París, obstinándose por alcanzar 
la posesión del documento, cuya tasación fueron sucesivamente pujando, hasta la cantidad de 4.000 francos. Con 
todo, consiguió el Sr. La Sagra la adjudicación, extendiendo su oferta a 4321 francos. 

Llegada á España, se colocó para el examen público en el Museo naval (gabinete de descubridores y sabios 
marinos;, con el número 553, insertando en el Catálogo del establecimiento (p4g. 75, edición de 1871), la nota 
siguiente : 

«553. Carta de la parte correspondiente á la América, que levantó el piloto Juan de La Cosa en el segundo viaje 
del descubridor genovés en 1493, y en la expedición de Alonso Ojeda en dicho año. Sustraída de España, la poseía 
el Barón de Walctenaer, cuyos testamentarios la vendieron en pública almoneda, y la adquirió el Depósito Hidro- 
gráfico. Su director que fué, el Sr. D. Jorge Lasso de la Vega, tuvo la condescendencia de que se depositase en este 
Museo, para que el público pueda ver un documento tan curioso y de mérito , con relación a la época en que se hizo.» 
¿Cuándo y cómo salió de España este monumento geográfico, que debe presumirse perteneciera á la colección de 
padrones de la Casa de Contratación de Sevilla? Nadie lo sabe. D. Jorge Lasso de la Vega recomendó al Sr. La Sagra 
después de la compra (26 de Octubre 1853), que procurase examinar el Catálogo de la librería de Walctenaer, donde 
debería constar la procedencia y circunstancias de la preciosa adquisición, conviniendo hacer constar este dato, no 
sólo en los registros de la Dirección de Hidrografía, sino también en el Museo naval, donde no faltan visitadores 
escrupulosos que deseen cerciorarse del origen, y como nada se consiguiera, acudiendo 4 la Memoria de D. Martin 
Fernandez de Navarrete, incansable investigador de documentos marítimos , escribía éste poco antes de su muerte, 
en carta que tengo á la vista, lo que copio: 

«No hay en el Depósito, ni nunca las ha halado en él, por ser establecimiento muy moderno (del año 1797), 
cartas de los siglos xv y xvi, y sólo en algunos monasterios ó archivos se hallaba alguna, y en esta época de revo- 
lución han desaparecido de España. 



»La Carta del Seno mejicano, presentada por Juan de La Cosa 4 la Eeina Católica en el año de 1500, ss litografió 
pocos años há en París, y el original lo llevó muchos años hace el Sr. Walctenaer, embajador de Holanda, que la 
compró en una almoneda. Sobre esto tendría mucho que hablar. » 

Llamaba el Sr. Navarrete Carta del Seno mejicano á la de referencia, probablemente, por ser aquel golfo el que 
ocupa la parte más culminante y la más nueva con velación á los descubrimientos de los españoles; por lo demás, 
conveníale mejor el nombre de Mapa-muncli, toda vez que comprende completas á Europa y á África, á una gran 
parte de Asia, 4 la costa occidental de América, en una palabra, al mundo conocido entonces. 

No está graduada esta Carta ni en regular conformidad con las modernas en la figura , siendo dificultoso el examen 
minucioso y la determinación de algunos puntos , no tanto por la comparación analítica de documentos modernos, 
como por las injurias del tiempo, que algo han alterado la configuración déla superficie del plano, los perfiles de la 
costa y las letras de los nombres, aunque no está er¡ general en mal estado de conservación. 

Dibujada sobre pergamino, ha sido cosida sobre un lienzo fuerte, unidas las dos hojas de que consta, formando 
un rectángulo de 1 metro 83 centímetros de mayor lado por 06 centímetros en los adyacentes, encuadrado en buen 
marco y con cristal que la defiende del polvo. 

La parte superior fué redondeada, recortando el pergamino por la linea del dibujo, que no tenia más objeto que 
el de embellecer la forma eliminando las lagunas que habían necesariamente de quedar en los lugares correspon- 
dientes á las tierras ignotas de América. 

Sirve de eje del rectángulo de la Carta el Trópico de Cáncer (Cancro), siendo el Oeste el extremo superior en el 
cual, tocando al arco de círculo que remata las figuras del documento, hay otro rectángulo pequeño 4 manera de 
cuadro con marco. Contiene éste una efigie de San Cristóbal en el acto de pasar el rio apoyado en un pino y llevando 
en los hombros al Niño Jesús, alusión evidente al almirante Cristóbal Colon. Han supuesto algunos que la cara del 



LA CARTA DE JUAN DE LA COSA. 



115 



Santo podría muy bien ser un retrato del navegante genovés, mera conjetura cuya certeza no llegaría á darnos á 
conocer las facciones del ilustre descubridor del Nuevo-Mundo (1), toda vez que se ha desvanecido y borrado en la 
Carta original. 
Al pié del cuadrito de la imagen, como inscripción, dice: 

JUAN DE LA COSA LA FIZO EN EL PCERTO DE S.' M." EN ANNO DE 1500. 

Más abajo, en la linea del eje mismo, hay una gran rosa de los vientos , de que parten diez y seis arrumbamientos, 
siendo notable que el centro de la rosa está adornado con una imagen de María Santísima, que no es obra del 
dibujante de la Carta, como la de San Cristóbal y las otras muchas figuras que llenan los Continentes, sino que está 
recortada de un grabado sobre papel, pegada sobre el pergamino, ó iluminada al tenor de las demás. 

Hoy, con todos los adelantos de las artes, no se haría un trabajo de la minuciosidad y lujo de colores y oro que 
muestra el de Juan de La Cosa. Es éste á las Cartas modernas lo que las Biblias miniadas á los libros impresos, sin 
excepción de la letra primorosa del copista, particularmente esmerada y caprichosa en la leyenda central que dice 
Mare Oceanum. 

Aún más hizo gala de su fantasía el dibujante en aquellos pasajes de tierra adentro que podia llenar, sin temor 
de entorpecer la atención del marino que buscara arrumbamientos y distancias. En la situación de las capitales 
importantes, de los puertos más concurridos ó de las fortalezas reputadas, pintó catedrales, torres, muros y castillos; 
en cada reino estampó el soberano vestido de sus atributos, sin olvidar en el centro del Asia á los tres Reyes Magos 
á caballo; á lo largo de las costas indicó con Céfiros la dirección de los vientos reinantes , retrató las carabelas y naos 
de su tiempo, según la nacionalidad respectiva, y se valió de las banderas para especificar la pertenencia y posesión 
de los puertos y las islas. Por esta sola circunstancia es documento de gran precio, no pudiendo dudar de la auten- 
ticidad de sus indicaciones. Los que no há mucho disputaban acerca de los colores nacionales, hubieran descubierto 
en él que la bandera plantada en las Antillas era cuartelada, roja y blanca, con los castillos y leones. 

Las rosas de los vientos y las líneas de colores distintos que de ellas parten señalando los rumbos , acaban el realce 
de esta obra de paciencia, tan rara en manos de los primeros mareantes. 

No es sorprendente que Américo Vespucio pagara 130 ducados de oro (unos 11.000 rs.) ponina Carta general de 
mar y tierra hecha por Gabriel de Valseca en 1459. 



II. 



Escasas noticias del capitán Juan de La Cosa han llegado hasta nosotros. Los historiadores de Indias , López de 
Gomara, Herrera y Fernandez de Oviedo , hicieron mención de sus navegaciones y servicios , y aun de su pericia 
en la construcción de cartas de marear, no obstante lo cual Nicolás Antonio y León Pinelo no incluyen en sus 
Bibliotecas las dichas cartas, oscurecidas seguramente en los dias en que ambos escritores coleccionaban los ma- 
teriales bibliográficos antiguos y modernos de España. Los biógrafos del siglo pasado y principios del actual no 
fueron más afortunados , incluso Moreri , cuyo gran Diccionario es de lo más completo en la materia , estando 
reservado á la diligencia de D. Martin Fernandez de Navarrete sacar á luz al geógrafo y navegante La Cosa entre 
tantas otras eminencias de la Marina española, con que había de echar por tierra el castillo de naipes levantado en la 
historia de los descubrimientos por la pasión y la ligereza de los escritores extranjeros. 

Navarrete publicó primero, en la Colección de viajes y descubrimientos , no pocos documentos, diarios, cédulas 



(1) Para la cuestión debatida de n 
pág. 180. 



itenticuiart de retratos de Cristóbal Coló: 



cípalmente á Cancellieri , Nntkie iU Chrisl. Colomho, 180ÍI, 



116 



EDAD MODERNA.— ARTE CRISTIANO— CARTOGRAFÍA. 



reales , cartas ó diligencias judiciales , en que aparecía La Cosa como marinero, maestre y propietario de naos unas 
veces, como piloto y capitán en las expediciones de Colon y Hojeda otras; como comisionado de la Reina Católica ó 
recibiendo mercedes y proposiciones de descubiertas en ocasiones; como experto navegante y habilísimo piloto siem- 
pre. Después, en la Biblioteca marítima española, obra postuma, tomo n, pág. 208, condensó en un artículo las 
anteriores noticias , agregando las notas y comentarios que su galana erudición prodigaba en todos , siendo éste el 
manantial á que han acudido los biógrafos modernos Sala (1) , Charton (2) , Didot (3) y demás. 

Con posterioridad se han encontrado en el archivo de Simancas algunos papeles curiosos, relativos á La Cosa, que 
se han publicado en la Colección de documentos históricos para la Historia de España (tomo xiii, pág. 496) aumen- 
tando la de Muñoz de Extractos de los papeles del Archivo de Indias, pero todo junto no basta para conocer la vida 
del piloto y capitán, cuyo nombre han de perpetuar las historias de los adelantos de la Geografía y la de la Carto- 
grafía, como demuestra el epítome que sigue, formado con los datos citados (4). 



Juan de La Cosa debió nacer en la segunda mitad del siglo xv , y evidentemente se dedicó á la navegación y vida 
de mar desde la infancia. La circunstancia de mencionarle varios documentos oficiales de la época, como vecino del 
Puerto de Santa María , donde él mismo firmó la Carta que es objeto de las presentes líneas , puso en duda si el dicho 
Puerto seria el lugar de su naturaleza, más bien que el de Santoña, donde se sabe también que residía por los años 
de 1492, y donde estaba clasificado como vecino en 1496. Los más de los autores se inclinan á creerlo hijo de la 
costa Cantábrica, tanto por conservarse todavía el apellido en familias de Santoña y las Encartaciones, como por 
tenerlo por vizcaíno sus coetáneos y aun aplicarle este adjetivo en algunos escritos (5) , y á mi juicio confirma esta 
opinión más que una Cédula de los Reyes Católicos , que existe en el Archivo de Simancas , autorizando á Juan de La 
Cosa, vecino de Smta María del Puerto, para el tráfico y navegación de Cabotaje entre las costas de Andalucía y 
las de la provincia de Guipúzcoa y Condado é Señorío de Vizcaya, las condiciones de osado y experto marinero, tan 
comunes por entonces en estas últimas costas , de donde salían las expediciones más importantes , y á donde los mis- 
mos reyes acudían siempre que habían menester de servicios navales. 

Que La Cosa habia reconocido más de una vez la costa de África, antes de que se decidiera la trascendental empresa 
de Colon , parece fuera de duda , comparando la Carta que de aquella parte del Mundo trazó , con las de los portugue- 
ses del mismo tiempo; que no era hombre vulgar que se arredrara por peligros imaginarios, pruébalo el haber puesto 
persona y fortuna á disposición del almirante genovós en el intento de llegar á las Indias por el Occidente. 

En el primer viaje de Cristóbal Colon iba La Cosa como maestre de nao suya , la misma que montaba aquel cau- 
dillo , hasta que naufragó en las Antillas (6) : en el segundo , fué también á bordo de la carabela Niña , intitulándose 
Maestro de hacer cartas, y al regreso de este último debió emprender en el Puerto de Santa María los trabajos largos 
y minuciosos de formación de la Carta, concluida el año de 1500, y de alguna otra de que, ásu tiempo, haré men- 
ción , utilizando los datos coleccionados en el Diario de la Navegación, por sus propias observaciones. 



o de los personajes célebres de todos los países del globo. — Madrid, 1862. — El articulo de Juan 

c lii<»jrajihics , notes ct indications icoruigm- 



(1) Diccionario bñ'i/riíjico universal, ú resumen histórñ 
de La Cosa es muy conciso y no exento de inexactitudes. 

(2) Voyaneurs anciens et -modernes depu.is h cinqtiiéntr. suele uv/iiit J,'-.iu.<-C/i.ri.i! jusqu'an du-irntriinic suele a 
p/ii'/ní-í, par M. Edouanl Chrirton. — París, 1S55. — Copia ;í Navarrete, citándole. 

(3) Notrvcl/c blir/raplí!!' ¡¡hiérale jnthliéc jiar MM. Flrmin Didotf reres sotts la Direction de M. Le Dr. JTocfer. — Paria, 1855. — La biografía de La Cosa 
(tomo XII ), está escrita con esmero por Mr. l'erdinand D¿nia, citando á Havarrete, de quien ha tomado todas las noticias. Lo mismo puede decirse de los 
autores siguientes: 

Iíumboldt, G ¡■o'jraphie da No/icean C'untinenl. 

Santarem, Fxsat sur l'hísloi.re de la t'asirii-uraphie. 

H. Teniaux Cumpa»?, Co/lection <le relalions originales rtfalwes a rÁiao-iijue. 

(4) He tenido también á la vista un libro muy raro que no llegó á conocer D. Martin Fernandez do Kavarrete: se titula Primera noticia historial de 
las conquistan de. Tierra- Firme en las indias Occidentales , por Fr. Pedro León, provincial de la Religión de San Francisco en el Nuevo Reino de Granada.— 
Cuenca, 1626. 

(5) Herrera, Décadas de Indias, tomo i, pág. 100. 

(6) Kavarrete, Colee, de viajes, torno i, págs. 111, 112 y 116, y BiMiot. marit,, tomón, pág. 208. — En la Real cédula antes citada se dice: a.Fjti»iet 
por maestre de- -una nao vuestra á los mares del Océano , donde en aquel vittjt fueron, descubiertas las tierras é ¡alus dr, las hullas, é vos perdiste* la diclia nao, é 
por vos lo remunerar i. satisfacer, etc.» 



LA CARTA DE JUAN DE LA COSA. 



117 



Antes, sin embargo, en 1499, se embarcó como piloto principal en la armada de cuatro navios que salió del mismo 
puerto, aprestada por Alonso de Hojeda para continuar los descubrimientos de Tierra-Firme, siendo de gran provecho 
sus dotes de prudencia «que lograron lo que Hojeda no pudo con artificio en las negociaciones con el disidente Rol- 
dan, quien cedió por la persuasión de La Cosa á todas las proposiciones que antes se le hicieran en vano (1).» 

Por cuarta vez emprendió navegación de descubrimiento en las Indias, por tierra de Cartagena, concertado con 
Rodrigo Bastidas y llevando dos carabelas. La expedición partió de Sevilla á principios del año de 1501 y dio vuelta 
á España con felicidad, viéndose solicitado el crédito del hábil piloto para nuevas expediciones al Continente ame- 
ricano, no ya sólo por los jefes que habían de utilizar las concesiones sino también por los oficiales de la Contratación 
de Sevilla, que con justo título habían de apreciar su valía, y por la Reina misma (2). 

Estaba discutiendo los medios de efectuar una expedición en grande escala á Urabá cuando se recibió en Sevilla 
la noticia de haber arribado a Portugal cuatro naos anunciando los descubrimientos de Bastidas y trayendo muchos 
indios esclavos. Recibió entonces comisión para marchar á Lisboa siu pérdida de tiempo y cerciorarse del hecho, que 
era exacto, ocasionándole algunos dias de cárcel la diligencia de sus reclamaciones. Vino en Setiembre de 1503 á 
la Corte de Castilla a dar cuenta de lo que habia inquirido y con esta ocasión presento á la Reina en Segovia, dos 
cartas de marear de las Lidias (3). 

«En el año siguiente de 1504, a consecuencia y en cautela de las tentativas de nuestros vecinos, fué á Urabá 
capitaneando cuatro navios, y á su regreso en 1506 entregó en Tesorería 491.708 mrs., por el quinto que pertenecía 
al Rey en el producto de los rescates, sobre el cual se le concedió la pensión vitalicia de 50.000 mrs. En este viaje 
de La Cosa con Luis Guerra empezaron las hostilidades con los Indios, que eran muy arrojados y peleaban hombres 
y mujeres, armados de flechas emponzoñadas. En 1507 salió con el mando de dos navios, á cruzar entre el Cabo de 
San Vicente y Cádiz, para proteger la recalada de los que se esperaban de las ludias contra las asechanzas de los 
portugueses. 

» Vuelto el Rey Católico de Ñapóles á España, después del fallecimiento de su yerno Don Felipe I, y queriendo 
reanimar el espíritu de descubrimientos, que habia aflojado mucho por las oscilaciones que siguieron á la muerte de 
la gran Reina Isabel, llamó á la Corte, que estaba en Burgos, á Juan Diaz de Solís, Vicente Yañez Pinzón, Juan 
de La Cosa y Américo Vespucio. Acordóse que convenia ir descubriendo por toda la costa del Sur, y poblar lo ya 
descubierto desde Paria hacia Poniente en Costa- Firme , con cuya idea , sobre estar todavía nuestra Corte recelosa de 
la de Portugal , se procedió al apresto de cuatro carabelas , cometiéndose á Américo , ya nombrado Piloto mayor , las 
mercas ó acopios, como más ducho en ello. La Cosa salió para las Indias con dos de las Carabelas, nombradas Huelen 
y Pinta; regresó en 1508 con pingíie producto de los rescates; se le hizo merced de 100.000 mrs. y G.000 más por 
ayuda de Costa; se le confirmó el oficio de Alguacil mayor de Urabá que se le habia concedido en 1503 y consiguió 
otras gracias (4).» 

En 1509 estaba casado Juan de La Cosa, y quiso le acompañase su mujer para establecerse en la isla Española y 
disfrutar de las mercedes con que se habían premiado sus conocimientos y servicios. Muchas señoras se embarcaban 
entonces para aquellas regiones medio salvajes. Ello es que la Administración mandó á Diego Colon que pusiese al 
servicio de Juan de La Cosa á un Cacique y sus indios. 

«Antes de su partida para esta isla , y hallándose Hojeda esperando allí el permiso para poblar en Tierra-Firme, 
pero imposibilitado de formalizar la capitulación por faltarle medios de garantía , Juan de la Cosa se prestó á ayu- 
darle con su hacienda , vino á la Corte confiado en el Obispo Fonseca, que manejaba los negocios de Indias y era 
protector de Hojeda, y obtuvo para éste la gobernación de Urabá, al mismo tiempo que Nicuesa negoció para sí la 
de Veragua. Hicieron sus capitulaciones y se estipuló entre los demás que fuese lugarteniente de Alo?iso de Hojeda el 
capitán Juan de La Cosa, y se le hizo merced del oficio de Alguacil mayor de la gobernación de Hojeda, con ampliación 
■para un hijo suyo; y se ordenó al Gobernador de la Española que se le diesen indios que le sirviesen , porque llevaba 
allí su casa, y era hombre de valor y de servicio. 



(1) Herrera, Decada I, lib. IV, cap. IV. 

(2) Colee, de docum. inéd,, tomo xm, pág. 496. 

(3) Muñoz, E.ctraclos </< pn¡nii-¡ </<■ ludias. — Supónose 

(4) Extractado de Navarreto, BibUot. marít., tomo II, 



a de estaa cartaa 03 la existente hoy en el Museo Naval. 



I ^HP 



118 



EDAD MODERNA. — ARTE CRISTIANO. — CARTOGRAFÍA. 






I 



«Partió La Cosa en el citado año de 1500 con tres buques que él fletó , llevando hasta 200 hombres y llegando' 
felizmente a la Española, fué bien recibido de Hojeda. Desavenidos y aun enconados éste y Nicuesa, que llegó poco 
después con mayor armada y boato, sobre la demarcación de limites de sus respectivas gobernaciones, supo La Cosa 
aquietarlos, dándoles por línea divisoria el rio grande del Darien, y que tomase el uno 4 Levante y el otro aponiente. 
Hojeda, en uso del privilegio para poblar en Tierra-Firme, salió de la Española con su armada en 1510, acompa- 
ñándole La Cosa, y religiosos y muchos indios de la misma Española, para atraer a aquellos indígenas por medios 
suaves y sin hostilidad ; pero todo fué en vano, porque los daños que Cristóbal Guerra y otros les habian hecho en 
los anos anteriores, los tenían muy exasperados. Insistiendo Hojeda en su empresa, quiso comenzarla por la comarca 
de Cartagena , y sin dar oidos á La Cosa, que sabida la fiereza de los indios y su guerrear con flechas envenenadas , le 
aconsejaba ir á poblar en el golfo de Urabá, donde eran mas tratables , dio sobre aquellos, se internó persiguiéndolos, 
haciendo en ellos grande estrago, y desbandados los castellanos sin duda por el aguijón de la codicia, fueron ente- 
ramente desbaratados por los indios, sin haberse salvado mas que Hojeda por su ligereza, y otro castellano despa- 
chado por La Cosa cuando ya estaba espirando, para que dijese á Hojeda el estado en que le dejaba. El Rey mandó 
que no se tocase en los indios de Juan de La Cosa, y asignó a la viuda de éste desgraciado 45.000 mrs. al año sobre 
la Casa de la Contratación de Sevilla (1).» 

López de Gomara, Historia de Indias, apartándose de los demás autores, dice que el cadáver de Juan de La Cosa 
fué comido por los indios. Fué indudablemente mal informado, pues hay gran conformidad en los pormenores de las 
relaciones coetáneas. 
Hó aquí los términos concisos con que refiere la tragedia el P. Fr. Pedro Simón (2) : 

«Juan de La Cosa hizo partir á Diego de Ordax para dar aviso á Hojeda, y logrando con sus voces y reconvencio- 
nes detener á solo ocho compañeros, se entró por medio de los bárbaros desnudos haciendo una cruel matanza; pero 
cargando en fin gran fuerza de salvajes sobre ellos, tuvieron que arrimarse por no ser ofendidos i un buhío que 
descubrieron, donde pelearon valerosamente hasta que, viendo Juan de La Cosa caer muertos a sus compañeros y que 
él mismo, atravesado con más de veinte flechas envenenadas, iba á espirar al momento, se retiró al acabarse la gua- 
zabara y rindió la vida al incorporarse con los suyos. » 

Cuando Hojeda, auxiliado por Nicuesa, llegó en su socorro, halló el cadáver de La Cosa feísimo y espantable por 
el mucho veneno de las flechas de que murió. 

Así pereció aquel hombre valeroso cuya ciencia y gran capacidad umversalmente reconocidas en los escritos con- 
temporáneos, habian de conquistarle plaza entre las figuras más notables de la Marina española, y no obstante no 
faltó, do su tiempo , quien en cierta ocasión le tildase de cobarde, admitiendo Navarrete sin correctivo una hablilla 
que sirve , cuando más , de comprobante de la discordia que antaño, lo mismo que hoy , acompaña á las empresas de 
los españoles. 

«A las voces del timonel (dice el Diario del Almirante trasmitido por Las Casas, tratando de la varada de la capi- 
tana), el maestre de la nao, cuya era la guardia , salió; y díjoles el almirante á él y á los otros que halasen el batel 
que traían por la popa; y él con otros muchos entraron en el batel, y pensaba el almirante que harían lo que les 

había mandado; ellos no curaron sino de huir á la carabela que estaba á barlovento media legua que si no fuera 

por la traición del maestre y de la gente, que eran todos ó los más de su tierra, de no querer echar el ancla por popa 
para sacar la nao, como el almirante los mandaba, la nao se salvara (3).» 

El mismo Diario consigna que en el momento de la varada estaba la mar tan perfectamente en calma amo una 
escudilla, y que el buque tocó tan suavemente , que nadie más que el timonel se apercibió del contratiempo. Ahora 
bien, ¿puede admitirse que un marinero tan experimentado, que un hombre que no esquivó el encuentro con los 
indios de Cartagena apelando á la ligereza que libré á su jefe y compañero Hojeda , huyese de la nao donde no exis- 
tia el menor peligro, y abandonara por cobardía su capital , su fortuna tal vez, pues que la nao era suya? 

Si el hecho es cierto, ¿cómo no se hicieron a La Cosa los graves cargos dirigidos á Pinzón y a otros desobedientes 
á las órdenes de su general? 



(1) Extractado de Navarrete, Bibliot. maril., tomo II. 

(2) Primera noticia historial de las canonistas tic Tierra-Firme. 

(3) Navarrete , Colee, de viajes, tomo i. 



LA CARTA DE JOAN DE LA COSA. 



119 



Una simple nota escrita en papel que no habia de ver el acusado, no ofrece fundamento para otra cosa que admitir 
en el ánimo de Colon poca benevolencia hacia el hábil piloto y propietario de su nao , suposición que confirman otros 
hechos, singularmente la exclamación del despecho revelada por el marinero Bernardo de Ibarra : 

«é que este testigo vio e oyó al dicho almirante como se quejaba de Juan de la Cosa diciendo que porque lo habia 
traido consigo i estas partes por la primera vez, e por hombre hábil, él le habia enseñado el arte de navegar, éque 
andaba diciendo que sabia mas que él (1).» 

Fué La Cosa hombre de buen juicio y consejo, conciliador y prudente, según se advierte en la mediación y buen 
éxito que tuvo para avenir á Roldan con Hojeda, y a éste con Nicuesa. Fué prudentísimo Colon, harto so sabe: mas 
el demonio del amor propio se insinúa en forma que no resiste el impenetrable corazón de los santos (2). Que el piloto 
escogido por su idoneidad para acompañar al descubridor del Nuevo Continente aprovechara las lecciones de este 
genio, es obvio; que aprendiera de él en un viaje de dos meses el arle de navegar, es otra cosa. De todos modos, 
consta por testimonio de j uez tan competente , que La Cosa era kábil en ese arte difícil , que es lo que importa para 
la apreciación personal. A entrar en otras que no son necesarias al objeto, aparecería como premisa la inteligencia 
marinera del maestre , que ponia la nao y la persona , con más la influencia sobre los marineros , «que eran todos ó 
los mas de su tierra (3),» á las órdenes de un desconocido calificado de loco en toda Europa, y como consecuencia 
aparecería también que algunos miramientos le debia el almirante. 

Tras del juicio un tanto apasionado de éste, vienen los de los escritores coetáneos á recabar los méritos del aludido. 
Herrera dice, tratando de la expedición de Bastidas, que se concertó con Juan de La Cosa, que era el mejor piloto 
que habia por aquellos mares (4), y censurando la aserción de Américo Vespucio, en suponerse descubridor del Nuevo- 
Mundo , por ir i bordo como mercader y cosmógrafo , y cuando en este viaje se hubiera descubierto, á Alonso de Eojeda, 
natural de Cuenca, y A Juan de La Cosa, como piloto, se debe la gloria (5); asienta también que éste era hombre de 
valor y de servicio (6). 
López de Gomara dice que Rodrigo de Bastidas tomó por piloto á Juan de la Cosa, experto marinero (7). 
Fernandez de Oviedo dice: « ¿7» Juan de La Cosa que rima en el Puerto de Santa María, hombre diestro en las 
cosas de mar e valiente hombre de supersona e que como piloto habia ganado hacienda en estas partes... (8). 
El mismo Fernandez de Navarrete, tomado délos documentos que consultaba, expresa: 

«Residía en el Puerto de Santa María Juan de La Cosa, gran marinero en el concepto común , y no inferior en el 
suyo al mismo Almirante , de quien habia sido compañero y discípulo en la expedición de Cuba y Jamaica. Este fué 
el piloto principal de Hojeda (9). » 
A la pericia del piloto Juan de La Cosa se debió el feliz progreso de la navegación de Bastidas (10).» 
Una carta de la Reina Doña Isabel á los oficiales de la Contratación de Sevilla, fecha en Alcalá á 5 de Julio de 1503, 
cuya minuta existe en el Arch. de Simancas, Leg. de la Cámara, núm. 42, atestigua aún mejor la reputación de 
que gozaba nuestro piloto , pues dice entre otras cosas : 

«Que en lo que ofrece Juan de La Cosa sobre armazón para la tierra de Urabá y descubrir adelante, Bastidas hace 
el mismo partido dando el cuarto sin descontar costas ni gastos algunos, y además se obliga i. hacer á su costa una 
casa fuerte en la dicha tierra de Urabá donde puedan quedar seguras las personas que allí hubiesen de quedar para 
entender en los rescates y tratos. Que aunque este partido es mejor y más provechoso que el que ofrece dicho Juan 
de La Cosa, seria más servida de que éste hiciese el viaje poniéndose en lo justo, porque cree lo sabrá hacer mejor 
que otro alguno. Que se lo notifiquen lo mejor que pudieren y tomen asiento de ello, que no es razón que mostrando 
que tiene gana de servirla, haga menos que los otros ofrecen... 



(1) Navarrete, Culo:, de viajes, torno m, pág. 4. 

(2) El arzobispo de Burdeos solicitó la canonización de Cristóbal Colon. 

(3) Diario del Almirante. 

(4) Década I, lib. iv, cap. iv, pág, 11G. 

(5) ídem, ¡d. 

(6) Década I, lib. vil, cap. Vil, pág. 186. 

(7) Büt. general de loa lidias, Parte i.'. 

(8) Riel, general y nat. de las Indias, ed 

(9) Calce, de viajes, tomo nr, pág. 4. 

(10) Culec. de viajes , tomo m , pág, 27. 



. de 1852, tomo n, pág. 413. 



120 



EDAD MODERNA.— ARTE CRISTIANO.— CARTOGRAFÍA. 



»Y porque un Cristóbal Guerra que lia ido otra vez á lo de las Perlas dice aquí que quiere armar y juntarse con 
Juan de La Cosa para ir á dicho viaje , y dice que juntarán ambos 10 ó 12 navios y que él con los suyos irá á rescatar 
á la costa de las Perlas y después se juntará con Juan de La Cosa y mandarán unos navios con lo que hubiesen 
rescatado y quedarán con otros hasta lo que se les mande , mirad todo lo susodicho y platicad sobre ello por manera 
que se haga lo que convenga.» 

Acompaña las proposiciones de Cristóbal Guerra, y añade instrucciones sobre la gente que han de llevar, examen 
de las mismas, construcción de una fortaleza, que irá un capitán en su nombre, en un navio que hará armar, para 
que mire por lo que cumple á su servicio, sin entrometerse en otra cosa, y los deje libremente rescatar y hacer todo 
lo que cumple á su provecho, «Y en lo de navegar yo le mandaré que se rija por lo que pareciese al dicho Juan de La 
Cosa, porque sé que es hombre que sabrá bien lo que se aconsejare.» 



ni. 



La construcción de las cartas de marear era conocida y ejercitada a principios del siglo xv por los españoles, a 
quienes algunos historiadores suponen inventores del artificio de señalar los meridianos paralelos de modo que resul- 
taran rectas las líneas de los rumbos, como en las Cartas planas sucede. El Sr. Navarrete (1) cita varias cartas exis- 
tentes en Archivos de Monasterios , entre ellas la de Viladestes, fechada en 1413, así como el A ¿las Catalán del siglo xv' 
el más antiguo que se conoce, publicado en París por Mr. J. A. Buchón. 

Los marinos de las Repúblicas de Italia estabau igualmente familiarizados con las Cartas: en la Biblioteca de San 
Marcos de Venecia existe un Atlante ó colección de diez mapas hidrográficos formada por Andrés Bianco en 1436, 
pero aún para los pueblos ribereños del Mediterráneo no era por entonces obra vulgar el trazado de una Carta á juz- 
gar por la recompensa acordada á Fra Mauro por la República de Venecia, que mandó acuñar una medalla en honor 
del mapa que hizo aquel religioso en 1459, advirtiendo que este Mapa universal trazado en un plano circular de 
cerca de veinte palmos de diámetro, según el testimonio de Ramusio, se sacó y copió la primera vez de una muy 
antigua y bella Carta de marear, y de un mapa universal que habían traído del Catay Marco Polo y su padre. 

El barón de Humboldt (2) cita como el documento geográfico más antiguo de que ha tenido conocimiento, un 
mapa de Ruyschio que halló en la edición de Tolomeo hecha en Roma en 1508, impresa por Evangelista Tossinus 
y redactada por Marco de Benevento y Juan Cotta de Verona. Este mapa lleva por título: Nova el imiversalior orbis 
cognili, á Johane Huysch, Germano , elabórala, y ofrece indicios de las navegaciones portuguesas á lo largo de las 
costas orientales de la América del Sur hasta los 50 grados de latitud. 

De otro Mapa-mundi hacen mención el Sr. Navarrete, en la obra ya citada (3) y don Luis María Salazar (4), 
habiéndolo formado el cosmógrafo catalán Jaime Ferrer en 1494 ó 95 y enviádolo á los Reyes Católicos con el fin 
expreso de dilucidar el límite de los dominios controvertidos por el Rey de Portugal, fijando el Meridiano con proce- 
dimientos ingeniosos que acreditan los conocimientos cosmográficos y marineros de aquella edad, pero ninguno de 
estos antiguos documentos llega en exactitud ni en extensión de tierras descubiertas y situadas á la Carta de Juan 
de La Cosa, que desde su hallazgo eclipsó á las anteriores conquistando el primer puesto en la historia de la Carto- 
grafía universal. 

Los descubrimientos de Colon habían estimulado el espíritu aventurero de los españoles y dado gran impulso á 
los progresos del arte de navegar con la institución de la Casa de Contratación de Sevilla. Veitia (5) explica cómo 



(1) Disertación sobre la hlslarin de la. Nttulka, pág. 87. 

(2) Examen critique de 1'HÍstoire de la Géograjihic du Nouveau continei 

(3) Disertación sobre la hist. de la Náutica. 

(4) Discurso sobre los progresos y estado actual de la hidrografía en Eq 

(5) Norte, de la CuH/mtaciuu, lib. II. 



11 



LA CARTA DE JUAN DE LA COSA. 



121 



■ entonces se organizó la clase de Pilotos determinando los conocimientos precisos de que hablan de examinarse y el 
tribunal de examen, cuyos miembros prestaban juramentos de proceder en sus juicios y votos con fidelidad y 
rectitud. 

El Eey Católico, que habia expedido las Ordenanzas de la Casa de Contratación atendiendo con gran solicitud al 
adelanto de los descubrimientos, llamó a la Corte a Juan Díaz de Solís, Vicente Yañez Pinzón, Juan ie La Cosa y a 
Aniérico Vespucio para oir su dictamen y determinó que uno de ellos quedase en Sevilla para hacer las Cartas de 
marear y anotar en ellas cuanto se fuese descubriendo, eligiendo á Aniérico Vespucio, que fué, por tanto el pri- 
mero que usó el título de Piloto mayor creado con aquellas y otras obligaciones, en 1505 (1). 

Sucesivamente se estatuyó que se formase un Padrón para las Cartas, que se llamaban marcas (2), corrigiéndolo 
de continuo con las observaciones y descubiertas de nuestros navegantes : que el dicto Padrón y las Cartas formadas 
con él se custodiaran en un arca con dos llaves no pudiendo usarlas ni venderlas sin estar aprobadas, cuyas dispo- 
siciones iban por otro lado encaminadas a impedir la falsificación , que no era rara , de estos documentos , y sobre todo , 
que fueran á parar a manos de extranjeros envidiosos del engrandecimiento marítimo de España y ávidos de los 
tesoros del Nuevo-Mundo. 

Es por demás curioso en nuestros dias el procedimiento de que todavía en el siglo xvi se servían los cosmógrafos 
para el trazado de las Marcas ó Cartas de marear, y mejor que la descripción que pudiera yo hacer del método, es sin 
ninguna duda la de un escritor coetáneo que en lenguaje didáctico la estampó de esta suerte (3) : 

«Viniendo al fin deseado, que es la navegación , con el que intento comencé esta obra, digo, que navegar no es 
otra cosa sino caminar sobre las aguas de un lugar á otro, y es una de las cuatro cosas dificultosas que el sapien- 
tísimo Hey escribió. Este camino difiere de los de tierra en tres cosas. El de la tierra es firme, éste flexible ; el de la 
tierra quedo, éste movible; el de la tierra señalado, y el de la mar ignoto. E si en los caminos de la tierra hay 
cuestas y asperecas, la mar los paga con las setenas en tormentas. 

«Siendo este camino tan dificultoso, sería difícü darlo á entender con palabras ó escribirlo con pluma. La mejor 
esplicaeion que para esto ban hallado los ingenios de los hombres, es darlo pintado en una Carta, para la fábrica de 
la cual se presupone saber dos cosas. La una es la pusieron de los lugares y la otra las distancias que hay de unos 
lugares á otros. E así la Carta tendrá dos descripciones : la una, que corresponde á la pusicion, será de los vientos á 
que los marineros llaman rumbos; y la otra, quo corresponde á las distancias, será la pintura de las costas de la 
tierra y de las islas cercadas de mar. Para pintar los vientos ó rumbos háse de tomar un pergamino ó un papel del 
tamaño que se quisiere la Carta, y eehareinoslo dos líneas rectas con tinta negra que en el medio se corten en ángulos 
rectos, la una según lo luengo de la Carta, que será el Este-Oeste y la otra Norte-Sur. Sobre el punto en que se 
cortan se ha de hacer centro y sobre él dar un círculo oculto que casi ocupe toda la Carta, el cual algunos dan con 
plomo porque es fácil de quitar. Estas dos líneas dividen el círculo en cuatro partes iguales. Cada parte de estas 
repartiremos por medio con un punto. Después de un punto á otro llevaremos una línea recta diametralmente con 
tinta negra, y asi quedará el círculo dividido con cuatro líneas en ocho partes iguales que corresponden á los ocho 
vientos. Así mesuro se ha de repartir cada ochava en dos partes iguales, y cada parte de estas se llamará medio 
viento. Y luego llevaremos de cada un punto á su opósito diametralmente, una línea recta de verde ó de azul. E 
también cada medio viento se ha de dividir en el círculo en dos partes iguales. Y destos puntos que dividen las 
cuartas llevaremos unas líneas rectas con tinta colorada que también pasen por el centro, que madre aguja se llama. 
Y así saldrán del centro á la circunferencia treinta y dos líneas que significan los treinta y dos vientos. Allende 
destas dichas líneas daremos otras equidistantes á ellas e de sus mesmas colores en esta forma. De los puntes de los 
vientos y medios vientos que pasan por el centro, llevaremos unas lineas rectas que no pasen por el centro sino que 
sean igualmente apartadas á las que pasan por el centro y de las mesmas colores de su equidistante que pasa por el 



(1) Veitia, libro citado. 

(2) ídem. 

(3) tt Breve compendio de la 



spliera y de 



,e navegar con nuevo* ¡n^mmientys y rcglaH, exemplilieadu roo muy snlililes d¡ mo'trncdoiies n 
cornpueao por M.rt.n Corté., natural do Buri.,.™, en el reino de Aragón, y de presen., veeino de ,, ciudad de «di., dirigió a, „ c Z M I ,' 
Cario Qumto Eey do 1„ E.p.n.e, etc., Mor «ueetro.-Seviiia, po, Ante, Alvaros, 1551-1 tomo fol. got, cap. ,,-D, ,J Lmpo.iciÓnl"* cZ de 



122 



EDAD MODERNA.— ARTE CRISTIANO.— CARTOGRAFÍA. 



centro. Y como estas líneas vengan á concurrir en el centro como en los puntos de los vientos y medios vientos que 
están en la circunferencia del círculo, quedarán allí formadas otras diez y seis agujas, cada una con sus treintay 
dos vientos.. Y si la Carta faese muy grande , porque los rumbos no vayan muy apartados, si quisieres eclialle otras 
diez y seis agujas, formarlas has entre una y otra de las primeras diez y seis por los puntos donde se echan las 
cuartas con sus vientos, como dicho tenemos. Es costumbre pintar sobre el centro de algunas de estas agujas ó de las 
mascón diversas colores y con oro una flor ó roseta, diferenciando las líneas y señalándolas con letras con alguna 
señal; especialmente se señala el Norte con una flor de lis y el Oeste con una cruz. Esto sirve allende distinguir los 
vientos de ornato de la Carta, lo cual quasi siempre se hace después de asentada la costa. Esto basta cuanto á la traza 
de los vientos. 

»La colocación de los lugares y puertos y islas en la Carta, según las propias distancias, consiste en particular y 
verdadera relación de los que le han andado, y así son menester padrones de las costas, puertos y islas que se han 
de pintar en la Carta, y hánse de procurar los más aprobados y verdaderos que se hallen. Y no solamente padrones 
pintados, más también es menester saber las alturas de polo de algunos cabos principales y de puertos y de famosas 
ciudades. Habido esto, se ha de trasladar en unos papeles delgados y trasparentes que se hacen cuales para esto son 
menester, untándolos con olio de linaza y después enjugándolos al sol. Y después toman el patrono carta que se ha de 
trasladar y asiéntanla muy extendida sobre una mesa y luego asientan el papel trasparente sobre una parte del padrón 
do quieren comenzar, y bien fijado el papel sobre el padrón con plomos ó pegado con una poca de cera, que fácil- 
mente se puede despegar, señalan en el papel transparente con una pluma delgada » 

Con la propia minuciosidad sigue explicando los procedimientos del calco á que llama trasflorar y trasfor, y aca- 
bada la operación, limpio lodo lo del humo de mechas de pez con una migaja de pan, continúa: 

«Hecho esto, con una delgada péndola escrevir se han en la Carta todos los lugares y nombres de la costa en aquella 
parte donde están y como se veen en el padrón, y primeramente se ha de escrevir de colorado los puertos y cabos 
principales y famosas ciudades y otras cosas notables, y todo lo demás de negro. Después dibujan ciudades, naos, 
banderas y aimales (sic) , señalan regiones y otras notables cosas; y después con colores y oro hermosean las ciuda- 
des, agujas, naos y otras partes de la Carta; y también dan un verde á la costa por parte de la tierra, y con un poco 
de azafrán le dan gracia, ó como mejor parezca. Asientan también letra por parte en esta manera. B, por baya; 
C, por cabo; A, por angla; I, por isla; M, por monte; P, por puerto; R, por rio. 

» Después, donde menos ocupen, se han de dar dos líneas rectas equidistantes y no más apartadas unas de otras 
que medio dedo, ó poco más, y tan luengas que puedan señalarse entre ellas á lo menos trescientas leguas. A esto 
dicen los marineros tronco de leguas, etc.» 
No cabe ilustración más precisa de las particularidades de la Carta de Juan de La Cosa. 



IV. 



El barón de Walckenaer no pertenecía á la especie , no rara, de los bibliófilos que guardan códices y documentos 
preciosos por sólo el placer de poseerlos. La formación de su excelente biblioteca obedecía á otra afición más útil, que 
le impulsaba á investigar las fuentes de los conocimientos geográficos, cuyo progreso procuraba. Así, descubierto 
que hubo el Mapa-nmndí del piloto español, dióle á conocer con elogio en el círculo de los geógrafos (1), y genero- 
samente permitió que lo examinasen y copiasen los hombres dados á la misma especialidad de estudios. 

El primero que parece haber utilizado la concesión fué el insigne viajero y sabio Barón de Humboldt, tratando 
extensamente do la Carta de Juan de La Cosa, en la Introducción y en el tomo v (pág. 288) de su Examen critique 



(1) No he tenido la fortuna de conocer el juicio y comentarios del Sr. Walckenaer : tengo entendido que se hallai 
nglesa de Pinkerton y cu su obra Vtat de plm-ii tir* ¡lernon'-ijes rehires. 



i traducción de la rícog rafia 



m. 



LA CARTA DE JUAN DE LA COSA. 



123 



de l Historie de la Geógrafo du Nouveau contíncnt, y reproduciéndola en facsímile en el Atlas geográfico y físico 
de su viaje. 

Mr. Joinard, Director del Gabinete de Cartas de la Biblioteca Imperial en París, publicó posteriormente otra 
reproducción de la Curta litografiada eu negro. 

El vizconde de Santarem se limitó, en la grande obra que dirigía en Comisión del Gobierno de Portugal (1) á 
estampar en copia y colores la parte de África del Mapa-mundi de La Cosa , entre otras cartas españolas , á saber ; la 
catalana del año 1375 con el luxer de Jaime Ferrer; la de Diego Ribero de 1529 y la de Juan Martínez de 1567. De 
la primera liace grau elogio admirando la exactitud de su trazado y apellidándola famosa y célebre (2). 

Mr. Cliarton (3) publicó, grabado en madera, un fragmento de la parte de América, reducido á pequeña escala, 
ateniéndose en el testo al criterio de Mr. Denis (4) entusiasta encomiador del autógrafo de La Cosa que considera 
monumento de la cartografía ptrimitwa del Nuevo-Muudo. 

Por último, como edición española única hasta el dia, existe otra reproducción de la parte americana de la Carta, 
esmeradamente calcada por D. Ramón de La Sagra y dada a luz, como ya he dicño, en su Historia física, política y 
natural de la isla de Cuba (5); y como no esperaba este señor, por entonces, que la Carta, piedra fundamental de la 
historia de los deseicbrimietitos marítimos de los españoles, fuera recuperada por España, se extendió en la descripción 
más que los otros escritores citados, examinándola como ellos con la lectura simultánea del Diario del Almirante y 
de las relaciones de otros navegantes españoles. 

La Carta contiene, en efecto, los nombres que de momento dieron los descubridores á las tierras que avistaban, 
como Costa anegada, la Mar dulce (bocas del Orinoco), Boca del Drago, Margalida, Costa de las Perlas, I. de 
Gigantes, etc., y aun es más de notar que muestra determinada la costa de la América Septentrional escribiendo allí 
Mar descubierto por ingleses, aludiendo sin duda al viaje de Sebastian Caboto en 1497 y al de Gaspar de Cortereal 
en 1500, al Banco de Terranova y Tierra del Labrador, pues hasta 1506 no se publicó la primera Carta de aquella 
parte del Continente, y según dice Navarrete, eran muy escasas y vagas las noticias que de ella se tenían por los 
viajes de Ramusio. De aquí puede inferirse la diligencia de La Cosa, para reunir datos que obtendría probablemente 
de los pilotos contemporáneos, y que formaron una compilación que comprende cuanto se halla en los escritos de los 
navegantes y mucho más que el público ignoraba entonces. 

Después de las publicaciones mencionadas no es lícito admitir que ignore la existencia de documento de tal impor- 
tancia quien de Geografía se ocupa en nuestros días, y por lo tanto, corresponde mencionar al lado de aquellas la 
obra reciente de Mr. Viviene de Saint-Martin (fi), obra de pretensiones que el título revela, de gran lujo tipográfico, 
con Atlas cromo -litografiado en que ofrece idea de las Cartas de mayor antigüedad y mérito sin mención siquiera de 
la de Juan de La Cosa. 



Para que sea cabal el juicio de nuestro piloto ño hasta el examen que va indicado de los conocimientos que en su 
tiempo poseían los navegantes españoles, es menester además fijar la atención en el estado del adelantamiento 
general de las ciencias y analizarlo comparativamente con el que alcanzaba en otras naciones de Europa, Singular- 



ÍO Seckerchee sur la priorité de la ckcottverte cíes pais sílués sur la cote ocádenlale de l'Afriquc au-dela du Cap Bajador et sur ksprorjrés de la scicnce 
geograpláque, aprés les naeigaiiona des porlugais au XV siecle par le Vkamie de Santaren , accompagnéas d'un alias composé de mappe-mondea et de caries pour 
laplitpart inééites, dressees depuis le Xlcjusq'au XVII? suele. — París, 1842. 

(2) EL vizconde de Santarem elogia la Carta también un el F.ssat sur Vhiííoirs de la Cosmographie. 

(3) Voyageura auciens ct moderaes, 1855. 

(4) Noumilli: ¡ihi/rn/iiiii; <jíiu:ralc, 1855. 

(5) Parla, 1842, tomo II. 

(6) Hhtoire de la Geographie el des decouveríes geographiq^aes depuis les lemps le plus recules jusqv! a nos joure.— Puiís, 1874. 



124 



EDAD MODERNA.— ARTE CRISTIANO. — CARTOGRAFÍA. 



mente en agüellas que en el descubrimiento y conquista del Nuevo-Mundo han pretendido encontrar manantial 
inagotable de diatribas para el pueblo que gobernaban los Reyes Católicos, pero este interesantísimo trabajo se Ira 
llevado a feliz término por el Sr. D. Gil Gelpi y Ferro (1), que, i mi entender, demuestra con tanta claridad como 
competencia, que sólo este pueblo calumniado se hallaba eu aptitud de acometer tamaña empresa en el siglo xv. 

No poca culpa nos cabe en el juicio erróneo y apasionado de los escritores extranjeros por la apatía que dejó igno- 
rados y perdidos en gran parte los documentos de nuestras glorias. Si obras cual la del Sr. Gelpi hubieran divulgado 
oportunamente la relación verídica de los sucesos, ó simplemente se hubieran dado al público los instrumentos de la 
interesante colección tan tarde formada por D. Martin Fernandez de Navarrete, otra fuera la opinión que tanto 
cuesta reformar ahora aun con la presentación de pruebas fehacientes. 

¿Qué importara el eclipse que ha sufrido la Carta de Juan de La Cosa si tuviéramos en Atlas estampados la serie 
de los padrones con tanta previsión mandados reunir en arca con dos llaves en la Casa Contratación de Sevilla? 

D. Eamon de La Sagra, tantas veces citado, intentó remediar en lo posible la incuria de nuestros antepasados 
acudiendo 4 extraordinarias diligencias para salvar de la destrucción las cartas que habían ido 4 parar 4 los archivos 
de los monasterios, como lugares únicos de refugio en épocas de calamitosa decadencia; quiso formar una colección 
semejante A la dispuesta por el vizconde de Santarem en Portugal, interesando en el proyecto 4 personas siempre 
dispuestas 4 favorecer los intereses patrios, y acudió más tarde al Gobierno, en 1841, con una exposición en que pro- 
ponía se procediera en París 4 la publicación de la obra con el título de Atlas de mapas inéditos concernientes á los 
descubrimientos que hicieron por mar los espacióles durante el reinado de Isabel la Católica, publicados bajo la pro- 
tección de S. M. Doña Isabel II. Formado expediente, entendieron en él los Ministerios de Gobernación, Estado y 
Marina, pidiendo el segundo su autorizada opinión 4 D. Martin Fernandez de Navarrete, que informó en pro del 
proyecto , si bien estimando que de acometer la obra no debia limitarse 4 la publicación de las cartas hechas en el 
reinado de Isabel la Católica, sino que debia comprenderlas anteriores al descubrimiento del Nuevo-Mundo, por la 
doble razón de ser pocas las que nos quedan. Citaba las de Matías de Vila Lestes, del año 1413, el Atlas catalán, la 
de San Miguel de los Reyes , la de Valseca y la de Juan Ortís , explicando las circunstancias de cada una, su paradero 
y las investigaciones que en la materia hicieron el P. Villanueva y los Sres. Pérez Bayer y Cladera : indicaba la 
conveniencia de reconocer el Archivo de Indias de Sevilla, donde deben existir los documentos procedentes de la Casa 
de Contratación y entre su número los padrones, cartas y planos, y ooncluia que con semejante material podía 
ampliarse la publicación, alcanzando hasta mediados del siglo xvi, comprobándose más y más la primada de nues- 
tros descubridores ultramarinos y la primitiva posesión con que España aseguró los derechos de tan dilatados 
dominios. 

En 1844 volvió el Sr. La Sagra á estimular la resolución de su propuesta, que pasó entonces al Consejo de Minis- 
tros, alcanzando se decidiera la publicación con auxilio de fondos que facilitarían las Cajas de Ultramar, entendiendo 
en ella el Ministerio de Marina por medio del Depósito de Hidrografía, que había de proceder de acuerdo con el señor 
La Sagra. El asunto quedó, sin embargo, paralizado de nuevo hasta el año de 1853 en que, por iniciativa de las 
Cortes, se puso sobre el tapete, nombrando una Comisión de su seno, que se denominó de monumentos geográficos 
inéditos, que pidió la remisión de cuantos antecedentes existieran y que acabó por depositarlos en el Archivo del 
Congreso , llegados que fueron los sucesos políticos del 54. 

Tal es, en resumen, la historia de la famosa Carta del piloto y capitán Juan de La Cosa, cuya reivindicación se 
debe 4 D. llamón de La Sagra. 



(1) Estudios sobre la América. Conquista, Colonización, Gobiernos coloniales y Gobiernos independientes. — Habana, 1864-1866. Dos volúm. 4. ú mayor.- 
Véanse principalmente los capítulos que llevan por titules : Estado de la Europa en los últimos años del siglo XV.— Estado de Esjyaña en la misma ¿poca.- 
Estado de las ciencias aplicables á la navegación. — Descubrimiento del ¿\ ! ncco-Munclo. 



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SEPULCRO 



LA REINA DONA BERENGUELA 



MONASTERIO DE LAS HUELGAS, 



JUNTO A BURGOS, 



Y NOTICIAS HISTÓRICAS Y ARTÍSTICAS CON MOTIVO DE ESTA MONOGRAFÍA 



ACERCA DE AQUEL CELEBRE MONASTERIO) 



POR DON MANUEL DE ASSAS. 



onsérvase en Castilla el más insigne Monasterio de nuestra Península, entre los 
pertenecientes al seso femenino, si se le considera bajo el punto de vista del anti- 
guo poderío y de la gran jurisdicción eclesiástica y secular de su prelada, sacer- 
dotisa máxima^ según Lucio Marineo Sículo, el cual aseguró que ella antecedia á 
todas las mujeres de España, exceptuando solamente á la Reina. Archicenobio de 
las monjas del orden del Cistór le llama el iiustrisirao señor D. Fray Ángel Man- 
rique, obispo de Badajoz, en sus Anuales ci$ terciemos , en donde dice que en estruc- 
tura y dotación no era inferiora ninguno; y en majestad é imperio, ya eclesiástico 
ya temporal, superaba á todo cuanto basta entonces había conocido el orbe his- 
pano: presidia á otros doce monasterios de religiosas, además de al suyo, prescri- 
biéndoles leyes la mencionada abadesa, la cual dominaba no solamente sobre mu- 
jeres sino también sobre varones, tanto regulares conversos hospitalarios, como 
seculares presbíteros y clérigos llamados capellanes , dominando á los cuales y aun á los curas del pueblo , sobre ellos 
ejercía mayor jurisdicción que la correspondiente á una hembra. Esto en lo espiritual; pues en lo temporal mandaba 
en pueblos, castillos y villas, habiendo apenas en Castilla, bajo el rey, principe que tuviera tantos vasallos, y más 
ninguno. Finalmente (añade), pasó en proverbio entre los españoles que, salva la reverencia debida al Vicario de 
Cristo , si el Sumo Pontífice hubiese de tomar esposa entre las personas eclesiásticas, no podría casarse con otra que 
con esta abadesa, por su grande autoridad, superior á la de las demás. 

Manifiesta el poder de tan distinguida señora el encabezamiento de sus decretos, redactado con las palabras que 
siguen : «Nos Doña N. , por la gracia de Dios y de la santa Sede Apostólica, Abadesa de este Monasterio de Santa 










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EDAD MEDIA.— ARTE CRISTIANO. —ESCULTURA. 



María la Real de las Huelgas cerca de esta Ciudad de Burgos, Orden del Cistér, hábito de nuestro Padre San Ber- 
nardo, Señora, Superiora, Prelada, Madre y legítima Administradora en lo espiritual y temporal de dicho Real 
Monasterio, su Hospital que llaman del Rey, y de los Conventos, Iglesias y Ermitas de su filiación, Villas y Luga- 
res de su jurisdicción, Señorío y Vasallage, en virtud de Bulas y Concesiones Apostólicas, con jurisdicción omní- 
moda, privativa, cuasi Episcopal nullius Dicecesis, y Reales privilegios; que una y otrajurisdiccion ejercemos quieta 
y pacíficamente, como es público y notorio.» 

Los monasterios filiaciones del de Santa María la Real délas Huelgas, eran, el de Perales, en la diócesis de Palea- 
da, hoy San Joaquin y Santa Ana de Valladolid; el de Gradefes, cerca de León; el de la villa de Cañas, en el obis- 
pado de Calahorra; el del pueblo de Carrizo, á cinco leguas de dicha ciudad leonesa; el de Foncaliente, hoy en 
Aranda de Duero ; el de la villa de Torquemada, hoy en Falencia ; el de San Andrés de Arroyo , a tres leguas de Agui- 
lar de Campoo; el de Vileña; el de Villamayor de los Montes; el de Avia, hoy en Santo Domingo de la Calzada; el 
de Santa María de Barría, cerca de la ciudad de Vitoria, y el de Renuncio, hoy San Bernardo de Burgos. Marineo 
Sículo afirma ser diez y siete los monasterios dependientes del huelgúense; pero este número no podría completarse 
sino añadiendo, á los doce enumerados , los de Tulebras, Santa Colomba, Santa María de Otero, el capítulo de 
Comendadores del Hospital del Rey y el claustro de las Comendadoras de éste , lo cual seria inexacto , pues a ninguno 
de ellos se le puede considerar como filiación, en atención á que resulta de la3 actas del Capítulo general celebrado 
en las Huelgas y en otros documentos , que el de Tulebras nunca consintió en someterse, repugnándole sujetarse como 
hijo, de una comunidad de que se consideraba madre. El de Santa Colomba no consta diese jamás la obediencia al 
de las Huelgas, y sí al abad de Moreruela. El de Santa María de Otero, aunque como filiación del de Gradefes, puede 
apelar á la abadesa del de Santa María la Real ; y finalmente , las dos corporaciones del Hospital del Rey no se con- 
sideran como filiaciones, aunque están sujetas á esta abadesa. 

Alfonso VIII (cuyo ejemplo siguió su nieto San Fernando) sujetó á la potestad y dominio de la abadesa de las 
Huelgas todas las haciendas, villas y lugares del Monasterio; de modo que llegó á tener el señorío de más de sesenta 
poblaciones con mero y mixto imperio y conocimiento privativo en lo civil y criminal, nombrando alcaldes ordina- 
rios, escribanos, alguaciles y los demás funcionarios municipales, estableciendo en el pueblecito de las Huelgas, con- 
tiguo al Monasterio , alcalde mayor y j uez ordinario, que en grado de apelación lo era de las villas y lugares de que 
la abadesa era superiora. Este derecho de nombramiento le ejercía también en el Hospital del Rey, por autorización 
de Fernando III, confirmada por el papa Inocencio IV, en el año de 1246. Extendíase su jurisdicción hasta á poner 
merino en la Llana de Burgos, el cual administraba justicia en nombre de la prelada; y los jueces y sus subalternos, 
que lo eran de la ciudad, no podían entrar con vara alta en el recinto de dicha Llana, debiendo bajarlas ó deponer- 
las á la puerta, si alguna vez habían de penetrar en él. 

Las villas en que la abadesa ejercía ambas jurisdicciones , aun después de haber vendido algunas de ellas el empe- 
rador Carlos V, eran, Gaton, Herrín, Marcilla, Villanueva de los Infantes, Torresandino, Barrio, Olmillos, Sargen- 
tesde Lora, Castril de Peones, Arlanzon, Urréz, Palazuelos de la Sierra, Estepar, Frandovinez, Quintana de 
Loranco, Loranquillo y Reviíla del Campo; á las cuales se anadian los lugares siguientes : Iniestra, Herramél, 
Galarde, Zalduendo, Santiuste, Cilleruelo, Tinieblas, Villagonzalo de Pedernales, Fresno de Rodilla, Quintanilla 
de San García , Valdazo , Revillagodos , Alcucero , Santa María de Invierno , Piedrahita , Santa Cruz de Juarros, Mora- 
dillo, Sedaño, el Hospital del Rey, las Huelgas y sus compases. Los pueblos tributarios ó dependientes del Hospital 
eran éstos: villa de Moncalvillo, villa de Madrigalejo, San Medél, Cardeñadijo, Quintanilla de Sobresierra, Castrillo, 
de Rucios, Marmellar de arriba, Arroyal, Villarmero, Lorilla, Congosto , Tablada, Pedrosa de Candemuñó, San 
Mames, Villariezo y la dehesa de Bercial, en Castilla la Nueva, que todos hacen cincuenta y uno. No es, pues, 
extraño, que el limo, obispo D. Fray Ángel Manrique, en sus Anales ástercienses , tomo m, cap. ix, núm. 5, diga; 
Vis, iufra Hegem, Princeps in Castella, cid fot sitbsmt vasalli; cid piltres nuUns: esto es: «que no hubo quien tuviese 
tantos vasallos en Castilla del Rey abajo; y por lo menos que ninguno reunió más.» 

Según Marineo Sículo, hubo tiempo en que las señoras preladas del regio Monasterio ejercian su jurisdicción en 
catorce pueblos grandes y cincuenta pequeños ; pero según otros escritores , no excedió su número de sesenta pobla- 
ciones entre villas y lugares, en todos los cuales cobraban las abadesas de las Huelgas la moneda forera y los demás 
tributos pertenecientes al Rey. 

Fernando III el Santo concedió al Real Monasterio la moneda forera y los demás tributos pertenecientes al Reyj 



SEPULCRO DE LA REINA DOÑA BERENGUELA EN LAS HUELGAS DE BURGOS. 127 



y la jurisdicción en las villas y lugares de «Arlanzon con sus aldeas, Estopar, OlxniUos, Perras, Barrio, Torresan- 
dino, Población, Palazuelos, Cubillos de la Cesa, Vallagos y Martilla.» Estos componían el dote déla infanta Doña 
Berenguela, bija del santo Monarca, y se los donó al Monasterio cuando ésta entró en él. La donación consta en pri- 
vilegio del referido soberano, y en bula de confirmación espedida por el papa Inocencio IV, en Lyon, ciudad de 
Francia el dia 24 de Abril en el año 3.° de su pontificado. 

El mismo rey a instancias de su hija Doña Berenguela concedió á Santa María la Real de las Huelgas el pri- 
vilegio de poner en la Llana, ó sea mercado de cereales de Burgos, un Juez ó alcalde ordinario con ejercicio yjuris- 
diccion inmediatamente sujeto a la abadesa para todos los asuntos judiciales pertenecientes al Monasterio. También 
concedió los dos privilegios llamados de las Legumbres y Cueza. El primero se reducía a una parte de tributo sobre 
todas las legumbres que entraban en el Peso general de Burgos ; el segundo consistía en percibir una cuenca de trigo 
de cuanto se vendía en la Llana ó mercado de cereales, ó se llevaba allí para venderlo. Este privilegio expresaba la 
especial circunstancia de que si el trigo se sacaba de la Llana antes de cantarse prima en la Catedral, quedaba 
exento del tributo. También tiene este Monasterio facultad Real para poner carnicerías dentro de la ciudad de Burgos. 

Al esplendor de las muchas riquezas y prerogativas con que el Rey fundador Alfonso VIII, y sus sucesores 
engrandecieron el Real Monasterio, correspondió ventajosamente la jurisdicción espiritual ó canónica con que los 
Sumos Pontífices romanos condecoraron á su abadesa, otorgándola más gracias que á ninguna otra, y llegando á 
hacerla «única en el todo.» Son tantas, tan honrosas y singulares las que se guardan en su archivo, que de ellas 
podría formarse curiosísimo é importante biliario. 

Muchos y gravísimos autores han hablado de la jurisdicción eclesiástica de la abadesa de las Huelgas; pero, con 
mayor detenimiento que los demás, el Ilustrísimo y Reverendísimo Sr. D. Fray Miguel de Fuentes, catedrático 
de prima de Teología en la Universidad de Salamanca, general de la orden de San Bernardo, obispo y señor de Lugo, 
en su Discurso teológico, moral, historial y jurídico en defensa y explicación de la grande y singularísima juris- 
dicción espiritual, episcopal con territorio separada, seu nullius dicecesis, que tiene y ha tenido la Iluslrlsima Señora 
abadesa del Real Monasterio de las Suelgas, del orden de Cúter, prope y extramuros de la ciudad de Sargos. Las 
conclusiones que el citado escritor deduce en su discurso, son como sigue: 

1 .' Puede y le compete á la señora abadesa del Real Convento de las Huelgas conferir beneficios curados y no 
curados, los que fueren de su distrito y estuvieren en las iglesias de su diócesis separada. 

2." No sólo puede y le compete colacionar los beneficios de sus iglesias, sino también instituir los curas y bene- 
ficiados, instihetione etiam authorizabili, seu conferente illis curam animarían . 

3.' No pueden los señores obispos, ni como delegados de la Sede Apostólica ex rijuris communis, visitar las igle- 
sias ni altares , etiamsi in eis sit administratio sacramentorum , ni á los curas y clérigos ó beneficiados que fueren del 
distrito y jurisdicción déla señora abadesa. 

4.' Puede, como los señores obispos, castigar y proceder contra cualquier predicador que, en su diócesis ó distrito 
predique algunas herejías, aunque el dicho predicador fuese exento. 

5." Puede , como los obispos, castigar a cualquier regular que , en su diócesis y distrito el extra suum inonasteriinn , 
delinquiere y pecare, non obstante privilegio suiordinis. 

6." Puede, como los obispos y los demás prelados que tienen diócesis aparto , unir beneficios ó iglesias parroquiales 
de su jurisdicción; y de la misma manera puedo también trasladar y mudar los beneficios simples de las iglesias 
caidas, á otras que no lo estén, y cuidar que las iglesias parroquiales caídas se vuelvan á edificar. 

7.' Puede y le compete, como á los señores obispos, conocer y pasar las dispensaciones y gracias que vinieren de 
Roma 4 su diócesis ó distrito, como lo ha ejecutado algunas veces, y puede también conmutar las últimas volunta- 
des ó disposiciones, cuando haya causa justa y necesaria. 

8.' Puede, como los obispos, conocer la subrepción y obrepción de alguna gracia concedida á alguno de sujnris- 
diccion sobre absolución de algún pecado público, y examinar si es verdadera, y si lo fué también la relación. 

9." Puede, como los obispos, visitar y ejecutar todas las obras pías de cualesquier colegios y hospitales que hubiere 
en su diócesis ó distrito. 

10." Puede, como los obispos, visitar y examinar la suficiencia de los notarios, aunque sean creados por autori- 
dad Apostólica, Imperial ó Real, y si no los hallare suficientes, ó hubieren delinquido en sus oficios, castigarlos y 
prohibirlos temporal ó perpetuamente. 



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EDAD MEDIA.— ARTE CRISTIANO. — ESCULTURA. 






11 .' Puede y le compele á la señora abadesa conocer las causas matrimoniales y criminales que hubiere entre sus 
subditos, como á los señores obispos les compete también respecto de los suyos; sólo con esta diferencia , que habrá 
menester para esto nombrar un juez eclesiástico y persona de letras y virtud. 

12.' Puede y le compete aprobar confesores para todos sus subditos, así seculares como regulares, y examinarlos 
por medio de persona idónea que nombre al efecto, y ni los tales confesores ni curas que instituyere no han menes- 
ter examen ni aprobación de obispo ni arzobispo, ni de otro prelado para ejercer su oficio, ni que estéu expuestos por 
otro obispado. 

13,' Podran estos curas, nombrados é instituidos por ¡aseñora abadesa, no sólo confesar á sus feligreses y subditos 
sino también á los forasteros y á los peregrinos que llegaren allí , como lo hacen y pueden en sus diócesis é iglesias 
los curas que instituyen los señores obispos; peTo se ha de advertir que no vayan con fraude los dichos peregrinos y 
forasteros por huir de sus propios párrocos. Podrán también estos curas y confesores aprobados por la abadesa, absol- 
ver á sus subditos y parroquianos de los casos que hubiere reservados en las demás diócesis de los señores obispos. 
14.' Puede y le compete nombrar confesores para todos los monasterios de monjas que á ella están sujetos. 
15.' Puede y le compete dar licencias á cualquiera persona idónea, así regular como secular, para que pueda 
predicar en su diócesis y territorio separado. 

16.' Puedey le compete dar dimisorias á sus subditos, aunque sean seglares, para poder ordenarse por cualquier 
obispo. 

17.' Puede y le compete dar licencia y remitir las denunciaciones necesarias para contraer sus subditos matri- 
monio. 

18.' Puede y le compete también dar licencia de asistir á los dichos matrimonios de sus subditos; sólo tendrá de 
diferencia á los otros prelados y obispos, que no podrá asistir como ellos, por sí á los matrimonios, como ni el provi- 
sor no sacerdote; porque el Concilio pide que lo sea. 

19.* Puede juntar sínodo en su diócesis, y hacer constituciones sinodales y leyes, no sólo para los subditos regu- 
lares, sino también para los seculares; pero en esto y en todo se debe atender mucho á la costumbre que hubiere. 

20.* Puede reservar muchos casos, respecto de sus subditos, como cualquier otro prelado; pero con arreglo á lo 
determinado en bula de Clemente VIII , y también en esto se debe estar á la costumbre. 

21. ' Aunque la señora abadesa, por sí inmediatamente, no pueda poner censuras ni entredicho ni cesación & 
divinis, porque esto pide orden clerical en la común sentencia; pero por medio de sus jueces ó personas eclesiásticas 
diputados por ella , puede y lo hace muchas veces. 

22.' Puede por sí inmediatamente poner obediencia rigurosa y espiritual, y que obligue ex vi voíi solemnis á 
todos sus subditos regulares profesos, como puede ponerla cualquier otro prelado á sus subditos religiosos profesos, 
pues también la señora abadesa es superior inmediata y prelada, á quien prometen obediencia cuando profesan sus 
subditos. 

23.' Puede también, por la misma razón, á diferencia de las otras abadesas, que no tienen esta jurisdicción 
espiritual y ordinaria, dispensar con sus subditos eclesiásticos y regulares en el Oficio divino, cuando haya causa 
para ello , como pueden los señores obispos y los demás prelados ordinarios. 

24. a Puede también, á diferencia de las otras abadesas, dispensar á sus subditos y conmutarles los votos, como 
cualquier otro prelado que tiene esta jurisdicción espiritual y ordinaria; y puede dispensarse á sí misma y conmutarse 
los votos. 

2o. í Puede y le compete, á diferencia igualmente de las otras abadesas, que no tienen esta jurisdicción espi- 
ritual ordinaria, dar licencias de entrar y salir de los conventos de monjas que á ella están sujetos, y en el mismo 
Real Convento de las Huelgas cuando hay causa legítima. 

26. ° Últimamente, puede esta señora, y á ella le compete , á diferencia de las demás abadesas, el dar licencia y 
permisión para que , en su diócesis ó iglesias pueda ejercer y usar los actos pontificales é insignias, cualquier obispo, 
aunque sea sólo titular. 

27.' Sólo no puede la señora abadesa del Keal Convento de las Huelgas conceder indulgencias, ni para sus 
subditos ni en su diócesis ; porque esta potestad es reservada á los señores obispos prwative quoad omnes alios. Ni sé 
que lo haya usado la señora abadesa, que es lo que siempre advierto , se debe atender mucho en estas materias de 
jurisdicción. 



SEPULCRO DE LA REINA DONA BERENGUELA EN LAS HUELGAS DE BURGOS. 129 



Adhiriéronse á estas conclusiones, suscribiendo , aprobando y confirmándolas sin la menor limitación, ios canonistas 
y teólogos más acreditados á la sazón en España. 

Hasta que el ecuménico Concilio de Trento, promulgado en España el año de 1563, dispuso que las monjas guar- 
dasen clausura, salian las abadesas de Santa María la Real de las Huelgas, acompañadas de algunas señoras de su 
Monasterio y de varias criadas, á visitar los conventos de su obediencia; y asistían a las elecciones de las preladas, 
cuando por muerte ú otras causas vacaban las abadías. Verificada la elección , la nueva abadesa pasaba al Real Mo- 
nasterio a confirmarse, y en manos de la ilustrísima prelada, hacia juramento y profesión con las siguientes palabras: 

«Yo Doña N., Abadesa del Monasterio deN., de la orden de Cistér, sito en el obispado de N., prometo la sujeción, 
reverencia y obediencia que los Santos Padres establecieron , según la Regla de nuestro padre San Benito y Estatutos 
de Cistér, 4 la Ilustrísima Señora Doña N., Abadesa del Real Monasterio de Santa María la Real de las Huelgas, cerca 
de Burgos , y á sus succesoras que canónicamente las succedieren ; y que observaré y defenderé los privilegios y liber- 
tades de nuestra Religión y de mi Convento ; y que no enagenaré , ni venderé, ni daré en prendas ó feudo en manera 
alguna los bienes que á mi dicho Monasterio pertenecieren , aunque el Convento quiera, sin expresa licencia de dicha 
Ilustrísima Señora Abadesa, mi Madre y Prelada. Así Dios me ayude y estos santos Evangelios.» Esta profesión, 
firmada por la nueva abadesa, se guardaba en el archivo del Real Monasterio huelgúense. 

El señorío y jurisdicción del Monasterio de las Huelgas , fué decayendo desde que el emperador Carlos V, en virtud 
de concesión apostólica del pontífice Paulo III, vendió varios pueblos, sin que le valiese al Real Monasterio la respe- 
table memoria de sus ilustres fundadores. Estos acumularon los medios de engrandecer su predilecta fundación, 
colocando ó sus preladas en tan alto grado de esplendor y poderío, que no ha tenido semejante en toda la cristiandad. 
Pero leyes y determinaciones de gobiernos, desde el año de 1808 en adelante, han hecho desaparecer el señorío que 
gozaban las abadesas, y sus prerogativas y privilegios, entre los cuales se contaba el derecho de cobrar las marti- 
niegas, moneda forera y otros tributos. 

Las preeminencias y regalías del Monasterio, y entre ellas las de haber sujetado todas sus haciendas y lugares el 
fundador, á la potestad, dominio y jurisdicción de su abadesa, excitaron la animadversión de algunos, al considerar 
tanta amplitud y facultad , y procuraron en diferentes tiempos disminuirla ó perturbarla ; acaso hubieran varias veces 
conseguido su intento , si el poder de los monarcas y la Real Cámara de Castilla no hubiesen amparado y sostenido al 
Monasterio en tan peligrosas ocasiones. Sólo así pudieron conservar las abadesas la ordinaria é inmediata jurisdicción 
civil y criminal, en los Compases de Santa María, en el Hospital del Rey, en la Llana de Burgos, en todos los 
pueblos que les habian donado los reyes, infantas y particulares, y otros adquiridos á sus expensas, como lo fueron 
los de Quintanilla de Loranco y Loranquillo, comprados por Doña Sancha de Aragón y la abadesa Doña Inés Lainez. 

Desde la fundación del Monasterio de Santa María la Real de las Huelgas, se ha observado en él sin la menor 
alteración el instituto Cisterciense. Las Definiciones y Estatutos que tiene para su gobierno económico é interior, 
ordenados en las visitas hechas por diferentes comisionados de la Sede Apostólica, a solicitud de los reyes de España, 
están arreglados íi los de Cistér. En virtud de visitas tan útiles y aun necesarias para toda comunidad religiosa, se 
ha sostenido en ésta la observancia en la referida forma. 

En el Monasterio, las monjas de velo y voto se denominan señoras, y las legas ó freirás religiosas. El hábito que 
usan las señoras es, conforme al de las demás monjas de la orden Cisterciense, basquina ó saya de estameña blanca; 
escapulario negro, ceñido con un cordón llamado sdbrmmta, cogulla blanca , pero no de la misma forma que la de 
las demás monjas bernardas , puesto que las de Huelgas la tienen sujeta y muy ajustada á la cintura. El velo es 
negro, y el tocado blanco, muy particular, distinto del primitivo, y según parece, le hizo cambiar la Ilustrísima 
abadesa Doña Ana de Austria. El hábito de las religiosas ó legas se distingue del de las señoras en ser negro exte- 
ríormente, aunque en el interior es blanco; el de las novicias tiene igual color y forma que el de los otros monasterios 
de la Orden. 

No está en práctica en el Monasterio la vida común como en otras comunidades religiosas, si bien se reúnen á 
comer en el refectorio, que más bien que esto parece una iglesia, siendo de gran capacidad, como se requería en los 
tiempos de la fundación, enque el número de monjas, entre señoras y religiosas, excedía de ciento cincuenta. Las 
señoras tienen su celda particular, modestamente adornada, pero por la noche se reúnen en dormitorio común , cada 
cual con su criada, en un cuartito que llaman alcoba; las religiosas, á cuyo cargo están los más penosos oficios de 
la comunidad, tienen dormitorio y coro separados de los de las señoras, de manera que parecen distinta corporación. 



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EDAD MEDIA. — ARTE CRISTIANO. — ESCULTURA. 



Para tomar el hábito en el Monasterio, en la clase de señoras, es indispensable circunstancia la nobleza; el dote 
exigido al efecto no es grande, y los gastos de entrada y profesión, que en otros tiempos eran excesivos, se han 
moderado bastante en nuestros dias. El noviciado es riguroso y de un año, durante el cual se instruye á las novicias 
en el canto-llano, rezo y demás observancias monásticas. La profesión se hace con la mayor ostentación posible, 
siendo regularmente numeroso el concurso que á tales funciones acude. 

La asistencia al coro, en que se emplea mucho tiempo, así como también los demás actos conventuales, se practican 
en las horas prescritas para la Orden ; si bien los maitines después de media noche están dispensados á causa del exiguo 
número de las señoras y de sus continuas indisposiciones. La hora de nona es invariable á la del dia que ordenan 
los usos. 



No se hizo la fundación de tan ilustre cenobio á costa del país; no se erigió el suntuoso edificio por medio de 
injustos impuestos ni de arbitrios gravosos, sino con las rentas y haberes de espléndidos monarcas. 

El noble y bueno Alfonso VIII de Castilla, cuando se aposentaba en el antiguo castillo situado en la cima de la 
eminencia á cuyo pié asienta la muy noble y muy más leal ciudad de Burgos, solia bajar, saliendo por la puerta de 
la población apellidada de San Martin, á solazarse en la inmediata vega, donde, hacia la parte de Occidente, á 
distancia como de un cuarto de legua, y junto á frondosas orillas del rio Arlanzon , poseía campestre palacio ó casa 
de recreo, colocada en fértil y llano terreno, regado por abundantes y cristalinas aguas, y poblado de numerosas 
arboledas; y como el descanso y solaz (dice el Padre Maestro Fray Henrique Florez) en Castilla se llamaba huelga, 
de aquí procedió el denominarse aquel ameno sitio las Huelgas del Rey. La bella reina Doña Leonor, hija de En- 
rique II de Inglaterra, aconsejó á su esposo Alfonso VIII erigir, para regio enterramiento de ambos cónyuges y de 
sus augustos sucesores, suntuoso y privilegiado monasterio en la mencionada quinta, el cual pudiese al par servir 
de religioso asilo para infantas y otras ilustres señoras castellanas que quisieran retirarse á la vida monástica. 

No se sabe positivamente cuándo se comenzó á labrar el edificio; el Padre Venero opina que debió principiarse en 
el año de 1175 , calculando que se emplearían doce en ponerle en estado de habitarle; otros escritores creen haberse 
inaugurado la obra en 1180, y que sólo se tardó siete años en concluirla. El arzobispo de Toledo D. Rodrigo Ximenez 
de Rada, dice haberse construido después de la desdichada batalla de Alarcos , y que Alfonso VIII hizo esta fundación 
para aplacar la cólera divina , manifestada en aquella marcial función ; al primado de las Españas siguieron otros 
muchos autores, pero fácilmente se demuestra su error confrontando la fecha del privilegio de fundación, que es 
de I." de Junio de 1187, con la de dicha derrota, acaecida ocho años después, en el de 1195. Algunos con mayor 
error , la han retrasado aún más hasta veinticinco años , suponiéndola hecha como en acción de gracias por la victoria 
de las Navas de Tolosa, obtenida el dia 16 de Julio de 1312. 

Ya en 2 de Enero de 1187, el papa Clemente III aprobó y confirmó la fundación, recibiendo el Monasterio bajo su 
patrocinio, sujetándole inmediatamente á la Sede Pontificia, inhibiendo á todos los obispos que pudiesen intentar 
introducirse en la elección de abadesa ó judicial visita; lo cual confirmó después el mismo Pontífice en el año siguiente 
de 1188, el dia 22 de Mayo ; expidió la primera bula en la ciudad de Pisa , y la segunda en la de Roma. 

Lo indudable es que, en el año de 1187, estaba ya habitado por las monjas, puesto que el citado privilegio de 
Alfonso VIII se dirige á Doña María Sol, llamándola su presente abadesa. 

Era entonces como irresistible la comente de devoción que á magnates y reyes impulsaba á fundar monasterios 
de la orden de Cistér ó del Cistél, de monjes Mancos, á quienes el admirable y piadoso San Bernardo, que algunos 
dijeron ser pariente de Alfonso VII, apellidado el Encerador, habia dado gran renombre de virtud y ciencia. «Dedi- 
caban los monasterios á sepulcros suyos y panteones de su familia, ó tal vez á tomar el hábito y cogulla en ellos; y 
entre otros que el mismo Emperador y su hermana Doña Sancha fundaron , se contaban los de Moreruela y la Espina, 
Alfonso I de Portugal, además de las religiosas cistercienses que estableció en su tiempo, fundó para monjes en 1181 



Sepulcro de la reina doña berenguela en las huelgas de burgos. 131 



el famoso de Alcobaza. Alfonso II de Aragón, no contento con visitar el Monasterio de Huerta en la frontera de 
Castilla, y pedir á los monjes que le recibieran por hermano, fundó el de monjas, también cistercienses, de Traso vares, 
dedicó al infante D. Femando, su tercer hijo, á ser monje en Poblet, cuyo monasterio, igualmente cisterciense, 
enriqueció poderosamente y dedicó á panteón de sus sucesores, sacando de él también los monjes, con que fundó el 
de Piedra; y por último, Sancho el Fuerte ú VIII de Navarra favoreció de tal modo á los Cistercienses, que les fundó 
los monasterios de Fitero y de la Oliva.» 

Protegiéronlos, en fin, los mayores reyes de España, los monarcas de Castilla Alfonso VIII el A 7 obley Bueno, y su 
augusta esposa Doña Leonor de Inglaterra, dedicando a la Orden cisterciense el nuevo monasterio de Santa María la 
Real de las Huelgas del Rey, y haciendo venir al efecto desde el de la Caridad ó de Tulebras, situado cerca de 
Tudela, en Navarra, que a la sazón gozaba de gran celebridad, varias monjas con Dona María Sol, á quienes, 
según algunos, acompañaba la infanta de Aragón Doña Sancha, joven en edad, pero madura en virtudes. 

A favor de esta Doña María, que muchos han nombrado Misol, ignorando que Mi era abreviatura de Mari, otorgó 
el monarca de Castilla el privilegio de donación de su Monasterio, manifestando que, en unión de su mujer Doña 
Leonor, y con el consentimiento de sus hijas Berenguela y Urraca, le habia edificado en la vega de Burgos, bajo la 
advocación de Santa María la Real, en donde queria se observase siempre la Orden cisterciense, y el cual donaba y 
concedia á Doña Mari Sol, abadesa de él á la sazón. También daba á dichos Monasterio y abadesa, toda la hacienda 
y labranza que el Rey poseía en Burgos; toda la Llana ó mercado de cereales de la misma ciudad, con sus réditos; 
los reales majuelos, molino de la Bodega, otros bienes cerca de dicho majuelo, y los baños borgaleses; ordenando y 
mandando que nadie pudiese construir otros baños, y si se hiciesen, entrasen en el dominio y posesión del Monasterio. 
Donábales además la dehesa de Arguijo, la tabla del rio, desde el puente hasta la presa antigua; la dehesa de Estepar; 
la hacienda que tenia en Benvibre y en Pampliega; el barrio de Benvibre; la hacienda que el abad de Oña tuvo en 
San Félix ; la de Quintanilla, la de Esar, la de Castrojeriz, la del monasterio de Rodilla, y las poblaciones de Hontoria 
del Pinar y Castro-Urdiales , y una carga diaria de sal en las salinas de Alienza. ítem, ordenaba y mandaba que 
cualquiera persona que se atreviese á entrar violentamente dentro de las cercas del muro ó vallado pertenecientes al 
recinto del Monasterio , ó sacar de él por fuerza alguna cosa, pagase como pena seis mil sueldos; que las enunciadas 
haciendas, como todo lo demás que adquiriese la comunidad, estuviesen sujetas únicamente á la potestad, dominio 
y jurisdicción de la abadesa y de la comunidad, y que al Monasterio y no á otro alguno se pagasen los tributos, 
pechos y derechos de todas ellas; las cuales habían de permanecer perpetuamente libres y exentas de otro yugo, 
gravamen ó paga, y de toda entrada de Merino ú otro ministro de Justicia. ítem, ordenaba y mandaba que dichas 
abadesa y comunidad no pagasen en su reino portazgo alguno de las cosas que vendiesen ó comprasen, y se trajesen 
para utilidad del Monasterio y su compás y de sus granjas ; y los ganados propios de estos tuviesen pastos libres en 
todos los montes y demás lugares en donde los ganados del Rey debían tenerlos ; no pagasen montazgo , y sus cabanas 
tuviesen el mismo fuero y coto que las del Rey. Concedióles que pudiesen cortar y llevar leña , vigas y demás madera 
que necesitasen para el Monasterio y su compás y granjas, en los bosques y lugares en que se podia para las obras 
y gasto del real palacio. Fué hecha esta carta en Burgos á- 1." de Junio de 1187 (Era de M.CC.XXV). El primordial 
documento que acabamos de extractar, es el que algunos llaman el privilegio de los tres sellos de oro; pues, según 
la tradición, el soberano fundador se le dio al Monasterio, escrito en pergamino, con tres áureos sellos pendientes, 
uno de los cuales representaba de relieve en el anverso, al Rey á caballo, con la leyenda Regís Aldefonsi sigülum, y 
en el reverso , almenado castillo con tres torres y la inscripción Rex Castellce et Tolleti; el segundo sello tenia castillo 
en una cara y laso en la opuesta; y el tercero , castillo como el anterior, y estrella en lugar del lazo. 

Pronto tomaron el hábito cisterciense en el recien erigido Monasterio varias hijas de nobles varones, siendo la 
principal entre ellas la infanta Doña Constanza, hija de los reyes fundadores Alfonso y Doña Leonor, 

El mismo Rey, cual otro Salomón de su tiempo (exclamaba el antiguo historiador Lúeas de Tuy), edificó regio 
palacio junto á la predicha casa Huelgúense ; en el cual disfrutaba las delicias de la paz en los intervalos de "reposo 
que le dabau las guerras. 

Anhelaba Alfonso VIII engrandecer esta su Real fundación dándola el mayor brillo y esplendor posibles; y, no 
satisfecho con haberla otorgado riquezas y honores hasta el punto de no tener igual ; pues aunque magnífica no supe- 
raba la esfera de particular Monasterio, concibió la idea de que fuese cabeza y matriz de otros monasterios demonjas 
a pesar de ser más antiguos algunos de éstos. Consultó tan elevado proyecto con San Martin, antes abad del Monas- 



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EDAD MEDIA. — ARTE CRISTIANO. — ESCULTURA. 












terio de Huerta y á la sazón obispo de Sigüenza, y obtenido su beneplácito le nombró especial enviado para que pre- 
sentándose en nombre del Rey al Capítulo general de Oistór en Francia procurase con su autoridad obtener las opor- 
tunas gracia y facultad, como también que el Real Monasterio de Santa María de la Asunción, ó de las Huelgas 
fuese admitido por aquel Capitulo á la hermandad , goce y comunicación de todas las gracias y privilegios de la Orden 
cisterciense. En cumplimiento de su cometido pasó San Martin los montes Pirineos, llevando cartas recomendatorias 
sobre el asunto, firmadas por casi todos los abades y abadesas de Castilla y de León ; presentóse en el Capitulo general 
celebrado en Cistér por Setiembre del año 1187, y consiguió las siguientes letras otorgadas por toda la monástica 
asamblea. 

«Guillelmo abad de Cistér y toda la congregación de los abades del Capítulo general , á nuestra amada en el Señor 
Mari Sol , venerable abadesa de Santa María la Real , y á las demás monjas que con ella están , perfecta salud y con- 
tinuo estudio en la pureza de cuerpo y alma, por reverencia del celestial Esposo. 

» Hemos recibido con la debida veneración las letras del Señor Rey de Castilla, que con las de las señoras abade- 
sas de León y de Castilla nos lian sido remitidos por medio de nuestro carísimo padre y señor Martin obispo de 
Sigüenza, y las Leímos con distinción solícita pesando y ponderando todas las palabras, y considerando con toda 
atención y diligencia la piedad y devoción que en ellas se expresa; porque no se debe creer que emanen de otra 
fuente que de la piedad que es el culto de Dios, y de la devoción que es gustosa refección del alma. Lo que las sobre- 
dichas venerables abadesas solicitan conseguir por medio de las Reales letras, es que una vez en el año, en día seña- 
lado, les sea lícito juntarse en el Monasterio de Santa María la Real en el cual servís al Señor, adonde celebrando 
como en casa matriz , Capitulo general , deban tratar y disponer las cosas tocantes al servicio de Dios y observancias 
regulares , confiriendo lo que pertenece á la reformación de las costumbres y extirpación de los vicios , y alentándose 
saludablemente con recíprocos coloquios á vivir con mayor honestidad y religión, mediante la ayuda de Dios y la 
invocación del Espíritu Santo. Nos, pues, que con todo el Capítulo general liemos pesado cuanto bien se puede 
seguir de lo dicho á las almas y á los cuerpos, y confiando en el Señor, que vuestra religiosidad y honestidad recibi- 
rán de ello no pequeño aumento, condescendemos con toda benignidad á la voluntad y deseo de dichas abadesas: Y 
así en orden á esto y en gracia del señor Rey cuyas letras recibimos, y por reverencia de nuestro Padre el obispo de 
Sigüenza y de nuestros co-abades españoles que nos han rogado esto mismo, queremos y concedemos que las abade- 
sas de los monasterios cercanos, que están sitos en el reino del rey de Castilla y en el reino del rey Fernando (el II 
de León), que viven según los institutos de nuestra Orden, de la manera que el señor rey de Castilla lo ha pedido, 
y ellas juntamente lo piden, se junten una vez cada año en nuestro Monasterio, como en casa matriz suya, 
y en él tengan Capítulo general; y además de esto, á ruego de nuestro señor y Padre el obispo de Sigüenza sobre- 
dicho, os concedemos que podáis llamar á uno ó dos de nuestros co-abades cercanos, los que juzgareis más discretos 
y religiosos, los cuales os visiten, consuelen, instruyan y aconsejen acerca de las observancias de nuestra Orden, 
según vieren que os conviene. 

» Rogamos, pues, á la dulcísima caridad vuestra, que imprimáis en vuestros corazones nuestra memoria, y ten- 
gáis por encomendados á Nos y á los nuestros en vuestras oraciones, asi como Nos hemos recibido en la unión y her- 
mandad nuestra á vuestra comunidad, y os hemos concedido plenaria comunicación de los beneficios y gracias de 
nuestra Orden: Y aconsejamos á vuestra santa congregación, que infatigablemente os empleéis en buenas obras, y 
con las lámparas encendidas esperéis vigilantes al Esposo de las Vírgenes, para que cuando venga os halle separadas 
de las Vírgenes necias, y prevenido el óleo en las lámparas; mereciendo entrar gozosas con él á las eternas bodas. 
Dado en Cistér el mes de Setiembre, ano de la Encarnación del Señor 1187.» Este documento se conserva en el 
archivo del Monasterio teniendo los sellos pendientes de los abades de Fitero y Bujedo que le autorizaron. 

Con esta concesión autorizada por todo el general Capítulo de Cistér, quedó el Real Monasterio de las Huelgas 
constituido en matriz y cabeza de todos los de monjas cistercienses que habia en los reinos de Castilla y León, esta- 
bleciéndose monástica congregación nunca hasta entonces vista, sujeta á una abadesa como superior prelada. 

Vuelto á España San Martin trayendo el referido despacho y licencia del Capítulo general, quiso el piadoso 
monarca castellano, realizar su propósito sin pérdida de momento; pero á los regios deseos opusiéronse obstáculos que 
retardaron sn ejecución. Lo que más entorpecía el cumplimiento de lo concedido por la asamblea cisterciense, era 
que algunas abadesas, con igual facilidad que se prestaron á formar la nueva congregación do monjas, con la misma 
retrocedieron , pareciendo á unas poco decoroso el sujetarse á Monasterio menos antiguo en la fundación que el suyo, 



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SEPULCRO DE LA REINA DOÑA BERENGUELA EN LAS HUELGAS DE BURGOS. 



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y alegando otras, las de filiaciones del de Tiüebras, que sin el consentimiento de la abadesa madre no podían suje- 
tarse al de Huelgas. Las de Tulebras no querían otorgar semejante consentimiento, porque siendo éste matriz del 
fundado por Alfonso VIII, creían injusto que el nuevo pretendiese no sólo eximirse de la obediencia del antiguo, 
sino también apropiarse las filiaciones del de Navarra. Dióse cuenta al rey de Castilla de los óbices que desde luego 
se presentaban , y tratando de obviarlos, convocó en varias ocasiones á diferentes obispos y abades de la religión de 
San Bernardo, a fin de que congregados tratasen del asunto procurando resolverlas dificultades que iban surgiendo. 
Después de repetidas conferencias acordaron por fin que el venerable obispo seguntino volviese a presentarse al Capí- 
tulo general que en Cistér se celebraba en el siguiente año de 1188, y le manifestase la repugnancia de ciertas aba- 
desas á sujetarse al reciente Monasterio Eeal. Presentóse allí, en efecto, San Martin, y consiguió nuevo despacho 
confirmatorio del primero y casi del mismo tenor que el precedente, y que puede verse en los citados Amales del Ilus- 
trisimo Manrique. Vuelto el Santo á España y llegado a la ciudad de Burgos puso en manos del soberano las capitu- 
lares letras. Reuniéronse de Real orden los obispos y los abades cistercienses , y en vista del superior despacho decla- 
raron establecido el imperio y superioridad del Monasterio de Santa María la Real de las Huelgas sobre todos los de 
monjas a la sazón existentes en los reinos castellano y leonés. En consecuencia de tal declaración dispuso el augusto 
fundador celebrar en su regio cenobio huelgúense el primer Capitulo de monjas del Cistér; al cual acudieron los 
obispos, abades y abadesas expresados en sus actas. De éstas se conserva antiquísimo documento en el archivo del 
Monasterio, de donde le copió el Sr. Manrique y cuya traducción es la siguiente: 

«En el nombre de nuestro Señor Jesucristo. Amen. Por cuanto consta que la memoria humana está sujeta al 
olvido, ha sido siempre loable costumbre entregar firmemente & la estabilidad de la escritura los sucesos cuya dura- 
ción se desea. Por lo cual sea notorio, asi á los presentes como á los venideros que Nos Alderico obispo de Palencio, 
Martin obispo de Burgos y Martin obispo de Sigüenza, hallándonos juntos en el Capítulo de Santa María la Real 
junto á la ciudad de Burgos, el cual monasterio fundaron de nuevo el ilustre rey de Castilla Alfonso y su mujer la 
reina Doña Leonor; instituyendo en él con devoción piadosa una congregación de monjas según la forma del Orden 
cisterciense; y hallándose también presentes los abades de la misma religión, conviene á saber: Guillelmo abad de 
Escala Dei, Raimundo de Sacramenia, Ñuño de Balbuena , Pedro de Filero , Sancho de Bonabal , Juan de Sandoval, 
y Tegrino prior de Bugedo, nos fueron mostradas y leídas, oyéndolo todos, letras de nuestro venerable hermano 
Guido abad de Cistér y del Capítulo general de la misma Orden , en las cuales se contenia que todas las abadesas que 
hay de dicha Orden, así en el reino de Castilla como en el de León, concurran á dicho Monasterio como á su casa 
matriz, y en él una vez en cada año en el dia que se determinare, celebren juntas su Capítulo. 

» Y hallándose en la ocasión presentes las siguientes abadesas de dicha Religión , esto es : María abadesa de Pera- 
les, María abadesa de Torquemada, Mencía abadesa de San Andrés, María abadesa de Carrizo, María abadesa 
de Gradéfos, Toda abadesa de Cañas, y urraca abadesa de Fuencaliente, nos consultaron lo que acerca de lo suso- 
dicho les convenia hacer: Y Nos, habiendo tomado consejo de los abades sobredichos, les aconsejamos á estas, y 
mandamos á las que están sujetas á nuestra jurisdicción, que humilde y devotamente obedeciesen á tan madura 
deliberación de sus mayores, y á estatutos tan llenos de honestidad; y procurasen cumplir lo que con toda autoridad 
había sido dispuesto ; y asi prometieron todas las abadesas juntas y unánimes que con humildad lo ejecutarían y lo 
observarían firmemente. 

» Quisieron dos de las dichas abadesas consultar á la de Tulebras, y prometiendo que dentro de breve tiempo efec- 
tuarían una de dos cosas, conviene á saber; ó que la abadesa dicha, en vista délo dispuesto por el Capítulo general, 
las absolviese sin tardanza alguna de toda la obediencia que la debían, ó que procurarían traerla consigo al Monas- 
terio de Santa María la Real; y que si ninguna de estas dos cosas podían conseguir, que en tal caso, según el tenor 
•de las letras de Guido, general de Cistér y del Capítulo general de la misma urden, cumplirían sin repugnancia lo 
que en ellas se contenia. Fué hecho este acuerdo en Burgos á 27 de Abril en la Era de M.CC.XXVII.» (Año de 1189). 

Por parte de las monjas se levantó otra acta sobre lo acordado en dicho Capítulo ó asamblea, redactándola en estos 
términos : 

«Manifiesto sea á todos que nosotras las abadesas de los reinos de Castilla y León, á saber: yo María abadesa del 
monasterio de Perales, y yo María abadesa del monasterio de Gradefes, y yo Toda abadesa del monasterio de 
Canas, y yo María abadesa del monasterio de Torrequemada, y yo Urraca abadesa de Fuencaliente, y yo Men- 
cía abadesa del monasterio de San Andrés de Arroyo, y yo María abadesa del monasterio de Carrizo, concurrimos 






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EDAD MEDIA. —ARTE CRISTIANO. —ESCULTURA. 



al monasterio de Santa María la Real } jan toa Burgos, como á madre espiritual el día quinto de las kalendas de Mayo, 
Era de M.CC.XXVII (27 de Abril de 1189) para celebrar el Capítulo anual, por mandato del señor Guido abad de 
Cistér y general de la misma Orden , ante religiosas personas , á saber ; los obispos palentino , burgense y seguntino, 
y también los abades de la orden y hábito cisterciense Guillelmo de Scala Dei, Raimundo de Sacramenia y Ñuño de 
Valbuena y Pedro de Fitero y Sancho de Bonaval y Juan de Sandoval y Fegrino prior de Bugedo. 

«Nosotras, pues, dispuestas á cumplir el objeto con que al Capítulo vinimos, espusieron la abadesa de Perales y 
la de Grádeles que ellas no podían obligarse á nada con respecto al monasterio ni á la abadesa de Santa María la Real, 
mientras por la del de Tulebras no fuesen absueltas y eximidas del deber que hacia ella tenían por ser las casas de 
ambas hijas eu el Señor de la de Tulebras, y haber recibido de esta su primordial institución y convento monacal. 
Acercáronse , pues , las dos susodichas abadesas á la de Tulebras su madre , y pudieron cierta y saludablemente con- 
seguir que , ó ella misma al par con las expresadas abadesas , por su voluntad y poder se llegase anualmente al Capí- 
tulo de Santa María la Real junto á Burgos, como ásu matriz, ó si esto no fuese lícito, las emancipase por completo 
a ambas de todo aquel deber y conexión que con ella tenían. Ya libres estas de dicho modo, nos convino á nosotras las 
mencionadas abadesas, y á una entonces ausente, á saber: Juliana abadesa del monasterio de Santa Colomba con- 
currir a Capítulo al monasterio de Santa María la Real junto á Burgos. 

» Juntándonos pues en él, presentes los abades de nuestra Orden, Ñuño abad de Valbuena y Martin abad de San 
Andrés y Martin abad de San Cipriano de Montes de Oca, y en aquella debida sujeción y reverencia con que los aba- 
des de los cenobios de la orden Cisterciense están obligados y sujetos al abad de Cistér, así también nosotras las pro- 
nominadas abadesas, por nosotras y por nuestras sucesoras nos obligamos y seremos anejas con perpetua estabilidad 
al monasterio de Santa María la Real junto á Burgos y á su abadesa Mari Sol y sus sucesoras y convento. 

» Instituimos además de esto, en común tanto de Mari Sol actual abadesa del mismo monasterio como de toda 
nosotras, que vendremos á él á Capítulo en cierto é inmutable día festivo del santo confesor Martin, cada año todas 
nosotras y nuestras sucesoras hasta el fin ; y después de cantar Prima , enseguida entremos en el monasterio y, pasando 
al Capítulo, demos á la abadesa del mismo monasterio aquella reverencia, sujeción y débito; y hagamos todas las 
cosas y todos los cumplimientos que los abades de la orden cisterciense suelen hacer de costumbre al abad del Cistér 
y al general Convento. 

» También ordenamos que cada cual de nosotras venga acompañada solamente de seis criados de cualquier sexo y 
cinco caballerías , de modo que con ella se cuentan siete. Igualmente establecimos por celo y sincero afecto , que ade- 
más del Capítulo general, cuatro de nosotras, la abadesa de Perales, la abadesa de Gradéfes, la abadesa de Cañas y 
la abadesa de San Andrés presentes y futuras que ocuparen su lugar y gobierno vengan una vez cada año á visitar 
el monasterio de Santa María la Real junto á Burgos, sin escusa ninguna, el dia que entre si determinaren, visi- 
tando, al dicho monasterio y á la Abadesa y Convento, de aquel mismo modo y con el mismo orden con que anual- 
mente son visitados por los abades de los monasterios de Firmitate, de Claraval y Morimnndo, el monasterio, abad 
y convento de Cistér. Y si aconteciere que la abadesa de Tulebras se sujete de la manera preestablecida al monasterio 
de Santa María la Real , ella sea de las cuatro la primera y principal visitadora del susodicho monasterio de Santa María 
la Real , de la Abadesa y del Convento . » 

Por la vega de las Huelgas tenia que pagar, el Monasterio, diezmos al obispado de Burgos, y con objeto de 
librarle de tal carga, Alfonso VIII y la reina Doña Leonor dieron al burgense prelado, en compensación del tri- 
buto, algunas rentas que poseían en término de la expresada ciudad, y de los pueblos de Arroyal, Ubierna y Cas- 
trojeriz, según consta en escritura de mutuo convenio de ambos reyes con el obispo D. Martin I, otorgada en 11 de 
Julio de 1192. 

Meditaba el rey Alfonso VIII (según dice fray Ángel Manrique) establecer y formar en el Monasterio de Santa- 
María la Real de las Huelgas, una como monarquía de monjas de entrambos reinos, de Castilla y de León, émula 
de Cistér; pero conoció que sin contar con el abad de esta francesa abadía, todo cuanto se hiciese seria deleznable y 
sin fuerza. Las religiosas de Tulebras, y en particular sus abadesas, de quienes principalmente dependía el asunto, 
no eran constantes en cuanto á la resolución de desligar de la obediencia á los monasterios filiaciones suyas; con su 
voluntad, variable como femenil, tan pronto cedían por deferencia hacia el monarca castellano, como se mostraban 
celosas por su Monasterio , cuyos derechos no les parecía licito enajenar. Mandó , por tanto , el soberano llamar al abad 
Guido para que viniera y recibiese todas las cosas de sus augustas manos, al par que conociese el incremento de la 



SEPULCRO DE LA REINA DOÑA BERENGUELA EN LAS HUELGAS DE BURGOS. 135 



cistereiense familia; y, si le parecía conveniente, dispusiera con suavidad, y alcanzase fuertemente que fuese firme 
y estable lo que confirmara su autoridad. 

Recibidos por Guido los emisarios y cartas Reales , y tratando de complacer al Rey de Castilla , á quien tantos bene- 
ficios debían los hijos de Cistér, en cuanto terminó el sínodo celebrado, según costumbre, en Setiembre de 1199, pasó 
primeramente a Zaragoza, adonde mandó acudiesen la abadesa Tulebrense , con plenos poderes de su convento y del de 
Favares, del cual dependía el de Tulebras, y en su nombre un capellán. Después el dicbo abad se trasladó á Burgos 
a reunirse con el rey, para ejecutar su regia voluntad. Había muerto en Tulebras la abadesa Toda, y la sucesora 
Urraca babia comenzado a reclamar que su antecesora no habia podido ceder su derecbo en perjuicio suyo y de todo 
el convento; pero en fin , cedió á los mandatos de Guido, y firmó, con el consentimiento de ella y de las demás mon- 
jas de su Monasterio, el documento siguiente: 

«Yo Urraca abadesa de Santa María de la Caridad hago saber á los presentes y futuros que Doña Toda Ramírez, 
que antes de mí fué abadesa de la predieha Casa, absolvió á la abadesa de Gradefes, á la abadesa de Cañas y á la de 
Perales y a sus casas, de la obediencia que la debían , para que obedeciesen al monasterio de Santa María la Real junto 
á Burgos, por haber dichas abadesas pedido al Señor Guido abad de Cistér y al Capítulo general, que a la susodicha 
Casa, como a madre concurriesen al anual Capítulo, lo cual consiguieron. Yo, pues, porque asi opinan muchos 
buenos varones, y atañe a la salud de las almas y utilidad de las Casas , con consentimiento de nuestro Convento, 
consiento en ello y lo tengo por bien, y á las expresadas abadesas absuelvo para que en lo sucesivo obedezcan como 
;i su madre a la referida abadesa de Santa María la Real de Burgos. Esta absolución que hice con consejo y consen- 
timiento de nuestro Convento y de Fray Pedro de Sierra capellán y provisor mayor de la Casa de Favares nuestra 
madre , esta misma absolución hice en la ciudad de Zaragoza ante el señor Guido abad de Cistér estando presentes 
Fray Alfonso y Fray Edmundo, monjes cistercienses, y Fray Henrico converso del mismo monasterio y el mencionado 
Fray Pedro Sierra, el año de la Encarnación del Señor 1199. » 

Manifiesta el precedente escrito que la abadesa de Tulebras habia accedido á la petición de las de Gradefes, Cañas 
y Perales; pero no declara cuando las absolvió de la obediencia que la debían. 

En seguida marchó Guido á reunirse con el Rey en Burgos , y entró con alegría en el regio Monasterio, para fundar 
ea él el imperio femenino. Quedó tan agradecido Alfonso el Noble , que, no sólo le repitió la donación que del insigne 
cenobio le habia hecho, sino que también se obligó por escrito , al par que su esposa Leonor, que, a serles posible, no 
tendrían otro lugar de enterramiento, y que si algún dia tuviesen vocación para la vida monástica, no entrarían en 
otra Orden que en la cistereiense. El documento aludido es el siguiente : 

« En el nombre de Nuestro Señor Jesucristo, Amen . Sea conocido y manifiesto tanto á los presentes como á los futuros 
que yo Alfonso por la gracia de Dios rey de Castilla y de Toledo, y mi muger la reina Leonor en unión con nuestro 
hijo Don Fernando, damos y concedemos libre y absolutamente á Dios y á la gloriosa Virgen María, y ¡i la orden y 
Casa Cistereiense el monasterio de Santa María la Real que cerca de la ciudad llamada Burgos construimos y dotamos 
de nuestros propios bienes; en el cual está constituida una abadía con autoridad de la Iglesia Romana y del Capítulo 
de Cistér, para que en ella vivan monjas con arreglo á la orden Cistereiense , y perennemente sirvan á Dios. Cierta- 
mente hicimos esta donación en manos del Señor Guido abad de Cistér, para que la antedicha abadía sea especial 
hija de la misma iglesia cistereiense; y el mismo abad como propio padre presida á la abadía ya dicha y saludable- 
mente provea á ella según la repetida orden. 

«Ademas de esto prometimos en manos del predicho abad que Nos y nuestros hijos que quisieran acceder á nuestro 
consejo y mandato, que seamos sepultados en el susodicho monasterio de Santa María la Real, y si aconteciese que 
en nuestra vida entremos en Religión , prometemos hacerlo en la orden cistereiense y no en otra. Si alguno , empero, 
presumiera infringir ó disminuir esta carta incurra plenariamente en la ira de Dios omnipotente y con Judas traidor 
á Dios, sea entregado á los suplicios infernales, y ademas pague en coto cien libras de oro purisimo, y restituya 
duplicado el daño que sobre esto hiciese. Hecha la carta en Burgos en la Era de M.CC.XXXVII, (año de 1199), el 
dia 14 del mes de Diciembre. 

»Y yo el rey Alfonso y mi muger la reina Leonor reinantes en Castilla y Toledo, roboramos y al mismo tiempo 
confirmamos con nuestras propias manos esta carta que mandamos hacer.» (Siguen las firmas.) 

Con objeto de asentar sólidamente la monarquía huelgúense, es decir, el derecho y preeminencia de Santa María 
la Real, de ser matriz de todos los monasterios de monjas cistercienses de Castilla y de León, hizo el Rey reunir dos 



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EDAD MEDIA.— ARTE CRISTIANO. — ESCULTURA. 



asambleas de obispos y de abades de la Orden de Cisíér, una en Tulebras y otra en Huerta; á la primera asistieron 
cuatro obispos, íi saber: los tres Martines , si de Toledo, el de Burgos y el de Osma, y el cuarto Arderico de Palencia; 
díeese que los abades fueron ocho: el morimundense , el de Valbuena, el de Fitero, el de San Andrés, el de Iranzu, 
el de San Cipriano, el de Bogedo y el de San Pedro de Gumiel. A la de Huerta concurrieron los obispos Martin de 
Sigüenza, y el de Osma; y cinco abades: el morimundense, el de Valbuena, el deObila,el de Monsalud y el de San 
Andrés. En la de Tulebras se trató de que su abadesa y monjas deliberasen con maduro consejo , acerca de abdicar la 
maternidad, y de trasmitírsela á las de Huelgas. En el de Huerta se robusteció la misma abdicación, con mayor 
autoridad y más firme vínculo, en manos de Martin, obispo de Sigüenza, por cuya mediación se trataban desde el 
principio todas estas cosas. Así , nada omitió el rey Alfonso para que tal mando ó imperio pudiera establecerse. 

Todo lo dicho consta por otra carta del cisterciense abad Guido, expedida en Burgos, en el Capítulo general de las 
Huelgas, contraía abadesa de Perales , con motivo de haberse quejado la huelgúense de que aun rehusaba comparecer 
ante ella. Esta carta decía lo siguiente : 

«Sepan tanto los presentes como los venideros que yo Guido abad de Cistér, llegando á la Casa de Santa María 
la Real de Burgos, recibí de la abadesa del mismo lugar una queja contra la de Perales, relativa á que esta 
menospreciaba obedecer a la dicha Casa de Santa María la Heal, con arreglo 4 lo que la estaba mandado por el 
abad cisterciense y el Capitulo general. Convocadas por tanto en el mismo parage las abadesas, y diligentemente 
vistos por ellas los "documentos recibidos del Capítulo general y de los obispos de Castilla, á saber : Don Martin 
burgense, Don Martin seguntino, y Don Alderico palentino; averiguada la verdad de que la abadesa de Tulebras, 
primero por sí, y después por su priora, que habia venido por mandato de la abadesa y de su convento ante Martin, 
a la sazón obispo de Sigüenza y Martin obispo de Osma, y los abades Armenio de Huerta, Juan de Valbuena, 
Domingo de San Andrés, Estevan de Obila, Eaimundo de Monsalud, en el monasterio de Huerta, en presencia 
del abad Guido absolvió i la abadesa de Perales, á la abadesa de Gradéfes y á la abadesa de Cañas, por consejo y 
Juicio de los venerables varones Martin arzobispo de Toledo, y los obispos Martin burgense, Alderico palentino, 
y Martin oxomense, y nuestros coabades, á saber: Guido de Morimundo, Juan de Valbuena, Armenio de Fitero, 
Domingo de San Andrés, Antonio de San Cipriano, Peregrino de Iranzu, Hispano de Bugedo y Gonzalo de San 
Pedro de Gumiel, mandé firmemente que la abadesa de Perales y las otras dos citadas igualmente absueltas y sus 
succesoras, en lo succesivo obedeciesen siempre regularmente á Santa María la Real de Huelgas como á propia madre; 
lo cual la misma abadesa de Perales, en nuestra presencia, concedió, aprobó y prometió ejecutar. Ademas de esto 
mandamos a todas las abadesas del reino de Castilla y del de León, que cada año acudiesen', según lo ordenado por 
el Capítulo general, al Capítulo en Burgos, como i madre, en la festividad del bienaventurado Martin confesor. 
Hecha la carta en Burgos , el año de la Encarnación del Señor 1199. » 

Con la precedente sentencia quedó zanjado tan delicado asunto, y establecida, por consecuencia, la supremacía y 
maternidad del Monasterio de Santa María la Real de las Huelgas, junto á Burgos, sobre todos cuantos en los reinos 
de Castilla y León pertenecían á la Orden cisterciense. 

La primera abadesa del Monasterio fundado por Alfonso VIH, Doña María Sol, que según D. Alfonso Nuñez de 
Castro , pertenecía á la Real Casa de Aragón , y que habia recibido el sagrado báculo ante muchos príncipes y obispos, 
y entre ellos el abad Martin , por cuyos consejos se guió en todo, vistió el hábito cisterciense á Doña Constanza, hija 
de Alfonso VIII; consiguió tener en sus conventos jurisdicción semejante á la del mismo abad de Cistér, y gobernó 
durante diez y seis años, á saber: desde el de 1187, hasta el de 1203 en que murió. Créese que esta enterrada en la 
Sala del Capítulo. 
La segunda abadesa parece que se llamaba Doña María Gutiérrez, y falleció en 1205. 
Sucedió á ésta la infanta Doña Constanza, hija de los reyes fundadores. 

Entre tanto, el nuevo y hasta entonces no visto principado femenino, émulo de Cistér, habiendo recibido tantas 
atribuciones fuera de lo acostumbrado , tales como las de reunir Capítulos de abadesas , sus visitaciones y otras de este 
género, que los abades de Cistér habian otorgado en gracia del rey Alfonso, la femenil pretensión é igual arro- 
gancia, habiendo traspasado los limites, usurpaba mucho más de lo que era capaz, hasta tal punto que, cuanto les era 
lícito á los abades, ya en razón de la dignidad abacial, ya también por el sacerdocio , otro tanto creian las abadesas 
serles permitido é inherente á su cargo. Por lo cual, tuvieron la osadía de echar la bendición á las novicias, explicar 
el Evangelio, predicar públicamente, y hasta confesar á sus subditas. Llegando á saber tales abusos los monjes cis- 



SEPULCRO DE LA REINA DOÑA BERENGÜELA EN LAS HUELGAS DE BURGOS. 137 



tereienses , escribieron manifestándoselos al Pontífice , quien , para la debida corrección , escribió hacia el fin del año 
de 1210 la carta que sigue: 

«A los obispos de Patencia y Burgos, y al abad de Morimundo de la orden del Cistér. 

»Hace poco que han llegado á nuestros oidos ciertas novedades de que no poco nos admiramos, á saber: que las 
abadesas constituidas en las diócesis burgense y palentina bendicen á sus propias monjas, oyen sus confesiones de 
crímenes, y explicando el Evangelio, se atreven a predicar públicamente. Como esto es plenamente disonante y 
absurdo , y no podemos de ningún modo consentirlo , mandamos por apostólicos escritos a vuestra discreción , para 
que esto no se haga en lo succesivo, que cuidéis con la autoridad apostólica de prohibirlo firmemente. Porque, aun 
cuando la Santísima Virgen María fué más digna y excelente que todos los apóstoles , sin embargo ,noáel!asinoá 
estos confió el Señor las llaves del reino celestial. Dado en Letran el tercero de los Idus de Diciembre, el año décimo- 
tercero de nuestro pontificado.» 

Fernando , hijo primogénito de los reyes Alfonso VIII y su augusta esposa Doña Leonor, fué el primero de la real 
familia que recibió en sus sepulcros el Monasterio de las Huelgas; muerto en Madrid el dia 1.° de los idus de Octubre 
del año 121 1 , fué trasladado á Burgos con grandiosa pompa, acompañando al cadáver su hermana Doña Berenguela, 
que después heredó el trono de Castilla ; D. Rodrigo , arzobispo de Toledo , y otros muchos varones de ambas órdenes; 
los cuales y otros numerosos obispos , magnates y religiosos , le dieron sepultura con suntuoso funeral , excelsos honores 
y copiosos llantos. 

En documento expedido en Burgos á 15 de Mayo de 1212, Alfonso VIII sujetó al Monasterio de las Huelgas el 
Hospital del Bey, que junto á aquel acababan de construir él y su «muy amada esposa» Doña Leonor, desde los 
cimientos, en el camino del glorioso apóstol Santiago, y le habían enriquecido con regia munificencia. Mandaba 
que la abadesa cuidase del Hospital en todo y por todo; pero de manera que, sin embargo, no tuviese facultad de 
enajenar ni trasferir al uso del monasterio, por ningún motivo ni necesidad, cosa alguna de las propiedades del 
Hospital; antes bien, del haber del monasterio se socorriese al Hospital en caso de necesidad. 

Por bula confirmatoria de Honorio IH, dada en Roma á 11 de Setiembre de 1219, se ve que el rey Alfonso había 
enriquecido á Santa María la Eeal con las siguientes donaciones, además de las arriba enumeradas: «En Toledo, la 
hacienda de Navarrete con sus pertenencias; tierras y heredades en Pisina, en Ayon, en Algondero, y casas en la 
parroquia de San Salvador. En Talavera un olivar con dos molinos. En el término de Aillon, la posesión del Corral 
con sus pertenencias. La hacienda de Berlanga. La Bodega de Dueñas; las posesiones de Carrion llamadas Población, 
Marcilla, Perros y Terradillos de Candemuñó. Las posesiones de San Justo, Gorrón, con sus pertenencias; Olmillos y 
Quintanilla de Muñó. Todas las posesiones de Cabia, de Fontoria, Cogollos, Cubillo de la Cesa y Frandoviles, con 
sus pertenencias. La tierra de Palazuelos de Lara; la hacienda y collazos de Revilla. Las posesiones de Arcos y Riezo 
y San Andrés con todas sus pertenencias. Las posesiones de Lafierro, Olmos de Atapuerca, Arlauzon y Torresandino, 
con sus pertenencias; casas, molinos y otras posesiones en Peñafiel, y las posesiones de Sotragero; en el Burgo, un 
molino de tres ruedas; otro molino apellidado Nuevo, y otro el de Aleva; las casas y posesiones que fueron de Pedro 
Franco, y los collazos de Valdajos.» 

Habiendo muerto Alfonso VIII el dia 6 de Octubre de 1214, «el monasterio de las Huelgas (dice Don Alonso Nuñez 
de Castro) tiene recibido que (Enrique I fué coronado en dicho monasterio, y que en memoria de esto conserva una 
imagen del apóstol Santiago, la cual con artificio juega los brazos; y añaden, según la tradición, que la misma 
imagen le puso el cetro en las manos y la corona en la cabeza. » Sábese que el santo rey Fernando III recibió de esta 
manera los golpes de la espada al armarse caballero. 

La infanta y abadesa Doña Constanza, después de haber asistido también al entierro de su madre la reina Doña 
Leonor, sepultada en la misma tumba que Alfonso VIII, y de haber dado en su Monasterio el hábito cisterciense á 
otra Doña Constanza hija del rey Alfonso IX de León , y visto instituida en Santa María la Real la fiesta religiosa de 
El Triunfo de la Santa Cruz que ahora celebra toda la iglesia española en conmemoración de la famosa victoria de 
las Navas de Tolosa, ganada por su augusto padre el dia 16 de Julio del año 1212, renunció la dignidad abacial en 
el ano 1218, á los 14 de su gobierno; y murió en opinión de santa en el de 1243, según el citado D. Alfonso Nuñez 
de Castro. 



Durante el expresado ano de 1218, fué elegida abadesa Doña Sancha García, perteneciente a la 1 
Aragón y que habia venido de Tulebras acompañando á Doña María Sol. 



I familia de 



13S 



EDAD MEDIA. — ARTE CRISTIANO. —ESCULTURA. 



El papa Honorio III, en Roma, á 11 de Setiembre confirmó la citada bula aprobatoria de la fundación, expedida 
por Clemente III. 

El santo rey de Castilla y de León Don Fernando , nieto de los fundadores , se armó de caballero, en el altar de 
Santa María la Eeal de ¡as Huelgas, el dia 27 de Noviembre de 1219. Después de haber el obispo de Burgos Don 
Mauricio celebrado misa pontifical y bendecido las armas, Fernando III se puso a sí mismo el cingulo de la orden, tomó 
con sus propias manos la espada , que estaba sobre el altar ; y su excelsa madre la reina Doña Berenguela tuvo la 
satisfacción de ceñirle el cinto. 

En 1222 se hizo filiación del Real Monasterio de las Huelgas el de Vileña, por donación que de éste hizo la reina 
de León Doña Urraca. 

Seis años después, en el de 1228, se agregó también el de Villaraayor de los Montes, que donó Garcí Fernandez 
Sarmiento, mayordomo de la reina de Castilla Doña Berenguela. 

En tiempo de Doña Sancha García se trasladaron al coro los cuerpos Reales que yacían en el primitivo claustro 
donominado Las Claústralas. 

Murió tan ilustre abadesa, corriendo el año de 1238, y se dice que está enterrada en la Sala del Capítulo. 
Sucedióla, según parece, en 1230 Doña María Pérez de Guzman. 

El pontífice Gregorio IX el dia 1." de Agosto de 1232, año 5." de su pontificado confirmó la fundación del monas- 
terio de las Huelgas, sus rentas y las del Hospital del Rey, con cláusulas honoríficas y de singular estimación. 

En 1233 Doña María Pérez de Guzman y otras monjas de la casa firmaron una escritura en esta forma: «Ego 
doña María Abbatissa es mea bona volúntate otorgo ista carta et la confirmo. La infant doña Constanza de Castilla 
confirma. La infant doña Constanza de León confirma. La Priora doña Inés Lainez confirma. Doña María Garciez la 
Cantor confirma. Doña María Gonzalvez la Sacristana confirma. Totus conventus otorgan et confirman.» 

El mencionado Gregorio IX, a 30 de Julio de 1234, y en Perusia a 9 de igual mes de 1235, confirmó la aproba- 
ción dada, según repetido queda, por Clemente III. En 23 de este último mes ordenó que la bendición de la aba- 
desa se hiciese en su propia iglesia, que hasta entonces se verificaba en la catedral de Burgos; ceremonia a la cual 
concurría mucha gente, no sólo de la ciudad sino también de pueblos de la comarca, siendo en el de Huelgas dia 
festivo, celebrándose el acaecimiento con música, iluminación y, en posteriores tiempos , con fuegos artificiales. Últi- 
mamente, aunque no con tanto aparato, se ha conservado esta costumbre en las elecciones y confirmaciones de las 



La venerable prelada Doña María Pérez de Guzman murió el dia 17 de Agosto del año de 1238 , dejando á su comu- 
nidad muchos ejemplos de virtud y religiosidad. 

Doña Inés Lainez ocupó en seguida la silla abacial. 

La venerable infanta Doña Berenguela, parecida en todo a su ínclito padre Fernando III el Sanio, tomó el velo 
en Santa María la Real el año de 1242; y, después de admirar á toda la comunidad con su extremada modestia, 
murió llena de virtudes y merecimientos en 1279. 

En 1245 se sujetó el Monasterio de Otero al de Gradefes, haciéndose filiación de este cuya matriz era el de las 
Huelgas. 

En la ciudad de Francia denominada Lyon, el papa Inocencio IV, á 29 de Abril de 1246, confirmó los privilegios 
concedidos por sus predecesores en la silla pontificia. 

Aunque la hija de San Fernaudo , dice alguno que vivió en el Real Monasterio de Santa María sin tomar el hábito, 
sin embargo, el Comendador del Hospital del Rey al otorgar escritura de cambio con Diego López en 13 de Febrero 
de 1250 expresó hacerlo, «con placimiento ó otorgamiento de nuestra Señora la Infanta Doña Berenguela. » 

Doña Elvira Fernandez de Villamayor , hermana, según dicen algunos , de Garcí Fernandez, mayordomo de la reina 
Doña Berenguela, comenzó á ser abadesa durante el año 1253. 

El sabio Alfonso X en 1254 armó de caballero al principe de Gales Eduardo (que los ingleses llaman Edward I , y 
nuestros cronistas y documentos Aduarte, Edoarte y Doart), hijo primogénito y heredero del rey de Inglaterra Enri- 
que III, en el Monasterio de las Huelgas, y le casó con su hermana Doña Leonor de Castilla, al mismo tiempo que 
en Santa María la Real celebraba su coronación, según afirman Ferreras, Muñíz y otros autores; y allí recibieron 
entonces, ambos contrayentes , las nupciales bendiciones. 

Durante el mismo año el Rey sabio expidió privilegio diciendo : « por honra de la infante Doña Berenguella mi her- 



SEPULCRO DE LA REINA DOÑA BERENGUELA EN LAS HUELGAS DE BURGOS. 



139 



mana, que es señora é mayor del Monesterio, é por facer bien é merced do é otorgo al abadesa é al convento de 

ese mesmo logar que hayan para siempre jamas mil maravedís cada año en las mis rentas del mió puerto de 

Laredo.» Otros privilegios concedió también á esta monástica casa por ruegos de la misma infanta. 

Poco tiempo después de que algunos de los electores del Imperio alemán , reunidos en la ciudad de Francfort sobre 
el Mein el año de 1526, eligieron emperador al sabio Alfonso X de Castilla, al par que otros prefirieron á Ricardo, 
conde de Cornualles, celebráronse en Burgos con grande aparato las bodas del infante Don Fernando de la Cerda 
hijo primogénito del sabio Rey, con la infanta Doña Blanca, hija del rey santo de Francia Luis VIII. Allí se vieron 
juntos los monarcas Don Alfonso de Castilla; Don Jaime de Aragón; el rey moro de Granada; Doña Marta, empera- 
triz de Constantinopla; el Delfín de Francia ; el príncipe de Gales, Eduardo; los hijos primogénitos de los reyes de Ara- 
gón y de Castilla; Alfonso de Molina, hijo del rey Alfonso IX de León; los tres infantes hijos de Alfonso X; Don San- 
cho, infante de Aragón y arzobispo de Toledo; el marqués de Monferrat, yerno de nuestro soberano, el conde de Eu, 
hermano del rey de Jemsalen Juan de Acre , y finalmente los embajadores del imperio de Alemania que acababan 
de traer la noticia de la elección del castellano rey para emperador de romanos. En la iglesia de las Huelgas se cele- 
braron los desposorios; y el augusto padre del novio confirió la honra de armar caballeros, en el mismo templo, á 
muchos infantes y á otros nobles franceses que habian venido en la comitiva de la ilustre desposada. 

La infanta Doña Berenguela, hija de Fernando III, en el año de 1257, de acuerdo con la abadesa Doña Elvira Fer- 
nandez y con toda su comunidad , ordenó que no hubiera en la casa más de cien señoras ó monjas, todas nobles , con 
más cuarenta jóvenes en clase de educandas, también hijas-dalgo, para llenar las plazas que á la muerte de aquellas 
fueran quedando vacantes , y otras cuarenta de velo blanco llamadas freirás , religiosas ó legas , destinadas al servicio 
de las señoras; disposición que aprobó y confirmó su regio hermano Alfonso X por Real Cédula otorgada en Burgos 
á 4 de Noviembre del referido año, y que se ha custodiado en el archivo huelgúense entre los documentos pasivos. 
La intervención déla infanta sin ser abadesa , en negocio de tan grande ó inmediata influencia en el régimen inte- 
rior del monasterio, provenia de ser, las hijas de los reyes, Señoras, Mayores y Guardadoras de la Casa; por lo cual 
tomaron parte en todos sus asuntos , haciéndose , por ej emplo , las compras , ventas y demás contratos con su beneplá- 
cito y el de la abadesa. Consta haber ejercido este dominio, en Santa María la Real y en sus bienes, seis señoras 
infantas de los reinos de Castilla y de León , tres del de Aragón , una del de Navarra y otra del de Portugal. 

Reemplazó á Doña Elvira en 1261 , Doña Eva , cuyo apellido se ignora. 

En carta de cambio de varias tierras entre el Monasterio y D. Pedro Royz, hecha en 27 de Agosto de 1262, se 
manifiesta estar otorgada por la abadesa Doña Eva, «con mandamiento de nuestra señora la infanta Doña Berenguela, 
é con placimiento é otorgamiento de todo el convento de este mismo logar. » 

Murió Doña Eva en el año de 1263, y ocupó su vacante Doña Urraca Alfonso. 

En escritura de cambio entre Pedro Pelaez y otros, á 12 de Marzo de 1266, y la abadesa Doña Urraca Alfonso que 
la autoriza, expresa ésta haberle hecho «con mandamiento de nuestra señora la infanta Doña Berenguela, é con 
otorgamiento de todo el conviento del mismo logar. » 

Doña María Gutiérrez segunda , tomó posesión de la abadía en el año de 1277. 

El ilustrisimo señor Don Miguel Sánchez, obispo de Albarracin, consagró la iglesia, el atrio y cementerio, según 
lo manifiesta antigua escritura, diciendo lo que á continuación traducimos del latín: «En el año 1279 el dia 4." de 
las Nonas de Septiembre, dia de San Antonino mártir, fué dedicado el altar de la bienaventurada Virgen María, los 
altares de San Nicolás, San Miguel, Santo Tomás mártir, Santiago apóstol y de Santa Catalina virgen. En el mismo 
dia fué dedicado el cementerio de las monjas. El 3." de las Nonas del mismo mes fué dedicado el altar de San Bernardo. 
El 1." de las Nonas de Septiembre fué dedicado el altar de Santa Cruz en el coro de las monjas, y el altar de Todos 
los Santos; y entonces fué dedicado el cementerio del nobilísimo rey Alfonso, fundador del predicho monasterio , el 
cementerio de otros reyes, el de las infantas y el Capítulo. Y el cuarto dia después de la fiesta de San Martín obispo, 
fué dedicado el altar de San Juan apóstol y evangelista en la capilla de los clérigos. Todos estos susodichos altares y 
cementerios fueron consagrados por manos de Don Miguel Sánchez, obispo de Albarracin , á gloria y honor del nombre 
del Hijo de Dios y de la Bienaventurada Virgen su madre, y á honra de Todos los Santos para la salud tanto de los 
vivos como de los muertos. Todo esto se hizo por ruego y mandato de la religiosísima señora infanta Berenguela, 
monja, hija del ilustrisimo rey Fernando. Doña María Gutiérrez abadesa. María Pérez priora. Lambía Rodrigues 
sacristana. Sancha Fernandez cilleriza. Urraca García portera.» 



140 



EDAD MEDIA. —ARTE CRISTIANO. —ESCULTURA. 



Por los años de 1280 se fundó ea el obispado de León el Monasterio de Nuestra Señora de Avia; para lo cual envió 
la abadesa de las Huelgas Doña María Gutiérrez, varias monjas para que le poblasen; y por tanto, quedó Lecho 
filiación del de Santa María la Real. 

Doña María de Velasco, perteneciente al ilustre linaje de los condestables de Castilla, recibió el báculo abacial en 
el año de 1292. 

En el de 1294 se fundó el Monasterio de Santa María de Barría en Álava, que se hizo filiación del nuestro. 

Doña Urraca Alonso, que se dice ser nieta de Alfonso X, tomó el mando de la abadía el año de 1295. 

El rey Saucho IV el Bravo, á instancias de la comunidad de las Huelgas, que deseaba tener la honra de que a ella 
perteneciese la infanta Doña Blanca de Portugal , sobrina del rey de Castilla , trató de inclinar á esta señora á que se 
hiciese monja y tomase el mando del Monasterio de Santa María la Real y el señorío del lugar. No condescendió la 
infanta hasta el año de 1295, como lo patentiza la carta de Don Sancho dirigida desde Toledo, en 15 de Abril de 
dicho año, a la abadesa, á la priora y al convento, diciendo: «Sepades que nos por vos facer merced ó honrra et á 
vuestro pedimento et porque nos feciestes entender et que vos cumplie et vos facie mester , rogamos a la Infant Doña 
Blanca nuestra sobrina que quisiese ser monja desse monesterio, et tomar el Señorío desse logar et comienda et 
guarda de todo lo vuestro. Et como quier que fasta aquí non lo quiso facer; pero agora porque su voluntad es de 
assosegar su facienda et su vida en Orden, et porque la nos ahincamos que quisiesse essa vuestra Orden et en esse 
monesterio ante que en otro; otorgónoslo. Et nos con vuestra voluntad diémosgelo.» En el mismo año tomó la por- 
tuguesa infanta el velo y habito , que le dio la abadesa Doña Urraca Alonso , y el señorío y guarda del Monasterio 
y de su lugar. Las dudas que algunos han manifestado acerca de tan excelsa señora, están desvanecidas por una 
escritura de ella misma en el año de 1313, en que afirma ser «fija del rey Don Alfonso de Portugal, et nieta del muy 
noble rey Don Alfonso de Castilla , señora de las Huelgas. » Fray Ángel Manrique creyó que era hija del rey Dionisio 
de Portugal; pero Garibay, Mariana y Salazar de Mendoza, concuerdan en que sus padres fueron los monarcas 
portugueses Alfonso III y su esposa Doña Beatriz. Otros varios documentos prueban también ser falsa la opinión del 
señor Manrique. 

La infanta de Portugal Doña Blanca, á quien llamaron Señora de las Huelgas, fué electa abadesa el año de 1305. 

Doña Juana , mujer del infante Don Luis , otorgó escritura de venta de varios bienes , hecha y firmada en el Monas- 
terio de Santa María la Real de las Huelgas, á27 de Setiembre del mismo año 1305, que comienza de este modo: «Se- 
pan quantos esta carta vieren, como yo Doña Juana, muger que fui del Infante Don Luis, de mi buena voluntad vendo 
é robro á vos Infanta Doña Blanca fija del muy noble rey Don Alfonso, Señora de las Huelgas toda la meatad que yo e é 
aber debo en la villa de Berbiesca asi como lo yo heredé ó la debia heredar de Don Gómez Roiz , mió padre , é Doña 
Mencía mi madre , é todo quanto e é aber debo é á mí ha pertenecer en qualquier manera en la villa de Berbiesca é 
en sus términos, quier por compra, quier por herencia, quier por cambio ó en otra manera qualquier, nombrada- 
mente vasallos, así cristianos ójudíos como moros, martiniegas, monedas foreras, servicios, pedidos, portazgos, por- 
terías, entregas, mercados, escribanías, justicias, fonsaderas, yantares, é el derecho que yo he édebo haber en los 
judíos de Berbiesca é en el so castillo, donos, homecillos, dueños, casas, solares poblados é por poblar, tierra, viñas, 
huertos , molinos , prados, pastos , ríos , riegos , aguas , montes é fuentes , pechos é derechos é rentas ó tributos, é todos 
los otros derechos que yo y he é haber debo, é a mí apertenesce en qualquier manera que sea ó ser pueda...» 

Doña Blanca otorgó su testamento cerrado, sellado y signado, y con sobrescrito que decía: «miércoles quince 
dias de Abril Era de mil trescientos cincuenta y nueve...» (año de 1321). Su encabezamiento era el siguiente: «En el 
nombre de la Santísima Trinidad. Ainen.=Sepan cuantos esta carta vieren, como yo la Infanta Dona Blanca, fija 
del muy noble rey Don Alfonso, Señora de las Huelgas, seyendo en mi sano entendimiento cual Dios me le quiso 
dar , fago mió testamento é mi postrimera voluntad en esta guisa. » Abrió el testamento el dia 25 del mismo mes , en 
la capilla de San Miguel del Monasterio, el escribano público de Burgos Pedro Martínez, ante Don Pedro , abad de 
Foncea, vicario general de D. Gonzalo, obispo de Burgos; D. Fray Fernando Pérez, ministro que fué de los 
frailes menores ; Domingo González , arcipreste de Palenzuela , que allí se presentó por mandato de la Reina y de 
dicho obispo, y finalmente, ante los testigos; de todo lo cual tomó acta el mismo escribano. De aquí se deduce 
claramente que la infanta de Portugal dejó de existir entre los dias 15 y 25 de Abril de 1321. 

Fué su sucesora Doña María González de Agüero. 

Muerta Doña Blanca, otra infanta Dona Leonor, hermana de Alfonso XI, fué Guarda y Señora de esta Real Casa, 



SEPULCRO DE LA REINA DOÑA BERENGUELA EN LAS HUELGAS DE BURGOS. 141 



desde que se disolvió su desposorio con Jaime II de Aragón, hasta que se casó con el rey aragonés Alfonso IV. 
Alfonso el Onceno concedió privilegio en Burgos, á 5 de Abril de 1326, diciendo: «Sepades que la infanta Doña 
Lionor ini hermana, Señora de las Huelgas, cerca de hí de Burgos, é la abadesa é el convento de dicho monesterio 
me mostraron privillegios é cartas de los reyes onde yo vengo, confirmados de mí, en como ellas é el dicho mió 
monesterio é el su Hospital que disen del Rey, son exemptas é libres é quitas de todo pecho aforado é non aforado, 
é de todo tributo en cualquier manera que sea... y 

El mismo rey de Castilla Don Alfonso se coronó con mucha ostentación en la iglesia de Santa María la Heal de las 
Huelgas, el año de 1331 (según Forreras, tomo vn, pág. 173). La Crónica de este monarca, escrita por Juan Nuñez 
de Villasan, Justicia mayor del rey Don Enrique II, lo refiere en los capítulos 103, 104 y 105, con las siguientes 
palabras : «Ayuntados con el Rey en la ciudad de Burgos los perlados que vinieron á la honra de la fiesta, y los rieos- 
homes é infanzones y los hijos-dalgo de las ciudades y villas que habian de venir á la honra de la coronación del 
Rey que eran llamados por su mandado. Y el Rey entonces dejó la posada del Obispo de Burgos en que él habia 
posado hasta entonces, y fué á posar en las casas que son en el Compás de las Huelgas, que él habia mandado hacer 
y aderezar para la honra de la fiesta. Y el dia que se hubo de coronar , vistióse paños Reales labrados de oro y de seda 
y de plata, y señales de castillos y leones, en que habia labores de mucho aljófar y muy grueso y muchas piedras 
preciosas, rubíes y zafíes y esmeraldas que habia en aquellas labores. Y subió en un caballo de gran precio que él 
tenia para su cuerpo, y la silla y el freno de este caballo en que el Rey cabalgó aquel dia era de muy gran valía; que 
los arzones de aquella süla eran cubiertos de oro y de plata, labrados tan sutilmente y tan bien que antes de aquel 
tiempo nunca fué hecha en Castilla tan sutilmente y tan bien, ni tan buena obra de silla, ni tan conveniente 4 rey 
Y cuando el Rey fué encima del caballo , púsole la una espuela Don Alonso de la Cerda hijo del infante Don Fernando 
que murió en Villa-Real , el cual algunas veces se llamó Rey de Castilla; y la otra espuela le puso Don Pero Fernandez 
de Castro ; y estos y los otros ricos-hombres y los otros que estaban allí fueron a derredor del caballo del Rey hasta que 
el Rey entró en la iglesia de Santa María la Real de las Huelgas de Burgos. Y cuando llegó 4 la iglesia, los que le 
habian puestotes espuelas, esos mismos se las quitaron. Y la Reina Doña María su muger fué después del Rey un poco, 
y llevaba paños de gran precio, y fueron con ella muchas buenas gentes y compañas y perlados, y de otras 
gentes muchas. Y cuando ambos á dos fueron llegados 4 la iglesia tenían hechos dos asentamientos por gradas, 
y estaban cubiertos de paños de oro y de seda muy nobles; y asentóse el Rey en el asentamiento de la mano 
derecha y la Reina á la mano izquierda. Y estaban allí el arzobispo de Santiago que llamaban Don Juan de 
Limia, y el obispo de Burgos, y el obispo de Patencia, y el obispo de Calahorra, y el obispo de Mondoñedo y el 
obispo de Jaén. Y aquel arzobispo de Santiago que llamaban Don Juan de Limia dijo la misa y oficiáronla las 
monjas del monasterio; y todos los obispos estaban revestidos de pontifical, y sus lúas en las manos y sus mitras en 
las cabezas. Y estaban asentados en sus facistelos, los unos 4 la ana parte del altar, y los otros 4 la otra, y cuando 
hubo llegado el arzobispo , el Rey y la Reina vinieron ambos i dos do los estados estaban , é hincaron los hinojos ante 
el altar y ofrecieron sus ofrendas; y el arzobispo, y los otros obispos bendijeron al Rey y a la Reina con muchas ora- 
ciones y bendiciones y descosieron al Rey los paños en el hombro derecho , y ungióle el arzobispo al Rey en la espalda 
derecha con olio bendito que el arzobispo tenia para esto ; y cuando el Rey fué ungido tornóse a el altar. Los perlados 
y el arzobispo y los obispos bendijeron las coronas que estaban en el altar, y cuando fueron benditas, el arzobispo 
y los obispos arredráronse del altar y fuéronse á asentar cada uno en su lugar. Y cuando el altar fué desembargado 
de ellos el Rey subió al altar y tomó la su corona de oro con piedras preciosas y de muy gran precio, y púsosela en 
la cabeza; y tomó luego la otra corona y púsosela a la Reina, y tornóse 4 hincar los hinojos ante el altar según que 
antes estaba; y estuvieron asi, hasta que hubieron alzado el cuerpo de Dios, el Rey y la Reina, y después fuéronse 
cada uno de ellos 4 sentar en sus lugares, y estuvieron así las coronas en las cabezas hasta la misa acabada. Y dicha 
la misa, el Rey salió de la iglesia y fué 4 su posada encima de un caballo , y todos los ricos-hombres A pié ; y la Reina 
fuese luego de allí 4 poco tiempo. Y en este dia bofordaron y lanzaron 4 tablados, y justaron muchas compañas y 
fueron hechas muchas alegrías por la fiesta de lá coronación. 

»Otro dia el Rey mandó venir 4 su palacio 4 todos aquellos que habian de ser caballeros... 

» Y díjoles el Rey en como tenía por bien que otro dia recibiesen de él honra de caballería; y antes de esto les 
había mandado dar paños de oro y de seda, y 4 otros, paños de lana, 4 cada uno según lo que le convenia y man- 
dóles dar espadas guarnidas A todos. Y en este dia en la tarde fueron todos juntados en su posada del Rey en las 



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casas del obispo de Burgos en un palacio que el Rey había mandado hacer aderezar de muchos paños de oro y de 
seda para esto. Y el Rey mandó que fuesen todos delante de él de dos en dos , y que fuese delante de cada uno de ellos 
un escudero que llevase el espada, y á las espaldas del Rey que fuesen las sus guardas ; y los que llevasen las armas de 
estos caballeros noveles , que fuesen detras de las guardas de dos en dos ordenadamente , según que iban los señores. 
Y otrosí mandó el Rey que hiciesen esto y lo ordenasen de esta manera Juan Martínez de Leyva y Ruy Pérez de 
Biedma y Ruy Gutiérrez Quexada y Pero Fernandez Quexada que eran caballeros, y mandó á los alguaciles de su 
corte que hiciesen ir todas las gentes delante de todos los caballeros noveles, y que no consintiesen que ninguno 
fuese entre ellos; y de allí salieron todos con muchos cirios de cera que el Rey habia mandado hacer para estos 
caballeros, y fueron á velar todos esa noche á la iglesia de Santa María la Real de las Huelgas donde el Rey se habia 
coronado , y fueron todos estos caballeros con el Rey; y Juan Martínez de Leyva y Ruy Pérez de Biedma y Ruy 
Gutiérrez Quexada y Pero Fernandez Quexada ordenáronlo según que el Rey se lo habia mandado, en esta manera. 
Iba el Rey en un caballo, y de la una parte la Reina: de la otra parte del Rey iban Don Alfonso de la Cerda hijo 
del infante Don Fernando. Y de la otra parte iba el Arzobispo de Santiago, é iba delante del Rey, Don Pero Her- 
nández de Castro y Don Juan Alfonso de Haro que iban en uno. Y delante de estos iban Don Juan Alfonso de Albur- 
querque y Don Ruy Pérez Ponce de León señor de Marchena y el vizconde de Tarcas. Y delante de estos iban en 
uno Don Alvar Pérez de Guzman y Don Alfonso Méndez de Guzman que fué después maestre de Santiago , y delante 
de estos iban Don Luis de la Cerda hijo de Don Alfonso , y Alvar Diaz de Haro hermano de Don Juan Alfonso de Haro, 
y delante de todos estos los otros... según que el Rey lo habia mandado, y otrosí según los caballeros lo habian 
ordenado. Y, desque todos fueron en la iglesia de Santa María, el Rey descendió allí con ellos, y mandó como estu- 
viesen allí ordenadamente a los altares , y mandó cuales estuviesen á cada altar do habian de velar. Y otro día en la 
mañana fué a la iglesia y armólos todos caballeros ciñendo a cada uno de ellos la espada. Y estos caballeros estaban 
todos armados de todas sus armas al tiempo que rescebian la Caballería; y, desque hubieron rescibido del Rey la 
Caballería, tiraron de sí las armas y vistieron sus paños de oro y de seda y de lana que el Rey les habia dado, y par- 
tieron todos de allí con el Rey, y fueron todos á comer con él en su palacio de las Huelgas... 

»Y otro dia los ricos-hombres, que el Rey armó caballeros, hicieron otros caballeros... Y otro dia estos ricos- 
hombres hicieron sus caballerías, y vinieron todos á comer con el Rey en el su palacio , y los ricos-hombres y aquellos 
que habian recibido honra de Caballería de ellos, y todos los otros que el Rey habia armado caballeros...» 

Siguiéronse las abadesas Doña María Rodríguez Rojas en 1339, Doña Urraca Fernandez de Herrera en 1351, y 
Doña Leonor Rodríguez Barba en 1361. 

En el año de 1366, dice la Crónica del Rey Don Pedro, «después que el rey Don Pedro partió de Burgos... llegó 
ende Don Enrique, y fué ahí recibido por rey; y fué este el segundo de los reyes de este nombre que reinaron en 
Castilla y en León. Y luego hizo hacer el rey Don Enrique en las Huelgas, (que es un monesterío Real de dueñas 
cerca de la ciudad de Burgos que hubieron fundado los reyes de Castilla) , muy grandes aparejos ; y coronóse allí por 
rey. Y de aquí adelante en esta Corónica se llama rey. Y como el rey Don Enrique fué coronado, los de la ciudad 
de Burgos besáronle la mano por su rey y su señor , y muchos caballeros é hijos-dalgo que allí eran , y otros muchos 
que vinieron á él después; y llegaron ahí los procuradores de ciertas ciudades y villas del Reyno á lo tomar por 
su rey y señor.» 

Ocuparon la Abadía, en 1367 Doña María González, segunda, y en 1369, Doña Estefanía de Fuente Almexir. 

El rey Enrique II, en Burgos el dia 4 de Noviembre de 1371, otorgó un privilegio en que decía: «por facer bien 
é merced á vos Doña Estebania de Fuente Almejir, que estades presente, abadesa del nuestro monesterío de Santa 
María la Real de las Huelgas, cerca de la muy noble cidat de Burgos, cabeza de Castilla et nuestra cámara, et al 
convento del dicho nuestro monesterío, á las que agora hí son ó serán de aquí adelante, et porque sean tenidas de 
rogar á Dios por la nuestra vida é por la nuestra salud et de la reina Doña Juana mi muger , et del Infante Don Juan 
nuestro fijo primero heredero, et por cuanto el dicho nuestro monesterío es cosa apartada et fechura et limosna de los 
Reyes onde nos venimos é de nos, et por razón que nos recetamos honra de coronamiento en el altar de Santa María 
la Real del dicho nuestro monesterío, et porque habernos gran talante de faser bien ó merced en el dicho nuestro 
Monesterío , damos vos en limosna que hayades de aquí adelante en cada año por juro de heredad para siempre jamás 
veinte mil maravedís...» 

Doña Urraca de Herrera fué elegida abadesa hacia el año de 1377. 



SEPULCRO DE LA. REINA DOÑA BERENGUELA EN LAS HUELGAS DE BURGOS. 143 



En la Historia del Rey Don Juan I, en el año de 1379, leemos lo siguiente. «Este rey Don Juan fué el primer 
rey que así hubo nombre de los reyes ojie reinaron en Castilla y en León ; y empezó a reinar de edad de 21 años y 
dos meses y medio. Y luego, el dia de Santiago, adelante en este dicho año, se coronó en el monesterio de las dueñas 
en las Huelgas de Burgos; y en aquel dia que el se coronó, hizo coronar a la reina su mujer Doña Leonor que era 
hija del rey Don Pedro (el IV) de Aragón. Y otrosí aquel dia que se coronó, armó cien caballeros de sn reino, de 
linage de ricos-hombres y caballeros. Y fueron hechas en aquellos días grandes fiestas allí en la ciudad de Burgos. 
Y dio el Rey á la dicha ciudad de Burgos entonces la villa de Pancorbo, porque se había coronado en aquella ciudad; 
é hizo allí sus Cortes y confirmó todos los privilegios y juró de guardar las franquezas y buenos usos y buenas cos- 
tumbres del Reino. » 

El mismo rey, en el mencionado año, fundó el monasterio de Renuncio, á una legua de Burgos, y le donó al de , 
Santa María la Real de las Huelgas , del cual fueron á poblarle nobilísimas y eminentes monjas, quedando el nuevo 
monasterio como filiación del de las Huelgas. 

Obtuvieron la prelacia Doña Urraca Pérez de Orozco cerca del año 1396; Doña Juana de Zúñiga, hermana del 
conde D . Pedro Stúñiga , progenitor délos duques de Béjar , hacia el de 1404 ; Doña María Sandoval en 1429 , y Doña 
María de Guzman en 1433, quien por componer gravísimo litigio de sus monjas, se trasladó a Torquemada; reformó 
esta filiación, y las llevó nueva abadesa. 

Sucedieron Doña María Almenarez en 1444, Doña Juana Guzman, primera, en 1459, Doña Urraca de Orozco 
en 1474, y algunos años después Doña Leonor de Mendoza. 

El papa Inocencio VIII, á 30 de Julio de 1487, y en 1489, repitió todas las gracias concedidas al Monasterio de 
las Huelgas por anteriores Pontífices, y concediólas de nuevo. 

Trascurrieron cerca de 290 años sin que a la abadesa y Monasterio de Santa María la Real de las Huelgas se dispu- 
tase la jurisdicción de sus filiaciones y visitarlas y gobernarlas , hasta que en 1490 el obispo de Segovia , D. Juan Arias 
de Avila, se entrometió á hacer la visita de estas filiaciones, en virtud, según decia, de ciertas letras apostólicas; y 
violentamente, por sn propia autoridad, quitó las abadesas perpetuas y las instaló trienales, produciendo trastorno 
en las antiguas leyes y gobierno , y grandes disturbios en los monasterios , con grave perjuicio de éstos y de la juris- 
dicción de la abadesa de las Huelgas, legítima prelada de todas sus filiaciones. Esta, sabiendo lo que acontecía, se 
quejó de tan gran violencia al Sumo Pontífice Inocencio VIII, quien, por medio de breve apostólico, comisionó ple- 
nariamente a tres abades cistercienses, para que procediendo como jueces en tal causa contra lo ejecutado por el 
obispo de Segovia, amparasen en su eclesiástica jurisdicción y superioridad al Real Monasterio de Santa Maria. Así 
consta del aludido breve , cuya traducción al castellano es como sigue : 

«Inocencio obispo, siervo de los siervos de Dios, i los amados hijos abades de los monasterios de Santa María de 
Rioseco, San Pedro de Gumiel de Izan y San Martin de Castañeda en las diócesis de Burgos, Osma y Astorga, salud 
y bendición apostólica. Gustosamente condescendemos á los humildes votos de los que nos imploran , y los ampara- 
mos con favores oportunos. Poco há se presentó ante nos petición por parte de las amadas hijas en Cristo Leonor aba- 
desa, y comunidad del monasterio de Santa María de las Huelgas, extramuros de Burgos, de la orden del Cistér; la 
cual contenia que aun cuando las abadesas que por tiempo son de dicho monasterio y del de Perales y de otros monas- 
terios a él sujetos, que se llaman filiaciones de la dicha orden, en las diócesis de Burgos, Palencia, Calahorra, 
Osma y León deban ser perpetuas, según la fundación de dichos monasterios y la antigua y aprobada costum- 
bre observada hasta ahora pacíficamente; y que la confirmación de las dichas abadesas, que sucesivamente son ele- 
gidas por la mayor parte de los monasterios, legítimamente pertenece y toca á las mismas abadesas y convento 
de Santa María en la pacifica posesión, ó cuasi, del referido derecho de confirmar, de tan largo tiempo a esta parte 
que lo contrario no existe en la memoria ó recuerdo de los hombres. No obstante lo dicho, nuestro venerable her- 
mano Juan obispo de Segovia, teniéndose por reformador de dichos monasterios en virtud de ciertas letras apos- 
tólicas, no habiéndole sido dada por dichas letras facultad alguna para lo referido, entre otras cosas que ex abrupto 
y de hecho ha mandado por derlas ordenanzas y decretos suyos, una es que dichas abadesas y cada nna de ellas, 
sean elegidas por solos tres años , y que solamente por un trienuio rij an y administren sns monasterios ; y que habiendo 
pasado de hecho á despojar a algunas abadesas de dichos monasterios sujetos, privándolas de sus abadías, introdujo 
y puso en ellos por abadesas algunas monjas de dicha orden, y ha ocasionado á dichos monasterios muchos gastos, 
pérdidas y danos de todas maneras. A que se añade que dichas monjas han sido intrusas como de hecho lo están en 












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dichos monasterios sujetos, sin confirmación de dicha Leonor abadesa y su convento, y no en pequeño perjuicio y 
gravamen suyo. Por lo cual nos ha sido suplicado con toda humildad por parte de las dichas Leonor abadesa y su 
convento, que nos dignemos cometer en algunos varones religiosos y graves, en aquellos parages, todo el conoci- 
miento, así de la causa principal como de cada una de las nulidades ó invalidaciones de los mandatos, decretos, 
ordenanzas, prefaturas é intrusiones mencionadas; y de todas y de cada una de las demás cosas que en perjuicio de 
los referidos monasterios han sido ejecutadas por el Obispo y monjas sobredichas en cualquiera manera; y así mismo 
de las causas que se intentan mover contra dichas intrusas y otras algunas monjas de la Orden y monasterios refe- 
ridos, acerca de las dichas amociones y privaciones y demás escesos que con la dicha ocasión se han cometido, ó que 
en todo nos dignemos proveer, con benignidad apostólica, de oportuno remedio. 

» Nos pues, inclinándonos á los referidos ruegos, por las presentes letras apostólicas mandamos á vuestra discreción, 
que vosotros ó los dos ó el uno de los tres, citando á las referidas monjas y á otras cualesquiera personas que deban 
ser citadas; oídas las cosas que de una y otra parte alegaren, y conociendo también acerca del negocio principal, sin 
admitir apelación, determinéis legítimamente lo que fuere justo, haciendo por censuras eclesiásticas que lo que decre- 
téis sea firmemente observado ; y si los testigos que fueren nombrados se eseusaren por pasión , odio ó temor , los. 
compelereis con censuras, sin apelación alguna, á que digan la verdad: no obstante la Bula de nuestro predecesor 
Bonifacio VIII, en la cual, entre otras cosas, se contiene: que ninguno sea llamado ajuicio fuera de su ciudad ó dióce- 
sis, sino en ciertos casos esceptuados; y que en estos solo pueda ser compelido á comparecer en el término de un dia 
de camino fuera de los límites de su obispado; y que los jueces diputados por la Silla Apostólica no puedan proceder 
contra persona alguna fuera de ciudad ó diócesis adonde tienen su comisión, ni cometer sus veces á otra ú. otras per- 
sonas. Todo lo cual no queremos que obste , como ni otras cualesquiera constituciones apostólicas en contrario , como 
quiera que en fuerza de estas letras ninguno sea obligado á comparecer mas que á distancia de dos dias de camino. 
Y asimismo no queremos que acerca del presente caso tengan valor alguno que obste, si acaso ala dicha orden le 
está concedido por la Silla Apostólica, que las personas de ella no puedan ser citadas á juicio, suspensas, 'ni exco- 
mulgadas, ni en ellas ni en sus monasterios se pueda poner entredicho por letras apostólicas, que no hagan plena 
y espresa mención palabra por palabra del referido indulto ú otra cualquiera indulgencia general ó especial de 
dicha Silla Apostólica, de cualquier tenor que sea, por la cual no expresada, ó del todo insertas en las presentes, 
pueda en cualquier manera ser impedido el ejercicio de vuestra jurisdicción en esta parte. Dada en Roma en San 
Pedro, año de la Encarnación del Señor de mil cuatrocientos noventa, á ocho de Junio, año sesto de nuestro pon- 
tificado.» 

En virtud de la precedente bula, los tres abades, como apostólicos jueces, conocieron en las causas que ella indica, 
y hecha escrupulosa averiguación, declararon ser nulo cuanto el obispo habia ejecutado, depusieron á las abadesas 
por él nombradas, y restituyeron alas perpetuas las abaciales sillas, consiguiendo, con el castigo y la reforma, que 
las filiaciones volviesen á la debida obediencia de su legítima prelada la abadesa del Real monasterio de Santa María 
de las Huelgas. 

Doña Eva de Mendoza obtuvo la prelacia en el año de 1498. 

Nuestro Monasterio de Santa María la Real permaneció durante más de trescientos años en la debida obediencia al 
abad de Cistér; pero la larga distancia desde Burgos hasta esta francesa abadía, los innumerables obstáculos, las 
múltiples dificultades de los caminos, se oponían á la comunicación , indispensable para el régimen de la comunidad 
de las Huelgas y de sus filiaciones , por lo cual aquellos abades delegaron su poder á la abadesa de ésta , reservando 
para sí tan sólo el derecho de visita. Las frecuentes guerras entre España y Francia impidieron , hacia los años de 1500, 
que el abad de Cistér visitase el Real Monasterio; y conociendo los católicos reyes Fernando é Isabel cuan perjudicial 
era semejante interceptación para el Monasterio huelgúense , impetraron bulas apostólicas, en virtud de cuyas dispo- 
siciones nombraron como visitadores á eclesiásticos seculares. 

La infanta Doña Elvira, hija de los reyes de Navarra, á la cual llamaron la Virgen prudentísima , gobernó el 
Monasterio durante un ano, desde 1507 hasta 1508. En su tiempo confirmó todos los privilegios de la Casa la reina 
Doña Juana la Loca , mujer de Felipe I el Hermoso. 

Doña Berenguela de Velasco , de la esclarecida familia de los Condestables de Castilla , poseyó la abadía cerca de 
tres años, á saber: desde 1508 á 1511; Doña Urraca Enriquez, hija del Almirante de Castilla, hasta 1516, y Doña 
Juana de Guzman, segunda, hasta 1517. 





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SEPULCRO DE LA REINA DOÑA BERENGUELA EN LAS HUELGAS DE BURGOS. 145 



Doña Teresa de Ayala fué elegida en el mismo año de 1517. 

Más de cien años habían a la sazón pasado sin que los monasterios de las filiaciones diesen motivos de disgusto á 
las preladas de su Monasterio matriz Santa María la Real de las Huelgas; pero, á causa de haberse concedido en 
muchas de estas comunidades más hábitos que los convenientes, dejaron de bastar los fondos para cubrir ni aun los 
más indispensables gastos; y, consumidos los capitales de los dotes, hubo que recurrir á los empeños, viniendo, por 
tanto, á tan estrecha pobreza que, faltando hasta lo estrictamente preciso para la subsistencia, se vieron las monjas 
obligadas á buscar su sustento, sometiéndose para ello á comunicar de continuo con seglares, en perjuicio de su 
recogimiento y retiro, y aflojando en la observancia del monástico estado. Habiendo llegado esto á noticia de la 
prelada Doña Teresa de Ayala, traté de atojar tan gran mal, y para su remedio acudió al papa León X, el cual, 
minuciosamente informado del negocio, en el citado año de 1517 expidió bula en forma de breve pontificio, redu- 
ciendo á las monjas y legas de las filiaciones á determinado número, prohibiendo bajo graves censuras el dar en cada 
una más hábitos que los señalados por Su Santidad , y mandando que en lo sucesivo no se pudiesen conferir otros sin 
expresa licencia de la abadesa del Real Monasterio de las Huelgas. El breve, traducido á la lengua castellana, es 
como sigue: 

«A la muy amada en el Señor Teresa de Ayala, abadesa del Real monasterio de monjas llamado de las Huelgas, 
extramuros de Burgos ; León Papa X. 

«Amada hija en Cristo, salud y bendición Apostólica. Hicístenos informar que, aunque tú y las otras abadesas del 
Real monasterio llamado de las Huelgas, extramuros de Burgos, del orden cisterciense , que por tiempo habéis sido, 
y que en él loablemente habéis presidido , como tú al presente presides , y bajo de cuya filiación , visitación , correcion 
y snjeccion están notoriamente sometidos algunos otros monasterios de monjas de la misma orden en número de doce 
que abajo se señalarán , y ocurriendo la vacante en ellos , habéis acostumbrado por el referido derecho de superioridad . 
maternidad y filiación , proveer de abadesas ó por lo menos confirmar con vuestra autoridad las elecciones de ellas; 
y asimismo habéis acostumbrado corregir, enmendar y proveer saludablemente y según Dios y conciencia , conforme 
la ocasión lo pide, á dichos monasterios, así en la cabeza como en los miembros y personas, según lo pide la cualidad 
y estado de ellos. Pero porque al presente ha crecido con tanto esceso el número de monjas, como de oficiales y 
sirvientas en dichos monasterios , y no alcanzan para mantener y costear tanta carga ; y lo que peor es , que en dichos 
monasterios sujetos ó en algunos de ellos, así en las monjas y otras personas como en sus mismos bienes, se han 
seguido y cometido repetidas yeces varias incomodidades, detrimentos, penurias y necesidades y aun indecencias, 
en no pequeño desdoro y perjuicio de dichos monasterios sujetos. Por parte tuya, que según dices eres nacida de 
noble linage, nos fué humildemente suplicado que en las cosas referidas nos dignásemos, con benignidad apostólica, 
proveer de oportuno remedio. 

»Nos, pues, inclinados á las referidas súplicas, mandamos á tí y á las presentes y que por tiempo fueren abadesas, 
así de las Huelgas como de los infrascritos monasterios sujetos, y á cada una de ellas en virtud de santa obediencia y 
pena de excomunión taire smtetlOi®, suspensión y entredicho, y de privación de las dignidades y oficios que al pre- 
sente tenéis y en adelante pudiereis obtener, y otras censuras y penas eclesiásticas, que eo ipso incurran las que lo 
contrario hicieren; que vosotras ni ninguna de vosotras se atreva á recibir ni á admitir, so color ninguno, monja ó 
conversa alguna desde ahora y en tanto que el número de monjas y personas de los infrascritos monasterios se reduzcan 
al número que aquí señalamos. 

«Conviene á saber: en el monasterio de Carrizo, hasta 30 monjas y 5 sirvientas llamadas conversas; en cada uno 
de los monasterios de Gradéfes, de Cañas , de Vileña, de Villamayor y de San Andrés de Arroyo , hasta 20 monjas y 
también 5 sirvientas ó conversas; y en cada uno de los infrascritos monasterios, es á saber: de Perales, de Torque- 
mada, de Avia, de Barría y Fuencaliente , hasta 12 monjas profesas y 2 conversas. Todos los cuales monasterios están 
sitos, según se propone, en los obispados de León, Palencia, Osma, Calahorra y Burgos, y sujetos al dicho monas- 
terio de Huelgas. Y además de esto, para que lo aquí establecido dure para siempre é inviolablemente se observe , por 
la autoridad apostólica y el tenor de las presentes, prohibimos y mandamos á las mismas abadesas y monjas sujetas, 
bajo las susodichas penas y censuras que , en lo sucesivo , después de haberse reducido el número de monjas y conversas 
on dichos monasterios sujetos á la tasa señalada, no reciban, ni osen, ni puedan recibir monjas algunas ó conversas 
sino con la autoridad y expresa licencia tuya ú de la que por tiempo fuere abadesa de dicho monasterio de las Huelgas' 
Y declaramos que así las abadesas de dichos monasterios sujetos que las recibieren , como las monjas profesas y sir- 



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vientas que fueren recibidas, obrando contra el tenor de las presentes y contraviniendo á esta nuestra inhibición, 
incurran eo ipso en la excomunión y demás censuras y penas sobredichas, de las cuales no puedan conseguir el 
beneficio de la absolución, sino de nos ó de los romanos Pontífices nuestros sucesores que canónicamente entraren, 
excepto en el artículo de la muerte. Y damos por írrito y nulo todo lo que contra el tenor de las presentes, con ciencia 
ó por ignorancia, sucediere atentarse, no obstante cualesquier establecimientos, constituciones apostólicas ú otra 
Cualquiera firmeza que tengan a su favor , y todas y cualesquiera cosas que haya en contrario. Dada en Roma en San 
Pedro, bajo el anillo del Pescador, el dia 13 de Noviembre, año de 1517, quinto de nuestro pontificado.» 

En virtud de este breve apostólico, la abadesa de las Huelgas reformó las filiaciones de su Monasterio, y radicó 
con apostólica autoridad su jurisdicción y supremacía sobre ellas; porque el derecho de dar el hábito y recibir la 
profesión, otorgado por el Papa en el precedente documento , es el principal acto de la potestad económica, é infiere 
en el prelado á quien se concede, inmediata y ordinaria jurisdicción, como rigurosa y necesaria consecuencia. 

El mismo pontífice León X, en 1." de Junio de 1521, confirmó las gracias concedidas por sus predecesores al 
Monasterio de Santa María de la Asunción de las Huelgas. 

La abadesa Doña Teresa de Ayala hizo labrar los dos altares colaterales dentro del coro. 

El abad de Cistér hallándose en el Monasterio de las Huelgas, en 1522, facultó á la abadesa y sus sucesoras para 
poder nombrar visitadores, así para su casa como para el Hospital del Rey y Filiaciones, con tal que los nombrados 
fuesen abades ó monjes de la Orden cisterciense , pero no otros. 

Terminó el gobierno de Doña Teresa de Ayala el año de 1523; y parece que entonces debió sucedería Doña María 
de Sandoval, que consta era prelada en 1526. 

Felipe H, en 1525, mandó entregar al Monasterio de las Huelgas las penas de Cámara que se recaudasen en los 
lugares del señorío de la abadesa. 

El papa Clemente VII, en Roma á 11 de Marzo de 1526, confirmó lo decretado por el abad de Cistér en 1522, 
acerca de nombramiento de visitadores, y dispuso que en caso de visitar el Hospital del Rey ó las Filiaciones perso- 
nas que no fuesen de la Orden, tuviesen indispensablemente que llevar consigo como juez acompañado á un abad 
cisterciense. 

En el referido año de 1526 obtuvo la prelatura Doña Leonor de Mendoza. 

El emperador Carlos V (Primero de España) en 1527 expidió Real privilegio para que el General reformador de la 
Orden cisterciense no visitase el Hospital del Rey ni los monasterios filiaciones del de las Huelgas. 

En 1536, á pesar de lo mandado sobre visitadores, fué admitido á la visita de Santa María la Real el obispo de 
Palencia D. Luis Cabeza de Baca. 

El citado Carlos I, en 1540, confirió los cargos de abadesa, señora, administradora y reformadora del Monasterio 
ó sn tia Doña María de ATagon , hija del Rey Católico Fernando, á pesar de que era monja profesa de la Orden de San 
Agustín en el convento de Madrigal. Consérvase en la biblioteca escurialense una carta en que el Emperador mani- 
fiesta desde Burgos al cardenal D. Juan Tabera', arzobispo de Toledo, inquisidor general y gobernador del reino, la 
resistencia de su tia á cambiar el hábito agustino por el cisterciense, de la dispensa que el mismo monarca había, 
por tal causa , solicitado del Sumo Pontífice , y dando comisión al arzobispo primado de las Españas para buscar fuera 
de la comunidad de las Huelgas otra religiosa que bajo las órdenes de la infanta entendiera en el gobierno del Real 
Monasterio, por no poderse, según afirma, fiar á las monjas la elección de su abadesa. La carta original dice lo que 
al pié de la letra copiamos á continuación: 

«Don Carlos por la divina clemencia Emperador de los Romanos, augusto Rey de Alemania, de España, de las 
dos Sicilias, de Jernsalen, etc., muy Reverendo in ChrisíroFaáTe Cardenal Arzobispo de Toledo primado de las Espa- 
ñas, Chanciller mayor de Castilla y Inquisidor general en nuestros reinos y señoríos contra la herética pravedad y 
apostasía, nuestro muy caro y muy amado amigo: Vimos vuestra letra del 28 del pasado, y el cuidado que tuviste 
de platicar el artículo de las encomiendas de Indios con las personas que screvís, y avisarnos tan particularmente de lo 
que en ello os paresce. Os agradescemos mucho que todo ello viene muy bien apuntado y considerado, y así he 
mandado que se guarde para verlo mas particularmente con los otros paresceres que teníamos, y de la resolución 
que acerca de ello tomáremos os mandaremos avisar como es razón . 

aQuanto á lo de las Huelgas yo he hablado a la Ilustre Priora mi tia, y informádome particularmente del estado 
en que está lo de aquella casa; y parece que lo que conviene para la reformación y buen gobierno della es, que la 



SEPULCRO DE LA REINA DONA BERENGUELA EN LAS HUELGAS DE BURGOS. 147 



dicha Ilustre Priora todavía mude elávito, y que para ello se traya de Roma el brebe necesario, y que por su vejez 
y escusarse parte de los trabajos se busque una persona religiosa que tenga las calidades necesarias para que por bor- 
den suya, y juntamente con ella, entienda en la gobernación de la dicha casa; porque dar libertad á las monjas 
que eligiesen Abadesa, estando como están al presente las cosas, sería ponerlas en mayores trabajos y desasosiegos, 
demás de que no elegirian la persona que conviniese, y así havemos mandado escribir a Roma que con brevedad se 
embíe el dicho breve, y también se busque la dicha persona, que sea tal, la qual holgaremos que vos por vuestra 
parte os informeys sy en los Monesterios de Toledo ó en otra parte la ay , y nos aviseys quien es, y de sus cali- 
dades, para que visto se procure de traer la mas conveniente , que en ello resceviremos de vos singular complazencia. 
Muy Reverendo in Chrisio Padre Cardenal, nuestro muy caro y muy amado amigo, nuestro Señor os haya en 
su especial guarda y recomienda. De Burgos á 5 de junio de 1542. — Yo üRey.» — (Rúbrica). 

Doña Leonor Sarmiento, hija de los.condes de Salinas, fué electa cerca del año de 1543. Tuvo que renunciar pronto 
por haber cegado, y consta que se fué á pasar el resto de su vida en Villaniayor de los Montes; de donde, habiendo 
muerto el dia 10 de Junio de 1545, se traslado su cadáver al Monasterio de las Huelgas, y fué enterrada en su capilla 
de Nuestra Señora del Rosario que ella había hecho fabricar. 

Estuvo vacante la silla abacial hasta que por los años de 1552 eligieron las monjas a Doña Isabel de Na- 
varra y Mendoza, hija de los condes de Lodosa, aunque el emperador Carlos V tenia empeño por el nombramiento 
de otra. 

Los abades de Cistér procuraron siempre mantener la superior jurisdicción de las abadesas del Real Monasterio, 
según lo manifiestan repetidos decretos, entre los cuales merece particular mención uno del Reverendísimo Juan 
Loysier, abad 48." de Cistér, aprobando y confirmando las ordenanzas y estatutos de estas preladas para los monaste- 
rios de las Filiaciones, y mandando á estos que obedeciesen y cumpliesen aquellos preceptos. La cédula traducida del 
latín es como sigue: 

«Fray Juan abad de Cistér, á nuestra carísima hija en Cristo la abadesa del Monasterio de las Huelgas, continuo 
y devoto obsequio siempre en el Señor. Por cuanto por relación de sugetos fidedignos , haya al presente llegado á 
nuestros oidos, que vos, en los monasterios que os están sujetos, establecéis y ordenáis, y pretendéis ordenar y esta- 
blecer algunas cosas provechosas á la salud de las almas , y conformes á la mayor honestidad y religiosidad de dichos 
monasterios; Nos por el tenor de las presentes letras, ratificando , confirmando y aprobando todas y cualesquiera 
cosas que por vos en la dicha forma racionalmente y conforme 4 los estatutos regulares de nuestra orden han sido 
establecidas y ordenadas y que en lo sucesivo ordenareis y estableciereis, mandamos firmemente, á todos y á cada 
uno de los dichos monasterios y personas regulares , que observen y hagan guardar todas las cosas que por vos, en 
la referida forma fueren instituidas y ordenadas. Dada en Cistér y autorizada con nuestro sello pendiente 4 catorce 
del mes de Setiembre año del Señor mil quinientos cincuenta y seis. Refrendada por Cromancio, secretario del Reve- 
rendísimo Abad General.» 

La precedente cédula manifiesta que las abadesas de las Huelgas pueden hacer leyes, definiciones y mandatos para 
los monasterios de su obediencia y para todas las personas regulares subditas de aquellas. 

Habiendo llegado al conocimiento del abad de Cistér que el obispo de Paleneia D. Luis Cabeza de Baca habia, según 
dijimos, sido recibido á la visita del Real Monasterio, lo hizo presente al pontífice Paulo IV, quien, desde Roma 
en 7 de Julio de 1559, expidió apostólico decreto declarando que la visita y reformación del Monasterio, desús 
filiaciones y del Hospital del Rey, pertenecían únicamente al abad general de Cistér, debiendo guardarse en ellas la 
voluntad del fundador y los privilegios oistercienses , y conminando con gravísimas penas á todos los visitadores que 
no fueran conformes con lo dispuesto en aquellos privilegios. 

La abadesa Doña Isabel de Navarra y Mendoza, murió en el año de 1560, y fué sepultada en la capilla de la 
Ascensión, que ella misma hizo labrar en el Claustro. 

Sucedióla Doña Catalina Sarmiento, sobrina de su antecesora Doña Leonor Sarmiento. 

El Sumo Pontífice San Pió V, en Roma, á 21 de Agosto de 1566, expidió bula inhibitoria y citatoria contra los 
arzobispos y provisores de Burgos que pretendían ó pretendiesen introducir alguna novedad sobre la jurisdicción ecle- 
siástica de las abadesas de las Huelgas. 

A la abadesa Doña Catalina siguieron Doña Inés Manrique de Lara, hija de los duques de Nájera, electa el año 
de 1569 , y Doña Francisca Manrique , hija de los marqueses de Aguilar, en el de 1570. 






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EDAD MEDIA. — ARTE CRISTIANO. — ESCULTURA. 






Hizo Doña Francisca grandes gastos en obras para la sala del Capítulo, y construyó de nuevo en el Claustro las 
capillas de la Cruz y de Belén. 

En 21 de Abril de 1573, el Capítulo general de Cistér concedió á las abadesas de nuestro Real Monasterio, que el 
confesor de éste pudiese, en nombre de la abadesa y del Monasterio, obligar con censuras á sus subditos. 

Las nuevas guerras surgidas entre España y Francia, dificultando cada vez más las ordinarias comunicaciones 
entre ambos reinos, fueron causa de que, á pesar de los referidos mandatos y determinaciones , fuera admitido como 
visitador, en 1580, al obispo de Osma D. Sebastian Pérez. 

No les fué permitido á las monjas de Santa María la Real tener criadas seglares, basta que en 1581 , el general de 
Cistér concedió que las ancianas ó enfermas las tuviesen, encargando á la abadesa que obrase en el particular con 
arreglo á su conciencia. Posteriormente, el abad de Poblet, con ocasión de visitar este Monasterio, otorgó licencia 
para que cada señora pudiese tener una moza- á su servicio. 

En el recien citado año murió Doña Francisca Manrique, y fué sepultada en la capilla de Belén que ella había 
hecho erigir. 

Reemplazóla Doña Leonor de Castilla, descendiente del rey Don Pedro, generalmente apellidado el Cruel, y fué 
la última de las abadesas perpetuas. 

Gastó 2.000 ducados en la capilla de San Juan Evangelista. 

En su tiempo, en 1587, visitó el Monasterio, de orden del rey Felipe II, el obispo de Osma D. Sebastian Pérez. 
«Nimiamente devoto (dice el R. P. M. Fray Joseph Moreno Curiel), cuando estaba haciendo su visita quiso ver al 
Santo Rey (Alfonso VIII), haciendo levantar la laude, punto en que se hincheron todos de olores y fragancias 
celestes. Vieron con muy buen adorno el Real y venerable cuerpo: halláronle que aun estaba entero, fresco, é incor- 
rupto, sentado (dice Parreño) en una silla Real sobre una almohada blanca de Holanda, ó en un escaño dorado, como 
Morante lo pinta en los manuscritos de su historia; tan sano almohada y vestidos, como pudieron estarlo cuando se 
hicieron de nuevo, con haber pasado ya 373 anos, (pues murió y fué sepultado el de 1214, y este registro fué el año 
de 1587); de los cuales estuvo primero en la capilla de las Claustrillas muy cerca de 40 años, hasta que le puso aquí, 
adonde se guarda hoy, el rey San Femando su nieto. Vio, pues , el devoto Obispo, que tenia un rico anillo en un 
dedo (Morante trae que eran cinco sus anillos de pedrería y oro), y por regalar con él a su rey Felipe II, le tomó y 
se le envió, hallando en vez de gracias desvíos. Volvió á enviarle el anillo para que se le volviese a poner, diciéndole 
estas razones con entereza y seriedad: «Yo no os envié á visitar los muertos, sino á los vivos. ¿Cómo os atrevisteis 
»vos a haber quitado ese anillo de aquella mano Real y sagrada de un rey santo, cuyo igual no le han tenido las 
«coronas?» Vínose á restituirle, obligado del mandato del Rey; y, estando aun en el Convento le dio una gran 
enfermedad, con la que en Gumiel de Izan murió sin haber vuelto á su casa; llevando á ella su cadáver, conducido 
en una litera.» 

Murió Doña Leonor de Castilla en el mismo año de 1587 , y fué inmediatamente elegida en su lugar Doña Inés 
Enriquez , hija del Adelantado mayor de Castilla. 

El papa Sixto V, en 14 de Enero de 1589, año cuarto de su pontificado, expidió, á petición del regio Monasterio 
y del rey Felipe II, pontificio breve mandando que en lo sucesivo las abadesas de Santa María la Real fuesen trie- 
nales, y estableciendo, como jueces conservadores, á los obispos de Osma, Calahorra y Plasencia. Es verosímil que 
por aquel tiempo empezase á durar no más de tres años el gobierno de las preladas en los monasterios de las filia- 
ciones. Hasta entonces las abadesas de las Huelgas habían sido perpetuas. 

Doña Leonor de Castilla cumplió su trienio en el año siguiente, es decir, en el de 1590. Su sucesora Doña Beatriz 
Manrique, hermana de anterior prelada cuyo nombre fué Doña Francisca, falleció hacia el fin de su trienio, 
faltándola un mes para completarle, en el año de 1593. 

Dona Juana de Ayala fué gobernadora durante un mes, y después tres años abadesa. «Por esta (afirma el citado 
Moreno Curiel) se dice aquello de que pidiendo á Clemente VIII concediese aquí en las Huelgas un Altar de alma 
perpetuo, se negaba á conceder, por ser en esto detenido ; y el cardenal Aldrobandino le persuadía á que ío hiciera, 
añadiendo el celebrado chiste de que si Su Beatitud se hubiera de casar , no encontraría otra eclesiástica ni mas 
grande ni mas ilustre. Fué el caso de hecho, y que así lo concedió el Pontífice informado de todo.» 

Doña Inés Enriquez volvió á regir la abadía en 1596, y apenas cumplido su trienio, falleció en el año 
de 1599. 



SEPULCRO DE LA REINA DOÑA BERENGUELA EN LAS HUELGAS DE BURGOS. 149 

Entonces fué elegida por segunda vez prelada Doña Juana de Ayala. Adornó el enterramiento de los reyes funda- 
dores, y murió, antes de terminar su trienio, en 1601. 

En el mismo año la reemplazó Doña María de Navarra y de la Cueva , la cual dispuso que los Reverendos Padres 
Gaspar de Dbeda y Agustín López, hiciesen, para el Monasterio de las Huelgas, ciertas leyes que firmó el arzobispo 
Sypontino , y que esta abadesa dio a las monjas de Santa Ana de Málaga , sujetas al Diocesano , y 4 las de San Joa- 
quín y Santa Ana, de Valladolid , cuyo Monasterio era filiación del de las Huelgas, por haberse trasladado allí el 
antiguo de Perales en el año de 159G. 

Habiéndose suscitado algunas desavenencias entre el Monasterio de Santa María la Real y el General de Cístér, el 
rey Felipe III, no sólo prohibió la entrada en España al cisterciense abad general, sino que solicitó y obtuvo breve 
de Clemente VIII, expedido en Roma á 15 de Diciembre de 1603, nombrando superior ordinario, en cuanto 4 la visita 
de este regio Monasterio y de sus filiaciones, al obispo de Palencia, en su ausencia al de Osma, y en último recurso 
al de Calahorra. Posteriormente, entró 4 sustituir al Reverendísimo General de Cístér la Real Cámara de Castilla, á 
la cual únicamente competía providenciar sobre todos los asuntos que antes eran exclusivamente propios del recien 
citado General. 
Concluido el trienio de Doña María de Navarra en 1604, quedó vacante la silla abacial durante un año. 
Doña Francisca de Villamizar Cabeza de Baca y Quiñones, electa en 1605, cumplió su trienio en 1008. 
Fué sustituida por Doña Juana de Leyba, que hermoseó la capilla de San Juan Evangelista, y gobernó sólo durante 
dos años, 4 fin de que tomase el mando del Monasterio Doña Ana, hija de Don Juan de Austria, el vencedor de la 
batalla naval de Lepanto, y nieta, por consecuencia, del emperador y rey Carlos V. 

Era Doña Ana de Austria monja en el Convento de Agustinas de Madrigal, desde donde Felipe III, usando de la 
misma autoridad que su abuelo , la hizo trasladarse al Monasterio de Santa María la Real , 4 ser abadesa de las Huelgas. 
Llegó á éste 4 principios de Junio de 1010; pero pasó un año en reconocer la Casa , por lo cual no comenzó á gober- 
narla hasta el de 1611. Trocado el hábito de San Agustín por el de San Bernardo, fué abadesa perpetua y bendita 
por breve del pontífice Paulo V, expedido á instancia de Felipe III, primo-hermano de Doña Ana, quien la visitó en 
este Monasterio. Esta magnánima y virtuosa señora hizo muchísimas obras en el edificio, renovando casi toda la 
Casa; erigió la capilla de San Juan Bautista, en que está enterrada, y construyó la parte que mira hacia el Molino, 
en la cerca ó muralla del Monasterio. 

urbano VIH, en bula de 22 de Mayo de 1029 que comienza Sedis apostolicen, calificó terminantemente, al Monas- 
terio y á su abadesa, de independientes de prelado diocesano ó sea mdlius dioxesis. 

Doña Ana de Austria murió en ol mismo año á 28 de Noviembre, habiendo tenido el mando durante diez y 
ocho años, tres meses y veintiún dias. Desde entonces las abadesas de las Huelgas volvieron 4 ser trienales. 

Fueron sus sucesoras Doña Ana María Manrique de Lara, que, electa en 1030, tuvo durante todo el trienio la 
abadía; y Doña Catalina de Arellano y Zúñiga, hija legítima del conde de Aguilar y señor de los Cameros, elegida 
en 7 de Abril de 1633, y fué prelada durante sus tres años. 

El citado papa urbano VIII, por bula de 2 de Octubre de 1034 aprobó y confirmó perpetua 6 irrevocablemente con 
la apostólica firmeza y fuerza, todos los privilegios, indultos, prerogativas, preeminencias, libertades, inmunida- 
des, exenciones y otras gracias, tanto espirituales como temporales concedidos por cualesquiera romanos pontífices 
sus predecesores, y por la Santa Sede y sus legados, vice4egados y nuncios, de cualquier modo, en cualquier 
tiempo, bajo cualesquier tenores y formas, con tal que estuviesen en uso. Con esta bula se aseguraron todas las con- 
cesiones de que habian disfrutado y usado sin intermisión alguna las abadesas y el Monasterio de Santa María la 
Real. Gregorio VIII, expresa en este escrito que habian gozado estos privilegios y gracias 4un antes de sujetarse 
al de Cistér; por lo menos en todo lo que no pendía de él, ni requería cesión suya, como la necesitó para el asunto 
de las Filiaciones. 

Doña Magdalena Enriquez Manrique de Ayala, prima del Almirante de Castilla, electa en 20 de Abril de 1636, 
cumplió su trienio. 

J)oña Catalina de Arellano y Zúñiga, volvió 4 ser abadesa el dia 9 de Mayo de 1639; y lo fué sólo durante dos 
anos y cuatro meses, que hasta entonces le duró la vida. 

Reemplazóla Doña Francisca Beaumont y Navarra, descendiente de los condes do Beaumont, titulo nobiliario radi- 
cante en la comarca francesa denominada Normandia, por Don Carlos de Beaumont que se casó en Navarra, y fué 



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EDAD MEDIA.— ARTE CRISTIANO. —ESCULTURA. 



entre los de su linaje el primer alférez de aquel reino por merced de suprimo el rey Carlos II, de Navarra (1343-1386). 
Doña Francisca fué elegida en 8 de Setiembre de 1641 y cumplió su trienio. 

El rey de España Felipe IV, en el año de 1643, eximió de toda visita á los escribanos del Monasterio de las 
Huelgas y del Hospital del Rey. 

Doña Ana María de Salinas, á quien cognominaron la Anacoreta, tomó posesión de la abadía en 10 de Noviembre 
de 1G44 y la rigió durante poco más de un año. 

Fueron después sucediéndose Doña Ana Jerónima de Navarra y de la Cueva , que murió poco antes de acabar su 
trienio; Doña Jerónima de Góngora, elegida en 8 de Mayo de 1648, y completó su trienio; Doña Francisca de 
Beaumont y Navarra, que antes habia sido abadesa estuvo por espacio de dos meses, en 1651, rigiendo el Monasterio 
como gobernadora; Doña Isabel Osorio y Leyba que desde su elección en 15 de Julio de 1651 vivió solamente año y 
medio; Doña Ana Catalina Gamiz y Mendoza, que fué gobernadora desde Enero hasta últimos de Junio de 1653, en 
cuyo dia 30 salió electa Doña Antonia Jacinta de Navarra y la Cueva, sobrina de su antecesora Doña Ana Jerónima, 
que cumplió su trienio, murió en 24 de Agosto de 1656, y fué sepultada en la Sala de Capítulo; Doña Jerónima de 
Góngora fué segunda vez elegida en 5 de Julio de 1656, habiendo asistido como presidente el obispo de Osma don 
Juan de Palafox, y acabó su trienio; Doña Isabel de Tebes, nombrada en 2 de Setiembre de 1659, y también 
completó sus tres años; Dona Inés de Mendoza y Miño, en '& de Setiembre de 1662; Doña Lucía de Quiñones, 
en 1665; Doña Isabel María de Navarra y de la Cueva, hermana de Doña Antonia Jacinta, en 25 de Octubre 
de 1668; Doña Magdalena de Mendoza, en 5 de Noviembre de 1671; Doña Isabel María de Navarra y de la Cueva, 
segunda vez, elegida en 8 de Noviembre de 1674; Doña Inés de Mendoza y Miño, segunda vez, en 9 de Noviembre 
de 1677, falleció en 10 de Abril de 1680, siete meses antes de finalizar el periodo de su abadía; Doña María de 
Velasco, en 29 de Abril de 1680, y vivió sólo hasta últimos de Setiembre; Doña Magdalena de Mendoza y Miño, 
segunda vez, elegida en 24 de Octubre de 1680; Doña Felipa Bernarda Ramírez de Arellano, en 4 de Noviembre 
de 1683; Doña Ana Bravo de Oyos y Acevedo, á. primeros de Noviembre de 1686, y espiró ocho dias después; Doña 
Melchcra Bravo de Oyos, hermana de la anterior, en 6 de Diciembre de 1686 ; Doña Teresa Orense Manrique Dávila, 
en 1689; Doña Ana Jerónima Guerrero y Contreras, hija del señor de Leza, en 12 de Agosto de 1692; Doña 
Melchora Bravo de Oyos, segunda vez, promovida á la dignidad en 1.° de Setiembre de 1695, y sólo vivió después 
ocho meses; Doña Teresa Orense Manrique Dávila, segunda vez, á primeros de Diciembre de 1696, y rigió hasta 
igual tiempo de Abril de 1698 ; Doña Inés de Ocio y Mendoza, de la estirpe de los condes de la Corzana, hija de don 
Joseph de Ocio, caballero del hábito de Santiago, en 19 de Mayo de 1698; Doña Ana Jerónima Guerrero y Contreras, 
segunda vez, en 15 de Junio de 1701; Doña Teresa Josepha de Lanuza, hermana del conde deClavijo, en 24 de 
Junio de 1704; Doña Ana Jerónima Guerrero y Contreras, tercera vez, á 1." de Agosto de 1707. 

Quedó vacante la abadía durante más de un año, y fué en este tiempo gobernadora del Monasterio Doña Inés de 
Ocio y Mendoza, que antes habia sido abadesa. 

Doña Teresa de Lanuza fué segunda vez elegida abadesa, en 29 de Setiembre de 1711; Doña Ana Jerónima Guer- 
rero, cuarta vez, en 5 de Noviembre de 1714, y murió en 26 de Octubre de 1715. 

La priora Doña Teresa Badarán de Ossinalde, estuvo gobernando mientras la vacante , hasta que fué promovida á 
la dignidad abacial, en 1." de Julio de 1716, y murió en 9 de Agosto de 1718. Fué hija del muy ilustre D. Martin 
Badarán, caballero del habito de Santiago y consejero de Castilla. 

Volvió á gobernar la priora Doña Inés de Ocio y Mendoza , hasta que espiró, á últimos del mes de Mayo de 1719, 
y desde entonces estuvo gobernando, hasta la siguiente elección, la señora Doña Josepha de Miranda, sucediendo 
después en la privilegiada silla, nobilísimas damas, cuyos nombres, para no alargar demasiado el texto de esta 
monografía, ponemos en la nota (1). 



f 1) Doña María Magdalena de Villarroel Cabeza de Baca, hija del marqués de San Vicente y de la nobilísima Doña Francisca Cabeza de Baca, hija 
del marqués de Fuente Oyuelo, fué elegida en 29 de Abril de 1720; Doña Ana María Helguero y Albarado, hija del muy ilustre D. Pedro Helguero, 
caballero del hábito de Calatrava y castellano mayor del Castillo de Santa Cruz y después de San Felipe de la villa de Santander, olecta en 2 de Mayo 
de 1723 ; Doña María Magdalena de Villarrool , segunda vez , en 4 de Mayo de 172G ; Doña Ana María de Helguero y Albarado , puesta otra vez en el 
gobierno el dia 7 de Mayo de 1729, hizo, entre muchísimas obras nuevas, escalera nueva á la celda abacial, que en el Monasterio dicen la abadía; Doña 
Clara Antonia do Helguero y Albarado, hermana da la anterior, en 1732; Dofia María Teresa Badarán de Opinable, hermana de su predecesora Dofia 
Teresa Badarán de Ossinalde, en 14 de Mayo de 1735; Doña Isabel Rosa de Orense, en 1738; DoSa María Teresa Badarán, segunda ven, en 1741 ; Dofia 






SEPULCRO DE LA KEINA DOÑA BERENGUELA EN LAS HUELGAS DE BURGOS. 151 



III. 



Las principales partes de que consta el Monasterio de Santa María la Real de las Huelgas, son: la iglesia, algunas 
capillas separadas de ésta, la portería, el claustro principal, las Claustrillas, la Sala de Capítulo, la celda abacial, llamada 
la abadía, y las particulares habitaciones de las señoras, que, a [manera de independientes casitas, se distribuyen 
por el espacioso recinto; incluyéndose todo ello, con mas la porción de tierra destinada a jardines y horticultura, y 
dos patios exteriores llamados compases, dentro de fuerte y elevado muro de piedra, perforado por ojivales puertas. 

La iglesia, erigida por Fernando III , pertenece por su género de arquitectura al estilo apuntado ú ojival del gusto 
primario, y consta de tres altas y desahogadas naves y crucero, dividiendo la mayor, de las colaterales, lisos arcos 
ojivos sobre pilares gruesos. De estos suben esbeltas columnas empotradas á recibir las recaídas de resaltadas fajas 
que dividen en compartimentos las bóvedas por arista. Ábrense, en la parte superior del muro correspondiente á 
cada compartimento, ventanas de medio punto, largas, estrechas y sesgadas, lisas en el crucero y cuerpo de la 
iglesia, y con una columnita á cada lado en el ábside, en donde también se encuentran algunas ventanas de ojiva. 
La porción de las naves, que se extiende desde la imafronte hasta el crucero, se incluye en la clausura, destinado 
todo su ámbito á coro, de las señoras, la nave mayor, con larguísimas sillerías rematando en las armas de Castilla y 
de León, y con sus correspondientes reclinatorios de nogal; de las legas, que allí se denominan religiosas ó freilas 
de hábito negro, las naves colaterales. En los costados de la capilla mayor hay otro coro con sillas para veintiún 
capellanes, adornadas solamente con algunos escudos de armas de España, esculpidos en los respaldares. El retablo 
del altar mayor es de gusto churrigueresco, y se labró á mediados del siglo xvn. La imafronte no presenta otro 
saliente , en su lisa superficie, sino dos muy resaltados estribos que dividen la nave central de las colaterales , y otros 
dos unidos á escuadra en el ángulo de la del Evangelio; ábrese en cada nave sencillísima ventana ojival, y otra 
circular y diminuta en el tímpano del agudo frontón que termina la fachada de la nave mayor. Corre , por la parte 
exterior de la nave lateral del Evangelio, contigua y paralela á ella, anchurosa galería con puertas y ventanas, 
hoy tapiadas, que se abrían hacia uno de los patios ó compases; en ella están instalados los confesonarios délas 
monjas. La portada de ingreso para el público, labrada en el extremo septentrional del crucero, es de estilo romá- 
nico, y está precedida de ancho vestíbulo, alambrado por atrevido rosetón del mismo estilo, y en que, á manera de 
rayos de rueda, dan vuelta arcos de medio punto sobre cilindricas columnas pareadas en fondo con las basas de todas 
reunidas*en el centro de la claraboya; la puerta del vestíbulo es moderna y de orden dórico. Denomínase este atrio 
nave de los Caballeros, por ostentarse allí los sepulcros de algunos señores obispos, arzobispos y magnates. 

La torre, cuya entrada está dentro del vestíbulo, es también lisa con salientes estribos, y el hueco cilindrico que 
sirve de caja á la escalera de caracol, colocado exteriormente ; presenta dos órdenes de ventanas ojivas pareadas, un 
par superior y otro inferior en cada fachada. Remata, lo construido de sillería, con arcaturas apoyadas en canecillos. 
Elévase sobre lo dicho otro cuerpo del gusto de Herrera, con sencillísimas pilastras y remates de esferas, todo de 
ladrillo y rodeado de balaustrada con análogos remates. 

Dá paso también el mencionado atrio á dilatada capilla , cuya advocación es de San Juan Bautista , y la cual sirvió 
en pasados tiempos para enterramiento de los padres confesores, capellanes y freirás del Monasterio, y de los freires 
y comendadores del Hospital del Rey. 



Lucía Miofio, en 1742; Doña Isabel Boaa de Orense, segunda vez, en 1745; Dofia Josefa Canillo, en 1748; Doña María Bernarda de Hoces, en 1751; 
Dofia Josefa Carrillo, segunda vea, en 1754; Doña Josefa Claudia de Verrio, en 175G; Dona Haría Bernarda de Hoces, segunda vez, en 1759 ; Dofia 
María Benita de Oñate, en 1762; Dofia Rosalía de Chaves, en 1765; Dofia María Benita de Ofiate, segunda vez, en 1768; Dofia Ángela de Hoces, en 1771; 
Dofia María Teresa do Chaves, en 1774; Doña Mariana de Acedo y Torres, en 1777; Dofia María Teresa de Chaves, segunda vez, en 1780; Dofia María 
Benita de Ofiate, tercera vez, en 1783.; Dofia María Esperanza Carrillo, en 1786; Dofia María Teresa de Oruña, en 1789; Dofia María Rascón, en 1792; 
Doña María Teresa de Orufia, segunda vez, en 1795; Doña Micaela Osorio, en 1798; Dofia Francisca Montoya, en 1801; Dofia Bernarda de Orense 
en 1812; Dofia María Lorenza de Orense, en 1815; Dofia Manuela Lizana, en 1818; Dofia Francisca de los Bios, en 1821; Doña Tomasa de Orense! 
en 1824; Dofia María Lorenza de Orense, Begunda vez, en 1827; Dofia María Tomasa de Orense, segunda vez, en 1830; Dofia Benita Bascon, on 1833; 
Dofia Manuela Montoya, en 133G; Doña María Benita Rascón, segunda vez, en 1839, y Dofia María Teresa Bouifaz, en 1842. 



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EDAD MEDIA.— ARTE CRISTIANO. —ESCULTURA. 



m 



Otras capillas aisladas encierra la clausura, dos de las cuales pertenecen al estilo mudejar , siendo la más notable 
de ambas la que se dice de San Bernardo ó de Santiago, en donde se conserva la imagen de este apóstol, que sirvió 
para las ceremonias de coronar y armar de caballeros á los reyes. 

La portería del Monasterio, en cuyo fondo se abren la puerta Real , la reglar y el torno, es elegante y extenso 
vestíbulo de estilo del Renacimiento. Su frente ó fachada consta de cinco arcos semi-circulares, con verjas de hierro, 
sobre los cuales corre otro cuerpo á manera de ático, en el cual y en su central compartimento descuella grande 
hornacina, elevándose su remate sobre los demás de la fachada; los otros compartimentos ostentan grandes escudos 
con los regios blasones. Compónese su coronamiento de agujas esbeltas y delicadísima crestería cimera. 

La Puerta Real es de medio punto con archivolta y quita-lluvias de bólteles y cavetos , sin ornato alguno ; su estilo 
es románico del siglo su, y sus dimensiones no tan grandes como su nombre y objeto parece merecían, puesto que 
se baila destinada exclusivamente para entrada de personas reales y de sus comitivas. 

El claustro princtyal ó de procesiones, también construido por San Fernando , es grande y del estilo arquitectó- 
nico que se dice ojival primitivo; en sus alas kbraron posteriormente varias capillas algunas señoras, de las cuales 
mencionaremos aquí la de la Ascensión, que se debe á Doña Isabel de Navarra, y las de la Cruz y de Belén , á Doña 
Francisca Manrique, después enterrada en la última. 

Hállase también en este claustro la espaciosa capilla ó sala de Capítulo: «¡Capitulo general pudiera celebrarse en 
su ámbito!» exclama el R. P. M. Fr. Joseph Moreno Curiel, en el citado escrito. Su cuadrada planta se distribuye 
en nueve compartimentos en la ojival bóveda; los nervios de ésta recaen en los muros sobre repisas, y hacia el centro 
sobre cuatro pilares, excepto los del compartimento central, que todos arrancan de dichos pilares. Estos agrupan en 
su derredor cada uno ocho largos y esbeltos fustes de una sola pieza, que por la percusión producen casi metálico 
sonido, y que se hallan adosados al cuerpo central del pilar, muchísimo más grueso que ellos. El ingreso de la 
estancia es de arco semi-circular , y está en medio de dos ajimeces ojivos : las archivoltas de aquél y de éstos se decoran 
con bólteles y se adornan con zigzags. 

Otro claustro que, por no ser tan grande como el anterior, se nombra las C la us trillas, es lo único que en el Mo- 
nasterio creemos subsiste de las construcciones ejecutadas en tiempo de Alfonso VIII. Es de puro estilo románico y 
acicaladamente trabajado, constando de cilindricas columnas con esbeltísimos y ricos capiteles, sosteniendo laboreadas 
impostas, sobre las cuales voltean arquerías de medio punto: todo de piedra calcárea cuidadosamente retundida, y 
tan bien conservado que parece recien concluido. 

La Ahadíaó celda abacial contiene una habitación cuadrada, cubierta con bóveda de cuatro cascos, yque llaman 
sala de secretos, porque , colocadas dos personas en los rincones más distantes entre sí, pueden conversar en voz tan 
baja que nada oigan las que estén situadas en medio de la habitación. 

Las puertas que en la cerca dan entrada al recinto, son ojivales; pequeña la que se abre enfrente de la portada 
de la iglesia; grande y en una torrre á manera de fortificación, la que antecede al compás ó patio en cuyo fondo se 
presenta la fachada de la portería. 



IV. 



Alfonso VIII, en su carta de donación otorgada en 14 de Diciembre de 1199, expresó lo siguiente: «Prometimos 
en manos del predicho abad (de Císter Guido), que Nos y nuestros hijos que quisieran acceder á nuestro consejo y 
mandato, que seamos sepultados en el susodicho Monasterio de Santa María la Real,» palabras que manifiestan 
haber sido intención del augusto fundador, que el edificio de las Huelgas sirviese de panteón para la regia familia. 
Con arreglo al deseo del castellano monarca se inhumaron, en el monástico recinto, y tienen en él sus sepulcros, 
los reyes, infantes y otras notables personas de quienes trataremos en el siguiente catálogo. 

I. El rey de Castilla Alfonso VIII, el Noble y Bueno, nacido en 11 de Noviembre de 1153, sucesor de su padre 
Don Sancho el Deseado, á la edad poco más que de cuatro años y habiendo perdido poco antes á su madre Doña 



SEPULCRO DE LA REINA DOÑA BERENGUELA EN LAS HUELGAS DE BURGOS. 153 

Blanca, infanta que había sido de Navarra. Muerto, según arriba hemos dicho, el dia 6 de Octubre de 1214, en 
Gutierre-Muñoz, cerca de Arévalo, yendo de Burgos á Plasencia á conferenciar con el rey de Portugal Alfonso II, el 
arzobispo de Toledo D. Rodrigo Ximenez que le acompañaba, le confesó y administró los sacramentos de la Eucaris- 
tía y Extremaunción; y, acompañado por los demás prelados de la regia comitiva y otros muchos que de varias 
partes acudieron á su encuentro, condujo solemnemente su cadáver al Monasterio de Santa María la Real de las 
Huelgas. Allí fué sepultado en presencia de los mencionados, de gran número de magnates y de sus inconsolables 
hijas la reina Doña Berenguela y la abadesa Doña Constanza. Yace en medio del coro de las Huelgas. 

2. Doña Leonor, hija del rey de Inglaterra Enrique II, se casó en Tarazona con Alfonso VIII, el año de 1170, y 
murió en 17 de Octubre de 1214, once dias después que su augusto esposo, acaso por sentimiento de la muerte de 
éste, en cuyo lucillo, fué también ella sepultada, según dijimos. 

3. En el mismo coro al lado del altar del Santísimo Sacramento, se alza el sarcófago de la infanta Doña Beren- 
guela, hija de Fernando III, sobrina de San Luis, rey de Francia, y monja en este Monasterio, donde, de orden del 
santo rey de Castilla, la dio el velo en el año de 1242, D. Juan de Medina, que fué abad de Santander, después de 
Valladolid, y más tarde obispo de Osma y chanciller del Rey, y por último, obispo de Burgos. Parece por un privi- 
legio del sabio Alfonso X, su hermano menor, que la infanta Doña Berenguela era señora é mayor en el Monasterio 
de las Huelgas de Burgos; por lo cual, y en su obsequio daba mil maravedís para pitanza de pescado en la ría del 
puerto de Laredo, y porque vino á Burgos con Don Duarte hijo del rey de Inglaterra, que en el dicho Monasterio 
recibió de él la orden de caballería; la fecha del documento es de 24 de Febrero de la Era 1293, año de 1255. Esta 
infanta murió en 1279 ; y de ella se hace mención en. catálogos de mujeres ilustres. 

4. En el mismo lado se depositó el año de 1655 el cuerpo de Doña Margarita de Austria, duquesa que fué de 
Mantua, y digna de feliz recordación. 

5. A la opuesta parte, que es, entrando en el coro, la derecha, no se ve más que un enterramiento, el de la 
infanta Doña Blanca, hija de Alfonso III, rey quinto de Portugal, y de Doña Beatriz, nieta de Alfonso el Sabio de 
Castilla. De ella, dice Garibay, en el lib. xxxiv, cap. xs de su Compendio Historial de España, lo siguiente: 
((También hubo (Alfonso III de Portugal) á la infanta Doña Blanca que, siendo de tiernos años, fué religiosa 
y señora del Monasterio de Lorban, de donde fué trasladada por abadesa del insigne Monasterio de Santa María la 
Real de las Huelgas de la ciudad de Burgos, donde está sepultada, habiendo dado fin á sus dias con mucha religión, 
y aun gozado de grandes temporalidades, asi en Portugal, de Montemayor el viejo, Campo mayor, como en 
Castilla , de muchas tierras que el rey Don Alonso su abuelo la había dado. » Según el doctor Salazar de Mendoza en 
su Crónica del Oran Cardenal de España (lib. i, cap. xm), fué señora del ducado del Infantado, y dejó á los 
canónigos de Santa Leocadia de Toledo, 2.600 maravedís de renta. Murió en el año de 1332. 



En la nave de Santa Catalina, colateral del lado del Evangelio. 

6. Alfonso VII el Emperador, rey de Castilla y de León, aunque dicen algunos estar enterrado en la catedral de 
Toledo, otros creen que su nieto Alfonso VIII le trasladaría al Monasterio huelgúense, bien así como lo hizo con su 
padre Sancho III el Deseado, hijo de dicho Alfonso Vil. Siendo lo cierto que el sepulcro de éste se ostenta en la 
iglesia de Santa María la Real de las Huelgas. 

7. El Deseado Sancho III padre del fundador de este Monasterio, afirma el citado Salazar de Mendoza hallarse 
enterrado junto Alfonso VII en la primada iglesia toledana; pero á esto se opone el epitafio que expresa hallarse 
ambos en el templo de las Huelgas con las siguientes palabras : En esta sepultura está sepultado el señor Rey Don 
Álphonso Emperador de España el primero, y su hijo junto á él, á los pies de este Santo Crucifijo. Murió 
Sancho III el dia 31 de Agosto de 1158 en Toledo, y allí estuvo inhumado hasta su traslación al Real Monasterio. 

8. El rey Enrique I, nacido en 1203, heredó el reino á la edad de once años, y no le poseyó más que durante 
dos años, nueve meses y quince dias, por haber muerto el 7 de Junio de 1217, en Falencia. Su hermana y sucesora 
la reina Berenguela dispuso conducirle á enterrar en esta Real iglesia. 

9. El infante Don Fernando, hermano mayor, aunque no primogénito, de Enrique I, que fué la primera persona 
de la familia real, inhumada en Santa María la Real, nació en el año de 1194. Murió el de 1211 en Madrid, desde 



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EDAD MEDIA. — ARTE CRISTIANO — ESCULTURA. 



donde fué trasladado á las Huelgas: allí se enterró y se le hicieron fúnebres exequias que duraron por espacio de 
quince días. 

10. Junto al rey Enrique I está sepultada la reina Doña Beatriz, primera mujer de San Fernando, hija del 
emperador Felipe, duque de Suavia, y de la emperatriz Irene. Muchos años después de inhumada, creen algunos 
autores que se trasladaron sus restos á la catedral de Sevilla, donde tiene enterramiento su santo esposo; pero 
el P. M. Fr. Melchor Prieto, en su manuscrita Historia de Burgos, prueba, que no sólo no se hizo semejante trasla- 
ción, sino también que no hubo oportunidad para hacerla. 

11. El infante Don Sancho, primer hijo de Alfonso el Noble y Bueno. 

12. La infanta Doña Mafalda, Mahalda ó Matilde, hija del mismo fundador, la cual murió siendo niña, en la 
ciudad de Salamanca. 

13. La infanta Doña Sancha, que falleció también en Infantil edad, y fué hermana de Doña Mafalda. 

14. La infanta Doña Leonor, hermana de las anteriores y como ellas muerta en la niñez. 

15. Doña Urraca, hija igualmente de Alfonso VIII y Doña Leonor, y esposa del tercer rey de Portugal Alfonso II 
el Gordo, con el cual se casó seis años antes de que heredase el trono portugués. Garibay y otros autores dicen que 
Doña Urraca fué enterrada en Alcobaza de Portugal; pero según parece, fué trasladada al Monasterio de las Huelgas 
por sus hermanas ó por su biznieta Doña Blanca. 

16. El infante Don Alfonso de Aragón, hijo del rey Don Jaime el Conquistador y de la reina Doña Leonor, hija 
de nuestro fundador. Estando ya casado el infante aragonés con Doña Constanza, primogénita de Don Gastón de 
Beame, en la cual no tuvo sucesión, su madre Doña Leonor, divorciada del rey Don Jaime por sentencia dada en 
últimos de Abril de 1229 , regresó con su hijo á Castilla, y se retiró al Monasterio de Santa María la Real. Muerto el 
infante aragonés, su madre, que se hallaba en Burgos, hizo que le enterrasen en la iglesia de las Huelgas. 

17. El sabio rey Alfonso X yace también en esta nave, según asevera el epitafio de un sepulcro, diciendo: Aquí 
yace el Cuerpo del señor Rey Don Alonso de Castilla y León, hijo del Cathólico y Sanio Rey Don Femando que 
ganó á Sevilla. El doctor Pisa y otros afirman estar sepultado en esta ciudad; pero lo niega el P. M. Fr. Melchor 
Prieto en su citada Historia de Burgos, probando que el cadáver del Rey Sabio se llevó al Monasterio de las Huelgas. 

18. El infante Don Fernando , hijo primogénito de Alfonso X y de su esposa Doña Violante , el cual murió siendo 
muy niño. 

19. Otro infante Don Fernando, hijo segundogénito del mismo monarca, y á quien apellidaron de la Cerda, que 
se casó en Burgos con Doña Blanca, hija de San Luis, rey de Francia, y tuvo en ella dos hijos. Murió en edad de 
veintiún años , el de 1275, en Villareal , viviendo aún su padre , y según algunos autores , de enfermedad epidémica. 
En cumplimiento de su última voluntad, fué trasladado y enterrado en la iglesia de las Huelgas. 

20. El infante Don Sancho, hijo de Fernando III el Santo, que fué canónigo de la catedral de Toledo y después 
su arzobispo primado. Murió en 121G, habiendo regido la sede durante doce años. 

21. El infante Don Manuel, hijo de Sancho IV el Bravo. Su sepulcro, según el Padre Maestro Prieto, tenia el 
epitafio siguiente : En esta sepultura está enterrado el señor infante Don Manuel, hijo del señor rey Don Sancho. 

22. El infante Don Felipe, hijo también de Sancho IV, señor de Cabrera y Rivera, que se casó con la nobilísima 
señora Doña Margarita. Murió en Madrid el año de 1324 ó el de 1328. 

23. El infante Don Pedro, hermano del anterior, fué de admirables costumbres, muy virtuoso y querido; general 
del ejército de Fernando IV, también hermano suyo, y ganó muchas batallas; tutor, con su madre y con el infante 
Don Juan, de su sobrino el rey Alfonso el Onceno; señor de los Cameros y de muchas villas. Casóse el año de 1311 
con la infanta de Aragón Doña Maria, y murió á la edad de veintidós años, en el de 1319, peleando en la Vega de 
Granada. 

24. La infanta Doña María, que acabamos de mencionar, fué hija del rey de Aragón Jaime II. Tuvo, de su esposo 
el infante Don Pedro, dos hijas llamadas Doña Maria, que murió niña, y Doña Blanca, que falleció siendo monja 
en las Huelgas. 

25. La reina de Aragón Doña Leonor, hija del rey Fernando IV de Castilla y de su esposa Doña Constanza, cuyos 
padres fueron los portugueses monarcas Don Dionis y Santa Isabel. Se casó en Tarazona con Alfonso IV de Aragón, 
cognominado el Piadoso. 

26. El infante Don Sancho, hijo de Alfonso XI de Castilla y de Doña Leonor de Guzman , conde de Alburquerque 



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SEPULCRO DE LA REINA DOÑA BERENGUELA EN LAS HUELGAS DE BURGOS. 155 

por merced de su hermano Enrique II; se casó con la infanta de Portugal, hija del rey Don Pedro y Doña Inés de 
Castro. Estuvo, por temor de Pedro el Cruel, retirado en Aragón, hasta que Enrique de Trastamara ocupó el trono 
castellano. Murió en Burgos a 19 de Marzo de 1374. 

27. El infante Don Fernando , hijo del rey de Navarra Sancho VII el Sáiio y de su esposa la infanta de Castilla 
Doña Sancha Beacia, hermana de Sancho III el Seseado, y tía, por tanto, de Alfonso VIII; murió desgraciadamente 
en Tudela , celebrando la fiesta de San Nicolás , obispo : tropezó el caballo en que iba corriendo, y le arrojó contra un 
poste, de cuyo golpe murió trece dias después, en el año do 1207. Aunque Moret en sus Anales de Navarra (lib. XX, 
cap. vil) , afirma que fué sepultado en Santa María de Pamplona, se cree que su primo Alfonso el Noble p Bueno hubo 
de trasladarle al Monasterio de las Huelgas, que habia fundado para enterramiento de sus parientes , y al que trasladó 
a otros muchos de éstos. 

28. La infanta Doña Catalina, hija de Juan II, que siendo niña murió en Madrigal el día 17 de Setiembre 
de 1424, habiendo nacido en lllescas, y sido (a falta de varones) jurada princesa de Asturias, sucesora de estos 
reinos. 

29. Doña María de Aragón , hija de Fernando V el Católico, y por consiguiente hermana de la reina Doña Juana 
la Zoca, y tía del emperador Carlos V. Pasó, segnn dijimos, desde el conventó angustiniauo de Madrigal, donde era 
monja, al de las Huelgas, donde por los años de 1540 ocupó la silla abacial. 



Nave de San Juan Evangelista, colateral al lado de la Epístola. 

30. La infanta Doña Constanza, hija de los reyes fundadores Alfonso VIII y su esposa Doña Leonor, tomó el hábito 
en el año de la fundación, 1187. Fué grande en todas las virtudes, en tal grado, que en el Monasterio siempre se la 
ha llamado la Santa; principalmente en la humildad llegó á tanto, que no se consiguió de ella que ejerciese otro 
cargo ni se diese i sí misma otro nombre que el de enfermera, hasta que la obligaron á cambiarle por el de abadesa. 

31. Doña Leonor, hija también de los fundadores, y mujer del rey de Aragón Jaime I el Conquistador, con quien 
tuvo sólo un hijo, el infante Don Alfonso, que murió en vida de su padre. Disolvió este matrimonio el pontífice 
Honorio III, porque siendo Jaime y Leonor primos segundos, habían celebrado su casamiento sin dispensación, que 
entonces no se daba ni aun á los monarcas, puesto que el papa Bonifacio VIH, elegido en el año de 1294, fué el 
primero que dio tales dispensas, no pasando éstas de tres para tres personas coronadas. Separóse, pues, Doña Leonor 
de su esposo Don Jaime, trayendo consigo, según indicado queda, íi su hijo Don Alfonso, y habitando ella en el 
Monasterio de las Huelgas todo el resto de su vida, y fué enterrada con su hijo en la iglesia de Santa María la Real, 

32. La infanta Doña Constanza, hija de Alfonso IX de León y su segunda mujer Doña Berenguela, reina pro- 
pietaria de Castilla, fué monja y muy virtuosa entre las Huelgas. Murió en el año de 1242, sin haber sido abadesa, 
pero llena de mérito y virtud. 

33. La infanta Doña Isabel de Molina, hija de Don Alfonso, señor de Molina, hermano de la precedente y de 
Femando el Santo, fué monja en este Monasterio y vivió y murió virtuosamente. 

34. Otra infanta Doña Constanza, hija del rey Alfonso el Sabio, fué también monja de las Huelgas, y murió en 
el año de 1280, según lo expresaba su inscripción sepulcral. 

35. La infanta Doña Blanca, hija del infante Don Pedro y de su mujer Doña María, igualmente infanta de 
Aragón , estuvo para casarse con el infante Don Pedro de Portugal, pero no se llevó á efecto el matrimonio por aque- 
jarla tenaz dolencia de perlesía, y murió siendo monja en Santa María la Real. 



Capilla del Capitulo. 

36. La señora Doña María Sol ó Mari Sol, primera prelada del Monasterio do las Huelgas, al cual , como dejamos 
dicho, vino desde el de Tnlebras en Navarra, fué, según Nuilez de Castro, de la Casa Real de Aragón. 

37. Doña Sancha, también do la regia familia aragonesa y venida de Tulebras, fué tercera abadesa de Santa 
María la Real. 

38. La infanta de Navarra Doña Elvira, que igualmente obtuvo mas tarde la dignidad de esta abadía. 



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EDAD MEDIA. — ARTE CRISTIANO. —ESCULTURA. 



Capilla de San Juan Bautista. 



39. Doña Ana de Austria, hija de Don Juan de Austria y nieta del emperador Carlos V (Primero de España), 
perpetua y bendita del Real Monasterio, edificó esta capilla detrás del coro para su enterramiento , y murió 
28 de Noviembre de 1629. 



Merece especial y meaos breve mención que los anteriores sepulcros el de Doña Berenguela, de aquella insigne 
reina, de quien su hijo San Fernando dijo, me fizo consagrar á Dios los comienzos de mi caballería, y acerca de la 
cual el arzobispo D. Rodrigo (Suplem. cap. xix), afirmó que la nombradla desús buenas obras fué esparcida por todo 
el mundo, y en él fué espejo de toda bondad: maravilláronse los homes de sus tiempos que non vino fembra que la ase- 
mejase á ella; ella si semejó fija del noble rey Don Alfonso. 

Muerto Alfonso VIII, en Octubre de 1214, dejando por sucesor en el trono á su único hijo varón Enrique I, tan 
niño, que aun no habia cumplido once años, tomó su tutela y el gobierno de Castilla, la reina Doña Leonor de 
Inglaterra, madre del nuevo monarca; pero habiendo fallecido pocos dias después que su real esposo, nombró, en su 
testamento, tutora del rey y administradora del Reino a su hija primogénita Doña Berenguela, que habiendo pri- 
meramente tenido contratado su casamiento con Conrado, hijo y sucesor de Federico II, emperador de Alemania, 
después en el año de 1200, se habia casado con Alfonso IX de León, y por último, este matrimonio se habia anu- 
lado por causa de inmediato parentesco entre ambos cónyuges. Ambicionaban la autoridad de que Doña Berenguela 
se hallaba investida, los magnates que no daban importancia al Rey por niño y a la gobernadora por mujer. Los 
más poderosos entre todos, los tres hermanos de la casa de Lara, Don Alvar, Don Fernando y Don Gonzalo, consi- 
guieron con sus intrigas inclinar a la regente á entregar la regencia y la guarda del Rey al mayor de éstos Don 
Alvar. Apenas hecha tal cesión, el primogénito de los Laras se apoderó de la Real hacienda, y no respetó los bienes 
de las iglesias ni de los particulares, llegando hasta el punto de que Don Rodrigo, deán de la catedrel de Toledo y 
vicario del arzobispado primado creyese hallarse en la imprescindible necesidad de fulminar contra él la terrible sen- 
tencia de excomunión. Todos cuantos con disgusto veían el poder en las manos de los Laras, y particularmente 
aquellos a, quienes habían dado motivos de descontento, se agruparon al rededor de Doña Berenguela, reconviniéronla 
por su abdicación del poder, y en nombre de ella formaron nuevo y poderoso partido. Pronto el Reino comenzó a 
agitarse , y las turbulencias hubieran podido desolarle durante largo tiempo, si imprevisto acontecimiento no hubiera 
venido a terminar su período. Fué, pues, el caso, que jugando Enrique I con otros jóvenes en cierto patio, uno de 
éstos, apellidado Mendoza , tiró al aire una piedra, que casualmente hizo caer una teja sobre la cabeza del Rey, siendo 
tal la herida, que murió el monarca al cabo de once dias, el martes 6 de Junio de 1217. No dejando más herederos 
que sus hermanas, el trono castellano recala de derecho en la primogénita Doña Berenguela, que de su casamiento 
con el rey de León, había tenido cuatro hijos, á saber: San Fernando, Alfonso, Constanza y Berenguela. Los caste- 
llanos, que sobre todo temían el mando de extranjero príncipe, sospechando que Alfonso IX de León, quisiese, en 
calidad de esposo de la reina Doña Berenguela, apoderarse del reino de Castilla, se apresuraron á enviarle antes de 
que supiese la muerte de Enrique I, mensajeros que diciéndole deseaba ansiosamente Doña Berenguela ver á su pri- 
mogénito para que la asistiese contra las fuerzas y embustes de Alvaro Nuñez de Lara, consiguieron traer consigo 
al joven Fernando, prometiendo devolvérsele á su padre en cuanto su madre satisficiese su deseo. La reina, que 
aguardaba á su hijo en Otella, le llevó en seguida á Najera; en esta villa, en la plaza y bajo secular olmo, declaró 
que renunciaba la corona en favor de su sucesor; y con todas las acostumbradas solemnidades se alzaron pendones 
aclamando al rey Fernando III de Castilla. Creyó entonces oportuno Doña Berenguela hacer que el nuevo monarca 
recorriese su reino, y le llevó á, Paleneia, cuyos habitantes le recibieron con claras muestras de afecto. Don Alvaro 
de Lara, viéndose despojado de toda autoridad, pidió que el soberano , á pesar de que tenia diez y ocho años y medio, 



SEPULCRO DE LA REINA DOÑA BERENGUELA EN LAS HUELGAS DE BURGOS. 157 



fuese puesto bajo su tutela; pero la augusta señora, recordando la odiosa y tiránica conducta de Don Alvaro, rechazó 
enérgicamente tan desatentada pretensión. Como ruuclias poblaciones estaban en poder de ios Laras y de sus parti- 
darios, que amenazaban trastornos al país, Berenguela, tratando de evitar conflictos, quiso hacer confirmar en 
Cortes la renuncia en favorde su hijo. La asamblea, reunida en Valladolid, reconoció á la princesa como legítima 
sucesora de Enrique I, y admitió su abdicación. Proclamóse á Don Fernando como rey de Castilla, verificándose la 
ceremonia sobre alto tablado , erigido al efecto en paraje oportuno , para que la muchedumbre venida de todo el ámbito 
del Reino , pudiese asistir y presenciar como reunión de oculares testigos ; hecha la proclamación, condújose al reciente 
soberano a la iglesia catedral, para que allí jurase guardar los fueros y privilegios de Castilla. 

La reina Doña Berenguela, y á ruego suyo su hijo San Fernando, aumentaron las rentas del Monasterio con los 
siguientes lugares y posesiones: «Robledo de Sobresierra, Valdemieda, el Embit, Espinosa, Escalada, la hacienda 
de Santiago de Lara, la hacienda de Santa Cruz de Subarroles, la casa de San Cipriano de Monzón con sus pertenen- 
cias, Hiniestra, Cubiel de la Cesa, Torre-piónes , Tinieblas, Ortevela, la hacienda de Mericho, Valperada y Re- 
venga: las posesiones de Villagonzalo, Torrecilla sobre Arlanza y Pozaron con sus pertenencias.» 

Murió la madre de San Fernando en el año de 1245 , y fué sepultada en Santa María la Real de las Huelgas, donde 
yace en el coro de las señoras. 

El sepulcro de la reina Berenguela se cuenta entre los más notables que contiene el regio Monasterio ; y bajo el 
punto de vista escultural, como el más importante de todos; no es, sin embargo, otra cosa, que exornado lucillo de 
severa forma que parece sostienen sobre sus espaldas, fuertes leones echados sobre el pavimento. Completamente ver- 
ticales son sus lados, y de dos derrames, corriendo paralelos á lo largo, su parte superior. No sostiene estatua yacente, 
porque tal género de escultura no estaba aúu en uso en Castilla en el tiempo en que el enterramiento se labró. 

Decórase la parte superior de sus caras con arcaturas escarzanas, de que pende crestería trebolada, cobijadas por 
gabletes de poca altura, y adornados con frondarios de exiguas frondas y algo mayores grumos; sobre las recaídas' 
de los arcos y gabletes álzanse torrecillas almenadas, pero siu ventanas ni aspilleras. Las caras de la tumba y entrambos 
declives de su cubierta, enriquécense con historias relativas al Redentor y á su Santísima Madre , y entre las cuales 
son muy dignas de atención las reproducidas por la lámiua compañera de la presente monografía. Represéntase en 
el lado estrecho la Coronación de la Virgen por mano del Eterno Padre , ocupando las dos figuras el centro del cuadro; 
á cada lado un ángel sostiene un cirial, á la manera que hoy se llevan en las iglesias de Francia; y finalmente, otros 
ángeles volando llenan el espacio encerrado entre la cairelada crestería. Parece imperial la corona que ciñe la cabeza 
del Padre Eterno, así como real, á estilo de aquella época, la que tiene en la mano colocándola sobre la toca de la 
Reina de los ángeles. La principal cara del lucillo , aunque á primera vista parece no contener más que un solo asunto, 
recuerda dos sucesos que, si bien contemporáneos-, acaecieron en diferentes parajes, á saber: la Adoración de Cristo 
por los tres magos reyes Gaspar , Melchor y Bal tasar , y la Degollación de los Santos Inocentes , decretada por el cruel 
gobernador de la Judea Heródes I. Poco más de la mitad de la cara, al lado izquierdo del espectador, representa la 
Adoración, estando la siempre Virgen sentada, teniendo al Niño Jesús eu igual actitud sobre su regazo , y con el orbe 
en su mano izquierda: la derecha de la bendita Madre presenta á su divino Hijo el vaso portador del oro, que el 
primer rey, postrado de hinojos , acaba de entregarla. San José, al lado izquierdo de su esposa, en pié y apoyado en 
largo báculo, contempla la sublime escena. La estrella guiadora de los reyes osténtase sobre el hombro derecho de 
Nuestra Señora. Siguen al primer rey los otros dos en pié, y trayendo en las manos el incienso y la mirra, que se 
preparan á ofrecer según su turno llegue; y por último, tras los monarcas viene un palafrenero con los caballos do 
los coronados personajes. En la otra mitad de la cara principal del sarcófago, preséntase en primer lugar Heródes, 
sentado y con una pierna puesta sobre la otra, barbudo y con corona, en actitud de ordenar la degollación á un 
guerrero , que estrecha con la mano izquierda el puño de su espada. Más á la derecha del espectador, otros dos soldados 
llevan á cabo la inhumana orden en cuatro niños, dejándose ver entre ellos una afligida madre desesperada al ver 
sin cabeza á su querido hijo. Los derrames de la cubierta divídense en compartimentos por medio de columnas y arcos, 
que aparentan cargar sobre ellas, y son análogas en sus formas á las de las ya mencionadas arcaturas: sus espacios 
se llenan con otras tantas historias que representan pasajes de la vida de la Madre Santísima, tales como la Anun- 
ciación, la Visitación, y del Divino Hijo, el Nacimiento, la Adoración de los pastores y la Huida á Egipto, todas las 
cuales están en relación con las que ofrece el frontal del lucillo, si bien el desarrollo de éstas es de mayor importan- 
cia, por prestarse notablemente á ello el disponer aquí el artista de espacios mucho más extensos. 



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Este sepulcro , así como otros existentes en el Monasterio de Santa María la Real de las Huelgas , careció de epitafio 
en sus primeros tiempos, ó si acaso le tuvo, estaría en la cara opuesta al frontal, hoy empotrada en el muro. En 
separada tableta se grabó la siguiente inscripción , que manifiesta ser de posterior época , tanto por el dictado de sere- 
nissima, por su ortografía y por las frases con que esta redactada, como por su lenguaje castellano y poco antiguo, 
siendo así que en tiempos de Doña Berengnela, de su hijo San Fernando, y aun posteriores, tales leyendas se escri- 
bían exclusivamente en latín. El citado B. P. M. Fr. Joseph Moreno Curiel la copia del modo que aquí la trasla- 
damos. 

En esta sepultura está, enterrada la Serenísima Seym Doña Berenguela , hija de los Señores Reyes Fundadores, 
la qual juntó á Castilla con León. 






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CUBIERTAS DE PLATA 



OBRAS ORIGINALES 



DE SANTO TOMÁS DE VILLANüEVA, 



EL SEÑOR DON VICENTE DE LA FUENTE, 

ACADÉMICO DE I.A HISTORIA, CATEDRÁTICO DE LA FACULTAD DE DERECHO EN LA UNIVERSIDAD CENTRAL, ETC. 




aeiadas y muy ricas alhajas de la UnÍYersidad y Colegio Mayor de San 
Ildefonso de Alcalá vinieron a Madrid cuando aquella fué trasladada á la 
capital de España en 1837. Por desgracia otras muchas, y de gran valia, 
se perdieron en la invasión francesa de 1808 y en las revoluciones poste- 
riores , como también en las dos traslaciones de la Universidad de Alcalá 
á Madrid, y vice-versa, en 1821 y 1823. 

Entre las que se salvaron por entonces figuraban varios códices he- 
braicos adquiridos por Cisneros, algunos de los cuales sirvieron para la 
Poliglota, una Biblia gótica, las Tablas Alfonsinas, la [colección de 
cartas del Cardenal Cisneros, las llaves de Oran , con otros varios objetos 
relativos á la conquista, la lámpara morisca, un rico Ligmm-Cmm de 
oro y cristal de roca, regalado a Cisneros por León X, un cáliz y un 
anillo que se decían de Cisneros, el original de los sermones de Santo Tomás de Villanueva, cubierto de nnas mag- 
nificas planchas de plata nielada y oro esmaltado, el Breviario de Cisneros, una curiosa Biblia gótica y unos tres- 
cientos manuscritos, de los cuales algunos son de gran valía. 

La Universidad de Alcalá tuvo en esta parte una gran curiosidad, que por desgracia no tuvieron ó no supieron 
tener otras. A la de Salamanca le robaban casi toda su vitalidad los conventos y colegios que crecían á su sombra y á 
costa de su savia. Había colegios como el de San Bartolomé y el Arzobispo, y conventos como los de San Esteban 
y la Compañía, que valían tanto ó más que la Universidad en tradiciones, importancia y privilegios, y la supera- 
ban en lo material del edificio. A veces, en pugna con ella, la avasallaban sobreponiéndosele. Por lo que hace á la 
de Valladolid, con sólo ver los edificios de los colegios de Santa Cruz y San Gregorio y la pobre y churrigueresca, 
fachada de la Universidad, se comprende la superioridad de aquellos sobre ésta. No así la Universidad de Alcalá, la 
cual nació grande, como su fundador, con sentimiento de unidad, llevando en éste su idea de grandeza, su espí- 
ritu conservador en el carácter aristocrático de su Colegio Mayor, y la elegancia por su mayor proximidad á la Corte. 
Por ese motivo se encontraban en ella esas ricas preseas, monetario, antiguallas y objetos monumentales, de los que 
hemos enumerado algunos, caudal literario que contrastaba con la penuria de las otras Universidades en riqueza 



de este género. Gran parte de este caudal pereció el año 1809 , en que la sacristía fué saqueada, si por españoles ó por 
franceses no se sabe, y vale mas no averiguarlo. Hablase de muchas arrobas de plata y de ricos objetos arqueoló- 
gicos, que desaparecieron por entonces, ó poco después. Perdióse también el rico monetario, formado quizás desde 
los tiempos de Ambrosio de Morales, y enriquecido con el que cedió al Colegio Mayor el deán Infantas de Toledo, 
amigo y corresponsal del P. Florez. 

Entre las alhajas de la sacristía estaban también el libro de los sermones originales de Santo Tomás de Villanueva, 
que por su carácter literario debia estar en la Biblioteca, La piedad cristiana, sobreponiéndose a la Literatura, lo 
hizo colocar entre las reliquias de Santos y otros venerandos objetos. 

Cuentan que en una noche del mes de Mayo de 1808, y poco después del funesto dia 2, entró en Alcalá una 
columna de tropa francesa procedente ele Madrid. Los estudiantes y vecinos se habían armado. Aún quisieron salir a 
defender el puente de Viveros, y porfiaban los escolares por sacar las banderas de la conquista de Oran. La aparición 
de la columna, precedida de un escuadrón de formidables mamelucos , apagó el entusiasmo. Los franceses entraron 
como en tierra de conquista y saquearon lo que quisieron. Un bedel anciano, que cuidaba de la sacristía, entró en 
ella para salvar lo que pudiese, y sacó lo que pudo ; pero al coger el libro de Santo Tomás de Villanueva, sintió ruido, 
y arrojó el precioso códice sobre el cancel de la sacristía, temiendo ser descubierto. Allí permaneció olvidado. Espesa 
capa de polvo lo cubria cuando fué hallado años después, y el anciano reveló el motivo del abandono y procuró 
disculpar su olvido. La polilla y la humedad habían destrozado no poco el libro, y esta segunda habia alterado el 
metal , cubierto en algunas partes, no de patina, sino de verdosa eflorescencia. En tal estado vino á Madrid el precioso 
códice con sus riquísimas y artísticas cubiertas. 

Corría el año de 1845 cuaDdo el autor de este artículo, siendo bibliotecario mayor interino por nombramiento del 
Claustro, pudo recabar á duras penas del Gobierno unos dos mil reales , por empeño y mediación del digno rector don 
Pedro Sabau y Larroya, para restaurar, bien pobre y económicamente, varios de los objetos monumentales traídos de 
Alcalá y antes citados , que estaban en el mayor abandono y expuestos á ser víctimas de la ignorancia y de la incuria 
como lo fueron otros. Restaban dos armaduras de la conquista de Oran , destrozadas é incompletas, dos alabardas 
rotas y sin hasta, una ballesta y un arcabuz de mecha (1). Encargóse de su limpieza y de suplir lo que faltara en 
ellas el Sr. D. Eusebio Zuloaga, inteligente arcabucero de Palacio y de la Armería Real, en cuyos acreditados 
talleres el hierro y el acero se convierten en plata y oro , pues se venden por mucho más oro de lo que pesan ellos. 
Ofrecióse el Sr. Zuloaga á limpiar las cubiertas del libro de Santo Tomás de Villanueva, á fin de hacerlo con 
cenizas vegetales y no por medio de ácidos y corrosivos , como hiciera quizá algún inexperto y poco ilustrado platero. 
¡Ojalá se hubiera podido restaurar el libro con la inteligencia con que se limpiaron las cubiertas! Pero lo escaso de 
los recursos no dio para mejor procedimiento. 

Preciosas quedaron las cubiertas, destacando los negros perfiles de sus nieles sobre brillante campo de plata, y la 
vida de Santo Tomás de Villanueva, representada por un modesto platero del siglo xvn, sobre el libro que trazó en 
pliegos de a folio la mano del Santo Arzobispo de Valencia, á quien la Iglesia y los pobres apellidaron el limosnero. 
Feliz idea fué la del Sr. Zuloaga al limpiar aquellos nieles de plata , pues, poniéndolos en una prensita de mano, 
sacó los curiosos calcos que nos sirven para estos grabados, y sin los cuales no habría ya lugar ni posibilidad para 
hacer este artículo. Su procedimiento recuerda los orígenes del grabado, según la tradición vulgar, debidosá la 
casualidad de ver un platero estampado en el papel todo el grabado de una plancha de plata burilada, que estaba 
limpiando. 

Once años después, en la noche del 26 de Agosto de 1856, robó una sacrilega é ignorante mano gran parte del 
tesoro Complutense , traído a Madrid ; el cáliz y anillo dichos de Cisneros , las cubiertas de oro y plata de las obras de 
Santo Tomás de Villanueva y otros objetos de valía. ¡Qué precaución basta contra el ladrón doméstico! Formóse causa 
criminal, pero nadase averiguó ni rescató. Los ladrones debieron inutilizar aquellos objetos artísticos para aprovechar 
el valor del oro y de la plata, pues nada ha vuelto á saberse de ellos al cabo de diez y ocho años. Asi pereció uno de 
los objetos artísticos de más valía en su género que poseía la ciencia arqueológica en España. No es poca fortuna que 
pueda siquiera este Museo conservar su recuerdo y fac-símile, 



(1) Son loa que actualmente están en el Museo, y que bc arreglaron para formar con cijos y las banderas un trofeo en la Biblioteca iic la UiuYcn¡Ídaá\ 




CUBIERTAS D*E PLATA DE LAS OBRAS DE SANTO TOMAS DE VILLANUEVA. 



161 



Representan estos diez nieles otros tantos pasajes de la, vida del Santo. Llamábase éste Tomas García , pues su padre 
era un hidalgo de Villanueva de los Infantes, llamado Alonso Tomás García. Con todo, el santo escritor no nació en 
este pueblo, que le sirvió de apelativo, sino en la villa de Fuenllana del Campo de Montiel, donde vio la luz primera, 
el año de 1488. Veinte años contaba, y era bachiller en Teología, cuando Cisneros le eligió para una de las primeras 
becas del Colegio Mayor Universidad de Alcalá. Las posesiones de los diez y siete colegiales primeros se dieron en los 
dias tí y 7 de Agosto de 1508. Entre ellos figura el bachiller Tomas García como el noveno, siendo el último de los 
que ingresaron en el citado dia 6. Su acta de investidura dice , como la de los otros y de los cincuenta y cuatro cole- 
giales primeros, que casi todos ellos fueron sujetos muy notables. — De mandato Dni. Cardiiialis Fundatoris nostri. 
Seis años después obtuvo una cátedra de Filosofía, en la que tuvo por discípulos al célebre Fray Domingo Soto y á 
Fernando Encina. Quevedo no dá apenas fechas, y sólo dice (1): «Últimamente fué colegial mayor en el insigne 
de San Ildefonso, adonde entre los varones excelentes desde su tiempo está advertida su vida y su doctrina para me- 
moria y lustre de aquella Universidad.» 

» Llegó en estas cosas la voz de sus grandes partes á Salamanca y fué solicitado con cudícia de aquella Universidad 
donde le ofrecieron por claustro la catreda (sic) de moral. Por mostrarse reconocido á la demostración de aquella 
Universidad, fué a Salamanca, y leyó tres liciones, y en la postrera, donde fue oyente el retor (2) leyó aquel miste- 
rioso Salmo In exitu Israel de Mgipto , despidiéndose del mundo con las palabras de David , pues al otro dia tomó el 
hábito en el convento de San Agustín. Dióselo el P. Fray Francisco de la Parra, prior del dicho convento, hombre 
insigne en Santidad y letras , uno de los muchos que ha producido aquel religiosísimo convento. Entró en la Reli- 
gión eLaño de 1516, en 24 de Noviembre.» 

Nota el mismo Quevedo que varios de los sucesos principales de la vida del santo arzobispo, tuvieron lugar en 
festividades de la Virgen, lo cual conviene tener en cuenta para entender lo que figuraban los nieles perdidos. «El 
dia de su Presentación al templo fué presentado este glorioso Santo en el templo, y tomó el hábito de San Agustín, 
y en la fiesta de Nuestra Señora de las Nieves dio su consentimiento para acetar el Arzobispado de Valencia, después 
de haberle rechazado: en el dia de su glorioso parto dijo la primera Misa, y en el dia de su Nacimiento (3) murió en 
Valencia año de 1555, en edad de sesenta y siete años.» 

Los sermones que contiene este libro son cincuenta y nueve; la mayor parte son para las festividades del Señor, de 
la Virgen y de algunos santos. Tres tiene sobre la fiesta de la Asunción, y ninguno sobre la Concepción. Entre los 
de santos hay dos de San Juan, otros dos de San Ildefonso y San Nicolás, y uno sobre San Agustín, San Gil, San 
Miguel, la Magdalena y otros santos. A continuación de los sermones hay dos prólogos y trataditos sobre el Apocalipsis 
y el Cantar de los Cantares. Todo el libro está en latin. La letra de estos sermones es gruesa y clan. La humedad 
á que estuvo expuesto por muchos años en Alcalá, perjudicó al papel, de modo que apenas se puede hojear el libro. 

Varias ediciones se han hecho de esta obra, las cuales indican D. Nicolás Antonio, Rezabal-Ugarte y Fernandez 
Guerra. La primera se hizo en Alcalá el año de 1581, poco después de la muerte del santo arzobispo. Constaba 
aquella de dos tomos en folio. Corrió con esta edición el P. Pedro de Uzeda Guerrero, fraile del orden de San 
Agustín , el cual la dedicó á D. Gonzalo Fernandez de Córdoba, duque de Sesa. 

Aparece de una certificación expedida en 16 de Diciembre de 1651, por el P. Fr. Pedro de Porras, provincial de 
los ermitaños de San Agustín de Andalucía , la cual va al final del libro de sermones , y se conserva en él , que al 
hacer aquella primera edición el P. Uzeda tuvo á la vista este original , para lo cual le fué entregado. Pero el reli- 
gioso á quien el P. Uzeda encargó sacar la copia, se quedó con el original, y lo puso entre sus libros, como la cosa 
más sencilla del mundo. Esto apenas se comprendería, si no fuese tan usual por desgracia. 

La provincia Agustiniana de Castilla comprendía entonces toda la parte de Andalucía. El copiante pasó á Granada, 
y allá llevó el manuscrito, como si fuera suyo. Cuando murió en aquel convento, los cuadernos que formaban el 
libro de sermones y andaban sueltos, fueron á parar á la biblioteca de la comunidad , con los demás libros y papeles 



(1) Do la milagrosa vida del bienaventurado fray Tomás de Villanueoa. Edición de Rivadeneyra ilustrada por el Sr. D. Aui 
partida de bu recepción la copiú en su paleografía el P. Merino; y aatá escrita y firmada por el Santo. 

(2) El rector era un estudiante, y nada tienu de extraño n_uc estuviese en la lección. 
(3| La Natividad de la Virgen, día 8 de Setiembre. 



162 



EDAD MODERNA.— ARTE CRISTIANO. — GRABADO. 



3 



del fraile. Allí estuvieron algunos años. Separada entre tanto la provincia de Andalucía de la de Castilla, y siendo 
provincial de ella el P. Fr. Pedro Ramírez, yendo á visitar el convento de Granada, y sabiendo que había muerto 
allí el compañero y escribiente del P. üzeda, visitó la biblioteca, logró encontrar los cuadernos del original, y los llevó 
al convento de Sevilla , donde los hizo encuadernar modestamente, después de haber hecho confrontar auténtica- 
mente la letra de ellos con la de otras cartas y manuscritos del santo arzobispo, que había en el convento desde 
cuando fué provincial. 

Habiéndolo visto en esa disposición el duque de Alcalá D. Fernando Enriquez de Rivera, mostró vivos deseos de 
obtener aquel precioso autógrafo, y el convento de Sevilla, que quiza le debia favores, le hizo donación de él, siendo 
provincial el P. Maestro Fr. Pedro de Góngora y prior del convento Fr. Pedro de Cárdenas. Consta todo ello de 
la certificación citada, que no copiamos íntegra como la daríamos si fuera relativa a la parte artística del libro. Por 
desgracia el que la escribió se ciñó a la parte bibliográfica. 

Por otra relación de hermosa letra, y que al libro sirve de portada, consta que el duque de Mediuaceli adquirió 
este precioso códice en el Puerto de Santa María, á la muerte del duque de Alcalá; acreditando no solamente la 
adquisición del libro, sino también la donación de la casa de Medinaceli al Colegio Mayor, el motivo de ella, y la 
autenticidad del manuscrito; pero nada nos dijo de la parte relativa á la rica encuademación que costeó el opu- 
lento duque. Ostentaba ésta diez placas de oro puro que representaban el escudo de su casa, dos grandes y ocho 
más pequeños, que se marcan en los vacíos ó huecos de los nieles. El escudo con las armas del duque, y por tenantes 
dos angelones ó serafines de pintadas alas, tenia sobrepuesta la ducal corona, ornada ésta con rubíes y amatistas. 
El escudo era cuartelado, dos de castillos y leones , alternando estos con otros dos cuarteles de flores de lis sobre campo 
azul , todo ello ricamente esmaltado en oro. Ignórase donde se construyó la encuademación y el nombre del gra- 
bador ó platero que la hizo. Unas letras iniciales F. R. se ven al pió de casi todos los grabados, y puede conjeturarse 
que fueran las del grabador. Como el Duque lo adquirió en Sevilla y por allí vivió, puede presumirse que la encua- 
demación se hizo en Cádiz ó Sevilla. 
El folio relativo á la donación escrito en excelente letra gruesa española , dice así : 

«En la librería de la cassa de Alcalá que compré de los bienes libres del Duque mi Señor D. Fernando Enriquez 
de Riuera hallé el libro de las Obras de Santo Thomas de Villanueua, escrito de su letra, y, pareciendome Reliquia 
mas que libro , le retire , e hize autorizar de los Padres mas graues de la Prouincia que eran en aquel tiempo , y la 
gouernauan. Y pude hallar la firma del Santo con los renglones de su letra que va en la ultima foja por mas 
comprouacion del libro: llego el dia de sn canonización, y de mi reconocimiento, pues hallándome honrado con la 
Veca de esse insigne Colegio Mayor (que también la tuuo nuestro Santo Arzobispo) puedo mostrarle sirviendo 
á V. S. con sus obras originales. Requisito es de la Donación la memoria del Difunto, que viue eterno: como se 
verifico en la que Pilato hizo 4 Joseph del cuerpo de Christo nuestro Señor. Guarde Dios y conserue á V. S. en el 
exemplo y grandeza que hasta aqui. Puerto de Santa María, á 20 de Agosto de 1661.— FA Duque de Medina.» 

Sigue luego una certificación de Fr. Juan de Palacios, con fecha 12 de Diciembre de 652, que habia traído al 
duque de Medinaceli y Alcalá una firma y unos renglones escritos por mano del Santo. 

Hállanse éstos al final del libro entre varios adornos caligráficos que dicen : «Este pedazo de letra con Infirma del 
Santo se añadió para comprobación de la letra del litro. » El papel se reduce á una obligación de decir misas el 
convento: dos líneas de ella contienen la siguiente curiosa noticia relativa al capitán Zamudio, que quizá sea el 
célebre marino vizcaíno [de quien hay recuerdos en Bilbao (1). 

«ítem mando y ordeno quel diclw manast." diga ppetuamente cada un año por el Capitán Cristóml Camudio 
treinta y trs misas por lo que dexó á esta Casa.» 

En otra nota que contiene el libro al final del índice se dice: «Son todos los cuadernos cuarenta y nueve: los 
cuarenta y siete son todos de ocho hojas y uno de deziseis y otro de cuatro.» 
Los folios del libro son 398. 

Por lo que hace ala encuademación de este libro, objeto exclusivo de esta monografía, no bibliográfica sino ar- 
tística, pudo formarse idea completa de ella al desarmarla, en 1845, para la limpieza que entonces se hizo. 



t 



CUBIERTAS DE PLATA DE LAS OBRAS DE SANTO TOMAS DE V1LLANUEVA. 



163 



Constituían su armazón diez chapas de plata con los nieles de la vida de Santo Tomás y otras diez de rico oro, con 
el escudo esmaltado del Duque donante que la costeó ; de modo que cada tapa de la encuademación contenía cinco 
pasajes históricos con cinco escudos, uno grande en el centro y otros cuatro menores en los extremos. Tenia, además, 
una multitud de piezas de menos importancia, listones, tornillos y recios baquetones de plata, ocho por cada lado. 
Para completar la forma de libro tenia un canto que los encuadernadores llaman lomo ó lomera, y las manecillas ó 
broches para cerrarlo, todo ello también de plata fina y maciza, y muy bien trabajada, de modo que el libro se abría 
y cerraba como cualquiera otro encuadernado en cuero ó pergamino. 

Según la declaración del Sr. Zuloaga, que consta en el libro, pesaba la encuademación que fué robada siete libras 
de plata y nueve onzas de oro. 

En lo que se llama por los encuadernadores el lomo del libro, se leia la inscripción siguiente en letras gruesas y 
entrelazadas al gusto paleográfico del siglo xvn, llamadas comunmente bastardillas: 









Este rótulo ó inscripción no estaba en forma de tejuelo sino grabado en letras gruesas, formando cuatro líneas 
repartidas de dos en dos, en la parte superior é inferior. En los broches ó manecillas se veia el escudo, que los Agus- 
tinianosusan por armas ó divisa, el cual representa un corazón atravesado con una flecha, emblema del amor divino, 
de que se hallaba hondamente herido el de su santo fundador. El conjunto de las piezas de plata se aproximaba á 
ciento, sin contar los diez escudos de oro esmaltado , pues eran cuarenta y nueve las piezas gruesas , placas , listones, 
baquetones, lomo y manecillas, y unos cincuenta tornillos diminutos para sujetarlas. 

Los diez pasajes de la vida de Santo Tomás representados en los nieles, eran: los dos primeros, superior é iuferior, 
alusivos á su ingreso y vida literaria en el colegio de San Ildefonso de Alcalá; el tercero y cuarto, su toma de hábito 
y la consagración de arzobispo de Valencia , que son los cuatro mejores y más importantes , por la ejecución é indu- 
mentaria; el quinto y sexto aluden á su oración y fervor en la Misa mientras fué fraile , correspondiendo con los 
otros dos literarios de cuando era colegial mayor. Los otros dos mayores, sétimo y octavo , de la segunda tapa, 
representan , el unq , la gran caridad del Santo en dar limosna y favorecer á personas de todas clases y construir 
obras con que socorrer á los jornaleros, en vez de darles limosna que los hiciera holgazanes; y el otro, el tránsito 
piadoso del santo arzobispo. Finalmente, las dos planchas centrales en que, con mal gusto, se colocó un gran 
escudo ducal que partía la plancha, representaba cuatro milagros del Santo siendo ya arzobispo; los de la parte 
superior, en cada uno de ellos, resucitando en el uno á una mujer, en el otro á un hombre ; los de la parle inferior, 
otros dos milagros, sacando á un niño de un pozo, el uno, y el otro curando á un leproso. Estas dos planchas, que 
debieran ser las mejores como centrales, son las más desgraciadas en el pensamiento y en su monótona y mala 
ejecución. Quizá el artista tuvo que ceder, como sucede muchas veces, á las exigencias y caprichos del que le 
pagaba, y el siglo xvn no fué del gusto más depurado en este concepto. Cualquiera comprende que las dos tablas ó 
chapas centrales, como principales de las cubiertas , no debieron aludir á la nobleza del Duque con su enorme escudo, 
sino al asunto principal, que motivaba aquella preciosa encuademación ; y, siendo el libro de sermones, claro estaque 
la una debió representar al Santo escribiendo y la otra predicando aquellos preciosos discursos ú. homilías, á cuya 
conservación honorífica se dedicaba tan rica, costosa, esmerada y artística encuademación. Esto dictaban el sen- 
tido recto y el buen gusto: á los dos faltó el artista en aquel caso. Conviene que esta crítica se haga, y aun más, 
que se tenga en cuenta, para que en estos casos los artistas procuren siempre no fallar á la razón y á la estética, 
cediendo á exigencias de adulación, de capricho, ó de indiscreta piedad, so pena de que llegue un dia en que 
vean sus trabajos sujetos á severa censura. 



164 



EDAD MODERNA.— ARTE CRISTIANO. — GRABADO. 



Resta ya solamente deslindar los asuntos de esos doce grabados y juzgarlos. Lo primero es fácil teniendo en 
cuenta la rápida biografía del santo arzobispo , tomada de la que hizo con más extensión nuestro buen Quevedo 
arriba citado á este proposito. 

Representa el primero la toma de posesión de su beca en el Colegio Mayor de San Ildefonso, el dia G de Agosto 
de 1508. Los dos primeros colegiales, admitidos por Cisneros antes de aquel dia, eran el bachiller Antonio de la 
Fuente, natural de Tarazona , y confesor que fué de la Reina Germana, y el bachiller Pedro del Campo, primer 
rector de la Universidad y después obispo de Utica. Estos vinieron de Salamanca, y, como anteriores al dia 6 de 
Agosto, serian quizá á los que aludiera el artista en los dos colegiales que figuran en el acto de la toma de posesión á 
que alude el primer medallón ó recuadro, en que Santo Tomás recibe su beca de mano del rector. La ceremonia se 
reducía en Alcalá á presentarse el nuevo colegial con la beca plegada sobre el hombro izquierdo: el rector, después 
de tomarle juramento de guardar las Constituciones del colegio, le pasaba la media beca del hombro izquierdo al 
derecho, dejándola cruzada sobre el pecho, colgando ambas puntas por la espalda hasta los talones, y poniéndole en 
seguida el bonete cuadrado académico, no de picos ó clerical como representa el grabado, sino aplastado en figura 
de celemín, como aun lo llevan los canónigos en Salamanca, Valladolid, Avila y Zamora. Para mayor anacronismo, 
el artista representó ya al joven colegial cou cerquillo de fraile. 

Lleva el segundo recuadro la fecha de 1514 y representa al santo Colegial ejercitando en un acto académico, ora 
fuese para el grado de Maestro en Artes, que recibió en aquel año, ora para oposición á Cátedra. Ocho colegiales de 
San Ildefonso, vestidos, como ól, de manto, beca y bonete, escuchan atentamente su disertación, mientras otro 
noveno, en paraje más próximo á la cátedra , parece disponerse para argüirle. 

Quevedo dice, que leyó un curso de Artes: otros le suponen catedrático por espacio de tres años. Sí la cátedra la 
obtuvo en 1514 , y entró fraile en Salamanca el dia 21 de Noviembre de 1516, no pudo ser catedrático por tres años, 
al menos completos. Un cuadro, que parte y desentona el asunto, figura la Presentación de la Virgen María en el 
Templo, cuando siendo niña la llevaron allá sus ancianos padres, quizá porque la fecha del ascenso á la cátedra 
coincidiese también con esa festividad del mes de Noviembre. La representación del asunto no puede ser más anacró- 
nica en todo lo que se refiere á la indumentaria y liturgia hebrea, pero á bien que el platero no hizo más ni menos 
que grabar cual pintaban, y por desgracia todavía pintan, los buenos artistas cristianos. Algo mejor desempeñado 
está el asunto que figura el tercer recuadro de la toma de hábito, el dia 21 de Noviembre de 1516, en Salamanca. 

El de la consagración lleva la fecha de 1554 (1) y está hecho por mejor y más experta mano: las fisonomías tienen 
mayor y mejor expresión, el plegado de las vestiduras pontificales mejor ejecutado y de mejor ornato y gusto: las 
posturas y fisonomías de los canónigos, doctores y frailes, que asisten al acto, son más dulces, variadas y expresivas; 
indudablemente son los mejores grabados éste y el 5.", en que Santo Tomás, entrega 4.000 ducados á un caballero 
que al pecho lleva una cruz, al parecer de Montesa (2). 

Después de figurar en esto las varias ocasiones en que el santo arzobispo socorrió con larga y generosa mano á 
personas , no como quiera pobres y desvalidas , sino también á varios nobles é hidalgos , el artista tuvo el talento de 
representar en lontananza á varios obreros, trabajando en la construcción de un edificio religioso, que desde la ven- 
tana se descubre y que quizá sea el colegio fundado por él. 

Refieren los biógrafos del Santo, que viéndose éste en cierta ocasión comprometido en la continuación de la obra del 
palacio arzobispal y otras que había emprendido, entró en escrúpulos sobre esto y mandó despedirá los trabajadores. 
El arquitecto ó maestro de obras, para curarle de aquella vacilación, se valió de un medio sencillo, que encierra una 
gran lección de economía política y caridad cristiana. Reunió á todos los trabajadores despedidos, con sus mujeres, 
niños y demás familia, y los condujo á la puerta del palacio arzobispal á pedirle limosna al santo arzobispo. Asustado 
este al ver aquella gran turba de mendigos, fuera de lo acostumbrado, preguntó el motivo. El arquitecto que 
estaba á la mira, y esperaba la pregunta, le respondió :— Señor, vienen á que sn reverencia les dé sin trabajar y do 
limosna lo que antes les daba por su trabajo. Toda esta gente se mantenía con las obras que costeaba la mitra : para- 



(l) El grabador equivocó la fecha anteponiendo un 5 .ti 4, de donde resultó el nfio 1554 e 
grante el Arzobispo Tabera, en San Agustín de Valladolid. 

(ti) Viendo el Cabildo do Valencia la gran pubriíza del santo arzobispo, al venir á su Díóci 
punto los envió al Hospital. 



'. del 1545, que fué el de la ¿onsagracion. Fué consa- 
le regaló 4.000 ducados. El Santo dio las gracias, y al 



1>L 



CUBIERTAS DE PLATA DE LAS OBRAS DE SANTO TOMÁS DE VILLANUEVA. 



das éstas, tienen que mendigar y pedir limosna. Convencióse al punto el santo obispo que la limosna del trabajo es 
mejor que la limosna dada al mendigo. 

Atinado estuvo el artista cuando al lado de las grandes y copiosas limosnas, que tanto honraron la memoria del 
santo arzobispo y escritor, representó en lontananza y en el fondo del recuadro las obras que costeaba, y en que inver- 
tía gran parte de sus rentas, favoreciendo las artes y la industria, y dando acertadas limosnas, tanto más meritorias 
cuanto más útiles y más disimuladas. Los que al ver un edificio religioso y artístico exclaman estúpidamente— 
¡cuántos puentes y carreteras se podían haber construido con esta piedra! debían tener en cuenta este suceso, y, que 
los que construyeron esos edificios y sus artefactos, ni tenian obligación de hacer puentes y carreteras, ni dejaban 
de hacer un gran beneficio á la sociedad , dando trabaj o A los j omaleros y ocupación á los artistas . 

Terminada la descripción y examen de la parte artística, para conservar en cuanto sea posible la memoria de 
aquella riquísima joya y preciosa antigualla, en mal hora perdida para las Artes, resta decir algo acerca de la auten- 
ticidad del original sobre lo ya indicado anteriormente acerca de su procedencia y vicisitudes. Al ver las certifica- 
ciones que acompañan al libro, lo ilustre y magnifico de su procedencia y ornato, la espléndida y desinteresada gene- 
rosidad del donante , la antigüedad de ésta y la cesión hecha á una corporación tan respetable como el Colegio Mayor, 
de San Ildefonso de Alcalá, que con veneración cristiana aceptó y conservó el manuscrito de su santo Concolega, 
parece inconveniente el poner en problema esta autenticidad con hipercríticos alardes. Por otra parte la cuestión de 
saber si el manuscrito traído á Madrid y conservado en la Universidad es ó no autógrafo de Santo Tomás de Villa- 
nueva, es más bibliográfica, que no arqueológica y artística. Con todo, los amantes de la critica bibliográfica desea- 
rían saber algo acerca de esto, y los demás no debeu extrañar que , al hablar de los adornos del libro, se diga algo 
acerca de la autenticidad del manuscrito , que necesita un detenido examen de bibliófilos y paleógrafos, que hasta el 
dia no se ha hecbo. 

Rezabal-Ugarte, en su Biblioteca de los escritores que han sido colegiales mayores, dá noticias acerca de la vida 
del Santo, de sus biógrafos y de las edicioues que se han hecho de estos sermones, pero ni siquiera dice dónde estaba 
guardado el original, y eso que estaba en un colegio mayor. ¿Sería esto por incuria? ¿Sería que en Alcalá tuviera la 
piedad casi olvidado el rico manuscrito? 

Es más, añade el mismo bibliógrafo; la noticia siguiente: «El P. Esteban García, en el capítulo 35 de la Vida del 
Santo, y Equiara en su Biblioteca Mexicana, aseguran que el P. Alonso Vera-Cruz, puso en latín los sermones, que 
predicó eu castellano.» Luego el Santo no los escribió en latín. 

Esta noticia pone en problema que el original de los sermones, honrado como tal, sea verdaderamente de letra 
del Santo, á pesar de todas las certificaciones anteriormente citadas que tiene el libro. Parece indudable que el Santo 
los predicó en castellano: en el original Complutense están en latín. La letra de éste es más gruesa y clara que la 
del papel firmado por el Santo, que por vía de comprobación se puso en el mismo volumen. Consta que el Santo se 
opuso á que so imprimieran y publicaran sus sermones, cuando se lo rogó el obispo de Segorbe D. Juan Muñatones, 
fraile de su mismo hábito, que escribió un compendio de su vida, pocos años después del glorioso tráusito del santo 
arzobispo {1). ¿Cómo, pues, avenir todas estas discordantes noticias? ¿Sería que los colegiales mayores tuviesen este 
original por dudoso y por ese motivo lo retirasen á la sacristía donde se viera menos? Mas entonces ¿cómo se 
atrevían á guardarlo entre las reliquias? 

De todos modos es muy notable el silencio de Rezabal-Ugarte acerca de él, y la poca importancia que parece 
habérsele dado en Alcalá, á pesar de su mérito bibliográfico, si era original de Santo Tomás de Villanueva, teniendo 
además en cuenta el valor de sus riquísimas cubiertas. Todo esto contribuye á que se ponga en duda si este ma- 
nuscrito es el original de las obras de Santo Tomás de Villanueva. 

El que las tuviese por originales la Universidad de Alcalá, hace poca fuerza. La cesión no se hizo á la Univer- 
sidad de Alcalá, sino al Colegio Mayor, que era corporación distinta y supeditada á esta. Ni hubo siempre en la 
Universidad misma el mejor criterio en estas materias. El cáliz y anillo, que se decian de Cisneros, y que fueron 



(1) Esta vida del Santo cb del afio de 1S72. — El oljiapo de Guadix en hu bibliografía critica dice á propósito de osto: * Tanta fait títri modestia, ut c 
Illiiatrisiiitim Dmue. Joamtcs Muíiattmr.x , ejum/cm ordíiiii Dit-i. Au-jiistiiá St.yi/ri'ic-mii.1 I-lpincupus , de malnrtutda concionum saaram alitimie etuii obiiüú roye 
respondióse feriar, se non lam openm worum eme admiratorem "i tmuitatem augusto: suie daetrinm iiipubUmm tmtiUret.% 

TOMO IV. }-T 






EDAD MODERNA. — ARTE CRISTIANO. —GRABADO. 



robados en la misma aciaga noche, en que desaparecieron las ricas cubiertas de oro y plata, que dejamos descritas 
no habian pertenecido al dicho Cardenal. Bastaba ver el cáliz y sus follajes churriguerescos para conocer que era 
obra del siglo xvn, y no de principios del siglo xvi. Por lo que hace al anillo robado, su pérdida es poco sensible, pues 
era notoriamente apócrifo. El verdadero anillo fué robado, y quizá no por franceses, en 1808 á 1809. .Regalado al 
intruso José Bonaparte , lo llevó consigo en su emigración. Lo hizo montar de nuevo al estilo moderno para poner en 
él unas letras, en que se espresó haber sido del Cardenal Xlmenes (sic). Poco antes de su muerte diólo á un obispo 
norte-americano, éste lo regaló en Roma al Cardenal de la Puente, el cual por su testamento lo legó a la catedral 
de Toledo. Así que, el anillo que de 1814 á 1836 se enseñaba en el gabinete arqueológico de la Universidad de Al- 
calá, era un anillo cualquiera, sacado de su antigua y rica dactiloteca, y que alguna persona poco escrupulosa quiso 
calificar de anillo del Cardenal Cisneros (1). 

Resta solamente decir, que la Universidad central conserva ahora pobremente y en su antigua y modesta caja, 
el destrozado original de las obras ó sermones de Santo Tomás de Villanueva, despojado de sus ricas y artísticas 
cubiertas. Ni aun fué posible al restaurarlo dorar los cortes, como los tuvo en otro tiempo , impidiéndolo el mal estado 
del papel, casi podrido por la humedad. Cuando el Claustro regaló á la reina Isabel para su Real capilla el Lignmn 
Crucis, que León X remitió á Cisneros, cuya cruz de oro y cristal de roca también desapareció en época anterior al 
robo ya referido, esperaba la Universidad que se hubiesen repuesto las ricas cubiertas. Es probable que lo hubiera 
hecho así aquella señora, que gastó 14.000 duros en hacer un riquísimo adorno para aquel Lignmn Crucis. Con mucho 
menos se hubieran repuesto los perdidos nieles y las ricas cubiertas, mas por desgracia no hubo quien lo indicara. 

Hoy la Nación no está ya para pensar en eso. 



aifeaté y probé un un artículo publicado en la Revista Católica, titulado La Cruzada, i 



\ü 



LA 



IGLESIA DE SAN BARTOLOMÉ 



EN EL HOSPITAL DEL CARDENAL. EN nÚRDOM, 



VULGARMENTE LLAMADA 



MEZQUITA DE ALMANZOR; 



DON RODRIGO AMADOR DE LOS RÍOS, 

Licenciado cu las Facultades ili? Filosofía y Letras y de Derecho. 




uieren los escritores cordobeses, que entre los monumentos visita- 
dos con particular preferencia en Córdoba por el viajero, figure al 
lado de la suntuosa Mezquita Aljama de Abd-er-Rahman, la deno- 
minada Mezquita de Almanzor, situada en el Hospital general ó 
de Agudos, de la referida metrópoli. 

La tradición que ha fantaseado peregrinas é ingeniosas leyendas, 
llenas de misterios y de poesía, donde quiera que la casualidad ha 
descubierto vestigios de construcciones musulmanas, apoderándose 
el edificio á que aludimos, le ha cubieerto con sus alas; y procu- 
rando enaltecerle, le ha hecho aparecer como una de las joyas más 
estimables de aquella civilización exuberante de vida, que nace, se desarrolla y decae á la sombra del poderoso 
imperio de los Califas de Occidente. 

No era, sin embargo, esta tradición de las que abriéndose paso á través de los siglos, adquieren, con el trascurso 
de los años, rio dudosa autoridad é importancia, suficientes ambas para servir de fundamento á los severos juicios de 
la Historia: nacida en el último tercio del pasado siglo, cobraba á poco andar desusado ascendiente, y avasallando 
á su influjo el criterio de los historiadores cordobeses, se presentaba, ya en la actual centuria, con la apariencia de 
un hecho incontrovertible. 

Verdad es, que , de tiempos antiguos , habia sido en Córdoba la tradición popular venero inagotable , adonde acu- 
dieron los historiadores y eruditos, para investigar las decantadas grandezas que ennoblecieron y hermosearon un 
dia la opulenta corte de los descendientes de Abd-er-liahmau-ebn-Moawia : ella, con el nombre de Córdoba la Vieja, 
y bajo el denso polvo de los siglos, habia conservado viva en los montones de ruinas allí esparcidas y sepultadas, la 
memoria de aquellos Alcázares maravillosos, levantados por la magnificencia de Abcl-cr-Hahman III en el recinto de 









„-=«*»'"' 



108 



EDAD MEDIA.— ARTE CRISTI ANO.— ARQUITECTURA. 



i Az-Za7i¡ri ; ella , también , al perpetuar el piadoso recuerdo de los santos mártires de Córdoba , había conser- 
vado indeleble en los restos de torreones y murallas del Alcázar Viejo , y en el llamado Campo de los Sanios , la memo- 
ria del Alabar primitivo de los Califas cordobeses; y apoderándose, en una palabra, de aquellas venerandas reli- 
quias, testigos en otro tiempo de la grandeza de Córdoba, las cuales se ofrecen por todas partes dentro de la ciudad, 
-trasmitíase creciente y poderosa de una a otra centuria, para no borrarse jamás, ni aun destruido el objeto mismo! 
causa de su existencia, y cuya pasada gloria proclamaba. 

No lejos de la Puerta de Almodóvar (1) ábrese una calle, en la cual, afines del pasado siglo existían, aunque ya 
destrozados , < unos rastros grandes de fortaleza : » señalábase la calle con nombre del Rey Almanzor , que todavía con- 
serva, y en tiempos antiguos parecía extenderse la referida fortaleza «no sólo á todo el Huerto ó Solar que dicen del 
» rey Almanzor, sino también á la casa de uno de los Mayorazgos de Don Domingo de Guzman , y todo lo que es 
» hoy el Hospital del Cardenal con la iglesia de San Bartolomé, y lo demás, hasta dar la vuelta por la calle de 
«los Judíos. » «Todo este grande ámbito (prosigue el autor a quien copiamos), es tradición muy antigua ser Palacio 
» del Rey Moro Almanzor (2). » No guardan, por desgracia, los historiadores árabes memoria del palacio que el glo- 
rioso Mohámmad-Abú-Amer-Almanzor , Hagib de Hixem II , habitó en Córdoba desde el principio de su elevación a 
los primeros puestos del Estado; pero sobreponiéndose la tradición á este olvido en que incurrieron los escritores del 
Califato, ha señalado al fin como tal , aquel grandioso edificio , de cuya importancia deponían en 1772 «unos rastros 
grandes de fortaleza,» supuesto que en el sentir de algunos historiadores, confirmaba plenamente la circunstancia de 
que «desde las casas que decimos del Rey Almanzor, hay dos antiguas minas muy capaces , y á trechos ciertos des- 
» cansos 6 salones anchos, que ya están en parte ciegas y en parte cortadas.» «La una de estas minas subterráneas 
» (continúan) , camina á la Mezquita mayor, y la otra al Alcázar Viejo , cerca del Rio.» «Estas dos minas (concluyen) 
» denotan que estas casas eran de este Gobernador (AI-Manzor), una para ir á la Mezquita y la otra para ir al Alcázar, 
» donde estaba Issén y á quien tenia baxo su tutela, etc. (3).» 

Carecia, no obstante, la tradición de un testimonio fehaciente, que sólo le era dado ostentar á fines.del pasado 
siglo , para adquirir entonces autoridad legitima y verdadera. Existía por ventura dentro de aquel recinto que venia 
señalándose como palacio del «Rey Moro Almanzor,» una pequeña iglesia ó capilla consagrada bajo la advocación de 
San Bartolomé, la cual hubo sin duda de adquirir en los primeros dias de la xvm.' centuria, el Cardenal Obispo 
de Córdoba- Don Fray Pedro de Salazar, al comprar «junto al convento de San Pedro de Alcántara,» unas «casas 
principales,» con el fin de «fundar un colegio para criar Niños de Coro (4) :» ofrecíanse en sus muros algunas ins- 
cripciones arábigas, nunca antes consultadas, y á ellas demandaron discretamente los eruditos la resolución del caso, 
si bien su sola existencia testificaba ya en su sentir loanteriormente sustentado por la tradición 4 que venimos alu- 
diendo, ó sea la indubitable autenticidad del Palacio de Al-ManzOr, en aquel paraje levantado. 

Interpretadas acaso á instancias del autor del Memorial dé los Sanios de Córdoba, que es quien por vez primera las 
publica (5),— «por un doctísimo católico, nacido en Belén, y peregrino en esta Ciudad,» daban, con efecto, el resultado 
deque «Almanzor y Estima, su mujer, labraron aquella Mezquita en la Hégira 366 (que empezó por Agosto del año 
«deChristo de 976) dentro de su Palacio, dando gracias a Mahoma, porque les habia concedido ganar esta tierra (6).» 
Fortalecida en tal forma la tradición, quedaba desde luego sentado que todo aquel amplio recinto de la parte Norte 
del Alcázar Viejo, fué morada de Al-Manzor, desde antes del año 366 de la Hégira. No otro habia sido el resultado 



(1) El erudito catedrático de lengua arábiga en Granada D. Franchón Javier Simonet, en el apéndic 
(Madrid, 1858}, al enumerar las primitivaa puertas de Córdoba, apunta la idea de que la antigua Bib-al-ehat 
tle Badajoz, sea atal vez la moderna de Almodúvar» (pág. 193). La circunstancia, digna de estima, de hallar 
fué Judería, autoriza la sospecha de ( 



a fácil ya averiguarlo. La de Almodúvar 
, como lo indica la calle que a 



s núm. II de su leyenda histórica Almanzor 
i, Puerta del Tránsito ó Bib-Balhalior, Puerta 
o esta puerta en la extremidad de lo que 
mada hoy Purria del Almodónar , debió ser la conocida con el nombro de Bíb-Yeliud ó Puerta de los Judíos 
De esta opimon es también el dootn aeadémice D. Podre de Madrazo (tomo de Córdoba de loa Beeuertlos y Belleza, de España , pág. 331 ), quien al propó.ito 
escribe, después de enumerar las puertea de la opulenta corte de los Califas: e¿Qué puertas eran estae? No 
anuizáa podrá haberse llamado puerta de loa Judíos, por caer hacia aquella extremidad el barrio d 
auombre, etc.» 

(2) D. Bartolomé Sánchez de la Feria y Morales, Palestra sagrarla ó memorial de los santos de Córdoba, tomo i, pág. 133 (ed de 17721 

(3) ídem id. id., pág. 138. 

(4) Bravo, Catálogo de los Obispos de Cardóla, tomo II, cap. iv, pág. 741. 

(5) Con efecto , así resulta de las palabras con que el mencionado escritor consigna eate hecho : « ...ea tradición muy antigua ser Palacio del Rey Moro 
«Almanzor, y lo testifica In inscripción arábiga que hay en las paredes de dicha Iglesia de San Bartolomé , que leída ( dice ) estos días..., etc.», ( tomo i, 
pag. 133 adjlnem). Sin embargo, según en el texto consignamos, habian sido ya traducidaa en 1766 por el embaiadnr de Marruecos en la Corte de' 
Carlos III. 

(6) Paleslr. sagr. ó ti 



i. de los sant. de Córd., tomo i, pág. 134; oí P. Feria reprodm 



esta i 



ripiion 






v do su obra. 



LA IGLESIA DE SAN BARTOLOMÉ EN CÓRDOBA. 



169 



que las referidas inscripciones arrojaban, — y que no hubo de ser conocido por aquel autor, — al detenerse en Córdoba el 
año de 1766 el embajador del Sultán de Marruecos, Sidi Abmed-El-Gacel ; consultado éste, con efecto, á presencia 
del monumento, interpretábales en el mismo sentido, si bien bajo otra forma más acorde, en verdad, con la manera 
de expresarse los mahometanos : 

« En el nombre de Dios todopoderoso (decia) labraron esta mezquita para su adoración y de su profeta Mahomael 
Wacir Muhamad Álmanzor y su muger Fátima en la égira 366, (año 276).» «Alabado sea Dios (!).)> 



Comprobado una y otra vez, cual queda expuesto, el testimonio de la tradición, no fué, ni pudo ser en adelante 
objeto de duda para los eruditos, que el magnifico Palacio del poderoso Hagib de Hixeni II, hubo de levantarse en la 
llamada hoy calle del Rey Álmanzor, como acreditaban aquellos «rastros grandes de fortaleza,» aun subsistentes 
en el pasado siglo, y de la cual había memoria que en tiempos antiguos se extendía por el Huerto del Rey Álmanzor 
y Hospital del Cardenal , hasta dar la vuelta por la Calle de los Judíos. No de otra cosa persuadía , con efecto , en el 
común sentir, la existencia de aquella Mezquita, respetada por los conquistadores de Córdoba, y que al ser adquirida 
por el Cardenal don Pedro de Salazar, pasaba integra á formar parte del Hospital a que dio su nombre la munificen- 
cia de tan ilustre prelado. 

La eficacia de aquellas inscripciones arábigas, menospreciadas hasta 1766, y traducidas con igual sentido y for- 
tuna por el embajador de Marruecos y el «doctísimo católico» de Belén, desvaneciendo las sombras que envolvían 
aquellas ruinas no permitían tampoco vacilación ; porque si bien la interpretación del segando hacia constar que la 
Mezquita , consagrada más tarde á San Bartolomé , era construida « dentro del Palacio, » de Al-Manzor ; y la de Sidi- 
Ahmed-el-Gacel , guardaba silencio en este punto , — evidente era que , dado el testimonio de la tradición , fué labrada 
por «Al-Manzor y su mujer Fatima» en el recinto murado, propio para su morada y recreo, y no fuera de él, como 
pudiera sospecharse. 

Así hubo, con efecto, de comprenderlo uno de los más infatigables investigadores de las antigüedades cordobesas, 
cuando al tratar de la Iglesia de San Bartolomé, escribe: «La capilla que es hoy del hospital del Cardenal fué mez- 
» quita particular del gobernador ó Wacir Muhamad Álmanzor, que en aquel sitio tuvo su palacio, por lo que el 
» huerto que está á espaldas del citado hospital es llamado vulgarmente del rey Álmanzor, el cual gobernó el reino 
» en tiempo de Hixem II.» « Esta mezquita (añade), está bien conservada, y entre las muchas inscripciones que 
» tiene, algunas ya ilegibles, hay una que tradujo el embajador de Marruecos Sidi Hamet-elgacel, » que es la que 
nosotros hemos reproducido (2). 

Aceptado el hecho, no vacilaron en consignarlo los escritores posteriores, á quienes llegaba ya la tradición reves- 
tida de la autoridad que parecían concederlo las inscripciones arábigas conservadas en los muros de la Iglesia de 
San Bartolomé. «Cuando el hagib vUnianzor (dice arrastrado por ella muy docto arqueólogo de nuestros dias), usur- 
» pando al menguado Hixem II su autoridad, gobernaba la monarquía cordobesa, tenia su palacio al norte del alcá- 
» zar real, y sus jardines se extendían á todo lo que es hoy huerta del rey, entre el arroyo del moro y las heras de la 
» salud. Ese palacio tenia su correspondiente mezquita , y esta mezquita subsiste hoy casi intacta por dentro , aunque 
» convertida en capilla cristiana por el santo rey con la advocación de S. Bartolomé. Su fachada indica claramente 
» el cambio de destino que en ella se verificó entonces. El interior es una celia ó cámara con bóveda ojival de ner- 
» vios que arrancan de sendas repisas bizantinas. Su decoración forma dos zonas : la primera de alicatado, dibujando 
» entrelazados florones; la segunda, de delicada labor morisca en la disposición siguiente. Primero tres fajas de ins- 
» cripciones de caracteres africanos sobre fondo de ataurique; luego otra de recuadros con escudos de armas, sin más 
» blasón que la banda diagonal, usada por algunos reyes islamitas ; después, un entrepaño, menudamente trabajado 
» de lacería formando estrellas y rosetones, en que alternan escudos y estrellas en escaques; encima una hermosa 
» faja de lazo-laberinto, y por remate almenitas dentadas ornamentales. Es capilla de hospital desde que fundó el 
»que lleva su nombre el cardenal D. Fr. Pedro de Salazar, obispo de Córdoba (3).» 



(I; D. Luía liamircz de las Casas-Di 

(2) ídem , id., paga, 55 y 5G. 

(3) D. Podio do Madraau, tumo da Córdoba de 



li'iliartlíir On-ihibii (Cúrduljíi, 1837), \¡i\ 
Rü;tt>-rd'!., '/ LicU.c--.<.i.¿ dr. Kqia 




La tradición , pues, logrando avasallar la crítica arqueológica, ha llegado en esta forma hasta nuestros propios dias 
y subsiste aún entre los eruditos de la antigua metrópoli de Al-Andálus (1); pero, dados los últimos progresos de la 
ciencia arqueológica, ¿puede ser aceptada tal y como hasta aquí lo ha sido? ¿Eran, en realidad, los «rastros grandes 
de fortaleza» que existían en la calle del Rey Almanzor, á fines del siglo xvín , residuo del Palacio que en el año 3G6 
de la Hégira (976 J. C.) habitaba el victorioso Hagib del hijo de Al-Hakem II? ¿Es realmente cierta la tradición que 
acredita ser la Igesia de San Bartolomé , hoy capilla del Hospital General , la Mezquita de Almanzor? Tal es el 
estudio que nos proponemos realizar en la presente Monografía. 



II. 



Próximo estaba el momento en que, después de haber subido á su más alto grado de esplendor y de grandeza el 
poderoso imperio á que dio origen el fugitivo vastago de los Omeyas de Oriente, habia de extinguirse al deletéreo 
influjo de las discordias civiles, el brillo de aquella fastuosa monarquía, cuando apareció en Córdoba el celebrado 
caudillo Abú-Amer-Mohámmad-ebn-Abdil-láh-ebn-Abi-Amer Al-Maafirí , conocido por el sobrenombre de Al- 
Manzor, que le conquistaron más tarde sus victorias. 

Gobernaba á la sazón en Al-Andálus el hijo del grande Abd-er-Rahman III , llamado Al-Mostanssir-bil-Láh 
Abdil-láh Al-Hakem ; 11." de este nombre, en cuyos dias le era dado recoger á Córdoba el fruto de aquella grandeza 
de actualidad, de que daban claro testimonio así la multitud de Academias y establecimientos de enseñanza que en 
su recinto existían, como el inusitado incremento que alcanzaron las letras, en cuyo cultivo se ejercitaban las prin- 
cipales damas de la Corte , y aun la misma Sobh, la preferida del Califa y madre del príncipe Hixem II (2). No era 
por cierto testimonio de menor eficacia , respecto de aquel florecimiento maravilloso que parecía presentir ya 
la total ruina del poderío musulmán con la destrucción del Califato (3) , ,1a obra acometida por Al-Hakem en la 
Mezquita- Aljama , cuyo ensanche y embellecimiento medita y realiza apenas es jurado y reconocido Amir de los 
creyentes ; prolongando 150 pies más al Mediodía las once naves primitivas mandadas construir por Abd-er- 
Rahman-ebn-Mofiwia, y concluidas y hermoseadas por Hixem I (4), dotaba con efecto á aquel templo sin igual del 
magnífico M/'/trab que hoy ostenta, terminado en Dzul-Híchah del año 354 de la Hégira (965 J. C.) (5), poniendo 
término y remate á tamaña empresa con la construcción del Bar-as-sadaca ó Casa de la limosna, la Macssura ó 
lugar reservado á los ministros del templo , y algunos otros departamentos de menor importancia (6). 

En tales momentos, pues , aparecía Al-Manzor : contaba apenas veintiséis años , cuando desprovisto de todos bienes 



(1) Tal acredita, con efecto, el artículo que bajo el epígrafe de La Mezquita de Almanzor en el hospital general de Agudos, llamado del Cardenal Salazar, 
publicó en loa números 6.812 y 6.814 del Diario de Córdoba, correspondientes al domingo 4 y al miércoles 7 de Mayo de 1873, nuestro ilustrado amigo 
D. Rafael Romero, director de la Escuela de Bellas Artes y secretario de la dimisión provincial áe monumentos artísticos é históricos de aquella provincia, 
quien nos acompañó, á fines dü Febrero último, en la visita <|iio hicimos á este itituinmento. 

(2) Entre las poetisas y mujeres doctas se encuentran la bella é ingeniosa Radhia, que llegó á vivir 107 años {31ti— 423 H.— 929 — 1032 J. C.)i 
Labna, Fáthna-bent-Zaearía, Áixa, Meriem, con otras que menciona Conde ( iliat. de ladom.de loa úr. en Esp,, tomo i, cap. xcm, pág. 482). 

(3) Al-Khaulani, citado por Al-Macean ( Hb. III, cap. IV), refiere que contemplando Al-Manzor laB obras de su palacio de Az-Zahjra, presintiendo 
la próxima ruina del Califato, esclamó: «Pronto ti fuego de laB civiles discordias prenderá en los muros de este palacio, y las bellezas de Az-Zahyra 
s, desaparecerán con ellos de la faz de la tierra. Esta mansión espléndida será asolada y convertida en escombros; sus jardines se tranformarán en mustio 
«páramo; mis tesoros rodarán entre el polvo, y lo que es hoy teatro de placer y de alegría se trocará en escena da desolación y de ruina.» Reproduce esta 
noticiad erudito D. Pedro de M adrazo en su tomo de Córdoba de Iob Recuerdos y Bellezas de España (págs. 198 y 199, nota), de donde nosotros la 



(4) Historias de Al-Andálus de Aben-Adharí de Marruecos, traducidas por D, Francisco Fernandez y González, págs. 123 y 142. «Fué este Hixem 
»(d¡ce) el que terminó los acicafes (techos) de la Mezquita Aljama de Córdoba y levantó su minarete Al-Cadima, y edificó el alrnidá (lugar de la, 
» ablución) Al-Agiba.» 

(5) Asi consta de la inscripción que en caracteres cúficos existe en la franja inferior de las dos que se ofrecen en todo el perímetro del Mihrab: 

(6) a Edificó Al-Hakem ( dice Aben-Adharí de Marruecos, pág. 256 de la ed. de Dozy), al occidente de la Mezquita la cámara llamada Dar-as-sadaca 
»ú casa de la limosna, porque su destino era para socorrer con dinero á los pobres. ¡Dios excelso le haya perdonado!» Al-Maccari trae también noticia 
de otras varias construcciones de este Califa, entre las cuales bo cuenta el edificio consagrado á hospedar á los pobres, situado enfrente de la puerta 
principal de la Mezquita por el lado de Occidente. Hace sospechar esta circunstancia que el establecimiento piadoso fundado por Al-Hakem, estuviese en 
el mismo sitio que el Hospital de niños expósitos, en la calle de Torrijos. Véase respecto de este propósito lo que escribo el Sr. D. Pedro de Madrazo en el 
tomo de Córdoba, ya citado ¡págs. 201 y 202, neta!. 



LA IGLESIA DE SAN BARTOLOMÉ EN CÓRDOBA. 



171 



de fortuna y fiando sólo en el porvenir y la suerte, penetraba en la ciudad de las cuatro maravillas (1). Aficionado á 
las letras , comenzó desde un principio á frecuentar las afamadas Madrisas, «donde se instruyó en la ciencia de los 
alfaquícs (derecho y teología), en la filosofía, la historia y la amena literatura.» sobresaliendo principalmente en 
la interpretación del Libro Santo. Falto de protección y de recursos', y «poseyendo un carácter admirable de es- 
critura , » resolvióse al cabo á establecer en la misma puerta del Alcázar una escuela de hu inanidad es y una oficina 
de al-catib ó escribiente; y «estando aquí (dice uno de sus biógrafos), quiso su buena fortuna que el noble wacir 
»Abdelmelic Ebn-Xolieid , que habia sido hagib de Abderrahman Annasser ( Abd-er-Rahman III), y que privaba 
» mucho con el actual califa Alhacam, le llamase á su casa para encargarle la copia de ciertos códices. Pues como el 
» wacir quedase muy pagado de la hermosa letra de Mohammed , y conversando con él, echase de ver su ingenio y 
»sabiduíía, le tomó cariño, le procuró otros trabajos semejantes, con cuya recompensa remediara sus necesidades, 
»y le prestó, en fin, tales favores y ayuda en aquellos malos tiempos , que fueron en verdad mucha parte y el ci- 
» miento para su engrandecimiento futuro (2).» Galib-An-Nassery, liberto de Abd-er-Rahman ÍII, y famoso caudillo 
que gozaba de gran favor en la Corte, protegió asimismo al joven Abú-Amer-Mohámmad, y por su mediación y la 
del wacir Ebn-Xoheid , logró penetrar en el Alcázar en calidad de secretario ó escribiente de la sultana Sobh (3). 

Poco tiempo después (356 H. — 9G7 J. C.) era nombrado inspector del Dar-as-sekka ó Casa de la Moneda, 
apenas cumplidos los veintiocho años de edad (4) , comenzando desde entonces para Mohámmad la verdadera época 
de su engrandecimiento. Dos años adelante (Moharram de 358, 969 J. C.) obtenía el cargo de secretario del tesoro y 
oficina de herencias, y en Dzul-Hichah del mismo año el de Cadhi de Ixbilia y Libia (Sevilla y Niebla) ; elegido 
ayo del príncipe Hixem en 359 (970) desempeñaba sucesivamente los puestos de Sahib ax-Xortha Al-Guosíha ó 
prefecto de policía en las comarcas centrales de ALAudálus, el año 361 (972 J. C), y finalmente el de Sahib ax- 
Xortha Al-Garbe ó prefecto de policía en las comarcas occidentales, que alcanzaba en 362 (5). No estaba ni podia 
estar satisfecha su despertada ambición con tales cargos: á ellos anadia en breve el de jefe de la guardia de Slavos 
que custodiaban la persona y el Alcázar del Califa, y el de tutor del príncipe, cuya educación le habia sido espe- 
cialmente encomendada por el mismo Al-Hakem ; y aunque comenzaba á sentirse su influencia en los asuntos de la 
Corte, en la que le daba alta representación la tutela de Hixem, eran, sin embargo, obstáculos poderosos á su 
engrandecimiento los mismos que le habían protegido hasta aquellos momentos. 

La muerte del generoso Califa (366 H. — 97G J. C), durante cuyo pacífico gobierno llegan las letras arábigas á 
su verdadero siglo de oro, habia de cambiar en breve la faz de los sucesos y descubrir en toda su intensidad los pen- 
samientos de Al-Manzor: correspondía , durante la minoridad de Hixem II, la dirección del Estado al principe Al- 
Moguira, hermano de Al-Hakem, quien en vida de éste habia tomado ya no pequeña parte en la gobernación del 
imperio: esta circunstancia, alterando los planes concebidos por el tutor de Hixem, decidíale á meditar la forma en 
que podría deshacerse de tan terrible adversario, imaginando desde luego la muerte de Aí-Moguira. No vaciló para 
conseguir su propósito en utilizar cuantos medios le sugería su ambición ; y aunque « un hecho de tanta gravedad 
»no podia llevarlo á cabo sin el beneplácito y ayuda de los otros altos personajes del Estado..., supo vencer todos los 
»obstáculos , ejecutándolo con la astucia y mana que solia (6). » 

Desterrados al postre los escrúpulos de aquellos, y con el asentimiento ya del guacir-ad-Daula Chaafar Al-Mushafi, 
tramóse la conjuración , y bajo el pretexto de que el príncipe Al-Moguira, codicioso del poder supremo, intentaba 
el despojo y la muerte de Hixem (7) , fué cruelmente ahogado en los aposentos de su mismo Alcázar, é inmediata- 
mente proclamado Amir al-mumenyn (príncipe de los creyentes) el inocente hijo de Al-Hakem, con el título de Al- 
Muyycd-bil-láh (el favorecido de Allah) el lunes 5 de Safar de la Hégira 366 (2 de Octubre del año 976 de .1. C.) 






(1) Eran estas cuatro maravillas que los escritoras árabes celebran eii Córdoba, lasuntuosa Mezquita-Aljama, el puente romano subre 
las famosas madrisas ó academias y los maravillosos alcázares de Medina As-Zahrá. 
('¿) D. Francisco Javier Símonet, Almaiizor, leyenda histórieo-árabe, pág. 1-1. 

(3) Conde, tomo i, cap. xcv, pág. 492.— Símonet, idem, pág. 34. 

(4) Habia nacido Al-Manzor en Torrox, provincia de Málaga, el año 327 do la Hégira (939 J. C). 

(5) Tomamos estas noticias del autor del Bayan Almogreb (a." Parte, paga. 2G3 á 2G8), citado por Simonet en su leyenda Almmmr (pág. 35, nota). 
(G) Simonet, loco cítalo, pág. 37. 

(7) «Es cierto que algunos señores y oficiales slavos urdieron una conspiración para elevar al emir Almoguira en daño de Hixem y apoderarse ellos 
ídel gobierno; pero también es cierto que el mismo Almoguira no tuvo parte alguna en ello, y aun se bailaba ignorante de todo; de suerte que murió 
:» víctima inocente de las ambiciones ajenas» (Símonet, loco cítala, pág. 38, citando el Bayan Almogreb, n." Parte, paga 27S y -'79 y á Ebu-Jaldun á 
quien hace referencia Al-Macear!, t. i , pág. 257). 



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EDAD MEDIA. — ARTE CRISTIANO. —ARQUITECTURA. 



Apoderados, pues, del gobierno los asesinos de Al-Moguira, repartíanse los cargos públicos, siendo nombrados 
principales Hatjibes Chaáfar-Ebn-Abd-er-Rahinan Al-Mushafi y Galib An-Nassery, el primero de quienes conservaba 
además los honores del guacírato, Moháminad obtuvo los importantes puestos de gitatir ad-Daula ó consejero de 
Estado y de Gualí-l- Medina ó gobernador de la ciudad, los cuales agregó á los que disfrutaba antes de tales aconte- 
cimientos. No se limitaban aquí, sin embargo, los propósitos de Mohámmad ; y buscando los medios de facilitar su 
encumbramiento, procuró destruir la armonía establecida entre Chaafar y Galib, indisponiéndolos en breve, y 
atrayendo por la astucia al último de los citados. Era preciso además, para asegurar por completo el ascendiente de 
que gozaba respecto del pueblo, y le habían ya conquistado, asi sus larguezas y su generosidad como el primer triunfo 
que alcanzó, aun en vida de Al-Hakem, sobre los cristianos (1), oscurecer el nombre y fama de los ministros de 
Hixem II con la gloria de nuevos laureles; y juntando numerosas huestes, una vez hecha la paz con el señor de 
Sinhacha Bollquin-Eb/i-Zeiri, dio principio á aquella serie no interrumpida de victorias que señalan sus gazúas, 
en el mes de Récheb del mismo año de 366 (Marzo de 977). 

Recibióle Córdoba á su regreso con las mayores muestras de entusiasmo, del cual participaba sin reserva el mismo 
Hixem; y la fama de sus victorias , haciéndole merecedor del premio con que el Califa procuraba recompensar sus 
méritos, decidía por fin á éste á nombrarle su Hagib ó ministro del Estado, título á que ardientemente aspiraba 
Mohámmad, habiendo trabajado sin descanso para conseguirlo. Era aquel triunfo, no obstante, causa de los recelos 
de Chaafar, quien temeroso del nuevo ascendiente que por estos medios conseguía Al-Manzor, procuraba enemistarlo 
con el Califa, si bien las palabras del primer Hagib sirvieron sólo para enaltecerle aun más en el concepto del 
soberano, y avivar el odio de Abú-Amer, el cual desde aquel momento preparó sin rebozo su ruina. Para conseguirlo, 
y comprendiendo que no podia á un tiempo mismo hacer frente á dos rivales tan poderosos y temibles cual lo eran 
Chaafar y Galib, procuró á todo trance la cooperación del señor de Medina Selim, con cuyo auxilio le seria más fácil 
destruir al primero, reservando para ocasión más oportuna el deshacerse de su antiguo protector y aliado. Firme en 
este propósito, concertó sus bodas con Ismá , hija de Galib, las cuales se publicaron con grande ostentación y aparato, 
y solicitó del Califa Hixem le señalara uno de sus alcázares ó almunias donde celebrar las fiestas; «y como el Califa 
^quisiese usar con él de real munificencia , le regaló, como para presente de boda', una deliciosa almunia que poseia 
» cerca de los alcázares de Medina Azzahrá, fundación de su abuelo Abderrahman-Annaser (2),» á la cual dio Al- 
Manzor el nombre de Almunia Al-Amería, ó posesión de recreo de los Ameritas. 

Acontecía esto ya á fines de la luna de Dzul-Hichah de 366 (3), y celebrábase el casamiento de Mohámmad é Ismá 
en el alcázar y jardines de la Al-Amería el dia de la fiesta del JVeirus, ó sea el primero de la luna de Moharram del 
año siguiente de 367 de la Hégira , que coincide con el dia 16 de Agosto de 977 (4). Hubo en las bodas «grandes 
» banquetes , zambras y otros festejos , en que el Hagib hizo gastos tan espléndidos y fué tanto el concurso y el 
«regocijo, que estas gualgmas (nupcias), como dice un autor árabe, fueron celebradas y famosas en las regiones de 
Al-Andálus (5).» Seguro, pues , con esta alianza, logró al postre sus designios Mohámmad, encausando á Chaílfar, 
á quien tanto él como Galib acusaban de reo contra el Estado y la seguridad pública, y contra quien recaia al cabo 
sentencia judicial condenándole á prisión perpetua y confiscación de bienes. Prevenido el Califa contra Cha&far, 
después de pronunciada la anterior sentencia, privábale de todos sus honores , separándole del hagibato á mediados de 
la luna de Xaaban del mismo año 367 (Julio de 978), y mandando fuera en él cumplida la ley , como se ejecutó, 
encerrándole en las mazmorras de Medina Az-Zahrá, donde murió envenenado por orden de Mohámmad (6). 

A principios del siguiente año 368 (979 J. C.) daba comienzo Al-Manzor á la construcción del magnífico alcázar 
y población murada de Medina~A:-Zahyra , cuyas obras eran dos años adelante terminadas (370 H. — 981 J. 0.), 
casi al mismo tiempo que sucumbía Galib An-Nassery, víctima de las maquinaciones de su yerno, quien, des- 
embarazado y libre ya de rivales, subia por estos medios á la cumbre del poder que tanto tiempo habia codiciado. 



(1) Siinonet, A 

(2) ídem, id., pág. 52. 

(3) Primeros ilia>¡ do Agosto de 077. 

(4) Señala esta fecha á las bodas de Mohámmad 

(5) Shnonst, saejw. 

(6) Fueron también encarcelados los hijos de Chaafar y 
zonado (ji.* Parte, paga. 285 á 291 ). 



Ismá el Bajan Almogreb (n.* Parte, pág. 285), citado por Símonet. 

sobrino suyo llamado Byxem. En el Bayau Almogreb se afirma que el Hagib fué einpoii- 



1 



LA IGLESIA DE SAN BARTOLOMÉ EN CÓRDOBA. 



173 



III. 



Conocidos pues, todos estos acontecimientos ¿ que ponían en manos de Al-Manzor la soberanía de Al-Andálus, 
colmando con ella sus soñadas ambiciones, y cuya exposición hemos juzgado de importancia en la investigación 
propuesta, ofrécense ya sin dificultad las consecuencias, de verdadera eficacia para nuestro estudio, que de ellos se 
desprenden. 

Tradición constante es en Córdoba, una y otra vez repetida por los historiadores y eruditos, según arriba apunta- 
mos, la de que levantándose al Norte del Alcázar real el Palacio del fastuoso Hagib de Hixem II, se extendía por la 
llamada Calle del Rey Almanzor, y comprendiendo así la Huerta de aquel nombre, como los edificiosen que á prin- 
cipios del pasado siglo era construido el Hospital de Agíalos, llegaba hasta la Calle de los Judíos. 

Ahora bien: dado el supuesto de la tradición, ¿en que época tuvo Al-Manzor su morada en el edificio de que aun 
existían «rastros grandes de fortaleza,» al finalizar el siglo xvín? ¿Fué, acaso, al ser nombrado tutor de Hixem II? 
¿Pudo serlo, quizá, al obtener el cargo de guacir ad-Daula ó consejero de Estado? ¿Seria, tal vez, al ascender al 
Hagibato? Porque no es dudoso reconocer, que para habitar un Palacio independiente del Alcázar, aunque inmediato 
y en correspondencia con éste, era preciso no sólo que el cargo desempeñado entonces por Al-Manzor, fuera de alta 
consideración é importancia, sino también que su presencia fuese constante en el Alcázar del Califa; y en tal con- 
cepto, fácil es de comprender que hasta después de 362 (973 J. C.) en que fué nombrado Sahib-Ax-Xortha del Algarbe, 
no era posible que estableciera Abú-Amer su morada en aquel paraje. 

Necesario es asimismo tener presente, antes de proseguir en esta investigación , que los sucesores de Abd-er-Rah- 
man III, habitaron con preferencia el magnífico Alcázar de Medina Az-Zahrá, donde se celebraban las grandes 
solemnidades, y se recibían los embajadores, y en el cual murieron también, así el Califa An-Nassir, como su hijo 
Al-Hakern II (1); pues si á juzgar vamos por las descripciones que del mencionado Alcázar hacen los escritores árabes 
y han llegado felizmente á nuestros dias (2) , excediendo en suntuosidad y grandeza á la regia morada que en Cór- 
doba tenían los Califas, y hallándose inmediato á esta población, era natural que prefiriesen aquellos la residencia en 
Medina-Az-Zahrá, donde, por otra parte, se hallaban rodeados de los ministros y oficiales públicos de la Oórte. 

Sentados estos precedentes, ofrécese la resolución del problema enunciado con menores dificultades, ya que por 
desgracia, carezcamos en este punto de datos fehacientes: investido en efecto, Mohámmad con el mando de la guar- 
dia de slavos que custodiaban la persona y morada del Califa, después de 362, y demostrado, cual antes de ahora 
intentamos (3), que formaban parte integrante de los Alcázares islamitas, los edificios ó cuarteles destinados á alber- 
gar á aquellos, no era sino muy natural que habitase Al-Manzor dentro del recinto del mismo Alcázar, como parecía 
exigir además el honroso cargo de tutor del príncipe que le era encomendado por el Califa poco antes de su falleci- 
miento, acaecido en 2 de Safar de 366 (28 de Setiembre de 976). Proclamado Hixem el 5 de la misma luna (2 de 
Octubre), y desembarazados así Al-Manzor como Chaafar y Galib del príncipe Al-Moguira, á quien hicieron víctima 
de sus ambiciones, tocaba a Mohámmad-Ebn-Abí-Amer en el reparto de los destinos públicos, el de guacir ad-Daula, 
en cuyo desempeño entraba, sin abandonar el mando de la Ax-Xortha ó guardia pretoria del Alcázar, ni la tutoría 
del joven Hixem II. 

Las funciones del nuevo cargo, no hacían ciertamente indispensable el establecimiento de Al-Manzor fuera del 
Alcázar, ni pedían por tanto un edificio especial para su morada; imposibilitábanlo además de todo punto, asi el 
mando de la guardia de slavos como la misma tutoría, cosas ambas, que no sin fundamento hacen sospechar, que á 









(1) Conde, Hist. de la dom. de ios árabes en España, tomo r, capa. LXSXVII y sav, paga. 465 y 491. 

(2) Véase al propósito el capitulo último titulado Medina Az-Zahrá , del tomo de Córdoba de loa Recuerdos y Bellezas de España , debido i 



pluma del limo. Sr. D. Pedro de Machazo. 

(3) Loa lectores que lo desearon pueden consultar la Monografía que bajo el título de Puerta árabe, recientemente desmolerla 
del Salón de las Dos Hermanas de la Alhambru de Granada, publicamos en el tomo m del Museo BsPaSol 

TOMO IV. 



(paga. 395 y 3 



o de ios alhamyes 



174 



EDAD MEDIA. —ARTE CRISTIANO. —ARQUITECTURA. 



pesar de la importancia del guacirato, continuó habitando el futuro Hagib , en los misinos departamentos del Pala- 
cio real que le habian sido destinados como Sahib ax-Xortha de los siclabíes. Favorece por extremo tan racional 
hipótesis, la circunstancia notada arriba, de que ninguno de los poetas de la Corte de Al-Hakem haga mención del 
Palacio de Abú-Amer, al mismo tiempo que ensalzaban, ya en tiempos de Hisem II, así la magnificencia de la 
Almunia de la Al-AmeHa, como la de los fastuosos alcázares de Medina Az-Zahyra (1), habitados ambos en épocas 
distintas por Mohámmad. 

De la relación de los más notables acontecimientos de aquel primer período de la vida pública de tan celebrado 
caudillo, adquiérese el convencimiento de que , teniendo todavía su morada, cual queda indicado, en el recinto del 
Alcázar real, á principios de la hégira de 366, — no poseía edificio alguno que mereciera dignamente el nombre de 
Palacio, con que la tradición ha designado los « rastros grandes de fortaleza» que existianen la Calle del Mey Alman- 
zOT; y que hubo de continuar viviendo allí, hasta fines del mismo año (principios del 977 de J. C). Persuade de 
esta verdad el hecho indudable, ya consignado, de que concertadas sus bodas con la hermosa Ismá, hija del Hagib 
Galib-An-Nassery, á quien por este medio lograba atraer decididamente a su partido para llevar á cabo la ruina de 
Chaafar Al-Mushafí, — solicitó del Califa Hixem, cual notamos arriba, le cediese para celebrar las fiestas nupciales, 
uno de sus alcázares ó almunias; á cuyo ruego defirió el ilustre pupilo regalándole como presente de boda una 
almunia deliciosa que, al lado de Medina Az-Zahrá había fundado su glorioso abuelo Abd-er-Eahman III, la cual 
recibía nombre desde entonces de Almunia de la Al-Amería, en memoria de Abú-Amer, uno de los j 
del ambicioso caudillo. 



(1) Dscia, con efecto, Said el Logawi, oriundo de Bagdad, y notable poeta de la corte, en elogio de la Al-Alameria: 

«Ved cómo la fecunda el manso arroyo, arrastrándose como una serpiente. 

j>Y cómo las aves entonan s;i cántico de gracias [al Creador] sobro las cimas de las ramaa. 

»Y como la arboleda ostenta bu viciosa frondosidad, embriagada con su misma pompa. 

)>Cuán plácidamente sonríe el jardin con su rostro guarnecido de flores, mostrando á manera ile sonrisa las blancas camelias! 

»E1 narciso recién abierto irontornpla fijamente á la mejilla de Noman (a), como enamorado de ella. 

y El aura suave y tranquila esparce los perfumes de las flores y plantas aromáticas. 

t> Plegué á Alláli que disfrutes aqui largos años de alegría y seguridad!» 

El poeta Ebn-Abi-I-Hobab, visitando á Al-Manzor en esta almunia, compuso en su elogio una elegante poesía, que empieza ai 

■xJamás llegó para mi dia tan deleitoso como este que paso en la Al-Amería, rica en aguas y sombras! 

» Su ambiente en toda estación es sereno y benigno , etc.» ( Al-Maccari , I , pág. 383 ). 

Respecto de Medina Az-Zahyva, se espresaba también Said Abulaláh en los siguientes términos: 

«Olí rey victorioso! Qué bien muestras tu ilustre origen del Yemen, tú que penetras con tus victorias por el corazón de las lia( 
íidote de la matanza y ooñversaiido familiarmente con las lanzas y las espadas penetrantes! 

pMas aqui ostentas obras más risueñas: esa fuente que corre sobre mármoles tersos y resplandecientes y que derramándose e 
»bace llovecer! 

»Tú la mandaste brotar y se levantó lanzando copioso raudal, como tute alzaste para esparcir el riego de tu generosidad sobre los árabes y los bárbaros! 



es apiñadas, alimcntán- 
1 el prado le fecunda y 



wEn derredor plantaste alir 



a arboleda frondosa y florida, que ostenta hojas de plata c 



ü i'nitc.r- 



ideo 



»Cuán hermoso es ¡oh victorioso caudillo! este regio alcázar, y ci 
ii La luz que brilla en este alcázar es tal, que si pudiesen ungirse c 
»E1 céfiro que en él sopla, nace de la misma esencia de la vida y 



Ln propio de tu grandeza! Cómo su ilustre morada resplandece con tu gloi 
m ella los ojos do un ciego, volvería á bu casa gozando ya déla vista! 
s eapaK da reanimar el polvo de los sepulcros! 



l deln 



» Aventaja en excelsitud al Jawamác y al S&lir (h) y su magnificencia es tal, que comparándola 
» palacio, con ser tan famoso que parezca digno de celebrarse. 

«Obra de arquitectura tan maravillosa, no hubieran acertado á ejecutarla aquellos antiguos persas, tan peritos 
»en bu traza y ornato. 

n Largos siglos pasaron sobre romanos y griegos, y no fundaron para sus monarcas edificio semejante á este, ni siquiera que pued; 

pNos recuerdas el parai.iti cuando nos muestran estos cenadores de excelsa estructura y estos salones grandiosos y magníficos. 



no Iwan (c), nada se hallaría en este 
levantar fábricas gigantescas cuanto 
:om parare ele. 



a Este palacio, aunque es un cielo, desdeña á los que ilumina la luna en su mayor brillo y plenitud, por que en él resplar. 
)>Por tanto yo imagino que lio sido trasportado en sueños al paraíso, al contemplar su magnifica y real grandes 



e tu astro victoria 



» Leones de n 

a de todos los (lie 

»Lob marmolea 

dSus filigrana 



arden los llamado re* (1 



s puertas, y al s 






s repiten estas palabras : Allahu-Akbar (Dio 



i alcanfor. 



is que pavimentan este alcázar, parecen alfombras de polvo sutilísimo perfumado c 

9 son perlas y la tierra parece de suave almizcle : tan fragante es el olor que exhala. 

, en fin , podría volver la luz de la mañana cuando el dia empieza á declin; 
Los lectores que desearen conocer íntegra esta poesía pueden consultar, así el texto árabe de Al-Ma( 
del tomo i), como la Chreslomatie árabe de Juan Humbert (París, 1819, págs. 06 á 108). D. Francisco Javier Shnonet, de quien nosotros la hemos tomado, 
la traduce en su biografía AlmaivAr, págs. 84 á 89. 



e Leiden, 1855) que la inserta (pág. ; 



(a¡ Esta flor es la anémona , llamada asi en memoria de Noman , antiguo rey árabe . que fué muy apasionado de ella. 

(!>) Famosos alcázares fundados cerca de Hira, ciudad del Irac Caldea por el emir árabe Noman I perlas años >llx) tlu J. C. 

(c¡ Magnifico |>alacii> fundado en la ciuitoil de ClesilOH por Cosrura ¡íiiIíís de f!2N de .1, C, 



W- 



LA IGLESIA DE SAN BARTOLOMÉ EN CÓRDOBA. 



175 



La proximidad de esta alumina al Alcázar de Medina- Az-Zahrá , donde a la sazón residía eí Califa; las obligaciones 
del nuevo cargo de Hagib , para que era aquel designado á fines del mismo año 366; y las continuas gazúas con que 
dio comienzo á su engrandecimiento, y le conquistaron el sobrenombre de Al-Manzor 6 el victorioso, inducen á creer 
que en el trascurso de un año y meses que media entre su exaltación al Hagibato, matrimonio con Ismá (1." de 
Moharram de 367—16 de Agosto de 977) y la construcción de Medina A:-Zahyra (368-370-979-981), no labró aquél 
edificio alguno para su morada. La importancia, además, de aquella nueva población, con la cual procuró el Hagib 
oscurecer la fama de Medina Az-Zahrá, no consiente la sospecha de que después de concluida la obra, y trasladado al 
Alcázar en ella edificado, diera comienzo Mohámmad á la fábrica de un nuevo Palacio en Córdoba, debiendo por 
tanto, terminar aquí toda investigación respecto del llamado Palacio del Rey Almanzor, en la calle de su nombre. 

Obtenido, pues, este resultado, que juzgamos de toda evidencia, no es ya ciertamente aventurado el concluir que 
carece fundamentalmente de toda realidad la tradición á que aludimos, y que por consiguiente no tuvo Al-Manzor 
su Palacio en aquel paraje. Llegados á este punto, ofrécese, sin embargo, una duda de difícil resolución, dada la 
absoluta carencia de datos que han llegado á nuestros días para esclarecerla: demostrado, cual hemos pretendido, 
que el edificio existente en la llamada Calle del Rey Almanzor no fué propiedad de éste, ¿pudo acaso ser parte del 
Alcázar real, y servir de morada al Sahib ax-Xorlha de los siclabíes á quienes estaba encomendada la guarda del 
Califa? ¿Fué quizás el cuartel de los slavos? ¿Qué relación existia entre el Hagib de Hixem II y el edificio mencio- 
nado? Si fué realmente habitado por el jefe de la guardia del Califa, cargo en cuyo desempeño hubo de cesar Mohám- 
mad Abi-Amer al ascender al Hagibato ¿cómo la tradición ha vinculado en aquella «fortaleza» el nombre de Al-Man- 
zor, y no el de cualquiera otro de sus antecesores ó sucesores en el mando de la guardia referida? Porque admitido el 
supuesto, fácil es de comprender que siendo transitoria aquella dignidad en Al-Manzor, como lo habia sido en cuan- 
tos le precedieron y sucedieron, el edificio debia conservar el nombre de Palacio del Sahib Ax-Xortha, y no el de 
persona determinada. ¿Fué tal vez, — considerándola ya como parte del Alcázar real, hipótesis hoy de difícil com- 
probación — destinado á servir de vivienda al tutor del príncipe Hixem? Refiere el primero de los modernos historiado- 
res de la dominación musulmana en la Península (1) que «el Rey Hixem, asi por sus pocos anos (contaría escasa- 
»mente nueve cuando subió al trono de sus mayores) como por su natural inclinación, no pensaba sino en sus juegos 
»é inocentes placeres, no salia de sus alcázares y deliciosos jardines, ni deseaba otras distracciones ni recreos que no 
wconocia: en su retiro (concluye) estaba siempre rodeado de esclavillos de su edad, que vivían encerrados con él y á 
» nadie comunicaban.» Esta noticia, que tomada de los historiadores árabes, reprodujo el autor á quien aludimos, — 
conocidos asi la deliciosa situación de Medina Az-Zahrá, como el hecho de residir con frecuencia los Califas de Cór- 
doba en aquella población, — ¿podía autorizar la sospecha de que el príncipe Hixem vivió siempre retirado en los 
famosos Alcázares de aquella celebrada fundación de An-Nassir, á los cuales parece referirse el escritor cuyas pala- 
bras hemos reproducido, habiendo por tanto su tutor de residir también en ellos? 

No nos atrevemos en verdad á sostener tal supuesto, cuya confirmación toca más de cerca á los historiadores 
cordobeses; pero teniendo en cuenta que durante el período de tiempo en que ejerció Al-Manzor la tutela del joven 
príncipe, continuó al frente de la guardia de slavos, como su Sahib ax-Xorlha , y por tanto, que debia tener su 
morada al lado de la persona del Califa, cuya custodia le estaba en aquel doble concepto encomendada, no puede 
dudarse con efecto de que, permaneciendo Hixem ya en los suntuosos alcázares de Medina-Az-Zahrá, ya en el 
Alcázar de Córdoba , Mohámmad Abi-Amer, hubo siempre de morar dentro del real Palacio , donde debia des- 
aparecer su personalidad ante la del jefe supremo del Estado. 



IV. 



La tradición que hemos procurado esclarecer, recurriendo a la historia del victorioso caudillo a quien se refiere, no 
satisfecha de sí propia, habia procurado afianzarse en documentos irrecusables, cual parecían serio las inscripciones 



(1) Conde, //¡'sí. de la dam. de las árabes, tomo J, cap. SOY, pág. 483. 



arábigas de que hicimos mención arriba, existentes en la Iglesia de San Bartolomé, y cuya traducción debida al 
Embajador marroquí Sidi Ahmed El-Gacel, y al «doctísimo católico de Belén,» de quien habla el autor del Memo- 
rial de los Sanios de Córdoba, acreditaba plenamente el supuesto de que el Palacio del Rey Ahnanzor, se levantó 
indefectiblemente en todo aquel circuito ya espresado (1). 

A ser cierta, con ei'eoto, la versión emitida por ambos, no podia ofrecer objeto de controversia el hecho antes 
expuesto, pues claramente demostraba su certeza aquella Capilla, denominada Mezquita de Almanzdr, la cual a 
través de los siglos, subsistía aún para acreditarlo. Pero ¿merecen entera fé las traducciones á que aludimos? ¿Es por 
tanto la Iglesia de San Bartolomé, una cotia ó capilla musulmana? Si esto es así , ¿fué mandada construir por el 
glorioso Hagib de Hixem II? 

Hé aquí las cuestiones de que nos proponemos tratar, para dar cima a la presente Monografía , si bien la última 
ile las enunciadas carece en realidad de importancia, una vez probado ya que el edificio existente en aquel paraje, 
no perteneció en época alguna de su vida al victorioso caudillo del Califato. Su resolución, por otra parte, ofrecerá 
aún dificultad menor después de hecha la descripción de la Capilla. 

Levántase ésta en uno de los extremos del Bospilal mencionado, lindando con las calles de San Bartolomé y del 
Cardenal Salazar; delante de ella, por la parte interior de aquel piadoso establecimiento, se abre un patio de redu- 
cidas dimensiones, el cual por medio de una puerta, comunica con la citada Calle de San Bartolomé. Una galería, 
á la que dan luz dos espaciosos arcos apuntados, cuyos arranques se apoyan en gruesas columnas estriadas de calados 
y caprichosos capiteles mudejares, sirve de vestíbulo á la Iglesia, cuya portada se ofrece en la misma dirección que 
la de la mencionada galería. Elegante y sencilla en su decoración, forman la portada, toda ella labrada de cantería, 
un arco apuntado, cuya archivolta exornan tres molduras lisas, y una ligera orla en :ig<a<js comprendida entre 
aquellas, ostentando en las eDJutas dos escudos reelevados, al parecer con bandas (2); flanquean el arco referido, dos 
delgadas columnas, las cuales elevándose desde la imposta sobre pequeñas repisas de muy exquisita labor mudejar 
idéntica á la de los capiteles que las coronan, soportan el entablamento, compuesto de una moldura lisa, un friso 
guarnecido de matulos triangulares, lobulados en su cara anterior, y finalmente la cornisa, en que termina el 
frontis, todo lo cual parece recordar en su disposición, la tradición mudejar, perpetuada así en los edificios reli- 
giosos como en los.profanos (3). 

Penetrando en el interior, hállase plenamente confirmado cuanto anuncia ya la portada, así por el aspecto 
general de la pretendida Mezquita, como por cada uno de los elementos que la constituyen y exornan: ábrese en 
primer término, correspondiendo con el arco ojival de la portada ya descrita, otro gracioso arco angrelado, revestido 
de yesería y de indubitable procedencia mudejar, el cual se encuentra lastimosamente destrozado, pues que bajo la 
mano de los restauradores ha perdido su arralad, cubierto hoy, así como otras varias zonas de la Iglesia, por una 
discreta sarga carmesí , que á manera de tapiz oculta las adulteraciones con que ha llegado á nuestros dias. Recorre la 
parte inferior de los muros, vistoso zócalo de aliceres de variadas combinaciones geométricas , en los cuales formando 
peregrinos enlaces, alternan menudas piezas esmaltadas en blanco, verde, negro y morado, colores todos caracte- 
rísticos en esta clase de monumentos , los cuales demuestran la eficacia de La influencia mahometana , que representa 
ya dentro del cristianismo, cual repetidamente hemos consignado, la tradición mudejar (4); por desgracia no en 



Imitando a 



( 1 ) I .... el Ua v lal parla de una manzana de edificio., i la cn.l rodean la. callo, siguiente,; l.\ 1. llamad. Plata dd ffe,,,ilal del Cankaal donde 
se encuentra 1. fachada principal del Establecimiento; 2.\ a.n d.r.ch, la Cali, dd 2W™, ,u. ,. prolonga, de.pne, do nn pequeño recodo, po, 1. Calle 
del Kaj Alma.ar, en 1, cual no existen hoy lo. « ra»tro, grande, do fortaleza» de ,n. labia Feria; 3.", 1. CU, de la Patria d, Almaeliear, ,ne .. .bre 

ámenla do 1. del M„j Almajar; i.% la Cali, d, la, Judie,, 1. cn.l de.e.nboo. en 1. ,1, la Puerta de Alamtíear; 5.", la Cali, ,1, San Barlalomi, ,.e 
1. 1. d, le, Jad,,,, termina de.pue. do alguno, rodeo. y revuelta, «n la 6." y última, llamad. Cali, dd Cardeml Saladar, la cual ,al. i I. 
1 laza dd Ha V „lal dd Cantal por ,1 eo.tado izquierdo d.l edificio—Debemos e,ta, noticia, á 1. g.l.nteri. d« nno.tro .ntiguo compañero de ..ludio, y 
actual ..cultor anatómico de 1. F.eultad libre de Medicina de Córdoba, D. Jo.é Co.ano y Rodrigo», .uto, do mny e.tim.bl. tratado de A„alem,a. 

(2) No puede juzgar,, i .imple ,i,t a , ,¡ en realidad e.to. e.cudo, ,on de b.nd.., cual décimo, en el teito y tacen .cpeol.ar otro, e.ondo. do igual 
formo ,ue .e dctac.n entre el almocárabe de lo, moro, interiore, de la Iolesií be Sa» BahtoiomÍ , porque toda la portada ha ,¡do recientemente enjal- 
begad. .1 e.t,Io del pal, con almagre ; proedimiento no por voz prim.ra empicado en ella y que naturalmente ha hecho desparecer 
lo. eieudo. referido., como mucha parte de la. labore, de k, repi,a, y capitele. modojare» que la decoran. 

(3) Con efecto: ota di.po.icion de lo, diver.o. mi.mbro. de I. portada, trae involuntariamente a 1. memoria el arralad car.cteri.tico d« las o 
trucc.ones arab.gu, del cual ,e apodera la tradición mudejar par. implantarlo en 1.. fibrina, cri.tiana, en ,ue toma participación aquel estilo. 

(4) Reeordamo,, al propó.ito, lo, fragmentos do zócalo de aliceres, que prooedontes d.l a-Cm,mtcde la, Dadla,, en la misma Córdoba, i 
.i. el Ma.ea Pradal de I. ciudad referida, corno a.imimo el de la Capilla de Villmkwm en la antigua Mezquita-Aljama, y lo, poeo, ,ue «úu re.t.n 
■ou el Akasar de Sevilla, 



indas do 



\t 



LA IGLESIA JíK SAN BARTOLOMÉ EN CÓRDOBA'. 



177 



todo el zócalo se conservan los aliceres, mucha parte de los euales ha sido sustituida en tiempos modernos por tablas 
de azulejos, pertenecientes algunas de ellas & la época del Renacimiento , y que desdicen notablemente al lado de 
aquellos. Tres fajas ú órdenes de inscripciones arábigas en caracteres africanos y cúficos de resalte, é inmediatas las 
unas a. las otras, recorren á su vez el aposento, sobre el zócalo anterior, siendo de observar en la última, que conte- 
nida cada una de las dos palabras que la componen, dentro de un cuadrado, hállause separados éstos por escudos con 
bandas, iguales á los que se destacan en las enjutas del arco de la portada. Despro% r ista de todo adorno la tercera de 
las zonas en que podemos considerar la llamada Mezquita de Almanzob, ofrécese revestida, así como el arrabaa del 
arco angrelado que sirve de ingreso, de la misma sarga carmesí, que se extiende hasta la moldura en que sobre- 
salen las repisas, donde se apoya la bóveda, formada por gruesos nervios ojivales, de igual carácter, cual obser- 
varán los lectores, que el arte en que procura inspirarse la portada. La referida zona encuéntrase cubierta, hasta las 
repisas de la bóveda, en el lienzo frontero al presbiterio de muy delicada obra de yesería, ornada de graciosos 
dibujos resaltados de ñores y hojas que se enroscan y combinan con sus propios vastagos, formando vistosos y com- 
plicados enlaces, destacándose finalmente sobre ellos varios escudos con bandas de igual forma y tamaño que los 
arriba citados (1). Es la fábrica de los muros de sillería en su parte exterior que dá, según indicamos, á las calles de 
San Bartolomé y del Cardenal Salazar, terminando en una crestería formada de pequeñas almenas dentadas, 
usuales en los edificios mudejares dedicados al culto (2). 

Excúsanos esta ligera descripción de la Capilla del Hospital de Agudos, de la obligación de probar que no fué 
mandada construir por la munificencia de Abú-Amer Mohámmad Al-Manzor, cual hasta aquí se ha pretendido, 
con apoyo de las inscripciones citadas. No puede, en verdad, ser objeto de controversia para los iniciados en el cono- 
cimiento de la ciencia arqueológica, el hecho de que correspondiendo asi el todo como las partes de este edificio á un 
arte propiamente cristiano, ni fué Mezquita en tiempos primitivos, ni fué aquel célebre caudillo quien mandó por 
tanto construirla. Sencilla en su decoración , cual habrán observado nuestros entendidos lectores, es ella misma el 
documento más elocuente de cuantos pudieran aducirse para refutar el supuesto de ¡a tradición, y sus declaraciones 
no pueden ser para nadie sospechosas. Aquel arco apuntado que ostenta en la portada; las esbeltas columnas que le 
flanquean, las molduras que le exornan , y las bóvedas ojivales que ostenta en su interior, no menos que los elementos 
decorativos del estilo mudejar ya notados, persuaden con efecto, de la época en que fué construida; época especial 
que ha recibido un nombre en la historia de las artes , acentuándose especialísimamente desde mediados del siglo xirr. 
. Contemporánea la llamada Mezquita de Almanzor de otras fábricas eu extremo interesantes que subsisten en 
Córdoba, tales como la Iglesia de San Miguel y la hermosa Parroquia de Sanea Marina, cuyas fachadas ostentan 
no pocos de los miembros decorativos que hemos notado en la Capilla de San Bartolomé, no cabe ya dudar de que 
corresponde al período dicho de transición del estilo románico al ojival, en el cual logra extremado favor la tradición 
mudejar, cuyo concurso solicita de continuo, ya en los exornos que enriquecen sus manifestaciones, y ya también 
en la disposición y empleo de los mismos. 

Así pues, de igual suerte las delicadas tablas de ataurique que debieron cubrir en el interior de este edificio el 
intradós del arco angrelado que le sirve de entrada, y el muro frontero al presbiterio , que hoy las conserva (3), como 



(1) Toda la obra de yesería encuéntrase eu la actualidad, según la hallamos al visitar esta Capilla eu lúa últimos días del pasado Febrero, completa- 
mente cubierta de cal. «.Digno es de lamentar (dice el celoso director de la Escuda de Bellas Artes j que la indiferencia á nuestras glorias y á nuestras 
«artes, gastando insensiblemente loa quilates del buen gusto, haya dado margen á que cubran con sendas capas de cal, corno pudiera hacerse con un 
unistico edificio, aquellos labrados muros de primorosa filigraua, hasta el punto de borrar en parte sus relieves, y gastar en otras, inénos afectadas por 
»la fatal escobilla, las delicadas aristas de sus entalles» (Diario de Córdoba del 7 de Mayo de 1873, La Mezquita de Almanzor). Siendo administrador dei 
Hospital el Sr. D. Teodomiro Ramírez de Arellano, mandó limpiar dos cuadros deí almocárabe, «y eu vista del resultado obtenido en esta prueba (escribe 
sel Sr. D. Rafael Romero), con un celo que le honra, propuso la restauración total de la capilla, sin éxito alguno, por juzgarse alta la cantidad de 8.000 
» reales en que fué presupuestadas (Diario de Córdoba, idem id.). 

(2) Comprueban lo, en efecto, demás de la presento Iglesia de Kan BartolomÍ, ift parroquial del pueblo de la Algaba, situado en la ribera del Guadal- 
quivir, cerca de Sevilla, obra primitivamente mudejar, aunque hoy bc halla sumamente adulterada, cual demuestra su misma torre, y otras varias iglesias 
producto de aquel peregrino estilo arquitectónico. 

(3) El autor del artículo ya citado, que vio la luz pública en el Diario de Córdoba, bajo el titulo de La Mezquita de Almanzor, y á quien debe Córdoba la 
descripción más circunstanciada de tan estimable monumento cristiano, después de reproducir la supuesta traducción de las inscripciones arábigas, publi- 
cada por Feria en los tomos i y ív de su Palestra sagrada, escribe: «Sobre esta zona (la zona en que se encuentran las inscripciones referidas) que hemos 
stratado aunque imperfectamente de describir, ya no puede juzgarse, porque un tapiz de damasco carmesí cubre el resto del muro hasta su abovedada 
s techumbre. Asaltados del temor de ver confirmada una triste sospecha, no hemos tratado de averiguar si bajo aquella tupida tela se ocultan nuevas y des- 
lumbradoras bellezas ó alguna execrable profanación artística. Y esto temor tal vez no sea infuudado: pues á no cubrir una falta, y si bóIo su objeto fuera 
»e] decorado exigido por la capilla cristiana, asimismo cubriría el muro paralelo y que dá frente al presbiterio; y por el contrario, libre éste felizmente 

TOMO IV. jg 



"í^g*** 



178 



EDAD MEDIA.— ARTE CRISTIANO. — ESCULTURA. 



las diversas fajas de inscripciones que recorren el aposento, y las labores primorosas de los capiteles y repisas de la 
portada, arriba descrita, son otros tantos testimonios fehacientes de la fusión a que sin tregua aspira el estilo mu- 
dejar, al ampararse bajo las severas bóvedas ojivales, en aquel período de transición en que se ofrece la Capilla del 
Hospital de Agudos. ■ ■ 

. Obtenido este resultado, oon que brindan los caracteres artísticos que resplandecen en aquel edificio, los cuales no 
dejan lugar á duda alguna, hallase , no obstante , confirmado por las mismas inscripciones arábigas, en que fundaron 
hasta aquí los escritores cordobeses su equivocada creencia, las cuales no son en realidad sino un mero exorno, 
esencialmente artístico en aquel linaje de construcciones , donde se ofrecen singularmente combinados los elementos, 
así del estilo ojival como del plateresco, en las diversas épocas én que ambos aparecen , con las del estilo mudejar que 
procura en ellos inspirarse (1). Dispuestas las inscripciones referidas en el orden arriba expuesto , hállanse en la pri- 
mera de las tres fajas que corren inmediatas al zócalo de aliceres, la cual mide 0»,058, multitud de veces repetidas 
la siguientes palabras , trazadas en caracteres africanos de relieve, según dejamos notado: 

EL IMPERIO PERPETUO PARA AU..ÍH . I.A GLORIA ETEHNA PARA ALLAH. 

Es la segunda faja de mayores proporciones (u»,18), y en ella con caracteres oúficos de gallarda traza, que enri- 
quecen delicados adornos, se encuentra la sencilla leyenda: 

EL IMPERIO [DE TODAS LAS COSAS, PERTENECE] A ALLÁH. 

Componen la tercera dos distintas inscripciones, las cuales, así como las anteriores, se repiten en toda la Capilla. 
La primera de ellas, que mide 0»,21, formada únicamente de dos palabras en caracteres cúficos, graciosamente 
adornados, se muestra contenida en igual número de recuadros, separados entre sí por otro de iguales proporciones, 
donde resalta el escudo con bandas a que antes hicimos ya referencia; su lectura, reducida á caracteres ordinarios,' 
se ofrece en esta forma : 

IUJI íki)| 

LA PROSPERIDAD CONTINUADA. 



Sirve de orla a esta inscripción la segunda de las contenidas en esta tercera faja, la cual mide »»036 y corriendo 



»do aquel antlfas inoportuno, ostenta liaste 1. oornis. la pares, y dnnosnra de .« brillante «ta.Io, del mismo gu.to qne el do 1. son. anterior ete ,, 
(núm. 6.812, del 4 de Mayo de 1873). Dad. 1. Índole e.peei.l de lo, monamente, mnd.i.re,, un, y otra ve, eomorLd. ™ ™ ,u; , 7 . '■ 
í-.,+ a, t* ■__.. __.-i -x „ . j i ■ / v ""* vea uomprooaaa en multitud de construcciones 

fruto de Un singular estilo arquitectónico, nosotros crecaos que la zona, cubierta hoy discretamente por el tapiz, no tuvo primitivamente decoración 
alguna; y esto, no por consecuencia de «execrable profanación» moderna, sino porque precisamente baílateos desprovista de toda suerte de adornos esta 
misma zona intermedia, asi en todos los aposentos y tarbea»— excepto en la llamada Salón de Embajadores,— del fastuoso 
de Castilla mandó labrar en la antigua Híspalis, como en la Sala, denominada sin fundamento, Torro de Jullic, 
-fuera del Palacio, y en la Casa de Olea, de la misma ciudad ; lo cual indica que aquel espacio 
cubierto por tapices. En otros edificios, también mudejares, que hemos examinado en Sevilla sólo existen t 



e el rey don Pedro I 
ira, comprendida dentro del Alcázar, aunque 
i debió hallarse sin duda destinado de propósito á ser 
.— , /éstos reducidor! á Himples inscrin- 
el arrocabe, hallándose completamente liso el resto de! muro. Debe observarse además, que en algur 
Alhambra de Granada, existo igual distribución en el adorno: recordamos a" 
zócalo de aliceres corre una inscripción, en 
y el arrocabe, formado por otra leyenda, e 
O) 



s edificios arábigos, tales como la 
J propósito la galería de la derecha del Palio de los Arrayanes, donde sobre el 
i de la cual se ostentan dos remates, asimismo con inscripciones ; y la zona intermedia entre estos remates 
mpletamentelisa; igual acontece en la llamada Capilla de aquel Alcázar, si bien carece de arrocabe 
pío de esta verdad, demás de la Iglesia de San Bartolomé, objeto de esta Monografía, algunas de las puertas de la Catedral de 
Córdoba, varios aposentos del Alabar de Sevilla , tales como la Cámara de la izquierda del Salón de Embajadores; las tarbeas del edificio de (as Dueñas 

""ff q ' 1C ( de ^V: 7- ^'VTT," 8 MeÍ ° rada ' 6D d ^^ 8 fcUftíh * B " tor «^.ypri™P«l<n*.t e U»]obrri.í7 UM( fePffl (í(J ,e B ' 
la referida metrópoli; el Palacio del Cardenal Jmienez de Cisueros en Alcalá de Henares, y no pocos de los edificios antiguos existentes en Toledo ■ i„ 

J.ros erudita, lectores. (Véase en el tomo III del Museo EspaSol de Antigüedades la ¿fonografía que con aquel titulo c 
I'adre.J 



nuestro muy amado 




M 



LA IGLESIA DE SAN BARTOLOMÉ EN CÓRDOBA. 



por entre los recuadros referidos, los 'separa y dispone en agradable armonía. Escrita en caracteres africanos, arroja 
igual sentido que la de la primera faja, ya trascrita: 



Ahora bien: si éstas son todas Lis inscripciones arábigas que existen" en la pretendida Mezquita de Almanzor, 
cuya fábrica corresponde á los últimos tiempos del siglo xm, ¿dónde se encuentran las peregrinas leyendas que tra- 
dujeron en el pasado siglo el celebrado embajador Marroquí y el doctísimo católico de Belén? ¿Existían realmente y 
han desaparecido por desgracia? No puede sostenerse tal supuesto, teniendo presente cuanto decimos respecto de la 
época en que .hubo de ser edificada la Iglesia de San Bartolomé, la cual debió servir de capilla particular, depen- 
diente de alguna : de las casas que á principios del siglo svm adquirió el Cardenal y Arzobispo de Córdoba D. Fray 
Pedro de Salazar, con el objeto.de construir el Colegio dé los niños de Coro, convertido antes de su conclusión en 
Hospital general de Agudos. 

Ya en el pasado siglo, el autor de la Biblioteca arábigo-hispana escur ¿álense, aseguraba que Sidi Abmed «tenia 
muy escasos conocimientos para traducir esta clase de leyendas,» declaración que decidía discretamente á uno de los 
escritores modernos de las antigüedades cordobesas, á no dar entero crédito á la traducción que de las inscripciones 
existentes en la afamada Capilla de. Villaviciosa de la Mezquita- Aljama habia aquél hecho en 1766, época en que 
se detuvo en Córdoba (2). Conocida es para los ilustrados lectores del Museo Español de Antigüedades la exactitud 
con que procedía el representante del Sultán marroquí, al verter al castellano las inscripciones árabes que exornan 
la faz exterior de las puertas del Salón de Embajadores en el Alcázar de Sevilla; y dado el testimonio de Cassiri, 
que comprueba la inscripción sevillana, no juzgamos aventurado, y antes bien tenemos por seguro, el afirmar que, 
temeroso de desacreditarse Sidi Ahmed ante los que le acompañaban en su excursión por Andalucía, confesando su 
■ignorancia respecto de los caracteres ornamentales, así cúficos como africanos , que exornan los edificios árabes y 
mudejares existentes en España,— creyó de grande oportunidad fantasear sobre aquellos letreros, para él de difícil 
inteligencia, errores que han llegado á nuestros dias fundados en la autoridad de su palabra. 

Tal hubo de acontecer, sin duda, con las inscripciones arábigas que exornan los muros de la Iglesia de San Bar- 
tolomé, la cual, a pesar de revelar constantemente su legitima procedencia , ha sido hasta ahora considerada como 
la Mezquita de Almanzor, no ya sólo porque la tradición expuesta, cuyo origen nos es desconocido, asegurase haber 
existido en aquel paraje el Palacio de Abú-Amer Mohámmad-Ebn-Abi-Amer-Al-Maafirí, sino también y muy 
principalmente, porque así lo declaraba en términos nada dudosos la peregrina versión que de inscripciones tan sen- 
cillas habia dado, con el carácter y la autoridad de que en estas materias parecía revestirle su naturaleza, el embajador 
Sidi Araed El-Gacel, amparándose de la general creencia para ocultar con ella su ignorancia (3). 



(1) Llamamos la atención de nueBtros ilustrados lectores respecto de estaa inscripciones, tan usuales y frecuentes en toda suerte de edificios mude- 
jares, cual comprueban en la misma Córdoba, así la denominada Gaga de las Campanas, en la Calle de Santiago, núm. 125 (propiedad hoy del celoso 
arquitecto D. Amadeo Rodríguez], corno los restos que dicho seficr conserva de otra construcción mudejar, existente hace pocos años en la Plaza de San 
Nicolás de la Villa, núm. 1G ( propiedad de D. .Joaquín de Burgos), y los fragmentos recogidos en la actualidad en el Museo Provincial de aquella metró- 
poli , procedentes del Convento de las Dueñas, hoy Casa-cuartel de la guardia civil. Los lectores que desearen mayor ilustración, pueden ver respecto de las 
inscripciones ¿rabea, asimismo aplicables á la religión cristiana como a la islamitica, que enriquecen las construcciones mudejares, cuanto decimos en la 
Monografía que bajo el título de Inscripciones árabes de Sevilla dará en breve á lúa el Museo. Son las inscripciones de la Iglesia de San BABTOLOMÍ tan 
vulgares y tradicionales, que no hay edificio mudejar en Sevilla donde alguna do ellas, si no todas, uo ae encuentre con los misinos caracteres. Véase al 
propósito la segunda parte de la Monografía á que aludimos, en la cual tratamos especialmente de las Inscripciones arábigas i/t /-m edificios iitiidrjares. 

(2) Nos referimos á D. Francisco Pí y Margall, quien dio principio al tomo de Córdoba de los Recuerdos y Bellezas de España (pág. 69, nota). Sin 
embargo de esta declaración, supone, corno generalmente se eree cu aquella ciudad, que la Capilla de Vülamcinea es construcción completamente arábiga. 
Las inscripciones que ostenta, comprobando la enseñanza que ministra el estilo dominante en ella, el cual nada tiene que ver tampoco, como sospecha el 
docto continuador del mencionado tomo de Córdoba, con el estilo iirabe-graiiadino que resplandece en la maravillosa creación de los Al- Aluna res, acre- 
ditan suficientemente que fué su ornamentación producto del mismo arte que construyó la magnífica Puerta del Perdón y sus hojas ; y e¡ alguna duda 
pudiera caber en olio, desvanécela de todo punto la siguiente inscripción, quo en dos líneas de caracteres monacales se halla en el lienzo de pared frontero 
al altar de San Fernando, la cual en la misma disposición en que la ofrecemos, dice así: 



S ; EL : MUY ; ALTO i BUEY ] DON | ENRIQUE ] POR 
ESTA i CAFIELLA ; MANDÓ ■ FASER • ACABÓSE ■ EN ■ 



IMBA '■ DEL i OUEBBO | DEL ] REY ■; SU ': 

l ■ EHA i DE I M E i OCQO ■ IX | AÍfS ( 1371 ). 



(3) Ignoramos de todo punto dundo pudieron 
a mujer de Al-Mauzor tuviera por nombro Fálin 



adquirir, así el marroquí El-Gacel, como el peregrino de Belén, la noticia por ambos consignada de qu< 
i , y estuviera ya aquél casado en Sfiti. Por el testimonio de los escritores arábigos, y muy especialmente 



180 



EDAD MEDIA. — ARTE CRISTIANO. —ARQUITECTURA. 






Béstanos sólo, para terminar nuestro modesto ensayo, deducir de él las conclusiones que sin violencia se desprenden, 
las cuales no consienten, en verdad, el supuesto de la tradición, cuyo exclarecimiento heñios intentado: 1." Que 
aquel vasto edificio situado al Norte del Alcázar Viejo, que, comenzando en la Calle del Rey Almmeor, comprendía 
las casas en que fué construido el Hospital del Cardenal, hasta la Calle de los Judíos, y «cuyos jardines se extendían 
»a todo lo que es hoy huerta del rey , entre el arroyo del moro y las Iteras de la salud,» no fué nunca propiedad de 
Al-Manzor, ni este importante caudillo, a quien debió la España árabe sus últimos dias de gloria, tuvo alli su Pa- 
lacio, cual se pretende en nuestros mismos dias.-2.' Que la Iglesia de San- Bartolomé, vulgarmente llamada 
Mezquita de Almanzoh, pertenece al estilo de transición del románico al ojival, y es, por tanto, obra cristiana del 
siglo xm, lo cual demuestra que no pudo ser labrada por el «wacir Almanzor y su esposa Fátima,» a fines del 
siglo x (366 H.— 976 J. O.)— 3.' Que las traducciones que, así Sidi-Ahmed como el «doctísimo católico de Belén,» a 
quien alude Feria, hicieron de las leyendas de la referida Iglesia, son completamente apócrifas y se hallan despro- 
vistas de toda razón y fundamento. - Y 4.' Finalmente , que la tradición, en la cual se han apoyado los escritores de 
las antigüedades cordobesas, para afirmar cuanto hemos procurado rebatir, es del todo infundada y errónea; pues la 
única base en que parecía hallarse principalmente sustentada, que lo eran las inscripciones arábigas, no solamente 
persuade de que aquel edificio no tuvo relación alguna con Al-Manzor, sino que es todo él, tal cual hoy subsiste, 
producto del arte cristiano, perteneciendo, tanto la obra de almocárabe que reviste los muros, como el alicatado de 
la zona inferior ó zócalo, al estilo mudejar, que habia de dar vida a muy grandiosos edificios al correr de los 
siglos xiv y xv, 4 cuya cabeza puede sin duda colocarse el Alcázar del Rey don Pedro en las regiones andaluzas. 



[h. 



por el Saycm Alaajgreb, que en l„g„ O p OltüD0 0¡tamo , ya¡ „ Ü6n , omoo¡m¡mU¡ de qno Abn . Amer Mohammad contrajo matrimonio con I,má lija de 

H.g.b Uahb Aa-Nas.ery, y ,„. 1„ boda. ,, efectuaron en 1. Alaquia d, laAl-A„„ía el I.' de Moh.rr.m de 367; y finalmente, ,ne «1 ..pirar Mohammad 

. este enlace hab.a cbtemdo ,. la alta dignidad de Ba,ib i aini.tro del Califa (fine, de 366). Toda, e.ta. circunstancia, fueron Indudablemente i™. 

rada, por arabo, traductores, quienes no obstante marchan de acuerdo, a.i en 1. dignidad que atribuyen a Al-Manscr- 

consejero de E.t.do en 5 de Safa, de 3G6 , - cerno en el nombre de su mujer, y en la fecha que con.ignan , .i bien , aca.o 

diligente Feria, anadia el «doctísimo católico de Belen.aqne la Capilla fué labrada ileMro M Palacio del Hagib de Hixe 

..lar, ,ne parte de aquello, dato, hubieron de ser .nmini.tr.do. á Sldi Ahmed-cuando en 1766 traducía la. tantas vece, citada, n 

personas que le rodeaban, deseosas de conocer el mi.terio encerrado en aquellos caracteres no descifrados l.a.ta entóneos, como asimi.m. 

lico de lisien r no lilao .¡no oopiar la reciento traducción del embajador de Marruecos. 



brado guarir ad-Daula ó 
implacer y aun halagar al 
II. Fuera de toda duda parece 



EDAD MODERNA. 



MUSEO ESPAÑOL BE ANTIGÜEDADES . 

ARTE CRISTIANO. 






Foto-lito^raTia, Zaragazanoy Jayme Madrid. 



ESTAMPAS ESPAÑOLAS GRABADAS EN MADERA. 

(de principios del Siólo XV].) 




MUSEO ESPAÑOL DE ANTIGÜEDADES 



EDAD MODERNA . 



ARTE CRISTIANO. 




Folo-litogralia, Zaragozano y Ja).n 



ESTAMPA ESPAÑOLA GRABADA EN MADERA. 

(de principios del Sirtlo XVI.) 






1 



GRABADOS ESPAÑOLES 



E N M A D E R A 



DE ANTIGUAS EDICIONES 



DON ISIDORO ROSELL Y TORRES, 







a vqz primera no es esta que el Museo Español de Antígüedadüs dá 
cabida en sus páginas á un estudio tan poco cultivado entre nosotros, 
tan olvidado, por decirlo asi, y pospuesto á otras muchas materias á 
que diariamente dá pábulo el alan de las investigaciones del curioso, 
y el creciente favor que hallan en el público aficionado. Nos referimos 
al asunto que motiva estas páginas, es decir, al conocimiento y exa- 
men de algunos de nuestros más antiguos monumentos del grabado 
en madera, siquiera sea como por vía de ensayo de un trabajo que está 
por hacer, arduo y dificultoso, en verdad, no siempre ameno y agra- 
dable, hoy de importancia sama como complemento de la historia, no 
sólo del arte nacional, sino de nuestra tipografía en los primeros años 
de su implantación en el suelo español. Sirva el presente trabajo, breve 
y compendioso como será, de ampliación á lo que ya expusimos eu 
otro lugar (1), tratando de dar á conocer la estampa española más antigua abierta en cobre que con fecha ha llegado 
hasta nosotros , y que entonces acompañamos con una muestra de grabados en madera de principios del siglo xvi (2),. 
materia que con más preferencia trataremos ahora , ofreciendo al público otros ejemplares de este último género, dig- 
nos, por cierto, de su atención y detenido examen. 

. Penetrados de la importancia y valor de esta clase de monumentos los críticos de todos los países se afanan más y más 
cada dia por sacarlos nuevamente á luz , estudiándolos bajo el punto de vista que marca su mismo carácter. ¿Cuánto 
aprecio no merecen, á la verdad, aquellas primeras estampas que hoy se custodian en los Museos y Bibliotecas de 
Europa, ya cual precursoras del arte de G.uttenberg, de Faust y Schoeffer en las ediciones tabelarias ó xilográficas, 



(1) Monografía titulada: Estampa Etpafiala ¿el siglo XV 

(2) Véanse las estampas que ilustran la misma Mouograf 



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182 



EDADES MEDIA Y MODERNA.— ARTE CRISTIANO. — GRABADO. 






ya como producciones sueltas con que se desarrollaran los primeros gérmenes del grabado en madera , ya en fin como 
ilustración de esas preciosas ediciones incunables en que estudiamos los orígenes y producciones de la estampación 
con caracteres movibles? 

Si dable nos fuera ocupar largas páginas en el estudio de las cualidades y desarrollo del primitivo grabado en 
madera, identificado, á no dudarlo, con la cuna y desenvolvimiento de la imprenta, necesario seria que trazáramos 
la historia de este último invento, desde la impresión de los naipes y de las planchas xilográficas, natural, sino ver- 
dadero origen del descubrimiento de Guttenberg. Las cuestiones entabladas entre alemanes y holandeses, dispután- 
dose el honor de haber sido cuna uno ú otro país de la invención del grabado sobre planchas de madera, nos hacen 
ver claramente que en ambas partes se empleaba ya este método á principios del siglo xv, coa aplicación a la fabri- 
cación de los naipes por procedimientos fáciles y expeditos, y que ni el mismo Lorenzo Cóster, de Harlem, fué otra 
cosaque grabador de naipes antes de ser impresor de libros.— La piedad sencilla del pueblo hallaba, por otra parte, 
en las estampas de imágenes de santos, creciente alimento de su fervorosa devoción : hé aquí otro de los poderosos 
estímulos que impulsaron durante todo el siglo xv al arte del grabado enmadera, que produjo esos verdaderos monu- 
mentos del arte , cual los que llevan estampada al pié de un rudo é incorrecto trabajo del inexperto artista , las fechas 
de 1418 y 1423. Costumbre singular fué laque desde un principio, y aun durante el siglo xvi, movió á los artistas 
que trabajaban con el buril sobre el boj , el hacer completa omisión de su nombre y patria; error inconcebible el de 
muchos que incluyen entre el escaso número de los conocidos, el de famosos pintores ó dibujantes, como Alberto 
Durero, Lúeas de Leyden, Lúeas Cranach y otros, que, si hacían constar su nombre en cifra ó monograma, era tan 
sólo como dibujantes é inventores de la composición original que había de abrirse luego al buril. Wolgemuth, 
maestro de Durero, fué uno de los artistas más hábiles que á esta clase de trabajo consagraron sus tareas. 

De tan sencillos ensayos no tardó en nacer un nuevo arte; la impresión de los libros de imágenes, de que existen 
tan curiosos como raros ejemplares en algunas bibliotecas de Europa. Entre estos la Biblia Pauperum, así denomi- 
nada, por estar destinada al pueblo que no podia adquirirla Biblia entera por un corto precio, fué una de las más 
importantes publicaciones de este período; su impresión puede referirse hasta á 1430; está compuesta de cuarenta 
hojas, folio menor, que son otros tantos grabados, representación de los principales pasajes del Autiguo y Nuevo 
Testamento, con leyendas ó inscripciones alusivas, pero breves, compendiosas y de lectura algún tanto difícil hoy, 
por la forma de los caracteres y las repetidas abreviaturas que se emplean (1). 

Estos libros de imágenes devotas sugirieron la idea de aplicar el procedimiento á los libros destinados á la ense- 
ñanza en las escuelas ; grabáronse entonces de relieve sobre planchas de madera varios alfabetos y unos libros , entón-r 
ees muy en uso en todas las escuelas, que, por ser un breve compendio de la gramática de Elio Donato, escritor del 
siglo iv , fueron conocidos generalmente bajo el nombre de Donatos. 

Hasta entonces la pluma movida por la mano del copista habia sido el único procedimiento empleado para la con- 
fección de los manuscritos; los ensayos de impresión tabelaria ó xilográfica, imperfectos y todo como eran, habían 
de traer bien pronto el descubrimiento de la imprenta; faltaba sólo obtener más perfecta regularidad en los tipos, y 
más expeditos medios en la producción de los libros; no así el grabado enmadera, que no hubo de alcanzar mayores 
adelantos en su parte mecánica y de mera ejecución, aunque sí, como veremos, pudo desarrollarse en la esfera 
artística, gracias al talento de los grabadores alemanes, formados al rededor del gran Alberto Durero. 

El mismo descubrimiento de la imprenta , ya que no variase las condiciones de este género de grabado, habia de 
abrir más vastas esferas en sus aplicaciones, no poco limitadas hasta entonces. Guttenberg, empero, al dar á luz su 
famosa Biblia de Maguncia, parece quiso velar con cierto misterio el procedimiento empleado para la producción de 
ésta y otras obras salidas de su prensa, intentando disfrazarlas con la exterior apariencia de manuscritos, tales como 
entonces salian de mano de los copistas ; las letras iniciales , que más tarde habian de grabarse lo mismo que los tipos 
comunes, quedaron en blanco ea estos primeros monumentos de la tipografía, para ser después hechas amano, ilu- 
minadas ó simplemente miniadas; ¿qué mucho que este deseo de los primeros impresores en desfigurar sus obras, de 
tal modo que pudiesen pasar en el comercio de libros como hechas á mano, ai más ni menos que las demás que hasta 
entonces habia producido el trabajo lento y pesado del amanuense, hiciese que careciesen los primeros libros ¡ 



(1) Un ejemplar de cuta Hiblin «e tuuserva eu la Sala r/<? Eitampa 



i Bibliotepa Nacional. 



' "-■■ ...a 



GRABADOS ESPAÑOLES EN MADERA DE ANTIGUAS EDICIONES. 



1.83 



de las prensas de Maguncia y Strasburgo de toda inicial, adorno ó viñeta, como más tarde con tanta profusión y buen 
éxito se emplearan en casi todas las ediciones? 

Ko busquemos en estas primeras obras , llamadas comunmente incunables, las bellas y casi siempre interesantes 
ilustraciones que adornaran posteriormente los libros, aun después de la invención y propagación del grabado en 
cobre, que, como es sabido, se refiere á una fecha algo posterior, y que no lleva ciertamente ventajas sobre éste, en 
cuanto se considere como arte auxiliar del de la imprenta. La costumbre de grabar en madera las iniciales, viñetas, 
portadas y demás estampas que adornan é ilustran tantos libros salidos de las prensas de Europa, no fué general basta 
principios del siglo xvi , cuando ya la imprenta estaba difundida y habia vencido por completo aquellas primeras 
dificultades que no llegaron a superar sus mismos inventores. 

Al lado de Ulrico Zell, discípulo de Guttenberg y establecido en Colonia hacia 1463 en que publicó su primera 
obra, y de Antonio Koburger, que imprimía en Nuremberg desde esta época hasta 1513, figura entre los nombres 
de los impresores de esta última é importante ciudad , el del famoso y ya antes citado Alberto Durero , de quien existen 
bastantes obras ilustradas de gran número de estampas abiertas en madera, y debidas á los dibujos que él mismo 
trazara, tan bellos y originales por todos conceptos. Confúndense, en efecto, ambas profesiones; esto es, la del im- 
presor y la del grabador en madera , tan luego como la propagación de la imprenta por Europa estableció la costumbre 
de acompañar á los tipos del impresor las viñetas y adornos abiertos en la madera por la diestra mano del artista 
grabador. 

Bien pronto las imprentas de toda Europa dieron á luz multitud de libros en bellas ediciones, dignas de mención ya 
por las ilustraciones grabadas que acompañan al texto , ya por sus iniciales ó viñetas de estilo del Renacimiento, las 
más veces por la esbeltez de los tipos usados, la claridad de la lectura y el esmero en la corrección. Así Conrado 
Sweynbeim y Amoldo Pannartz, establecidos en Roma , daban á luz en 1465 el Laclando y la Ciudad de Dios de San 
Agustín, y sucesivamente las principales obras de los clásicos y padres de la Iglesia; en Venecia, cuna en lo sucesivo de 
los más famosos impresores , introducían este arte hacia 14G9 varios alemanes , entre ellos Juan de Spira, que mereció 
singulares privilegios del Senado de aquella ciudad ; y bien pronto en las ediciones venecianas viéronse sustituidos con 
gran éxito los primitivos caracteres llamados góticos ó de lorlis, con los romanos, claros y esbeltos; allí también 
Aldo Pió Manucio , cabeza de los célebres impresores de este apellido , comenzaba la brillante época en que los clásicos 
todos de la antigüedad habian de darse á luz en esas bellas y esmeradas ediciones llamadas aldinas, del nombre de 
aquella ilustre familia. Las artes ílorecientes entonces en aquella metrópoli rendían homenaje al arte tipográfico, 
enriqueciendo estas correctas ediciones con profusión de viñetas y adornos de exquisito gusto y primor. Como eu 
Venecia los Aldos, en Holanda los Elzeviros, llevaban el arte tipográfico á alto grado de perfección en sus renom- 
bradas ediciones Elzevir -¿anas, cual herederos de los primeros impresores establecidos sucesivamente en Amberes ( 1472) , 
en Lovaina y en Bruselas. París daba á luz en 1470 el primer libro impreso en Francia, salido de las prensas del 
alemán Ulrico Gering; Lion tres años después, y sucesivamente Angers, Tolosa, Poitiers y otras importantes ciudades, 
hasta la publicación de las numerosas y bellas ediciones salidas de las prensas de los Stefanos. En Inglaterra res- 
pondían á este común impulso las ediciones de Westminster (1474), y las que sucesivamente vieron la luz en otros 
puntos del reino. 



i próxima ya al periodo de su mayor apogeo y grandeza , cuando la imprenta se propagaba rápidamente por 
toda Europa, no habia de permanecer extraña a la introducción en su suelo del nuevo invento. Los ilustres monarcas 
Isabel y Fernando , que así habian atendido á ganar con la conquista de Granada un nuevo florón para la corona de 
España, como á prestar el único apoyo que para su aventurada empresa encontrara el intrépido marino genovés, 
como á proteger las artes, las ciencias y las bellas letras, no podían dejar de atender á la implantación en sus flore- 
cientes y ricos Estados de aquel aun nuevo y poco extendido descubrimiento. Colocada poco después nuestra patria 
al frente de la civilización Europea, ningún progreso intelectual . ninguna industria o arte fueron para ella extrañas 
ó de poca valía. 



184 



EDADES MEDIA Y MODERNA. — ARTE CRISTIANO.— GRABADO. 












Cuanto pudiéramos apuntar aqui acerca del primer impulso que el arte de imprimir y el de su auxiliar del grabado 
en madera , recibieran muy luego entre nosotros , parécenos estar sintetizado en las siguientes atinadas frases con que 
el Sr, Caveda encabeza su bosquejo acerca de los orígenes y desarrollo del grabado en España (1). «Todavía reeieDte 
la invención del grabado , y cuando apenas son conocidos en Europa sus primeros ensayos, España los reproduce ya 
con todo el empeño de una noble emulación , y el resultado que podia esperarse de las prácticas , no bastante perfec- 
cionadas por la observación y la experiencia, pero muy adelantadas para concebir desde tan temprano lo que llegaría 
a ser el arte, si a sus recientes teorías se allegase la perfección del mecanismo que traslada al papel los rasgos produ- 
cidos por el buril en las planchas de cobre y de otros metales. Pocas son entonces entre las naciones mas cultas las 
que pueden presentar estampas tan antiguas y curiosas como las producidas en Aragón y Castilla; pocas mas singu- 
lares y acabadas , atendidas las circunstancias de la época a que corresponden. No como un ornato de los salones del 
poderoso; no para formar colecciones y satisfacer la curiosidad de los aficionados a todo lo peregrino y extraño, ni 
como un objeto de lujo y un vano recreo, sino como ornamento y mejora de los libros que 4 la sazón so imprimen, 
ven la mayor parte de ellas la luz pública. Las emplean casi siempre la piedad cristiana ó la ciencia, ora para dar 
idea de las virtudes de un santo ó encarecer los sublimes misterios de la Religión ; ora para rendir un justo homenaje 
de gratitud y respeto á los hombres ilustres , reproduciendo su imagen, ora, en fin, para poner al alcance de todos las 
variadas producciones de la naturaleza ó ilustrar los viajes á lejanas regiones.» 

«Así es como con la imprenta se propaga entre nosotros primero el grabado en madera y después el producido con 
las planchas de cobre y acero. Puede decirse que uno y otro arte aparecieron al mismo tiempo en nuestro suelo ; que 
juntos se generalizaron; que un mismo destino los hizo inseparables y necesarios 4 la civilización que en todas partes 
grandemente se desarrollaba. Muchos extranjeros vinieron desde tan temprano a extender ambos inventos en España 
atraídos por la fama de su riqueza, ó por el alto concepto que de nuestra ilustración y cultura se formaba. Habían 
establecido sus imprentas, como poseídos de una noble emulación Nicolás Spindoler en Valencia, Mateo Eiandro en 
Zaragoza, el sajón Botel y Pedro Brun en Barcelona; Lamberto Palmart en Lérida (2). Siguiéronles poco después, 
animados del mismo espíritu y contando siempre con el favor del público , entre otros alemanes Hosembach , Brocard , 
Pedro de Colonia, Ungut y Estanislao Polono. Eran muchos de ellos impresores y grabadores a la vez, asociando las 
dos profesiones para dar nuevo realce á los libros con las portadas , las estampas y menudas viñetas , las letras floreadas 
y las orlas y grecas caprichosas, rebosando ingenio y travesura. Bien pronto encontraron entre nosotros estos extran- 
jeros muy diestros imitadores, y dignos émulos de su reconocido mérito. Aun se conservan en nuestras bibliotecas 
las ediciones que salieron de los talleres de Antonio Martínez, Alfonso de Orta, Mateo Vendrell, Pedro Rosa, Juan 
Vázquez, Juan Tellez y Diego Garniel, sin hacer mérito de los demás españoles que á su lado se formaron generali- 






por Antonio Martínez, Bartolomé Segura y Alfonso del Puerto, primeros tipógrafos españoles, 



(1) M-murias para la historia de U liual Academia de San Femando. 

(2) liemos suprimido aijuf las fechas que el Sr. Caveda señala á las imprentas de estos nuestros primeros tipógrafos, por no juzgarlas del todo exactas. 
En su lugar, parécenos oportuno citar la enumeración de las fachas de nuestras imprentas y nota de las primeras ediciones, que apunta el P. Méndez 
un su Tipografía Española : 

1474:. Valencia: Les obres é trobes, uic , 4.", sin nombre de impresor. 
147a. Zaragoza: Manipulas Curatorum 4.", por Mateo Flandro. 

1475. Barcelona: De epidemia el peste, del maestro Velasco de Taranta, traducido al catalán por Juan Villa. 
1475. Plasencia: Biblia Latina. 
1477. Sevilla: Sacramental, del arcedianc 
según el citado P. Méndez. 

1479. Lérida : Breviario Ilkrdente. 

1480. Salamanca: Introducciones latinas de Nebrija, 

148*2. Zamorai Vita Christi, por Fr. Iñigo de Mendoza, impresor Centenera. 
1483. Gerona: Memorial del Pecador. 

1485. Burgos: Arte de Gramática, de Fr. Andrés de Cerezo. 

1486. Toledo : Cuiifalatorium errorum contra claves Ecclesiae. 

1487. Murcia : Capitación de Batallas campales. 
1489. San Cucufate (Monasterio): Abbacl Isaac. De Itcliyione. 

1489. Tolosa: Vision, deleitable , de Alfonso de la Torre ; impresores, Juan Páris y Esteban Clehat. 
1493. Valladolid : Las notas del Relator Fernando Diaz do Toledo ; impresor, Juan de Erancotir. 
1495. Pamplona : Medicina y cirugía conveniente a /a salud; impresor, Arualdo Guillen de Brocar. 
149G. Granada: De Vita Christi. 
1499. Monserrate : Missalt,. 

L499. Tarragona: Missalc, por Juan llosseinlacli. 
149!!. Madrid: Leyes de Don Femando y Doña Isabel. 



GRABADOS ESPAÑOLES EN MADERA DE ANTIGUAS EDICIONES. 



185 



zando la imprenta y con ella el grabado en madera, tosco y desaliñado todavía; pero el fiel intérprete de muchos 
usos y costumbres , trajes y utensilios , cuya memoria se hubiera perdido sin su auxilio. Empleábase sobre todo en las 
crónicas generales y particulares; en las obras ascéticas y de ejercicios devotos; en las vidas délos varones ilustres y 
en las genealogías de las familias más distinguidas. Su mérito guardaba por lo general cierta proporción con el de 
las producciones literarias, á'cuyo realce se destinaba. Estampas hay de los primeros años del siglo xvi, grabadas 
con planchas de madera, que aun hoy mismo merecen por más de un concepto los elogios del inteligente, así como 
las buscan con avidez los aficionados a la indumentaria para estudiar en ellas las de la sociedad que las produjo. Por 
las pocas que todavía se conservan puede valuarse el precio de las que desgraciadamente han perecido, más aún por 
la incuria de los hombres que por los estragos del tiempo. No aparece en algunas tan inexperto y desmedrado el arte 
como pudiera esperarse de los primeros ensayos. Si son susceptibles de perfiles más limpios, de mayor delicadeza y 
variedad en el rayado, de toda la destreza de un buril suave y certero, dócil á la mano que le dirige, respiran en 
cambio el buen gusto de la época, ostentan un dibujo clásico, el toque vigoroso, la fecundidad de la invención, las 
buenas máximas que á tanta altura levantaran entonces las bellas artes.» 

Márcanse, á no dudarlo, estas cualidades de nuestro grabado en madera más ó meaos caracterizadas, en varias 
estampas ya muy raras, en que si bien se descubre cierto gusto alemán y conatos de imitar los mejores modelos del 
extranjero, dejan también ver no poco de cierto espíritu nacional que animaba á los demás ramos de las bellas artes. 
Así lo demuestran el carácter de las figuras, los trajes y tocados, los accesorios do las escenas, muchos de ellos de uso 
en Castilla y Aragón , no propios de Alemania ó de Flándes. Generalizado y hasta hecho popular más tarde el grabado, 
elemento necesario parala publicación de numerosas obras literarias, fiel intérprete del espíritu de la piedad que se 
difundía en tantos libros, adornándolos de estampas que despertasen más vivamente la devoción en todas las clases, 
ganó mucho en corrección y esmero á medida que Madrid, Valencia, Barcelona y otras importantes ciudades multi- 
plicaban de dia en dia las producciones de sus prensas. La afición a las leyendas caballerescas y tradiciones queridas 
para el pueblo, prestó nuevo pábulo al grabado en madera, mereciendo la aprobación del mismo sentimiento popu- 
lar, que en ellos veia traducidos sus recuerdos de gloria, sus creencias, sus costumbres, los hechos memorables de 
sus mayores. 



ni. 



Si como queda indicado las estampas en madera que ilustran muchas de las primeras ediciones de nuestra imprenta, 
cual son las que ahora tratamos de describir y que ofrecemos reproducidas en fac-simil en las dos láminas que acompa- 
ñan á este breve y ligero estudio, carecen por lo general de un gran mérito artístico, con relación á la época á que 
corresponden, como monumento histórico y como fuente del estudio de las artes suntuarias, son no poco dignas del 
aprecio y estimación que hoy empieza á dispensárseles. 

Como estampas sueltas y destinadas á dar alimento á la piedad, pueden enumerarse en este concepto la de San 
Serapio, con masó menos razón atribuida por algunos á Juan Suarez; la de Santa Águeda, del P. Esclapez, autor 
de varias imágenes devotas en papel de reducidas dimensiones; la de San Antonio, señalada con las letras Q. R. E., 
de artista desconocido; las de Santa Catalina, Santa Clara y otras muchas que diariamente satisfacían la devoción, 
sino valiéndose de recursos artísticos, empleando los que siempre están al alcance de las cortas exigencias de la rudeza 
y sencillez del pueblo. 

Como ilustración, diferentes ediciones á fines del siglo xv y gran parte del siglo xvi publicábanse multitud de gra- 
bados acompañando á los textos para aumentar el valor y precio de aquellas curiosas y á veces hoy raras ediciones. 
Adornadas de estos interesantes grabados en madera se publicaban la Crónica de San Fernando, en 1540; la Vida 
de Santa María Magdalena, impresa en Valencia el de 1505; la Leyenda de Santa Catalina de Sena, saudade 
las prensas de la misma ciudad en 1511 (1); y el Flos Sanciorum del P. Vega, edición de Zaragoza de 1521. 



(1) Dimos muestra de It 
siylo XV, tumo lí, pág. UZ 



e adornan tste libro e 



a do las quo ilustran nuestra Monografía, ya citada, titulada: Esltwqxi Española del 




Por la fecha de tales ediciones venimos en conocimiento, con cierta aproximación, del tiempo a que refieren 
estos interesantes grabados , no así por desgracia del nombre y circunstancias de sus autores. La rara estampa de 
carácter marcadamente español en que están representados San Roque y San Sebastian , acompañados de la leyenda 
en una banda ó filacterio: Aparta, SeHor, tu ira de sobre tu pueblo, lleva debajo del lema impreso al pió: Saneti 
perfidem vicermit regna adepti sunt repvtimissione, el lugar en que se publicó , esto es , Salamanca, y el año 15ái en 
que sin duda se dio á la venta, como estampa devota para implorar el auxilio divino contra el terrible azote de la 
peste. Más difícil, como decimos, es la indicación, siquiera sea breve ó escrita en cifra ó monograma, ya del artista 
dibujante, ya del grabador, ya del que ejercía ambas profesiones cuando á la vez se hermanaban en un 
mismo individuo. Vemos esto por rara excepción en pocas estampas, relativamente al número de las infinitas 
en que se omite; entre otras, podemos mencionar la que lleva al pié las letras A. T. L. R. (que en este orden ó en 
otro pudieran descomponerse el monograma formado por ellas) y representa al Salvador en la parte superior y á 
San Miguel en la inferior pesando las almas en la balanza; forma el reverso ó respaldo de este grabado otro no 
menos interesante, en que se representa a Nuestra Señora con el Niño sentada en una silla, acompañada por 
ambos lados de Ángeles y con el escudo de los Católicos Monarcas por la parte inferior. Ambas estampas, de un 
carácter en cierto modo italiano, se ven en el libro titulado Flor deis Sa?ils, impreso en Barcelona antes de 1565, 
traducido por Gerson y después añadido por Cali, fraile dominico. Otra, en fin, que por este motivo podemos 
citar es del Libre des Consells, obra lemosina de Jaime Roig, en que se representa á nuestra Señora en un trono con 
cuatro Santas á los lados, dos de las cuales tienen escritos los nombres de Sánela Dorothea y Sánela Eulalia, el 
carácter de este grabado pudiera recordar el que domina en las estampas en madera de Alberto Durero, y como 
aquellas la A y la D escritas en monograma, ésta lleva una h al pié como firma del desconocido é ignorado artista 
que la concibiera ó abriera sus trazos en la madera. 

Al alternar con los caracteres impresos los moldes de estos grabados, se atiende menos á la delicadeza y finura 
de las líneas y A su acertada combinación, que á despertar en los lectores un recuerdo, una fugitiva impresión de 
los hechos ó pasajes que han de despertar su curiosidad. Tosca á menudo y desabrida la ejecución, angulosas las 
formas y frecuentemente descuidado el dibujo, son con todo estos grabados, ingeniosas composiciones, á veces de 
agradable sencillez, de capricho y variedad en los accesorios, trajes y ornatos: rico arsenal de datos para apreciar 
la indumentaria de la época. 

En las estampas que ligeramente dejamos mencionadas, y en otras de que luego vamos á ocuparnos, domina un 
carácter esencialmente español; monos felices estos primeros ensayos, que los que veian la luz en el extranjero, no 
participan en verdad del estilo peculiar de las escuelas germánicas; diferencias bien marcadas hay que no pueden 
pasar desapercibidas aun á los menos conocedores, y que establecen una transición entre el arte antiguo y el que bien 
pronto debe reemplazarle. Guiados del espíritu que impulsó á Berruguete, á Becerra y á Arfe, á Juanes y á Morales, 
los artistas posteriores, esto es, los de principios del siglo xvi, rivalizan ya con los extranjeros en los grabados en 
madera que se daban á luz en multitud de ediciones, no sólo por la mayor valentía de ejecución y corrección de 
perfiles, sino por el sabor clásico con que la escuela innovadora, importada de Italia, comenzaba á caracterizarse 
en todas las obras artísticas. Más costoso y difícil el grabado en cobre, de menos aplicación con respecto á la 
imprenta por el diferente mecanismo de que se vale en su estampación, logró no obstante más tarde, llenar á 
menudo las veces del grabado en madera, en las ediciones que desde fines del siglo xvi en adelante veian la 
luz pública. 



IV. 



Zaragoza, si no la primera de las ciudades españolas en haber dado acogida al aún reciente y poco extendido 
invento de la imprenta, ocupa el segundo lugar entre Valencia y Barcelona, que las tres, como capitales de la 
floreciente corona de Aragón, fueron las primeras en España que le plantearon, gracias á sus relaciones exterio- 
res y á su extendido comercio. El primer libro impreso en la capital de Aragón es el titulado Manipulus Curato- 



GRABADOS ESPAÑOLES EN MADERA DE ANTIGUAS EDICIONES. 



187 






rum á Guido de Monteroteri , año de 1475, por Mateo FIand.ro, primer impresor que se conoce en España, ó mas bien 
el primero que hizo constar su nombre en sus ediciones, puesto que las publicadas antes ó al mismo tiempo en 
Valencia y Barcelona, carecen de esta indicación. A este libro siguieron otros muchos que fueron sucesivamente viendo 
la luz, cada vez con mayor afán por parte do los tipógrafos y más favorable acogida por parte del público (1). Al 
citado Mateo Flandro sigue desde 1485 Paulo de Hurus, alemán de Constancia, que imprimió en aquella ciudad 
hasta los últimos años de aquella centuria; Jorge Coei, Leonardo Butz y Lupo Appentegger, alemanes también, 
sostienen durante el mismo siglo ú igual altura el arte tipográfico en Zaragoza. 

Una de estas publicaciones comprendidas entre el año 1475 y el fin de aquel siglo, es la que ahora va mas particu- 
larmente á llamar nuestra atención , notable no sólo por su mérito tipográfico y el artístico de sus grabados en madera 
(objeto especial de nuestro estudio) sino aun por la importancia literaria que generalmente le ha sido atribuida, 
como que de ella se conocen por lo menos hasta ocho ediciones. 

Titúlase el libro: Exemplario contra los engaños y peligros del mundo; lleva este título grabado, en el folio pri- 
mero, á manera de tarjeton sostenido por dos manos; á la vuelta hay una estampa abierta en madera que repre- 
senta á un rey sentado en su trono, con un cetro en la mano; delante de él está un sabio en ademan de ofrecerle 
un libro; dos letreros transversales nos declaran que aquel es el rey Disles y éste el sabio Sendebar. La impresión 
es esmerada y con las iniciales abiertas en madera. Al fin se lee el colofón siguiente: Acabase el excellente libro in~ 
titulado: Aviso et enxemplos contra los engañoso peligros del mundo. Emjirentado en la insigne é muy noble eiudat 
de Carragoca de Aragón con industria el expensas de Paulo Hurus: Alemán de Constancia fecho é acabado á XXX 
días de marco del año de nuestra salvación mili. CCCC XCIII. Y la marca del impresor con el lema: m ómnibus 
operibus luis memorare novissima tua (.2).» 

No es nuestro objeto hablar de las bellezas literarias que ofrece el Exemplario ó Libro de Calila é Dymna ó Fá- 
bulas de Bidpay , que por todos estos uombres es conocido; hafto más podrán llamar nuestra atención los interesan- 
tes grabados en madera que, por vía de ilustración y enseñanza para los lectores, le acompañan, reproduciendo en 
estilo tan sencillo y espontáneo como el del texto, los pasajes de cada uno de sus ejemplos ó fábulas. 

No ha sido generalmente reconocida aún la importancia de esta clase de ilustraciones , es decir, de aquellas que acom- 
pañan á antiguas ediciones, hechas enmadera, en estilo sencillo, á veces tosco y rudamente ejecutado, espontánea 
manifestación del arte , no levantado á sus remontadas esferas por mano del inexperto y pobre artista, que por mez- 
quino sueldo las ejecutara. Tienen, sí, un gran valor, como dejamos apuntado, para el estudio de las artes suntua- 



s publicados en Zaragoza desde el quo dejamos apuntado hasta los últimos años del siglo xv , d que s 
■l de declaratione Missae, por Fr. Benito de Parentinis.— Fori edili par dominum Jacobum Regem. 



i impresos por Pablo Huí 



(1) He aquí la en maeración de los libro 
nuestro estudio: 

1478. Libe?' de expositio. 
1478 (hacia). De Advocatis. 

1481. Spectd.um Vitm; liamanae. 

1482. Expositio breéis d. utilis supi.r Psalterio. 
1485. Epístolas y Evangelios, romanceados por Gonzalo García de Sania Mar 

impreso por el mismo Hurus. 

1488. Misal tii. la Diócesi» de Huesca, por el mismo. 

1489. Clínico libros de las Fábulas de Esopo. 

1490. Ordenanzas -Reales de Castilla. 

1491. Espejo de la vida humana. — Proverbios de Séneca glosados. 

1492. El tránsito de Sant Jheronimo.—De moribus, traducción sobre Aristóteles, por Lebnardo Aretino.— Cat 
¡. La Ckronica de España, abreviada por Mossen Diego de Vulera.— £í Salustio Cathilinario é Ingurtha. 

mera edición que se conoce de este libro hecha en España. La segunda es de Burgos, por Maestre Fadrique, alemán de Basileu. 
-"I. Descríbela el P. Méndez en su Tipografía Española, refiriéndose á la noticia que de ella dio el erudito Sarmiento en sus Obras 
eii folio menor, aunque los grabados no son los mismos qne los que adornan la edición do 1493. 
A esta sigue otra de Zaragoza , también eu folio , hecha por el célebre tipógrafo Jorge Cocí en 1531 , lo cual no fué obstáculo para que diez y seis anos 
después la repitiese otro impresor de la misma ciudad, 
La cuarta, de Sevilla, 1534, tiene ,l B o variado el titulo, p„«. od.má, de 1. palabra &,», pue.f en la parte .up.rior del frontis, die. mí, .tajo: 

s como las 



í Constimuia, — Misal Cístimuf/iia/ano, 



ero Suero ó Coplas de Vita CJsrisH. 



(2) Esta e. 
álG de Febrero de 14' 

Postila utas. Es tambíe 



. _.. .a parte supurio 
Libro llamado Exemplario : en el anal se contiene muy buena doctrina y graves sentencias debaxo de graciosas fábulas : nuevamente corregido. 
domas en fóho menor, letra de Tortis y consta de GO hojas con grabados intercalados en el texto, aunque más pequeños que los de las edic 
res. Al fin se lee : Fué impreso el presente libro intitulado : Exemplario contra los engaños y peligros del mundo en la muy noble i afamada cih 
en la emprenta de Joan Crombergei: Año de MDXXXIIII. 

Jacobo Cromberger, impresor de Sevilla y hermano del anterior, la reimprimió en 1537, también en folio menor. 

Después hay otra de la misma ciudad, por Juan Cromberger, con el colofón: Fué impreso el presente libro intitulado: Exemplario, etc., e. 
e afamada ciudad de Sevilla en las casas de Juan. Cromberger , que santa gloria aya , año del Señor de MDXLI ; folio menor de 98 hojas con ei 

En Zaragoza, según queda dicho, la volvió á imprimir Esteban Bartolomé de Nájera en 1547; folio menor con estampas. 

Hay, por fio, una edición sin fecha, y en 8,", hecha en Anihoreii en los últimos años del siglo xvr, juntamente con las Fábulas de Esopo 



i auterío- 

de Srci/la, 



la muy noble 



■kae*" 






188 



EDADES MEDIA Y MODERNA. —ARTE CRISTIANO. — GRABADO. 



rías, para conocer los usos , las costumbres , la vida íntima , los trajes deL pueblo , los tipos, en fia, que han. desapare- 
cido y que á veces no se nos trasmiten con tanta fidelidad en las más bellas obras de arte. 

Este valor, sin duda alguna, podemos atribuir á los grabados que adornan la primera edición del Exemplario, 
en número de 117, si bien limitándole á los que representan escenas de costumbres contemporáneas ó que, cuando 
no, están expresadas con tipos y trajes de la época, es decir, de fines del siglo xv. Estos son en mayor número que 
los que representan fábulas cuyos actores son animales de diferentes especies, pintados casi al capricho y en gene- 
ral poco interesantes bajo el punto de vista que dejamos indicado. 

Lo son , si , en extremo como representaciones de escenas y costumbres de la vida intima de las que adornan las his- 
torietas cuyos títulos marginales dicen: «Razón es sienta miseria el que no sabe guardar lo que gana»; «al virtuoso 
no le fallesce su premio»; «el codicioso aun lo imposible cree». Vemos en unas trajes de soldados, de sayones ó de 
menestrales, de un alcalde, de un juez ó de un físico; podemos conocer la forma de las camas, los adornos de los 
estrados, los objetos más insignificantes del menaje de la casa; la sencillez con que todo se representa es la más 
segura garantía de la fidelidad de estos pormenores. 

La estampa, que en una de nuestras láminas ofrecemos reproducida, pone de manifiesto cuanto dejamos indicado. 
Corresponde en el original al fól. g. 2, y en ella se representa una escena con todos sus pormenores , en espontánea 
y fácil manera. Lna mujer es visitada todos los dias de su amante, que se cubre de cierta capa de extraños colores 
para ser conocido de ella aun en las sombras de la noche, ün criado, sabedor del secreto, en ausencia del amante, 
logra disfrazado con aquel traje engañar á la dama, que le recibe sin temor en su estancia. El amante cuando des- 
cubre la treta, no para hasta hacer extensiva su venganza aun á la misma capa , quemándola para no ser segunda 
vez engañado. Los pormenores en los trajes y tocados son interesantes en extremo en esta como en otras muchas 
de las láminas del Exemplario. Por esta razón , si su mérito artístico no aventaja, ni aun iguala, á muchas de. las 
bellas estampas que asi en Italia como en Alemania ó Flándes veian la luz por aquel tiempo, si aun para el arte 
propiamente español tampoco son de importancia innegable, el arqueólogo, el erudito y aun el que busque en este 
libro sus literarias bellezas, no dejará de repasar con gusto la larga serie de estampas que ilustran el texto; entre 
las cuales es una de las más curiosas la que se ve reproducida en nuestra lámina. Ninguna de las de esta colección 
lleva signo, ni monograma, que dé á conocer su autor. 



v. 



Si Zaragoza habia disfrutado muy pronto, como queda dicho, de los beneficios del arte de la imprenta, Valencia 
fué, según también indicamos, aun más privilegiada, puesto que fué la cuna de la primera traída del extranjero á 
nuestra patria. Desde luego carece de fundamento la especie de que en Castilla existiera ya la imprenta en 1452, 
como se ha afirmado por algunos apoyándose en el cronista Rodrigo Méndez Silva. No le tiene mayor la conjetura 
de que el primer libro fuese la Caleña áurea , de Barcelona 1471 , que ni se conserva , ni consta que haya existido. 
Con mayores probabilidades y con más celosos defensores se ha insinuado la opinión de que el primer libro impreso 
en España es el que se dio á la estampa en Barcelona por el impresor Gherling en 1468 , cuyo titulo es : Pro Con- 
denáis orationibus. Así lo han afirmado el canónigo D. Jaime Ripoll, el autor del Diccionario Enciclopédico y otros 
críticos ; pero la opinión de D. José Orga, impresor de Valencia, el cual defiende á su patria como la primera ciu- 
dad impresora, nos parece rebate con copia de argumentos estos asertos. Es evidente, pues, que habiendo venido 
á España hacia el año 1471 algunos extranjeros vendiendo libros, al año siguiente ó al inmediato debió montarse 
en Valencia una imprenta, y en el de 1474 se publicó en 4." y sin nombre de impresor (aunque se supone que 
lo fueron Lamberto Palmart y Alfonso Fernandez de Córdoba) el primer libro impreso en España, cuyo titulo es: 
Les obres é troves davall scrites les quals tracten de lahors de la Sacratissima Ver ge María , compilación de poesias 
para un certamen de varios vates celebrado en 25 de Marzo de dicho ano. A este primer ensayo no tardaron en su- 
ceder los de otros varios impresores, extranjeros la mayor parte, que llegaron á levantar la imprenta de Valencia á 
la altura de las primeras de España. Los nombres de Lamberto Palmart y Alfonso Fernandez de Córdoba, ya citados, 
los de Lope de Roca, alemán, de Jaime de Vila, de Pedro Hagenbach y Leonardo Hutum, de Nicolás Spindoler, 



1 



GRABADOS ESPAÑOLES EN MADERA DE ANTIGUAS EDICIONES. 



189 



Alfonso de Orta y Cristóbal Cofman, figuran dignamente en las preciosas ediciones hechas en Valencia desde 1474 
hasta el fin de aquella centuria fecunda en invenciones y descubrimientos (1). 

Entre estas publicaciones valencianas, de una particularmente nos ocuparemos ahora: dióse a luz en 1497 en 4.", 
bajo este titulo: Zoproces de les Olives é disputa deis jovens Mdesvells. Fet per alguns tróbadors avant nomenats, 
é lo sompid de Joan Joan. El colofón dice : A loor é gloria de nostre Salvador y Redempior Jesu Christ senyor nostre, 
fonch acabada la present obra á XfJIl dias del mes de Ochcbredel any de la Incarnacio M.CD. XCVII. Estampa/, 
per Lope de la Roca Alamany en la insigne ciutat de Valencia. El otro colofón correspondiente á la segunda parte 
del libro, esto es, al sompni de Joan Joan, dice así: Ad laudem eí honorem domini nostri Jesu Cristi ejusque glo- 
riosa?, Matris Virginis Mariae, fidt impressum in chítale Valentiae per Lupum de la Roca Alemanum die XXV 
Octobris Amio Domini MCDXCVII (2). Literariamente considerados tanto el Proces de les Olives, como el sampm 
de Joan Joan, impresos juntamente como hemos visto, son a preciabilísimos para el estudio de la literatura valen- 
ciana en el siglo xv; mas no es de nuestra incumbencia ahora entrar en este examen, ni en los estudios biográficos 
y bibliográficos á que pudieran dar lugar. Dos de las estampas que hemos reproducido pertenecen á ambos libros, y, 
eu este concepto nos hemos detenido en recordar estas primeras ediciones valencianas ilustradas por lo general de 
esta manera. Sí haremos notar que este bello Poema ó sea el Proces de les Olives tiene por objeto describir los 
escollos en que caen los jóvenes y viejos que se entregan á los deleites mundanos ; á este fin escriben varios poetas, en 
respuestas y réplicas de unos á otros, siendo el primero de ellos Mossen Bernardo Fenollar, célebre poeta valencia- 
no, y siguiendo á éste los no menos ilustres vates Johan Moreno, Micer Verdancha, Jaime Gazull y lo Siudich del 
Come, Mossen N'Arcis Vinyoles y Baltasar Portell. Todos ellos, si se exceptúa á Micer Verdancha, están represen- 
tados en 1 a estampa á que ahora nos referimos, con sus respectivos nombres superpuestos, sentados en sillas al- 
rededor de un laurel, junto al cual vuelan cuatro palomas, y en lejano término, aunque no siguiendo las 
reglas de la perspectiva, se ve representado á Johan Jo/tan, personaje tomado del Sompni ó Poema de Gazull de 
este titulo que más extensamente se representa en la otra lámina aunque con el mismo traje, si bien se observa, 
tendido en el campo y no lejos de dos laureles que acompañan á un ciprés. En primer término un conejo aparece 
comiendo las híerbecillas de la pradera y en el último un galgo que corre en persecución de una liebre, cuatro 
palomas, como en la estampa precedente, vuelan en diferentes direcciones, y un buho ó mochuelo aparece tranqui- 
lamente posado en la copa de uno de los árboles. Si las bellezas del arte no resaltan en estos grabados, toscos y rudos 
como son, pintan al vivo los pasajes de la obra que ilustran, y son como un grato comentario añadido á sus intere- 
santes páginas. 

La cuarta, en fin, de las estampas reproducidas en la misma lámina existe en la rica colección de la Biblioteca 
Nacional, incluida en el grupo formado por los grabados primitivos españoles, en madera, y sin duda alguna pro- 
cede también de alguna de las ediciones antiguas españolas de fines del siglo xv ó principios del xvi. Hubiéramos 
querido con toda exactitud marcar su origen ó sea el libro en que se dio á luz; mas de cuantas averiguaciones 
hemos practicado, nada ha resultado, pues que ni por la inspección de la estampa es fácil venir en conocimiento de 






(1) Hé aquí una ligera noticia del orden y fechas de cstaB primeras ediciones de la imprenta valenciana: 
1474. La citada Les obres é trabes... 

1476. El Comprehemorium de Juan. — Lbb obras de Salustio. 

H77. Sxmmula contfessionis utilissima.— Tertia pars Summa S. Thom. impres. Valentiae. MCCCCLXXVII. 

1478. Biblia Sagrada, por el P. Bonifacio Fcrrer, hermano de San Vicente. 

1482. Cosmographia de Pomponio Mella: de Sita Orbis. Per Lamberían Palmaré, alemanum.— Leyes del Raí 

1483. Lo libre apcllal Oreada, 

1484. Régimen de Princeps, de Fra Fraiteeeh Eximencs. 

1485. Exposición del Tedeum laudamus. — Vida del bienasenturat Sartt Onoral. 

1486. De la sacratiesima conceptio de la intemerata Marti de Deu.—O&cio de la Virgen. — Exposición del Cúnl 
Valencia. 

1490. Tirant la Blanc. — Omelia sobre lo Psalin: de Profundia. 

1493. El caballero. 

1494. Verger de la Vergt María. 

1496. Epístola; Franck'.'i Aretini. 

1497. Vita Christí, de la Reoerent abadesa de la Trinidat. 

(2) A este año se refiere el libro de cuya descripción vamos á ocuparnos. El Proces de les Olives i 
- 1532, i: En Valencia por Juan de Arcos en 1561, 8."- El Sompni de Joan Joan, bc reimprimid 

millessimo quiaqumtessimc vigettimo TIL Die XXIX memis Juni 4." 



Doi 



•■ reimprimió en Barcelona por C 
ávitate Barcninone per L'arobtm 



190 



EDADES MEDIA. Y MODERNA. —ARTE CRISTIANO. —GRABADO. 



esto, ni registrando los libros de los orígenes de nuestra imprenta se consigue a veces un resultado mas satisfactorio 
cuando suelen faltar en ellas las mismas estampas con que salieron a luz. Sin duda que en este grabado se ha que- 
rido representar una cátedra ó escuela pública en aquella época: sentados los discípulos en sus bancos y con el libro 
a la vista, oyen atentos la voz de su maestro, que parece inducirles á que le presten mayor atención recordándoles 
el texto del Evangelio : Qui kabet aures audiendi audiat. Ocupa el maestro su asiento en la cátedra , especie de sitial 
cuyo respaldo forma como un dosel ; parece que lee ó comenta el texto que tiene á la vista; otros varios volúmenes 
se ven en una tabla bastante elevada, y es singular que tanto el maestro como los discípulos estén cubiertos con 
gorros á birretes de variadas formas ; costumbre acaso de entonces, que no creemos debiera atribuirse á inexactitud 
por parte del artista que tan prolijo y nimio se muestra en representar hasta las vetas de la madera de las mesas y 
asientos. 

¿Pudiera este grabado pertenecer á la edición de las Introducciones Latinas de Nebrija, y en tal caso representar 
la cátedra del mismo insigne humanista que con tanto crédito y aplauso regentara en la sabia universidad Salmati- 
cense? Sea lo que fuere, el mérito del grabado no es sobresaliente , pero no por eso deja de ser menos curioso bajo el 
concepto que le hemos considerado. 



Ví. 









Otra de las estampas que reproducimos se refiere á algunos años más tarde que las anteriores; al año 1502, fecha 
que lleva el libro á quien acompaña salido de las prensas de la entonces próspera y floreciente , Alcalá de Henares. 
A esta ciudad no habia de tardar mucho en llegar el arte de imprimir, pues que á la entrada del siglo xvi estaba ya 
llena de hombres de letras, y el insigne Cardenal Cisneros empezaba á distinguirla con singular predilección; la 
impresión que bajo sus auspicios se hizo allí de la famosa Biblia poliglota, llamada Complutense por este motivo, bas- 
taría á dar á Alcalá una perdurable celebridad en los anales de la tipografía. 

Según D. Melchor de Cabrera, el licenciado Varez de Castro llevó á Alcalá este arte, en que fué muy perito. No 
tardaron en seguir este ejemplo otros impresores como Miguel Mittaire y Arnao Guillen, aunque sin hacer mención 
del año en que daban á luz sus publicaciones. El primero con fecha es Lanzalao ó Stanislao Polono, cuyo nombre ya 
habia sonado en Sevilla al imprimir alli desde 1491 á 1500 varias obras en unión de Meinardo Ungut. Establecido 
en Alcalá posteriormente PolonO , dio á luz en 1502 las Ordenanzas reales , llamándose impresor de litros , estante en 
la villa de Alcalá de Señares. Antes ó después de este libro, puesto que sepublicé en el mismo año, salió de las pren- 
sas de Polono la obra en cuatro volúmenes , cuya curiosa lámina vamos á examinar. En la banda flotante ó filacterio 
que corre por debajo del escudo real leemos sin dificultad el titulo de la obra: Vita Chrisli Oartuxano romaneado 
por Fr. Ambrosio, esto es: la Vita Christi escrita por el Cartujano , traducida al castellano por Fr. Ambrosio de Mon- 
tesino. Este Fr. Ambrosio (después obispo de Cerdeña), según se declara en el mismo libro, fué de la Orden de San 
Francisco y se ocupó en él por orden de los Reyes Católicos; circunstancias todas que, como vamos á ver, están grá- 
ficamente expresadas en la estampa. Si examinamos el libro hasta su conclusión veremos al fin que: fué emprentado 
por industria é arte del muy ingenioso é honrado Stanislao de Polonia varón precipuo en el arte impresoria é 
imprimióse ácosta é expensas del virtuoso é muy noble varón Oarcia de Sueda en la muy noble villa de Alcalá 
de ¿Tenares á XXII días del mes de Noviembre del año de nuestra reparación de mili é quinientos é dos (1). 

El carácter español que distingue á ésta, como á las anteriores estampas de que nos hemos ocupado , creemos está 
sobremanera marcado en cada uno de sus detalles; el asunto también no puede ser más español y conforme con la 
índole y circunstancias del libro á que acompaña. Los Reyes Cotólicos están sentados en su trono bajo un rico y reca- 
mado dosel ; reciben de manos del mismo Fr. Ambrosio el libro que por su encargo habia traducido ; este viste el 
humilde hábito de la Orden franciscana, que el artista presenta plegado aún (lo mismo que los mantos y túnicas de 
ambos monarcas) con ese gusto peculiar del siglo xv, con pliegues acanalados y rectilíneos; otro fraile franciscano 



(1) So reimprimió después cu Sevilla e 



GRABADOS ESPAÑOLES EN MADERA DE ANTIGUAS EDICIONES. 



191 



aparece por el laclo derecho, como esperando á que su compañero concluya su misión. Por debajo de esta sencilla é 
interesante composición se ve de gran tamaño el escudo real de los Católicos Monarcas, sostenido por el águila y 
en la forma que se usó en todos los monumentos de entonces, pintándose acuartelados los castillos y leones, con el de 
las barras de Aragón y emblemas de Sicilia y en punta el de Granada. 



Hemos procurado examinar ligeramente estas estampas salidas de las prensas de algunos de los primeros tipógra- 
fos establecidos en las ciudades de Zaragoza, Valencia y Alcalá de Henares; de intento hemos omitido el hablar de 
los nombres de sus autores, puesto que, sin que nos esforzásemos mucho en probarlo, se ignoran de todo punto. La 
carencia absoluta de todo signo, monograma ó iniciales, no sólo en estas sino en otras muchas estampas que en la 
época á que nos hemos referido y posteriormente, se abrieron en madera, hace casi imposible un estudio acerca de la 
vida é ignorada existencia de sus autores. ¿Fueron españoles? ¿Los impresores en cuyas oficinas se dieron á luz estos 
libros ilustrados, por lo común extranjeros, se valdrían de otros compatriotas suyos para estos trabajos, los llevarían 
á cabo por su propia mano, ó los confiarían á la ya acreditada experiencia de algunos artistas españoles, dedicados 
al grabado en madera y educados por ajena enseñanza? El lector podrá satisfacer á estas preguntas como bien 
le plazca, porque no es nuestro intento penetraren el terreno de las hipótesis, faltándonos en que apoyar las más 
ligeras conjeturas. Bástenos suponer, que bien extranjeros sus autores, bien nacionales, ya dedicados exclusivamente 
á la profesión del grabado, ya ocupados en su práctica como medio de mejorar y aumentar el valor de propias im- 
presiones , cosa común entonces , los grabados del P roces de les Olives , el del Exemplario , el del libro de Fr. Ambrosio 
de Montesinos, y el otro , cuya procedencia ignoramos, que á aquellos acompaña en una de nuestras dos láminas , tienen 
repetimos, un carácter marcadamente español , que acredita, en concepto nuestro, que este arte vivia ya en España 
con tradiciones y con escuela propia. Si no llegó , como era de esperar á alcanzar dias de gran gloria , no se culpe al 
genio español que en todos los ramos del saber y en las artes entonces empezara á florecer ; atribuyase á especiales 
condiciones de nuestra patria, á la costumbre, cada vez creciente, de recibir de Flandes ó de Italia, dominios en 
parte de su corona, las bellas ediciones y estampas preciosas allí publicadas. 

Sirva, noobstante. tan ligero ensayo como es éste, á poner de manifiesto cuanto podría hacerse en adquirir datos 
para un estudio tan olvidado como importante en la historia general de nuestras artes, en una de sus más útiles é 
interesantes aplicaciones. 



Nota. Por un error involuntario se ha equivocado el título en una de las laminas de esta Monografía, diciéndose: 
Españolas grabadas enmadera de principios del siglo XYI, en lugar de decir: de fines del siglo XV. 



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5 J 



PINTURA MURAL, 



RECIENTEMENTE DESCUBIERTA 



EN UNA CASA PARTICULAR DE TOLEDO: 



POR EL ILMO. SFNOR 



DON JOSÉ AMADOR DE LOS RÍOS, 



INDIVIDUO DE NUMERO DE I.AS ACADEMIAS DE LA HISTORIA Y BELLAS ARTES DE SAN FERNANDO, CATEDRÁTICO DEL DOCTORADO 
EN LA UNIVERSIDAD CENTRAL, ETC., ETC. 



INTRODUCCIÓN. 




üestros lectores recordarán que al empezar la Monografía, 
consagrada en el precedente volumen de este Museo de Anti- 
güedades, á ilustrar las Pinturas mu/rales, descubiertas en la 
Ermita del Cristo de la Luz de Toledo, tuvimos ocasión de con- 
signar que era la antigua ciudad de Wamba, frecuente teatro 
de muy importantes hallazgos arqueológicos, los cuales venían 
sucesivamente á comprobar la grande importancia artística 
que habíamos concedido a la expresada metrópoli en nuestra 
Toledo Pintoresca. Es en efecto , grandemente consolador, para 
cuantos halian en los monumentos del arte la más eficaz ense- 
ñanza respecto de la gradual cultura de los pueblos, el que en 
medio del vértigo asolador que reduce á escombros en todos los 
■as de las pasadas edades,— no sin excitar repetidamente la 
indignación y las generosas cuanto enérgicas protestas de los Cuerpos Sabios (2), — salgan a dicha 
del profundo olvido, en que por largos siglos yacían ignoradas, muchas y muy insignes preseas del arte nacional, sin 
cuyo auxilio y conocimiento fuera inútil el anhelo de trazar su historia. Ofreciéronnos importante cuanto luminoso tes- 
timonio para bosquejar la de la Pintura mural en nuestra Península, hasta los primeros días de la xm.° centuria, los 



ángulos de España las más 



(1) Copiada de un Códice de principios del siglo xv, que se conserva en la Biblioteca Nacional. 

(2) Son, en efecto, muy frecuentes las reclamaciones que las Reales Academias de la Historia y da las Tres Nebíes Artes de San Fernando elevan al 
Gobierno Supremo, para evitar la ruina do muchos y muy preciados monumentos históricos y artísticos. En particular, es dignado la consideración délos 
hombres sabios por el noblo celo que la anima, la Exposición que con fecha 10 de Diciembre de 1873 formuló Ja última Corporación, con el intento de 
poner coto al vértigo destructor que se Labia apoderado de las Corporaciones populares. La Academia de San Fernando incluía en su Exposición larga 
nota de los edificios religiosos y civiles derribados ya en todos los ángulos de la Península ó amenazados de inminente peligro. Justo es consignar aquí 
que, haciendo alarde de un celo y de un patriotismo desacostumbrados, dictó el Gobierno en 16 del precitado Diciembre un muy notable decreto, enca- 
minado á llenar los patrióticos é ilustrados deseos de la Academia, por el cual exigia la más estrecha responsabilidad á los Municipios, que sin la autori- 
zación conveniente ejecutasen ó acordasen el derribo de un monumento artístico ó histórico. De apetecer sera que este notable decreto no Biga la suerte de 
tantos otros, caidos desdichadamente en punible olvido. 

tomo iv. n 



¡gao*.-.-- 



194 



EDAD MEDIA. — ARTE CRISTIANO. — PINTURA. 



muy peregrinos temples que guardaba bajo sendos tabiques y en variadas ornacinas la primitiva Mezquita ya arriba 
mencionada: sacada á la luz del dia por el descubrimiento fortuito, que en breve determinaremos, la interesante Pin- 
tura, que da motivo al presente estudio, no brinda, en verdad, menor incentivo á la investigación histórica, res- 
pecto de la enunciada consideración artística, mientras abre nuevos senderos 4 las disquisiciones arqueológicas, en 
orden 4 las costumbres y a la vida social de nuestros mayores. 

Desdicha ha sido de los estudios históricos, hasta la edad presente, el que sojuzgados los ánimos y deslumhrados 
por la gloria de las armas , sólo se hayan fijado las miradas de los narradores en los grandes sucesos que han trastor- 
nado los imperios, llenándolos de sangre y luto y sujetándolos á triste servidumbre, 6 levantándolos al colmo de la 
grandeza y del poderío, en alas de inverosímil fortuna. Nada ó muy poco ha debido la ciencia histórica á las anti- 
guas escuelas, en orden á la investigación, al examen y á la quilatación de los elementos constitutivos de la vida 
social; y esto muy principalmente en cuanto se refiere á los tiempos medios. Envueltas en oscura niebla por la des- 
deñosa indiferencia de los sabios, que mientras volvían ansiosos su vista á la antigüedad gentílica, abrumaban bajo 
el dictado de hartaros á cuantos monumentos podían contribuir á la ilustración del mundo cristiano, han deman- 
dado y obtenido aquellas edades de la ciencia arqueológica de nuestros días la luz que debia reanimarlas; y derra- 
mada ésta felizmente por todas las esferas, donde habían brillado la actividad y la inteligencia humanas, comienza 
por fortuna á resplandecer y fructificar en todas partes enseñanza tan fecunda, no siendo ya mudo ni estéril, en 
esta obra trascendental de la reconstrucción histórica, ninguno de los antes menospreciados monumentos. Por lo que 
son en sí, considerados como otras tantas creaciones artísticas; por lo que representan, dado su fin útil, ya respecto 
del culto religioso , ya respecto de las prácticas y ceremonias políticas , ora en orden a las costumbres domésticas, ora 
on fin, á los actos públicos de la familia, del concejo, de la provincia ó del reino entero; por lo que directa ó indi- 
rectamente significan, revelando unas veces las maneras y traeres de las clases privilegiadas, empeñadas á la con- 
tinua en lisonjear su bienandanza y su orgullo con todos los placeres que solicitan sus riquezas, y poniendo á veces 
de resalto las nobles aspiraciones de la virtud y del patriotismo más acendrados; por todos estos y otros multiplicados 
conceptos, logran hoy los monumentos de la Edad-media, como lo alcanzaron desde la época de Petrarca y de Boc- 
cacio los de la antigüedad pagana, el ser considerados como otras tantas piedras de toque de la historia, donde se 
prueba y quilata el oro de las modernas nacionalidades. 

Healízanse á dicha la mayor parte de estos fines en muchos de los ensayos arqueológicos que han visto la pública 
luz en el Museo Español de Antigüedades, por lo que á nuestra peculiar civilización concierne; y no es por cierto, 
según dejamos insinuado, la Pintura mural, cuyo descubrimiento anunciamos, el monumento que menos puede 
contribuir, dentro de nuestra Península, á la consecución de los mismos, en determinados sentidos.— Descubierta 
esta joya singularísima del arte en un edificio particular de Toledo, el cual, aunque notablemente desfigurado por 
los siglos, podría á duras penas sostener la categoría de casa mayor 6 palacio de tercer orden ,— convídanos, en pri- 
mer lugar, á inquirir y reconocer las relaciones sociales que su existencia establecía con otras más suntuosas mora- 
das, pertenecientes no ya sólo 4 los proceres toledanos, mas también á los que tenían puesto su asiento en otras 
comarcas y ciudades.— Dispuesta para hacer en el indicado edificio las veces de tapiz, cual demuestran sin género 
de duda las especiales circunstancias que en su descripción reconoceremos, bríndanos desde luego 4 entrar en 
tan sabrosa cuanto útil disquisición histórico-crítica , sobre el oficio y la representación decorativa que este linaje de 
producciones alcanzaron en el sucesivo desarrollo de la arquitectura sustituyendo dentro del arte cristiano, 4 otros 
medios de exornación no menos interesantes, tanto en los primeros siglos de la Edad-media como al acercarse la 
deslumbradora Edad del Smaamiento. — Fruto de aquella afortunada derivación del arte antiguo, cuyos procedi- 
mientos técnicos nos dá 4 conocer en la España visigoda al comenzar del siglo vn, el genio observador de Isidoro de 
Sevilla , y vemos propagarse , á pesar de los grandes conflictos é infortunios con que aflige la Providencia á la Penín- 
sula Pirenaica, hasta los gloriosos días de Fernando III y Alfonso X (1),— muévenos su descubrimiento á buscar en 
otras ciudades y regiones de Iberia ejemplos y antecedentes , con que enlazar tan ignorada producción , inspirándonos 
al propio tiempo el racional deseo de tejer la historia de la Pintura mural en nuestro suelo, hasta la aplicación del pro- 



el) Remitimos á loa ilustrados lectores del Museo Español de Antigüedades, á la ya indicada Monografía de las Pinturas Múrale, 
la Lux. donde procuramos ofrecerles una breve reseña histórica de la indicada pintura en el suelo español hasta el referido siglo xnr. 



'Id Santo Cristo ¡h 



1 



PINTURA MURAL, DESCUBIERTA EN UNA CASA PARTICULAR DE TOLEDO. 



195 



cedimiento apellidado al fresco, bajo cuya denominación comprendió" erradamente la voz general de los eruditos 
desde los albores del siglo xvi , todo linaje de obras pictóricas , no ejecutadas al óleo y propias de muros y paredes. — 
No representando un asunto religioso, como acaecía de continuo en las tablas y pinturas murales de la Edad-media 
generalmente conocidas , constituye por último su aparición una verdadera novedad en la historia del arte español, 
no trazada todavía , excitando por lo nñsmo el anhelo de averiguar y definir su privativa representación , que tal vez 
entraña un interés general é histórico, bien que enlazado á la localidad donde fué tan peregrina obra ejecutada y a 
la familia, cuya morada embellecía. 

Bajo todos estos conceptos es, en nuestro juicio, por extremo interesante la Pintura mural, que aumentando la 
celebridad artística de la imperial Toledo, viene á ministrar, lo mismo á la ciencia arqueológica que á la crítica, no 
insignificante materia de estudio; y no bajo otras relaciones nos proponemos desenvolver la presente Monografía. Aspi- 
ramos en ella á obtener legítimas y útiles, aunque modestas enseñanzas, no tan sólo respecto de la esfera meramente 
arqueológica y artística , sino también respecto de la más trascendental de la historia patria; y para ello no hallamos, 
en verdad, camino más expedito y seguro que el trazado espontáneamente por las consideraciones expuestas. De ellas 
se desprenden, alo que nos es dado entender, las siguientes cuestiones: 1/ ¿Qué relaciones sociales y artísticas guardan 
los Palacios y Casas principales de Toledo con los demás Palacios y Casas señoriales de la Península, y en qué 
forma nos son hoy conocidos? — 2. a ¿Qué categoría hubo de corresponder entre ellos á la Casa, donde ha sido descu- 
bierta la Pintura mural, objeto de la presente Monografía, revelándonos la jerarquía social y política de sus due- 
ños 1 ? — 3. a Determinado el fin decorativo de esta Pintura mural, ¿puede considerarse su aplicación como un hecho 
solitario en la historia de la pintura española, ú ofrece ésta por ventura análogos ejemplos, enlazándose por tanto en 
una relación más general, á la universal tradición del arte cristiano'? — 4." Los procedimientos técnicos que esta 
Pintura mural revela, ¿tienen antecedentes calificados é inequívocos dentro de nuestra España, subordinándola á 
una tradición realmente artística, y como tal esencialmente histórica? — 5.' ¿Era objeto de la expresada Pintura, que 
es toda civil, la conmemoración de algún hecho público relativo á la historia privativa de Toledo, ó llenaba simple- 
mente las aspiraciones de una familia, más ó menos ilustre y acomodada? ¿A qué época ó momento histórico 
puede referirse, en consecuencia de todo, la ejecución de tan apreciable monumento de la Pintura Mural en España? 

Tal es, en efecto, el número y el orden progresivo de las cuestiones que nos cumple dilucidar para la mejor ilus- 
tración del nuevo descubrimiento toledano. Podrá acaso la misma novedad de la materia divertirnos en más ó menos 
pertinentes digresiones : al tocarlas , procuremos ceñirnos , cual siempre acostumbramos , á la naturaleza é integri- 
dad del asunto. 



Estudiando antes de ahora los elementos constitutivos de la vida interior de nuestros mayores, para deducir las 
leyes fundamentales del arte literario en nuestra Península, hemos tenido ocasión de reconocer, con la posible evi- 
dencia, que descansando sus costumbres públicas y privadas en las creencias y en los sentimientos que formaban 
el bello ideal de la Reconquista, no podían menos de reflejarse estos sentimientos y estas creencias en la poderosa 
actualidad social que realmente constituían. «El pueblo español, sometido en la vida doméstica á un gran principio 
religioso y subordinado en la pública á una ley imperiosa y á un deber supremo (hemos escrito al propósito indica- 
do) no vivia en las plazas, como el pueblo griego, ni deliberaba al aire libre, en los comicios, como el romano. 
Mientras en Atenas y en Esparta eran el más alto objeto de la civilización la vida del Estado, el interés de la patria, 
las costumbres republicanas y el patriotismo ardiente de los ciudadanos; mientras dominaban en Roma al espíritu 
público la turbulencia de las costumbres , el menosprecio de los afectos domésticos y el sacrificio de la individualidad 
ante el interés general del Estado, eran en España el recogimiento, la abstracción moral y la práctica de todas las 
virtudes cristianas, el alma de la vida doméstica, constituyendo respecto de la pública, el único lema, la única 
necesidad del pueblo ibero, la defensa de la patria restaurada, y la salvación de la patria oprimida por los mahome- 
tanos. Los héroes castellanos, que congregados en el templo, á nombre de tan caros objetos, y asociados sinceramente 



196 



EDAD MEDIA.— ARTE CRISTIANO. — PINTURA. 









al sacerdocio, alientan y sostienen con sn espada y su consejo las bélicas empresas de los reyes, defendiendo al par 
sus inmunidades, compradas con sangre en mitad de las lides, pertenecen ante todo a la familia ; y si durante el 
peligro de la patria, era la defensa de ésta su único pensamiento y la única ley de su existencia, cuando, libre ya 
el Estado del enemigo natural, yolvian á sus hogares, entonces el esposo y el padre cristiano se consagraban al 
cuidado y educación interna de sus hijos, confiando a la autoridad de los monarcas la custodia de sus fueros y la 
guarda de las leyes, con la administración de los intereses públicos.» 

Sentados estos principios, que establecían nna diferencia sustancial entre las manifestaciones artísticas del mundo 
antiguo y las características de la Edad-rnedia, proseguíamos observando en orden a los efectos más inmediatos 
que aquellos producían, al reflejarse en las esferas practicas de la sociedad cristiana : «La vida del pueblo español 
más recogida y doméstica [que la del pueblo griego y la del romano] , necesitaba de otros medios de satisfacción 
para llenar sus fines]: concediéndolo todo á la familia, buscáronse con esmero los caminos de la comodidad y de 
los goces interiores, empleándose la arquitectura y las demás artes en el logro de aquella idea, que andando los 
tiempos, hallaba también estimulo en el ejemplo de los árabes. Los palacios y alcázares, exornados de suntuosos 
patios, galerías y jardines, donde gozaban los caudillos castellanos las caricias de sus esposas y de sus hijos, y 
donde jamás penetraba el bullicio del mundo, reemplazaban en España, durante los siglos medios, á los pórticos, 
termas y plazas de Atenas y do Eoma, como testimonio inequívoco del recogimiento, de la quietud y de la manse- 
dumbre que presidian á las costumbres domésticas de nuestros abuelos (1).» 

No de otra manera acudía el noble arte de construir á satisfacer las exigencias de la vida doméstica entre nuestros 
mayores, dado ya el poderoso movimiento que impulsaba á la cultura española. Obedeciendo al sentimiento religioso, 
al heredar en el suelo de Asturias las galas del arte latino-bizantino, creado bajo las alas de la Iglesia española 
durante la monarquía visigoda, habia señalado donde quiera los pasos triunfales de la Reconquista con la erección 
de peregrinas basílicas, hijas de aquel bello estilo, que llena los siglos x , xi y xn, y ya conocido por la ciencia 
arqueológica con nombre de románico: subviniendo á la necesaria defensa del territorio, palmo á palmo arraneado 
al poderío del Islam, habia erizado de castillos y fortalezas sierras, montes y desfiladeros, rodeando de muros, 
torres y propugnáculos las villas y ciudades, para ponerlas á salvo de las frecuentes invasiones agarenas. Religiosa 
y militar por excelencia, en el doble fin de consagrar á Cristo y de amparar las tierras redimidas al precio de la 
sangre española, hallaba al propio tiempo la arquitectura no menos útil y trascendental empleo, satisfaciendo las 
ya indicadas necesidades de la vida social, así en las comarcas, donde apenas fijó suplanta el mahometismo , como en 
aquellas, donde arraigó su yugo por largas centurias; y fiel espejo de los sucesivos desarrollos de la cultura nacional 
en sus multiplicadas relaciones, reflejaron sus obras, no ya solamente las varias trasformaciones del arte y de la 
industria, mas también las operadas, al correr de los siglos, en las más libres esferas de las costumbres. 

Coincidía este mayor florecimiento de la arquitectura citil , en todos los reinos cristianos de la Península Ibérica, 
con los mayores y más fructuosos triunfos de la Reconquista, reflejando vigorosamente, y en muy peregrina unidad 
el doble desarrollo que caracteriza en nuestro suelo los más trascendentales progresos del arte. Mientras consecuente 
á sus no dudosos orígenes y atenta al logro del bello ideal que la habia engendrado, echábase la arquitectura reli- 
giosa en brazos del grandioso estilo ojival, llamado á poblar de maravillosos templos y catedrales nuestras más ricas 
metrópolis, confiaba casi del todo la civil el éxito de sus más granadas producciones al estilo mudejar, ensayado ya 
felizmente en todo linaje de construcciones, enriqueciendo de suntuosos alcázares, palacios y casas mayores, no ya 
solamente las más poderosas ciudades, sino también las más humildes villas y aldeas. «Imitando primero (hemos 
escrito ya con análogo propósito) los nombrados palacios de los Abd-er-Raimanes y de los Beni-Ábbad, erigidos 
en Córdoba y Sevilla; compitiendo después con los fabricados en Toledo y Zaragoza por los Beni-Dhi-n-Nun y los 
Beni-Lopez; y emulando por último los deslumbradores portentos de la Alhamlira y del Generali/e, debidos en 
Granada á los Al-Ahmares, subió á tal punto, durante los siglos xrv, xv y parte del xvi, la fecundidad de aquel 
singular estilo arquitectónico en todos los confines de España, que apenas es dado todavía visitar sus villas y ciudades, 
sin hallar á cada paso preciosos monumentos mudejares, elevados ora por el majestuoso anhelo de los reyes, ora por 



(1) JTistvria crítica de la Lilcmliira española, t. ni, cap. i, págs. 12, 13 y 14. 



PINTURA MURAL, DESCUBIERTA EN UNA CASA PARTICULAR DE TOLEDO. 



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la ostentosa magnificencia de los proceres y caballeros, ya por el fausto deslumbrador de los prelados, ya, en fin, 
por el creciente poderío de los municipios, y aun por la fortuna de los ciudadanos (1).» 

Ostentábase pues la arquitectura civil grandemente embellecida por las galas del mudejarismo en tan nobles ciuda- 
des de León, Burgos, Segovia, Sevilla, Córdoba, Guadalajara, Valencia, Zaragoza y Barcelona, y en villas tan 
insignes como Tordesillas, Ocaña, Escalona, Alcalá de Henares, etc.; y no era por cierto la celebrada ciudad de los 
Concilios la que menor riqueza monumental atesoraba, en las moradas de sus proceres y caballeros, debida , como la 
de sus iglesias parroquiales, á sus renombrados alharifes. No han llegado por desdicha á la edad presente todos los 
palacios y edificios mayores que poseyó Toledo en las expresadas centurias, trocada una buena parte de ellos en casas 
de religión, de caridad, ó de enseñanza, al correr de la Edad-media y aun entrado ya el siglo xvi. Inmunidad había 
sido de la ciudad de Wamba , otorgada por su esclarecido hijo, don Alfonso X, el que no pudieran fundarse dentro 
de su recinto más conventos ni monasterios que los de Santa María de Álficen, San Pedro de las Dueñas, Santo 
Domingo de Silos, La Trinidad y Santa Olalla, taxativamente mencionados en aquel memorable privilegio. Andando 
el tiempo, y quebrantada tan preciosa libertad del Municipio toledano por los mismos reyes (2), empezóse luego á 
poblar de casas religiosas el casco de la ciudad, habiendo subido á tanto el abuso que ya en los últimos diasdel 
siglo xv movíase el Cardenal D. Pero González de Mendoza á ponerle severa enmienda, no consintiendo durante el 
tiempo de su arzobispado que se crease allí ninguna religión, ni se hiciesen nuevos conventos. A la muerte de aquel 
grande hombre rompiéronse, sin embargo, los diques al comprimido anhelo de convertir la ciudad de los Concilios 
en un inmenso monasterio ; y viéronse en breve plazo reducidas á este oficio , con las ya aplicadas al mismo fin durante 
la Edad-media , más de cincuenta suntuosas moradas de reyes , infantes y caballeros y sobre seiscientas de ciudadanos 
particulares (3). 

Parecerían sin duda inverosímiles estos hechos, tan perjudiciales para el desarrollo y aun para la vida de la pobla- 
ción de Toledo, estrechada cada dia en más reducido espacio, como nocivos para la historia del arte, — pues que ó 
desaparecían para siempre á la contemplación de las gentes ó eran tristemente adulterados todos estos palacios, al 
ser convertidos en monasterios ó conventos, — si no los confirmaran irrecusables testimonios. Por ellos nos es dado, en 
efecto, asegurar que, no terminado aún el siglo xvi , desaparecían de la antigua corte visigoda ó eran aplicados á 
nuevos fines, los palacios y casas mayores siguientes: 1.° El Palacio verdaderamente suntuoso, denominado hoy 
Taller del Moro , para establecer el convento de Santa Eufemia: 2." El Palacio de los Tellez, que poseian los condes 
de Belalcázar, para fundar el colegio de Santa Catalina: 3." El Palaciode los condesde ürgaz, que se decia con error 
Palacio de los Reyes moros, para poner en él el convento de San Agustín, ya destruido: 4." Las Casas del Nuncio 
Francisco (Miz , para crear el celebérrimo Hospital de dementes que lleva su titulo : 5." Las de los señores de Casar~ 
rubios, que habian sido propiedad del líey Católico, para el convento de Santa Isabel de los Reyes : 6.° Las Casas 
de Doña Guiomar de Meneses , mujer del Adelantado deCazorla, Alonso Tenorio de Silva, para labrar el convento de 
San Pedro Mártir : 7." Las Casas de los Manueles, nietos del celebérrimo don Juan Manuel, para ensanchar el convento 
de Santo Domingo, el Antiguo: 8.° El Palacio de los señores de Cebolla, para edificar el convento de San Miguel de 
los Ángeles: 9." El Palacio de Doña Leonor Urraca, la Rica-Hembra, que fué reina de Aragón, para el convento de 
Santa Ana: 10. Las Casas de los Caballeros Pantojas, para el de San Juan de la Penitencia: 11 . Las de Don Gutierre de 
Toledo, primer conde de Noreña, para el Colegio de doncellas pobres: 12. Las de Don Diego Mirlado de Mendoza, 
primer conde de Melito, para el Colegio de Doncellas nobles : 13. El Palacio de Don Fernando de la Cerda, para el Con- 
vento del Carmen: 14. Las Casas de los caballeros Barrosos , que habian sido de los condes deMalpica, para levantar 









(1) Estudios iii'Oiiniu iilaliíi y nr^iciili'u/'iror- fobre Portugal, art. iv publicado en la RccUta de Kqniña , núm. 129. 

(2) Nos referimos i lii fundación del celebrado convento de Sanio Domingo el Real, atribuida al Rey don Pudro de Castilla, como Baben ya los lectores 
del Museo EsiaSul DH AHTKJÜBDABK3. Según declara Luis Hurtado de Toledo eu el .Memorial (le las cosas notables de eiita ciudad, que abajo daremos A 
conocer, fué, bíii embargo, debida la primera fundación de etta casa, que señala bajo el titulo de Monasterio , á doña Inés García de Meneses, el año 13(54, 
la cual destinó ú este fin bu propia morada. Hurtado de Toledo añade que después cae reedificó y amplió por doña Teresa do Ayalfi, á quien el Rey don 
Pedro amó,» y que «por las dádivas que la dio para ampliar esta casa, ae llamó tí Roí!,» teniendo allí sepultura, afiade, «dos bijoe del dicho Rey don 
Pedro, llamada don Sancho y don Die^-o:» ( Mcm»rMl di: las ornan notohlr.-t de Toledo, cap. 1.111 j. Como quiera, es indudable que ya permitiendo á doña 



Inés, ó á doña Teresa, convertir en convento sus apropias casas,» ya tomando la iniciativa en la construcción, que 
toledanos, contribuyó á quebrantar, ó quebrantó directamente el Hoy don Pedro, el privilegio relativo á la no fundad' 
de los muros de aquella metrópoli, lo cual produjo el efecto que en el texto consignamos, 
(3) Salazar do Mendoza, Crónica delijran Cardenal de España, lili, i, cap. lxyiii. 
tomo IV. 



s admitido por Iob escritoras 
nventoa ú monasterios dentro 



198 



EDAD MEDIA. —ARTE CRISTIANO. — PINTURA. 



el de Jesús-María: 15. El Palacio de los condes de Arcos, para el Hospital de la Misericordia: 16. Las Casas de don 
Diego de Meló, asistente que era de Sevilla, para establecer el Tribunal del Santo Oflcio, etc., etc. El catálogo 
pudiera en verdad ser por denlas extenso , si no temiéramos hacerlo un tanto enfadoso ( 1 ) : la población de Toledo se 
veia , en virtud de estas incesantes fundaciones, reducida a los más estrechos límites, precipitándose dolorosamente 
su decadencia, y desapareciendo , con no menor desdicha, para las artes y para la ciencia arqueológica, tantos y 
tan preciosos monumentos déla arquitectura civil de la Edad-media, como hubieran contribuido i revelarnos, con 
su estudio, la vida doméstica de nuestros mayores (2). 

Cuando en 1576, merced á la docta iniciativa del celebrado Ambrosio de Morales, cronista de Felipe II, se acometía 
la colosal empresa de recoger todo linaje de materiales útiles, para escribir la «Imperial Historia de los Pueblos y 
acosas memorables de España , » confiaba el Corregidor do la ciudad de los Concilios , don Juan Gutiérrez Tello, á Luis 
Hurtado de Toledo, la redacción del Memorial que debía dirigirse al expresado monarca (3). Dos capítulos del 
Interrogatorio, formulado por el ilustre autor de la Crónica general de España, después de exigirlas convenientes 
noticias sobre la situación geográfica y topográfica de las poblaciones, sus cercas y murallas, sus castillos, torres y 
fortalezas, trataban de las construcciones civiles. Invirtiendo en cierto modo el orden natural, intentábase averiguar 
por el primero, que era el trigésimo quinto , «la suerte de las casas y edificios que se usaban en cada pueblo y de qué 
«materiales estaban edificados, y si los materiales eran propios de la tierra, ó lostraian de otra parte»: por el segundo, 
«que era el trigésimo sexto, pedíase individual conocimiento de los edificios señalados, que en el pueblo hubiese y 
»de los rastros de edificios antiguos, epitafios, letreros y antiguallas , de que hubiere noticia. » 

Obedeciendo , con verdadero anhelo del acierto, la prescripción del último capitulo, procuraba Luis Hurtado dar 
cuenta en el Memorial de los edificios notables de Toledo; y mencionadas brevemente las Iglesias, monasterios, 
hospitales y casas de devoción , que más excitaban el público aplauso , ponia en primer término los Palacios del 
renombrado Secretario Diego de Vargas, con los del Alférez mayor de Toledo, don Pedro de Silva, ponderando por 
extremo los que a la sazón labraba don Fernando de la Cerda, insignes por su regia magnificencia. — Muchas, y muy 
dignas de alabanzas, eran también las Casas principales que ennoblecían la mayor parte de las parroquias. En la de 
San Vicente, demás de las que llevaban los nombres de los Herreras, Ayalas, Guzmanes y Mendozas, distinguíanse 
sobre modo las de don Francisco de Rivera, señor de San Martin de Valdepusa, no ya sólo por la magnitud de sus 
cuadras ó salones, sino también por la extraordinaria riqueza de los ornatos , que los enriquecían , circunstancia que 
habia dado origen á muy curiosas anécdotas (4) : en la do San Nicolás , con las muy señaladas de los Sánchez, el Rico 






ique de pasada, otros palacíoB y casas mayores, sometidos i suerte análoga eti la ciudad de Toledo. El ya 
a calidad de canónigo penitenciario de aquella Santa Iglesia, no puede parecer á nadie sospechoso, después 
que dejamos citados, como otras tantas moradas arrebatadas a, la familia por el anhelo de aumentar las 
digo lo mismo de los monasterios de Santo Domingo el Real, de la Madre de Dios, de Santa Clara la Real, 



(1) Tendremos ocasio. 
citado Pedro de Saladar y Mimdoza, que 
de mencionar la mayor parte de los edifii 
fundaciones referidas, dice: «Para no ca 

do San Pablo, de San Antonio de Pádua, de Santa Úrsula, de las Gaitanas, do la Reyna, de ¡a Vida Pobre, de San Torquato, y el Colegio Conjunto quo 
se llama el Refugio, las Recoletas Bernardas, las Religiosas de San Pedro, etc., etc.» Y cita después hasta veintitrés colegios y hospitales, creados de 
igual modo en casas ó palacios particulares (Crónica del gran Cardenal de Es¡xiña, lib. I, cap. lxvui ). 

(2) Debemos notar, aunque suponemos que ya habrá ocurrido la observación á nueBtroB lectores, que el ejemplo de Toledo se repitió, por iguales 
causas y con idénticos efectos, en casi todas las ciudades do España. Refiriéndonos ahora únicamente á Sevilla, donde, según hemos probado en otras 
Monografías, tuvieron las artes de la construcción un desenvolvimiento extraordinario, sin exceder del Biglo xiv, hallamos copiosas trasferm aciones de 
palacios y casas señoriales en monasterios y conventos. Lo fué, en efecto, el palacio arábigo de Bab E<i¡jel, en el de San Clemente en 1249; el palacio 
mudejar ciel infante don Fadrique, labrado en 1252, en el do Santa Clara; las casas mayores del ilustre caballero Alvaro StiareE, por mediación del Rey 
don Pedro, en el del Carmen (1359); las casas del Almirante don Alonso Jufre Tenorio, heredadas por dona Teresa Jufre, en el monasterio do San 
Leandro (13G9),etc, etc. Al contemplar Iob resultados de esta suerte de piadosa exageración, en que obraba al fin el fanatismo, exclama el ya referido 
penitenciario de Toledo, doliéndose del eEecto que en la población habia producido ya en su tiempo: «Pues que me ha venido [á la mano] la pelota no 
escuso de advertir que la causa más principal de haber tan poca gente en España, menos la quarta parte que uvo en otroB tiempos, so atribuye al gran 
número de eclesiásticos y religiosos que tiene» (Crónica, loco citato, par. i). Acaso no la principa!, mas no de las menos eficaces fué esta cauBa de la 
despoblación de Espafia; pero para nosotros lo que importa notar es que por tal camino desaparecieron millares da monumentos de la arquitectura, con 
daflo grando de los estudios arqueológicos y aun sociales. 

(3) El título integro es : « Memorial th algunas cosas notables que tiene la imperial ciudad de Toledo , dirigido á la C. R. M. del rey don Phelipe de Aus- 
tria, monarca de las Españas y nuevo Mundo, por Luis Hurtado de Toledo, respondiendo á los muy ¡Ilustres SS. Juan Gutiérrez Tello y ú Toledo, al plazo 
que le fué dado de la instrucción de S. M. acerca de laB diligencias que mandú hacer para la Imperial historia de los pueblos y coBaB memorables de 
España, año 157G.» Nos valemos de la copia que posee la Academia de la Historia, del códice ij. L. 4. de la Biblioteca de MSS. del Escorial. 

(4) Luis Hurtado decia, efectivamente, al mencionar este magnífico Palacio: «Está [en él] una quadra, con otras quatro quadras por retrai- 
mientos, [que es] una de las más insignes de España, y tiene quarenta y quatro pies de cada quadra. Dizon la hizo un moro, con promesa da 
libertad, y que no se la cumpliendo, se cortó él mismo la mano » {Cap. xxxvi del Memorial referido). La anécdota iba manifiestamente encaminada ú. 
enaltecer la obra ; pero carece de toda verosimilitud, sobre todo tratándose de Toledo, donde tan viva, tan poderosa, tan enérgica era la tradición del 
arte mudrjár, que produjo eBte palacio, como prueba á dicha la existencia de otros muchos y demostrarían, á carecer de monumentos vivos, las Qnh- 






PINTURA MURAL, DESCUBIERTA EN UNA CASA PARTICULAR DE TOLEDO^ 



que se trasformaban, cuando escribía Luis Hurtado su peregrino informe, en Monasterio de las Descalzas, sobresalían 
las Casas de los Sandovales y de los Rivadeneyras , mariscales do Noves, con las de los Vázquez, los Ramírez de 
Madrid, y los Sánchez Hurtado. Brillaban asimismo en la parroquia de la Magdalena los magníficos Palacios de los 
Traslamaras, propiedad á la sazón de don Diego García de Toledo, que les dio al fin su nombre, y cuya riqueza 
proteudia emular don Troylo Pérez de Áralos con los que en la misma demarcación sacaba nuevamente de cimientos: 
competían entre sí, en la collación de San Justo las antiguas moradas de los Manriques y las modernas de los Silí- 
ceos; y conservando el lustre de su abolengo, guardaban todavía, en las parroquias de San Lorenzo y de San 
Andrés, sus casas solariegas los Niños y los Rojas, los Cedillos y los Periañez. 

Ni escaseaban tampoco en los demás distritos parroquiales de Toledo estos edificios cíviles.-Ornamentoeran de la 
de San Bartolomé los antiguos Palacios de don Ramiro de Guzman y del famoso mariscal de don Juan II , don Pedro 
García de Ferrera, y con ellos las Casasde Luis de Calataynd, Señor de Provencio, las de Alonso de Rojas, capellán 
mayor de Granada y arcediano de Toledo, las de don Juan Zapata de la Cerda y las de don Hernando de Mendoza. 
Lugar preferente ocupaban en la de San Cristóbal los Palacios de don Juan Gómez de Silva y los de don Diego de 
Guzman, embajador que había sido en Francia, con las moradas igualmente suntuosas de don Juan de Arellauo, don 
Sancho de Toledo y don Luis Gaitan , á cuya grandeza se atrevían las del Doctor Vergara ; y no llamaban menos la 
atención en la de Santo.Tomé , que era sin duda la parroquia mas populosa y rica de Toledo , los Palacios de la Du- 
quesa (?), los de la Encomienda, los délos Condes de Fuensalida, hoy felizmente en parte restaurados (I), los de don 
Juan de Silva, de don Gutiérrez de Guevara, don Diego y don Pedro Carrillo, con las Casas de don Alonso de Tobar, 
y sobre todas el magnifico alcázar del renombrado don Enrique de Aragón, marqués de Villena, ya en aquel tiempo 
amenazado do total ruina.— Tenían en las collaciones de San Julián y San Salvador grandiosos Palacios los Duques 
de Maqueda ylos Marqueses del Tesoro, y sus Cajas mayores don Pedro do Mendoza, don Jerónimo de Soria, don 
Lope de Guzman, don Luis Carrillo, señor de Pinto, don Juan Zapata de Sandoval y otros no menos distinguidos 
caballeros: agrupábanse en la feligresía de San Antolin y de San Marcos al Palacio arzobispal, no alterada todavia 
su construcción primitiva, las Casas Consistoriaks que á la sazón se labraban, con las muy celebradas del Dean , las 
del Arcediano de Toledo, las del Auditor, Pero Nuñez do Herrera: contábanse en la de San Román las espléndidas 
moradas de los Condes de Cifuentes y de los señores de Malagon y de Higares, a que se unían las de los mayorazgos 
Pero Niño y Juan de Merlo, con las de los Porras y los Mesas: mostrábanse en la de Santa Leocadia, que se distin- 
guía de tiempo antiguo con el apellido de Parroquia de los miles, los ya mencionados Palacios del magnifico don 
Pedro de Silva, del fastuoso secretario Diego de Vargas y del egregio don Fernando de la Cerda, no desmereciendo 
allí de su riqueza las Casas del regidor Alonso Franco, ni las del ilustre caballero don Juan Lávalos; ennoblecían 
finalmente los barrios de San Ginós y de San Juan Bautista los viejos Palacios de los señores de Batres y de los Ro- 
jas , con las grandiosas moradas de los Hurtados de Mendoza , Prestameros de Vizcaya (una parte de las cuales adqui- 
rían 4 la sazón para su asiento los PP. Teatiuos), y no brillaban menos en torno de la última iglesia, las Casas de 
Hernando Niño y las del jurado Diego Sánchez, con las del antiguo y noble linaje de los San Pedro, y el cele- 
brado Hospital del Nuncio, de que hicimos arriba mención oportuna. 



ñamas municipales de tan ¡lustre metrópoli. Bástenos, en efecto, observar aquí, que 
enantas disposiciones so refieren al arto do los alliai 



o que aparecieron 1: 



:i modo adn 



las éstas por pouto general en la primera mitad dol siglo xvi, 

de la construcción, estriban en la tradición y práctica de 

rabie el genio de Oriente y el genio de Occidente. — Este linaje de anécdotas 

determinadas localidades; pero casi nunca se fundan en la verdad bistórica y 



aquel peregrino estilo , t 

halagan y contentan á vecea al ¡iiciiiiseíouto espíritu de la muchedumbre e 

nunca satisfacen las exigencias ilustradas de la critica. 

(1) Al mencionar en nuestru discurso sobre el Estilo mudejar en arquitectura esta interesante construcción, que, siendo sin duda una de las caracte- 
rísticas de Toledo , la designamos bajo el título de Palada de los Ayates, observábamos por nota que el señor duque de Frías, á quien pertenecía en 1859; 
lo había precavido de su total ruina, recorriendo y afirmando bu techumbre, el'ero esto no basta (observábamos). El Palada de ¡os Ayalas, fundación del 
celebrado Pero Lopes, yace en tal abandono, que el descubrimiento de sus riquezas artísticas ha sido fortuito. Arcos , portadas, f rísns , estaban cubiertos do 
yeso, en tal manera, que sólo después de emplear sumo cuidado para arrancarlo, ha sido posible gozar sus bellezas. En lo actualidad (anadiamos en el 
precitado año de 1859), el vestíbulo del Palacio de los Ayates está sirviendo de taberna, sus magníficos salones y galerías de almacén de maderas— 
ííahenl suafala monamente » (Discursos de ¡a Real Academia de Nobles Arles de San Femando, t. i, págs. 25 y 26). Adquirido el palacio por el señor 
don Guillermo Escriba de Remaní , ilustrado y rico oficial de artillería, se ha salvado felizmente de estas profanaciones ; y es de esperar dol amor á las artes 
y délas aficiones históricas del nuevo propietario, que puesto ya por su diligencia tan preciado monumento de nuestra arquitectura nacional á cubierto 
de todo peligro, no se ha do perdonar medio u¡ diligencia para restituirle su antigua belleza y magnificencia. Mucho deseamos al Sr. Escriba de Roiuaní, 
para lograr tan laudable y patriótico objeto, la elección do un arquitecto, para quien no sea peregrino el estudio de la historia del arte, ni menos el cono- 
cimiento (tan profundo como se ha menester para lograr uua buena y verdadera restauración) del bello estilo mudejar, no apreciado basta ahora per 
nuestros arquitectos, ni tomado siquiera en cuenta, hajo un sentido critico-estético, antes de la citada fecha de 1859. 



200 



EDAD MEDIA.— ARTE CRISTIANO. —PINTURA. 












Tal era, encerrado en breves términos, el cuadro general de las construcciones civiles, que aun engrandecían a 
Toledo por los años de 1576, á pesar de las ya enunciadas trasforrnaciones, experimentadas por muchos tras la muerte 
del Gran Cardenal de España. Aunque no tan perito en materias artísticas y arqueológicas, como fuera hoy de ape- 
tecer, manifestaba Luis Hurtado, cumpliendo el precepto del capitulo trigésimo quinto, que eran aquellas casas y 
edificios «de varia arquitectura,» apareciendo unos fundados sobre «las cepas de las antiguas fábricas, ansí árabes 
como godas y hebreas , » y construidos otros de nuevo . De los primeros , en que visiblemente aludia a las casas mayo- 
res de la Edad-media , sobre que vamos a fijar con preferencia nuestras miradas , afirmaba que tenían grandes bóve- 
das subterráneas y caballerizas, construidas de piedra, cal y ladrillo, con un gran patio losado eucimay «unos gran- 
«des palacios con mucha labor musáica y hebrea, ansí en los yesos de las paredes como en las puertas y maderas.» 
Reducidas estaban casi todas estas fábricas arquitectónicas á un solo piso; y cuando más, solían tener un alto, con 
sus corredores, palacios y torres.— Diferenciábanse de ellos los segundos, que no vacila Hurtado de Toledo en desig- 
nar con titulo de modernos, en que, siendo sus bóvedas subterráneas simplemente de cal y ladrillo, componíase toda la 
construcción de tres y aun de cuatro altos, fabricado el primero de ladrillo, cal y piedra, y armados los restantes 
sobre pies derechos y carreras de madera, con los cerramientos de yeso y de ladrillo (1) .—Los antiguos Palacios y 
casas principales de la corte de Alfonso VI, de que había hecho tan gallarda muestra el Memorial de las cosas nota- 
bles dirigido á Felipe II, no podían, por tanto, equivocarse ni confundirse con los erigidos ya en la Era del Rena- 
cimiento, ni por su disposición, distribución y alzado, ni por su construcción y decoración especial, por más que 
siguiera todavía dominando en Toledo el peregrino estilo arquitectónico, que impera en aquella como en las muy 
florecientes ciudades de toda la Península durante la Edad-media (2). 



I 



Establecidos estos preliminares, que dándonos abundante luz respecto del grandioso desenvolvimiento que alcanzó 
en Toledo la arquitectura civil durante la Edad-media , hacen por extremo sensibles las irreparables pérdidas experi- 
mentadas por tan noble ciudad en este linaje de monumentos, y más preciosos para la especulación arqueológica los 
que todavía existen , cúmplenos ya detenernos por algunos instantes á examinar la Casa, en que ha sido descubierta 
la Pintora mural, objeto de la presente Monografía. — Existe dicho edificio, señalado con el número 11, déla visita 
moderna en la Plaza de los Postes, formada por el derribo de la antigua parroquia de San Juan Baustista, ya arriba 
tomada en cuenta, fábrica que desapareció de allí en la primera mitad del corriente siglo. Ocupa en ella el lado fron- 
tero al antiguo Hospital del Nuncio Viejo, nombre que tomó la humanitaria fundación de Francisco Ortiz, al ser 
terminada en 1793 la nueva Casa de locos, debida en la misma ciudad de Toledo á la caridad é ilustración del emi- 
nente Cardenal de Lorenzana: por manera que dadas las proporciones de la plaza, tomadas en cuenta sus condiciones 
topográficas y consideradas las tradiciones toledanas, que ponen el ingreso del Hospital referido al frente de la ima- 
fronte ó fachada principal de la precitada iglesia , no cabe duda en que la Casa en cuestión miraba al testero ó ábside 
de la misma, como no puede haberla tampoco en la estrechez de la calle que entre ambas fábricas resultaba, de que 
dan razón inequívoca las otras dos, que se abren á entreambos lados de aquella. 



I 



(1) Hurtado de Toledo se refería, en esta parte de bu informe, exclusivamente á loa edificios más notables y caracterizados de Toledo: liablando 
después mas en coman de las casas de la población, afiadia: «Otras casas y tiendas hay de oficiales y tratantes, que por ser en plazas, mercados y calles 
de negocios, las hazen muy pequeñas y sin palios, á ratos tan estrechas que más parecen jaulas de pájaros que moradas de hombres. Estas tienen chico 
ámbito y euelo, y Buben en gran altara unae escaleras que parecen en subir á gavias de navios. Los materiales para estas casas son la mayor parte de 
acarreo ; la madera de Cuenca por el rio ; la cal do Sonseca y lugares al Mediodía ; el yeso de Yepes y lugares de Oriente ; el ladrillo y teja se labran cabe 
la ciudad al Oriente ; la piedra está muy bastecida y casi en la misma ciudadn (Memorial de cosas notable», cap. xxxv.) 

(2) Ofréceunos el más claro testimonio de esta observación histórico -crítica las Ordenanzas de TofeZo.— Rectificadas ó ampliadas en su mayor parte 
b arriba, en la primera mitad del siglo svr, bajo los reinados de doria Juana la tota, y de su hijo don Carlos, es digno de notarse que se 

s para la mayor parte de los oficios la nomenclatura especial adoptada y empleada constantemente durante la Edad-media. En parti- 
cular, tiene esta observación grande efecto en cuanto á las artes de la construcción se refiere : como prueba fehaciente nos bastará citar el título xxxix de 
las mismas Ordenanzas , qae encierra las del arte y ofieio de la Carpintería, otorgadas en 1551, por las cuales, no ya sólo aparece en cierto modo consa- 
grado el tecnicismo del eslito mudejar, tal como viviú en los tiempos medios, sino también peipetuados sus procedimientos industriales, propios de la 
construcción arquitectónica. 



\>v- 



PINTURA MURAL, DESCUBIERTA EN UNA CASA PARTICULAR DE TOLEDO. 



20] 



Preséntase, en efecto , la fachada del edificio mencionado avanzando algún tanto en forma achaflanada sobre la 
línea , que trazan , á su derecha , la muy angosta calle de las Galianas , y á su izquierda la de San Oinés , un poco 
menos estrecha. Al contemplar su portada, obra sin duda de fines del siglo pasado ó de los primeros años del actual, 
que llena casi por completo el indicado frente de la Plaza, — único que aparece decorado — nadie podría atribuir á esta 
insignificante construcción antigüedad respetable , ni menos importancia artística. Prescindiendo no obstante, de 
aquella especie de refrontacion , que la ha modernizado , y penetrando más allá del largo portal ó zaguán , que le 
sirve de vestíbulo , no es imposible discernir, por entre una incoherente agrupación de construcciones, que desnatura- 
lizaron sucesivamente la principal, y hoy la ahogan casi del todo, algunas lineas generales y aun individuales 
vestigios , suficientes para darnos alguna luz en la investigación que intentamos. • 

Dispuesta la planta general del edificio de análogo modo al que ofrecen en nuestras antiguas ciudades , y más 
habitualmente en la misma Toledo, las C asas ma,y ores de segundo orden, muestra en la parte central un ancho patio, 
rodeado por cuatro pórticos, que dan oportuna entrada y paso á los salones , piezas y patios menores del piso inferior, 
prestando al propio tiempo cómodo acceso á la escalera que lleva al primer alto. No se descubre en esta alfagía resto 
alguno de la decoración primitiva: los pórticos ó galerías aparecen soportadas por columnas, cuyos fustes de granito 
se levantan sobre dados de igual piedra, recibiendo capiteles de tosca labra, que pretenden recordar el llamado orden 
íoscomo, lo cual aleja visiblemente este principal grupo de la construcción de los tiempos medios. Caen á la parte 
lateral izquierda de este patio principal todas las oficinas , que constituían el departamento propio para el servicio de 
representación, tales como guarda-arnés , convertido recientemente en cochera, caballerizas , cuyas dimensiones son 
harto considerables, y pajar, que ocupa el ángulo posterior de todo el edificio. Dá entrada una puerta, practicada 
en el muro del pórtico que forma el fondo del patio, á una gran pieza destinada á lavadero, y sobre el estremo de la 
izquierda se arma una escalera que pone en comunicación esta parte del edificio con el piso principal yconxmpatio 
menor, acostado al ángulo que cierra por aquel punto la planta. El costado opuesto á las caballerizas presenta, 
contigua á esta secundaria alfagía , una gran sala que hace oficio de comedor , y ¡l su lado la escalera principal, que, 
arranca del mismo pórtico y conduce cómodamente al primer alto de la casa. Entre la escalera y el muro exterior se 
desenvuelve otro departamento cuadrángula:' , de escasa importancia; y ocupando toda el ala ó crujía, que avanza 
sobre, el pórtico de entrada, desde el portal ó zaguán basta el indicado muro exterior, al largo de la calle de San Ginés, 
un grandioso salón que forma realmente lo que en el lenguaje arquitectónico de la Edad-media era designado con 
nombre de palacio. 

Acomódase á esta distribución de la planta baja la del primer alto ó piso principal , tan despojado de toda primitiva 
decoración, así en los techos ó alfarjes de sus corredores y salas, como en los muros, puertas y ventauas de sus 
departamentos, que en vano sería ya inquirir en toda aquella parte de la construcción vestigio alguno de su edad 
primera. Ni cabe mayor fortuna en la que constituyó un dia su mirador ó segundo alto, si se exceptúa una pequeña 
pieza, cercana á la moderna terraza ó azotea, cuyo destino es ahora por extremo difícil determinar, pues que aparece 
también no poco adulterada. Corresponde esta habitación á la fachada, y hubo de recibir por aquella parte oportunas 
luces , bien que no las ha conservado: su piso ó pavimento se baila sobre un metro más bajo que el de la próxima 
azotea, y su techo, dispuesto en alfargia, ofrece la muy interesante circunstancia de verse aun cubierto de colores, 
ostentando en las tabicas, que separan las tirantes, dobles escudos de armas, destacados sobre un fondo rojo-oscuro 
por una tinta violácea , donde campean á su vez los blasones. 

Hé aquí, pues, el único vestigio de antigüedad, que era dado descubrir al más paciente arqueólogo en" la Casa 
número 11 de la Plaza de los Postes, hundida antes en absoluto olvido y digna ahora del mayor estudio, merced al 
descubrimiento de la Pintura mural , que nos ha puesto la pluma en la mano . Salió ésta á la nueva luz del dia en el 
grandioso palacio de la planta baja del edificio : hanse hallado los mencionados escudos de armas en el segundo alto 
ó mirador del mismo. ¿Qué puntos de contacto artístico, qué relaciones históricas pueden existir éntrela Pintura 
mural y estos escudos nobiliarios?... Si existen realmente , aun dada la sustancial diferencia de una y otra obra, 
inequívocas analogías de arte y no despreciables connivencias históricas ¿bastarán acaso á descubrirnos el verdadero 
camino para llegar con fortuna á la designación de la familia, á que pertenecieron un dia la Casa y el palacio 
enunciados 1 ? La investigación lleva consigo hartas dificultades, no siendo por cierto las menores el poco ó ningún 
auxilio que prestan, por punto general, los propietarios de este linaje de monumentos á quien solicita ilustrarlos, y 
la glacial indiferencia, con que son recibidas aun por los que de entendidos blasonan, las demandas de noticias 












202 



EDAD MEDIA. — ARTE CRISTIANO— PINTURA. 



lócales (1). Como quiera, puestos ya en el empeño, no torceremos el rostro á la dificultad , por más que recelemos 
de no alcanzar cumplida victoria. 

No cabe dudar , ante todo , que aun reconocida y confesada la falta total , en el edificio número 11 de la Plaza de 
los Postes, de miembros decorativos y ornamentales, que revelen la verdadera antigüedad y el carácter de su fábrica 
arquitectónica , todavía su disposición general y la distribución particular de sus departamentos lo acercan sobre modo 
al tipo de las Casas mayores , que en 1576 reconocía el autor del Memorial de las cosas notables de Toledo en las cons- 
trucciones principales de aquella celebrada metrópoli. — Cierto es, en efecto , según queda advertido, que no descan- 
san los pórticos ó galerías de su patio principal en pilares ocbavados, redondos , ni antorchados , ni son tampoco los 
* arcosque los decoran, escarzarles, carpaneles ójubizies, como los que acostumbraron labrar durante la Edad-media 
los alharifes mudejares (2). Cierto es asimismo que no se conserva en su gran salón ó palacio rastro alguno de su 
primitiva solería, ni de su alicatado, habiendo desaparecido los frisos ó arrocabes, sobre que asentó un dia la arma- 
dura llana de lima bordón, que cubrió sin duda aquel dilatado espacio. Cierto es, por último, que fuera de algún 
capitel, separado ya de la fábrica (3) , no se encuentra ni en el primer alto, ni en el mirador, ni otro alguno de los 
departamentos que dejamos descritos, fragmento arquitectónico, á propósito para reconstruir , siquiera sea mental- 
mente, la decoración primitiva. Mas lícito es añadir, á pesar de todo, que no han sido los cambios parciales, operados 
en el edificio, suficientes á borrar el sello de su primordial disposición, circunstancia no para desdeñada, pues que 
dejándonos entrever cierta unidad de pensamiento en el conjunto, nos permite reconocer las relaciones que indubi- 
tadamente existen entre la Pintura mural del palacio y los escudos de armas del mirador indicado. 

No osamos por esto afirmar que sean Pintura y escudos del todo coetáneos : fruto la primera , á lo que nos es dado 
entender , de mediados del siglo xv , no exceden , sin embargo , los segundos del último tercio de la misma centuria . 
Por manera , que reconocida sin dificultad la distancia que separa entrambas obras , no parecerá aventurada la hipó- 
tesi de que el segundo alto ó mirador hubo de ser reformado, ó tal vez añadido años después de exornado el salón 
ó palacio con la Pintura mural, cuyo descubrimiento ha venido á darle importancia. Dada esta consideración, que 
robustecen , cual veremos luego , no despreciables circunstancias anejas al mencionado hallazgo, cúmplenos ya deman- 
dar á los referidos escudos de armas la natural enseñanza que pueden ministrarnos con sus respectivos blasones. Pin- 
tados éstos al temple, sobre un aparejo de yeso harto sutil, hállanse colocados de dos en dos en cada tabica, ocu- 
pando individualmente sus extremos : vénse en unos , sobre una media tinta plomiza almenados castillos de cuatro 
cuerpos, y resaltan en otros por oscuro flores de lis, que llenan de abajo arriba todo el escudo. Teniendo, como sím- 
bolos parlantes, determinada significación heráldica, y habiendo sido puestos allí, cual lo fueron sin duda en otros 
departamentos del mismo edificio, para testificar á un tiempo el derecho de propiedad y la nobleza de la familia, es 
evidente que ofreciendo el valor de verdaderos documentos históricos, equivalen, bajo este concepto, á una inscrip- 
ción auténtica. 

Consultando, en efecto, los más respetables nobiliarios del siglo xv y principios del xvi, entre los cuales merecen 
toda preferencia las obras que autorizan con sus nombres un Fernán Mexia y un Gonzalo Fernandez de Oviedo (4), y 



(I) Todo cuanto nos h¡i sido posible averiguar, valiéndonos cu: los archiveros toledanos, está i 
tes, perteneció en loa últimos tiempos al Hospital de la Misericordia, siendo posible que desde el si 
mar de Man esos, fundadora de dicho Hospital, le dotó para su mantenimiento. — Esta doña Union 
yorespara labrar el Convento de S<tn Pedru Mártir. — Enajenadas las fincas urbanas de! Hospital, c. 



¡ducido á que la Casa número 11 de la Pinza de los Pos- 
ólo xvi formara parte de loa bienes, con que dona Guío- 
ar es aquella ilustre dama toledana que dio sus Casas ina- 
>n todos los demás bienes de beneficencia, ha pasado la 



Casa en cuestión á poder de particulares. — Adelante verán los lectores del Museo cuan poca lúa nos ofrecen estos inoompletofl datos para la investigación 
que ensayamos. 

(2) Remitimos ú nuestros lectores á la Monografía que bajo el título de Puertas del Salón de Embajadores del Alcázar de Sevilla hemos dado á luz en 
este Musió (t. ni, pág. 152 y siguientes). 

(3) Tenemos á la vista el diseño do un bello capitel , conservado basta los últimos años en el patio de la casa quo describimos. Obra indubitable del 
siglo xv, hállase esornado en sus cuatro frentes de escudos de anuas, ocupando entre los blasones que le enriquecen el puesto principal los característicos 
de la Casa de Ayala, repetidamente reproducidos en las construcciones de Toledo. ¿Perteneció acaso este miembro arquitectónico á la decoración de aquel 
patio ó de otro departamento do la casa nobiliaria en cuestión? Si esto pudiera admitirse como probable hipótesi , lo seria igualmente el que la noble familia 
de los condes de Eitensalida, cuyo Palticio dejamos mencionado, puso también su mano cu esta fábrica. Nos limitamos á hacer la indicación, deseosos de 
no omitir noticia ni circunstancia capaz de prestar alguna utilidad á este ensayo: arrancado el capitel de la construcción, justo es confesar que no es 
lícito forzar las conjeturas. 

(i) Fernán Mexia escribió y dio i luz su Nobiliario Yero á fines del siglo xv: Oviedo escribió las Ihili.iU'is >/ Qttinqitnycnas, obra ¿ que aquí nos refe- 
rimos, entrado ya el siglo xvi; pero no han sido impresas. La Academia de la Historia acordó há tiempo esta útilísima publicación, que so sirvió enco- 
mendamos: el estado precario del tesoro público es causa, tan dolorosa como invencible, de que no hayamos ya dado cima á esta publicación, que tanta 
utilidad ha de prestar á los estudios históricos de los siglos xv y xvi. Oviedo ilustró los tratados, que componen las Batallas y Quinquaycnas, con loa 



i* 



PINTURA MURAL, DESCUBIERTA EN UNA CASA PARTICULAR DE TOLEDO. 



203 



comparando sus declaraciones , relativas al uso del blasón , con los escudos de armas tallados en piedra , que esornan 
á la continua los alcázares ,- palacios y casas de los magnates, prelados y caballeros, — brillando de igual modo en las 
construcciones religiosas, — adquirimos el convencimiento de que es muy familiar en la beráldica de la España central 
la representación de los castillos, ya apareciendo solos, ya alternados con otros símbolos no menos expresivos, entre 
los cuales logra muy señalada preferencia el león , que suele en tales casos ser emblema de familias más ó menos direc- 
tamente derivadas de la real, atestiguando en consecuencia de muy subida nobleza. No otra cosa nos enseñan , por 
ejemplo, los escudos blasonados de ios Castillas, ora nos elevemos para buscar su origen ¿Fernando III, y los veamos 
enlazarse con los Malinas, Agüitares y Benaventes, ora nos contentemos con reconocerlo en los sucesores bastardos 
del Rey don Pedro de Castilla , ora, según pretenden modernos genealogistas , lo pongamos en su hermano don Tello, 
asimismo bastardo de Alfonso XI . —Análogo ej emplo nos ministran , por muy semej ante camino , la casa de los Enrir- 
quez y aun otras. — Pero si , al hermanarse en cualquier sentido los castillos con los leones , denotan , por punto general, 
tan levantada procedencia, no la extreman tanto cuando aparecen solos, significando habitualmente en los escudos de 
los ricos-ornes, infanzones y caballeros la realización de alguna heroica hazaña, acometida y realizada en la defensa 
ó en la rendición de castillos y fortalezas, que tal vez se conceptuaban inexpugnables. La claridad y el universal 
beneficio de la afortunada empresa, decidían á veces del número de las representaciones, que debían ilustrar el escudo 
nuevamente blasonado; y obedeciendo á esta práctica, en vez de un castillo, hubo ocasiones en que brillaron dos ó 
más en la tabla heráldica de los magnates y de los caballeros. — Algo de esto aconteció, sin duda, respecto de la 
familia de los Carrillos, tan renombrada en toda Castilla, y tan respetada en Toledo desde la primera mitad del 
siglo xiv : su genuino escudo de armas se muestra, en efecto, blasonado por dos castillos, símbolo con que se distin- 
guieron muy ilustres varones de este apellido, entre los proceres de Juan II, Enrique IV é Isabel I. 

Esto en cuanto se refiere á los primeros escudos de armas, pintados en el techo del citado mirador de la Casa 
número 1 1 de la Plaza de los Postes : en orden á los segundos , que encierran flores de lis , aun cuando no tiene 
este emblema en la heráldica española la antigüedad que los castillos, lícito es consignar que ya desde el siglo xni 
empieza á figurar en los escudos de los nobles, creciendo su uso en el siguiente, sobre todo después de asentarse en 
el trono de Castilla Enrique II, con el auxilio de Beltran du Guesclin y de sus franceses. Signos fueron efectiva- 
mente las flores de lis de acendrada nobleza para los Arellanos y Maldonados , como lo fueron también para los 
Niños, y andando el tiempo para los Cartagenas, bien que adoptando cada una de estas familias diferente número 
de Uses y colocándolas de diverso modo. En particular los Niños, ya provinieran de don Alfonso Fernandez (el Niño), 
bastardo de Alfonso X , como erradamente se ha supuesto (1), ya de un duque de la casa de Anjou, unido á la mon- 
tañesa de la Vega, según quiere el autor del Victoíial de Caballeros (2) , ostentaron por armas siete flores de lis en 
campo de oro ; blasón muy preciado desde que lo subh'mó con sus grandes hazañas el renombrado don Pero Niño, 
primer conde de Buelna. La fortuna de tan esforzada familia le conquistaba al fin , como á la de los Carrillos, lugar 
señalado entre los proceres y caballeros toledanos, que más alta representación alcanzaron en la república, durante 
la segunda mitad del siglo xv. 

Ahora bien: dados estos precedentes heráldicos, y recordando que, según declaraba Luis Hurtado en su Memorial 
de las cosas notables de Toledo, y hemos consignado arriba, existían en dicha capital por los años de 1576 hasta tres 
palacios ó casas principales de los Carrillos , contándose de los Niños otras tantas; no olvidando que el mencionado 
escritor coloca , á fuer de testigo presencial , una de estas últimas nobiliarias moradas en la parroquia de San Juan 



escudos de armas de los personajes y familias & que en cada uno se refiere, procediendo en todo como testigo de vista.— Por esto le preferimos á todo 
otro autor de libros do Genealogías, tratándose de monumentos casi coetáneos ó coetáneos del todo, lo cual sucede taicbicn respecto de Mexia. 

(1) Desvaneció este error, que sin embargo hallamos alguna vea reproducido, el docto marqués de Mondéjar un ttiw ilustradas Alemorius históricas del 
Rey don Alfonso el Sabio. Don Alfouso Fernandez el Niño, murió sin dejar sucesión masculina, y su bija doña Isauel casó con don Juan Nuñez de Lara, 
el Moto, mayordomo que fué do Fernando IV y Alcaide de los Alcázares de Sevilla. El sobrenombre de elNhio quo Uovó don Alonso Fernaudez, apelli- 
dado también de Molina, no se trasmitió, pues, legitim amento. Tampoco consta quo lo fuera de otro modo. 

(2) Gutierre Diez Gamez refiere de este modo el origen de la familia de los Niños al comenzar la Crónica del famoso don Pedro , conde de Buelna : <t Do 
antigua edad quedó en memoria que vino á Castilla un duque de Francia [de la Casa de Anjou] é vivió é moro en ella grand tiempo, fasta que muriú ; ó 
dejó dos fijos pequeñuelos et tomólos el rey é diólos a uu caballero quo los criase en su casa del rey. El rey llamábalos siempre los Niños, é el su ayo cada 
que alguna cosa liabia de librar con el rey para las Niños, siempre eran enmentados Niños... Estos Niños crescieron et fueron ornes de grandes estados, 
é aun se falla hoy en dia en escripturas de Castilla cómo en eHte linaje ovo condes é ricos-ornes)» (Crónica de D. Pero Niño, ó Victorial de Caballeros,- 
cap. i). El traductor francés de este precioso libro, conde de Circourt, opina que las Jlores de lis de los Niños indican más bien un origen puramente 
francés que la extracción de la casa real de Francia (Nota al cap. i de la Crónica ó Victorial). 






204 



EDAD MEDIA. —ARTE CRISTIANO. — PINTURA. 










Bautista, concediéndole el primer lugar tras la muy antigua é ilustre Casa de los Hurtados de Mendoza, condes á 
la sazón de Orgaz y de Santolalla ; teniendo , en fin , presente la situación topográfica de la que lleva el núm .lien 
la ya citada Plaza de los Postes , no menos que sus especiales condiciones arquitectónicas, ¿seria acaso temeraria 
presunción la que nos llevara a establecer la hipótesi de que, al declinar del siglo xv, vino este edificio a poder de 
los predecesores de don Hernando Niño, unidos por la alianza del matrimonio con la prole de los Carrillos? ¿Lo 
seria igualmente el admitir que fué con tal ocasión reformado ó añadido el segundo alto ó mirador, donde brillan 
todavía los descritos escudos de armas, emblemas de ambas familias?— La deducción excede, á lo que entendemos 
los límites de una simple conjetura, ofreciendo en cambio muchos caracteres de una demostración histórica: la poca 
fortuna que liemos logrado, al intentar su comprobación por medio de documentos escritos (1), nos aconseja, no 
obstante, que nos limitemos aquí á su enunciación , no sin insistir de nuevo en que la construcción, honrada aún 
con los precitados blasones, es un tanto posterior a la Pintura mural, que nos inspira esta investigación, y más 
todavía á la fábrica del primitivo edificio. Como quiera, no es para nosotros dudable que, si no puede éste ser clasi- 
ficado entre los Alcázares, Palacios y Casas mayores de la Imperial Toledo, basta á revelar con toda eficacia la 
categoría social y política de sus dueños , permitiéndonos asegurar que pertenecieron á la JVoíleza. Justificada 
esta última observación con el examen de los escudos heráldicos, salvados á dicha de las multiplicadas trasforma- 
ciones que ha experimentado, veamos si el estudio de la Pintura moral legitima de igual modo la mayor antigüe- 
dad de aquella peregrina morada. 



III. 



Dejamos arriba manifestado que existe la Pintura mural, cuyo estudio ensayamos, en el gran salón ó palacio, que 
forma la parte principal del primer piso, en la Casa número 11 de la Plaza de los Postes. Tiene este palacio 11 metros 
de largo por 4,50 de ancho, levantándose á la altura total de la primera zona de la construcción. Ofreciendo su 
puerta de entrada en la galería déla derecha del patio en su lugar descrito, presenta en el muro del frente, que es 
el de la fachada, dos huecos de ventana, los cuales no parecen guardar sus trazas ni proporciones primitivas. Exa- 
minados ambos muros, muéstranse en completa descomposición , habiendo experimentado diferentes recalzos y 
enchapados para su conservación , ya harto difícil. Hizose más evidente tan lamentable estado, á consecuencia del 
descubrimiento arqueológico que hoy procuramos ilustrar, y que fué por cierto en su iniciación puramente fortuito. 
Tratábase, en efecto, el 28 de Junio de 1872, de armar un tabique para dividir el salón por su parte media, á fin de 
utilizarlo en el servicio doméstico; y al fijar uno de los puentes de dicho tabique, penetró aquél sin resistencia en 
lo que se había conceptuado pared maciza, cayendo al par una gran parte del revestimiento de la misma, con lo 
cual quedó al descubierto un trozo del muro, revestido á su vez de colores. Excitada con esto la curiosidad de los 
albañiles, suspendieron luego la empezada obra, no sin poner lo acontecido en conocimiento del inquilino, que lo 
era nuestro hijo don Ramiro, arquitecto á la sazón de la Ciudad de Toledo. 

Reconocido por éste el hecho , y examinada la parte del muro en que se mostraban los colores, no pudo serle 
dudoso el hecho de que tenia á la vista un fragmento de pintura mural de antigüedad no despreciable. Con el mayor 
esmero y con la esperanza de obtener satisfactorio resultado, procedió pues á levantar la gruesa capa de yeso y cal 
que la cubría, adquiriendo en breve la convicción de que aquella decoración pictórica ocupaba todo el muro. Mas 
no fué por desdicha en toda su extensión igualmente afortunada esta suerte de exploración , por más que el cuidado 
puesto en ella creciera á medida que iba apareciendo la obra de la Edad-media. El muro ofrecía, entre tanto, notables 
accidentes, que importaba consignar para la investigación arqueológica, á que brindaba tan peregrino hallazgo; y 
con no vulgar perspicuidad fuélos determinando el joven arquitecto, en la seguridad de que seria menudamente 
interrogado, luego que llegara á nuestra noticia el descubrimiento. Perforada aquella pared maestra en diferentes 
sitios, al ser primitivamente construida, reconocíase en unos que habían sido macizados con poco arte los antiguos 



[1) Véase lo observado arriba sobre la procedencia de la c 



i! 



PINTURA MURAL, DESCUBIERTA EN UNA CASA PARTICULAR DE TOLEDO. 



205 



huecos, mientras se advertía fácilmente en otros que se habían empleado, para cubrirlos, sencillos tabicados, lo cual 
sucedía precisamente en el punto donde había tenido principio la aparición de la Pintura. El puente del proyectado 
tabique, que iba á partir en dos piezas aquel gran salón ó palacio, habíase entrado efectivamente en el hueco de una 
ventana; y examinado éste con la atención que el caso pedía, reconocióse luego que se conservaban en él los 
antiguos estucados de sus primitivas mochetas ó alféizares. Unidos á estas significativas circunstancias los ya in- 
dicados recalzamientos del muro y el especial enchapado, sobre que asentaba la Pintura, no era lícito abrigar duda 
alguna, en orden á la principal enseñanza que tales accidentes ministraban. La primera construcción de la Casa 
número 11 de la Plaza de los Postes excedía no poco en antigüedad á la Pintura mural, en ella descubierta. 

Obtenida esta demostración, que viene á fortalecer é ilustrar cuanto dejamos asentado, así respecto del conjunto de 
construcciones que forman hoy el mencionado edificio, como de su privativa fisonomía, parecía cobrar mayor im- 
portancia el descubrimiento, no ya sólo bajo la relación artística, sino también bajo el concepto histórico. La 
diligencia y el celo del descubridor no se aquietaron hasta lograr que en la parte central del salón quedase des- 
pejado un buen espacio del muro, desde la techumbre á la altura media del mismo , siendo ineficaces sus esfuerzos 
para sacar á luz lo restante de aquella abandonada obra, destruida no tanto por la humedad , que constantemente la 
ha trabajado , como por la incuria, el menosprecio y la ignorancia de los hombres. Lo descubierto, aunque no sufi- 
ciente para darnos cabal idea del aspecto que esta Pintura mural representaba, en la considerable extensión 
de 38,50 metros cuadrados, basta, según afirmamos desde el principio, para constituir una muy curiosa página en 
la historia del arte español, brindándonos al propio tiempo con muy útiles y sabrosas disquisiciones arqueológicas, 
ya respecto de las costumbres domésticas y de la exornación de los palacios y casas señoriales , ya en lo tocante á los 
trajes y demás objetos de la indumentaria, que dicho sea de paso, ofrecen tanto mayor interés cuanto han sido más 
dolorosos la indiferencia y el abandono, en que han yacido hasta nuestros dias este linaje de estudios. La Pintura 
mural, que vamos estudiando, es toda civil, según expresamos ya, al anunciar las cuestiones crítico-arqueológicas, 
á que su examen daba nacimiento. 

No juzgamos necesario el empeñarnos en largas digresiones para ilustrar los puntos indicados. Llámanos, sin 
embargo, la atención muy particularmente y ante todo, el reparar que terminada la parte que hoy existe por una 
oria de estilo mudejar, compuesta de grandes caracteres arábigos (1), la cual hubo de circuir toda la Pintura, mos- 
trábase ésta sostenida y como colgada en una serie de clavos de cabeza apuntada, haciendo en consecuencia oficio y 
vez de tapiz, para la exornación del ya memorado palacio. Revelábase en tal forma la aspiración y aun la fortuna 
de los dueños de la Casa, que por semejante medio acudían á perpetuar su decorosa ornamentación, y poníase al 
mismo tiempo de relieve el hecho, de sumo interés en la historia de nuestras artes, de que saliendo de nuevo la 
pintura mural del sagrado de los templos y monasterios, donde viviera en siglos precedentes, reaparecía con brillo 
inusitado en los alcázares de los príncipes y magnates, y descendía á otras esferas menores para satisfacer el anhelo 
de fastuosidad y de grandeza, que á todos aquejaba. 

Fué, en efecto, gala característica del arte arquitectónico desde la más remota antigüedad y en todos los pueblos, 
la decoración pictórica (2) : griegos y romanos, más dados que otros á la expresión plástica, habíanse extremado 
en enriquecer sus templos y edificios públicos y privados con las representaciones teogónicas de sus deidades y con 
los triunfos de sus héroes. Al desplomarse aquella doble cultura que habían intentado unificar los Césares, heredaba 
el cristianismo, así en Oriente como en Occidente, las más preciadas conquistas de sus artes; y ora para encender 



(1) Aunque pudiera suponerse que estos caracteres son meramente ornamentales, como acontece en otras muchas ocasiones análogas, y aunque es por 
extremo difícil el intento ile una acertada interpretación , por hallarse destruida del todo la parte inferior de los expresados OaraetéreH¡ acaso pudiera 
e encerraron esta repulida lección que ofrecemos, no con toda seguridad de acierto: 



S cW Jl J) JJ| 



; [rROVIENE] DE dios; la dicha [proviene] de dios. 



(2) El deseo do no dar excesivo bulto i esta Monografía, üob mueve á tocar muy do pasada todos estos hechos: los lectores que desearen mayor 
ilustración pueden servirse consultar en el tomo i de los Discursos <k la Seal Academia <k tus Tres Noble* de San Fernando el consagrado á tratar de la 
Arquitectura policrómala, que lleva el nombre del arquitecto D. Francisco Jarofio, y la Contestación, que dimos ni mismo académico. 






206 



EDAD MEDIA. — ARTE CRISTIANO. — PINTURA. 






en los fieles la llama de las virtudes evangélicas, ora para sublimar la beatitud de sus vírgenes y de sus mártires 
cubrió los muros de sus basílicas, martirios y baptisterios de pinturas y mosaicos, en que trastornado ya sustan- 
cialmente el arte pagano, hacía á la posteridad el muy estimable legado, que en vano pretendieron oscurecer las 
nieblas de la Edad-media. Otro arte, que andando los tiempos debia recibir nombre de mahometano, nacido en 
Oriente y engrandecido con los despojos del mundo occidental , venia entre tanto á hacer en los muros y en las 
fastuosas techumbres de sus peregrinas fábricas, no méuos gallarda muestra de la decoración pictórica. Su ejemplo, 
al derramarse por muy extensas regiones , no era en verdad estéril para el creciente arte cristiano, que apoderándose 
al cabo, en nuestro suelo, de sus vistosas preseas, las sometió á las leyes superiores del desenvolvimiento y nece- 
sario progreso de la civilización española. Brilló este singular maridaje, que fecundó á la vez todas las órbitas de 
la construcción arquitectónica, muy principalmente en las de la vida civil, del vario modo que dejamos arriba 
apuntado; y mientras, obedeciendo al estímulo de las costumbres orientales, se adoptaban para los alcázares y 
palacios de proceres y magnates las alfombras y tapices de gusto ó procedencia arábiga, destinándose las primeras 
á cubrir los pavimentos, y aplicándose los segundos á revestir el ancho espacio que mediaba entre los aliceres y 
cenefas de ataurique, que formaban los zócalos y los arrocabes, que constituían los frisos, sobre que se levanta- 
ban los alfar ges, ó techumbres,— proseguíase empleando con iguales fines, y de seguro con mayores esperanzas 
de larga vida, l&pintura mural, que era á veces sustituida, y esto con señalada preferencia, en las más suntuosas 
moradas, por muy costosos paños historiados, con ricos matices do oro y muy brillantes colores. 

Ostentábanse en este doble concepto el gusto y la magnificencia de reyes, príncipes y magnates, durante los 
tiempos medios , no ya sólo para recibir las embajadas de extraños monarcas , hacer la sala á los propios soberanos, 
y obsequiar á sus iguales con deslumbradores saraos, sino también para solemnizar en las capillas de sus alcá- 
zares aquellos actos déla vida santificados por la religión y consagrados por el culto. Varia era, por tanto, la 
aplicación que recibiau, así los paños historiados como la pintura mural, siendo en consecuencia no menos diversas 
las representaciones, de que hacían frecuente alarde, revelándose en ellas de un modo eficaz y significativo las 
multiplicadas influencias que habiendo tomado plaza en las regiones literarias, señoreaban las clases privilegiadas 
grandemente afectas al cultivo de la poesía y de la historia. Vencía, al cabo, en esta gallarda muestra de osten- 
tación el aparato de los paños historiados á la modesta, aunque más duradera exhibición, Aal&s pinturas murales, 
fastuosa moda, que no era por cierto exclusiva de nuestra España; y 4 tal punto llegaba entre nuestros mayores 
la predilección por este linaje de ornamentos, al correr del siglo xvi, que aquella gran reina, que tan repetidos 
esfuerzos habia hecho para poner freno á las demasías del lujo, en que se desvanecían y aniquilaban los magnates 
de Enrique IV, no reparaba en obsequiar á la princesa Margarita de Austria, esposa del malogrado principe don 
Juan, regalándole á su venida á España, con otros exquisitos muebles, joyas y objetos de arte, hasta quince 
magníficos paños historiados, cuya relación es digna de este sitio. Mencionados muy preciosos collares, joyeles, 
brocados para vestir y para colgar las camas, doseles, sitiales, almohadones, etc., prosigue así la nómina de aquel 
regio presente : 

«Más, cuatro paños de la Historia de Santa Elena: tiene noventa é una anas cada uno. 

»Más, dos paños ricos con mucho oro de la Historiado Akmndre: tiene sesenta é tres anas é media cada uno. 

»Más, dos paños de la Historia de las Santas Mujeres: tiene cuarenta é ocho anas cada uno. 

«Más, un paño de la Historia de Álexandre: tiene cuarenta é ocho anas. 

»Más, un paño de la Histoiia de Josué: tiene sesenta é cuatro anas. 

»Mas , tres paños del Credo: tiene ochenta é dos anas cada uno. 

» Más, un paño del Sacramento, con mucho oro : tiene quarenta é dos anas. 

»Más, otro paño del Sacramento: tiene treinta y seis anas (1). » 



(1) Memorias de la Real Academia de la Mistarla, t. vi. Ehaio de la Reina daüa Isabel, ilustración xir. Re/arma del lujo, apéndice IV, pág. 340. La 
Academia de la Lengua define la palabra ana, diciendo: s Ana. f. Medida extranjera que se usa eu el comercio, y es de varias dimensiones. La que más se 
lia introducido en España (añade) es la de Bélgica, mi» corta que la vara » ( undécima edición , pág. 49, col. I. 1 ). Es de reparar, no obstante, que aun dada 
la limitación de la vara, indicada aunque no determinada por esta definición, todavía no puede tenerse como exacta.— Como fian visto los lectores, so 
contaban entre Injuria» Idslorádas ó tapices que loa Heves Catélicoa regalaron i la princesa Margarita, algunos que tenian oebenta y do» mm, mieotra» 



207 



PINTURA MURAL, DESCUBIERTA EN UNA CASA PART ICULAR DE TOLEDO. 

A tan extremado anhelo de grandeza, que iba á subir de punto en todo el siglo xvi, respondía en otras esferas 
de la sociedad no menos decidido empeño, por seguir decorando las paredes de sus moradas, con el aparato de 
pinturas y tapices. Mas no alcanzando la fortuna de hidalgos y ciudadanos al deslumbrador boato de príncipes y 
magnates, hubieron de ser luego reemplazados los suntuosos paños historiados, en que matizaba el oro los colores, 
por más humildes telas , pintadas al temple , como los antiguos muros , y destinadas a hacer en ellos el mismo 
oficio de los tapices. Designábanse estos paños bajo el nombre de sargas , y hacíase tan general su uso dentro del 
precitado siglo xv , que no solamente en el común lenguaje , más también en el de las leyes , eran designados los 
que á su labra se consagraban, con título ieprníores sargueros (1). Daba á estos el popular aplauso, y más que 
todo la gran práctica, á que los avezaba la general aplicación desús producciones, muy buscadas por el comer- 
cio (2) , extraordinaria facilidad y no pequeña perfección , que rodeaban de grande estima á las obras de sus manos, 
aun en los pueblos y entre los hombres más entendidos en el cultivo de las artes. Visitando, en efecto, mediado ya el 
siglo xvi, el docto Pablo de Céspedes á Italia, escribía, á propósito, estas memorables palabras: «Acuerdóme aver 
visto en Ñapóles unas sargas, ya viejas , en la guarda ropa de un caballero que las estimaba harto, hechas en 
España : la manera de pintura era gentilísima , de algún buen oficial , antes que se inventase la pintura al óleo ; y 
todas las figuras (era la historia de Amadis de Gaida) con sus nombres puestos en español: que también se usó 
esto, cuando después de perdida la pintura, comencaua á levantarse de sueño tan largo (3).» Pablo de Céspedes no 
perdía de vista que la pintura al óleo databa del año 1410, en que el flamenco Juan de Brujas ó Van-Eyck, hizo 
los primeros ensayos (4). 

Dados estos antecedentes, no se han menester, á lo que entendemos, nuevas consideraciones, para señalar el 
puesto que ocupa en la historia del arte español la Pintura mural, asunto de esta Monografía. Recordando primero 
.las condiciones especiales, ya quilatadas, déla Casa, donde ha sido descubierta , con la enseñanza que nos ha 
prestado el examen de los documentos heráldicos, en ella todavía existentes; y fijando de nuevo nuestras miradas 
en la singularísima circunstancia de aparecer el paño ó lienzo, en que se supone figurada, pendiente de la serie 
de clavos colocados á trechos en cierta manera de faja, que separa la orla mudejar mencionada arriba, del total 
de la Pintura, no puede, en efecto, ponerse en tela de juicio el que no gozando los dueños de la fábrica arqui- 
tectónica la necesaria opulencia para cubrir los muros de aquel salón ó paludo de magníficos tapices, cuyas 
historias se ostentasen matizadas de oro y de riquísimas sedas de colores, y excediendo, sin duda, de la medianía 
que se contentaba con el uso de las sargas, optaron por el medio tradicional y más genuinamente artístico de las 
pinturas murales. Imprimían así á su nobiliaria morada un interés más duradero , legando á la posteridad , aunque 
sin deliberado propósito, un monumento capaz de revelarnos lo que era y significaba, andando el siglo xv, aquella 



medían otros hasta noventa y una: ¿un cuntido estas anas fuesen cuadradas, todavía arrojarían un resultado excesivo, dado el tipo aproximado de !a 
vara que parece fijar la Academia. En cuanto á los paños historiados ó tapices, no será impertinente añadir que el deseo de no dar excesivo bulto á estas 
indicaciones nos veda traer aquí otros muchos y muy peregrinos documentos que poseemos respecto de la grande estimación, en que eran tenidos en todo 
el siglo xv, y de la varia aplicación que alcanzaron, asi en las esferas religiosas como en las civiles, multiplicándose la riqueza y variedad de sus repre- 
sentaciones, tomadas ya do la historia sagrada, ya de la profana, y ya, en fin, de las ficciones caballerescas. Algo de esto revela el documento alegado, 
y no otra cosa nos advierten las noticias que á continuación ofrecemos, respecto de las sargas. 

(1) Tal vemos en algunas Ordenanzas municipales. Definiéndose, por ejemplo, en las muy importantes de Sevilla el arte de la Pintura, se declaraba 
que constituía aquella «quatro officios debajo de una especie.»— cLa una (anadia), es llamada imagineros; la segunda, doradores de tabla; la tercera, 

pintores de ■madera y de fresco; la quarta orden son los sargueros.-»— Definiendo luego esta última clase, observaban las Ordenamos que los .pintoras sar- 
gueros «obraban en sargas Moneo», de colores y pardillas , asentando los colores de manera que no saltasen, y debiendo ser peritos en faser un desnudo y un 
eneasamiento, etc.* Téngase en cuenta que estas Ordenanzas de Sevilla fueron dictadas por la Reina Católica, y que todas sus disposiciones se refieren á 
la práctica de antiguo recibida entre los pintoreB de aquella artística metrópoli (Ordenanzas, n." Parte, Titulo de los Pintores, ful. 162 r. y v. de la edición 
de 1632). 

(2) Refiriéndose los Reyes Católicos al comercio que se hacia en la capital de Andalucía de esto género de producciones artísticas, y deseando evitar 
los fraudes que en el mismo se habían introducido, decían al propósito en las citadas Ordenanzas: «Otrosi, ordenamos é mandamos que por quanto de poco 
tiempo acá se acostumbran vender en las Gradas desta cibdad y en otros lugares en almonedas sargas pintadas , las goales son falsas asi en el Heneo como 
tu la pintura, turnando lieucos viejos y engrudándolos y echando colores falsas : lo qual todo es en perjuicio de las personas que las compran y de la Re- 
pública, porque acaesce que las compra un forastero y llévalas fuera, y como usándolas so paresce el engaño, disfaman la tierra y los oficiales, lo qual se 
debe mucho remediar. Por ende, queriendo en el caso proveer lo susodicho, acordamos que daquí adelante ningún oficial sea osado de vender sargas, ni 
otra pintura en lienco, ni tabla de imagen, sin que primeramente sean vistas por los Alcaldes veedores; c si fueren falladas buenas y de buen lienco, las 
vendan, é si fueren falladas de lienco viejo, sean quemadas como obra falsamente fecha.» Los Alcaldes veedores tenían obligación de sellar las obras 
buenas, sin cuyo requisito no corrían en el comercio.— Obsérvese que el legislador acude á corregir un abuso recientemente introducido (de poco tiempo 
acá), lo cual no podia sin duda acontecer, sin el acrecentamiento del tráfico ( Ordenanzas de Sevilla, ut supra). 

(3) Discurso de la Comparación de la antigua y moderna Pintura y Escultura MS., pág. 20. 

(4) Puchera, ¿ríe <fc te Pátera, lib. m.cap. iv.— El docto escritor sevillano corrigió en este punto al Vassari, que habia puesto este peregrino 
hallazgo cien afios después. 



I 



20S 



EDAD MEDIA.— ARTE CRISTIANO. — PINTURA. 



manera de pintar, que por tan largas edades, había sobrevivido á las vicisitudes de la humana cultura. No podia, 
pues, ser considerada, no constituia realmente la obra pictórica, sepultada bajo el yeso y la cal, con que la arrebató 
un dia la ignorancia al estudio de los doctos, un hecho aislado y solitario para la historia del arte español, como 
no era tampoco un ejemplo, sin antecedentes ni semejanza en la historia de las costumbres, que caracterizaban la 
vida interior y doméstica de nuestros mayores. ¿Podrá acaso afirmarse otro tanto, en orden al mérito artístico y al 
peculiar tecnicismo , que tan peregrina producción nos revela?. . . Y dado que no ofreciera, en este doble concepto, el 
resultado apetecido, ¿sera por ventura infructuoso su estudio para la ciencia arqueológica, en la muy interesante 
relación de la indumentaria,, ya apuntada arriba? La solución de ambas cuestiones sólo puede obtenerse del examen 
gráfico de la Pistura mural, considerada ya de un modo concreto: veamos, pues, de ensayarlo. 



IV. 



Dejamos advertido que descubierta, merced al esmero é inteligencia de nuestro hijo, don Ramiro, una buena parte 
de la Pintura mural en el centro de la pared maestra del palacio ó salón que exornaba ,— fueron del todo inútiles 
sus esfuerzos para lograr la restitución del resto, destruido sin duda en los diversos revestimientos y encalados veri- 
ficados de tiempo antiguo. Quedó en consecuencia limitado el espacio de lo descubierto á 2 m ,80 de ancho por l m ,95 
de alto, en su totalidad , ocupando el lado superior una doble zona horizontal, comprensiva del trozo de orla de estilo 
mudejar, antes mencionada , y de la faja, en que aparecen los clavos, de que el tapiz se supone suspendido. Aspirando- 
á dar razón del peso , que debió tener el paño allí imitado, ondula sensiblemente y determínase este extremo del 
cuadro por una cinta roja , á que se asen las oportunas anillas, recibidas en los citados clavos. Desde esta cinta abajo 
muéstrase , pues, la verdadera composición pictórica, sobre que llamamos detenidamente la atención de nuestros lec- 
tores, toda vez que en la esmerada lámina que acompaña al presente estudio, tenemos la satisfacción de ofrecerles 
exactísima reproducción , debida aljóven arquitecto, cuyo amor al arte llevó á cabo el ya referido descubrimiento. 

Cúmplenos consignar desde luego, fijados ya en lo que felizmente se ha logrado salvar de la Pistura, que des- 
pertando lo existente el más vivo interés, hace por extremo sensible la pérdida de lo restante, dificultando la inter- 
pretación del asunto allí representado, pues que faltan sin duda á uno y otro lado de los grupos que vamos á examinar, 
no insignificante número de figuras.— Obsérvase, no obstante, al primer golpe de vista que el hecho, cuya memoria 
se intentó perpetuar en el muro del palacio tantas veces mencionado , tenia realidad á campo abierto y sin duda en 
mitad de un bosque. Los personajes aparecen, efectivamente, rodeados de árboles y arbustos y destacan sobre el fondo 
azul del cielo, circunstancia harto natural, dado que todos se hallan á caballo.— Muéstrense divididos en dos grupos, 
bien que no totalmente separados : compónese el de la derecha del espectador de tres figuras, y consta de dos el de la 
izquierda, mereciendo entrambos el más detenido examen. 

Colocado entre las indicadas figuras, que representan auna dama y & un caballero anciano , ocupa el primer 
término del grupo de la derecha un adolescente, que vuelve la vista al centro del cuadro, inclinando un tanto la 
cabeza en la misma dirección, como para contemplar algo, que llamaba hacia aquel sitio la atención de todos los 
demás personajes. Cubierta la cabeza por un capillo verde, de becas ó carmañolas , las cuales descienden por ambos 
lados hasta tocar los hombros con los flecos dorados, que las terminan, viste una aljuba estrecha, que se ajusta y 
cierra en el cuello, asentando sobre ella, como á manera de dalmática, cierto sayo ó sobrecota, verde asimismo , bien 
que más claro y abierto por ambos costados para facilitar el movimiento de los brazos. Cae sobre los hombros, emen- 
dóse 4 ellos , un ancho collar de oro , cuajado de menudas labores , y terminado en la parte inferior por una serie de 
colgantes piriformes, que vienen á descansar en el pecho. Sobre éste resalta por oscuro cierta especie de instrumento 
que tomaremos luego en consideración , sostenido por la mano izquierda. Asentada dicha figura en unas jamugas, de 
que se conserva por fortuna parte de la armazón lateral de la izquierda, apoyada sobre el cuello del caballo, que 
aquella cabalga , es en verdad harto sensible el que destruida del todo en este lugar la superficie del muro , no sea 
dable determinar sus restantes formas. Y lo mismo sucede desdichadamente respecto del caballo : perdida casi del todo 
su cabeza, sólo alcanzamos 4 reconocer una parte de la barbada que la engalanaba, pudiendo asegurarse, por la 



PINTURA MURAL, DESCUBIERTA EN UNA CASA. PARTICULAR DE TOLEDO. 



209 



delicadeza de este arreo, que era todo el jaez más propio de fiesta ó corte que de fatiga ó campo. Pintadas en efecto las 
correas de brillante carmesí , veíanse sujetas por cierta especie de cubo ó rosetón dorado , que armaba y daba consis- 
tencia a la barbada (1). 

Más afortunada ha sido por cieTto la figurado la derecha, que según apuntamos ya, representa á una dama, 
y no ofrece tampoco menor interés, por lo que á su traje y representación concierne. No ostenta su cabeza desnuda, 
ni cubierta de Crispina de oro, ó de albanega de seda, sutilmente tejida y obrada, como era costumbre al mediar 
del siglo sv, entre las más ilustres señoras de Castilla : no aparece tampoco con las crenchas de fuera, haciendo gran 
partidura, torciendo y componiendo los cabellos hasta cubrir las orejas, y dejando algunas mechuelas sueltas , para 
mayor donaire, como era también usado por aquellos dias: ni se muestran, por último , sus cabellos dispuestos á 
manera de diadema , ó ya recogidos en trenzados costosos con cintas de oro y seda, ya apareciendo sobre el cuello y 
la espalda, debajo de muy breves tocas, implas romanas y otros no menos ricos ó ingeniosos tocados. Ceñida la frente 
por cierta especie de bonete purpurado, en cuyo centro brilla un grueso firmalle ó joyel, y cuyos lados exornan dos 
bandas de la misma tela, recogidas atTás sobre el citado bonete, despréndense un tanto sobre la espalda dos amplías 
carmañolas, terminadas por ñecos de oro, siendo este el único exorno de la cabeza. — Rodea el cuello, y baja á tocar 
en la cintura un triple cordón ó trenza, de que pende una perforada almanaca, mientras brilla sobre los hombros una 
gran cadena de oro , de cuyos eslabones que llegan , en natural ondulación, hasta la citada joya , cuelgan numerosos 
pinjantes ó clamaxterios. — Cubre los hombros, formando la parte principal del traje de esta interesante figura, un 
brial de paño color de rosa encendido con aforras y vueltas de púrpura, dejando ver, al cerrarse sobre el pecho, con 
el borde superior de la camisa ó alcandora, labrado de ora, una parte del corpete que lo ciñe. — Descúbrese bajo la 
manga ancha y redonda del brial la más estrecha del referido corpete, ajustada á la muñeca ; y vése aquel sujeto á 
las caderas por un cinto de púrpura , bordado de letras de ora , las cuales producen estas palabras : VIDI PUE [rum] . No 
sin ensancharse, cayendo en multiplicados pliegues, desciende la falda , quebrándose á la izquierda, para denotar 
que se halla aquella sentada, si bien ocultan la silla de la bacanea ó palafrén la cabeza y cuello del ya descrito 
caballo, colocado en primer término. — Vuelto el rostro al centro del cuadro , levantada la mano diestra con la palma 
al exterior, en señal de admiración ó sorpresa, y sostenida por la izquierda la brida de la cabalgadura, que parece 
ser de terciopelo carmesí, complótanse la actitud y el atavío de este personaje, que debió sin duda jugar papel muy 
principal en producción tan peregrina. 

No tuvo acaso menor parte la tercera figura de este primer grupo. — Representa, cual dejamos insinuado, á un 
anciano, que siguiendo el movimiento general de todos los personajes, vuélvese, no obstante, á mirar ala ya referida 
dama , cuyas palabras semeja escuchar con atención profunda. No se descubre parte alguna del caballo, en que se 
supone asentado , y tápase una buena de su pecho por la figura del tierno garzón, ya descrita. Defiende la cabeza un 
sombrero de fieltro pardillo, de viento y de anchas alas levantadas arriba , sin carmañolas ni sudarios , brillando en 
el rallo un pequeño firmalle ó joyel de piedras preciosas. Cíñese al cuello, cerrándose sobre el pecho, una aljuba roja; 
y cubriendo todo el cuerpo, asienta en los hombros una loba ó tabardina de muy rico brocado de oro sobre azul y 
verde, cayendo en multiplicados pliegues hacia la espalda y el costado. Desprovista de todo otro accidente artístico, 
é indumentario, destácase finalmente esta figura sobre el fondo, que forman los árboles y arbustos antes mencionados, 
y enlázase , por su colocación y su actitud , muy íntimamente á las dos precitadas del primer grupo . Lástima grande 
es, por cierto, que desconchado el muro en la parte inferior y media de la Pintura, tal como nos es posible ofrecerla 
á los discretos lectores del Museo Español de Antigüedades , no logremos ahora dar razón cumplida de ella , como 
tampoco hemos podido hacerlo respecto de la del joven , que ocupa el primer término. 

Compónese el ya referido segundo grupo, según vimos arriba, de otros dos personajes: varón el de la izquierda 
del espectador y mujer el de la derecha, excitan el interés del estudioso con sus ademanes y su atavío. Vése el 
hombre delante, ocupando con el caballo, que aparece casi del todo perfilado, un buen trozo de la pintura existente; 












(11 Es digno do repararse, teniendo presentes los programas de examen, dispuestos por las Ordenanzas iiiiiiiiri/iídes del siglo xv para el oficio de los 
/raneros, qiu* sí luce en ellos diferencia entre l&freiicria ordinaria ó común y \&fn.nm<i de brida, lo cual parece desde luego advertirnos de que era un 
tanto reciente el uso de la última. Eu las Ordenanzas de Sevilla se exige que los oficiales de freuero supieran «facer muy bien fechos» un freno de caballo 
de meqjuelds, una brida de caballo de cubos franceses, y unos estribos franceses de caballo, y uua brida de ínula troncada y un par do espuelas de ínula» 
(Título de los frenaros, £61.248). 



TOMO IV. 



53 



210 



EDAD MEDIA.— ARTE CRISTIANO. —PINTURA. 



y mientras el corcel parece seguir el movimiento de la cabalgata, en el sentido que muestran las memoradas 
figuras , vuélvese el caballero á contemplar, como ellas , lo que á su derecha acontece . — Ceñido a su frente un gorro 
bermejo de gran ruedo, que se derriba sobre la espalda, á la manera de los catalanes, contémplase esta prenda enno- 
blecida por un joyel de oro, que revela desde luego la distinguida condición de la persona. Ajustase á su cuello 
sencillamente una aljuba de verde color claro y remates anteados, cobijada por un paletoque amplio y de puertas 
enteras, a cuyos lados se dejan ver desembarazadamente los brazos del caballero , en tanto que desciende aquél basta 
la silla. Un sartal de grandes cuentas doradas rodea sus hombros ; y mientras esta singular presea parece añadir qui- 
lates á la calidad de su nobleza, adviértennos las elegantes riendas del corcel, que recoge en su mano diestra — her- 
manándose con las arriba descritas,— que no era menoría distinción revelada por el jinete en esta parte de sus caba- 
llerescos arreos. Las riendas, pintadas de rojo y de oro, la cabezada y la barbada, esmaltadas de lo mismo, así como 
los rosetones dorados, que las armaban, constituían lo que era designado, al mediar del siglo xv, con nombre de 
freno de la brida ó á la brida. — De notar es en verdad que la prudente inexperiencia del pintor esquivara aquí el 
trazar por entero la cabeza del caballo, cuya parte principal escondió tras la espalda del personaje más cercano del 
primer grupo. 

Más humilde y recogida que todas las ya apuntadas, es la última de las figuras que arriba numeramos. Mostrando 
sólo la cabeza y el pecho, aparece, cual la anterior, casi de frente, si bien inclínase un tanto á la derecha, fijando 
la vista en el mismo objeto que tiene excitada la atención de los demás personajes. Su tocado, semejante en el 
conjunto al de la dama del primer grupo, compónese, sin embargo, de cierta especie de bonete randado, cairelado 
y cubierto de verdosos cendales, los cuales bajan gradualmente hacia la parte posterior del cuello, dejando libre 
todo el rostro. Sobre un jubón ceñido, de que sólo se descubre el cierre y éste esmaltado con notables letras de oro, 
asienta cierta manera de esclavina, color de púrpura, la cual no excede de la mitad del brazo: en su parte media ó 
inclinándose ya á los hombros, descúbrense también otras letras latinas, asimismo doradas, bien que de mayor 
tamaño que las anteriores. Su mal estado sólo nos ha permitido distinguir, entre unas y otras, los signos A , M y N (1) . 
No otra es, á lo que alcanzamos, la descripción de la Pintura mural, cuya existencia reveló un accidente fortuito, 
y cuyo conocimiento debemos al celo y á la inteligencia del joven arquitecto, que logró salvarla de la oscuridad, en 
que tantos siglos había yacido. Por tan sencillo examen, fácil habrá sido á nuestros lectores el reconocer que si 
reducida á una parte de lo que primitivamente fuera, despierta aún con viveza el interés de la ciencia arqueológica, 
muy mayor habría sido éste, á lograr la fortuna de poseerla entera. De cualquier modo, fijándonos en su relación 
artística, para determinar, verificado ya el examen gráfico, su genuina significación en la historia de la pintura 
española, bien será declarar desde luego que no le faltan títulos para merecer en ella lugar no despreciable.— 
Dánselos, efectivamente, habida consideración á la época á que sin duda pertenece, las virtudes artísticas que 
revela. — Colocadas las figuras en cierto orden, que debió contribuir, dada la integridad de la Pintura, á labrar la 
armonía de la composición, no carecen en verdad de aquel adecuado movimiento, que se ha menester para cons- 
tituir la unidad del conjunto en toda obra de arte. Proporcionadas en sí mismas y con las restantes, más acaso de lo 
que pudiera esperarse de la edad en que fueron pintadas, si muestran alguna rudeza, incorrección é inexperiencia en 
el diseño de las cabezas y de las manos, hállanse las primeras dotadas de cierta expresión, que recomienda eficaz- 
mente la inteligencia del artista, mientras nos persuaden las segundas de que no era todavía llegado el momento 
de proclamar en la esfera de las artes plásticas el decisivo triunfo de las formas humanas, cuyo cultivo llevaba 
hecho, sin embargo, muy largo camino. 

Ni son menos dignas de notarse las circunstancias, que avaloran todavía el conjunto de lo existente en tan pere- 
grina Pintura. Como saben ya nuestros lectores, fué aquel cuadro imaginado á campo abierto, constituyendo en 
consecuencia un verdadero paisaje, hecho tanto más notable y digno de tenerse en cuenta cuanto que son más 
ignorados en nuestra Península los ejemplos de este linaje de producciones durante los tiempos medios (2). El artista, 



(1) Difícil, cuando uo imposible , nos parece el determinar con el debido acierto la significación de estas iniciales. La actitud, el lugar que ocup», y 
la forma del traje que -viste esta figura, nos inclinan, no obstante, á sospechar si pudo representar alguno de los niervos ó individuos de criazón, adscritos 
á la noble familia que parece representada en este muro. Adelante verán los lectores algunas nuevas observaciones, que pueden acaso dar luz en este 
punto. 

(2) El académico don Nicolás Gato de Lema, á quien no es posible negar ciertos conocimieutoB en la historia del arte, tratando en su discurso de 
recepción del paisaje en la Edad-rued¡8) se limita á citar algunos códices miniados, y remite afinos del siglo xv los únicos ensayos felices que se habían 



PINTURA MURAL, DESCUBIERTA EN UNA CASA PARTICULAR DE TOLEDO. 



211 



i realizar el pensamiento que servia de meta á su obra, si no tomaba la iniciativa en el pintar de los léxos 
y verduras, requisitos que iban á ser preceptuados muy en breve para el examen de los pmtores imagineros y sar- 
gueros (1), daba al monos razón de que no estaba ayuno en el disponer la imitación de árboles y celajes, por más 
que esta imitación se bailara aún á muy larga distancia de la naturaleza. Doloroso es, sin embargo, que el estado, 
en que nos es hoy posible apreciar esta Pintura mural, no nos consienta formar más amplio y cabal concepto de su 
mérito primitivo, bajo la relación interesante delpaisaje. Mas no se ocultará á nuestros lectores, á pesar de todo, 
que, unida esta especial circunstancia á las ya apuntadas respecto del valor artístico de tan desconocida producción, 
le aseguran toda la estimación de los hombres ilustrados, como le conquistan también la atención de los eruditos, 
los procedimientos teóricos empleados para su ejecución, conforme á los medios tradicionales del arte, en el suelo de 
nuestra España. 

Denomínase vulgarmente bod&pmtura mural con título de fresco, error que hemos procurado erradicar antes de 
ahora, al ilustrar las descubiertas en la Ermita del Santo Cristo de la \ Luz de la misma ciudad de Toledo (2). Contra 
él militan contestes, no ya sólo todos los monumentos pictóricos de este género, aducidos por nosotros en el precitado 
estudio, como producciones anteriores al siglo xm, más también las que, desde esta insigne centuria hasta la xvi, 
decoraron las fábricas de la arquitectura española, probando en todas partes que fué la manera del temple , derivada 
de la antigüedad clásica, la única aceptada y ejercida en la Península Ibérica hasta el triunfo total del Renaci- 
miento. Y no ya sólo imperaba el temple sin rival en los muros de las iglesias y de los alcázares y palacios de 
nuestros proceres y magnates, sino que, sustituidos de la suerte arriba expresada en las moradas de los caballeros é 
hidalgos los magníficos paños historiados de seda y oro por las más humildes sargas, que constituían para el fin 
útil otros tantos tapices, eran éstas pintadas también por el mismo procedimiento, que parecía en verdad perpetuarse, 
aunque compartiendo ya el dominio de la pintura con el óleo y el fresco, hasta el mismo siglo xvn. Testifícalo así, 
demás de las obras trasmitidas á nuestros días , el muy diligente Francisco Pacheco en su curiosísimo Arte de la 
Pintura. Al dar noticia de la antigüedad del temple, señalando sus diferencias y fijando los diversos modos de 
obrarlo , determinaba el uso de los colores y de las templas en paredes y sargas, asegurando que en nada diferia esta 
doble aplicación , cuando recogía en su libro las más exquisitas nociones sobre el tecnicismo y las prácticas de tan 
antiguo como respetado procedimiento (3). 

A esta artística tradición pertenece , pues, la Pintura mural que examinamos. Asentada sobre el muro, pTéviauna 
preparación de yeso y cola, apta para recibir los colores, no deja duda alguna de que, tanto en la ejecución de las 



hecho para darle el esplendor que en los siguientes recibe (Discursos de la Real Academia da San Femando, t. i, pág. 106), y esto en suelo extranjero. 
No han adelantado más los pocos escritorea que en España se han refundí i á este linaje de pintura, por lo cual ofrece grande interés todo monumento que 
pueda dar alguna luz, como sucede con la Pintura mural que examinamos. 

(1) En efecto, en las ya mencionadas Ordena/nuca de S> ivüla , completadas bajo el reinado de Isabel I, preceptuándose lo que lia de exigirse á los 
pintores para merecer carta de examen , se dice respecto de los imagineros : a Asi mesmo sea platico el que fuere examinado en la imaginería, del léxos é 
verduras." Hablando luego de. los sargueros, ¡iñude : «Que deben dar razón de un encasamionto é de un caballero é de míos lexosn ( II." Parte, Tila lo (le- 
los Pintores, ful. 162 recto y vuelto). No se olvide que al recogerse por mandato do los Royes Católicos todas estas prescripciones, relativas al arte de la 
pintura, se tenia muy en cuenta, como indicamos arriba, la tradición de tiempos precedentes. 

(2) Véase la oportuna Monografía en el t. i de este Museo de Antigüedades. 

(3) Juzgamos que conocida ya la antigüedad y la aplicación de uno y otro linaje de pintura, no llevarán á mal los lectores del Museo Español ee 
Antigüedades que les presentemos aquí algunas nociones respecto de su especial manera de ejecución y tecnicismo. Por el examen de antiquísimas pinturas 
murales, lo mismo que por declaración de las Ordenanzas inttiii<:ipale¡¡, sabemos que era práctica de los pintores de muros, maduras y sargas, en que 
debian mostrarse peritos, el « facer los aparejos.» debiendo (i tener conocimiento de las templas de los engrudos, para lo vivo, de manera que non salta- 
ran,!) una vez aplicados. Refiriéndose el citado Francisco Paclieeo á la piula ¡'a de /as paredes >/ de lúa sargit*. escribía: << Esta pintura se egcrcilaba de esta 



manera : los colores linos que abura se gastan y muelen mezclados con oleo de linaza ó de nueces, se molían con agua, y ¡ 
no se secasen, los cubrían de agua limpia. El blanco era hecho con una pella de yeso muerto, no de muchos días c 
modelos: esto servia en las sarga.* de blanco, molido al agua y mezclado con la templa de la cola ó engrudo: el ne 
agua; ocres claro y oscuro; los amarillos eran de jalde; los azules, en cosas de menos consideración, los hacían c 
mismo añil ó con orchílla, echada en agua; y los azulee que so gastaban en obras da consideración, ó eran cen: 
bermellón y carmin tino, etc. La templa del engrudo, con que se destacaban estos colores, era de esta manera, 1 
tajadas, echado en agua, y en estando tierno, se le daba un hervor al fuego, añadiéndole el agua conveniente pa 
también se puede usar de cola de retazo de guantes cocido y colado.)) Después anadia: «Con esta templa daban ] 
colores, y para haberlos de gastar, siempre se tenía el fuego á mano para calentarlos cuando so helaban, en 
invierno.» Refiriéndose, por último, á lo que en bu tiempo se hacia, observaba: a Añado á esto que bí la pared, s( 
antigua y no muy limpia, se mezcle con la templa del engrudo una poca de hiél de vaca ó unos dientes de ajos mo 
pared: también le podrian dar encima una mano de yeso grueso, cernido con cedazo muy delgado; y á los lienzos 
Es, púas, indudable que , refiriéndose el autor del Arle de la Pinlura en estos pasajes, no ya solamente á lo que Be 
sino alo que en sus dias se practicaba en lienzos y paredes , lejos de experimentar interrupción alguna la tradición 
derivado con notable integridad al siglo xvn en que Pacheco escribe su libro (Arte de la Pintura, lib. ni, cap. n) 



t-ciiabaí 



i escudilla 



o el mate fino duro, 



; y porque 
o el de los 









212 



EDAD MEDIA. — ARTE CRISTIANO. — PINTURA. 



carnes como en la de los paños, aspiró el artista a producir los efectos de la luz por medio de toques claros y oscuros, 
dados sobre las tintas generales ; característica manera de hacer en el antiguo temple, , no adaptable por su naturaleza 
á la del ¡resco, y rechazada por los grandes maestros del siglo xvi, cuando algunas veces se intentó hacer de en- 
trambas un uso promiscuo (1). Tráenos esta evidencia, respecto de la producción que estudiamos, demás de la 
indicada disposición de los colores, batidos indudablemente con variedad de gomas y de colas ó engrudos y em- 
pleados con el auxilio de la lumbre , el resultado material que nos ofrece la misma Pintura en su estado actual , pues 
que ha saltado a pequeños témpanos en muchos lugares la superficie que la contenia , lo cual no habría podido suceder 
á estar ejecutada al fresco, porque las tintas hubieran entonces penetrado indefectiblemente en el muro, y presen- 
taría su destrucción muy distintos caracteres. No es dudoso, por tanto , que si la Pintura mural descubierta en la 
Casa número 11 de la Plaza de los Postes de Toledo, se ofrece bajo el concepto puramente artístico á la contemplación 
de la crítica como un monumento digno de figurar en la historia de las artes patrias, merece igual estima respecto 
de los procedimientos técnicos, que revela, subordinándose á una tradición artística, que alcanza en el suelo español 
larga realidad histórica. Mas ¿puede llegarse con la misma fortuna a señalar, dentro del siglo xv, que sin duda la 
produce , el momento en que fué realmente ejecutada esta Pintura mural? ¿Será finalmente hacedero el determinar 
el asunto que en su integridad representaba? 



v. 



Acercándonos con estas disquisiciones al término de la investigación, á que nos ha brindado el estudio de tan pere- 
grino monumento pictórico, bien será advertir, en primer lugar, que no en balde hemos llamado la atención de 
nuestros ilustrados lectores, al ensayar su descripción, sobre los trajes que visten los diferentes personajes en él 
representados. Guiados por los ejemplos que debemos en común á las producciones plásticas de la Edad-media, con- 
veniente nos parece observar, al colocarnos en este punto de vista, que así como en las miniaturas, vidrieras, 
esmaltes, tablas, estatuas y relieves, reprodujeron pintores y estatuarios, en trajes y muebles, las costumbres de sus 
respectivas actualidades, cualesquiera que fuesen los asuntos y la época que intentaban historiar , así también los 
pintores murales , no pudiendo. desasirse de aquella influeucia y ley general , trasladaban á sus obras, para llenar sus 
fines particulares, lo que les era más asequible é inmediatamente conocido. Pero si, merced á esta ingenua igno- 
rancia, halla hoy la ciencia arqueológica, tratándose de asuntos indeterminados, inextimables tesoros en las obras del 
arte, cuando aspira á realizar el estudio de la indumentaria de los siglos medios, concrétase en verdad y hácese en 
extremo eficaz y directa la enseñanza que de los indicados monumentos se desprende, cuando se refieren éstos 
á la misma actualidad que los produce, siendo entonces tan exactas como estrechas las relaciones que los unen 
con la vida presente, lo cual acontece, en nuestro juicio, respecto de la Pintura mural, objeto de esta Mono- 
grafía. 

Notamos ya que se figuraba en el muro del 'palacio ó salón principal de la Casa número 11 de la Plaza de los Postes 
una escena campestre; y ponderada ahora esta circunstancia, no es sino muy racional el suponer que los personajes 
allí representados ostentaran, según su categoría social, un atavío propio y adecuado de la expresada escena. Como 
han podido observar los lectores, dicennos en efecto .los trajes y preseas personales, en su lugar descritos, que si bien 
modera su riqueza cierta sobriedad, nacida de la oportunidad y del lugar en que se muestra, revela por lo mismo, 



(1) En efecto, no faltaron en el mismo siglo xvi, tanto en Italia como en España, notables pintores que repitieran eHtos ensayos. El referido Francisco 
Pacheco decia al proposito en su citado libro: sEn quanto á retocará temple, después de sécala pared [pin taün al fresco] , hay muchos de parecer contrario, 
no obstante que la usaron valientes hombres, como Mateo Pérez AleBio en el San Cristóbal [de la catedral de Sevilla], y Puerta del Cardenal, Antonio 
Mohedano y Alonso Vázquez en el Claustro de San Francisco [de Sevilla], Peregrin en el Escorial y otroB muchos. Pero dice bien quien llama bosquejo á 
lo pintada al fresco, cuando es acaliniio al tanph'.. Yo en ninguna manera lo apruebo: antes diíro que \¿\ frescores, fresco yol t> mph temple; porque los colorea 
del retoque unos aclaran y otros obscurecen. Pero quien lo reprende ásperamente es el Vassari, diciendo: a Los que procuren pintar en pared, labren 
varonilmente i fresco y no retoquen á seco ; perche oltra d'esser cosa vilísima, rende pin corta la vita á la pintura.-» (Arle de la Pintura, lib. m, cap. ni}. 



PINTURA MURAL, DESCUBIERTA EN UNA CASA PARTICULAR DE TOLEDO. 213 



con la exhibición de personajes calificados por su nobleza, una época de excesivo fausto en el atuendo y gala indi- 
vidual, no desconocida por cierto en nuestra historia suntuaria.— Fué de antiguo pesadilla constante de los procu- 
radores á Cortes y de los reyes de Castilla el poner coto a las demasías del lujo, por suponerlas nocivas al bienestar 
común, y nada favorables al florecimiento de las artes industríales: dos procuradores de las ciudades y de las villas 
solicitaron una y otra vez , y los monarcas otorgaron , que se limitara grandemente el uso de todo linaje de preseas 
de oro, plata y pedrería, con el de los paños de seda, púrpuras y brocados, reservándolo á las clases pudientes ó pri- 
vilegiadas (1).— Pero este decidido empeño délas Cortés castellanas , que alcanzaba también con harta frecuencia en 
el concepto de raza, á los judíos y moros mudejares, presentaba muy señaladas intercadencias , ahogado el clamoreo 
de los procuradores en el deslumbrador desvanecimiento de la corte, en que tenia no poca influencia el ejemplo de 
los extraños (2). 

Sintiéronse estas alternativas, que extremaban sucesivamente los efectos del lujo , muy especialmente durante los 
siglos xiv y xv. Sobre todo, hacíanse por demás sensibles en los reinados, poco aparentes para las empresas de la 
Reconquista, que constituían el bello ideal de la cultura patria, no pareciendo sino que extraviados, ya que no ago- 
tados, con el olvido de la guerra de Dios, la actividad y el heroísmo de nuestros mayores, se reflejaba y traducía 
esta especie de paroxismo nacional por el vano aparato de una falsa grandeza, simbolizada en la más falsa ostentación 
de los arreos personales . Fué espej o por largos años de este abrumador espectáculo la corte de don Juan II : mientras 
empeñados en tenaz lucha don Alvaro de Luna y los Infantes de Aragón , escandalizaban y ensangrentaban al par las 
más nobles ciudades de Castilla, ponían firme y decidido empeño en avasallar, merced al desusado fausto de torneos, 
zambras y salas, el apocado ánimo del rey, llevándose tras sí, con lo peregrino, vario y suntuoso de las invenciones 
que embellecían sus personas y las de sus caballeros, el aplauso de los palaciegos y la admiración de la muchedum- 
bre. Hallaba aquel extraordinario boato no pequeño incentivo, aun en las esferas meramente militares, creciendo 
el lujo y número de las armas defensivas, no siempre útiles, á medida que parecía embotarse en las discordias y des- 
garros civiles la antigua bravura de los castellanos. El abuso aspiraba á cohonestarse, pidiendo su aprobación á 
los poetas y escritores palaciegos; pero si en medio de aquella corte desvanecida, no faltaron ingenios para quienes 
era la gala del vestir y del traer objeto digno de ilimitadas alabanzas (3) , tampoco se negaba la musa cortesana á cen- 
surar duramente aquel muelle extravío , recordando la santa sobriedad de más venturosos siglos (4) , ni menos enmu- 
decía la autorizada voz del moralista ante aquellos reprensibles abusos. — «En los vestidos (preguntaba, en efecto, un 
muy respetable filósofo de aquellos dias) ¿cómo se há la gente?» — «Ellos (replicaba) mal, et ellas peor. Ya no es la 
gente contenta en vestir paño de lana , por onesto , por limpio y hermoso que sea. Antes embian en las partidas pos- 
trimeras del mundo á buscar paños de seda de diversas fábricas é artífices ó colores ; é non son contentos daquesto, mas 
buscan forjaduras de animales, los quales sean ignotos ó non acostumbrados de nascer en sus tierras. — E aun mal 
contentos desto, muchos dellos cubren las vestiduras de oro é plata ó perlas ú otras piedras preciosas. E para esto los 



(1) En las Cortes de Burgos, celebradas en la primavera de 1338, se establecían, por ejemplo , respecto da loe visiuariox de laa dueñas y doncellas, de 
los somes buenos que traien pendón,» de los ricoa-homea , caballeros y eacuderos n también de caballo como de pic,e uotablea limitaciones, que prueban 
el exceso del lujo, reservándose el rey el uso de los paños de oro y seda, con orofreres, trenas, aljófar y esmattes, así como el de tabardos y redondeles de 
escaríala bermeja, sillas de caballos con cuerdas deserta y oro, cintas de ceñir demás de dos marcos de plata, etc. A ejemplo de ente Ordenamiento de los 
vistuarios, que no era en verdad el primero dado por los reyes de Castilla, se liicieron después otros ínuchoa no menos notables, probando todos que lejos 
de reprimirse crecia cada vez más el lujo en todas las eaferaa de la sociedad cristiana. Bástenos citar, para comprobación de estos asertos que referiinoa, 
más directamente ala centuria xiv. a , bs Ordenamientos de Alcalá de Henares (8 de Marzo de 1348), Valladolid (1351), Toro (1369) y Valladolid (1385). 

(2) Examinando laa disposiciones legales y otros documontoa fidedignos de los siglos xiit, xrv y XV, adquirimos el convencimiento de que influyó 
grandemente eu toda la Península el ejemplo de los extranjeros respecto do las demasías del lujo, como influyó también en el desarrollo de la industria, 
principalmente en lo tocante á las artes textriles. De loa citados documentos y leyes se deaprende que venían con frecuencia y abundancia á nuestro suelo 
exquisitos y muy costoaoa panos de todos géneros de las celebradas fábricaa de Adria, Asestre, Berou, Brujas (Bruselas), Briatol , Bize , Courtray, Carca- 
sona, Colonia, üouay, Elgias, Enghien, Eaujaux, Gante, Ipres, Irlanda, Lilla, La-Marche, Lovaina, Lóndrea, Luca, Malinas, Meaux, Montlzu, Mont- 
pellier,Morv¡llierB, Ostende, París, Rúan, Bernia, Boina, Romagno, Saint-Jean dB Lome, Saint Julien, Tarbea, Tournay, Vaunes, Vianden, etc. Do 
igual modo figuraban en el comercio Ub ricas telas y púrpuras de Cbipre, Damasco, Sebaste, Túnez y Marruecos, no faltando las persas v tartaríes , como 
tampoco escasearon en siglos precedentes las llamadaB greeisoas. En los mismos documentos se hace mención de los pafioa c 
Valencia y otros centros fabrileB de Aragón, no olvidados los moriscos de Alu¡ 
Palencia y ae ponderan sobre todo loa tejidos de Sevilla , Córdoba, ¡Salamanca 
recibir gran luz de las Ordenanzas de los oficios mecánicos en nuestras antiguas 

(3) Nos referimos entre otras obras poéticas á la muy notable del esmerado 
ñero de Amberes, fól. 80, y muy celebrada en la corte de don Juan II. 

(4) Tal hizo el renombrado trovador Pedro de la Cal traviesa en muy notable Desir contra los vicios de su tiempo , que dim 
análisis en nuebtra Sutoria crítica de la literatura española, t. vi, cap. ix, pág. 171 y siguientes. Remitimos, pues, á este sitio á 
Museo Español de Antigüedades. 

tomo iv. 8* 



Barcelona, Játiva, Borja, 
ería y Granada. — De Castilla se mencionan con frecuencia laafábricaB de 

y Toledo. La historia de las artes suntuarias en la Península Ibérica debe 
ciudades. 

trovador Suero de Rivera , titulada Dezir de la gala , inserta en el Cancio- 



á conocer con detenido 
¡lustradoB lectores del